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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 9)

20/10/02

 

 

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Capítulo 9

 

Comimos no sé dónde, pasamos las minivacaciones no sé cómo y emprendimos el regreso por la misma carretera del doctor Schnutz y el Tío Sam aunque esta vez era de día y no había figuras fosforescentes para hacerme ninguna señal. ¡De todos modos nunca los olvidaré, amigos y enemigos del camino de Villa Gesell! Como el perro de Pavlov, cada vez que sus luces se encienden en mi cerebro empiezo a segregar saliva, pero de pánico. Vuelvo entonces a mi pasado de pavo real atrapado, aplastado, de estudiante de filosofía sorprendido a la vuelta de la esquina por el Ser en toda su alevosía y malignidad. El regreso es penoso, las tuberías en trance de destaparse quieren volverse a tapar. Pero aquí estoy, apretando el acelerador a fondo, no, Samuel Literansky es quien hunde el pie, en un gesto magnánimo que me quiere apartar lo más pronto posible del batallón de fantasmas. De nuevo, gracias Samuel, a pesar de que no existen, y me temo que no existirán nunca, indicios racionales de tu falta de culpabilidad. Por el contrario sospecho que sos culpable, además de otros. ¿Otros? Sí, pronto se verá, después de dar un rodeo estratégico al bungalow y descifrar el significado que siempre, pero desde entonces más, han tenido los bungalows en la vida de este explorador africano.

Un bungalow es ese sitio maravilloso adonde llegan Tarzán, Juana, Chita, el doctor Schnutz y el profesor Sam, tras una jornada agotadora pero gratificante. Afuera, como es lógico, ha quedado Tantor. ¡Yo también quería para mí un bungalow y unas aventuras extraordinarias tal como veía todo eso desde mis orejas pegadas a la radio de lunes a viernes entre 18 y 1815, lapso en que el mundo hacía krack, epojé, brillaba por su ausencia pero más brillaba el Rey de la Selva, el Hombre Mono, el trapecista que se balanceaba de liana en liana entre los árboles. Sin embargo algo había que enturbiaba el panorama, que distorsionaba las ondas sonoras y anegaba y corroía el alma. Ese algo era el grito de Tarzán. El grito podía ser de euforia o de triunfo pero para mi sentido catastrofista de las cosas resultaba absolutamente desgarrador. Ese grito me hundía, me devolvía al berrido original, a aquel instante incomprensible en que morimos a una vida anterior para nacer a la vida actual en que de nuevo moriremos para ya no nacer nunca más. Aullando de esa manera infinitamente desoladora, Tarzán me expulsaba del bungalow y me arrojaba a la selva entre los leones, una región oscura y lúgubre adonde no podían llegar ni Juana ni Chita ni el doctor ni el profesor, la zona nefasta en la que uno está acompañado únicamente de sus propias fuerzas, si es que incluso las propias fuerzas no han decidido tirar la toalla antes del último round. De manera que en mi vida siempre habría un bungalow —ése es el bungalow, ése, ése— y una selva sombría circundándolo. El límite era impreciso y frágil, y en cualquier momento podía escucharse el grito de Tarzán. Aquella vez en Villa Gesell lo escuché. Y no se trataba simplemente de una metáfora, al menos el bungalow era real.

Pero mientras Tarzán grita, Juana permanece callada. Absolutamente. Viaja en el asiento de atrás entre el doctor Como Se Llame y el profesor Como Me Llamo (Jorge Buscaglia y María de los Milagros, efectivamente, tienen un aire profesoraldoctoral aunque ella con un leve matriz obsceno, por lo de la bocona), llevando a Micaelita entre los brazos. Yo, adelante, de copiloto, hablo hasta por los codos para que el mono no se ponga a bostezar.

—Contame algo, che, que si no me quedo dormido —dice Samuel en cuanto el Impala mete la nariz en la carretera.

—¿Vos también escuchabas Tarzán cuando eras chico? —no se me ocurre otra cosa que preguntar para no apartarme de mi propia y tortuosa carretera interna.

Samuel vacila, mitad porque su cerebro automáticamente se ha puesto a indagar entre las ruinas del pasado, mitad porque no sabe si ésa es una pregunta que valga la pena.

—¿Por qué me lo decís?

—Porque siempre me interesó la personalidad de Tantor. Dicen que a Tantor le gustaba Juana y que a Juana le gustaba la trompa de Tantor.

MARÍA DE LOS MILAGROS (al tiempo que Jorge Buscaglia, tan hijo de notario, se pone colorado hasta las orejas): ¿Pero qué es esto? ¿Estamos entre personas cultas o entre obreros? Y además, Fernando, mientras vos perdías el tiempo escuchando estupideces por la radio, yo leía Mujercitas.

YO: ¡Qué tiempos los de la radio, María D., cuando se podía soñar, aunque fueran pesadillas como la de que uno andaba subido por los árboles pegando chillidos espantosos a lo Tarzán! Después vino la televisión y lo arruinó todo. Aunque no nos metamos en honduras, yo sólo quería decirte que no sabés de qué se trata por la sencilla razón de que todavía no te has encontrado con una trompa estilo Tantor. Pero preguntale a la interesada, que se ha traído el paquidermo a casa. ¡Y qué paquidermo, María D., toca el violonchelo y todo!

Aquí, inter(o extra)polación oportuna:

—Samuel, ¿querés que te cante el Romance del Enamorado y la Muerte? —dice Beba, porque Beba canta a lo angelito de colegio de monjas cosas como a los árboles altos los mueve el viento y a los enamorados el pensamiento —a algunos, a otros los que lo mueve es la sed de venganza. Una cualidad más de mi ángel desguarnecido, aparte de sus incursiones por el sánscrito y el budismo, que en la época de este maldito viaje está empezando a permutar, para ponerse a tono con las líneas maestras de la vida, por una filosofía más agresiva, influjos astrales y conyugales, por decirlo de algún modo. Pero nada de adelantamientos prohibidos que acá todavía viajamos tibiecitos los seis en el Impala, ¡y un poco de silencio, por favor, para que podamos escuchar cómo se viene la Muerte, tan callando, y arrasa con todo!

Un sueño soñaba anoche

(canta Beba)

sueñito del alma mía

soñaba con mis amores

que en mis brazos los tenía

Vi entrar señora muy blanca

muy más que la nieve fría

¿Por dónde has entrado amor

cómo has entrado mi vida?

Las puertas están cerradas

ventanas y celosías

No soy el amor amante

soy la Muerte, Dios me envía

Ay Muerte tan rigurosa

déjame vivir un día

Un día no puede ser

una hora tienes de vida

Muy de prisa se calzaba

más de prisa se vestía

ya se va para la calle

en donde su amor vivía

Ábreme la puerta Blanca

ábreme la puerta niña

¿Cómo te podré yo abrir

si la ocasión no es venida?

Mi padre no fue a palacio

mi madre no está dormida

Si no me abres esta noche

ya no me abrirás querida

la Muerte me anda buscando

junto a ti vida sería

Vete bajo mi ventana

donde labraba y cosía

te echaré cordón de seda

para que subas arriba

y si el hilo no alcanzare

mis trenzas añadiría

Se rompió el cordón de seda

la Muerte que ahí venía

Vamos el Enamorado

Que la hora ya es cumplida.

Y bueno, se rompió el cordón de seda nomás. Después que el Enamorado se cayó y se hizo papilla y la ambulancia de la Asistencia Pública lo recogió del suelo con cucharita, llegó trotando alegremente Tantor y alzando la larga trompa hasta la ventana del bungalow enroscó a Juana por la cintura y se la llevó para toda la cosecha. Bueno, eso según Tantor, porque mientras tanto la noticia del accidente corría como reguero de pólvora por la selva sombría y los otros animales comprendieron que muerto el Enamorado se acabó el problema, o sea que ellos también tenían derecho. En cuanto volvimos a Buenos Aires, aparecieron los leones, los leopardos y las hienas.

—Precioso romance —dice Jorge.

—Preciosa voz —dice Samuel.

—¿Podés parar un momento? —digo yo—. Me entraron unas ganas horribles de mear.

Paramos y orino, mientras Micaela pega sus ojitos al vidrio trasero y mira. Mira, como si entendiera, a su papi llorando por el conducto Sur. Así que entramos en mi etapa de incontinencia urinaria, pronto eyaculación precoz, cosa de orificios que no funcionan demasiado bien.

¿Qué tal Johnny Weissmuller? Es tu grito de Tarzán el que suena en mi uretra y repica sordamente sobre el borde de la carretera. Yo no podía sospechar que veinte años más tarde andarías dando los mismos alaridos de tus películas en tu vida real de todos los días porque habías descubierto el mismo secreto que yo veinte años antes, a saber, que el aullido con el que creías cantar victoria cantaba en realidad tu decadencia, tu vejez y tu muerte. ¡Qué espectáculo Johnny, qué espectáculo tan poco edificante para los niños venideros, que entonces sabrán irremediablemente que el grito que lanzabas desde las más altas de las ramas no era sobrehumano en el sentido de más que humano sino de demasiado humano y que es el mismo que escuchamos, o no, depende de la capacidad auditiva de cada uno, en las salas de torturas de las selvas que rodean nuestros confortables bungalows! ¿Te das cuenta Jonny? Es el grito del miedo. ¿Te das cuenta Micaela? Tarzán está tan desvalido que tiene que luchar contra el propio Tantor.

MICAELA: Pero papi, si Tantor es tu fiel elefante...

YO: Mica querida, cuando crezcas entenderás.

TANTOR: ¡Fuera! ¡Fuera!

Oíme, pedazo de elefante, ¿qué cuernos te creés? Los elefantes vivirán 500 años, pero tu elefantita duró lo que un suspiro. ¡Así que agarrá tu violonchelo y largate de una vez! Aunque es una lástima, porque el violonchelo siempre fue mi instrumento musical preferido.

 

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