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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 11)

11/12/02

 

 

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Capítulo 11

 

Pues bien, la doctora Schnutz aterrizó nomás. Precisemos: doctoras S­1 y S­2. Y es que por una parte llevaban el mismo apellido, puesto que eran hermanas, y por otra abrieron el maletín, del que yo extraería las medicinas que presuntamente me iban a curar, siguiendo un orden cronológico. A pesar de que en un punto de la cronología el orden se resquebrajó y empezó a imperar cierta confusión: ambas doctoras se entrecruzaron, chispas de nuevo pero en otro sentido, y ya no se sabía bien quién de ellas era la número uno y quién la dos. El caos no fue calculado pero debo admitir que me benefició. A quien no le hizo ningún favor fue a Beba, cuyo orden mental también empezó derrumbarse con aquel principio de desorden real. Más tarde lo lamenté: estaba bien que el azar restableciera la justicia, pero no a tal extremo. El extremo estaba ubicado en la cima de una peligrosa montaña y cuando Beba llegase ahí se despeñaría. ¡No sigas subiendo, amor! Pero ahí está, oscilando en la cumbre mientras León Polonsky, ¡el muy canalla!, la anima como siempre a no pensar en las consecuencias. En este caso, las consecuencias eran del tipo me voy y vuelvo en un estado irreconocible para mí misma y para los otros (no me despeño, enloquezco) o bien me voy y no vuelvo nunca más (me despeño, muero). Era, como se diría, una situación límite.

Pero debo aminorar la marcha del Impala, que al parecer quiere abandonar a toda velocidad esta parte tan penosa de la historia, y observar antes con cierto detenimiento a tres personajes que están haciendo autostop.

—¡Pará, Samuel, que yo a esos tipos los conozco!

Paramos, y resulta que los personajes hace años y años que vienen buscando al autor. El primero es Armando da Silva, que me invita a un café.

YO: ¡Pero Armando, si nos acabamos de dejar!

ARMANDO: ¡Justamente, Pert! ¡No pretenderás dejarme tirado en la cuneta! Acordate que sin mi violonchelo el terceto quedará irremediablemente inconcluso.

YO: Lo siento, viejo, pero hay otros dos tipos en lista de espera. Un cuarteto quizá.

ARMANDO: Dejate de pavadas. Como te darás cuenta, tenemos que hablar.

YO: Hablemos. ¿Qué querés?

Parece que no hay más remedio, pero realmente debo continuar, me hacen señas los otros dos tipos y las doctoras, y Armando da Silva es un serio obstáculo. ¡Qué pesado!

—Como te darás cuenta, tenemos que hablar —dice Da Silva sentado frente a mí en una cervecería alemana de Belgrano, cerca del Bajo.

—Hablemos, ¿qué querés? —contesto con aspereza, aunque en el fondo no con toda la necesaria, como si dijera: Estimado hijo de puta, sí, tenés razón, es necesario que redefinamos las reglas del juego ya que se ha producido un cambio esencial, pero lo mismo hay que seguir siendo buenos amigos; no te olvides que trabajamos codo con codo junto al horno de donde salen bien calentitas Todas las Guerras y no podemos permitir que por culpa de algo sin importancia se estropeen nuestras relaciones bélicas; y además, Armando, ¿somos civilizados o no? Me espantan las crónicas policiales marido despechado rompe a martillazos el cráneo del amante de su mujer y corre a entregarse a la policía. Prefiero las crónicas psicoanalíticas que son más benignas y no dejan huellas: «Dr. Schnutz, tengo unas enormes ganas de romperle el cráneo al amante de mi mujer y correr a entregarme a la comisaría más próxima». «Muy bien, Fernando: ahora veamos qué hay detrás de eso». «Detrás de eso sólo hay una erección frustrada, doctor, una erección sin su destinataria habitual». «Fernando, no me cuente cuentos. Usted siempre tan literario».

Así que un día cualquiera teníamos que terminar sentados a la mesa de una cervecería cualquiera, vos y yo, Armando, para introducir los ajustes correspondientes a la nueva situación.

—Sólo quería decirte que lamento profundamente que te hayas enterado de esta forma —dice—. Te lo pensaba contar en persona.

—¡Qué bien! —lo aliento yo—. ¿Entonces por qué no me lo contaste?

—Ya sabés, no siempre es fácil encontrar el momento oportuno.

—Pero explicame una cosa —digo—, ¿a vos no te importa que seamos compañeros de trabajo y además amigos —mentira, nunca fui su amigo— y que te haya llevado a casa y te haya presentado a mi mujer y te haya dicho que vinieras a Gesell y...?

—No, francamente no me importa nada —dice, acomodándose con una mano el rutilante mechón.

—¿Tampoco te importaba Alcira?

Es evidente que además de querer arrastrar agua a mi molino me solidarizo con Alcira: a partir de ahora ella y yo pertenecemos a la misma hermandad.

—No, francamente no.

—¿Pero Alcira lo sabe? —pregunto interesadamente, porque si lo sabe hasta puedo llegar a proponerle cierto trabajito en común.

—Eso es cosa mía —dice con un descaro total, como si Beba... pero está claro, ya no tengo cosas mías.

Más tarde, sin embargo, me iba a enterar: Alcira lo sabía, ¡claro que lo sabía!, y muy bien. Al punto de que la chica había dado su autorización, tal como yo se la había solicitado a Beba en los días de mis derretimientos de crema moka con Graciela T. ¡Así son las cosas! ¡Hay gente a lo Armando Da Silva que se las arregla tan cómodamente, en tanto que uno se las arregla de manera tan extraordinariamente mal! Basta comparar las dos situaciones: aquí estaba yo, desde mi arranque con Graciela, y ahí estaba Da Silva, que no sólo había arrancado sino que además había llegado a la meta. Pero ya digo, no se alcanza ninguna meta con vacilaciones de tipo intelectual y dos docenas de tías firmemente convencidas de que no vale la pena competir, ya que el ganador está señalado de antemano y los que siempre ganan son los otros.

Aquí estaba yo, de este lado de la mesa, y ahí estaba mi enemigo mortal acariciándose el mechón y mostrando el puño ligeramente sucio de la camisa, el alma.

«Eso es cosa mía» representa una respuesta típica de ganador, así que decido dejar de dar vueltas, reconocerlo como tal y entregarle el premio.

—Bueno, ¿entonces qué planteás?

—¿Plantear? —dice con más cara de ángel que nunca. Siempre lleva el ángel como mascarón de proa, el resto de la nave tiene un aspecto bastante siniestro—. No, no tengo nada que plantear. Ya te lo dije: me molestó la forma brutal en que te enteraste, y lo único que quería decirte era eso: que me molestaba.

—Gracias, viejo, muy honroso por tu parte. Pero supongo que después de una cosa así, algo tendrás que decir. No sé, algo...

—¿Decir? Mirá, Fernando, aquí no ha pasado nada: así de sencillo. Beba me gusta, me gustó desde aquella vez que fuimos a tu casa con Jorge y María y Alcira, y bueno, nos acostamos y seguramente nos vamos a seguir acostando. Ahí se acabó el drama.

—Pero eso ya es un planteo, viejo: me estás planteando que vas a seguir acostándote con Beba, casi nada.

Nos vamos —corrige Da Silva—. Y eso no es un planteo, es la realidad.

Y se siguió o siguieron acostando, evidentemente, por lo que no hay más que hablar, la única posibilidad era que entonaras tu mea culpa, no lo hiciste, así que te vas a atener a las consecuencias, y yo ahora me muero de ganas de dejarte plantado, de partir a bordo de mi poderoso Impala en busca de las doctorcitas que me curarán y con las que nos reiremos de Beba y de vos, no sé, quizá a Beba haya que llorarla, nos reiremos a carcajadas, y siempre sobre esa tortuosa autopista que es mi vida, flanqueada por el dedo acusador del Tío Sam, de este lado, y por la moderada perspectiva calórica que se abre gracias a las curalotodo píldoras del Dr. Schnutz, de aquel otro. En efecto, derivo por una doble vertiente pesimista y ligeramente optimista a la vez. Es la marca de fábrica de quienes mandamos a la cruz al Mesías y esperamos un Mesías suplente. Por ahora el próximo está en el banquillo haciendo ejercicios de precalentamiento. Pero ya entrará en el campo de juego y meterá mi gol. ¿Qué gol? Porque ahí están los otros dos personajes de los que hablábamos. No son las doctorcitas, lástima, sino un par de tipos que se me tiran a las piernas como si esto fuera un partido de rugby.

 

 

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