Marcelo del Campo
Belladona
(novela/capítulo 10)
11/11/02
En este punto, el que haya seguido las líneas precedentes podría decir en la línea de mi tía Ester, ¿pero qué me va a contar usted que yo no sepa? En efecto, todos sabemos todo porque la historia es siempre una y la misma y no se vaya a creer aquí que yo pretendo ser original, por lo que devuelvo la pelota, ¿qué me van a contar ustedes a mí? De manera que todos sabemos todo de todo, especialmente cuando se trata de historias como esta que usted nos está contando que al fin y al cabo no es más que otra historia de amor y traición, despecho y venganza, en suma, un tango. Bueno, pero la cuestión es que yo no lo sé, porque con las historias sucede algo así, las sabemos cuando no estamos en juego, cuando estamos en juego no las sabemos. Y yo quiero saber, entender el tango, el juego que bailé, para lo cual nada más sencillo que bailarlo otra vez pero ahora en público, ceremonia de dilucidación que sólo se puede afrontar con los orificios destapados, ¿o será esta ceremonia la que culmina la magna obra, la fontanería fina? Pero el tango es entrador y hace que el público participe. Consecuencia, usted también empieza a estar en juego, a entrar en el juego, deambula por el laberinto y va siendo presa de cierta inquietud. Al final los que creían conocer perfectamente esta historia la conocen muy poco, están adentro, con el Minotauro, mientras que el que no la conocía empieza a saber algo de ella, puede darse el lujo de decirle adiós al bicho. A pesar de tías como mi tía, no hay nada en el mundo que no quede por conocer. Afortunadamente, el misterio permanece.
Y a propósito de mi tía, pertenecía a una corte de tíos y tías por el lado materno que habían contribuido a mi inercia de naturaleza intelectual. No es que ellos o ellas fueran unos intelectuales, ¡todo lo contrario!, sino más bien los preclaros exponentes de la inercia vegetal más fototropismo negativo que se pueda imaginar. Hasta aquí debemos remontarnos para encontrar las causas de mi falta de empuje en el momento crucial en que había que pasar de la idea al acto. Ése era el verdadero fondo de la cuestión. Sólo que el fondo, en cierto momento, fue recubierto por un pálido barniz intelectual que acabó por estropearlo todo.
Aunque el barniz tenía una procedencia diferente: yo lo había mamado del lado paterno porque en lo que se refiere a la otra rama de la familia, era, como digo, decididamente antiintelectual. Esto no significa que estuviese compuesta por hombres y mujeres de acción, cosa que por supuesto me hubiera hecho saltar de alegría, sino por un puñado de seres grises que aceptaban con entera pasividad la suerte que el Señor de los Ejércitos había repartido. Ni siquiera reclamaban, Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado, sino que patéticamente se abandonaban sin reclamar: pertenecíamos al ejército de los vencidos. Y de todo el vasto grupo sobresalían las tías, puesto que eran la parte florida de ese invernadero donde nacían, se desarrollaban y morían la mayor parte de los miembros de mi familia materna.
Mi tía Ester era la flor que despedía el mejor aroma. Quizá fuese por su tierna ridiculez, a prueba de balas. A mi tía no se le podía venir con historias porque se las sabía todas, y en el momento en que, por poner un ejemplo, su cuñada, o sea mi mamá, le expuso mis intenciones de construir un nido de amor junto a Beba, anticipó el futuro de un solo y feroz vistazo. Se mordió la lengua, en el sentido literal de la expresión, puesto que era un tic que se le imponía en negras circunstancias, pero no se la mordió en sentido figurado, que eso no sabía ni podía hacerlo, y dijo:
—¡Qué me vas a contar a mí, Hilda! Sé muy bien cómo terminan estas historias.
Y es que para mi tía la historia tenía que acabar como acaban todas las historias entre judíos y cristianos: a cuchillazos. ¿O a cornadas, tía?
Debo admitir que por una vez la tía Ester no se equivocó. Y si yo le contase hoy todas estas cosas, si hubiera sido posible que se las contase, me habría contestado mordiéndose sin morderse la lengua: «Bah, figurita repetida». Pero entonces yo le habría podido retrucar: «Pero tía, ¡si esto ocurre en las mejores familias judías! Que yo sepa, y sin ir más lejos, papá una vez a mamá... ¡Sí, papá una vez a mamá!». Inútil: ésta era la clase de historias que ella no sabía, y por lo tanto no tenían existencia oficial. Saberse la historia era más o menos renunciar a saber nada.
Como mi tía Ester conocía todas las historias (en este sentido restringido, doméstico, por así decir), para todas tenía también una receta. Eran recetas de corto alcance, igual que sus propias historias, pero recetas al fin. Como las del farmacéutico de la esquina: remedios sencillos para malestares superficiales. ¿Pero qué sabe el farmacéutico de las grandes enfermedades, los malestaresmalestares? De esta agua nunca ha de beber, así que lo sentimos mucho, señora, dejémosla correr, tenemos que encerrarnos con nuestros mejunjes y nuestros ungüentos y usted tendrá que llamar al médico. Mientras tanto, entre los olores mezclados del azufre, el alcanfor, el yodo, la trastienda de la farmacia parece un invernadero. Precisamente el de mi tía Ester y las dos docenas de tías restantes.
Una vez, al respecto, escuché la siguiente conversación:
—¿Qué te parece, Hilda —le dice mi tía a mi madre—. El chico se encierra por lo menos dos horas en el baño y de ahí no hay quién lo saque. Ya te imaginás para qué. A la pobre Berta se la ve impotente. Está desesperada.
—Bueno, ya se le pasará, no me parece tan grave —dice con cierta cautela mi madre.
—No, no se le va a pasar nada, cada vez será peor... claro, si no lo atajan a tiempo, como opina el doctor Mentelsohn.
—¿Quién es ese doctor Mendelsohn? Jamás oí hablar de él.
—Mentelsohn, Hilda, Mentelsohn. Es una eminencia en esta clase de enfermedades. Se dice que hace milagros.
—¿Lo consultó Berta?
—No, claro que no. Si lo hubiera hecho, como le aconsejé, ya no estaría tan desesperada. Dicen que estudió en Japón.
—Ah, Japón...
—¿Pero qué hace Marcos en el baño? —interrumpe el niño que era yo, porque entonces yo no podía imaginar que un cuarto de baño, además de para lo que todos saben que sirve, sirviese también para otra cosa, como es natural.
—Se lava las manos, querido, se pasa todo el santo día en el baño lavándose las manos —dice Ester.
—¿Y eso qué tiene de malo? —digo yo.
—Como tener, no tiene nada. Pero si uno anda la mayor parte del tiempo lavándose las manos, se enferma. Nada grave, sólo una pequeña enfermedad que se cura si el doctor interviene a tiempo.
Y punto, hasta aquí llegaba mi tía: hasta la periferia del círculo donde pululan y se agitan las pequeñas enfermedades. Cuando el asunto iba más allá —o venía de más allá—, se metía en la trastienda y se negaba a atender. Nos quedábamos sin recetas y podía pasar de todo. Y como por regla general las cosas atacaban desde fuera del círculo y no desde dentro, vivíamos en una especie de estado de sitio permanente en el que ya nadie se podía vanagloriar de saber la historia ni de qué me va a contar usted, hágame el favor. La historia no la conocía ni Dios, por lo que ni siquiera había a quien encomendarse. En estos casos, mi tía Ester y las dos docenas de tías restantes se apuntaban al más crudo fatalismo, de modo que Epicuro y Demócrito tenían razón: todo era consecuencia del choque azaroso de los átomos —y donde mandan átomos no manda voluntad.
O sea que la pequeña historia, la pequeña enfermedad, era el terreno donde ondeaban victoriosas las banderas de mi tía y de toda la familia por el lado materno; en cambio, las otras historias, los grandes malestares para los que no existe sistema inmunológico alguno parecían más bien un pantano, la selva sombría de Tarzán donde por nada del mundo conviene entrar si no queremos arriesgar la vida. La vida, dice mi tía, es lo que hay que conservar.
¿Qué hacía mi primo Marcos en el baño? ¡Ojo, Marquitos, hasta ahora la cuestión queda encerrada dentro de los estrechos límites del círculo, pero no hay que pasarse, no hay que darle cancha a la velluda mano porque entonces se corre el peligro de cruzar la frontera, y más allá de la frontera, en la selva, el pantano, el extrarradio, seguro que andan dando vueltas y más vueltas la deshonra, la locura y la muerte, unos animales muy fieros y muy feos! Más allá de la frontera no hay recetas, ¡ojo!
Cuando Beba apareció en el lejano horizonte que se podía percibir desde dentro del círculo, se acabaron las existencias en la farmacia e incluso las sencillas fórmulas del farmacéutico, y las dos docenas de tías, sin excluir a mi tía Ester, corrieron a esconderse en la trastienda. Claro, dijeron lo que tenían que decir sobre el caso, era su misión, la misión de los que conocen a fondo las pequeñas historias, pero no ofrecieron resistencia. Para resistir hay que estar en lo que se dice la Historia. Pero mi parentela por el lado materno no estaba en la Historia, a pesar de que se conocía todas las historias. En consecuencia, mi relación con Beba los intimidó y los doblegó. Y a renglón seguido se los tragó la tierra. Del otro lado del círculo estaba yo. De éste se quedaron ellos con sus recetas y la certeza absoluta de que en el choque con los átomos yo me acabaría por desintegrar.
Sí, estuve a punto de caramelo, pero aquí lo que me interesa recalcar es ese sello distintivo de mi familia materna. Me han venido a la cabeza las palabras invernadero y círculo, y creo que las palabras dan cuenta perfectamente de aquel conjunto de personajes que no atinaban a enfrentarse con la vida. Lo del enfrentamiento es muy importante para la comprensión cabal de todo este asunto. A partir del momento en que el cuerpo chisporroteante de Beba entró en mi órbita, yo tenía que enfrentarme de raíz a un par de cosas y darles una respuesta eficaz. No fue así, y me parece que esto hay que achacarlo a la parte vegetal y circular que de nacimiento llevo en la sangre. En cambio me limité a asumir casi con gozo y con indudable inconsciencia, en conflicto con mi superconciencia, rama paterna, las consecuencias de tan miserable situación, en la que nada parecía exigirme nada puesto que yo, al fin y al cabo, me había resignado a ser una planta más dentro de la odiada constelación familiar, rama materna. Metido dentro del círculo, como un oso en su madriguera, no decía ni que sí ni que no: solamente me relamía las heridas. Y si algún día llegaba un doctor Schnutz cualquiera —mejor una doctora Schnutz— y las curaba y hacía que cicatrizaran, eso no era cosa mía, sino más bien de los átomos chocadores.
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