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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 3)

 

20/2/02

 

 

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Capítulo 3

 

Lo que sucede es muy simple: mis fantasías se han quedado en fantasías, pero Beba empieza a hacer efectivas las suyas. Para entender esto, lo mejor será empezar describiendo a Beba. Sobre todo, describámosla por oposición a Graciela (Graciela se obstina en permanecer), lo que nos dará una idea clara de la verdadera serpiente vigilando la entrada del verdadero reino. Por ahora el reino no deja de ser una nebulosa, y en mi atolondramiento yo insisto en confundirlo con el guardián.

La belleza del guardián pocas veces ha sido vista. En Villa del Parque, donde nació, todos están orgullosos de contar con ese par de ojos entre sus filas, los más lindos del barrio. No obstante, algo de perturbador, de indomable hay en esos ojos, algo con lo que los vecinos no llegan a congeniar porque no lo pueden reducir a los cánones de la belleza convencional. En cambio, si Graciela viviera en Villa del Parque recibiría una adhesión pública más calurosa: ella es como el equipo de fútbol local y no como el campeón que viene de no se sabe dónde y que además viene a arrollar. No es que Graciela no quiera arrollar. Sí que quiere, pero con una diferencia: Beba arrolla naturalmente, Graciela con premeditación. Se ve en todo que Graciela quiere ser de una manera concreta. Lo que no se ve por ninguna parte es que Beba quiera ser nada: ella es como es, lo que es.

Además, las idas y venidas de Beba sonaban raras. Se sabía que estudiaba algo, ¿pero qué? No parecían ser cosas que guardaran la más mínima relación con aquello en que se quemaban las pestañas las demás chicas del barrio. Cuando se supo lo del sánscrito, la gente confirmó la sospecha: la hija menor de los Conti tiene algo especial. Las distancias aumentaron y Beba se encontró con un espacio cómodo para cultivar sus excentricidades.

Ahora bien, ¿qué es una belleza excéntrica sino todo lo contrario de una belleza centrada? En el primer caso, como el centro está fuera del propio ser, el ser encuentra una enorme dificultad para soportar cualquier clase de peso y, ante todo, el de su propia belleza. Entonces la belleza alcanza la plenitud de una máscara, algo que revela la tensión y el esfuerzo que produce el echarse el fardo a las espaldas. En el segundo caso el ser está en completo equilibrio, y al apoyarse sobre su centro exactamente centrado adquiere la fuerza de una palanca con la que mueve al mundo. Nada le pesa, no camina, flota, y en esta especie de sobrevuelo de todas las cosas, vuela también sobre su propia belleza. Aquí la belleza no es lo que hay que apuntalar, sostener, padecer, sino algo que se lleva de un modo tan natural como todos los días la bolsa del pan. La belleza centrada sucumbe a tal grado de ligereza que ni siquiera le pesa la fatigante tarea de contemplarse y enamorarse de sí misma cada mañana en el espejo. «¡Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?». Pero en esta empresa el ser la abandona, el centro se desplaza hacia el espejo y el rostro se impregna de la frialdad, la inmovilidad y la inexpresividad de un cadáver: como si el príncipe contemplara a la bella durmiente a través del cristal del ataúd en el que los dioses la han encerrado como castigo a su levedad.

La belleza centrada ha resuelto el problema fundamental, el del peso, y por lo tanto sólo tiene una cosa de la que ocuparse: el mundo y la manera en que éste la contempla y se consume en la contemplación. La belleza centrada dice: «El mundo entero me desea; luego, la cuestión consiste en hacerse desear», o sea, en apretar las piernas lo más fuerte posible hasta que llegue el príncipe con su varita mágica y pronuncie la palabra decisiva, ¡Sésamo!, la combinación de la caja, el conjuro que nos acerca hasta la ostra en el fondo del mar. El príncipe mete ahí dentro la vara y recoge el premio al Gran Pescador, una perla grande como una catedral. Pero cuidado con los imprevistos: a veces la perla, en lugar de estar encerrada inmóvil entre las piernas nacaradas de la concha, viaja de incógnito en una carterita de gamuza, disimulada entre decenas de adminículos con los que aderezar la espera y atizar el fuego del deseo del mundo que subleva a los hombres y les retuerce los testículos de dolor.

Pero la excentricidad de la belleza hace que las cosas funcionen de otra manera. La belleza excéntrica no puede con su peso —es un peso tan tremendo que ni siquiera le permite tomarse un respiro y darse cuenta de que es bella. Puesto en el ring, nuestro peso pesado lucha con desesperación, y si por alguna misteriosa razón el contrincante lo ayuda a deshacerse de la carga, o tiene buena voluntad y decide compartirla, o consiente en traspasarla enteramente sobre sus hombros, entonces la bella que no sabe que es bella acepta, sí señor, ¿por qué no?, le entrega el peso y todo lo demás, lo cual no es exactamente un premio, sino el riesgo permanente del contrincante de estrellarse contra el suelo desde una altura excesiva, porque el avión vuela con sobrecarga y todavía no se ha fabricado el prototipo que pueda saltarse la ley de gravedad. Sí, la belleza excéntrica busca rivales dignos, otros peso pesados como ella, capaces de dejarla K. O. en el primer round.

La mujer que carga con un peso terrible sólo quiere sacárselo de encima. La mujer que se asienta tranquilamente sobre su sexo lo único que se propone es venderlo al mejor postor. Si uno desea librarse de un peso, cualquier ayuda es buena, cualquier individuo más o menos sensible que esté dispuesto a ayudar. Pero si una mujer pretende que su sexo reciba el homenaje que se merece, espera pacientemente al príncipe azul y mientras tanto va descartando a los distintos príncipes posibles, toda la sarta de individuos, sensitivos o no, que andan dando vueltas por el mundo, sin que esto signifique por fuerza que ella mantenga a sangre y fuego su virginidad: al príncipe también lo puede reconocer por su vigor sexual, aunque en general se muestra sobria, el verdadero príncipe no es aficionado a las mujeres usadas.

Beba encontró en mí su primera agarradera, la rama medianamente sólida donde aferrarse para aguantar a pie firme los embates inaugurales de la vida a su paso por Villa del Parque. Sin embargo, como para mis hombros la chica pesaba demasiado, el peso sobrante lo repartió entre otras musculaturas, algunos hercúleos que acabaron ocupando mi lugar. Cuestión de vida o muerte. La cosa consistía en repartir o caer aplastada por la carga abrumadora. Realmente, la historia de Graciela fue el pretexto que mi Beba necesitaba para empezar a actuar. El prólogo de la obra trágica, prólogo inocente, sin vencedores ni vencidos. Pero en la tragedia auténtica todos son culpables (de darle una manito al destino) y todos pierden.

Ahora me veo a bordo de un Impala verde que enfila a enorme velocidad por un camino recto y plano hacia la maldición. Es de noche pero la temperatura no ha bajado lo suficiente como para obligar al conductor a cerrar la ventanilla. El conductor se llama Samuel Literansky, y mis ojos oscilan de su nuca a la de Beba en un movimiento de autómata, como si de esta operación yo esperara sacar algo en limpio, quizá la solución del enigma. Micaela, pegada a mí, es un bebé que se bambolea y que sueña probablemente con un paraíso donde su papá es Adán y su mamá Eva y donde los dos comen durante toda la eternidad del Árbol de la Sabiduría sin que un mal rayo los parta. Pero mi querida hijita, ¿no te das cuenta de que de ese árbol está prohibido comer la fruta que sea porque entonces vendrá el Hombre de la Bolsa y nos comerá? Por otro lado tu mamá no es la costilla de tu papá sino una mujer muy suya que en el momento menos pensado lo va a golpear con algo y entonces se oirá un horrible ¡crash! Micaela asiente con su cabecita que se bambolea y yo prosigo mi indagación. Indago en las nucas, pretendo entrar como un Impala verde en los pensamientos, con la diferencia de que nuestro camino es recto y plano, y los pensamientos de los dos individuos que ocupan el asiento delantero son tan retorcidos como la huella de un reptil. Qué obsesión, se dirá, no se puede sacar los ofidios de la cabeza. Claro que no, y sin embargo en tal momento Beba, a pesar de todo, estaba lejos de representar esa clase de obsesión, todavía parecía un capullito, una hoja suelta en la tormenta y no la tormenta misma —siempre abrimos el paraguas tarde. ¡Cómo soplaba el viento!, pero yo entonces era una estúpida caperucita ajena por completo a mi loba. Beba hablaba sin parar con la gacela Samuel Literansky, y mientras tanto el viajero del asiento trasero hurgaba en sus nucas como un perro hambriento que ha escondido el hueso y se olvidó dónde está. Gacela, eso es. ¿Acaso mi querido Samuel no es pequeño, frágil, huidizo y de ojitos revolviéndose inquietos en sus órbitas, atentos a todo lo que sucede a su alrededor? Siempre fue así. Lo conocí en el colegio escurriéndose como una anguila entre quienes lo querían trompear y dando cátedra política revolucionaria (faltaba mucho para que la diera reaccionaria) a los que eran uno o dos años mayores que él, a los de quinto, aunque él fuese de cuarto y su figura no impusiese excesivo respeto. A Samuel Literansky se debe el que yo firmase la primera y última ficha partidaria de mi vida, más o menos por la época en que cayó en mis manos Howard Fast, La historia de Lola Gregg (Lola me hizo como soy). Recuerdo que fue durante un recreo cuando me alargó el papel: «Tomá, poné una firma». No vacilé, porque la vacilación no encajaba en el esquema del militante monolítico y arrojado que yo quería ser, y la puse nomás como quien pone una pastilla efervescente en un vaso de agua y espera hasta que se disuelva, porque en seguida me quedé mirando embobado el temblequeante papelito amarillo con la certeza de que ahí, de algún modo, también quedaba certificada la disolución de mi alma de pequeño burgués. No se disolvió nunca, eso es evidente, y aquí estoy, tantos años después, lamentándome del destino escasamente revolucionario hacia el que me dirigía, nos dirigíamos metidos en el Impala verde al volante del cual estaba el propio Samuel. En el asiento trasero iba Mr. Fast acribillando aquellas nucas en busca de una revelación, no de la revolución.

Mi querido Samuel, ¡cuánto te odiaba! Odiaba, por ejemplo, este diálogo:

—Hola, Fernando.

—Hola, viejo. ¿Vas a entrar o te vas a quedar petrificado ahí fuera?

—Sí, entro, pero sólo un momentito. ¿Está Beba?

—¡Beba! —grito yo, con la secreta ilusión de que Beba no esté, de que se haya hecho humo. Pero está.

—¡Samuelito!, ¡Samuelito! —dice ella bajando las escaleras de dos en dos—. Seguro que no sabés adónde vamos...

Y seguro también que lo dice en serio, porque se está arreglando la cartera encima del hombro, la muy zorra. Zorra y rezorra. Y bruja. Si no, ¿cuándo diablos acordaron la cita? ¿Cómo? ¿Confabulación? Las cartas están boca abajo, quizás ella también se ponga boca abajo, y yo no tengo siquiera un segundo para darlas vuelta, Beba ya me está diciendo mentalmente adiós y con un pesar que suena bastante falso.

—Seguro que no sabés adónde vamos. O a lo mejor sabés. Lo sabés, ¿no?

—No, no sé nada.

—¡Al Gambrinus, zonzo!

—Ah sí, claro.

—¿Y yo qué?

—¿Y tus libros de filosofía qué? ¿Y tu carrera de filosofía qué? De paso cuidá a Mica, Fer. Te la dejo cambiadita y dormidita. Que te sea leve, bombón.

En fin, que todo sale redondo, a pedir de su boca, pero mi rabia es puntiaguda y pincha para adentro, dentro de mi boca, porque no es ninguna novedad que tengo los orificios tapados y que nada quiere empujar hacia afuera. Los que empujan afuera son ellos. Cierro la puerta y escucho la voz de Samuel del otro lado, mientras repiquetean las llaves del Impala:

—Chau, Fer.

Algo me dice que al cabo del viaje se correrá el telón y veré la película entera. Después de todo espero como en el cine: con un par de nucas que se mueven y cuchichean en la fila de adelante. Saco mi bolsita de caramelos, uno a uno les voy quitando el papel, saboreo por anticipado el final del drama. ¿O será apenas un musical y en el momento culminante nos pondremos a cantar y a hacernos caritas todos? Otelo versión Hollywood. Otelo en Venecia. No, Otelo en Villa Gesell. Allá vamos, a esa playa tan de moda entre los que decimos despreciar las modas. Dunas, árboles y bungalows para los amados y deseados. Para los condenados nada. Beba la deseada. ¿Por quién? ¿Por Samuel Literansky? ¡No me hagan reír! Con ese nombre no se puede llegar a ninguna parte. Samuel es la idiotez en persona (sin contar los insoportables ojitos de gacela asustada), aunque en esta fase quizá valga como contrapeso. En realidad lo que Beba necesita es un valor que le haga besar la lona y manar la sangre, un campeón del mundo que electrice a la multitud. Por todos los demonios, ¿dónde está ese as, si es que ha nacido? Pero me temo que nació, mientras que este preliminarista está bien muerto.

Empieza a hacer frío y Samuel no se decide.

—¿Podés cerrar la ventanilla, che? —deslizo en su oreja, interponiéndome entre los dos tórtolos que a esa hora siguen con la cháchara enardecida. Molestia de Beba, molestia del conductor del Impala por la intromisión.

—¿Podés, por favor?

Me hace el favor: la cierra, pero a los dos minutos... bueno, nada que hacer. Así que me arrebujo en mi asiento secundario e ínfimo y me dispongo a cortar la transmisión. ¡Cambio y fuera! ¡Que las nucas se callen ya! ¡Que dejen de perturbar al mundo con sus ondas cortas y largas, con ese zumbido de mosquitos! Mica duerme, su papá también. Les espera una larga jornada. Pronto va a amanecer.

 

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