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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 8)

15/9/02

 

 

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Capítulo 8

 

Cuando Beba salió de mi vida por una puerta volvió a entrar por la otra. Esto se llama pertinacia. Recuerdo que en la época en que yo tenía 6 ó 7 años me quedaba mirando embobado una casita de madera que habíamos colgado de la pared. Tenía dos puertas y por ellas aparecían alternadamente un príncipe y una princesa. Cuando hacía calor salía la princesa. Cuando hacía frío el príncipe. Si no hacía frío ni calor los dos se quedaban sin decidirse en el umbral. Con el tiempo reconstruí la casita en mi imaginación: la princesa absorbió al príncipe, y era ella la que por una puerta o la otra salía siempre a escena. O sea que siempre encontraba el medio de salir y entrar a la vez. Era también una princesa pertinaz.

El día que Beba salió por la puerta —no era una casita sino una casona—, no lo hizo del brazo de Armando da Silva, como se podía esperar. Porque Armando volvió a los brazos legítimos de Alcira después de cumplir su función desintegradora. Pero como la desintegración ya había empezado, Beba se encontró con muchos otros brazos para elegir, excepto su brazo derecho que casualmente era yo.

Da Silva: ese individuo con un mechón negro sobre la cara blanca y un poder de fisión atómica proveniente del espléndido instrumento, me refiero al violonchelo, que aprieta de tanto en tanto entre las piernas. ¿Pero cómo nace, se desarrolla y muere una pasión? La pasión apenas ha sido mencionada, la de Beba­Da Silva si alguna vez existió, y ya estoy haciendo salir a Beba por una puerta para volver a hacerla entrar por la otra. ¿Es que estamos todos locos? Sí, estamos todos locos y no hace falta aclarar por qué.

Beba es la chica que he dejado en la playa con una mejilla tan ardiente que me cuesta creer haya sido yo el autor. Hay mejillas que matan a quien las ultrajó. ¿Yo señor? ¡No señor! ¿Pues entonces quién? ¡El Gran Bonete! Sí, es el Gran Bonete el que debe cargar con la responsabilidad de la sonora cachetada que ahora se desmorona sobre el perfil indeciblemente hermoso de esta mujer, como una avalancha desde el Everest de la amargura, impotencia, frustración, decepción (la lista es larga) que constituyen la materia viscosa de la que tratamos de despegar rápidamente cuando vemos que todo está perdido. Pero con aquella cachetada, justamente, mi avión no despegó, se quedó inmovilizado en la pista a pesar de que un espejismo me incitó a creer durante años, muchos, el resto de mi vida en realidad, que sí lo había hecho, que majestuosamente sobrevolaba otros territorios alejados del paisaje villageselliano donde mi relación con Beba quedó —¿quedó?— por fin enterrada.

—¡Fuera! ¡Fuera!— exclama Da Silva.

Así que éste era el tipo del Peugeot. Me lo dice Beba con un desparpajo, una ligereza que también a ella casi le hace levantar vuelo, pero por motivos muy diferentes: ella, de lo que pretende despegarse es de mi carne sudorosa y muerta ahí bajo el sol trémulo de la playa, para ir a adherirse como una chinche a la de Da Silva que está viva —demasiado— y dando coletazos, ¡ay!, en algún lugar ignoto de Buenos Aires, y yo no me demoro en ayudarla, pobrecita, y le propino una soberana cachetada, algo así como un billete de ida sin retorno a Marte donde no pueda verla nunca más.

Acusa el golpe con gran dignidad. Más que con dignidad, diría con la conciencia tranquila de haber recibido lo que se merecía, ya que a la distancia, viendo esa foto fija de mi pasado suspendida entre el cielo y el mar, creo descubrir en su mirada una especie de relumbrón trágico, el reconocimiento de un destino ïnexorable del que ella es ciego ejecutor y del que sin embargo gustosamente huiría conmigo también a Marte, si fuera posible, donde el destino no existe porque no existe vida inteligente, la ciencia lo acaba de demostrar. Hay algo de piedad en esos ojos, piedad por mí, por ella y por la entera humanidad. Pero el mensaje dura una millonésima de segundo y se desvanece. A continuación Beba se da vuelta, siempre la dignidad, y entra otra vez en el bungalow, mientras su conciencia empieza a perder rápidamente aquel sesgo tranquilo y a sumirse en una inquietud tipo ¿dónde estará en estos momentos Armando da Silva y por qué no vendrá a consolarme el cuerpo, sobre todo, y el alma?

Huelga decir que Da Silva está en Buenos Aires con su Alcira. Véase lo que es la vida: yo deseaba a Alcira, nada en particular, sólo cierto interés científico por verificar el comportamiento sexual de una mujer racional: Alcira lo es, y mientras me compadecía anticipadamente del pobre Armando por mis intenciones expropiatorias, viene él, se cuela calladito en mi terreno y me lo expropia a su vez. Con toda razón se ha rehusado al viaje: ¿qué íbamos a hacer juntos los dos en el asiento de atrás del Impala verde? A menos que a Alcira la hubiéramos instalado en el medio. Pero de veras, ¿qué íbamos a hacer? ¿Quizá mirar las nucas de Beba y Samuel? Porque ¿quién me dice, quién nos dice, Armando, que los ocupantes del asiento delantero eran categóricamente inocentes? ¿Quién me asegura que las nucas, y algo más, no estaban compenetradas y que no había dado comienzo un pavoroso juego de espejos en el que yo terminaría rodeado de fantasmas mientras se me escapaba la Beba real? ¿Dónde estaba Beba, Armando? Podía pasar una noche en tu cubículo del último piso de un edificio que se venía abajo, el cubículo hasta el que una vez, después de lo de Gesell, la seguí y donde le pedí que volviera, como en un tango... y no volvió, ¿pero estaba verdaderamente ahí? Lo dudo. Probablemente desde mucho tiempo atrás Beba se había volado a Marte mientras todos nosotros la buscábamos en un sitio equivocado, en la Tierra. Pero desde Marte o donde fuera ella siempre se las ingeniaba para abrir la puerta y entrar. Era una princesa pertinaz, pero no era la princesa que me convenía: ni a mis orificios ni a mí.

Digo que no estaba en el cubículo de Da Silva como digo que no pensaba en Da Silva cuando pensaba en él y quizá estuviera pensando más efusivamente en Samuel. Digo que Beba era inasible por los cuatro costados por lo que digo que Beba no era de este mundo. Y si llegó a pensar, como dije, ¿dónde estará en estos momentos Armando y por qué no viene?, ello no era óbice para que fuera a consolarse en brazos de Samuel, cosa que nunca sabré, así como muchas otras, porque después de lo del sonoro cachetazo no la seguí al bungalow, no doctor Schnutz, como un estúpido me fui a dar vueltas por el pueblo.

El verano estaba aún en cierne, así que no dejaba de ser sorprendente ver a algunos viejos desfilando por las calles de tierra en pantaloncitos y sandalias, pero para eso eran viejos del lugar: los viejos del lugar son muy curtidos, mientras que yo andaba muerto de frío a pesar de que no hacía frío, más bien soplaba una brisita primaveral. También me crucé con un par de quince o veinteañeros, vaya uno a saber, a los que en otras circunstancias hubiera encontrado tostados, musculosos, inconscientes, todo envasado en una férrea unidad, pero que ahora sólo podían ostentar la inconsciencia como atributo único, lo que de paso los aseguraba también contra el frío. Me refiero al frío del alma, que era el que sentía yo.

Me metí en un bar llamado o. k., y efectivamente todo andaba muy bien, al menos desde el punto de vista de mi enorme conciencia. La intrusa se encontraba a sus anchas, dado que se había creado una situación en la que podía hacerse mil preguntas, kilómetros de preguntas que recorrería en una y otra dirección hasta encontrarles otras tantas respuestas, todas sustancialmente diferentes y todas, sin embargo, con cierta sustancia de verdad. El individuo que padece semejante condena recibe el nombre de intelectual. Era yo un intelectual hecho y derecho y ahora en plena potencia inquisitiva. Estaba o. k., como el bar.

¡Intelectuales! Hoy son zurdos, mañana derechos; hoy abstemios, mañana borrachos; hoy predican con el ejemplo, mañana no predican nada. Después de sufrirme a mí mismo por tanto tiempo, y a otros como yo, he llegado a la conclusión de que lo más conveniente es no ser un intelectual. Esta gente, de tanto ejercitarse en el pensamiento como otros se ejercitan en papar moscas, acaba por engrosar el eterno ejército de los sofistas, el de quienes nos pueden demostrar tanto que el hombre desciende de una cucaracha como que fue modelado a trompadas por Dios. En su juventud probablemente estén con Darwin pero en su madurez con el Papa. Véase si no el caso de mi amigo Samuel. Todos lo lamentamos, don Literansky, pero no sos más que un maldito intelectual. ¿Qué ventajas sacás, qué ventajas se sacan de esta equívoca condición? La única evidente es la del poder, porque al final, quien más quien menos, transa. Justa recompensa para el lastimoso profesional del intelecto que se ha pasado la mitad de su vida autoflagelándose con preguntas que, como los barcos, llevan a todos los puertos, y todos los puertos tienen más o menos la misma profundidad, las mismas nubes, el mismo olor a pescado podrido. Éste era mi caso y éste seguía siendo mi caso en el o.k. La intrusa preguntaba y contestaba como en un test de aptitud mental. Desfilaban los enigmas, mucho más rápido que los viejos en pantaloncitos y sandalias, y ella dibujaba una cruz en este casillero y dejaba en blanco aquél. Pero al cabo del recorrido volvía a la carga y ponía la cruz en el casillero contrario. ¿Qué hacer, conciencia? ¿Dejar a Beba o quedarse con Beba? ¿Matar a Beba o matarme yo? ¿Ir corriendo al bungalow para pedirle de rodillas perdón o ir corriendo al bungalow para poner de rodillas a Samuel Literansky por las dudas? El catálogo era infinito y era infinita la indecisión. Porque todas las respuestas eran evidentes y claras y apodícticas, al revés que en Descartes, quien para su felicidad y progreso de las ciencias había encontrado una única respuesta, solitaria, aislada, incontaminada y al fin y al cabo brillante como un sol para todo su largo y espantoso sufrimiento intelectual.

En el o.k. al barbudo que atendía el mostrador se le dio por poner un disco con alegres canciones judías, no sé por qué, quizá el antisemitismo había cedido terreno a una fugaz ola de prosemitismo, cuestión de casas discográficas probablemente, porque las del barbudo no eran unas facciones como para inspirar demasiada confianza, y fue entonces cuando en el test de aptitud mental se me cruzó la figura regordeta y bajita y con lentes de León Polonsky, un auténtico intelectual. Para más señas, el cruce se produjo en el momento mismo en que yo aferraba mi vaso de vodka, cosa que siempre me resultó fatal a esas horas de la mañana, y a toda hora, a decir verdad, y ya se sabe lo que el vodka connota de patria rusa o rusoblanca y por lo tanto de leones polonkys como el mío. El tal León, además de intelectual, era sastre de profesión y había elegido como compañera de autosacrificio a otra digna representante de la estirpe y el pensamiento (no tan especulativo como científico en su caso), con quien formó una pareja de tal grado de perspicacia y lucidez que al final tuvieron que emigrar a París porque Buenos Aires, aunque se parece a París, no ofrecía ninguna garantía de corresponder y reconocer y premiar el vasto monumento al intelecto que los dos levantaban día a día con unas reflexiones que eran como ladrillos —sin mala intención: los ladrillos que requería la construcción del citado monumento. «¡León», suspiraba yo entre trago y trago de vodka, «qué no daría para tenerte a mi lado en este oscuro callejón sin salida al que me ha empujado la vida...!» Y León, desde su también oscura máquina de coser, en su también barrio de Villa del Parque, aunque más del lado de Devoto, me respondía entre brumas: «Sí, Fernando, ahora me doy cuenta de que tenés un auténtico perfil de pensador judío», lo cual, como se puede suponer, a mí a esa altura del partido no me hacía gracia ni ilusión, porque malditas eran las ganas que tenía de seguir siendo un intelectual indeciso, o sea un auténtico intelectual, y suspiraba por incorporarme al partido de los hombres de acción, los hombres que no pierden lastimosamente el tiempo trazando cruces sobre casilleros, ni toman vodka para darse ánimos o encontrar una respuesta, sino sólo para entrar en calor.

Entre brumas llegó León Polonsky acompañado de su compañera de autosacrificio (estudiante de matemáticas, ella), y con estos dos personajes el telón de aquel teatro dramático que era mi vida cayó sobre el o.k. y se alzó sobre un nuevo decorado: el saloncito semicircular de la casona de Villa del Parque. Esta parte del hogar dulce hogar pudo haber constituido la zona cálida, hospitalaria e íntima de las visitas de no haber sido por el frío sepulcral que la infiltraba, como sucedía por lo demás con el resto de la casa. Tenía un piano vertical a un costado, al menos dos sillas Luis xiv, una alfombra con ambiciones de ser persa y una serie de ventanitas alargadas cuyos vitrales remachaban el aspecto entre rococó y gótico del palacio, así como el orgullo de sus glaciales habitantes. Es cierto que algunos trozos de cristal habían saltado, pero qué importa. En el saloncito estábamos León y Susana, Beba y yo. Era una noche como tantas otras en que después de meta aguja, coser pantalones, ajustar presillas, repasar dobladillos y demás, el pensador judío se desquitaba con todos nosotros aplicándonos crueles puntadas desde su Singer intelectual. Sobre todo le gustaba dejar caer la aguja envenenada sobre la delicada piel de la parejita anfitriona: en realidad primero la cortaba con su tijerota de sastre en pedacitos, después unía los pedacitos a discreción. El resultado era un modelo que tal vez no tenía mucho que ver con el original, pero que en todo caso resultaba bastante atractivo. Así era León, así nuestras veladas en el saloncito semicircular y así la noche aquella con hipótesis aproximativa:

—Beba —dice León— es un ser que actúa sin medir las consecuencias de sus actos; aquí reside su fascinación —o algo por el estilo.

En este punto, como solía ocurrir, el Ser se había quedado dormido en el sofá con la cabeza apoyada sobre mis piernas, y el detalle, que no era nada del otro mundo, tenía que servir de elemento demostrativo a una mente apisonadora como la de León: Beba era tan suya que bien podía dormirse delante del Mismísimo. ¿Y qué? Nadie se atrevería a recriminarle nada, porque esta mujer tiene una forma tan específica de ser independiente de las consecuencias de sus actos que aunque esas consecuencias sean nefastas no pueden por menos que cautivar e inspirar respeto a media humanidad. O sea que además de todo Beba era impune.

Yo estas cosas las tomaba con cierta vanidad: me llenaba de orgullo el tener una mujercita fuera de serie. Pero, claro, hasta entonces Beba era sólo un catálogo de piezas exóticas traído de un continente desconocido; entre otras pequeñas cosas se quedaba dormida en público, una excentricidad más, aunque no el producto mismo, las piezas, y todo lo catastrófico que podía desatar. Sin embargo, yo al menos hubiera tenido que inferir que si se dormía en público, también era posible que el día menos pensado se fuera a dormir públicamente con cualquier otro. Las consecuencias de sus actos no le importaban, ¿no?

Bueno, de tal manera se desplegaba ante mis ojos aquello en que debía consistir una persona de acción. Esta persona no mide, lo cual no quiere decir que no piense. Aquí el pensamiento es uno con la acción. Es como si estuviera tan sumergido en la carne, que no se ve. Es sangre de la carne y punto. En cambio lo mío parecía harina de otro costal: pensamiento ligero que sin anudarse a ninguna cosa se deleita en pensar y sólo pensar; globo etéreo que sobrevuela todos los paisajes preguntándose eternamente dónde tiene que caer. Globo, ¿qué hago? ¿Dejo a Beba o me quedo con Beba? León, ¡dame una respuesta, por favor!

De vuelta el o.k., el barbudo, mi vodka, la música judía ha dejado de sonar. Ahora, Only you, mi amor. ¿Sólo tú u otra en lugar de vos? Pero, como ya dije, después de recorrer todos los caminos de ida y de vuelta el intelectual termina tan confundido y tan indeciso como cuando empezó. Adelanto la solución del enigma: no dejo a Beba ni me quedo con Beba. Quedarse significa: acepto la situación y la replanteo a partir de cero. Pero yo no me quedo en este sentido ni me voy en el único sentido posible. Me quedo, sencillamente: sin aceptar y sin replantear. Me quedo porque no puedo irme, lo cual es la peor manera de quedarse. En el fondo quiero vengarme de Beba, destruir a Beba, hacerle morder el polvo. Pero tampoco esto lo decido: no puedo decidir nada. Y si me vengo y le hago morder el polvo y finalmente la destruyo, no es una proeza que se deba acreditar en mi haber, sino en el de la ciega mecánica de los acontecimientos. Al fin y al cabo, los intelectuales no resolvemos nada. Así que ya basta, León, con ese perfil de pensador judío con el que me honraste o me tomaste el pelo. ¡Vaya perfil! ¡Vaya pensador!

Sí, nada mejor que Only you. Pago mis vodkas, fueron tres, creo, y vuelvo haciendo eses al bungalow. Hay menos viejos en pantaloncitos por ahí fuera, así que será hora de comer, los viejos son muy puntuales en estos menesteres, y yo tengo un hambre bárbara. Sólo vos, Beba, y nadie más.

 

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