Marcelo del Campo
Belladona
(novela/capítulo 12)
17/1/03
Habíamos quedado en que Tantor enlazó por la cintura a Juana con su trompa y se la llevó selva adentro, tan adentro que no se podían oír los alaridos espantosos de Tarzán. Juana había estado calentándose al sol, con los pies apoyados en la balaustrada del balcón. Y en eso llegó Tantor. Así consta en la crónica policial de la época.
Nuestra casa alzaba su prominente figura sobre una esquina, y en la esquina crecía un jardín mínimo, con momeolvides, glicinas y margaritas. En otoño una de las calles quedaba alfombrada por las flores de los jacarandás. Desde la esquina se la podía dominar en casi toda su extensión, bordeada por los árboles y teñida del espléndido azul violáceo que desprendían incesantemente las copas, como cascadas. Algunos atardeceres yo me instalaba en el balcón, procurando que mis glándulas saborearan y masticaran la mayor superficie de azul violáceo disponible desde esa perspectiva. Extraía del ejercicio intensos impulsos de gratificación mental, de paz sexual, pero la vida entonces no era exactamente color de rosa sino algo menos sublime y más violento. Era azuljacarandá. ¡Qué tapiz el que formaban esas flores! ¡Qué inenarrable alucinación! Hasta que llegó Tantor, enlazó a Juana y el bosque se incendió. En síntesis, se quemaron los jacarandás y en su lugar crecieron plantas devoradoras.
Crecieron, subieron hasta el semirredondo balcón donde ahora, una de cada tantas noches, pero no pocas en realidad, yo arrastraba un pesado sillón y me sentaba a esperar a mi raptada. Y no sólo devoraban, también hablaban. Y eran locuaces: hablaban hasta por los codos pero yo no quería escucharlas y mucho menos cerrar ningún trato con ellas porque cualquiera de esos posibles tratos, evidentemente, me perjudicaba. Ellas alegaban que existía sólida jurisprudencia. Yo lo negaba mil veces, pero la cuestión era de tal índole que yo no llevaba precisamente las de ganar. Me parece estar escuchando sus voces: ¿Qué derecho tiene Tantor sobre el resto de los animales de la selva? Antes Juana pertenecía a Tarzán, nuestro rey. Pero desaparecido Tarzán, el usufructo de su blanca esposa recae sobre toda la comunidad. Hienas, leopardos, leones y otros, rechazamos tajantemente el monopolio por parte de cualquier otro cuadrúpedo, más aún si dicho cuadrúpedo es un estúpido elefante. Y en Buenos Aires, hacia 1965, firmamos de nuestras pezuñas y garras. Y a continuación venía la lista extensa de los demandantes, aquellas voces, aquellos animales plantas que no dejaban de asediarme en el balcón de los extinguidos jacarandás. ¿1965 ó 1810? Porque más bien todo esto me suena a algarada patriótica. Ya se sabe, Carlos IV está encerrado en Bayona junto al inútil de su hijo Fernando VII, por lo que la soberanía revierte al pueblo que la reclama y que se encuentra reunido frente a la sede de los tumultuosos acontecimientos, el Cabildo de Buenos Aires, con una lluvia incesante encima de los paraguas abigarrados, mientras se alza desde ellos un clamor unánime: ¡El pueblo quiere saber de qué se trata!
—¿Qué me dice, obispo Lué*?
—Te digo que tu caso es exactamente igual. A Tarzán le cortaron la liana de un tajo y se quedó sin árbol. ¡Ja, ja! Ahora aguantate, que vienen los patriotas.
—Obispo, ¿quiénes son los patriotas?
—Por las escarapelas que reparten French y Berutti los reconocerás.
—Pero llueve tanto, señor obispo, y está tan nublado y oscuro que me cuesta verles las caras.
—¡Idiota, abrí bien el paraguas y los ojos, mirá cómo se te están metiendo en la cama!
—¡Es un cabildo abierto, mi señor!
—¡Y tan abierto! Ya lo decía yo: en cuanto el Rey se descuida... ¡Pero cuidado, ahí tenés a dos!
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser? ¡En la cama, idiota, en la cama!
Es entonces cuando distingo a Demetrio Ramírez en primer lugar. Con el paraguas cerrado, no abierto, porque a Demetrio llueva o no llueva le gusta apoyarse sobre algo más que sobre sus meras dos piernas, necesita algo macizo, pleno. Quizá sea una cuestión de infancia pobre y desgraciada, qué le va a hacer. Ahí empezaron los problemas y desde entonces anda a la caza de un ideal poético, sea de sustancia verbal o carnal, le da lo mismo, con el que poder atravesar como con un cuchillo la puerca realidad. Nació y vivió durante años en una planta baja de la calle Venezuela al cuatro mil, con una lamparita de 60 vatios colgada eternamente del techo del comedor. Con los codos sobre la mesa, también eterno, el viejo de Demetrio, don Balbino, a veces con trabajo en alguna obra en construcción, la mayoría de las veces no. De manera que el paraguas no sólo era muleta, tercera y terca pierna, sino además el cuchillo y el emblema. Y Beba el ideal poético: verbal y carnal. ¡Ay, Demetrio!, ¿por qué tengo que hacerme cargo de tu poética retorcida? ¿Por qué me diste ese paraguazo a traición? Había cabildo abierto, claro, pero no tenías razones objetivas para entrar. Subjetivas, sí. Te lo voy a explicar aunque me temo que esté bastante claro. Habíamos aprendido a diferenciar, cada cual en su respectiva célula, entre las condiciones objetivas y subjetivas de la Revolución. Nada de voluntarismo ni de apresuramiento, que eso es la enfermedad infantil del comunismo. Bueno, apliquemos la lección a nuestro caso. Nadie que no fuera un ciego podía dejar de ver que mi relación con Beba estaba empezando a deslizarse por un peligroso plano inclinado. Pero de ahí a concluir que estaba muerta, como el capitalismo agonizante que al fin se muere y los obreros le hacen el funeral, había una respetable distancia. Existen muchas crisis agónicas que no se resuelven en defunción, ya ves Demetrio cuántas veces agonizó el capitalismo y cuántas veces se levantó de un salto de la cama, y a ver quién es el Lenin que sabe cuándo tiene que ponerse la bata del médico y cuándo las botas del enterrador. En este sentido no fuiste un Lenin porque él, en tu lugar, hubiera esperado un poquito más. Sólo un poco, Demetrio, para que la inclinación del plano terminase en abismo y entonces habrías podido velar tranquilamente el cadáver de nuestro matrimonio estrellado, y además sin cargo de conciencia, mejor para vos. Pero no, te engañaste y quisiste plantar tu bandera roja en un territorio que todavía no había sido minado por la contradicción principal. Enfermo e infantil, amigo mío, y poco comunista. En consecuencia, no me equivoco cuando digo que no había razones objetivas para entrar. Pero entraste por el lado subjetivo, y ahí Dios y la razón te asisten. ¿Qué otra cosa podías hacer? Entre una lamparita de 60 y eterna y el viejo don Balbino (¿cómo se llamaba tu vieja, che?, ese hermoso pelo blanco recogido y atado en la nuca con un piolín) con los codos eternamente sobre la mesa del comedor, estabas acorralado. A tu ideal poético, inservible porque no encajaba con nada, lo arrastraba ya una locomotora humeante hacia una vía muerta cuando de repente, zas, te sacuden en la cabeza como una alfombra la poesía revelada, el logos, la palabra santa y sánscrita de Beba. En honor a la verdad, Demetrio, el contacto místico, la alfombra voladora nos sacudió casi simultáneamente a los dos. Yo no soy poeta y percibí la cosa de otro modo, pero nada impide que tanto en tu caso como en el mío hubiera habido eso: revelación. Sin embargo, un detalle, mi revelación le ganó de mano a la tuya, yo la vi primero y eso te perdió. Bueno, no del todo, porque al fin y al cabo le metiste marcha al caballo y aquí estás, agarrá la patriótica escarapela, Demetrio, entrá.
OBISPO LUÉ: Como una planta trepadora, joven, por el balcón...
YO: De acuerdo, señor obispo. Pero antes que se haga la autocrítica.
BEBA: ¡Eso, eso, Su Santidad, que se autocritique! Porque un día vino a casa y me dio un beso.
OBISPO LUÉ: ¿Cómo es eso, querida?
BEBA: Mire, señor Lué, yo estaba bañando en el cuarto de baño a mis dos caniches, y cantando creo que el Pange Lingua cuando de repente golpearon la puerta y bajé corriendo las escaleras con Molly y Dolly detrás dejando charcos por toda la casa. Abrí y era Demetrio Ramírez. ¡La que se armó! Porque los caniches son muy cariñosos y se ponen a hacerle demostraciones al primero que llega. Bueno, Demetrio me ayudó a meterlos de nuevo en la bañadera y a terminarlos de bañar y secarlos y peinarlos, se imagina, esos rulos. Después lo invité a tomar mate con criollitas y nos quedamos como dos horas en la cocina hablando de esto y de aquello y de lo de más allá. Yo a él lo conozco prácticamente de la misma época que a Fernando, y de no haber sido por Fernando... bueno, ya sabe. Entonces se atragantó con una criollita y yo me acerqué y le empecé a dar unas cuantas palmadas. Tenía lágrimas en los ojos, no sé si porque se había quedado sin respiración por culpa de la criollita o porque se había quedado sin respiración porque me acerqué demasiado. La cuestión es que de repente me agarró la cabeza con las dos manos y me besó.
OBISPO LUÉ: Hija mía, eso de por sí es grave, pero mucho más grave sería que no hubieras atinado a reaccionar como una esposa leal. Decime, ¿reaccionaste como una esposa leal?
BEBA: ¿Qué quiere que le diga, padre? En este terreno, tampoco hace falta que me provoquen.
OBISPO LUÉ: ¿Qué querés decir?
BEBA: Bueno... que yo le seguí la corriente. ¿Es pecado mortal, padre?
OBISPO LUÉ: En ese caso, hijita, también vos tendrás que autocriticarte, quiero decir, confesarte, y rezar unos cuantos padrenuestros durante algunos días. Sin embargo, hay algo que no entiendo: ¿por qué lo denunciás, si al fin y al cabo sos su cómplice?
BEBA: Lo siento, señor obispo, de veras que lo siento mucho, pero es que soy tan romántica y contradictoria y todas esas cosas... Usted me entiende, ¿no?
Pero Demetrio Ramírez era un poeta, no un músico, y apenas sostenía un paraguas, no un violonchelo. Así que podíamos tomarnos un café y meditar juntos sin ninguna clase de trabas. Salvo cuando se proyectaba la sombra de Beba, nos entendíamos a la perfección. A pesar de que Beba tiraba a chiquita, su sombra era más bien ancha y abarcaba todo objeto o sujeto que cayese en mi campo gravitatorio. Especialmente los sujetos de sexo masculino corrían grave peligro durante estas órbitas. Beba los atrapaba por aquella manera tan sutil de quedarse dormida, por la manera tan de importarle la mayoría de las cosas un rábano y por lo tantan con que podía transmitir algo, cualquier cosa, sin necesidad siquiera de abrir la boca. Incluso cuando se dormía intempestivamente en medio de una reunión era como si nos estuviera mandando un mensaje cifrado a todos. Pero a veces el mensaje era para uno solo. Entonces el uno se veía compelido a actuar y, como en el caso del poeta Demetrio Ramírez, actuaba, pero embargado por una emoción tan intensa que hasta podía provocarle esa clase de ahogos, esa clase de ataques de tos y esa clase de palmaditas de Beba en la espalda, cosa que ella hacía tan bien como las otras porque tenía algo secreto en las manos que curaba. Me imagino que esta capacidad terapéutica fue la que terminó por convencer a Demetrio, y entonces pasó a la acción. Me imagino también que llegó a casa medio embrujado ya, puesto que había tenido dos o tres años de plazo para captar el tamtam, o sea para que el mejunje preparado por Beba hiciera efecto. Así que además de ser poeta Demetrio era en cierto modo inocente, por lo cual yo estaba dispuesto a juzgarlo bien. Y bueno, nos tomamos ese café.
—Hace 72 horas que el viejo no me dirige la palabra —dice él.
—¿Por qué? —le pregunto.
—Porque el otro día escribí una especie de poemita autobiográfico donde entre otras cosas digo que el viejo está cada vez más viejo y más bruto. Se me ocurrió leérselo y casi me saca a patadas. ¡Genial! Sobre todo, lo que no le gustó fue lo de bruto, me parece.
—Es que también tenés cada ocurrencia, Demetrio. Tu viejo no está para que le leas nada, y menos que menos esa barbaridad.
—No, tenés razón. Pero, a pesar de todo, yo no había perdido la esperanza de que entendiera algo, de que ubicara las cosas en un contexto, qué sé yo, que se viese a sí mismo como una idea poética, un símbolo. Las cosas son casi siempre una cuestión de contexto, ¿no?
—Claro —digo yo—. Y entre paréntesis, Demetrio, Beba también. Beba es una cuestión de contexto, ¿no te parece?
—¿Cómo?
—Que Beba...
—¿Pero qué me estás diciendo Fernando?
—Digo que me vas a tener que perdonar por el paréntesis, Demetrio. Pero como hablabas de contexto, acabo de acordarme que tenía que decirte algo importante. ¿Te lo digo?
—Claro.
—Bueno, agarrate viejo, porque yo también soy un contexto, por si no lo sabés: el de Beba. No lo olvides. Y con toda seguridad no un contexto poeticocelestial, sino exactamente lo contrario. Te lo digo de esta forma, suave, porque sos vos, que si fueras otro... Aunque preferiría cerrar el paréntesis lo más rápido posible. No sé si me entendés, Demetrio.
Pálido, estupefacto, Demetrio Ramírez da tiempo a su palidez y estupefacción. Los ojos se le achican, los labios se le resecan como cada vez que es pescado in fraganti, como cada vez que es sorprendido bajando a tientas del Helicón para abastecerse en tierra. ¡Pobre Demetrio! ¡No es fácil subir y bajar! Pero así y todo...
—Claro, claro —dice bajito, y se queda todavía un rato en silencio, como midiendo letra a letra el discurso que va a soltar.
Al cabo lo suelta:
—Claro, tenés razón: no se puede descontextualizar así, so pena de ser un cerdo. Yo te podría decir mil cosas, Fernando, mil cosas autojustificatorias, pero no, no te las voy a decir, ¿para qué?, sería más cerdo todavía. Lo importante es que vivimos siempre en un contexto, claro, y algunas veces el contexto es bastante fulero, como el de mis viejos, y otras... cómo decirte... bueno, es un cerco como el tuyo. Tu cerco es irrompible, a pesar de todos los cerdos que lo quieran romper. Y el que quiere romper algo irrompible es un idiota, además de un cerdo, ¿no?
—Sí.
No ha podido con el cerco el cerdo de Demetrio, por lo que abandona ahora el cerco bajo la forma de un Demetrio Ramírez acongojado, más, triturado por la lógica de los acontecimientos y el acatamiento a esta lógica por encima de su obsesión. Porque Beba es su obsesión, según tuve oportunidad de comprobar aquel ya entonces lejano día de la frustrada cama redonda en que Demetrio, las carótidas a punto de reventar, se batió silenciosamente con la tenue esperanza de que por fin hubiese premio, al menos una vez y aunque sólo fuese en medio de un tumulto de cuatro. Fueron dos tumultos separados de dos, en sendas piezas y en sendas camas de uno, y cuando todo terminó y Beba y Demetrio y yo salimos a la calle, supe en el incómodo silencio de nuestras almas aisladas por la sucia luz de la mañana que todavía no había pasado lo que estaba escrito que tenía que pasar. Y no en una cama redonda sino en la de todos los días, lo que es peor porque entonces uno se queda realmente al margen. Pero bueno, por ahora el cerdo estaba fuera del cerco, así que cerremos el paréntesis ya. Podíamos seguir hablando del viejo y de su cansancio de la vida y de su inutilidad y de la lamparita que daba testimonio del cansancio y la inutilidad o de cualquier otra cosa que se te ocurriese, Demetrio. Lo único que recuerdo es que los paréntesis quedaron en su lugar y el cerco herméticamente cerrado con vos fuera y yo dentro, como debía ser, y que se respiraba en el aire la promesa de que por un tiempo, al menos, habría paz.
También el aire irrespirable de La Perla del Once, repleta a esa hora de la noche de aspirantes a matasanos con sus histologías, osteologías y dexedrinas. Por los cristales empañados del café yo veía desfilar el invierno, y contra todas las rectificaciones de mi compañero de mesa me imaginaba muy bien que ése podía ser el último invierno que pasaba con Beba. La perspectiva me asustaba o me tranquilizaba, no lo sé, pero en todo caso, ahí en La Perla, yo no estaba haciendo otra cosa que luchar a brazo partido con ella. Después cada uno se iría a su casa. Yo a pensar en la Perspectiva mientras probablemente me acomodaba en el balcón. Demetrio en Sandra Udini, la chica con nombre de equilibrista que hacía equilibrio sobre el frágil hilo de un amor no correspondido. Demetrio no correspondía a Sandra, por eso el hilo estaba como estaba y no como antes, cuando Beba todavía no se había sumado al público. Al sumarse, las miradas de Beba y Sandra se cruzaron y los pies de la equilibrista empezaron a vacilar. A ella no le gustaba que Beba la mirase, ni tampoco que los ojos de Demetrio se fueran tras los de Beba.
«En la cuerda floja, Sandra, así estamos vos y yo». Sandra se para en seco y me mira, después mira a tierra, un abismo a sus pies. Listo: ahora se cae. Pero antes de hacerse añicos —¿quién le sacó la red?— alcanza a advertirme: «Sí, Fernando, tu amiguito es un cerdo. ¡Ojo!»
Sandra Udini, ¡muñeca de porcelana, pobre muñequita rota!
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* Uno de los partidarios más acérrimos del bando español durante durante las jornadas revolucionarias de mayo de 1810 en Buenos Aires (N. del E.).
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