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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 4)

 

13/3/02

 

 

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Capítulo 4

 

Penetrando los párpados obstinadamente cerrados, el oscuro paisaje arremete a cada tramo con figuras fosforescentes: a uno y otro lado de la carretera se alzan y desaparecen como llamaradas fugaces, como resplandores que agrietan la noche y la pueblan de presagios y de fantasmas. Son gigantescos carteles publicitarios vistos desde una calesita que gira a toda velocidad. El Hombre de los Neumáticos y con el brazo derecho alzado, diciéndonos: «¡Pare, pare!, ¿no ve que se va a estrellar?». La Chica con Sombrero de Copa que sonríe y guiña un ojo, en un mundo donde todo son burbujas de champán. Una pareja que se besa, un avión que despega, un Tío Sam. El Tío Sam es particularmente conmovedor: «¡Vos», chilla, «miserable cornudo!» Este individuo me señala con el dedo, y el dedo se me hunde en el estómago y me dan ganas de vomitar. Me acuerdo de un póster de la segunda guerra mundial: la mujer soldado apunta con el índice y dispara: «¡El Ejército te necesita!». «¿Me necesita para qué?». «¡Estúpido! ¿Y todavía lo preguntás? ¡Te necesita para morir!». «¿Por qué tengo que morir? ¿Por qué, por qué, por qué?». «¡A callar, estúpido cornudo! ¡A callar!». Después vienen las píldoras digestivas del Dr. Schnutz: relumbran en la oscuridad como meteoritos, son un fondo luminoso y feliz que enmarca la mano del doctor en el momento preciso en que atrapa una. Una bolita, entre el índice y el pulgar, que resuelve instantáneamente indigestiones y empachos, espasmos y acidez. «Doctor Schnutz, ¿me da uno de los meteoritos? Su vecino, el Tío Sam, me ha metido el dedo en la boca, me ha invadido, ha plantado su bandera de barras y estrellas en mi pequeño país de gérmenes y jugos gástricos y alimentos en descomposición, y la población deambula por las calles, aterrorizada. Doctor, ¡no queremos morir!». El doctor me lanza una mirada compasiva: «Hijo mío, ¿qué puedo hacer? Pertenezco a otra generación, tus problemas no son los míos. Lo único que te puedo recomendar es que abras bien los ojos, no te duermas, el enemigo está cerca, ¡vigilá!». «¡Adiós, doctor! De todos modos, tendré en cuenta su valiosa colaboración, peor es nada, así que me tomaré unas píldoras a su salud. ¡Salud, doctor Schnutz, y que viva usted 120 años!».

Sin embargo, el largo dedo del tío Sam me sirve también de guía. Se desliza sobre mi pasado reciente como el de un hábil general sobre el mapa del campo de batalla, se posa aquí y allá, señala límites, etapas, y por fin encuentra el punto decisivo: un montón de escritorios, apretados unos contra otros, dentro de un rectángulo blanqueado por tubos fluorescentes y con el suelo de flexiplast. Sentado a uno de ellos estoy yo, aporreando una pesada Olivetti y pergeñando páginas inmortales que procuran ser algo así como la Historia de Todas las Guerras, incluyendo las ínfimas y las remotas. «Gracias por el dedo, tío, ¡ahora puedo arrancar!». Porque hay que arrancar de algo fijo cuando uno está metido dentro del torbellino y quiere ver con claridad. De lo simple a lo complejo, amigo Descartes. En ese escritorio, las cosas todavía eran simples, después vino el huracán Flora (¿no hay un huracán Beba?) y nada quedó en pie. Simples y sólidas, una píldora luminosa entre el índice y el pulgar.

Es que ahora, como se comprenderá, tengo un trabajo: por eso estoy aporreando la máquina. Beba, harta de dejarse la piel en la clínica (y quizá algo más, nunca se sabe, ese doctorcito que le hace la corte no me gusta nada), sí, mi Beba me lo ha exigido. La madre de Beba, harta de mí, se lo ha exigido a su hija, en nombre del decoro y el buen nombre de la familia. Y yo, al fin, he transado con la exigencia de las dos, convirtiéndome en trabajador de día y estudiante de noche, gracias a lo cual obtengo la certeza casi absoluta de que he ganado la armonía de los cuerpos y de las almas con mi adorada esposa y de que flotamos en el espacio como una sola esfera perfecta. Bueno, ya se sabe: no había una esfera, éramos dos y pronto seríamos tres, cosa que no deja de resultar irónica dada mi demostrada voluntad de cambio y redención. O sea que en el momento más espectacular de mi laborioso progreso, en el momento en que me creo merecedor de una recompensa, viene Beba y me clava un cuchillo por la espalda, y no sólo eso sino que además se queda mirando tranquilamente cómo fluye la sangre, y parece que eso la excita, así al menos lo veo reflejado en la mirada imperturbable y desafiante, los ojos más bonitos y extraños del barrio. Gracias por el dedo otra vez, tío. Ahora puedo ver con claridad la enorme desproporción existente entre el premio que esperaba y el castigo que recibí. Y de la turbulencia de los tiempos presentes pasar a la calma chicha de los pasados, lo que me permite ir enhebrando una a una las perlas del collar. El collar me asfixia.

—¿Querés abrir la ventanilla, che? De repente siento un sofoco bárbaro.

—María de los Milagros y yo nos vamos este fin de semana a Villa Gesell. Alquilamos un bungalow. ¿Querés venir con Beba? Por supuesto, a Micaela la pueden traer también —me dice Jorge Buscaglia un día, justo cuando acabo de acribillar en la Olivetti a mi norvietnamita número 23. El tableteo de la máquina me suena al tableteo de la ametralladora. ¿Que quién es Jorge Buscaglia? Bueno, aquí entran en acción un par de personajes interesantes.

 

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