Marcelo del Campo
Belladona
(novela/capítulo 2)
6/2/02
Capítulo 2
¿Qué hacía yo en Plaza Italia? Porque cerca de la plaza están el Jardín Botánico, el Zoo, la Sociedad Rural y la casa paterna de una vieja amiga que ya no vive, con un patio interior lleno de imágenes reverberantes al sol: en esas imágenes me veo como en un cristal empañado; y que recuerde, yo no venía de ninguno de esos lugares. La plaza misma es intransitable: es la más deprimente y sucia de la ciudad, y un sitio de reposo de almas desengañadas cuyos cuerpos —se les ve en la cara— no avanzan hacia ningún fin, ni parece que les preocupe inventarse uno cualquiera. Sin embargo, en esa vía muerta que es Plaza Italia, en ese callejón sin salida donde uno se niega a entrar salvo que esté en estado de coma, estaba yo, y no sólo estaba sino que además a esto de estar en un punto determinado de la ciudad se le añadía una manera de estar peculiar: yo estaba acompañado de una dama, su nombre lo define todo y también define lo específico y casi mágico de la situación. Ella no era otra que Graciela T., ¡por segunda vez solos!, y planteando en sus curvas, sus contoneos y sus susurros una típica situación de Día D.
¿Quién no pasó alguna vez en su vida por un acontecimiento semejante? El Día D es día de Desembarco, de sol aunque llueva, de movimiento frenético aunque se esté muerto. El Día D la vieja, la bruja, la serpiente está en la cueva, los pajaritos cantan, y uno, aunque no haya elaborado conceptualmente lo de los orificios, se siente, se palpa a sí mismo como un inmenso agujero por el que está a punto de derramarse como oro fundido. Miremos atrás y veremos: al menos una vez cada uno de nosotros fue asiento de una explosión cósmica parecida a la del padre de todas las explosiones, el señor Biggybang. Tan sólo por esa explosión valió la pena vivir aun cuando su duración haya sido de un minuto, un segundo, una millonésima de segundo —casi, en apariencia, la Nada, aunque verdaderamente no fue la Nada, sino el universo recién salido del horno y a nuestros pies. Yo sentía a Biggybang en medio del pecho. Graciela estaba en bandeja, humeante: el desayuno, el mundo iba a empezar.
¿Pero qué hacíamos los dos en Plaza Italia? Es un enigma que nunca podré resolver. Y hay otro enigma: ¿qué hacía Graciela conmigo? ¿De dónde veníamos y adónde íbamos? ¡Ay!, la cosa está ahí pero aislada de todo contexto. Atrás no hay nada, adelante tampoco. Un bache fiel de la memoria.
Pero analicemos los hechos con un poco más de calma.
Me pregunto si algo por el estilo no fue lo que le ocurrió a María cuando pasó por su casa el Espíritu Santo: fue —la Visita— como un soplo, como una estrella fugaz que deja una estela incandescente en el firmamento. ¿Podía ser de otro modo? ¡No! Imaginemos a María recordando los prolegómenos del Acto Supremo. Imaginémosla reteniendo detalle a detalle lo que vino a continuación. ¡Imposible! Eso sería atentar con bomba contra lo sagrado, hacerlo añicos, reducirlo a una vulgar cópula entre Eva y Adán. Dios simplemente vino y se fue. Tal cual: una estela incandescente en el firmamento, un hálito, una gota diáfana de rocío. ¡Si esto no es la esencia misma de lo sagrado, que baje el Espíritu Santo y lo diga! ¡Que nos demuestren que hay un antes y un después incrustados en el seno del Día D, cuando el tiempo se suspende y lo único que existe es una herida de cuchillo en el cielo, esa lucecita efímera. ¡Y tan efímera! Porque lo de Graciela fue como arena que se me escurrió entre los dedos.
Empecemos por donde hay que empezar: estábamos en Plaza Italia, no sé cómo, ni por qué, ni para qué, pero veo en tu cuerpo, Graciela, las señales de la lujuria y en tus ojos el firme propósito de satisfacerla, ¡de satisfacerla conmigo, no con C. M. por esta vez! A propósito, ¿dónde estaba C. M?
Graciela lleva los zapatos de siempre: taco alto y gamuza, y la cartera de siempre: diminuta y, haciendo juego, gamuza. Pero veamos, ¿qué es una cartera de mujer además de una cartera de mujer? Túnel de entrada, túnel de salida. ¿Qué sale? La vida. ¿Qué entra? Con cuerpo y alma, la vida también. El túnel de Graciela debe ser diminuto, casi ínfimo y de gamuza, como la cartera. Imposible no pensar en eso: las gracielas del mundo me dan la impresión de que por un momento se sacaron el túnel de su lugar natural y lo deslizaron en la cartera junto con el colorete, el lápiz de labios, el polvo facial, el extracto y el rímel. El túnel huele a todo eso. Además la chica lleva una pollera negra ajustada que le llega casi hasta los tobillos. No olvidemos el detalle: se ha cansado de rugir la minifalda y Graciela es una adelantada de la moda que está haciendo gárgaras en París. Parece una desgracia, ya que la circunstancia me obliga a forzar la imaginación, pero en el fondo se trata de una oportunidad caída del cielo, no imaginar más, pasar a la acción, porque entonces, gracias a la moda que rugirá el año que viene, ella tiene el aspecto de una sacerdotisa del templo de Diana sobre cuyo altar sacrificaré al fin mi cordero.
Si se hubiera consumado el sacrificio, ¿cuál habría sido el curso de si mi historia? —si no hubiese existido Stalin, ¿cuál habría sido el destino del comunismo soviético? Bueno, de repente se produjo algo así como un cortocircuito, una interferencia telepática desde Villa del Parque, donde vivíamos Beba y yo, hasta Plaza Italia, donde Graciela iba a oficiar el rito y yo iba a hacer de cordero ansioso, llamada paramental que me indujo magnéticamente a cruzar a la vereda de enfrente, meterme en un bar y marcar el número de teléfono del Infierno. Graciela, muy sumisa y sin entender nada, se plegó a la convocatoria aunque tuvo la precaución de mantenerse cerca, ¡demasiado cerca!, para no perderse ni una palabra de lo que yo decía, y cerca, ¡pero no tan cerca!, para que yo a mi vez me perdiera lo menos posible las tumultuosas emanaciones Citrus que desprendía desde los pelitos de las cejas, pasando por los del túnel, hasta las uñitas de los pies. La interferencia, los ruiditos, los murmullos de la otra galaxia se traducían más o menos así:
—¡Señor Pert, urgentemente presentarse en!
¿Pero por qué demonios yo no podía hacer oídos sordos a la sirena mayor, cortar la cabeza de la serpiente, entrar al reino, coronarme emperador?
Todo contador de cuentos que se precie, sueña con unas escalinatas de Odessa propias, y sospechamos que este contador tampoco está libre de la tentación. Eisenstein, el Día D de la historia del cine, creó ahí no sólo la imagen más bella de su historia sino que la estiró hasta lo imposible, se fue sacando el tiempo de la boca como un chicle hasta convertirlo en una especie de gelatina, de cosa viscosa donde todo lo que ocurría, adherido, pegado a la cosa, parecía no terminar de ocurrir nunca. Por ejemplo, aquel cochecito con bebé a bordo tardando tanto en caer. Escalinatas de Odessa, Ucrania, las escalinatas sangrientas y para siempre ensangrentadas de Odessa, Ucrania, porque ese instante, ese instante suelto en la viscosa y gelatinosa humareda del tiempo en que Graciela y yo nos dirigimos a través de todos los imposibles a lo repentina y mágicamente posible, se está convirtiendo en una Odessa parecida por su condición de chicle, de globo que se infla desde la punta de los labios y que crece y crece y no se decide a explotar. En el fondo me da pena deshacerme de la imagen, la plaza, la carterita de gamuza, Graciela T., los pelitos tornasolados, las uñitas nacaradas, y ésta es la única razón por la que las palabras se niegan a dejar de bajar, como las botas de la soldadesca del Zar, como el cochecito que también baja, baja, baja. Me da una pena horrible tener que dar yo mismo una patada al cochecito, ya que dentro de él viaja mi Gracielita T., su túnel también de gamuza, ¿qué clase de sensaciones extrañas esperaban a quienes se aventuraban en la oscuridad?, Graciela T. que bien pudiste haber sido un recurso salvador, un escudo de hierro para interponer entre Beba y yo, pero tal vez no fuiste nunca un verdadero escudo, tan sólo un enorme deseo frustrado. Y ese deseo, lo confieso, no quiere seguir habitando en la sombra, quiere salir a la luz y permanecer. Y respirar. «¡Ya era hora!», exclama Graciela. Y yo, pobre de mí, quisiera acostarte sobre el papel, retenerte en la imaginación, ya que no supe retenerte ni acostarte en la realidad. Escucho una voz interior: «¡Usted se lo ha perdido, amigo!». Cosas de la vida, qué le va a hacer. Así que empujo el cochecito, y adiós. Beba me dice por teléfono:
—Amor mío, ¿dónde estás?
Y yo voy y meto la pata, digo la verdad.
—Estoy con Graciela en un bar de Plaza Italia. Vamos a tomar un café.
Silencio al otro lado de la línea. Vacilación ante las posibles tácticas a seguir. Por fin, victoria de la línea blanda.
—¿Cuándo vas a venir? —murmura Beba con los registros más cálidos que encuentra a su disposición.
—No muy tarde. No te preocupés.
—Micaela te extraña —inventa. A esa hora seguramente Micaela ya está acostada y dormida—, y no quiere comer mientras no vuelva su papá.
—Bueno, dale un besito —. Y corto.
No hace falta ser un lince para ver que Graciela está furiosa.
¿Así que esto era todo? ¿Así que yo tenía que rendir cuentas, convertir lo opaco y clandestino en luminoso y legal? ¿Así que ella quedaba reducida a un instrumento para provocar los celos de Beba, que había un tablero y Graciela era un peón a sacrificar en la lucha a muerte entre la Reina y el Rey? Con toda razón Graciela se plantó: pasó la mano por encima del tablero, las piezas salieron disparadas como balas, la chica se fue. Jaque mate, Capablanca. Y una capa negra cayó sobre mi vida no tan blanca como la suya, señora, su jabón lava más.
Seguí viendo a Graciela, pero ya no era lo mismo. Con C. M. o sin C.M., nuestras citas se convirtieron en algo puramente formal —casi amorfo— y nuestras conversaciones en seudoacadémicas. Que Platón, que Hegel, que Marx (y Pascal, por supuesto). Después, ¡fuera el seudo y el academicismo y venga la lucha cuerpo a cuerpo! «¿Por qué decís esto, por filosofía o por rencor?» «¡No digás huevadas, che!» Pero incluso estos combates de infantería fueron espaciándose más y más, hasta que un buen día Graciela desapareció del alcance de mi periscopio y el submarino, tras rastrearla inútilmente, empezó a merodear por otras aguas, donde ya no volvería a encontrar peces tan grandes y de esa calidad. Sin la menor sombra de duda, aunque nunca hinqué el diente en el pez violáceo. ¡Si lo hubiera hecho! Pero como decía mi tía: ¿de qué sirve lamentarse, Hilda?
Así que añada un nudo de velocidad a la barca, capitán, y asegúrese de paso de que está firme el de la horca. Y el submarino continúa avanzando por un mar aceitoso, sacudido de cuando en cuando por los torpedos con que nos saluda el enemigo. Porque estoy rodeado de enemigos. Beba, el primero de todos, se ha convertido en la suministradora oficial: me los presenta, me los trae a casa, les presta mi armadura, mi lanza, y así pertrechados me atacan. La ópera se pone muy interesante y tensa. Pero el héroe tiene ganas de abandonar el escenario y buscarse un trabajo mejor.
Capítulos 1 / 2 / 3 / 4 / 5 / 6 / 7 / 8 / 9 / 10 / 11 / 12 / 13