Marcelo del Campo
Belladona
(novela/capítulo 13)
3/2/03
Demetrio Ramírez y yo éramos miembros del consejo de redacción de La Gallina Esmirriada, revista literaria con pretensiones de introducir cambios sustanciales en el mundo. Debatiendo el contenido subversivo del número uno apareció una chica pálida, alta, robusta y más bien tímida que Demetrio presentó al consejo en pleno como Sandra Udini. El consejo se hizo cargo durante unos segundos de que Demetrio tenía novia y continuó acaloradamente la discusión. Mientras tanto yo esperaba el turno histórico de presentar a la mía para que, lo mismo que Sandra, se sentara a la mesa del café y presenciase cómo se cocinaba el porvenir y, por supuesto, admirase al cocinero que lo preparaba. La primera y última novia del cocinero había sido una militante trotsquista de la que Trotsky, en opinión del cocinero, o papito Stalin, en la de la novia, terminaron por separarlo. Así que momentáneamente el cocinero carecía de una chica tipo Sandra Udini para resarcirse y demostrar a sus pares que no estaba solo en la tarea, solo en la Gran Cocina del Mundo. Esperé hasta el número tres. Llegué a la facultad con algunos ejemplares debajo del brazo y allí me topé con Rita y Julia Bartolomé, que además de ser primas hermanas estaban unidas por el mismo grado de devoción filosófica. Julia estudiaba pegada a la radio, cómo hacías, Julia, y Rita tenía una amiga íntima a la que todo el mundo conocía por Beba, pero que en realidad se llamaba Georgina Constancia Josefina Conti. La tal Georgina se hizo con el número tres de La Gallina Esmirriada un día que fue a casa de Rita. Echó un vistazo al producto, le impresionó la osadía, no éramos tan osados sin embargo, y decidió que encajaba bien con la suya, aunque considerando el asunto en frío ella nos sacaba varios cuerpos de ventaja, al menos en cuanto a los materiales —los de ellos eran nobles, constantes— y procesos de calidad. Se le veía en la cara, con aquel provocativo lunar en el pómulo, que ahí había oro en polvo. Lo descubrí gracias a una cita organizada por Rita a la salida de la facultad una noche a la que si de alguna forma se le ocurrió prefigurar el destino, por ejemplo mediante cierto símbolo flotando en el aire, lo hizo o bien con disimulo o bien cegándome. De lo contario, yo me hubiera hecho humo en el acto. No haberme hecho humo es algo que sin embargo tengo que agradecer. En efecto, ¿cómo habría soportado la vida sin Beba? Y a la inversa, ¿cómo pude soportarla a su lado? Pero volvamos al momento en que Beba le dice a Rita Bartolomé que esa revista, La Gallina Esmirriada, es cosa de locos y que los locos son su fijación —sabe lo que dice—, y que por lo tanto no estaría nada mal que si por ahora el loquero no llegó hasta ella, ella se dé una vueltita por el loquero. Así que se dio esa vuelta y su loco estaba ahí. Beba llevaba un tapado azul a cuadritos que le dejaba al aire las rodillas, y la mezcla Beba, tapado azul a cuadritos, con o sin rodillas, me trastornó, llenó mi pecho de ardor y confusión. Desde entonces, nunca pude sacarle el tapado con la imaginación, sólo en la realidad, con las manos, pero en ese caso ya no paraba, seguía hasta el final, y ese final muchas veces tenía lugar sobre el mismo forro del tapado desparramado como alfombra o sábana por el suelo. En momentos así no era necesario que imaginara nada.
—Hola, Fernando —dice Rita—, ésta es Beba, se moría de ganas de conocer a alguno de los que hacen la revista literaria más importante de los últimos cincuenta años en la Argentina.
—Hola, Beba —digo yo.
—La Gallina me parece genial —dice Beba de entrada.
—¿En serio?
—Claro, y vos sos más o menos como me figuraba.
—¿Y qué te figurabas, nena?
—Bueno, un tipo así, con pinta de intelectual.
—Ah, te gustan los tarados.
—Me chiflan. No quedan muchos ejemplares en el mundo.
—Pero te advierto que también le chiflan los marineros, los de agua salada, por supuesto—dice Rita.
—¡No seas idiota, querés!
—Sí, una vez siguió como veinte cuadras a uno que estaba muy bueno. ¿Qué era, Beba, portugués, noruego, alemán?
—Boliviano, pánfila.
—¿Y cómo terminó la aventura?
—En el Gambrinus, por supuesto.
—Como era de prever.
—No, boluda, no acabó ahí, porque no se dio cuenta que lo seguía. Al final lo perdí.
—Y él se perdió a la mujer más fascinante de los últimos cien años, ¿no?
—Sí, la mujer esmirriada.
Yo interrumpo:
—¿Vamos a un bar?
—Por mí, encantada.
—Por mí, también.
Y los tres nos vamos al Loto, caverna de filósofos, y no al Gambrinus, guarida de lobos de mar, como me enteraré a su debido tiempo, donde no es posible que entre un miembro de la tripulación de nuestra famosa revista porque de esta tripulación no forman parte animales con colmillos y zarpas sino ovejitas con dientes de leche, gallinitas desplumadas.
Pregunto:
—¿Qué es el Gambrinus?
—No una caverna de filósofos —dice Beba en el Loto, repleto a esa hora de lotófagos y de humo, de sesudas bellezas femeninas y masculinas en flor a la búsqueda de la ignota planta de la sabiduría—, apenas una guarida de lobos de mar.
¿Y qué es el Loto?, digo yo. Respuesta: un punto estratégicamente situado respecto a la facultad, muy dado a las experiencias, a experimentarlo todo, y a las apariencias, a aparentarlo todo. El ambiente es de lo mejor para impresionar a Beba. No sé qué puede tener más de excitante el Gambrinus que el Loto. Beba queda impresionada por el Loto como yo por el Gambrinus cuando poco tiempo después visitamos el antro. En el intermedio ya le saqué el tapado azul y el traje verde botella y el corpiño Virtus y la bombacha escasamente virtuosa y sólo le queda sobre la piel una fina capa de talco que la hace brillar como una luciérnaga. Congruentemente, le paso la mano con impulso eléctrico, mientras nuestro humilde departamento de Villa Urquiza, es decir, el de mi madre y mío, se convierte en un templo desde el que ascienden a las nubes mis alabanzas al Señor. También mi mente obnubilada alcanza a lanzar entre espasmos un S.O.S. al Altísimo: que no se le ocurra a Ella —madre hay una sola pero está en todas partes— meter la llave, oliscar, entrar, «¿Sos vos, nene?». Que no me descubra profanando el santuario auténtico, la desolada cama matrimonial. Pero nuestras cabezas han reposado juntas y eso basta. Ahora puede ocurrir cualquier cosa, así que bienvenida catástrofe, la que seas, porque ya está, le saqué el tapado azul, le lamí el talco, la bombacha, los cuadritos, probé sus luminosas píldoras, ¡oh doctor! Y la catástrofe llega, sólo que tiempo después. Para entonces ya he puesto los pies en el Gambrinus y otros agujeros por el estilo que encandilan a Beba y a mí me dejan ciego, por solidaridad.
El Gambrinus es al Loto lo que una ballena a un pececito de colores. Comparación nada impropia tratándose de un lugar de lobos de mar. Pero me pregunto cómo fue posible que Beba pasara incólume por una cueva semejante, con esa cara de sirena, con esa fuerza de remolino chupador hasta cuyo borde cualquier capitán intrépido se hubiera acercado gustosamente con barco o a nado. En nuestras incursiones por el Gambrinus no vi a ese capitán ni a vigorosos contramaestres ni a oscuros jefes de máquinas, sólo a algún que otro incauto que solía visitar el lugar a la hora no señalada. O por suerte le decíamos adiós al Gambrinus antes de que se instalara la clientela auténtica, o el Gambrinus había dejado de ser lo que era y sólo conservaba la aureola siniestrorromántica de tiempos idos. Con aureolas así la voluntad de Beba se rendía. Por lo que también me pregunto cómo pude rendirla a mi vez, yo, auténtico hijo del Loto, que es como decir de papá y mamá, uno de esos pececitos de colores que tanto abundaban en el acuario de la facultad. En el sombrío vientre de la ballena, Jonás empezaba a sentir un ligero pero molesto dolor de estómago.
Con el número tres La Gallina Esmirriada se fue a pique, pero como era un barquito de juguete podía permitirse el lujo de tener a bordo cinco capitanes en vez de uno, el consejo de redacción, y cuando estos lobos se quedaron sin mar, descubrieron por el catalejo que por ahí andaba la espléndida sirenita tomando sol en la playa. A diferencia de Sandra Udini, a quien desde el número uno empezaron a respetar, quizá porque ella con su aspecto y nombre de equilibrista abnegada encarnaba de manera terminante la idea de la feminidad, a Beba se la venían comiendo con los ojos desde el número tres. Y esto porque Beba parecía mostrar muy poca afición por el equilibrio, el que fuera, al punto de que cualquiera que gozase de una percepción justa podía distinguir perfectamente en su persona el cable cortado. Entre los miembros del consejo, el primero en caer fue Demetrio, y con él, pero al suelo, la pobre Sandra Udini. El segundo se llamaba Abelardo Colina, y aunque no era miembro de la dirección, participaba prácticamente de todas las discusiones y rondaba a nuestra pobre gallina como un pavo. El resto se quedó con las ganas. Hubo algunos amagos, pero al final tuvieron que conformarse con seguir mirando de lejos. El que miraba más desaforadamente era el paraguayo Miguel Salvador. Y lo hacía a tono con sus fabulosos ojos saltones, que se le salían más cuando Beba se sentaba entre nosotros, y entonces el sabio de Miguel le daba cuerda a todo su misterioso saber, salpicado con abundantes citas de los más grandes literatos y filósofos del momento. Con eso nos dejaba perplejos. Con eso y su humeante pipa de intelectual. Desde ella nos sacudía su autoridad de experto y nos ahumaba también como un experto. Beba se tragaba el humo, pero al que no tragaba era al fumador. Por la pedantería y los ojos saltones. Con Abelardo ocurría otra cosa, no sé por qué, pero lo cierto es que algo había como para que él, tan tímido, tan discreto, tan enervantemente silencioso, tan despojado de carne y de sangre, apareciera un día por la casona, bastante tiempo después del hundimiento de la Esmirriada, y me dijera a su manera lacónica e inmutable de siempre: «Amo a Beba, compartámosla».
Ya no había lugar para que me quedara estupefacto. El lugar lo habían llenado Da Silva y Demetrio con unas apariciones en mi vida que nadie les había pedido, cerrando brechas que tampoco nadie, salvo ellos, había abierto, infiltrándose solpadamente como la humedad del cuarto de baño en la pared del dormitorio, mientras de este lado de la pared Beba y yo nos entregábamos sin la más mínima sospecha a juegos de manos y de villanos. Pero uno se acostumbra a convivir con la humedad hasta que la humedad termina por pudrirlo todo. Yo estaba acostumbrado y adivinaba que faltaba muy poco para el derrumbe. El destino venía anunciándose por unas cañerías agujereadas y a esa altura no existía plomero que arreglase el embrollo. San Abelardo olió la humedad, de manera que también él vino a contribuir. Bueno, mejor dicho a compartir, que era la concepción profunda, el ruido de fondo de la época.
—¿Compartir qué? Yo comparto todo, menos a Beba.
—El amor es como un descubrimiento científico —dice Abelardo—, uno descubre una droga y no la guarda para sí, la entrega a la humanidad.
—En cambio —digo yo—, a mí me parece que el amor es lo más parecido a una obra de arte. El autor sufre y goza con ella en la intimidad y después se la ofrece al público para que también él la goce. Pero el goce de la obra por el público es siempre exterior a la obra misma. No la penetra, por decirlo así. Para el público no hay noches en vela ni noches de insomnio.
—El amor es generoso —dice Abelardo—, pero en cualquier caso, si escondés el tesoro, vendrán los piratas y te lo robarán.
—Que vengan —creo que está claro, ya habían venido—, pero yo no te voy a dar el plano del tesoro, así que tendrás que arreglártelas solo.
No volví a ver a Abelardo Colina hasta muchos años después, aunque esto no era realmente garantía de nada. Se podía haber tomado en forma literal mi consejo y ponerse a buscar por su cuenta. En ese caso bastaba una mirada, un gesto ambiguo de Beba, y el capitán Drake ya estaba en poder no sólo del plano sino también de la llave. Con esta llave se abría el cinturón de Eloísa y se entraba en la cueva. Allí esperaba Alí Babá. Por el contrario, yo seguía sin dar con la Aladina que me frotara los orificios maravillosos. No daba con ella porque no la buscaba y no la buscaba porque ignoraba que existieran, como existen los agujeros negros en el cielo. Si uno se mete en uno de estos agujeros, todo cambia, no queda en pie nada de lo conocido, ni siquiera las cenizas de Newton. De modo similar, si uno, previo trabajo de destape y limpieza, se asoma al borde de los suyos, descubre que ahí empieza el verdadero camino hacia la vida, y no cuando nació, ya que entonces, por regla general, ¡paf!, se los obturan. Primero mamá, después alguna buena pieza como Beba. Así que llegó la hora, hay que entrar en el agujero negro. Allá voy, dando bandazos como un objeto celeste perdido en la Vía Láctea. Me acerco a una constelación, luego a otra. ¿Qué veo? Una visión, un espejismo. Aladina I y Aladina II. ¡Son ellas, las doctorcitas! Pero digo bien, espejismo, visión. Porque por más que froten, si es que de veras frotan, el tapón sigue ahí. ¿Qué pasa? ¿Es que no funciona la lámpara maravillosa? Mientras tanto, sospecho que la llave de Abelardo sí que funciona. «¡Beba, ábrete!» Y ella se abre como una flor.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Capítulos 1 / 2 / 3 / 4 / 5 / 6 / 7/ 8 / 9 /10 / 11 / 12 / 13