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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 5)

29/4/02

 

 

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Capítulo 5

 

—Ese apellido tuyo, Pert, ¿de dónde viene?

—No sé, quizá de las infinitas persecuciones antijudías. Al principio debió haber sido un apellido infinito, pero sucesivamente lo fueron recortando hasta quedar en eso, Pert, que en inglés quiere decir descarado. Gracioso, ¿no?

El que pregunta es ese chico con aspecto de escribano que en realidad es hijo de escribano pero que no se limita a serlo y parecerlo, da un pasito más y por todos los intersticios de su personalidad viscosa destila vocación de cura rural (negras mujeres de negro hacen cola para confesarse y él, si se diesen las circunstancias, si pudiera, les metería una mano entre las piernas). Sin embargo, las manos tersas, notariales, eclesiásticas de Jorge Buscaglia y las cuidadas uñas de sus dedos buscan a ciegas el camino de la Verdad: una licenciatura en filosofía.

Nos hemos cruzado un par de veces en la facultad, él dice que nos cruzamos, yo no digo nada, y cuando entro por primera vez en el recinto fortificado donde se hacen Todas las Guerras, se le dibuja una sonrisa cómplice y filosófica de Filosofía en los labios, una sonrisa eclesiasticonotarial que significa «a vos te conozco de alguna parte» y «vamos a hacer buenas migas, creo». Así que me lanza la pregunta a bocajarro al minuto o dos de ser presentados:

—A vos te conozco de alguna parte. ¿Filosofía?

—Puede ser, tu cara también me suena.

En fin, que sin que pueda afirmarse seriamente que se ha vuelto a concentrar, tras esto, en sus pesadas obligaciones bélicas, Buscaglia alza la vista por encima de la máquina de matar, una Remington del año cero, y me dice:

—Ese apellido tuyo, Pert, ¿de dónde viene?

El escribano con vocación de cura rural me trae al segundo personaje, Da Silva, que se dedica a sus cosas frente a un escritorio un poco más alejado de ese bloque compacto que será el nuestro, el de los chicos de Filosofía. Lo primero en que pienso cuando lo veo es en un empleado de pompas fúnebres. Exhibe no sin orgullo unos puntiagudos zapatos negros y se acomoda cada tanto con gesto lánguido un mechón de pelo que le cae de manera no menos lánguida sobre la frente muy blanca. ¿Negro sobre blanco? No, negro sobre negro, puesto que desde el puntapié inicial, puntiagudo zapato negro, este Da Silva me sugiere apenas algo menos que desgracia y negras (negrísimas) pompa y circunstancia.

Intuición confirmada y precisada: el sujeto es un alma bella, un tipo preocupado exclusivamente de su interioridad. Claro que por aquel entonces la categoría está completamente desacreditada, y tanto que el problema central de nuestra generación consiste en cómo zafarse de esa carcoma que todos llevamos dentro por nacimiento, educación, influencia de clase e instinto de autodestrucción. «¿Vas a ir al acto del Partido Maoísta Revolucionario?», le preguntamos a una de estas almas, y contesta: «No me interesa la Revolución». Uno insiste: «Los peronistas están proscriptos y esta democracia es fraudulenta». Respuesta: «Ni la democracia ni los peronistas me despiertan el más mínimo interés». «Pero escuchame, ¡no te podés evadir de la realidad!» «No me evado. La única realidad soy yo» —el alma se refiere a su interioridad bella. Cogito, ergo sum, la enfermedad cartesiana que revienta los termómetros y nos hace desvariar. ¡Yo, yo, yo...! ¡Y yo! Después, si tenemos tiempo, nos vamos a dar una vueltita por el mundo a ver qué pasa. En suma, las almas interiores son como cloacas que apestan. Bajemos a su belleza por un segundo. Bajamos, y en vez de toparnos con una catedral gótica o cualquiera de las Pasiones de Bach, nos hundimos hasta el cuello. Las almas puras tocan el arpa en el cielo: está escrito, uno contra diez, que si hemos tenido la fortuna de nacer almas bellas acabaremos locos contra las cuerdas. ¿Qué misterio encierran estas cuerdas —no las otras, por supuesto—, que en el momento culminante se entra en éxtasis, caen dulcemente los párpados y todo el ser refluye hacia el interior? Contracción y repliegue, caracoles, tortugas y ostras y no una flecha que se dispara hacia el abismo y la luz. Los puerco espines —con todas esas espinas— son almas bellas, las jirafas de cuello largo y mirada lejana no. Con unos cuantos puerco espines se puede formar un almibarado conjunto de cámara ideal para un público de damas y caballeros que no salen de sus espinas, de sus almitas, como no salen de sus barrios amurallados y segregados del resto de la ciudad. ¿Pero y qué me dice de las jirafas, oiga? No por nada Da Silva toca el violonchelo, como los angelitos el arpa en el cielo, dentro de su cubículo celestial, el último piso de un edificio viejo de Plaza Lavalle, al lado del Colón. Ahí nos hizo una demostración a Beba y a mí una noche en que salimos los dos casi de noche de la redacción.

Pero un gesto de cortesía, un cálculo, una sospecha, un mecanismo de compensación, un espíritu de competencia, una táctica, un atisbo de debilidad o de bondad, cualquiera de estas cosas o todas juntas me impulsan a acercarme un día hasta el escritorio de Armanda da Silva y decirle, previa consulta con Buscaglia:

—Che, ustedes dos también se vienen a Villa Gesell, supongo, no hace falta que te diga que están invitados. Solemnemente invitados por Jorge Buscaglia y señora.

Da Silva levanta la cabeza, se acomoda el mechón, tiene el puño de la camisa sucio, algo indefinidamente sucio anida en él, y me mira con esa mirada que hasta despierta admiración de tan interior, esos ojos que parecen emerger de una profundidad arqueológica. En esa época yo debía ser tan candoroso que seguramente era incapaz de distinguir entre una simple napa de agua y un yacimiento de petróleo. A lo mejor el propio a Silva, en un rapto de lucidez, capta ese candor y por una vez resuelve ser caritativo:

—Gracias, Pert, pero no puedo, tengo que ensayar. Otra vez será.

—Como quieras, viejo. Pero a la segunda va la vencida, ¿eh?

—Claro, che, por supuesto. No hay una sin dos.

A pesar de todo, es una lástima. No por Da Silva sino por Alcira, la chica que sale con él, un primor. ¿Aliento yo alguna mala intención? Posiblemente. Veo en esta mujer un precioso instrumento de venganza contra Beba, una impecable jugada del azar. Tiro la moneda al aire, si es cara gano, si es ceca... ¡Pobre Da Silva! ¡Soy un perfecto desfachatado, el colmo de la degeneración!

 

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