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Marcelo del Campo

Belladona

(novela/capítulo 7)

7/8/02

 

 

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Capítulo 7

 
 

Estábamos en el baño.

Un penetrante olor (suma de todas las colonias, perfumes, desodorantes, jaleas, polvos y perlas, talcos, extractos, cosméticos, tinturas, cremas maquilladoras y desmaquilladoras que son patrimonio de María de los Milagros y que María de los Milagros se ha encargado aplicadamente de desparramar sobre los anaqueles) impregna el aire y produce la sensación de que uno está hundido hasta el cuello en un pantano y tiene que dar desesperadas brazadas para alcanzar el margen salvador. Doy esas brazadas en procura de mi orilla —Beba—, que se aleja inexorablemente a medida que consigo despegarme, avanzar.

La cara de Beba ante el espejo (el toque de belleza que no necesita porque esos ojos son carbón puro y esas cejas trazos vehementes de naturaleza en estado original) desprende una imagen sumergida y atrapada en el lecho cenagoso de la memoria. La imagen brilla como una píldora entre el índice y el pulgar, una pepita de oro recortada sobre el fondo de una mina abandonada (el fondo fangoso), y dentro de la pepita está mamá. Entra en una habitación donde una esbelta pierna de mujer se estira y se enfunda en una media de seda negra.

Todo es sensual: la pierna que apunta a una foto familiar colgada de la pared (los tíos de Polonia asesinados en Polonia, ella con velo de novia agarra el ramito de flores, las flores de su inminente tumba, pero nunca tuvo tumba, la novia, las flores y el velo fueron a parar a una fosa común), las manos resbalando sobre la pierna como si acariciaran algo, a alguien, la nuca levemente inclinada, el gemido de las yemas de los dedos al recorrer la seda, los muslos que se insinúan bajo la combinación a medio alzar, el olor a cuerpo recién perfumado, a axilas recién afeitadas, a placer largamente contenido a punto de explotar.

Mamá dice:

—¿Vas a ir a divertirte mientras mamita se queda acá, sola?

—Sí, mami, claro que me voy a ir —dice mi hermana—, pero eso no significa que tengas que quedarte encerrada. Digo yo, ¿te faltan amigas? ¿Qué esperás? Soy joven, tengo una vida, ¿no?

—¡Desgraciada! ¡Hace apenas un mes que se murió papá y ya te vas por ahí de farra, mientras yo me quedo entre estas cuatro paredes que son como una tumba...! ¡Si papá viviera, desgraciada...!

—¡Ay, mami! ¿De nuevo la misma historia? ¿Hasta cuándo se supone que tengo que aguantar?

—Vos, por lo menos, vas a aguantar hasta que me mates. Los demás...

Aguantamos y la matamos entre todos. El cadáver de mamá resplandece en la pepita y sobrevuela la mina susurrándome: «Hijo mío, una pierna levantada y enfundada en una media de seda negra es el símbolo de la traición, no lo olvides, la señal de que te clavarán un cuchillo cuando llegue el momento por la espalda».

¿Y...? ¿Para cuándo ese cuchillo, Beba?

«Ni pensarlo», dice ella frente al espejo, «prefiero ir despacio, es mejor una muerte lenta que una muerte rápida. ¿No sabías, cariñito, que soy el colmo de la maldad?»

Lo sabía y lo reafirmo. Ahí te tengo, en el espejo, el baño, el bungalow, una pierna fatídica alzada sobre mi cara, mientras tu voz suena sin compasión:

—¿De nuevo la misma historia? ¿Hasta cuándo se supone que tengo que aguantar?

—Y yo no tengo que aguantar nada, ¿no?

Silencio estratégico de Beba que rompe al cabo de diez segundos en otra dirección:

—¿Querés traer a Mica, o pensás dejarla todo el tiempo dentro del auto?

O sea que lo rompe venenosamente como para que yo reaccione a mi modo ante el traspaso intempestivo de responsabilidades.

Y reacciono.

—De Micaela vas a tener que seguir ocupándote vos. Creo, no sé por qué, que sos la madre. Bueno, a lo mejor me equivoco, ¿qué me decís?

—A lo que no estoy dispuesta es a ser también tu mamá —dice ella, cerrando por fin la cajita de rímel. —Estás todo el tiempo encima mío, como un nene. Dejame tranquila, Fernando, andate, yo vine acá a pasarla bien. No me arruines estos dos días de playa con esas estúpidas suposiciones tuyas.

—Pasarla bien, ¿no? ¿Y yo qué, cómo la paso yo?

—Sí, pasarla bien —. Se cuelga la cartera del hombro y acerca a la puerta una mano que le tiembla de furia (o terror)—. Y ya que estamos, ¿me dejás pasar? En serio, dejame ya.

Y ya que estamos, ¿cómo la paso yo?

Todo el peso de la pierna enfundada en la media de seda negra sobre mi cabeza. Hace apenas un mes que se murió papá y ya te vas por ahí de farra, mientras yo me quedo entre estas cuatro paredes que son como una tumba. La pierna presiona desconsideradamente, tengo que hacer algo antes que la cabeza reviente y los sesos se disparen y el olor a podrido se mezcle con el aire perfumado que inunda el cuarto de baño. Tengo que hacer algo, pero Dios Buda Brahma, ¿qué? Consuelo a mi mami y sin embargo hiervo de indignación. Así no, mamita, así no. ¿No ves que de esta forma terminaremos todos en la cámara de gas? Como los tíos de Polonia, como las flores y el velo de novia que se voló.

Ese cuchillo de que hablábamos, mamita, ese cuchillo hay que darlo vuelta y apuntarlo contra el agresor. Si tu hija te abandona, aplastala. Si tu mujer te juega sucio, ponela contra la pared. ¿O es que seguiremos siendo mártires por toda la eternidad? Mirá, entra la policía en el local del Partido Maoísta Revolucionario, ellos, los policías, están organizados, responden como una orquesta a la batuta del director. Los maoístas hablan mucho, sí, pero a la hora de la verdad se repliegan, escapan como moscas. ¿Qué hace falta, mamita? ¡Organización! Y también nosotros nos podemos organizar. Porque cada uno de nosotros es como un ejército de células, de neuronas, de glóbulos blancos y glóbulos rojos a los que hay que dar una bandera, una trompeta, un tambor. Un ejército como éste, mamita, es imposible de vencer. Que venga tu hija­mi hermana, que venga tu nuera­mi mujer, que vengan todos los policías del mundo y vas a ver: ¡les daremos palos, les daremos tortas, les daremos gas! Dejá de llorar, mamita, y escuchá la filosofía básica y contundente de la guerra. Es una filosofía muy útil que incluso sirve en tiempos de paz.

MAMÁ: Pero Fernando, ¿qué decís?, no hablás como un judío, parecés un nazi.

YO: ¿Nazi yo? ¿Yo, mami...?

Eso, hay que organizarse y me organizo. En el cuarto de baño de Villa Gesell todo en mí tiende a la dispersión, se ve, me estoy desintegrando. Pronto de mi SS profundo no quedará nada, a menos... ¡a menos que convoque a mis maoístas menos profundos, llegó la hora de tirar piedras contra el Poder! Así que esgrimo mi Libro Rojo y salto sobre una Beba pálida. ¡Ya está! Le atenazo el brazo, ella aparta la mano de la puerta, ahora soy yo quien la empuja fuera. Por fin al aire puro, libre de la carga asfixiante de perfumería aunque lleno de miradas asustadas que parpadean, qué cuernos pasó, che, y sobre todo qué cuernos se supone que va a pasar, con estos dos nunca se sabe. Al trío los panchos se incorporan los ojitos celestes de Micaela en brazos del viejo Samuel (gracias por los servicios prestados, viejo, al fin y al cabo hay que contabilizarlo en tu haber, no todo son números rojos). Atenazo más fuerte y Beba es un corderito que me sigue sin rechistar. Abro la puerta del bungalow, estamos fuera, el follaje, el Impala verde, el olor salvaje del mar.

—Pero Fernando, ¿se puede saber qué pasa? —dice Beba, como si no supiera qué pasa. —¿Qué mosca te picó?

La escena es de lo más romántica. William y Deborah no lo hubieran hecho mejor. Hasta creo escuchar las notas dulzonas de Angustia de un querer. ¡Oh, qué angustiado pero qué angustiado estoy! Beba quiere zafarse de mí pero yo le atenazo el brazo cada vez más con más fuerza. Ahora le estoy retorciendo una muñeca. Mami, ¿yo, nazi?

—¿De veras no sabés qué pasa? —le digo, mientras la música dulzona de William se ha trocado en música amarga de Wagner: crescendo, sensación de gran orquesta filarmónica entrando con tutti y un gran sol que se alza sobre nuestras cabezas realzando la raya al medio del pelo abundante y terso de Beba. Reflejos sobre un pelo castaño—. Creo recordar que llevo como un mes, o dos, o tres esperándote todas las noches en un balcón. ¡Qué digo noches, madrugadas enteras! ¿Pero cuántos meses exactamente: uno, dos, tres?

La pregunta es meramente retórica (más que retórica, funcional), ya que mientras digo uno, dos, tres, duplico, triplico el grado de retorcimiento: cuatro, nueve, nueve mil. Disfruto, mami, soy un nazi, un sádico, un SS y un SA.

—¡Pará, Fernando, que me hacés doler!

—Justamente, nena: a mí también me dolía en el balcón. Después aparecía un Peugeot blanco, estacionaba bajo mi nariz, y bueno, del Peugeot se bajaba una encantadora señorita que saludaba con la mano y se metía apresuradamente en casa. ¿Quién era esa señorita, Beba, quién?

—¡Era yo, era yo, Fernando!

—¡Bueno, entonces sabés qué pasa!

—Sí, sí, pero por favor, soltame la muñeca por favor!

—No antes que me aclares otra duda: el misterioso muchachito del Peugeot...

—¿Y eso qué cambia las cosas, Fernando? Además, si te lo dijera, sería lo mismo, no lo conocés, no sabés quién es, te lo juro. ¡Basta, basta, Fernando, por favor!

MAMÁ: Soltala, hijo, esa chica es goy, lo cual quiere decir..., bueno, ya sabés lo que quiere decir. ¿Qué hay entre una goy y un judío? Nada, solamente un valle de lágrimas.

SAMUEL: Tiene razón, señora, pero además dígale que no soy yo. Yo fui el que afilió a Fernando al PC. En consecuencia, tengo una conciencia y una moral. Mis principios me impiden acostarme con la mujer de un amigo.

JORGE BUSCAGLIA (con inconmovible sonrisa vaticana): ¡Calma! ¡Calma! ¿No hay modo de arreglar las cosas civilizadamente?

MARÍA DE LOS MILAGROS: Sí, Fernando, arreglalo con politesse, no seas vulgar.

EL QUE TE DIJE: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Aquí estoy yo!

(De golpe el escenario se vacía, los personajes hacen mutis, menos Beba y su torturador.)

BEBA: ¡Oh, mi salv...!

YO: ¡Un momento! ¿Quién es usted? ¡Identifíquese!

Él contesta lo que todos sabemos. Pero los maridos son los últimos en enterarse, ¿no?

 

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