Marcelo del Campo
Belladona
(novela/capítulo 6)
13/6/02
Capítulo 6
¿Y por qué no María de los Milagros? Con ese nombre, es toda una tentación. Así como las palabras Samuel y Literansky, por separadas y juntas, repelen el buen gusto y la incitación erótica, la conjunción del María y el Milagros forma un puente hacia el sexo que uno, si es consecuente consigo mismo, tiene la obligación de cruzar. Todo lo que connota religión y religiosidad envuelve al mismo tiempo algo obsceno, una invitación a la violación y a la profanación. Esto probablemente está relacionado con el hecho de que en las guerras se asalten conventos y se violen monjas. Además, del cuello de María de los Milagros pende una cruz de plata de la que Jorge Buscaglia podría extraer cierto placer adicional en el momento preciso de eyacular. Jorge, ¿no te has parado a pensar en esas virtualidades de tu amada?
En mi caso se da una circunstancia parecida que me empuja a los brazos de Beba. El sánscrito de Beba es el natural correlato de su cultura védica, sus brahmas, sus karmas, sus budas y sus nirvanas. Beba es un pájaro místico que picotea de aquí y de allá, pero que en cierto momento eligió ese alimento exótico como un rasgo de diferenciación respecto a sus tontas ex compañeras del colegio de monjas de Villa del Parque, que recitaban el catecismo igual que si pelasen papas (en el supuesto improbable de que las hubieran pelado alguna vez), mientras que lo único que realmente les interesaba era que llegase el sábado cuanto antes para poder frotarse a gusto en algún zaguán. Conocí a uno de estos valores poco antes de que nos casáramos, y a punto estuvimos los tres (quiero decir, los cuatro) de protagonizar una cama redonda: Beba, el valor, yo y un amigo que por aquellos tiempos era mi mejor amigo pero que a su vez tenía los ojos puestos en Beba. Por un pelo la presunta cama redonda no se convirtió en un par de camas separadas en una de las cuales copularan Beba y mi amigo a solas (creo recordar que en el aire flotaba esa siniestra amenaza). Mi amigo se quedó con la monja, yo con Beba.
Pero volvamos a María de los Milagros que ahora está mirándome con ojos tiernos, aunque también soñolientos e intrigados, desde el digno himeneo que Jorge Buscaglia ha encontrado para ella en Villa Gesell, el famoso bungalow al que por fin hemos llegado tras dejar atrás al Tío Sam, al doctor Schnutz y a otros miembros distinguidos de la familia de pesadillas fosforescentes que pueblan la noche y el borde del camino. ¡Hola, tío, ya estamos aquí! El primer combate con la serpiente va a empezar.
¿Pero por qué no María de los Milagros? Esos pliegues que recorren de abajo arriba la pechera ovalada de su camisón celesteingenuo con pintitas azulpueriles, esos pliegues radiantevirginales se doblan hacia los costados cuando se aproximan al cuello, dejando ver la cruz. En la cruz está todo el misterio. Y en la boca. Ella querría morir crucificada y con un miembro largo, peludo y tieso dentro de la bocona de dientes afilados, grandes, de yegua de buena calidad, que seguramente abre para decir: «Pero bueno, ¿qué es esto?», en el momento mismo en que se la están metiendo por detrás y ella, pobrecita, sin saberlo. Así me la imaginaba yo desde el día de nuestro primer avizoramiento (tumulto a las puertas de la facultad, una masa de estudiantes pugnando por salir, otra por entrar, y en medio de los apretujones, los codazos y las corrientes impulsoras hacia esta o aquella dirección, entreveo por un segundo a Jorge Buscaglia arrastrándola de la mano, ella mira, sonríe, ya está) y así seguí imaginándola hasta que seis o siete años después de lo de Villa Gesell —Gesell: la segunda o tercera vez que la veía en mi vida, pero era como si la conociera desde siempre— me la encuentro en pleno centro de la ciudad, está de pie junto al portón del edificio donde vive, esperando no sé qué, me invita a subir, hablamos un rato de pavadas, y se cumple al pie de la letra el cuadro pintado en mi imaginación:
—Bueno, ¿pero qué es esto? —me dice mientras le alzo la pollera, le aparto con una mano el borde la bombacha y con la otra empujo mi sexo impaciente dentro de aquella majestuosa y bien lubricada cavidad.
Así son las Marías de los Milagros, yo había acertado desde el principio, pero entonces ni Jorge por su lado ni Beba por el mío me dieron la maldita oportunidad. Y es que levantándole o no la pollera, sacándole la bombacha o dejándosela —más bien dejándosela, últimamente—, Beba tenía mi sexo en sus manos y a mí me interesaba muy poco salir de su jurisdicción, por lo que tampoco me interesaba entrar en discusiones de este tipo con Jorge Buscaglia, seamos sinceros.
Pero por Dios, ¿quién era el desgraciado que intentaba echarme a patadas de ahí?
Descartemos lo descartable. Samuel es la imposibilidad misma, primero por su tamaño, segundo por su aspecto de bufón, tercero por su infinita capacidad de irritar los nervios si se permanece al lado de él 24 horas seguidas, cuarto por su falta de sencillez, quinto por su falta de hombría, sexto por su amor al orden establecido a pesar de cierto desorden superficial, séptimo... ¡ya lo tengo!, ¡por su enorme parecido con el doctor Schnutz!
¿Que qué tiene de particular el doctor Schnutz? El doctor Schnutz no tiene nada de particular: es desesperadamente igual a todos los doctores del mundo. Ya lo descubrieron los guionistas de Hollywood: el doctor es ese personaje que aparece y desaparece de cuadro como se hace aparecer y desaparecer un jarrón («¿Qué tal queda ahí? ¿O lo quitamos de en medio?». «Déjelo, realza las características voluptuosas de la heroína y su intenso deseo de abandono». «Bueno, bueno, que se quede ahí, nomás»), ese personaje que abre y cierra un maletín, el maletín está vacío, es de utilería, y que invariablemente dice con voz neutra y ojos fríos: «No debe preocuparse usted, no es nada serio, unos días de reposo —¿quizá unas píldoras?— y se le pasará». Para el doctor Schnutz y todos los doctores del mundo lo mismo es el cáncer que la gripe, la melancolía, la gastroenteritis, el bacilo de Koch o un intento de suicidio en regla. El mundo constituye la suma de sus partes, y si la suma no cuadra, ¡póngase este supositorio, es fenomenal! Lo cual quiere decir que el doctor Schnutz es un vulgar positivista, un tipo que no ve más allá de sus narices y al que la oscuridad lo asusta porque de noche es imposible distinguir las cosas que pueblan su pequeño cosmos, a la medida de su propia nimiedad. Pero un positivista es como un entomólogo, un sujeto que busca bichos extraños, los clasifica y los diseca, termina metiéndolos en una vitrina y los expone a los contemporáneos y a su mamá. He aquí a lo que queda reducida mi Beba: un insecto en trance de extinción que hay que capturar y observar. El doctor Schnutz (le tiene pavor a la noche, no lo olvidemos, por eso se reviste de fosforescencias) es incapaz de sentir pasión por una mujer como mi mujer. Sólo una sana curiosidad, una ligera comezón que se termina cuando los gases se dilatan y están a punto de explotar, o sea cuando el experimento se vuelve realmente peligroso.
SAMUEL: ¿Por qué me decís todo esto?
YO: No sé, viejo, estoy con un humor de perros.
SAMUEL: ¿Y yo qué tengo que ver?
YO: La verdad, nada. Sos inocente. Aunque ganas no te faltan.
SAMUEL: No me vengas otra vez con esa historia, Fernando. Sabés muy bien que yo no soy el que buscás. El culpable está en otra parte.
YO: Pero vos le tenés ganas, no lo niegues.
SAMUEL: Mirá, Fernando, la amistad es la amistad, y yo...
YO: A otro perro con ese hueso, viejo. La amistad no es la amistad cuando hay una mujer por medio. Pero lo que me interesa es otra cosa: ¿te la manducaste después?
SAMUEL: ¿Después?, ¿cuándo? Estamos en Villa Gesell. No hay después.
YO: No te hagas el vivo. Sabés a lo que me refiero.
SAMUEL: No sé de qué me estás hablando, Fernando. Te lo juro... ¡Te lo juro por el Movimiento y por Perón!
YO: Eso, eso, Samuelito, ahí te quería agarrar. Cuando lo de Villa Gesell, vos eras prochino y jurabas por Mao, no por Perón. ¿Te das cuenta? Hay un después. ¡25 años después!
SAMUEL: ¿Después? Por Perón..., digo por Mao, Fernando, ¿qué es después?
Y Samuel enmudece y yo me quedo sin saber. Lo único que sé es que frente a la puerta hay un Impala verde como camuflado entre la vegetación, dentro un bebé durmiendo, fuera (en el bungalow) una pareja desparejándose, una mujer con un codo apoyado en la cama y una mano tirando apresuradamente de la sábana (lleva un camisón celestevirginal, el escote entreabierto, una cruz) y un hombre en piyama que se acaba de levantar, el pelo, que le ralea, aplastado por delante igual que si se lo hubiera pegado con cola (¿o con flujo vaginal?) y una historia con 25 años de antigüedad. Pasen y vean. De cómo el Dr. Schnutz concluyó su experiencia positiva, y de cómo el ambiente se llenó de gases venenosos y se enrareció.
María de los Milagros es, efectivamente, la chica con la que me encuentro seis o siete años más tarde y cumplo en su cuerpo poroso las tareas que me había trazado a mí mismo como consecuencia de la deslealtad de Beba y su indiferencia hacia mi dolor. Siete años de retraso, María, pero mientras me dedicaba escrupulosamente a husmear por tus pasadizos secretos una primavera y un verano enteros, mi mente se disparaba como un cohete hacia otro planeta —¡Beba, todavía Beba!—, se posaba sobre su superficie, descendía el astronauta por la escalerilla con los toscos zapatones y se ponía a transmitir un mensaje cifrado: «¡Eh, los de aquí, estamos fornicando, fornicando, fornicando! ¡Vengan, acérquense, observen el festín! ¡Hay tantos y diversos líquidos y flujos a bordo que ya no podemos respirar por el olor a rancio! ¡Miren, escuchen! ¡Ahí va de nuevo la catapulta con su carga de proyectiles hirvientes! ¡Cuánto ahogo! ¡Cuánta pasión!»
Pero el astronauta es parado en seco por una voz:
MARÍA DE LOS MILAGROS: ¡Basta, Fernando, sos un degenerado!
YO: Más degenerada sos vos, Milagritos, con esa pinta de nena fifí, con esos modales tan propios de licenciada en Historia del Arte... Al final el único arte que te va es el del KamaSutra. ¿Cómo hiciste para conservarte virgen hasta los 26 años?
MARÍA DE LOS MILAGROS: ¿Pero qué es esto? A una chica decente no se le habla así.
YO. No seas mala, Milagritos. Mientras me la acariciabas con la lengua me sentía flotar. Estaba en otro mundo, en otro planeta, y miraba a Dios cara a cara. Sigamos, por favor.
MARÍA DE LOS MILAGROS. ¡Ay! ¡Qué dirá Dios! Ahora mismo me quito la cruz.
YO: ¡No! ¡Dejátela! No seas profana. Y además, ¿dónde está el camisón?
MARÍA DE LOS MILAGROS: El camisón se quedó para siempre en Villa Gesell. Ahí me lo sacaste con los ojos.
YO: Sí, nena. Pero no hubo tiempo para más. Con Beba nos metimos en el cuarto de baño, ¿te acordás?, y vos, Jorge y Samuelito pegaron la oreja a la puerta y empezaron a escuchar cosas raras.
MARÍA DE LOS MILAGROS: ¡Bonito lugar para ventilar cuestiones amorosas! Y encima con público. ¿Pero qué es esto, Fernando? Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.
YO: No seas cursi, Milagritos. ¿Todavía no aprendiste que cada cosa es una y múltiple? Por ejemplo, ¿qué tenés ahora mismo en la bocona? No un pedazo de pan, precisamente. Te falta dialéctica hegeliana, virgen otoñal, y yo te estoy dando un curso práctico que te servirá para toda la vida. Pero no me la muerdas que se achica y no quiere saber nada de nada. Así, eso es, no pares hasta que se derrame la cuajada, que es desnatada y no engorda. ¿Te gusta el sabor?
¿Te gusta el sabor, Beba? Entonces no lo estropees porque siento que la leche se me corta y el orificio se me obtura. Últimamente, a causa de tus juegos sufro de eyaculación precoz, ya te lo dije, y sospecho que pronto será impotencia. Tus juegos son peligrosos y pueden terminar con nuestra endiosada relación. Estuviste jugando con Samuel todo el tiempo, pero en el fondo yo sé que ese juego encubre otro, no tan divertido, y ahora...
Entramos en el bungalow (Jorge, sonrisa forzada y piyama, María de los Milagros, gesto de virgen sorprendida y camisón), entramos en el bungalow como una procesión fantasma, y Samuel, estúpidamente obcecado, te persigue incluso hasta el cuarto de baño ante cuyo espejo, con la puerta entreabierta, estás recomponiendo tu imagen de mujer fatal deteriorada por el cansancio y la excitación de un viaje de seis horas y la mirada en la nuca de un marido lleno de despecho que indaga y anuncia, entre líneas, la inminente descarga de un golpe vengador. También yo te persigo hasta ahí, empujo a Samuel (es un suave peso que no ofrece resistencia), cierro la puerta, ahora estamos solos, esta puerta se me aparece como una frontera, la ascensión ha sido costosa, la verdad prevalecerá.
ÉL: ¡Fuera todos! ¡Aquí estoy yo!
YO: No se impaciente, señor amante, y disculpe: ¿no ve que soy un megalómano?
ÉL: ¡Ahuecá el ala de una vez! ¡Aburrís a todo el mundo con tu interminable discurso!
YO: Sí, señor. Ahora mismo me estoy yendo.
BEBA (desde alguna parte): ¡No, Fernando, no hagas eso! ¿No te das cuenta que sos mi único y verdadero amor?
YO: Lo siento, Beba, pero éste es el auténtico curso de la historia.
BEBA: ¿Qué importa la historia? ¡Reescribámosla! ¿Acaso no la reescribió Stalin?
YO: ¿Desde cuándo te interesás por la política, querida? ¿Y tu sánscrito? ¿Y tu misticismo? Pero no demoremos más. El público espera.
BEBA: ¡A la mierda el público!
YO: ¡Ojo, Beba, que te escuchan! No se trata así a los que han pagado por nuestro espectáculo!
BEBA: ¿Nuestro espectáculo? ¡Querrás decir tu espectáculo! ¡Yo me largo! ¡Abandono! ¡No quiero participar!
YO: Demasiado tarde, cariño. ¡Estamos metidos en el mismo baile y vamos a bailar hasta el final!
BEBA: Entonces vas a ver.
YO: ¿Voy a ver qué?
BEBA: La venganza será terrible.
YO: Ya lo sé, nena. Yo me limito a contarla. ¿Dónde estábamos? ¡Ay, me hiciste perder!
Capítulos 1 / 2 / 3 / 4 / 5 / 6 / 7 / 8 / 9 / 10 / 11 / 12 / 13