EL PODER DE UNO
Luego
del ataque terrorista a Estados Unidos el 11 de setiembre, como producto
de un estado de desorden mundial que el supuesto "Nuevo Orden" liderado
desde Washington y Nueva York, no podía disfrazar como pretendía,
quedó una mezcla de sensaciones encontradas. Por un lado, la de
imposibilidad de hacer, de aquí en más y urgentemente, algo
que definitivamente cambie al mundo; por otro lado, una extraña
esperanza de que esta tragedia conmueva de una vez a los inconmovibles
que han manejado tan mal a la O.N.U. que la han inutilizado, y se pongan
de una vez por todas a reformarla y establecer el gobierno, la ley y el
ejército mundiales que se necesita para proteger a la humanidad.
También hay una sensación de que, antes de que el problema
pueda derivar en algo catastrófico, y antes que esperar a que los
políticos hagan algo -que no precisamente pueda ser constructivo,
sino todo lo contrario-, los pueblos debemos movilizarnos como nunca en
la historia, para el establecimiento de una paz mundial sustentada en un
orden mundial distinto del que nos están queriendo imponer.
Más allá de
que ni Hiroshima ni Nueva York merecían lo sufrido, tanto el gobierno
japonés de la Segunda Guerra Mundial, como el gobierno estadounidense
actual, han merecido mucho más que esos respectivos golpes, que
al final los recibe la población civil, cuya única culpa
a pagar -aunque no tan caro debería ser- es no protestar más
de lo que lo hace para frenar la irracionalidad destructiva de los políticos
y militares.
A estas alturas, más
de medio siglo después de la constitución de las Naciones
Unidas -tiempo que debió ser suficiente para hacerlas funcionar
como se debe- no podemos quedarnos en la pasiva actitud de ver cómo
la nación atacada busca eliminar la supuesta raíz del problema,
destruyendo al terrorismo islámico y atacando a los regímenes
políticos que lo amparan y promueven. La raíz verdadera,
en el orden político-económico-militar, es la estructura
de orden internacional que ha sido montada sobre el poderío de las
potencias, imperando sobre las naciones débiles; los terroristas
ocupando el lugar cinematográfico que en la conquista del far west
tuvieron los "salvajes" indios, no sirve para entender y modificar la realidad
de lo que está sucediendo.
Los que no queremos que este
mundo siga en manos del destino que le fue dado, porque creemos en nuestra
libertad como poder transformador, en especial contra un destino espantoso
que podemos reemplazarlo por un camino de vida, debemos aplicarnos a revisar
todas las ideas y propuestas en las que hemos estado trabajando los visionarios
y planificadores de un mundo mejor, y empezar a concretarlas urgentemente.
No faltan argumentos, estrategias, teoría suficiente para obrar
un milagro en la Tierra. Sobran estorbos, pero remover muchos de ellos
o hasta hacer que empiecen a funcionar para bien de la humanidad es bien
posible.
De la desunión a la
unión de los pueblos en una Comunidad Planetaria, no debe importar
cómo llegar al paso definitivo del éxito, porque el sólo
pensar en lo lejos que está -o que parece estar-, desanima; lo que
debe importar es que no estamos todavía por dar el primer paso,
porque ya se han dado muchos pasos: aprovechémoslos; no hay sólo
páginas en blanco hasta aquí, sino muchas páginas
escritas para orientar nuestros pasos del presente y del futuro. Quizá
estemos más cerca del éxito que del fracaso de milenios:
quizá estemos a un sólo paso... lo más lento ya pasó,
ahora todo se acelera, contamos con más recursos y posibilidades
para comunicarnos y decidir el mundo que queremos. Ya no estamos para darle
tiempo al tiempo, como hace milenios, siglos y luego décadas para
poner al mundo en orden: más de una década sería demasiado
en estos momentos, hay urgencias dadas por una catástrofe ecológica
global en puerta, y esto obliga a que no sean futuras generaciones las
que resuelvan si el mundo debe o no seguir siendo habitable: esa responsabilidad
la cargamos los que estamos aquí y ahora. Ya no es en los niños
en quienes se deban depositar las esperanzas y responsabilidades del futuro:
si los jóvenes y adultos no hiciéramos lo que debemos, muchos
no llegaremos a viejos, ni muchos jóvenes a adultos, ni muchos niños
a jóvenes, hasta que muchos ni siquiera nacerán. Aquello
de que "el futuro es hoy", nunca como ahora pudo resultar más cierto
e inevitable.
Esto parece una visión
agorera, pero cuando lo apocalíptico está a la vista, la
única línea divisoria entre el cumplimiento de las profecías
bíblicas y la posibilidad de que las escrituras no se cumplan y
lleguemos a una humanidad unida sin tener que atravesar por una catástrofe,
es dejarse de vegetar en el sistema como plaga de zombies manipulados y
empezar a vivir con autodeterminación, rebelándose a cuanto
lo impida y poniéndose al servicio del planeta y de la elevación
de la dignidad de vida de sus habitantes. Cómo hacerlo, desde la
Casa Blanca no se escucha ni se escuchará decir la forma; de allí
sólo seguirán emanando directivas para bombardeos o para
el mantenimiento del liderazgo mundial de la nación. Esperar ayuda
de ese lado es lo último que la humanidad puede hacer; antes bien,
debería la humanidad conmoverse y brindar orientación a esta
pobre gente en Washington, presa de una esclavitud espiritual que la mantiene
encerrada en sus ambiciones desmedidas de poder, e incapaz de renunciar
a parte de él para que cada porción de la humanidad reciba
un justo reparto. El líder mundial, que cree ser quien más
ayuda puede brindar al mundo, es quien más ayuda necesita: debemos
dar más al que menos tiene, el espiritualmente más pobre,
para ayudarlo a levantarse, lo cual conseguirá cuando decida bajarse
de su orgullo prepotente de omnipotencia, para no seguir cayéndose
de lo alto de los derrumbables rascacielos de la ostentación de
magnificencia. Estados Unidos tiene todo para hacer que este mundo cambie
para bien; nosotros tenemos todo para hacer que cambie para bien del mundo
Estados Unidos. No importa dónde estemos, si dentro o fuera de sus
millones de habitantes extranjeros, si dentro o fuera de sus fronteras:
ese pueblo nos necesita, como nos necesita la O.N.U., para que el nuevo
camino a seguir seamos millones los que se los mostremos, en lugar de subordinarnos
a aceptar seguir recorriendo el ya conocido camino por el que no nos llevan
más que a la ruina.
Cuando asumamos el comando
de nuestras existencias, no sólo no necesitaremos líderes,
sino que hasta al líder mayor estaremos en condiciones de ayudarlo,
relevándolo entre todos de la función que cree que debe tener,
para que asuma la que se necesita que tenga. Ese relevo no es ni más
ni menos que una determinación a ser tomada en una asamblea internacional
constitutiva de una federación mundial cuya ley y fuerzas de paz
a establecerse, son la prioridad máxima derivada de estos trágicos
acontecimientos terroristas que han sacudido al mundo. La paralela creación
de una red mundial de pequeñas comunidades integradas por gente
de todo el planeta, en un modelo de humanidad unida que pueda ir reproduciéndose
a escala cada vez mayor, puede ir sirviendo como punto de apoyo para el
establecimiento del referido orden mundial federal. Es la hora de los proyectos
en divulgación, de las pequeñas reuniones de estudio y deliberación
de esos proyectos en toda ciudad posible de todo país posible, preparatorias
a la organización de grandes reuniones a nivel mundial para que
el propósito se logre. La diferencia entre lo apocalíptico
y lo paradisíaco del futuro que determinaremos, no es otra cosa
que la diferencia entre creer que millares no pueden contra un sólo
individuo con poder de decidir guerras y muerte, y saber que un sólo
individuo luchando por la paz y la vida, puede contra millares de poderosos
dominando el mundo. Si cada uno de nosotros asume su condición de
ser ese individuo que tanto puede, multiplicado por todos los que seremos,
nuestro poder de lograr el milagro no será milagro alguno.
"Jamás dudéis de que un pequeño grupo de ciudadanos precavidos y comprometidos pueda cambiar el mundo. Ciertamente, son los únicos que alguna vez lo han conseguido."