Gobiernos sin propuestas de cambio
En el mundo del futuro que
se proyecta desde este presente, si los gobernantes de las naciones, estados
y provincias, hubieran planteado hace algunas décadas, proyectos
demográficos tendientes a establecer numerosas poblaciones pequeñas
lejos de las ciudades, el mundo de hoy no sería tan parecido al
de los últimos siglos, y no tendríamos que estar pensando
en un mundo del futuro distinto del de hoy. Tampoco cuenta entre las estrategias
el cambio del espíritu de competencia por el de cooperación
solidaria, para edificar nuevas comunidades integrantes de una humanidad
unida, luego del rotundo fracaso de la humanidad dividida por la competencia.
Pero dada la falta de estrategias para transformar el mundo, que hasta
ahora se puede observar en todas las políticas gubernamentales,
en especial del siglo XX y de la actualidad, cabe preguntarse: ¿hay
un proyecto de transformación en las naciones, o el proyecto es
que todo siga más o menos como ha venido estando? ¿Quieren
realmente los políticos solucionar los problemas de los países,
o pretenden administrar la falta de soluciones, mediante proyectos que
dejan la realidad tal como está, poniéndole apenas algunos
parches o remiendos para aliviar, pero no para terminar con las situaciones
de crisis?(1)
El planeta no soportará
por mucho más tiempo los daños ambientales causados por la
sociedad, sin tornarse mucho más hostil de lo que se está
volviendo. La protección de bosques y selvas con absoluta prohibición
de desforestación, no está del todo clara en las políticas
a futuro con plazos definidos. La reducción de contaminantes a niveles
EXTREMOS, no figura en ningún plan que fije para qué fecha
habrá de prohibirse la fabricación y uso de ciertas sustancias
que están arruinando la tierra, aguas y alterando el clima. El Protocolo
de Kioto sobre reducción de gases de efecto invernadero recién
para el 2012 es una muestra de lo poco que les urge lo urgente. Porque
la fecha para la cual se estima que no quedarán glaciares en la
Tierra (muchos dejaron de existir en los últimos años), fecha
en que no quedarán ciudades costeras por el aumento del nivel del
mar, ya está prevista por los científicos: apenas es cuestión
de unas décadas, y no sólo llegarán a ver el desastre
nietos e hijos de los actuales adultos, sino también muchos de éstos.
Revertir el proceso climático de calentamiento global, requerirá
políticas que planteen con absoluta claridad que hay intención
de solucionar el problema.
Pero ninguna campaña
electoral de candidatos, ni discursos de gobernantes, pregonan programas
de acción para salvar al ecosistema de la catástrofe que
la ciencia anuncia; catástrofe provocada autodestructivamente por
la parte más corrupta y antinatural de la humanidad, arrastrando
al desastre a la parte compuesta por los humanos que viven en armonía
con la naturaleza.(2)
Al pueblo se le hacen promesas laborales, económicas, dentro de
un sistema de producción y consumo que exige la continuidad de los
factores industriales que agravan constantemente el estado del medio ambiente.
No hay políticos que propongan medidas extremas para contrarrestar
los efectos de la industrialización excesiva. "Crecimiento y desarrollo"
son las metas, pensando en las naciones y no en el planeta.
El mundo del futuro que se
proponen construir los políticos, no difiere sustancialmente del
actual. En 1930, la crisis económica con epicentro en Nueva York
tuvo alcance internacional. Cualquier acontecimiento parecido que ocurriera
allí, o alguna catástrofe, tendría efectos devastadores
en la economía mundial. Los científicos han determinado que
el lugar donde está asentada la ciudad es agitado cada tantos siglos,
por actividad sísmica de intensidad suficiente para destruir lo
edificado, a niveles catastróficos. La pregunta no es si va a suceder
o no, sino cuándo, dicen los especialistas. Pero la mayoría
de la población neoyorquina ignora que hay tal riesgo. Las políticas
económicas de los países dependen de que lugares como Nueva
York, u otros puntos neurálgicos de la economía mundial,
no sean afectados por algún imprevisto.
Riesgos por impactos de asteroides
son objeto de seguimiento y estudio científico permanente, y han
sido objeto de varias películas recientes, mostrando lo que puede
pasarle al planeta ante un evento tal. Alteraciones en el campo magnético
terrestre, efectos electromagnéticos de fenómenos que a nivel
cósmico se están considerando posibles, con capacidad de
impedir el funcionamiento de cualquier aparato eléctrico, nos presentan
la posibilidad de un futuro en el que tengamos que arreglárnoslas
sin nada de todo lo que la actual tecnología nos permite para nuestro
confort, trabajo y supervivencia. Parece poco creíble que tal cosa
pueda suceder, pero bastaría una huelga de trabajadores del gremio
de la electricidad para quedarnos a oscuras; o alguna grave crisis económica
que quiebre todos los sistemas que mueven a las sociedades, para que en
medio de la anarquía resultante todo se paralice, las fábricas
cierren, los alimentos escaseen, la delincuencia desborde, la policía
se repliegue, la ley se pierda y el desorden conduzca a un sálvese
quien pueda…
El mundo del futuro que los
políticos han venido definiendo, es un mundo dependiente de la tecnología,
de la economía, de las grandes fábricas, de las grandes ciudades
y de que el clima no cambie. Pero con sólo cambiar el clima, se
inundan muchas grandes ciudades, se pierden muchas grandes fábricas,
se quiebra la economía y se reduce la utilidad de la tecnología.
Y el clima ya empezó a cambiar: en África, el monte Kenya
ha perdido como un 65% de su glaciar, para dar una idea de lo que está
pasando, también en los hielos de todo el mundo, con destino inevitable
al aumento del nivel oceánico.
Pero esto que pasa y que es
tan grave como para ser titular constante en los medios de prensa, sigue
siendo ajeno a ella e ignorado por la mayoría de la gente en todo
el mundo. La explicación: el alerta mundial exigiría acción
inmediata, y la acción, políticas que inevitablemente deberán
hacer que el "desarrollo" cese en ciertos ámbitos industriales.
Consecuencia: trabajadores en la calle. Pero ha llegado la hora de parar
las máquinas y dar un golpe de timón; no para esquivar el
iceberg, porque justamente los icebergs no serán el problema, sino
la ausencia de icebergs.
Ése es el mundo del
futuro para el cual están gobernando y planificando los políticos
que tenemos por "representantes". Un mundo degradándose ambientalmente,
con una civilización frágil, que no podrá tener futuro
cuando el sistema colapse. No hay una conciencia que permita ir amortiguando
el choque del futuro, el cual hará impacto con todo su rigor en
la civilización, de seguirse sin efectuar la debida preparación
para dimensionarlo en toda su realidad.
Mundo paralelo
Ajeno a ese mundo de la civilización
fácilmente vulnerable, habrá un mundo paralelo: el de las
personas aisladas que, en pequeños núcleos alejados de las
ciudades, eventualmente podrán carecer de electricidad, de confort
(más o menos como hasta ahora), y por eso, en caso de estallar una
crisis que haga de las ciudades verdaderos infiernos, lejos de ellas esas
personas seguirán viviendo más o menos como lo hacen.
En medio del "sálvese
quien pueda", muchos sobrevivientes emigrantes de las ciudades irán
a parar a sitios alejados, en donde habrá quienes morirán
por no estar adaptados a una existencia sin horno a microondas, sin empleada
doméstica que les cocine, sin coche para pasear, sin Master Card,
y sin un centavo, o con los bolsillos todavía guardando billetes
que habrán perdido todo valor. No se trata de un futuro de película
de ciencia-ficción, sino de un futuro probable con bases científicas.
Los políticos no han planteado proyectos
de países que, ante una crisis nacional o mundial, dispongan de
una alternativa para que al menos una parte de la población quede
a resguardo. Si acaso algunos gobernantes han previsto la posibilidad de
alguna crisis tal, y han evaluado las consecuencias posibles, calculando
qué porcentajes de sobrevivencia y de qué parte de
la población, podría haber, esto no se ha traducido en ningún
planteo serio a nivel pragmático, acorde con la realidad ante la
cual estamos a punto de chocar. Sólo una pequeña porción
de ciudadanos acedería a refugios subterráneos -eso sí
hay gobiernos que han construido- con reservas de alimentos para un cierto
tiempo... Pero el mundo de la superficie, el de los que en vez de refugiarse
como ratas, tengan que seguir adelante como puedan, no cuenta con perspectivas
de desarrollo de proyectos comunitarios gubernamentales como el del presente
planteo.
La ausencia de políticas
gubernamentales para ir preparando comunidades alejadas de las ciudades,
que estén relativamente independizadas de la economía y de
la tecnología globales, plantea la necesidad de encarar acciones
no gubernamentales por parte de organizaciones y de individuos a título
personal. Gente que se proponga trabajar para que, ante la eventualidad
de una crisis del sistema, para entonces ya existan núcleos suficientemente
autónomos para sobrevivir y, en lo posible, vivir; entendiendo por
"vida" un intercambio con la naturaleza en mayor plenitud de lo que las
ciudades permiten, y un intercambio con los demás más humanizado
que en el funcionalismo de las sociedades urbanas.
La amenaza de catástrofe
ambiental -que ya es un hecho concreto y no un fantasma- no debía
ser necesaria para que la humanidad comprendiera que la vida en las ciudades
requería un descongestionamiento, que la contaminación requería
un freno a tiempo, y que los lugares despoblados eran los ideales para
establecerse, en núcleos reducidos, solidarios y ajenos a las ambiciones
materiales desmedidas que propone la sociedad de consumo. Todo esto debía
haberse planificado mucho antes de que se tornara una urgencia. Pero no
fue así; y como no se hizo por voluntad, tendrá que hacerse
por obligación; como no se hizo para dignificar la existencia, tendrá
que hacerse para seguir existiendo.
En estos momentos, para darse
una idea de que la existencia en la sociedad urbana no está asegurada,
basta tener en cuenta que muchas grandes ciudades se han tornado inhabitables
por el alto riesgo para sus pobladores, de ser víctimas de delitos.
Allí no hay ley, policía, ni políticos que puedan
hacer lo suficiente para garantizar el orden público, o la vida
del ciudadano. Por lo tanto, la elección de seguir viviendo bajo
tales condiciones supone no sólo el riesgo de que a uno le pase
algo, sino también que, aunque no le pase nada, su estado de alerta
e intranquilidad constante no valga la pena ser la rutina diaria. No es
sano. Muchos prefieren irse, pero no pueden. Otros podrían irse,
pero no quieren.
Vivir en paz y con un buen
margen de seguridad lejos de las ciudades que se han vuelto inapropiadas
para la vida, está siendo la consigna de cada vez más gente,
sobre todo la que tiene creencias o ideas espiritualistas. Si bien espiritualidad
no es necesariamente sinónimo de naturaleza y de repudio a la vida
en grandes capitales, es más probable que la persona espiritual
sea menos dependiente de las cosas materiales de la vida urbana, que la
persona cuya rutina pase invariablemente por la dependencia de esas cosas.
Por lo tanto, es más probable que se vaya de la ciudad a un lugar
despoblado o de escasa población, alguien con orientación
espiritual, que alguien carente de ella, que no quiere ni puede vivir fuera
de la sociedad de consumo. Y el problema es el exceso de manipulación
ejercida para hacer del ciudadano un consumista, y la falta de orientación
para hacerlo libre de tal dependencia de cosas externas, y rico a nivel
interior. Por eso una política que propusiera una forma de vida
que no necesitara de los lujos innecesarios que el sistema proporciona,
a los cuales se los presenta como necesidades, no contaría con mucha
adhesión. La gente no está entendiendo y le costará
entender que el cambio que la sociedad necesita no es el cambio de los
demás, sino el de uno mismo. Que no es el otro el que tenga que
irse a la dificultad del campo o la montaña para que sea uno quien
se quede en el confort capitalino, sino que es uno quien debe tomar la
iniciativa de irse a la bendición del campo o la montaña.
Porque alguien deberá hacerlo, y se precisan voluntarios. Alguien
deberá dejar de contaminar el aire con su automóvil, y para
ir en bicicleta, a caballo o a pie por los caminos del campo, se precisan
voluntarios. Alguien deberá dejar de seguir alimentando a los millonarios
petroleros y de los hipermercados, para que el producto de su trabajo beneficie
a gente más próxima a él, y para eso también
se precisan voluntarios.
Ninguno de esos voluntarios
será rico, pero tampoco pobre, o esclavo a perpetuidad del sistema
impositivo con el que se provee fondos a ejércitos y fabricas de
armamentos. No verá en el estadio a los futbolistas famosos, y tal
vez ni siquiera los vea por televisión, pero no le faltará
tiempo para jugar a la pelota, y ser más protagonista que espectador.
No será envidiado por sus bienes, pero tampoco tendrá a quién
envidiar. No llegará a ser famoso o "importante" para muchos, pero
será importantísimo para todos; empezando por quienes comunitariamente
convivan con él, y terminando por el planeta como totalidad.(3)
En ese "mundo nuevo", paralelo
al mundo de viejas estructuras, podrá parecerle a muchos ilusionados
de progresar económicamente, desmotivadora la propuesta de que los
que hoy son pobres, nunca serán ricos, y ni siquiera tendrán
algunos de los bienes materiales de confort que son considerados una necesidad
elemental. Pero tampoco sufrirán la miseria, la falta de trabajo
o la explotación laboral, ni el riesgo de caer en la delincuencia
o la drogadicción. Tampoco sufrirán el abandono y la falta
de solidaridad a la hora de la necesidad. Ni padecerán la soledad
de vivir rodeados en una sociedad de relaciones superficiales y vacías,
muy competitivas y poco o nada cooperativas.
Al ver en marcha este propósito
que comience a ejecutarse con la participación de ONG's e individuos
en particular, que políticos y empresarios fuertes abran los ojos
y deseen integrarse a la consigna, será algo de lo que no tendrá
que dependerse: sin ellos, habrá que hacerlo de todos modos. Pero
si gobiernos y capitales privados aumentaran las posibilidades de acción
en este sentido, el "mundo paralelo" al sistema, que estaremos construyendo
en conjunto con ellos, podrá tener perspectivas mayores. ¿Cambiará
la óptica de los gobiernos? No se puede ser profético en
esto, ni para bien ni para mal; por lo tanto no se debe ni creer que eso
va a ocurrir, ni descreer de tal posibilidad.
Básicamente, no se
debe estar a la espera de una definición gubernamental para llegar
a la ación. Si hay quienes piensan que hay que recurrir a los gobiernos
para establecer las primeras comunidades e implementar las primeras migraciones
hacia ellas, sepan que no será así: los gobiernos deberán
observar los logros hechos por vías no gubernamentales. Los millonarios
que podrían construir las primeras comunidades con sus abundantes
recursos, deberán observar cómo con escasos recursos, grupos
de personas emprendedoras habrán concretado la idea. Este proyecto
no necesita ni millones de dólares, ni millones de personas para
empezar: con poco, con pocos y de a poco, será suficiente para llegar
a ser muchos los participantes; no miles, sino millones.
1 Sobre los problemas de los países y la actitud de los
gobernantes, en su libro citado escribió Konrad Lorenz: "Uno
se pregunta qué causará más daño al espíritu
de la Humanidad actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador.
Sea como fuere, los gobernantes de todas las orientaciones políticas
se esfuerzan por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia
aquellas motivaciones que impulsan al hombre hacia la competencia.
Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido
por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento
regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países
occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población
no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países
orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues,
los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada
al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor
elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición"
de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea
y alteraciones nerviosas- con el prójimo."
Para cerrar esta parte sobre los políticos ante el choque del futuro, nada mejor que algo que ha sido considerado como la más bella declaración ecológica de la historia:
El Gran Jefe Blanco de Washington nos envía el mensaje de que quiere
comprar nuestras tierras. Pero, ¿cómo es posible comprar
o vender el cielo o el calor de la tierra? Nosotros no comprendemos esta
idea. Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del reflejo
del agua, ¿cómo podréis comprarlos?
El Gran Jefe Blanco de Washington nos envía también palabras
de amistad y de buena voluntad. Esto es muy amable por su parte, pues sabemos
que él no necesita de nuestra amistad. Sin embargo nosotros meditaremos
su oferta, pues sabemos que si no vendemos vendrán seguramente hombres
blancos armados y nos quitarán nuestras tierras. Nosotros tomaremos
una decisión.
El Gran Jefe Blanco de Washington podrá confiar en lo que diga el
Jefe Seatlle, con tanta seguridad como en el transcurrir de las estaciones
del año. Mis palabras son como las estrellas, que nunca tienen ocaso.
Cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante
aguja de pino, cada grano de arena de las playas, cada gota de rocío
de los sombríos bosques, cada calvero, el zumbido de cada insecto...
son sagrados en memoria y experiencia de mi pueblo. La savia que asciende
por los árboles lleva consigo el recuerdo de los pieles rojas. Los
muertos de los hombres blancos olvidan la tierra donde nacieron cuando
parten para vagar entre las estrellas. En cambio, nuestros muertos no olvidan
jamás esta tierra maravillosa, pues ella es nuestra Madre. Somos
parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas,
el venado, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Las
cumbres rocosas, los prados húmedos, el calor del cuerpo de los
potros y de los hombres, todos somos de la misma familia.
Por todo ello, cuando el Gran Jefe Blanco de Washington nos comunica que
piensa comprar nuestras tierras exige mucho de nosotros. Dice que nos reservará
un lugar donde podamos vivir agradablemente y que él será
nuestro padre y nosotros nos convertiremos en sus hijos. Pero, ¿es
eso posible? El Gran Espíritu ama a vuestro pueblo y ha abandonado
a sus hijos rojos. El envía máquinas para ayudar al hombre
blanco en su trabajo y construye para él grandes poblados. Hace
más fuerte a vuestro pueblo de día en día. Pronto
inundaréis el país como ríos que se despeñan
por precipicios tras una tormenta inesperada. Mi pueblo es como una época
en regresión, pero sin retorno. Somos razas distintas. Nuestros
niños no juegan juntos y nuestros ancianos cuentan historias diferentes.
El Gran Espíritu os es propicio y en cambio, nosotros estamos huérfanos.
Nosotros gozamos de alegría al sentir estos bosques. El agua cristalina
que discurre por los ríos y arroyos no es solamente agua, sino también
la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos nuestras tierras debéis
saber que son sagradas y que cada reflejo fugaz en el agua clara de las
lagunas narra vivencias y sucesos de mi pueblo. El murmullo del agua es
la voz de mis antepasados. Los ríos son nuestros hermanos que sacian
nuestra sed. Ellos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos.
Si os vendemos nuestras tierras debéis recordar esto y enseñad
a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que, por tanto,
hay que tratarlos con dulzura, como se trata a un hermano.
El piel roja retrocedió siempre ante el hombre blanco invasor, como
la niebla temprana se repliega en las montañas ante el sol de la
mañana. Pero las cenizas de nuestros padres son sagradas, sus tumbas
son suelo sagrado, y por ello estas colinas, estos árboles, esta
parte del mundo es sagrada para nosotros. Sabemos que el hombre blanco
no nos comprende. Él no sabe
distinguir
una parte del país de otra, ya que es un extraño que llega
en la noche y despoja a la tierra de lo que desea. La tierra no es su hermana
sino su enemiga, y cuando la ha dominado sigue avanzando. Deja atrás
las tumbas de sus padres sin preocuparse. Olvida tanto las tumbas de sus
padres como los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a
su hermano, el aire, como cosas para comprar y devastar, para venderlas
como si fueran ovejas o cuentas de colores. Su voracidad acabará
por devorar la tierra, no dejando atrás más que un desierto.
Yo no sé, pero nuestra raza es diferente
de la vuestra.
La sola visión de vuestras ciudades tortura los ojos del piel roja.
Quizá sea porque somos unos salvajes y no comprendemos. No hay silencio
en las ciudades de los blancos. No hay ningún lugar donde escuchar
cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o el
zumbido de los insectos. Quizá sea sólo porque soy un salvaje
y no entiendo, pero el ruido
de las ciudades
únicamente ofende a nuestros oídos. ¿De qué
sirve la vida si no podemos escuchar el grito solitario del ave chotacabras,
ni las querellas nocturnas de las ranas al borde de la charca? Soy un piel
roja y nada entiendo, pero nosotros amamos el suave rumor del viento, que
acaricia la superficie del arroyo, y el olor de la brisa, purificada por
la lluvia del
medio día
o densa por el aroma de los pinos. El aire es precioso para el piel roja,
pues todos los seres comparten el mismo aliento: el animal, el árbol,
el hombre..., todos respiramos el mismo aire.
El hombre blanco parece no notar el aire que respira. Como un moribundo
que agoniza desde hace muchos días, es insensible a la pestilencia.
Pero si nosotros os vendemos nuestras tierras no debéis olvidar
que el aire es precioso, que el aire comparte su espíritu con toda
la vida que mantiene. El aire dio a nuestros padres su primer aliento y
recibió su última
expiración.
Y el aire también debe dar a nuestros hijos el espíritu de
la vida. Y si nosotros os vendemos nuestras tierras, debéis apreciarlas
como algo excepcional y sagrado, como un lugar donde también el
hombre blanco sienta que el viento tiene el dulce aroma de las flores de
las praderas.
Meditaremos la idea de vender nuestras tierras, y si decidimos aceptar
será sólo con una condición: el hombre blanco deberá
tratar a los animales del país como a sus hermanos. Yo soy un salvaje
y no lo entiendo de otra forma. Yo he visto miles de bisontes pudriéndose,
abandonados por el hombre blanco tras matarlos a tiros desde un tren que
pasaba. Yo soy un salvaje y no puedo comprender que una máquina
humeante sea más importante que los bisontes, a los que nosotros
cazamos tan sólo para seguir viviendo. ¿Qué sería
del hombre sin los animales? Si los animales desaparecieran el hombre también
moriría de gran soledad espiritual. Porque lo que suceda a los animales,
también pronto ocurrirá al hombre. Todas las cosas están
relacionadas entre sí. Lo que afecte a la Madre Tierra, afectará
también a todos sus hijos.
Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a
nuestros hijos: la tierra es nuestra madre. Lo que afecte a la tierra,
afectará también a los hijos de la tierra. Si los hombres
blancos escupen a la tierra, se escupen a sí mismos. Porque nosotros
sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra.
Todo está relacionado como la sangre que une a una familia. El hombre
blanco no creó el tejido de la vida, sino que simplemente es una
fibra de él. Lo que hagáis a ese tejido, os lo hacéis
a vosotros mismos. El día y la noche no pueden convivir. Nuestros
muertos viven en los dulces ríos de la tierra, regresan con el paso
silencioso de la primavera y su espíritu perdura en el viento que
riza la superficie del lago. Meditamos la idea del hombre blanco de comprar
nuestras tierras. Pero, ¿puede acaso un hombre ser dueño
de su madre? Mi pueblo pregunta: ¿qué quiere comprar el hombre
blanco? ¿se puede comprar el aire o el calor de la tierra, o la
agilidad del venado? ¿cómo podemos nosotros venderos esas
cosas, y vosotros cómo podríais comprarlas? ¿podéis
acaso hacer con la tierra lo que os plazca, simplemente porque un piel
roja firme un pedazo de papel y se lo entregue a un hombre blanco? Si nosotros
no poseemos la frescura del aire, ni el reflejo del agua, ¿cómo
podréis comprarlos? ¿acaso podréis volver a comprar
los bisontes, cuando hayáis matado hasta el último?
Cuando todos los últimos bisontes hayan sido sacrificados, los caballos
salvajes domados, los misteriosos rincones del bosque profanados por el
aliento agobiante de muchos hombres blancos y se atiborre de cables parlantes
la espléndida visión de las colinas... ¿dónde
estará el bosque? Habrá sido destruido. ¿Dónde
estará el águila? Habrá desaparecido. Y esto significará
el fin de la vida y el comienzo de la lucha por la supervivencia. Pero
vosotros hombres blancos caminaréis hacia el desastre brillando
gloriosamente, iluminados con la fuerza del Gran Espíritu que os
trajo a este país y os destinó para dominar esta tierra y
también al hombre piel roja. El Gran Espíritu os dio poder
sobre los animales, los bosques y los pieles rojas por algún motivo
especial que no comprendemos. Ese motivo es también para nosotros
un enigma. Quizás lo comprendiéramos si supiésemos
con qué sueña el hombre blanco, qué esperanza trasmite
a sus hijos en las largas noches del invierno y qué ilusiones bullen
en su imaginación que les haga anhelar el mañana. Pero nosotros
somos salvajes y los sueños del hombre blanco nos permanecen ocultos.
Y por ello seguiremos distintos caminos, porque por encima de todo valoramos
el derecho de cada hombre a vivir como quiera, por muy diferente que sea
de sus hermanos. No es mucho realmente lo que nos une. El día y
la noche no pueden convivir y nosotros meditaremos vuestra oferta de comprar
nuestro país y enviarnos a una reserva. Allí viviremos aparte
y en paz. No tiene importancia dónde pasemos el resto de nuestros
días. Nuestros hijos vieron a sus padres denigrados y vencidos.
Nuestros guerreros han sido humillados y tras la derrota pasan sus días
hastiados, envenenando sus cuerpos con comidas dulces y fuertes bebidas.
Carece de importancia dónde pasemos el resto de nuestros días.
Ya no serán muchos. Pocas horas más, quizás un par
de inviernos, y ningún hijo de las grandes tribus que antaño
vivían en este país y que ahora vagan en
pequeños
grupos por los bosques, sobrevivirán para lamentarse ante la tumba
de un pueblo, que era tan fuerte y tan lleno de esperanzas como el nuestro.
Pero cuando el último hombre piel roja haya desaparecido de esta
tierra y sus recuerdos sólo sean como la sombra de una nube sobre
la pradera, todavía estará vivo el espíritu de mis
antepasados en estas riberas y en estos bosques. Porque ellos amaban esta
tierra como el recién nacido ama el latir del corazón de
su madre. Pero, ¿por qué he de lamentarme por el ocaso de
mi pueblo? Los pueblos están formados por hombres, no por otra cosa.
Y los hombres nacen y mueren como las olas del mar. Incluso el hombre blanco,
cuyo Dios camina y habla con él de amigo a amigo, no puede eludir
ese destino común. Quizás seamos realmente hermanos. Una
cosa sí sabemos, que quizás el hombre blanco descubra algún
día que vuestro Dios y el nuestro son el mismo Gran Espíritu.
Vosotros quizás pensáis que le poseéis, al igual que
pretendéis poseer nuestro país, pero eso no podéis
lograrlo. El es el Dios de todos los hombres, tanto de los pieles rojas
como de los blancos. Esta tierra les es preciosa, y dañar la tierra
significa despreciar a su Creador.
Os digo que también los blancos desapareceréis, quizás
antes que las demás razas. Continuad ensuciando vuestro lecho y
una noche moriréis asfixiados por vuestros propios excrementos.
Nosotros meditaremos vuestra oferta de comprar nuestra tierra, pues sabemos
que si no aceptamos vendrá seguramente el hombre blanco con armas
y nos expulsará. Porque el hombre blanco, que detenta momentáneamente
el poder, cree que ya es Dios, a quien pertenece el mundo. Si os cedemos
nuestra tierra amadla tanto como nosotros la amábamos, preocupaos
por ella tanto como nosotros nos preocupábamos, mantened su recuerdo
tal como es cuando vosotros los toméis. Y con todas vuestras fuerzas,
vuestro espíritu y vuestro corazón conservadla para vuestros
hijos y amadla como El Gran Espíritu nos ama a todos nosotros. Pues
aunque somos salvajes sabemos una cosa: nuestro Dios es vuestro Dios. Esta
tierra le es sagrada. Incluso el hombre blanco no puede eludir este destino
común. Quizás incluso seamos hermanos. ¡Quién
sabe!
Conforme a lo tratado en
la Parte I, si todo este proyecto tecno-político no tuviera en cuenta
lo que era "oculto" (ahora revelado), lo sagrado, lo energético,
recaeríamos en construcciones y proyectos carentes de los valores
trascendentes que determinan el orden del cosmos. Concebir un modelo de
comunidad con nuevas formas de organización social, sin retornar
a antiguas sabidurías acerca de cómo funcionan las cosas
en el Universo, sería perdernos en una política vacía
de los contenidos y de las orientaciones espirituales que una sociedad
superior necesita.
En cuanto a lo tratado en
la Parte II, si la propuesta de comunidades pequeñas ante los problemas
derivados de las grandes ciudades, no fuera a constituirse en la principal
estrategia a tener en cuenta para que la Humanidad realmente empiece a
cambiar en favor de la preservación de sí misma y del ecosistema,
podríamos pasarnos años de sesiones en la ONU para buscar
soluciones dentro del "orden establecido" para desarrollar un "Nuevo Orden"
que será más de lo mismo, sin solución para el deterioro
ambiental y humano.
Por eso en la Parte III, se
deja claro que hay un riesgo ambiental inminente, ante el cual los políticos
que irresponsablemente postergan medidas para revertir el problema, recibirán
el choque de la realidad que no están queriendo enfrentar, cuando
ella sea irreversible. Ante esto, en vez de esperar a que los políticos
y los poderosos de la economía mundial tomen conciencia y hagan
algo, los ciudadanos deberán ocupar ese vacío de responsabilidades
con acciones concretas y urgentes, a las cuales los gobernantes podrán
o no plegarse cuando comprendan que el camino es por allí.
Que una sociedad superior,
en vez de estar compuesta por megalópolis ultratecnificadas, esté
hecha de redes de pequeños núcleos comunitarios mínimamente
equipados a nivel tecnológico, y máximamente desarrollados
urbanística y arquitectónicamente según místicas
sabidurías ancestrales, podrá parecer un retroceso. Y lo
es: el retroceso a formas de vida más elevadas y dignas, que se
perdieron por darle poder absoluto a una mentalidad industrialista y progresista
sin orden y sin rumbo que no sea el de la autodestrucción. Hace
un siglo, el futuro ideal podría verse reflejado en las torres gigantes
de Manhattan, y más recientemente, en el futurismo de la "Ciudad
Gótica" de "Eternamente Batman" o de las construcciones en "El quinto
elemento". Hoy, si, en busca de conceptos para la armonía de los
hábitats, ese ideal no se desplazara a las aldeas indígenas
o a la Acrópolis ateniense, tal vez podamos esperar a que el sistema
colapse y la Estatua de la Libertad y su entorno terminen como en "El planeta
de los simios".
Anexo-2003, sobre el tema de los
políticos y comunidades:
Usted pertenece
a una sociedad cuyas necesidades lo motivan a pensar en soluciones posibles
para los problemas de la gente. Al ganar las elecciones, usted pasará
o pasó a pertenecer a una realidad desde donde las soluciones parecen
más difíciles de lo que se cree antes de llegar. En todo
el mundo, la mayoría de los que han llegado a donde usted se propone
o ya llegó, han terminado por desistir de los ideales con que llegaron
al poder, limitándose a cumplir una gestión que no mejoró
sustancialmente la realidad social. Lo que usted necesita para evitar ser
uno más por ese mismo camino, son fórmulas que aseguren cambios
deseables y posibles en la sociedad. Cambios acordes con el momento histórico
que vivimos, la realidad mundial con sus nuevas exigencias, que plantean
la necesidad de programas de gobierno que no tienen nada que ver con los
que décadas atrás pudieran haber sido exitosos.
La pobreza conducente
a la drogadicción, y ésta, a su vez, a la delincuencia, han
hecho inseguras y, por lo tanto, inhabitables las ciudades, entendiendo
por habitabilidad a las condiciones que una ciudad debe tener para que
vivir en ella sea digno, sano, armonioso. No es digno del ser humano vivir
en medio de la tensión, inseguridad, miedo y riesgo a que está
expuesto donde debe permanecer bajo llave protegido por rejas, alarmas,
perros y guardias, debiendo hasta poner candado a su bicicleta y abstenerse
de transitar ciertas calles a ciertas horas. Sin embargo, la mayoría
de la gente se ha acostumbrado a existir y permanecer en ese estado, salvo
una minoría de personas que, en busca de condiciones de vida acordes
con su dignidad humana, se han retirado de la gran masa urbana a lugares
poco poblados y en mayor contacto con lo natural.
La mayoría
de los políticos se vanagloria de las obras realizadas con la construcción
de más viviendas, radicación de más industrias y colocación
de más asfalto para hacer más modernizadas, más progresistas,
más grandes y más pobladas las ciudades que gobiernan. Ese
paradigma de crecimiento y progreso de las sociedades urbanas ha dejado
de ser valedero como medida de la calidad de gestión gubernamental,
desde que la ciudad ha dejado de cumplir su función de generadora
de progreso, para convertirse en causa de desorden.
Mientras los
pueblos tenían un equilibrio entre orden y progreso a nivel urbano
y rural, el crecimiento de las ciudades estaba dado en términos
favorables para que la población urbana tuviera trabajo, y la del
campo pudiera migrar a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Pero
desde que las economías nacionales, destruidas por las transnacionales,
han sufrido una declinación productiva que dejó sin empleo
a un alto porcentaje de la población, la ciudad está ofreciendo
menos de lo que el campo sigue dispuesto a dar: a quien trabaje la tierra,
nunca le faltará alimento, cosa que cada vez más habitantes
del asfalto sufren a diario, sin solución, llevados muchos a delinquir.
Sobra gente
en las ciudades, y sobran políticos cuyas “grandes obras” con las
que se llenan la boca, consisten justamente en hacer más grandes,
llenando de más hormigón, de viviendas y de industrias sus
ciudades para que llegue más gente, como si acaso estos políticos
vivieran en el mundo de hace más de medio siglo.
Faltan políticos
con una visión acorde con el mundo de hoy: un mundo en desorden
social y ambiental, que necesita ser reordenado poblacionalmente y subsanado
ecológicamente. Políticos que lleven adelante programas demográficos
que reviertan la situación actual, a partir de una situación
deseada que no aparece claramente definida en las campañas electorales:
disminuir urgentemente la población urbana y desarrollar fuera de
las ciudades núcleos comunitarios pequeños.
Dada la comodidad
de la gente para no querer cambiar su propuesta de vida, pretendiendo que
los gobernantes cumplan el milagro de crearles puestos de trabajo desde
la nada, es lógico que los políticos no quieran recurrir
a la antidemagógica alternativa de decirle al pueblo que “el que
carezca de recursos y quiera comer, vaya a trabajar la tierra”.
Pocos elegirían
a un candidato que le haga ver a la gente que las soluciones están
en manos de todos y cada uno, y no del gobierno nada más, y que
esas soluciones no pueden producirse desde la confortabilidad urbana que
ha alejado al ciudadano de cualquier deseo de producir su propio alimento,
incluso cuidando así su salud, en lugar de deteriorarla con los
productos industriales alimentariamente pobres y dañinos que consume.
También
serían pocos los que elegirían a un candidato que le diga
a la gente: “el habitante de la gran ciudad que quiera vivir en paz, seguridad
y sanamente, que se vaya al campo, porque no podemos llenar las ciudades
de policías ni encarcelar a todos los delincuentes”. Pareciera ser
que, en el fondo, todo ciudadano al emitir su voto, está consciente
de elegir a un candidato que no va a cambiar sustancialmente nada, porque
cualquiera que propusiera hacerlo, exigiría al pueblo acciones que
en general la gente no está dispuesta a emprender.
La mayoría
de los ciudadanos quiere soluciones desde arriba, sin un cambio de vida
desde adentro de cada uno. Y muchos influenciados por la cinematografía
hollywoodense de un futurismo apocalíptico (en el que pandillas
y vagabundos pueblan las calles, y una élite acaudalada vive en
mansiones aisladas, fortificadas y ultraprotegidas), se han resignado al
caos urbano tomándolo como cosa normal, y como normal el hecho de
que los gobernantes no propongan cambiar ese cuadro, porque ellos también
participan de la misma filmografía de resignación. Cuando
asumen un cargo lo hacen -tan conscientes como quienes los eligieron con
su voto- sabiendo que no producirán cambios, que sólo añadirán
caos al ya existente, apenas disimulado con unos retoques con apariencia
de reformismo.
Un verdadero
reformador social y político es alguien que sabe que el que no cambia
todo, no cambia nada. Es alguien que sabe que para poder cambiar todo,
de raíz, se requiere un pueblo participativo y dispuesto a servir,
y no pasivo y deseoso de que lo sirvan. Cuando un pueblo pasivo, dormido
en su comodidad, empieza a dejar de creer en los gobernantes, es cuando
puede empezar a despertar, actuar, esforzarse y tomar el poder en sus manos,
para dejar de estar en manos del poder. Cuando un candidato a gobernante
le hace observar esto al pueblo, es cuando puede movilizarlo. La gente
notará la diferencia entre las promesas electoralistas de los candidatos
que se consideran el centro, el eje en torno del cual todo girará,
y que no le piden nada al pueblo (diciendo que son ellos los que harán
las cosas y el pueblo será simple beneficiario pasivo de sus logros),
y un candidato que se salga del centro de la escena, del centro del poder,
y promueva la máxima participación del pueblo como eje de
todo logro posible.
Pero para que
la gente esté dispuesta a seguir una voz de mando que le exija esfuerzo,
en vez de tomar partido por los otros candidatos con sus promesas providenciales,
hay que convencerla de que ese esfuerzo vale la pena. Y el convencimiento
de que vale la pena hacer el esfuerzo de irse de las ciudades a núcleos
comunitarios distantes de ellas, puede resultar de la sola comparación
del estado actual en que vive la gente, con el estado en que vivirá
en esas comunidades.
La pregunta
a formularle al ciudadano sería: ¿está usted dispuesto
a vivir en contacto con la naturaleza, haciendo producir la tierra y alimentándose
de lo que coseche, y a su vez cumplir otras tareas, oficios, estudiar,
recrearse, en una comunidad donde la gente viva solidariamente, sin delincuencia
ni inseguridad? Dada la situación de carencias materiales en que
viven, son muchos los que responderían que sí; ¿qué
podrían perder, teniendo, encima, tanto a ganar?
Más aun,
a esto se le debe agregar que en los trayectos vehiculares y a pie, en
las grandes ciudades se puede pasar una o dos horas ida y vuelta al trabajo,
estudio, compras, trámites, visitas, etc. Esto demanda: tiempo,
dinero y/o combustible, y desgaste físico y mental, produciendo
aglomeraciones humanas, contaminación atmosférica, sonora,
congestionamiento vehicular, propiciando robos, accidentes de tránsito,
contagio de enfermedades, y otros problemas que no existirían en
pequeños núcleos comunitarios.
Inseguridad,
delincuencia, pobreza, drogadicción, prostitución, producción
y acumulación de basura, degradación del ecosistema, son
algunos de los males que en las ciudades encuentran su caldo de cultivo.
Los políticos en general suelen no pensar en mejorar la sociedad
humana mediante algo que no sea seguir pensando en términos de megalópolis
y de ciclópeas obras de mentalidad faraónica, levantadas
por obreros con salarios bajos, mientras para los marginales desempleados
no ofrecen solución.
No está
de más decir que rara vez asumen cargos políticos personas
con visión y conocimiento espiritual, y que, a propósito
de lo señalado sobre propuestas de cambio social, todos los grupos,
instituciones, organizaciones y movimientos espirituales que están
proponiendo un nuevo concepto de civilización, de humanidad, hablan
de la necesidad de reunir gente en pequeños núcleos poblacionales,
donde los individuos desarrollen el sentido de vida en comunidad, cambiando
lo individualista y competitivo por lo colectivo y cooperativo.
Todo debe conducir
a una comunidad planetaria de comunidades regionales, integradas por redes
de pequeñas comunidades locales, en cada una de las cuales la vida
sea disfrutable en vez de, como en las ciudades, insufrible o, en el mejor
de los casos, dentro de todo, soportable. Esto será más factible
y viable si gente con visión y preparación en el campo espiritual
llegara a cargos gubernamentales, con lo que, seguramente, los programas
de desarrollo social, poblacional y urbano cambiarán sensiblemente.
Pero no pudiendo
esperar a que gente con dicha visión se postule para cargos públicos
(si ocurre, bien, pero no será por lo pronto en la mayoría
de los casos), debemos dirigirnos a los actuales candidatos y gobernantes
para que comiencen a desarrollar esa visión que, a juzgar por sus
propuestas y programas, les falta evidentemente.
Por eso la elaboración
especialmente para ellos de este manifiesto, a ser acompañado con
información sobre ideas, estrategias, modelos, proyectos; nuevos
paradigmas para una sociedad nueva, que vaya removiendo estructuras que
ha llegado la hora de desmontar. Este mensaje y esa información
adjunta habrán de ser traducidos a diversos idiomas y presentados
a políticos en ejercicio gubernamental o candidatos en todo el mundo.
Porque se trata de un proyecto de cambio integral para la humanidad, y
no de alguna iniciativa aislada que termine por circunscribirse a determinados
lugares, donde alguno que otro gobierno haga algo al respecto en su área
jurisdiccional y nada más.
También
este documento será leído por todo tipo de ciudadanos desvinculados
de la política, y así irán interiorizándose
de que los futuros cambios sociales van a tener que ser de abajo hacia
arriba, desde los pueblos, desde los individuos, y no desde los políticos
que sean informados y convencidos de lo aquí propuesto. Porque para
que desde sus puestos de gobierno lleguen a la acción social, deberán
contar con la adhesión de la gente, y esa gente deberá estar
informada y convencida de que vida comunitaria en dignidad es mejor que
existencia urbana indigna de la condición humana. Por eso ésta
es una "carta abierta": para que esa gente acceda a su contenido y se concientice
de lo en ella propuesto.
Comandante Clomro
Autor-Proyecto O.H.U.
Monterrey, Nuevo León, México
Primavera de 2003
OHU web: www.geocities.com/libertylove.geo/OHU.htm
E-mail: libertylove.geo@yahoo.com