RED INTERCOMUNITARIA MUNDIAL
Parte II
COMUNIDADES PEQUEÑAS ANTE
EL PROBLEMA DE LAS GRANDES CIUDADES
Ciudades grandes y comunidades pequeñas
A partir del momento en que
se expanda en la sociedad la conciencia de todo esto que sucede, será
posible crear la necesidad de dignificar las condiciones de vida en comunidad.
Pero ya será tarde para rediseños urbanos que exijan demoler
y reedificar viviendas: habrá que empezar desde los cimientos en
lugares despoblados y con núcleos sociales reducidos, que no sobrepasen
una determinada cantidad planificada de habitantes, que puedan convivir
interactuando entre sí, sin el aislamiento a que estamos sometidos,
y sin la amenaza de un sobrepoblamiento.(1)
El proceso no debe ser de
fuga masiva de las ciudades, desintegrando de una vez todo lo que está
funcionando, para poner de repente a funcionar a toda la gente en millones
de comunidades. Dentro de lo gradual que debe ser este proceso, no existe
en él la antítesis gran ciudad-pequeña comunidad;
deben estar una en interrelación con la otra, no en oposición.
La idea es un proyecto mundial de pequeñas comunidades en red, pero
en interacción con las grandes ciudades, que seguirán siendo
necesarias para ciertos fines, como de producción, comercio y administración.
Si no existiera este proyecto
conciliador de ambas formas de vida y desarrollo social, y sólo
existieran las grandes ciudades como lugar de progreso ambicionado y como
continuidad indefinida de la degradación y decadencia continuas
en la vida urbana, sí estaríamos planteando una antítesis,
porque el ideal comunitario tendría a la gran ciudad como obstáculo.
Pero si vamos a plantear un mundo del futuro poblado de comunidades pequeñas
y con ciudades despoblándose gradualmente, la antítesis no
tiene razón de ser en el planteo. Porque hasta el proyecto mismo
de las comunidades en red mundial, es una idea concebida en el seno de
una cultura urbana, y es desde ciudades y por medios tecnológicos
como lo es Internet, o los medios de prensa, desde donde habrá de
armarse, difundirse y hacerse viable este proyecto. Nunca se podría
haber llegado a una formulación política, social, demográfica
de estas características, de no haber existido la gran ciudad como
polo de desarrollo cultural, donde convergieron las fuerzas productivas
que definieron las posibilidades tecnológicas de que podremos disponer
en esas futuras comunidades pequeñas.
Todo este planteo no ha tenido
la intención de descalificar a la ciudad considerándola nociva
para nuestro desarrollo, sino que es de reconocerse que sin las ciudades
no habríamos descubierto ni la electricidad, ni las vacunas, ni
mucho de lo que ahora hasta los indígenas pueden desear para vivir
mejor. Y eso sin desmerecer la vida que llevaban los sioux, los hopi o
los patagones, que tenían muchas menos razones que nosotros los
civilizados para quejarse de los problemas de la existencia. Pero como
la historia, la genética y el presente de la civilización
urbana, sitúan al ciudadano muy lejos de conformarse con vivir en
carpas, cazar con arco y flecha, danzar alrededor de una hoguera y andar
descalzo, no podemos aplicar el ideal de vida de unos a lo que son otros,
los que no son de pueblos con vida tribal en el campo, la selva o las montañas.
La ciudad, la tecnología, la ciencia, las fábricas, las escuelas
y universidades, todo eso integra una realidad que para nuestros antecesores
era preciso desarrollar, y sólo en ámbitos muy poblados era
posible. Se logró. Se está llegando a la conclusión
del proceso. De los frutos de ese logro se puede iniciar un proceso inverso:
desconcentración poblacional; todo retorna a su punto de origen:
la pequeña aldea en un medio natural, pero enriquecido por todo
el proceso histórico de la civilización, y en intercambio
con la gran "aldea global" por los medios de comunicación. Toda
la convergencia poblacional hacia ciudades de cientos de miles a millones
de habitantes, ha sido necesaria y útil en tanto forjadora de futuras
generaciones de ciudadanos potenciados y listos para vivir fuera del contexto
urbano, provistos de las pautas y los elementos educativos, científicos
y técnicos necesarios para tener una vida mejor que si no hubiera
existido todo el proceso de urbanización.
De no producirse ese retorno
a un sistema social de pequeñas comunidades, la experiencia del
progreso en las grandes ciudades seguiría sobrepasando el punto
de saturación, de manera autodestructiva, sin la válvula
de escape de presión que significa una perspectiva de descongestionamiento
como la que propone este proyecto comunitario. No tendría sentido
tanto aglutinamiento de siglos y siglos, sin una descompresión posterior.
En cambio, seguir soportando las calamidades urbanas podrá adquirir
el sentido que no está teniendo, en tanto y en cuanto haya de operarse
una política mundial de despoblamiento urbano y de establecimiento
de comunidades pequeñas. Sólo entonces todo el flujo de cultura,
de tecnología, de recursos producidos en la sociedad urbana tendrá
tal importancia que, sin las ciudades, las comunidades del proyecto no
tendrían el abastecimiento necesario. Porque no se trata de establecer
comunidades donde cazar con arco y flecha, sino donde aplicar todo el producto
de la civilización.
Por eso este proyecto debe
ser entendido no como una ruptura con la sociedad industrial, capitalista,
urbana, sino como un proceso mixto de conciliación del ideal comunitario,
con los factores propios de la civilización que hemos desarrollado,
aplicados a una nueva civilización a edificarse bajo factores ambientales
y humanos armonizados como no pueden serlo en la gran ciudad.
Formulación de una política mundial de pequeñas comunidades en red
Para llegar al establecimiento
de una política formulada con presupuestos, estrategias y plazos
de ejecución de planes a nivel mundial, hasta la realización
de este proyecto, podrá pasar un tiempo indeterminado, y no debe
esperarse a que en las Naciones Unidas se resuelva algo al respecto, para
recién entonces empezar. Aunque la globalización del comunitarismo
propuesto se produjera como consecuencia de exitosas experiencias piloto
realizadas por gobiernos, ONG's, empresas e individuos de diversos países,
en vez de una utopía para un futuro lejano, en el cual la cuestión
adquiera trascendencia en el seno de la ONU, debemos abocarnos a un planteo
pragmático para el aquí y ahora. En el cual las ONG's e individuos
participantes del proyecto, no necesariamente deban contar con apoyo guberanamental
y empresarial para poner en marcha el propósito.
Globalización, localización y diversificación cultural
El mundo del futuro está
siendo concebido a partir de lo que es el mundo del presente, y no de lo
que, más allá de lo que conocemos, proponga una realidad
totalmente distinta de todo lo conocido. Lo que conocemos es que las sociedades
humanas integran lo autóctono y lo foráneo, en una fusión
donde lo segundo, debilitando a lo primero, tiende a instalarse como característico
de la vida diaria, con mayor facilidad cuanto más difusión
mundial tenga. El diseño arquitectónico de un shopping será
el mismo en cualquiera de los continentes, y en ellos nunca estará
ausente la Coca-Cola; se va desde la infancia a la vejez tomando esa bebida
sin que importe de dónde salió, porque es un producto más,
ya tradicional, en la economía nacional. La "cultura planetaria"
que integran Shell, Microsoft, Marlboro o Phillips, son parte de una globalización
que hace necesarios y hasta imprescindibles muchísimos productos
que las culturas locales no están en condiciones de proveer.
Por eso el mundo está
siendo planificado para el futuro en una continuidad de la actual coexistencia
de lo local y lo global, donde el ciudadano viva en la mezcla de lo autóctono
y lo foráneo a niveles tales en que se pierda la noción de
dónde termina una cosa y empieza la otra. Desde fenómenos
localizados como lo brasileño y lo africano, fusionados en lo "afrobrasileño"
a nivel religioso, o la tradicional "bombacha" del gaucho argentino-uruguayo,
inventada en Inglaterra, hasta cuestiones globales como el consumo de cigarrillos
o automóviles de fabricación nacional, pero de marca extranjera,
que resuena familiar, como cosa característica del país,
pues Philip Morris o Ford son parte de la historia del siglo XX en tantos
países, tanto como pueda serlo cualquier marca nacional .
Cuando las formas culturales
puras se alteran al combinarse unas con otras, terminamos viendo indígenas
cambiando sus viviendas por cubículos de cemento, yendo a trabajar
a la fábrica maderera, desde donde los bosques en que vivían
sus ancestros son devastados. También vemos que esos indígenas
tienen, en ciertos aspectos, ventajas tales como expectativas de vida,
confort y salud, superiores a las de sus antecesores. Por lo tanto, la
idea no es presentar a estos procesos culturales ni como perjudiciales,
ni como beneficiosos. La idea es presentar una situación en la que
la resultante mixta, que combina lo local con lo foráneo influyente
en el cambio, no tiene punto de retorno a la situación anterior.
Es decir, no podemos plantearnos un futuro en el que los indígenas
de Estados Unidos deban volver a cazar bisontes, o en el que los nativos
del África cacen elefantes, así como no cabe que los blancos
también hagan cacerías indiscriminadas de animales hoy protegidos
de ser extintos. Si la cultura de hoy nos exige la preservación
de especies vivientes amenazadas, toda tradición indígena,
negra o blanca de cacerías no tiene cabida.
No hay vuelta atrás
De no haber llevado a muchas
especies al riesgo de extinción, los nativos que hoy practicaran
las ancestrales cacerías no estarían haciendo más
que obedecer a su historia, tradiciones y necesidades básicas naturales.
No ha sido precisamente por culpa de ellos que hoy les está restringida
y penada la caza "ilegal": fueron los blancos quienes les introdujeron
el uso de rifles (a quienes no siguen todavía con sus primitivas
armas); fueron ellos quienes cazaron en exceso, hasta ser ellos mismos
quienes tuvieron que establecer leyes de protección a la fauna.
Ignorantes de la situación del ecosistema, nativos cazadores furtivos
en busca de marfil y cuernos han perdido el sentido original de lo que
debía ser la caza para la vida en las tribus. El hombre blanco,
al haber alterado los conceptos de cacería para subsistencia, por
los de una ambición desmedida que redujo al extremo el número
de animales, ha terminado por privar a las poblaciones indígenas
hasta de lo que era su natural derecho a subsistir mediante una caza en
su justa medida. A fines del siglo XIX, dos docenas de bisontes fue todo
lo que los Winchester dejaron a los indios de las grandes manadas que les
proveían carne y pieles. De no haberse reproducido los bisontes
sobrevivientes a un número hoy de miles, ya serían una de
las múltiples especies animales extintas por el hombre. Pero lo
que no pudo -ni quiso- ser evitado, fue la extinción de la cultura
autóctona de la caza del bisonte con fines de subsistencia.
Ya no se trata de devolverle
a los indios esa tradición el día de mañana; no se
trata de buscar culpables ni de reparar daños volviendo a situaciones
anteriores a los errores: no hay vuelta atrás, hay daños
irreparables, culpabilidades que no podrán ser reivindicadas y víctimas
que no podrán ser compensadas con beneficio reparatorio alguno.
La realidad es ésa, y exige una visión del futuro que poco
o nada puede llegar a tener que ver con lo que fue el pasado. Mientras
muchos indígenas deberán comprender que la situación
ha puesto fin a la posibilidad de que la tradición de las cacerías
perdure o que alguna vez se restablezca, muchos blancos deberán
hacer exactamente lo mismo. En el Forum Global Rio'92, durante la Cumbre
de la Tierra, el stand de la "Asociación de Caza y Conservación..."
(¿"conservación" de qué hacen los cazadores deportivos?)
fue hostigado por ambientalistas, quienes le pintaron con aerosol: "Fuera
asesinos", tras lo cual el stand permaneció vacío... Realmente,
en medio de una reunión global de ONG's allí presentes para
aportar cada una lo suyo a la salvación del planeta, la presencia
de ese stand era una verdadera burla y falta de respeto a la vida. En Animal
Planet, National Geographic, Mundo, Discovery y canales de esa línea,
es evidente por qué no hay programas sobre cazadores. "Hasta que
los animales tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías
seguirán glorificando al cazador", dice un proverbio africano. Y
gente como la de dichos canales, que comienza a ser integrante de los historiadores
con que los animales ya pueden contar, se está encargando de que
al cazador se le termine toda y cualquier glorificación.
Los conceptos de los occidentales
deberán seguir en esa línea de cambio. Quizá hasta
los raticidas habrá que prohibir algún día, pues de
seguir como vamos, las ratas serán del poco alimento que muchos
tendrán disponible. Si eso todavía no es de descartarse porque
el futuro es imprevisible, para que tal cosa no suceda, habrá que
prever muchas cosas en vez de seguir dejándolas a su suerte arriesgando
la nuestra. Lo previsible en estos momentos y conforme a los acontecimientos,
es que pase algo muy grave en poco tiempo con el ecosistema y con las ciudades.
Algo para lo cual, de no haber vuelta atrás, habrá que buscar
soluciones en una dirección distinta de todo lo ya conocido y practicado
por nuestra civilización, y una de esas soluciones es un despliegue
de comunidades como la planteada en el presente estudio. En qué
medida los políticos y empresarios podrán o querrán
comprender la necesidad de tal estrategia demográfica, y hacer algo
al respecto, dependerá menos de ellos mismos que de movimientos
ciudadanos gestados por organizaciones e individuos en particular, concientes
de la realidad y de sus urgencias antes de que gobiernos y empresas lleguen
a dar un primer paso en el asunto. La fiebre del oro en Estados Unidos
generó todo un fenómeno migratorio que ningún político
o empresario tuvo que incentivar para que los propios ciudadanos decidieran
materializarlo. Es cierto que resulta más fácil hacer que
la gente sea captada por la fuerza centrípeta de un polo de atracción
como puede serlo un mineral precioso, a que sea lanzada por la fuerza centrífuga
de lo insano de las ciudades. Porque es una fuerza menor que la fuerza
centrípeta de las necesidades artificiales que han sido creadas
para que sea imprescindible seguir integrando el engranaje de la vida urbana.
De no ser atractivas las comunidades de este proyecto, no generarán
la fuerza centrípeta necesaria para ofrecerles a los habitantes
de las grandes ciudades, motivos que contrarresten la fuerza centrípeta
que ellas ejercen sobre sus pobladores. Si el kibutz tuvo éxito
en Israel, por algo fue: nadie iba a radicarse allí si no ofreciera
condiciones de vida deseables.
Pero lo que hoy puede ser
considerado deseable y atractivo, quizá el día de mañana
sea considerado superfluo. Si ver televisión es hoy tan importante
que hasta podrá faltar comida para los niños, pero no un
televisor, el día que haya conciencia de los daños físicos
y mentales a futuro provocados por la desnutrición, quizá
haya más familias que prefieran cultivar la tierra, criar animales
y consumir los alimentos necesarios en una pequeña huerta de su
hogar sin televisión. Conforme la crisis económica siga provocando
el hambre de cada vez más gente, mucha de ella dejará de
tener por ideal contar con sus electrodomésticos, automóvil
y un "prestigio social" académico que de nada sirve con diplomas
colgados o enroscados y profesiones sin posibilidad de ser ejercidas. Quizá
el ideal sea tener para comer, las comodidades básicas del hogar,
y algo en qué trabajar. De hecho, ese es precisamente el ideal de
muchos que han dejado de creer en las falsas promesas del sistema, porque
se toparon con la realidad de que, en los grandes núcleos urbanos,
hay menos posibilidad de ser protagonista que mero espectador y observador
frustrado de lo exhibido en las vidrieras, inaccesible a su bolsillo. Frustración
ésta que el sistema le compensa al individuo al hacerlo sentir "espectador
privilegiado" de un sinfín de propuestas baratas o gratuitas del
circo urbano con su diversidad de shows que puede presenciar en TV, en
el cine, en el estadio deportivo o en la calle. Viejos slogan políticos
tales como "marchemos hacia las fronteras" (hacer patria poblando los deshabitados
confines
del país) no tienen fuerza ante el bombardeo propagandístico
de consignas para vivir en medio de donde sucede todo lo que es mostrado
como "trascendente" (farandulismo, por ejemplo), y donde se puede ser "importante"...
Para muchos, llegados a las
ciudades con tantos sueños, rotos éstos al toparse con que
eran ficticia propaganda, es inconcebible un retorno a sus poblaciones,
donde la pobreza nada les promete que sea mejor que la pobreza en las capitales.
Porque sus poblaciones de origen no están exentas del mismo problema
de la falta de solidaridad y comunitarismo que en las grandes urbes. Por
algo se dice tanto lo de "pueblo chico, infierno grande"; a no engañarse:
los lindos pueblitos pueden estar muy lejos de ser un paraíso. No
confundamos pueblito con "comunidad", o las comunidades del presente proyecto
con futuros pueblitos que puedan parecerse a tantos otros. Este proyecto
no propone que quienes se hayan ido de sus pueblos a las grandes ciudades
retornen a ellos. No sería solución, no hay esa vuelta atrás.
A toda esa gente hay que ofrecerle algo mejor que su punto de origen y
que la ciudad de destino en que no encontró lo que buscaba. Y ese
algo es: "comunidad chica, paraíso grande". No es lo mismo ir a
vivir a un pequeño poblado cuyos habitantes no tengan sustanciales
fines en común, que participar de un mismo fin en un proyecto comunitario.
La diferencia entre un infierno y un paraíso no es otra cosa que
el grado de integración, de unidad, cooperación, solidaridad
entre los miembros de un conjunto humano. Disgregados en sus respectivos
fines no siempre congregativos, y hasta en muchos casos competitivos entre
los pobladores (por ejemplo: en lugar de una cooperativa, competencia entre
comerciantes del mismo rubro), a los pueblos pequeños puede no tener
mucho que envidiarles la ciudad grande en este aspecto. La integración
al ritmo y a los valores impuestos por la civilización dirigida
desde los núcleos superpoblados, hace que cinco mil habitantes de
un poblado (por más que vivan en tranquilidad por la seguridad que
permitida por el hecho de que todos se conozcan entre sí), no escapen
a la dispersión de fines entre envidias y competencias. Una réplica
en miniatura de la gran ciudad y sus problemas.(2)
El material humano salido
en tales condiciones de tales poblaciones, e incorporado a las ciudades
grandes, ¿cuánto puede ofrecer que no sea más de lo
mismo? El mito de la "buena gente" de los pueblitos y la "mala gente" de
las capitales, puede ser fácilmente demolido por la relatividad
de esa idea ante la evidencia de la realidad; la cosa hasta puede darse
a la inversa. Quizá, como una forma de evitar que de estos pequeños
pueblos mucha gente siga yéndose a las grandes ciudades, lo conveniente
sea fundar cerca de ellos comunidades que capten a los potenciales migrantes,
dándoles condiciones de vida mejores que en las poblaciones de las
que desearan irse. Esto también contribuirá a disminuir el
flujo migratorio hacia las ciudades; evitará que el día de
mañana muchos migrantes frustrados, viendo que "no hay vuelta atrás",
queden sin solución en estado tan lamentable como en el que llegaran,
o peor, en muchos casos en la marginalidad de las capitales, donde sumen
su cuota de problemas para empeorar la situación.(3)
Si los políticos
comprendieran la importancia de una propuesta tal, la idea de planificar
comunidades ya tendría larga data. Pero como sus políticas
han venido incentivando valores anticomunitarios, competitivos e individualistas
(propios de la sociedad de producción-comercio-consumismo) como
pilares de la economía, ser político ha sido sinónimo
de ser preservador del sistema económico que necesita ciudadanos
individualistas con espíritu de competencia y antisolidarios; sistema
donde el corporativismo es un semidiós cuya refulgencia opaca al
cooperativismo a tal punto, que muchas cooperativas quiebran mientras las
multinacionales florecen en el tercer mundo haciendo estragos en las industrias
nacionales. Ésta es la obra de la mayoría de los políticos,
quienes buscando soluciones corporativas para el ahora, generan a futuro
-inmediato- nuevos y mayores problemas económicos en la población,
que no tienen vuelta atrás, cuando un país ha sido vendido
a las transnacionales y su bandera en los mástiles es de lo poco
que de nacional queda. Llegados a tales instancias en que la bandera es
lo de menos y quién maneje las empresas y los países importará
igualmente poco, porque vamos entrando en órbita de una economía
global pluri-imperialista oligopólica, la cuestión no es
declararle la guerra a ese sistema, sino interactuar con él mientras
se vaya montando otro paralelo, de comunidades en red, en cada una de las
cuales los conceptos de nación y territorialismo sean irrelevantes.
Y el las cuales los sentimientos humanos sean el pilar constitutivo y no
una circunstancia colateral: los más altos valores humanos serán
el objetivo de la convocatoria, y no la eficiencia de las fuerzas productivas
aplicadas a un proyecto generador de recursos económicos, como ha
ocurrido en las civilizaciones espiritualmente vacías, con el -equivocado-
espíritu impulsor de la vida urbana, consistente en la codicia individualista
y en las glorias personales de los gobernantes, atentos a los envoltorios
más que a los contenidos, es decir, a las estructuras de hormigón
y demás indicadores de "desarrollo y modernidad", más que
al estado de vida de la gente.(4)
*
1 En su obra citada, dice Konrad Lorenz sobre la superpoblación y otros males de la civilización:"¿Para qué le sirve a la Humanidad su multiplicación desmedida, su espíritu de competencia que se acrecienta sin límite hasta rayar en lo demencial, el incremento del rearme, cada vez más horripilante, la progresiva enervación del hombre apresado por un urbanismo absorbente, y así sucesivamente? No obstante, si afinamos un poco nuestra observación nos percatamos de que todos esos adelantos erróneos son perturbaciones de unos mecanismos muy concretos del comportamiento, en cuyos comienzos se desarrollaría, con toda probabilidad, como un valor inalterable, la conservación de la especie. Para expresarlo con otras palabras, se les debe conceptuar como rasgos patológicos."
"Nosotros, lo que vivimos en países civilizados de gran densidad
demográfica o en inmensas urbes, ignoramos ya cuanta falta nos hace
el altruismo generalizado, entrañable y acogedor. Uno necesita llegar
como visitante inesperado a una casa de cualquier país densamente
poblado donde muchas calles sórdidas de varios kilómetros
separan entre sí a los vecinos, para apreciar lo hospitalario y
filantrópico que puede ser el hombre cuando no se le apremia constantemente,
a desplegar su capacidad para los contactos sociales.
Sin duda el confinamiento de las masas humanas en los modernos centros
urbanos tiene mucha culpa de que no percibamos ya el semblante del prójimo
en ese escenario fantasmagórico donde se trocan, superponen y desdibujan
incesantemente las imágenes humanas. Nuestro amor al prójimo
se atenúa tanto con la excesiva proximidad de los innumerables semejantes,
que en última instancia apenas queda rastro de él. Quienes
deseen exteriorizar todavía unos sentimientos cordiales y afectuosos
hacia su prójimo deberán concentrarlos en un círculo
reducido de amigos, pues no hemos sido criados para repartir nuestro afecto
entre todos los seres humanos aun cuando la exhortación a hacerlo
así sea justa y ética. Por consiguiente, debemos adoptar
una determinación, lo cual significa que es preciso "evitar todo
contacto sentimental" con otras muchas personas que serían ciertamente
dignas de nuestra amistad. La consigna not to get emotionally involved
representa una preocupación preponderante entre muchos habitantes
de grandes ciudades. Pero ese proceder, absolutamente insoslayable para
cada uno de nosotros, va asociado ahora a un soplo pernicioso de inhumanidad;
nos recuerda el del antiguo plantador americano que trataba con excepcional
humanitarismo a su "servidumbre negra" y, sin embargo, manejaba a los trabajadores
esclavos de sus plantaciones como si fueran valiosos animales domésticos
en el mejor de los casos. Cuando este acorazamiento premeditado contra
los contactos humanos se acentúa, origina, en combinación
con las manifestaciones de un sentimiento decadente, esos aterradores indicios
de insensibilidad sobre los cuales nos informa cada día la Prensa.
Cuanto mayor es la "masificación" de los seres humanos, tanto más
urgente le parece al individuo la necesidad del not to get involved,
y por eso mismo hoy día se pueden cometer robos, asesinatos o violaciones
a la luz del día en las grandes urbes sin que intervenga ni un solo
"transeúnte"."
"El confinamiento de muchos seres humanos en espacios muy angostos no sólo acarrea indirectamente una deshumanización incipiente con el agotamiento y entorpecimiento paulatinos de las relaciones interhumanas, sino que también suscita un comportamiento agresivo y definitivamente directo. Se sabe, por muchos experimentos con animales, que la agresividad dentro de una misma especie suele acrecentarse con el confinamiento. Precisamente, cuando uno procura dominarse y se esfuerza por observar un comportamiento cortés o, mejor dicho, amigable, se acentúa esa disposición anímica hasta representar una verdadera tortura. La conducta incivil generalizada que observamos en todos los grandes centros urbanos es claramente proporcional a la densidad de las multitudes aglomeradas en determinados lugares. Y alcanza un grado alarmante, por ejemplo, en las grandes estaciones ferroviarias y terminales de autobuses neoyorquinas."
"La superpoblación contribuye directamente a todas las manifestaciones de malestar y decadencia. En mi opinión, es un delirio peligroso la creencia de que se puede establecer, mediante el correspondiente "acondicionamiento", una nueva clase de seres humanos inmunes a las temibles consecuencias del confinamiento intensivo."
"Las influencias del medio ambiente impiden que la especie sujeta a una selección intraespecífica siga caminos evolutivos cuya culminación sería una monstruosa catástrofe. Sin embargo, ninguna de esas fuerzas reguladoras y salutíferas se manifiestan en el desarrollo cultural de la Humanidad: ésta ha aprendido -para desgracia suya- a dominar todos los poderes de su medio ambiente ajenos a la especie, pero sabe tan poco sobre sí misma que queda indefensa ante los satánicos efectos de la selección intraespecífica."
"Homo homini lupus…", el hombre es un lobo para el hombre… Tal como la famosa máxima de Heinroth, este aforismo es un understatement. Pues el hombre, cual único factor determinativo de la selección para un desarrollo continuo de su propia especie, no tiene, desgraciadamente, ni mucho menos, una actuación tan inofensiva como el animal rapaz y, comparado con éste, es el más peligroso. La competencia del hombre con el hombre reacciona directamente, como no lo hiciera jamás con anterioridad a ella ningún otro factor biológico, contra "la fuerza eternamente estimulante, curativa", y destruye todos los valores creados más o menos por ésta con un puño tan diabólico e impávido que su tarea se atiene exclusivamente a las consideraciones comerciales, ciegas ante los verdaderos valores."
(volver)
*
2 Sobre la competencia, dice Konrad Lorenz: "Todo cuanto es
bueno y provechoso para la Humanidad en su conjunto e incluso para el individuo,
se está olvidando ya bajo la presión de la competencia entre
humanos.
Uno se pregunta qué causará más daño al espíritu
de la Humanidad actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador.
Sea como fuere, los gobernantes de todas las orientaciones políticas
se esfuerzan por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia
aquellas motivaciones que impulsan al hombre hacia la competencia.
Junto a la ambición material o el deseo de ascender en el orden
jerárquico, o bien combinado con ambos, el miedo representa
también un papel esencial…, miedo de verse superado por la competencia,
miedo de empobrecerse, miedo de adoptar determinaciones erróneas
y no encontrarse ya nunca más a la altura de la tensa situación.
El miedo en todas sus formas imaginables es, sin duda, un factor fundamental
que mina la salud del hombre moderno desarrollando alta presión
arterial, cirrosis hepática, infartos cardíacos prematuros
y otras dolencias similares. Indudablemente, el hombre apresurado no se
siente movido tan sólo por la codicia, pues ni los incentivos más
atrayentes podrían inducirle a dañarse con sus propias manos
como lo está haciendo: está sometido a la acción de
un impulso, y este impulso sólo puede ser el miedo.
La prisa temerosa y el miedo apremiante del hombre se confabulan para arrebatarle
sus principales cualidades. Una de éstas es la reflexión.
Un ser que cesa de reflexionar se arriesga a perder todas las cualidades
y aptitudes específicamente humanas. Entre las secuelas más
perniciosas de la prisa, o quizá directamente de la prisa engendrada
por el miedo, figura la incapacidad patente del hombre moderno para estar
a solas con su propio Yo, aunque sólo sea durante un breve lapso
de tiempo. Con temeroso empeño procura soslayar toda posibilidad
de meditar sobre sí mismo y hacer examen de conciencia, como si
temiera que la reflexión le enfrentara con un horrible autorretrato,
algo similar a lo descrito por Oscar Wilde en su clásica novela
dramática El retrato de Dorian Gray. La manía generalizada
de escuchar y producir ruido -lo cual resulta paradójico si se considera
la neurastenia habitual del hombre moderno- no tiene explicación
alguna, salvo la de que por una razón u otra el mundo haya ensordecido.
Cierta vez, durante un paseo por el bosque, mi mujer y yo oímos
inesperadamente el estruendo de un transmisor acercándose con rapidez.
Lo llevaba sobre el portamaletas un solitario ciclista de dieciséis
años más o menos. "¡Ése tiene miedo de oír
cantar a los pájaros!", comentó mi esposa. Yo creo más
bien que aquel muchacho tenía miedo de encontrarse consigo mismo,
aunque sólo fuera por un instante. Pues, de lo contrario, ¿por
qué prefieren muchas personas con auténticas pretensiones
intelectuales la publicidad televisiva -verdadero emoliente del cerebro-
a la propia compañía? Sin duda, sólo porque les ayuda
a arrinconar la reflexión.
Así pues, los seres humanos padecen las tensiones nerviosas y espirituales
a que les somete la competencia con sus semejantes. Aunque se les haya
adiestrado desde la primera infancia para ver un progreso en las desatinadas
aberraciones de la competencia, se percibe el miedo con mayor claridad,
justamente en los ojos de los más progresistas, mientras que los
más competentes, es decir "quienes marchan con los tiempos", mueren
prematuramente de infarto de miocardio.
Aun cuando hagamos la conjetura optimista aunque infundada, de que la superpoblación
terrestre no seguirá aumentando al ritmo amenazador de nuestros
días, debemos evaluar la competencia económica de la Humanidad
consigo misma como un elemento suficiente por sí solo para arrastrarla
hacia una ruina total. Todo proceso cíclico con acoplamiento regenerativo
positivo conduce, tarde o temprano, a la catástrofe, y el fenómeno
al que nos referimos aquí contiene varios de ellos. Aparte de la
selección intraespecífica comercial, cuyo ritmo se acelera
sin pausa, actúa también un segundo proceso cíclico
sumamente peligroso contra el cual nos previene Vance Packard en varios
de sus libros y que tiene como consecuencia un aumento progresivo de las
necesidades
humanas. Por razones evidentes, todo fabricante procura estimular al consumidor
para hacerle experimentar la necesidad de los productos que fabrica.
Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido
por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento
regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países
occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población
no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países
orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues,
los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada
al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor
elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición"
de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea
y alteraciones nerviosas- con el prójimo."
(volver)
*
3 Sobre los pobres empeorando la situación en las grandes ciudades, dice en La ciudad en discusión (1968) Edward C. Banfield: "La ciudad atrae a los pobres, sobre todo a los padres pobres con muchos hijos, al ofrecer mejores condiciones de vida: mejor comida, ropa, techo, asistencia sanitaria, educación y trato por parte de los empleadores y funcionarios; por esta razón hay siempre tantos pobres en las ciudades. El problema de la pobreza en las ciudades rara vez tiene su origen en la propia ciudad; se trata esencialmente de un problema que surge en otra parte y es llevado después a la ciudad."
(volver)
*
4 En el capítulo sobre "MUERTE EN VIDA DEL SENTIMIENTO", en
su obra citada explica Konrad Lorenz: "Todo adiestramiento concebido para
imponer determinado comportamiento mediante una recompensa corroborativa,
preparará al organismo para aceptar cualquier incomodidad inmediata
a cambio de obtener una satisfacción futura, o, expresándolo
objetivamente, a soportar de forma pasiva situaciones estimulantes de dicho
tipo que si no hubieran sido precedidas por el proceso educativo hubiesen
resultado repelentes y conducido a la deshabituación.
Hoy día, el desenvolvimiento de la tecnología moderna,
y sobre todo de la farmacología, favorece en una medida jamás
conocida hasta ahora la tendencia humana generalizada a evitar todo desagrado.
Apenas nos percatamos ya conscientemente cuánto dependemos de la
comodidad moderna, pues hemos llegado a entenderla como una cosa natural.
Mediante la dominación progresiva de su medio ambiente, el
hombre moderno ha orientado inevitablemente el "mercado" de su economía
"agrado-desagrado" hacia una sensibilización continua y ascendente
contra todas las situaciones causantes de desagrado y una insensibilización
equivalente con respecto al placer en todas sus formas. Esto tiene consecuencias
deletéreas por una serie de razones.
La elevada intolerancia contra el desagrado -asociada con una atracción
decreciente del placer- ha hecho perder a los hombres la capacidad para
invertir un trabajo penoso en empresas que aporten beneficios lisonjeros
mucho más tarde. El resultado es esa petición impaciente
exigiendo la satisfacción
inmediata de todos los deseos incipientes.
Por desgracia, las empresas comerciales y los fabricantes alientan a todo
trance esa necesidad de satisfacción inmediata (instant gratification)
y, aunque parezca extraño, el consumidor no se da cuenta de que
las "serviciales" ventas a plazos le están esclavizando.
Como la indolencia y, por ende, la elaboración del contraste
son inherentes a la economía del "agrado-desagrado", según
hemos dicho, ese exagerado afán por evitar a toda costa el menor
disgusto tiene como secuela insoslayable el imposibilitar ciertos procedimientos
para llegar al placer que estriban precisamente en el contraste y sus efectos.
Y lo que se ha hecho inalcanzable mediante la discordante evitación
del desagrado, es la alegría. Sea como fuere, se puede obtener
satisfacción sin pagar el precio del desagrado en forma de trabajo
amargo, pero no la alegría producida por el hermoso estro divino.
El complejo desagrado-intolerancia, que crece incesantemente hoy día,
transforma los altibajos connaturales de la vida humana en una llanura
aplanada artificialmente donde los grandiosos vértices y senos de
las ondas apenas dejan sentir su vibración, donde luces y sombras
forman un gris monótono. En suma, engendra un aburrimiento mortal.
Ahora, esta "muerte emocional en vida" parece amenazar muy especialmente
a los sufrimientos y alegrías que se derivan por necesidad de nuestras
relaciones sociales, de nuestros vínculos con cónyuges e
hijos, con padres, familiares y amigos. "Un error muy generalizado y desorientador
para numerosos adolescentes -dice Wilhelm Busch- es el de interpretar el
amor como una cuestión que produce siempre placer exclusivamente."
El pretender esquivar todo sufrimiento significa sustraerse a una parte
esencial de la vida humana. Esta tendencia manifiesta se funde peligrosamente
con las derivaciones de la superpoblación (not to get involved).
En muchos grupos culturales, el afán por evitar a cualquier precio
todo sinsabor surte efectos extraños, casi diríamos inquietantes,
en la actitud ante la muerte de un ser querido. Una gran parte de la población
norteamericana descarta a ese ser en el sentido freudiano, el difunto desaparece
súbitamente, no se habla de él porque hacerlo constituye
una indiscreción, todos se comportan como si jamás hubiese
existido."
"Puesto
que el desvanecimiento paulatino de la capacidad para saborear los acontecimientos
placenteros se origina, en su mayor parte, con la habituación a
situaciones cada vez más estimuladoras, no es de extrañar
que los hombres indiferentes busquen situaciones excitantes siempre nuevas.
Este "neofilismo" abarca más o menos todas las relaciones que pueda
establecer el hombre con los objetos del medio ambiente. Para quien padezca
esa enfermedad cultural crónica, un par de zapatos, un traje o un
automóvil perderán todo su atractivo cuando haya disfrutado
de ellos durante cierto tiempo, y lo mismo ocurrirá con la amante,
el amigo e incluso el hogar. Por ejemplo, muchos americanos suelen vender
con sorprendente despreocupación todo su menaje cuando cambian de
domicilio, y seguidamente se compran cosas nuevas. Un acicate permanente
en los anuncios de muy diversas empresas turísticas es la perspectiva
de to make new friends.
El neofilismo es una manifestación muy bien acogida por los
grandes fabricantes, puesto que merced a la inculta formación de
las masas puede aportar beneficios mercantiles a gran escala. "Built-in
obsoletion" (inculcar la idea de lo anticuado): he aquí un principio
que desempeña un papel muy importante en la moda del vestido y del
automóvil."
"Antes
de terminar este capítulo convendría sopesar las posibilidades
existentes para combatir terapéuticamente el enervamiento y la muerte
en vida del sentimiento. Siendo tan fácil comprender sus causas,
resulta sumamente difícil extirparlas. Sin duda lo que falta es
el impedimento de origen natural, cuya superación fortalece
al hombre, pues le impone el desagrado-tolerancia y, si consigue hacérselo
aceptar, le depara la alegría de la confirmación, del éxito.
La gran dificultad estriba en que el citado impedimento debe ser, como
hemos dicho, de origen natural. La superación de obstáculos
interpuestos premeditadamente en la vida no proporciona satisfacción
alguna.
A decir verdad, no nos faltan los impedimentos en este mundo, y debemos
superarlos si queremos atajar el hundimiento de la Humanidad; sin duda
el triunfo sobre ellos será lo suficientemente costoso como para
proporcionar satisfactorias situaciones de confirmación a cada uno
de nosotros. Una misión perfectamente realizable de los medios educativos,
debería consistir en divulgar la existencia de tales impedimentos."
(volver)
*
Parte
I
CONCEPTOS ESOTÉRICO-ESPIRITUALISTAS
EN POLÍTICA DE PLANIFICACIÓN URBANA
*
Parte
III
LOS POLÍTICOS ANTE EL CHOQUE
DEL FUTURO
*
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y Fines] [Proyecto]
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de la O.N.U.] [Bandera de la Paz]
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Relacionadas]