ENTRADA DEL WEB - INDEX WEBSITE

INICIO LIBRO

Introducción - Bibliograf&iaccute;a -La alimentación en las historiografía - Las Fuentes -
Las minorías religiosas -Hambre y consumos de crisis
Alimentación y enfermedad - Conclusiones

 

Existen 5 páginas más de este capítulo

Página Anterior - Previous Page


La Alimentación en la Castilla Bajomedieval: Mentalidad y Cultura Alimentaria
Teresa de Castro

El Código Alimentario - 6


ÍNDICE
I. LIBERALIDAD Y TEMPLANZA

** 1. LA LIBERALIDAD:
A) Qué se entiende por liberalidad 
B) Elementos a destacar
C) La liberalidad en la sociedad bajomedieval
D) Variedad de Significados: 
** 2. LA TEMPLANZA: // A) La Templanza es buena por sí misma/
/ B) La Templanza es buena porque no es mala
** 3. ¿Dos valores contradictorios?
** 4. Conclusiones
II. LOS PRODUCTOS ´SÍMBOLO
** 1. El pan 
** 2. La carne y el vino:
**** A) La carne 
**** B) El vino
** 3. El pescado
** 4. Conclusiones
III. DIFERENCIACIÓN SOCIAL DEL CONSUMO
** 1. La diversidad alimentaria en las crónicas
** 2. La alimentación de los pobres
** 3. La dieta de la nobleza
** 4. Conclusiones
IV. PARÁMETROS DE CRÍTICA MÓVILES

IV.PARÁMETROS DE CRÍTICA MÓVILES
¿UNA INCOHERENCIA DEL CÓDIGO ALIMENTARIO BAJOMEDIEVAL?

Un examen veloz de la documentación nos muestra, aparentemente, la existencia de una gran incoherencia en los comportamientos alimentarios de entonces, pues, algunas de las consideraciones existentes sobre un mismo hecho o situación son diferentes e incluso opuestas. ¿Puede hablarse, entonces, de la existencia, en las crónicas, de unas apreciaciones personales que no tienen nada que ver con la realidad o el pensamiento de la época? o, al contrario, ¿podemos hablar de la incoherencia del pensamiento y del código alimentarios bajomedievales? Creemos que la solución a este tipo de cuestiones se puede encontrar en el examen de casos concretos. Aparte de las valoraciones antes realizadas al examinar diferentes episodios del código alimentario, tendremos en cuenta aquellos ejemplos escasamente utilizados hasta ahora, referidos al enjuiciamiento de poblaciones o personas ajenas al mundo occidental, ya que nos permitirán descubrir hasta qué punto son válidas las estimaciones realizadas por nosotros para el mundo castellano y occidental. Veamos los ejemplos más significativos.

A pesar de que la embriaguez es considerada un vicio deplorable, nada se dice en contra del moro Abraham que es llamado beodo.

Las referencias sobre los habitantes del imperio de Tamerlán reflejan unas costumbres alimentarias muy distintas de las occidentales. Entre ellas resaltamos que el pan consumido sea, en realidad, una especie de torta de harina amasada; que se coman, preparadas de maneras muy variadas, la carne y la leche de caballo y, finalmente, que conciban la bebida y la ebriedad como un signo de nobleza, existiendo en torno a ella toda una ceremonia cortesana. Sin embargo, en todo momento se mantiene un gran respeto por estas hábitos, participando, incluso, de estos consumos.

Los comentarios sobre los cristianos de fe griega y armenia, en concreto sobre su forma de entender la Cuaresma, incluido el campo alimentario, y algunos dogmas de la fe cristiana, concluyen que, a pesar de estos errores, son gente devota y fervorosa, sin que exista una palabra de reproche hacia ellos.

Los pueblos autóctonos canarios, como muestran las crónicas, poseían unas prácticas alimentarias bien diferenciadas. No obstante, los narradores se detienen pocas veces a hacer valoraciones sobre éstos, limitándose a realizar una mera descripción de éstos. Bernáldez califica a estos pueblos de bárbaros, idólatras, ignorantes y enemigos de la fe católica, pero a nivel general, y, como vemos, los motivos que más pesan no son los alimentarios sino los supuestamente religiosos.

Cuando se habla de los indígenas americanos, se describen sus usos al comer con bastante detalle, y, al hacerlo, se afirma en diferentes ocasiones que el producto mencionado era muy bueno, o que sabía como... o que se parecía a..., con lo cual comprobamos que los españoles que llegan a aquellas tierras los han consumido: "porque algunos castellanos los provaron...", se dice en el caso de los perros; y lo mismo debía suceder con el manatí o la tortuga pues se afirma que saben como la vaca. En la narración se mantiene una actitud en cierta manera distante, aun cuando se comenta el consumo de perros cebados, tenidos por exquisitos, o de la práctica habitual del canibalismo entre algunas tribus. Las personas que reciben el calificativo de bestias son aquéllas que comen reptiles, arañas y gusanos y, por supuesto, carne humana.

¿Por qué se habla de éstas y otras costumbres tan condescendientemente, "aceptándose" consumos que en Occidente serían calificados de horrendos, mientras que sí son criticados otros? En el caso de los enviados de Enrique III a Tamerlán, el fenómeno descrito es de sencilla explicación ya que su condición de huéspedes y mensajeros reales les obligaba a respetar los hábitos de los pueblos a que visitaban, pues, de lo contrario, el rechazo sería considerado un desprecio y una ofensa a nivel privado y político. Por eso, los embajadores rusos que visitan Toledo se adaptan a la alimentación imperante en la Castilla de la época. Asimismo, es fácil de entender que los españoles que realizan el "descubrimiento", llegan y se instalan en unas tierras lejanas donde la supervivencia exige una adaptación a los productos comestibles que se encuentran a mano o que se les ofrecen. A pesar de ello, es evidente que dentro de estos productos se lleva a cabo una selección, en virtud de una serie de valores que evidenciamos a continuación.

¿Pero, cómo explicar las restantes afirmaciones y actitudes? En el caso de los reptiles, no comestibles para los castellanos de la época -y no sólo entre ellos- desde tiempoos remotos, pesaba el negativismo de la tradición bíblica y mariana que veía en éstos la representación del Maligno en la tierra; en consecuencia, su consumo significaría una especie de posesión, una cesión ante aquello que escapaba al orden divino. De otro lado, se trata de animales que están siempre en contacto con la tierra y con todo tipo de inmundicias, y, por tanto, sucios, asquerosos y poco higiénicos: no aptos para ser comidos, en suma. Y lo mismo podría decirse de gusanos y arañas. De ahí, pensamos, que se censure su uso alimentario incluso entre poblaciones salvajes. Aquí, la selección estaría en función de los tabúes alimentarios.

Ahora bien, ¿no serían aún más dignos del calificativo de bestias aquellos consumidores de animales domésticos -con los que existía una relación de familiaridad- o de carne humana? Como veremos más adelante, las únicas veces que en Castilla se habla del consumo de perros y hombres es cuando se soportan situaciones alimentarias límite: asedios, grandes hambres por carestía, pestilencia u otros motivos. Por consiguiente, debía existir un rechazo visceral hacia ellos por parte de los españoles que realizan consideraciones sobre las poblaciones de América. El primero de los casos, el de los perros cebados, no viene criticado, a pesar de producirse habitualmente. En esta "elección", un papel nada despreciable debió jugar el factor sabor, pues, al igual que el manatí y la tortuga no ofrecen problemas para ser consumidos al parecerse a la vaca, éstos son probados por los castellanos ya que su carne se asemeja a la del cabrito. Según M. Harris, las culturas americanas que comían perro se caracterizaban por apoyar su subsistencia en el aprovechamiento del maíz y otras plantas domésticas, y nada o poco en la actividad venatoria; esto es, tribus en las que este animal no era básico para llevar a cabo esta actividad. Doce de las 75 culturas norteamericanas que los criaban o cebaban deliberadamente con fines culinarios, eran, igualmente, pueblos agricultores o recolectores, como el caso que recoge nuestras crónicas.

Por su parte, el consumo de carne humana, en algunos casos previo engorde, era considerado resultado de la bestialidad de los indígenas, si bien presenta una doble vertiente. Por una parte se habla de crueldad y de bestialidad y por otra se afirma que: "Ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen esta mala costumbre". Solamente viene criticado en una ocasión, cuando éste aparece no como una necesidad, sino como un vicio, que podemos identificar, en este caso concreto, con la gula y la intemperancia:

"E bien paresció su mal viscio e costumbre, porque en los huesos que en sus casas se hallaron, todo lo que se podía roer todo estava comído, que no avía en ellos sino lo que por su mucha dureza no se podía comer".

El horror hacia el canibalismo, según Piero Camporesi, es mayor a medida que las sociedades se alejan del peligro del hambre, y, dado que este no era el caso del mundo cristiano occidental en la baja Edad Media, podemos suponer que no sorprendería tanto como hoy en día. En cuanto al significado que éste consumo debía tener entre aquéllas poblaciones, ya en el siglo XVI, el abad Raynal afirmaba que la sangre es una estructura que implica un ritual religioso, y que los sacrificios de prisioneros del América central y meridional satisfacían una necesidad miticorritual, la perpetuación en el tiempo del "premier assassinat", esto es, el recuerdo de la muerte del ser primordial que había fundado el régimen cósmico que los gobernaba. Por su parte, la costumbre de los indios americanos, en la que se engordaban a los prisioneros antes de darles muerte, tenía mucho de representación, que, en el último acto, se convertía en fiesta y comida solemne.

Pero este tipo de interpretaciones se nos muestran ajenas al mundo en el que se desarrollan las crónicas. Permanece, no obstante, un hecho fundamental, que, reducido a sus elementos más simples, es el siguiente: la tolerancia alimentaria es directamente proporcional a la lejanía de la zona considerada. A mayor lejanía mayor tolerancia. Pero, ¿cómo explicar esta regla de comportamiento? Ante todo, estamos hablando de zonas situadas en la periferia del "mundo civilizado". Esto es, los hechos alimentarios descritos se producen en un ámbito o ámbitos que no están sujetos a las categorizaciones y estructuraciones del mundo cristiano occidental: aquéllos de la España musulmana, de los habitantes del imperio de Tamerlán, de los hombres de fe griega y armenia, de las poblaciones canarias y americanas, sino a otras muy diferentes y desconocidas para los primeros descubridores y colonizadores. Así nos explicamos que no se critique al moro Abraham, ya que se inserta en la periferia cultural de Occidente. Igual explicación tendrían los comentarios sobre las poblaciones de religión armenia, si bien en este caso su lejanía sería más cultural que religiosa. La diversidad cultural, religiosa y geográfica, situaba a los canarios en una posición de lejanía. Esta exclusión puede ser también voluntaria. De esta manera, se entendería el hecho de no consumir el presente que los moros gibraltareños entregan a Pero Niño, aunque la mayor parte de los productos ofrecidos no son nada extraños al consumo de los castellanos, pues, en caso contrario, su consumición se entendería como una concesión ante unos parámetros culturales extraños. Para finalizar, los indios americanos son exculpados sólo cuando se atestigua que no conocen otra alimentación mas que la que practican.

A pesar de todo, ninguna de estas observaciones nos ayuda a explicar del todo el motivo de base en el que se apoyan todas las apreciaciones que encontramos recogidas en la cronística bajomedieval. Sin embargo, si retrocedemos en el trabajo y recordamos a grandes trazos lo dicho en el apartado sobre la templanza, podemos encontrar una explicación plausible. Veíamos allí, que, ante la existencia de actitudes alimentarias semejantes, se producían valoraciones diferentes, las cuales estaban motivadas no sólo por la simpatía o antipatía del enjuiciador hacia el enjuiciado, sino también, y sobre todo, porque el núcleo fundamental de cualquier consideración era el hecho de identificar el comportamiento general de la persona con aquél alimentario y relacionar causalmente la actividad realizada con el tipo de alimentación precisa requerida. Es decir, todo se desarrollaba de acuerdo a un orden "inventado" por lo hombres del Medievo, en el cual se combinaban unas concepciones médico-dietéticas, del mundo y de la sociedad bien precisas. Y en este hilo conductor es en donde podemos hallar la solución. Así pues, si se habla de pueblos que llevan unas formas de vida salvajes, su régimen alimentario no podrá coincidir con el de un noble castellano, ni siquiera con el de un campesino castellano, sino más bien con el de un animal, pues como ellos se comportan. Si son musulmanes tomarán la comida propia de su cultura alimentaria. Si se trata de pueblos nómadas -como es el caso de algunos de los que habitaban en los dominios del imperio de Tamerlán-, se alimentarán como tales, y no como pueblos sedentarios. Si poseen un carácter pacífico conducirán toda su vida bajo este principio, sustentándose con unos productos que mantengan este carácter, los cuales están, en la mente de los occidentales, perfectamente definidos: pan, vegetales, pescados, y, si son guerreros, sobre todo carne.

No debemos, empero, olvidar que, muchas veces, la no explicitación de un rechazo no quiere decir que éste no exista, bien que la aceptación de la diversidad de la que estamos hablando tenga un límite: cuando hay de por medio un proceso de dominación, las primeras acciones van encaminadas a contribuir de manera efectiva a eliminar ésta mediante una serie de transformaciones de tipo medioambiental, agrícola, económico, social y político que introduzcan el orden en los lugares en los que todavía no existe. Un ejemplo claro de este proceso lo tenemos en la descripción que de las Canarias hace el padre Bernáldez, en la cual, después de detallarse las "maravillas" de la naturaleza y de los comportamientos, se termina por afirmar el aumento de la riqueza y de la fertilidad conseguidos con las modificaciones llevadas a a cabo tras la conquista:

"No tenían viñas ni cañas de azúcar, ni avía en la isla la riqueza e fertilidad que agora ay, salvo figueras muchas. E desque fueron los cristianos, pusieron parras e viñas e cañaverales de azúcar, e llevaron ganados, que ellos tenían, sino muchas cabras, e trigo e cevada. (...); e de un conejo e una coneja que los cristianos llevaron, se hizieron tantos en tan poco tiempo, que toda la isla era llena de ellos, e les comían cuanto avía, (...), que no sabían qué remedio poner".

Expresiones similares a las utilizadas para con la América recién descubierta.

En resumen, en lo hasta ahora visto, hemos podido comprobar la importancia que, aquí también, tienen los tabúes alimentarios, la trascendencia que tiene el gusto en la aceptación de los nuevos consumos, la aplicación de los mismos valores de los que hemos hablado anteriormente, para concluir con que la tolerancia aumenta con la distancia y que es menor cuanto menor es el interés, de cualquier tipo que sea, por la zona o pueblos analizados. La ideología que se deduce de estos casos concretos coincide con aquélla señalada para el mundo occidental. Comprobamos que el código alimentario bajomedieval, basado en consideraciones bastante simples, se nos muestra simple y efectivo, a la vez que lo bastante flexible como para ofrecer respuestas y valoraciones referidas tanto al propio mundo como a otros ajenos. Lo más importante es, sin embargo, comprobar que el orden que rige los pensamientos de los cronistas es válido para contextos muy diferentes, y que no presenta, al menos en los casos por nosotros considerados, incoherencias dignas de señalar.

Existen 5 páginas más de este capítulo

Página Anterior - Previous Page


Introducción - Bibliograf&iaccute;a -La alimentación en las historiografía - Las Fuentes -
Las minorías religiosas -Hambre y consumos de crisis
Alimentación y enfermedad - Conclusiones

ENTRADA DEL WEB - INDEX WEBSITE

INICIO LIBRO


1