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INICIO LIBROIntroducción
- Bibliograf&iaccute;a -La
alimentación en las historiografía - Las
Fuentes -
Las minorías religiosas
-Hambre
y consumos de crisis
Alimentación y enfermedad
-
Conclusiones
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La Alimentación en la Castilla Bajomedieval: Mentalidad y Cultura Alimentarias
Teresa de CastroEl Código Alimentario - 3
ÍNDICE
D) Variedad de Significados: //Como expresión de Poder y/o supremacía//Como manifestación de sumisión y/u obediencia// Como signo de concordia y amistad// Como agradecimiento por servicios o ayuda// Como mecanismo de engaño// Como elemento de súplica// Como gracia especial antes de morir// Como forma de atención al visitante// Como momento de agregación y asociación
** 2. LA TEMPLANZA:
***** A) La Templanza es buena por sí misma
***** B) La Templanza es buena porque no es mala
** 3. ¿Dos valores contradictorios?
** 4. Conclusiones
Como momento de agregación y asociación.
Uno de los momentos preferidos para demostrar o ejercer la propia generosidad es el convite o banquete. Según la profesora Nada Patrone, se trata del mejor sistema de comunicación de la propia riqueza, asumiendo también una gran variedad de significados en cuanto que es comunitario y agregativo; de ahí que casi cualquier suceso colectivo se solemnizase con una comida abundante o con un convite: velaciones, bodas, nacimientos, bautizos o con motivo de diversas celebraciones litúrgicas. En el Jaén de la segunda mitad del XV se festejaban con grandes convites Navidad, San Esteban, la Circuncisión, Reyes, domingo después de Pascua, San Antón, martes de Carnaval, primer día de Cuaresma, domingo después de Pascua Florida, Pascua del Espíritu Santo, Corpus Christi, San Juan Bautista, Santiago, Santa María de Agosto, San Lucas, Todos los Santos, la Concepción y Santa Lucía. También está presente en los banquetes efectuados después de la concesión de diversos títulos o cargos, sean reales u honoríficos, la finalización de diversas empresas bélicas, la firma de tratados de paz, y, por supuesto, después de la realización de fiestas de tipo caballeresco o en las que participan los nobles: justas, corridas de sortija, juegos de cañas, corridas de toros, etc. Por lo demás, cualquier evento extraordinario permitía manifestar, a la nobleza o al conjunto de la población, que, a través de la comida, la largueza se puede ejercer con casi cualquier excusa: para celebrar la conversión de unos moro, el apresamiento de un enemigo, el regreso de un noble exiliado, la visita de personajes importantes o embajadores, etc.
Todos
estos momentos de "socialité" resumen en sí mismos la mayor
parte de las apreciaciones realizadas en los puntos anteriores, mostrando,
pues, una gran polivalencia de significados. El valor principal de éstos
sería, en resumidas cuentas, y en palabras de Anita Guerreau,
el permitir el acceso a un círculo de comunicación e intercambio
en el que la comida ocupa un lugar fundamental, y establecer unos lazos
sociales, al tiempo que se produce la adhesión a las reglas sociales
dominantes -rehusar este código de conducta es rechazar estas normas
y situarse en una posición exterior a la sociedad-.
A través de estas comidas y banquetes se lleva a cabo una distribución
de riqueza de carácter jerárquico y otra interna e igualitaria,
entre el grupo, mostrando, así,
la permanencia de algunos de los ingredientes simbólicos del rito
eucarístico. Para finalizar, compartir el alimento, como hemos intentado
evidenciar en diversas partes de este trabajo, es una de las expresiones
simbólicas de la comunicación entre los hombres y de las
relaciones sociales en general.
La templanza, entendida como moderación de los apetitos y en el uso de los sentidos, es una de las cuatro virtudes cardinales. Aplicada al campo alimentario podemos entenderla como moderación, sobriedad y continencia en el comer. No descubrimos nada nuevo al afirmar que el hecho de ser una virtud religiosa fue fundamental para su inclusión en el código alimentario medieval, y ya sabemos el peso que la ideología elaborada por el poder religioso tenía en los siglos del Medievo. Ahora bien, se trata de un ideal que no es específico de la cultura cristiana. Ya hemos visto, al hablar de las fuentes, que la templanza, junto a otras virtudes, es un valor positivo atribuido a los personajes biografiados desde la Antigüedad. Costumbre que, como sabemos, es incorporada por las biografías alto y bajomedievales. Veámoslo:
- Así, la Vida de los Doce Césares de Suetonio, del siglo II d. C.: Julio César "Vini parcissimum ne inimici quidam negauerunt. (...) Nam circa uictum Gaius Oppius adeo indifferentem docet". Por su parte, Augusto, "cibi (...) minimi erat atque uulgaris fere" y "vini quoque natura parcissimus erat".
- En la Vita Karoli Imperatoris de Eginardo, del siglo IX, el emperador era:
"In cibo et potu temperans, sed in potu temperantior, quippe qui ebrietatem in qualicumque homine, nedum in se ac suis, plurimum abhominabatur. Cibo enim non adeo abstinere poterat, ut saepe queretur noxia corpori suo esse ieiunia. Convivabatur rarissime, et hoc praecipuis tantum festivitatibus, tunc tamen cum magno hominum numero. (...) Vini et omni potus adeo parcus in bibendo erat ut super caenam raro plus quam ter biberet".
- Pedro
I "Era muy temprado e bien acostumbrado en el comer e beber".
-
Pero Niño fue "muy atenprado en su bivienda; nunca en su moçedad
mançevía le supieron, ni comer ni beber fuera del teimpo
que dá la razón".
-
Alfonso Enríquez era "bien rigido en su comer e bever".
-
El Marqués de Santillana: "...fue muy templado en su comer e bever,
e en esto tenía singular continencia".
-
Fernando el Católico "Era de buen entendimiento e muy templado en
su comer e beber".
Como
podemos comprobar, existe una secuencia biográfica de bastantes
siglos en la que el valor de la templanza parece haberse mantenido. Pero
¿a qué se debe esta larga pervivencia? ¿Por qué
sigue siendo un valor positivo en un tiempo en que la alimentación
real parece caracterizarse precisamente por todo lo contrario? Los propios
textos nos dan la respuesta: la templanza es considerada un valor positivo
porque es buena en sí misma y porque no es mala.
A) La templanza es buena por sí misma.-
La primera constatación que nos ofrecen nuestras crónicas es que la moderación en el comer y en el beber(27) es considerada positiva(28), mientras que el comportamiento contrario es negativo(29). Confirmamos también que la templanza alimentaria es el ideal de conducta de la aristocracia, aunque si los sujetos mencionados son juzgados hostiles, el no ejercerla viene visto como algo ofensivo. Es significativo que de los cuatro casos en los que se critica el "desorden" alimentario, dos hacen referencia a reyes "desnaturalizados", de carácter débil, Juan II y Enrique IV, y los otros dos a grupos marginados voluntariamente de la sociedad de los cristianos, -objeto del odio de las gentes del Medievo y de la Edad Moderna-, los judíos, calificados de tragones, y los luteranos, llamados comilones(30). De manera inversa son excusadas las personas tenidas por amigas que no ejercen la templanza; así lo vemos en las notas biográficas que ofrece Ginés Pérez de Hita, en plena Edad Moderna, sobre el Marqués de los Vélez:
"Comía una vez al día y no más, y aquella comida era tal que bastava a satisfacer, cuatro hombres por hambre que tuviesen. En la comida no bebía más de una vez, mas aquélla buena, con agua y vino templado, y esto era acabando de comer".
En la elección de ésta influyó, como decíamos, el hecho de ser una virtud cristiana. Sabemos que tanto las virtudes como los pecados fueron fijados por la Iglesia en el siglo XII. Además, la publicación y difusión del Catecismo y el desarrollo de las predicaciones populares, al aire libre, de los siglos XIV y XV, debieron contribuir a la difusión de estos principios. Por otra parte, creemos que la respuesta se encuentra también en que, en la mente de los hombres de la época, la conducta alimentaria parece estar estrechamente relacionada con el comportamiento humano general. Aquélla es un consecuencia de éste, o, dicho de otra forma, el orden en el comer se acompaña, generalmente, de la moderación en otros aspectos de la vida o de la personalidad, y viceversa. A nivel general, comprobamos que se manifiesta en las personas de la reina Catalina, esposa de Enrique III; en Diego Fernández de Córdova, Mariscal de Castilla; en Juan II; en el Duque del Infantazgo; en la reina Isabel la Católica, y, en Hernando de Pizarro(32). Pero, esta asociación parece ser entendida así por los propios hombres de la época. Así, en el siglo XV, el obispo de Burgos afirmaba que "la limpieza exterior del omne dezía el que era señal de la interior"(33).
Esta moderación alimentaria, ¿cómo es entendida? ¿Podemos identificar templanza con orden?, ¿y templanza con virtud? Los textos nos ofrecen diversos ejemplos en los que podemos poner en relación la templanza con la prudencia, la justicia y la fortaleza, y, por tanto, la templanza con el orden:
La prudencia.- Diego Fernández de Córdova "...fue cavallero de buen cuerpo e gesto e de buen esfuerço, muy graçioso e mesurado e tanto tenplado e cortés que a presona del mundo no daría una palabra enojosa e áspera, muy linpio en su vistir e comer, asaz discreto".
La justicia.- "...las gentes extrañas que el rey Don Felipe consigo había traído, aborrecían; y como los tales estrangeros fuesen dados à demasiado comer y beber mucho, desórdenes y delictos cometían é comenzó la justicia algo a enflaquecer y caducar".
La fortaleza.- El rey Juan I "estando en Valladolid adoleçió de quartana doble que le duró grande días, e segunt se dize, rigiese muy mal ca era muy comedor e mal rigido. E como quier que quedó libre de la quartana, quedó mal dispuesto de la persona, e continuando su mal rigimiento ovo primero algunos açidentes muy fuertes".
Comprobamos, aunque sea de manera provisional, que el uso de la templanza viene identificado con el de las otras virtudes cardinales, de tal manera que, si ésta se respeta, la persona o grupo considerados serán, por consiguiente, prudentes y discretos, fuertes física y moralmente, y, justos en todas las actividades que emprendan. Pero, el caso más claro es el del Conde de Buelna, ya que en él aparecen reunidas todas las consideraciones por nosotros realizadas:
"Hera honbre cortés e de graçiosa palabra, (...); hera muy prudente e en preguntar e en responder. En la justiçia hera justo, e avn perdonaua de buena miente. Tomaua cargo en fablar por los pobres e defender los que se le encomendauan; (...).
Hera constante e verdadero; nunca pasó la berdad a aquel con quien la pusiese. Fué siempre leal al rey (...).
(...). Este cavallero usó siempre de franqueza e non de prodigidad; nunca fué avaro, ni escaso donde devió dar. Nunca enclinó su voluntad a bibir vida folgada (...). E fué muy atenprado en su bivienda; nunca en su moçedad mançevía le supieron, ni comer ni beber fuera del tiempo que dá la razón".
Templanza y virtud -entendida como la suma de todas las virtudes- se identifican, pues, totalmente.
Debemos tener en cuenta, asimismo, un hecho evidente pero no por ello menos interesante. Todas las personas a las que hacen mención los textos, se dedican al gobierno, sea en el ámbito laico o religioso. En ellos, el desorden alimentario conlleva o es el resultado de un desorden en el comportamiento general, influyendo, por tanto, en la actividad que realizan. Ello explicaría la no crítica del mencionado Marqués de los Vélez, ya que éste es un guerrero, y, la guerra es, por definición, descontrol: sus ritmos y desarrollo son imprevisibles, los problemas de abastecimiento constantes, las necesidades alimenticias mayores pero no siempre satisfechas en su momento. Lógicamente, la alimentación se adapta a los condicionantes de ésta, por lo que no puede pretenderse que se coma de manera templada. También es lógico, desde el punto de vista del narrador, que los judíos y los luteranos, considerados transgresores del orden establecido, lleven una vida y una alimentación desordenadas. En efecto, el ejercicio de la virtud trae consigo un orden en la persona que controla todo el comportamiento humano.
B) La templaza es buena porque no es mala.-
El consumo ilimitado de alimento produce el exceso de los apetitos. Se trata del pecado -todo vicio lo es- de la gula. En realidad, es conveniente dar una rápida ojeada a aquello que la Iglesia medieval entendía por templanza y por gula(39). La primera, una virtud, está directamente relacionada con la abstinencia, la sobriedad, la castidad y la virginidad, y son virtudes anejas la continencia, la mansedumbre, la clemencia y la modestia. Se incurre en el vicio de la gula comiendo fuera de horas sin necesidad, al comer con demasiado ardor o excesivamente, y exigiendo manjares exquisitos, preparados con mucho refinamiento. Si, además, se indujera a otros a hacer lo mismo, habría que añadir la circunstancia de escándalo. La gula está estrechamente ligada a la torpeza o estupidez de entendimiento, la desordenada alegría, la locuacidad excesiva, la chabacanería y ordinariez en las palabras y los gestos, y, finalmente, a la lujuria y la inmundicia.
Para conseguir el dominio de los sentidos y evitar caer en el pecado había, pues, que controlar la cantidad y tipo de alimentación. Es en el rechazo del sexo y en la valoración de la castidad y de la virginidad en donde podemos encontrar el motivo principal de la regulación dietética religiosa sobre la carne y otros productos. En palabras de Vito Fumagalli:
"Por una parte la tensión espiritual del ideal monástico y, por otra, una sociedad cuya existencia estaba marcada por un tosco matiz físico, explican una actitud de represión severa en relación con el sexo y, más en general, hacia cualquier placer intenso del cuerpo. La carne es demasiado viva y prepotente, ofusca el espíritu y estorba con sus movimientos, sus arrebatos imprevistos, la vida espiritual del hombre. Así pues, ha de ser reprimida, domada, purificada".
Según el mismo autor, a fines de la Edad Media, se produjo una revalorización de los aspectos corporales, de la carne, y del ser humano en general, un ejemplo de lo cual sería la actitud de San Francisco. Sin embargo, la condena de lo físico permaneció y el santo fue solamente el abanderado de una corriente que necesitó mucho más tiempo para desarrollarse. En cualquier caso, esta identificación entre gula y sexo se apoyaba, también, en las consideraciones médico-dietéticas imperantes en la baja Edad Media.
La conexión que existe entre gula y lujuria aparece recogida en la mayor parte de las obras del Medievo. Por poner sólo un ejemplo, en la obra de Santiago de la Vorágine, la Leyenda Dorada -el más considerable trabajo biográfico de la Edad Media, escrita en el siglo XIII- a menudo vienen puestas en relación comida y sexo, al ser juzgadas tentaciones del maligno que los hombres de Dios deben superar. En la narración de la vida de San Benito se relata cómo el cura Florencio, celoso del santo, intenta envenenarlo enviándole un pan ponzoñoso; al fallar en su intento, envía al convento siete doncellas desnudas con el fin de intentar provocar la lascivia de los monjes. En otro episodio, un amigo del santo, que va a visitarlo, es tentado por un compañero de viaje -el Demonio- para que coma en un día en el que había decidido ayunar.
En nuestras fuentes esta asociación es clara. La cesión ante la gula y/o la lascivia es considerada una claudicación ante el vicio. Así, el Duque del Infantazgo "...fue asimismo vencido de mugeres, e del apetito de los manjares". Además, la templanza, entendida como orden en el vivir, se acompaña de la moderación en el comer y beber y, también, de un comportamiento sexual ordenado, de la castidad. Pero Niño fue, como ya hemos visto, templado en su comer y beber y nunca, de joven, se le conoció mancebía. Y, para finalizar, el Marqués de Cádiz "era muy bien tenplado en comer e beber e dormir. Era casto e cabto e muy celoso de todas las mugeres de su tierra...". Al contrario, la inclinación hacia estos pecados tiene mucho que ver con la no temperancia del enjuiciado: el Marqués de Villena "comía mucho e era muy inclinado al amor de las mugeres". Y lo mismo sucedía con el rey Juan I que no guardaba moderación "en los placeres del amor y de la mesa". Esta trabazón era entendida como tal incluso por aquellos hombres pertenecientes a otras culturas diferentes a la occidental. Es el caso de las mujeres descendientes de las antiguas amazonas, que viven aisladas, sin hombres, casi todo el año, y en el momento que van en busca de éstos "comen y beben con ellos, y se están así un tiempo comiendo y bebiendo, y después se vuelven para sus tierras. Si paren hijas, las tienen consigo, y si hijos, los envían a los lugares de donde son los padres". De igual manera, entre la primitiva población indígena canaria, "cuando avían de casar alguna doncella, ponianla después de concertado el matrimonio, ciertos días de vicio, a engordar...".
Después
de todo lo visto no extraña que la templanza fuese el principio
elegido. Era una garantía del cumplimiento de la virtud y de la
sujeción a los principios de la razón, en contra de aquéllos
de la voluntad. La garantía, por ello, de que se daba primacía
a la espiritualidad y a la racionalidad frente a la mundanidad y la irracionalidad.
3. ¿DOS VALORES CONTRADICTORIOS?
Lo primero que llama la atención en el discurso hasta ahora realizado es que parece imposible compaginar, en el campo alimentario, liberalidad y templanza. En efecto, ¿cómo puede ser templada una persona que en cierta manera está obligada a entregar grandes cantidades de comida y a participar de su consumo? ¿Estamos, pues, frente a un código alimentario paradójico?
Es verdad que el volumen de comida ofrecido por las clases altas es importante, pero no debemos ver una correlación directa entre éste y las cantidades consumidas. Como hemos visto, el derroche es uno de los elementos básicos de la largueza y, por tanto, una parte del excedente es entregado a las clases inferiores (sirvientes, dependientes, pobres...), como muestra de supremacía. Por ende, aunque las cantidades a consumir fuesen altas, las necesidades personales particulares condicionarían siempre el consumo. Por consiguiente, la templanza de una determinada persona no sería consecuencia de una voluntad consciente de serlo, sino de una actitud o necesidad personal que vendrá elogiada precisamente por coincidir con el ideal.
¿De
qué manera se armonizan estos dos ideales en el código alimentario
bajomedieval? Pensamos que, en realidad, aun a nivel teórico, ambos
presentan una gran afinidad: los dos están en relación con
el poder, en el sentido amplio del término; la liberalidad es una
forma de manifestar que éste existe, la templanza permite que se
ejerza de forma correcta y ordenada. Ambos indican la posición concreta
de una persona en la jerarquía social. Uno y otro, si no se respetan,
son objeto de reprobación por considerarse una claudicación
ante el vicio. Finalmente, entrambos forman parte de una misma realidad
histórica, y es obvio que, en ésta, 0ideales y práctica
conviven juntos en un juego de adaptaciones mutuas(53).
Nos encontramos, pues, ante dos tipos de valores alimentarios complementarios
y no opuestos.
La asunción de la templanza y la liberalidad como elementos del código alimentario de la nobleza medieval se sustenta en la anterior aprehensión de unos principios determinados. Éstos son, de una parte, aquéllos elaborados por la cultura laico-guerrera: la liberalidad, y, de otra, aquéllos propuestos por la cultura religiosa medieval: la templanza. El código y normas alimentarias se colocarían dentro de una visión compleja del comportamiento cotidiano de un hipotético buen cristiano y de un hipotético buen caballero, lo que, en mucho aspectos, era lo mismo: ¿Acaso el noble guerrero no era el "milites Christi"? En realidad, lo que se pretendía era establecer unos parámetros ideales que consiguiesen un orden en la moral y en la práctica vital, y por ello se recurrió a las dos culturas dominantes en el momento. Con todo, el peso de ambos elementos nunca fue idéntico en el proceder alimentario de los nobles. Su alimentación se basa en la gula -entendida en el sentido antes señalado- y en la liberalidad, y no en la templanza. Vemos, pues, que el código creado por la nobleza fue el que acabó imponiéndose a nivel real y no aquél elaborado por la Iglesia, si bien, como sabemos, este último perduró más en el tiempo.
En verdad, estos dos principios no son específicos del mundo medieval aunque fuesen recogidos y readaptados en estos siglos. El porqué de ello podemos rastrearlo, primero, en el hecho de que servían a los intereses y mentalidad del grupo dominante, lo cual, a su vez, puede hacernos pensar en la resistencia al cambio de las mentalidades. Sin embargo, creemos que la realidad es mucho más compleja. Que pueda establecerse una secuencia temporal amplia en el mantenimiento de ciertos valores no quiere decir que éstos sean entendidos o apreciados de igual manera en dos épocas históricas diferentes. El caso de la templanza es sintomático. El emperador Augusto, presentado por Suetonio, es templado en el comer, pero, al mismo tiempo, es un adúltero, un codicioso, un despilfarrador, un jugador, etc., lo cual no deja de quitarle mérito al personaje. Esta realidad no podría ser entendida ni aceptada, a nivel ideológico, en los siglos medievales porque, entre otras cosas, la moral cristiana tenía un peso decisivo en la vida de aquellos hombres. Igualmente claro es el caso de otro valor, la liberalidad. Víctor Alonso Troncoso demuestra en su magnífico trabajo sobre el tema, que, en la épica castellana medieval, persiste la moral del don y su funcionamiento a través del banquete, la hospitalidad y el regalo ya presentes en otras sociedades primitivas y arcaicas. Ésta, según él, soporta el peso ancestral de los valores heredados de la época prerromana, romana y germánica. Pero, señala, como en nuestro caso, que se trata de permanencias y no de inmutabilidades. Pues bien, pensamos que lo mismo pasa con la transmisión de estos dos valores desde la plena a la baja Edad Media.
Aclararado este punto podemos plantear, pues, que la realidad específica de los siglos XIV, XV y XVI determinó el vigor de estos principios. En primer lugar, debió ayudar el hecho de que liberalidad y templanza se mantuvieron siempre en unos niveles de idealismo considerable, lo cual facilitaría su transmisión a lo largo del tiempo. Más determinante sería, sin embargo, la crisis que la sociedad castellana estaba sufriendo en estos siglos: aunque superados a nivel real,estos ideales son los únicos perfectamente configurados a los que aferrarse en estos momentos, a la espera de que se vaya conformando e imponiendo un nuevo código alimentario; y los únicos, también, a los que acogerse cuando las transformaciones en curso no son aceptadas por los hombres de la época.
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