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Introducción - Bibliograf&iaccute;a -La alimentación en las historiografía - Las Fuentes -
Las minorías religiosas -Hambre y consumos de crisis
Alimentación y enfermedad - Conclusiones

 

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La Alimentación en la Castilla Bajomedieval: Mentalidad y Cultura Alimentaria
Teresa de Castro

El Código Alimentario - 2


INDICE
** 1. LA LIBERALIDAD:

A) Qué se entiende por liberalidad
B) Elementos a destacar
C) La liberalidad en la sociedad bajomedieval
D) Variedad de Significados: //Como expresión de Poder y/o supremacía//Como Señal de sumisión y/u obediencia// Como signo de concordia y amistad// Como agradecimiento por servicios o ayuda// Como mecanismo de engaño// Como elemento de súplica// Como gracia especial antes de morir// Como forma de atención al visitante// Como momento de agregación y asociación


Como señal de poder y/o supremacía.

Uno de los significados principales que tiene la liberalidad en el campo alimentario es el de mostrar que el que la ejerce ostenta una posición dominante dentro de la sociedad. Esta supremacía presenta varios niveles de análisis, aunque, en realidad, ninguno de ellos puede separarse del otro. Puede ser económica, por lo que el ofrecer comida se convierte en una forma de distribución de las riquezas. Éste es, posiblemente, el aspecto más resaltado por las crónicas. Así se explican los testamentos en favor de los pobres, documentados para fines del XIV y principios del XV, o la ingente cantidad de invitaciones y convites, casuales o tipificados, de los que nos dan cuenta las obras consultadas, en una secuencia temporal realmente larga, tanto como para permitirnos no dudar de su significación. Poder que puede ser territorial, y que se marca en el ofrecimiento alimentario de personas ajenas al medio en donde se ejerce este dominio, como por ejemplo el que reciben los embajadores que realizan misiones diplomáticas ante gobernantes y reinos extranjeros, o los invitados extranjeros que visitan otra zona diferente a la de procedencia. También puede tratarse de una superioridad militar, cuando participan de la comida las personas apresadas tras una lucha: después de la batalla de Barletta, en 1502, el Gran Capitán ofrece un banquete a sus amigos, invitando asimismo a comer a los prisioneros franceses; al igual que el Duque de Alba hace con dos de los electores imperiales y a un prisionero, el "antegrabio" de la Haya. Con ella puede mostrarse que se dispone de poder de ejecución de la ley, como en el caso de las Hermandades castellanas que, en la segunda mitad del siglo XV, compartían un banquete con el ladrón apresado antes de ejecutar.

Ejemplo de preponderancia política lo tenemos en los convites que los gobernantes, generalmente reyes, ofrecen a aquellos nobles que ascienden de rango al recibir un cargo de gobierno. Igualmente, se puede expresar que se posee el poder político legítimo, como en el caso del verdadero heredero del trono siciliano, Manfredo, que es apresado por el usurpador, Carlos de Anjou, en 1261. Signo de preeminencia espiritual podría considerarse el hecho de repartir alimentos entre los más desfavorecidos en momentos de crisis, o la oferta del señor de Pedraza a un moro renegado, Zayle, en la segunda mitad del XV. Dar de comer puede significar que el que lo hace tiene un status social más elevado o que, por el contrario, la persona que lo recibe lo posee, aunque ambos disfruten de una similar posición económica. Lo podemos comprobar, también, en aquellas situaciones en las que un señor ofrece de comer a sus dependientes.

Como sumisión y/u obediencia.

La oferta alimentaria de una persona a otra, aunque se produzca entre los miembros de un mismo grupo social, no siempre se hace de forma voluntaria, o no tan voluntariamente como se podría pensar, ya que entre los hombres existen relaciones jerárquicas no sólo debido a la clase social a la que se pertenezca, sino también al rango y al grupo. En estos siglos finales del Medievo la nobleza incluye dentro de sí al menos la realeza y la alta y la baja nobleza, la cual se estructuraría en función de los cargos políticos que desempeñasen, la riqueza económica, el origen más o menos lejano de su linaje, o la importancia de la familia de la que procediesen. Obviamente, existía una dependencia de la nobleza respecto a la realeza y también de los miembros de la baja hacia la alta aristocracia. Sin embargo, sabemos también que esta jerarquía ya no estaba tan clara: el rey no poseía el prestigio y el poder de antaño, y la baja nobleza había accedido a altos cargos políticos gracias a una política consciente de la realeza para contrarrestar el poder de los integrantes de la alta aristocracia. Por lo demás, el grupo de los hidalgos creció numéricamente a un ritmo veloz. A pesar de todo, al menos en la mesa, el rango parece marcarse de forma clara, de ahí que la posición que se tiene en ella no sea un hecho arbitrario; todo ello porque, como hemos repetido varias veces, la alimentación presenta una gran resistencia al cambio, recogiendo en sí misma muchas de las formas de pensar y actuar de tiempo atrás.

A veces, la subordinación es tácita, como en el caso evidente de las relaciones entre un señor y sus dependientes, aunque todos pertenezcan al mismo grupo social. Aunque se produce una mutua interdependiencia entre ambos, el "subalterno" debe mostrar siempre su "estado" con respecto a su superior. Este vínculo se pone claramente de manifiesto cuando un miembro de la nobleza recibe un beneficio de la realeza: así, el canje de alimentos -ciertos alimentos claro está- que se lleva a cabo en 1325 con motivo de la concesión del título de Conde de Trastámara a Alvar Núñez, o los intercambios de convites que realizan en 1436 el rey Juan II y el Condestable Luna. En parecida situación se encontraban los prelados gallegos que, en 1396, ofrecían de comer a los primogénitos de las personas que habían establecido su patronazgo sobre algunas iglesias de la región. Pero quizás el episodio más claro es el de la madre de Fernando IV, regente durante la minoría del rey, que en 1297 va a Fuent Pudia, donde los grandes del reino se habían dirigido para hacer frente a Juan Núñez, contrario al monarca, para poner orden y disciplina entre ellos pues no se decidían a atacar al opositor; y, antes de llegar, avisa que irá a comer. Fuera del Occidente cristiano, en el imperio de Tamerlán, parece existir una similar conexión entre señor y dependiente, según se deduce del hecho de que lo privados del emperador, después de un gran convite, le ofrezcan un regalo compuesto por bandejas cargadas de confites, azúcar, panes, pasas, almendras, albóndigas y otros productos. Esta sumisión puede ser también implícita, como los convites que, con diferentes motivos, realizan diversos miembros de la nobleza hacia los reyes.

Los ejemplos disponibles sobre las poblaciones indígenas canarias y americanas podrían incluirse entre los casos de subordinación. Los primeros mencionan los sacrificios de animales y las libaciones que los isleños realizan a sus dioses paganos en los altares sagrados: cualquier petición lleva aparejada una contrapartida, que en este caso es alimentaria. Los múltiples presentes que realizan los americanos a la llegada de los primeros castellanos tendrían posiblemente este mismo significado, pues, su temor y su sorpresa hacia unos seres que son considerados sobrenaturales aconsejarían una muestra de amistad y de sumisión .

Una oferta alimentaria obligada sería, si seguimos las referencias obtenidas en las crónicas, la de las personas apresadas por los asaltadores del Norte que, en la segunda mitad del XV, tras acompañar a la víctima a su hospedaje, le obligaban a entregarles alimento bueno y abundante. El mismo sentido tendría aquélla que el rey Fernando el Católico recibe de la ciudad de Nápoles, ya ocupada por los españoles en 1506, o las vituallas que aceptan los españoles en la ciudad de Génova en el mismo año; o la que la Duquesa de Sajonia realiza a su marido, uno de los siete electores imperiales, en 1547, a la llegada de las tropas imperiales al mando del rey Carlos, tras la batalla de Wittemberg donde su esposo había sido apresado.

Estas observaciones generales afectan también a los grupos humanos no cristianos. De esta manera, las ofertas de las poblaciones andalusíes a los castellanos, a mediados del siglo XV, se explicarían, entre otras cosas, como una forma de mostrar su sumisión. En el Oriente tamerlanés, a principios de este siglo (1404-1405), comprobamos el asombro que causa a los embajadores castellanos la diligencia con la que son atendidos al llegar a las diferentes poblaciones del imperio. No se trata tan solo de una muestra de simpatía hacia los recién llegados, o de una oferta voluntaria, sino de la obligación que tienen, como dependientes del emperador, de alimentar a los huéspedes de éste.

Como signo de concordia y amistad.

El comer juntos y el aceptar la invitación es una de las maneras preferidas y más claras de indicar que existen relaciones pacíficas y amistosas, temporales o duraderas, entre los comensales. Es más, si éstas están en crisis y se quieren mejorar o restablecer, la forma más adecuada de comenzar es sentarse a la misma mesa y compartir la comida. La información disponible abunda en este sentido. Por una parte, comprobamos que siempre que se establecen contactos para realizar acuerdos políticos, tratados de amistad, paces, o, en cualquier caso, asociaciones de interés, hay de por medio una oferta alimentaria. Así por ejemplo el acuerdo firmado entre Pedro I y el rey de Navarra en 1362, o la concordia entre los reyes de Francia y Aragón en 1474. Mientras las conversaciones se llevan a cabo, una muestra de buena voluntad puede ser el invitar a comer a la otra parte: es el caso del rey de Granada que, en 1455, envía presentes al rey Enrique IV. El nombramiento de cualquier cargo puede considerarse, de igual modo, un tipo especial de asociación, en el que, por supuesto, el compartir la comida es el resultado del establecimiento de este nuevo lazo: este sentido tendría la invitación que Juan II hace, en 1435, al Señor de Valsa, Ruberte, que había venido de Alemania para "hacer armas" frente al rey. En cualquier caso, la oferta alimentaria precede o sigue a los acuerdos o entrevistas que se hacen entre dos partes. Y se trata de un valor que se encuentra difundido entre otras poblaciones ajenas al mundo occidental: cuando el rey de los azanegas de Gambia realiza, en 1476, un trato con los españoles, les ofrece de comer.

La existencia de estas relaciones amistosas se pone de manifiesto a través de los presentes que se realizan en diferentes ocasiones: llegada al reino de Castilla de embajadores o recibimiento de los enviados por éste; comidas entre los miembros de la realeza o la nobleza; liberalidad con los integrantes de otros grupos sociales, religiosos o étnicos. De igual manera, puede ser una muestra de la unión estrecha que existe entre el Señor -sea cual sea su posición social- y sus hombres, de que la interdependencia que tienen unos con respecto a los otros no se rompe tan fácilmente. Unión que se manifiesta no sólo del señor hacia el dependiente, sino también a la inversa. La inclusión en el grupo de nuevos miembros se manifestaba a través de intercambios de ofertas alimentarias. Es el caso ya mencionado del nombramiento de diferentes cargos o el de la llegada de un señor alemán. Se puede tratar, igualmente, de una forma de reinserción en el sistema, como en el caso del Condestable Álvaro de Luna cuando vuelve del exilio, que es invitado por el rey de Navarra.

Todas estas consideraciones pueden hacerse también en negativo, esto es, la largueza alimentaria quiere decir que no hay de por medio una actitud negativa. Una muestra, por ejemplo, de que no se hará daño al enviado o a la persona que se atiende, o de que, el lazo que une a un señor y a su dependiente no ha sufrido cambios, que no se están preparando acciones hostiles. Un ejemplo en un ámbito ajeno al mundo occidental lo tenemos en el caso de las "amazonas", que se dejan invitar por los hombres con los que concebirán a sus hijos y a los que no se acercan el resto del año.

La oferta alimentaria viene considerada como signo de "fraterno amor cristiano" cuando se instituyen cláusulas testamentarias como las que realizan los reyes y los nobles para que, en sus funerales, se ofrezca de comer a un número determinado de pobres. No creemos que estas donaciones puedan interpretarse en el sentido que lo hace la profesora Nada Patrone: "In questa prospettiva la "largitas" medievale verso i più infelici, la signorile liberalità dei ricchi durante la vita, ma ancor di più "post mortem", l'etica del dare e del donare ai poveri cela la presa de coscienza nel singolo individuo del propio cattivo, egoista comportamento sociale, presa di coscienza che verrá invece a mancare (...) in epoca pre-industriale ed industriale". Más que de la toma de conciencia, ¿no podría tratarse simplemente de la actitud que, desde siglos atrás, mantenían las clases dominantes para garantizarse su parte del cielo? El ejemplo más claro lo tenemos e un episodio oriental: Tamerlán hacía dar de comer a los pobres en la mezquita de Kesh con el fin de interceder por el alma de sus familiares muertos.

Diferente consideración tendría la distribución de alimentos entre los pobres, en momentos en los que éstos los necesitaban, como cuando el Arzobispo de Sevilla, Alfonso de Fonseca, que en la segunda mitad del XV, vista la situación de hambre existente en la ciudad, repartió grandes cantidades de trigo entre los pobres; o la del Maestre de Santiago, que, en 1478, viendo en Extremadura padecer hambre a algunas personas, repartió trigo entre los más pobres, y pan y vianda a los niños de la comarca que iban a pedirle. En 1486, entregada la ciudad de Loja a los cristianos, salieron los cautivos cristianos, besaron las manos al rey y éste les mandó dar de vestir y de comer. También el Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, tenía la costumbre de ofrecer grandes colaciones y limosnas con motivo de las fiestas de Nuestra Señora de la O y de la Anunciación, al igual que el Condestable Lucas de Iranzo en la mayor parte de las fiestas que organizó durante su estancia en Jaén en el tercer cuarto del siglo XV. En estos casos, podría hablarse de cierto tipo de conmiseración hacia los grupos sociales más desfavorecidos, pero, también, de una forma de ganarse la confianza y lealtad de los "súbditos" halagando su fibra más sensible, el estómago, a la par que se se intentaba paliar, con medidas de "imagen", el descontento de las masas populares.

Otras formas en el que sentido religioso imbuye las ofertas alimentarias lo tenemos en la atención a los enfermos: el Arzobispo Alonso de Fonseca atiende al Gran Capitán y Alonso Enríquez de Guzmán es cuidado por su hermano; o la atención al preso, en el citado episodio de la Duquesa de Sajonia, todos ellos del siglo XVI. Otras veces se trata, simplemente, de los alimentos compartidos por amigos que no poseen otra intención salvo la de compartir un buen rato.

Como agradecimiento por servicios concretos.

La liberalidad permite una redistribución de la riqueza, la cual puede adquirir el valor de contrapartida a una serie de favores recibidos. A mayor importancia del favor realizado mayor será la respuesta alimentaria del beneficiado. Estos intercambios pueden estar codificados, como es el caso del yantar anual que, a finales del XV, ofrecían los prelados gallegos antes mencionados. O, por el contrario, pueden ser espontáneos, como los alimentos ofrecidos en 1435 por Juan II a Ruberte, o aquéllos entregados por los marselleses a Pero Niño en los primeros años del XV por la defensa de su ciudad frente a los ataques de unos corsarios, Juan de Castrillo y Arnaymar.

A veces, este presente tiene un significado marcadamente clasista, esto es, se rige por las normas de comportamiento y expresión del código alimentario del grupo considerado. Son, por poner un caso, los convites que ofrecen a los reyes medievales diferentes miembros de la nobleza, o los que, como signo de gratitud, llevan a cabo los monarcas en favor de algunos de aquéllos. Los episodios más representativos son, por una parte, el de Rodrigo de Villandrando que en 1431 recibió, por sus muchos servicios a la Corona, la merced de poder sentarse el día de Reyes en la misma mesa que los monarcas y llevar su mismos vestidos; y, por otra, el del Gran Capitán que, después de acabar victoriosamente algunas campañas italianas, es invitado en 1506 a comer en la misma mesa que los reyes de Aragón y de Francia en la ciudad de Saona.

Puede utilizarse, igualmente, como forma de "pago", como si se tratase de un estipendio, a los hombres que han prestado sus servicios en diferentes causas y situaciones de los que era partícipe o beneficiario el otorgante. De esta manera, los hombres de armas con los que cuenta la ciudad de Jaén son agasajados con una colación siempre que salen a hacer alardes. Más claro es el episodio en el que el Condestable Iranzo, temiendo la ocupación del alcázar de Jaén, hace venir tropas aliadas para intentar contrarrestar a los enemigos, dándoles de comer durante su estancia. Igual valoración tendría la comida entregada a los juglares que amenizaban los convites en tiempos de Juan II, o a los criados por sus amos, y, por supuesto, aquélla de la que participaban el círculo de dependientes de diferentes señores. Por último, puede poseer un carácter religioso, al convertirse en una forma de "pagar" y agradecer los beneficios, pasados y futuros, que los dioses conceden a sus fieles, en los ejemplos ya conocidos de las poblaciones canarias.

Como mecanismo de engaño.

La falsa liberalidad puede utilizarse no sólo como forma de engaño, sino también como método de llevar a cabo una serie de intenciones, explícitas o no, que se esconden bajo la aparente "inocuidad" de la oferta alimentaria. En efecto, si un individuo quiere engañar a alguien, lo invitará a comer, pues, el huésped, nunca podría pensar que la persona que lo convida y con la que compartirá el alimento pueda mentirle. El hecho opuesto, esto es, el aceptar o no la comida, es una señal clara de las intenciones del invitado con respecto al anfitrión. De ahí que este tipo de actitudes sean consideradas como un acto despreciable, que no tiene excusa ni perdón.

Muestras de invitaciones utilizadas para encubrir unas intenciones nada amigables las tenemos en el caso del Maestre de Calatrava que ofrece de comer, en 1367, a Gonzalo, Alonso y Diego Ferrández antes de informarles que tiene orden del rey Pedro de ajusticiarlos; al final, sin embargo, no será capaz de hacerlo: había compartido el "pan" con ellos. Asimismo, el Mariscal Diego de Córdoba, que es invitado por Alonso de Aguilar en el año 1469, cuando acaba la comida -véase que se repeta la "mesa"-, es apresado por la gente de este último. Uno de los episodios más evidentes es el del encuentro del castellano Rodrigo de Villandrando y el capitán inglés Talbot, en la batalla de Anthon, en el año 1430, en el que éste último le ofrece comer juntos antes de la batalla y el segundo se niega porque, como se dice explícitamente en el texto, la unión que se produce cuando se come con alguien tiene un gran valor dentro de las relaciones humanas. Por su parte, un ejemplo del caso contrario lo tenemos en el moro Zayle, el cual, en 1459, mediante engaños, quería encontrar la oportunidad para asesinar al Sr. de Pedraza, García de Herrera; éste, hace que le den de comer, pero el musulmán se niega mediante grandes excusas a aceptar la comida, posiblemente porque, si lo hubiera hecho y luego hubiera matado al señor cristiano, también él se habría sentido un ser despreciable. La aceptación del alimento es en el caso de Alfonso Maldonado -antiguo alcaide del alcázar de Segovia- que, en 1476, era invitado diariamente a comer por el portero y los soldados que custodiaban la mencionada fortaleza, una forma de hacer creer que su ánimo respecto a ellos era inofensivo y no sospechasen de sus verdaderas intenciones.

Pero no se trata sólo de engaño sino también de forzar la atracción de las personas hacia un sujeto. Así, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XV, el Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, procuraba atraerse con frecuentes convites a los que lo visitaban; o García de Toledo, en el XVI, que se comportaba como si fuera un gran señor a pesar de no serlo, ofreciendo abundantes y sabrosos manjares, incluso a personas de baja condición. Pero el caso más evidente, es el del Arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, al recibir en 1473 a Don Rodrigo de Borja, legado del papa Sixto IV, en donde la oferta alimentaria adquiere el significado de una actitud consciente, preparada con el fin de conseguir impresionar al huésped, para granjearse la voluntad de éste en beneficio propio. Y esta actitud no parece ser extraña en él, pues, en otro lugar, se dice que siempre presentaba grandes manjares, con el fin de conseguir un gran estado, fama y renombre, tanto a los que a él venían como a sus protegidos. Igual sentido tiene la acción de Alonso Enríquez de Guzmán -que, en la primera mitad del XVI, sale dessterrado de Sevilla y en desgracia con el emperador- al ofrecer de comer gallina a los marineros del barco en el que iba a América, pues le interesaba que hubiera gente que hablase bien de él a la vuelta.

Como elemento de súplica.

La oferta alimentaria puede considerarse un elemento propiciatorio. Es decir, es una forma de interceder ante alguien que posee un poder político, militar, económico o espiritual mayor para obtener algún favor. Así pueden interpretarse los casos de musulmanes que, a mediados del XV (1455), hacen regalos alimentarios a los reyes cristianos para evitar que los ejércitos cristianos sigan atacando y talando sus tierras; o la entrega de alimentos del rey moro a Enrique IV, en 1455, durante las conversaciones que se mantienen para finalizar un acuerdo entre ambos. Como un ruego puede entenderse, también, la actitud de Manfredo, que en 1261, mientras da a conocer su última voluntad política, una vez que ha sido apresado por los hombres del usurpador del trono siciliano, reparte avellanas y almendras entre la población. Este valor es más difícil de percibir en el caso del Arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, antes mencionado, si bien la multiplicidad de valores que posee este episodio de finales del siglo XV queda evidenciado a lo largo del análisis de los puntos en que hemos dividido este apartado.

Fuera del mundo "civilizado" este carácter rogativo lo encontramos también manifestado en el caso de las poblaciones canarias, que, en 1484, entregaban leche y manteca en los altares que tenían dedicados a sus dioses; o en las ofertas que Tamerlán realiza en la mezquita de Kesh a los pobres para interceder por el alma de sus difuntos. En ambos ejemplos existe, además, un claro matiz religioso. Como "petición", puede entenderse la actitud amigable de los hombres que ofrecen de comer y beber a las llamadas amazonas; se trataría de una forma de solicitar tanto la atención de la mujer que interesa, como de pedir un trato pacífico a unas mujeres que presentan, habitualmente, bastante hostilidad hacia el sexo opuesto. Para finalizar, los jamaicanos ofrecían de comer a los castellanos, en 1494, pidiéndoles que no se fueran de aquellas tierras.

Como gracia especial antes de enfrentarse a la muerte.

El alimento entregado antes de un ajusticiamiento o apresamiento está cargado de un fuerte simbolismo religioso que hunde sus raíces en el Nuevo Testamento. Aparece como un signo de estoicidad y valor ante la adversidad, en la cual es fundamental la despedida de los seres queridos. Según nuestras crónicas se nos muestra de dos maneras. Tenemos, de una parte, el caso de aquellas personas que, a modo de verdugo, dan de comer al que será ajusticiado, lo sepa éste o no. Es el ejemplo antes mencionado del Maestre de Calatrava que invita a comer en 1367 a Gonzalo, Alonso y Diego Ferrández; el del Mariscal Diego de Córdoba que en 1469 es apresado por los hombres de Alonso Aguilar, después de que éste le dé de comer; o el de las Hermandades castellanas que, en tierras de Segovia, a mitad del XV, cuando cogen a un ladrón, comparten con él un banquete antes de ejecutarlo. De otro lado, tenemos aquellos episodios en los que la persona, consciente de su trágico final, realiza un último acto de "comunión" con su círculo de dependientes. Tenemos aquí el ejemplo del Condestable Álvaro de Luna que, en 1453, viéndose en una situación muy apurada, sabiendo que será apresado, ofrece de comer a sus hombres más allegados primero y a sus servidores después. Y, de igual manera, puede valorarse que el heredero legítimo del trono siciliano sea atendido en 1261 por sus apresadores cuando pide que le traigan avellanas y almendras para repartir entre la población que lo sigue.

La acogida al visitante: hospitalidad en sentido estricto.

La hospitalidad es un valor universalmente reconocido, aunque es cierto que está más acentuado en unas culturas que en otras, como en el caso de los árabes. Por lo demás, es una actitud que no es específica del mundo ni de la época medievales. Su ofrecimiento y aceptación se llevan a cabo entre personas que no son hostiles entre sí, y, una vez que ha sido aceptada, el huésped debe adaptarse a los alimentos y formas alimentarias, si bien el anfitrión debe ocuparse de que los alimentos que presentan sean del mayor agrado posible o en su caso que no provoquen desagrado o embarazo al que los recibe. Lo contrario, supone un rechazo y un desprecio hacia el anfitrión. Por lo general, aparece en el recibimiento de amigos, familiares o señores a los que se intenta garantizar su descanso y recuperación. Aunque parece tratarse de una manera de comportarse totalmente natural, en realidad está regida por una serie de reglas bastantes simples, como en general las que rigen todo el código alimentario bajomedieval.

La acogida es "obligatoria" respecto a una persona que ejerce su poder y dominio sobre las personas que dan de comer. Es el caso de los nobles respecto a los reyes o de los monasterios hacia sus visitantes. Un ejemplo del primer caso lo tenemos en la visita de los Reyes Católicos a Andalucía en 1477, en donde son recibidos por los Duques de Medina-Sidonia en Sanlúcar y por los Marqueses de Cádiz en Rota. Del segundo, podemos citar el episodio en que los monjes del monasterio de Guadalupe ofrecen de comer a Juan II en 1435, o el de la reina de Portugal que, en 1525, es hospedada en un convento de monjas en Madrigal. Se realiza, de igual forma, entre personas que pertenecen al mismo grupo social, los monarcas entre sí o los nobles entre ellos. Y también puede provenir de una persona que posee una posición social más alta que la del invitado, como en el caso del hidalgo Alonso Enríquez que es aposentado, por ejemplo, por los Marqueses de Villena.

Cuando se trata de recibir a mensajeros, enviados o embajadores extranjeros, ésta debe ejercerse con especial atención ya que sentará las bases sobre la que se desarrollarán los encuentros, permitiendo y garantizando la existencia de relaciones pacíficas en esos momentos. Y la comida es uno de los elementos fundamentales para conseguirlo. Podemos atestiguar este hecho tanto en Occidente como en Oriente: los embajadores castellanos enviados al emperador oriental Timur Lang en el año 1404, los enviados franceses en Castilla en 1434, los enviados por Enrique IV al rey aragonés en 1454, los enviados del Duque de Bretaña en Castilla, el embajador francés Juan de Fox que es atendido en Bailén por el Condestable Iranzo, los embajadores rusos recibidos en la Corte en 1525, todos ellos, son objeto de atenciones alimentarias, de convites y banquetes durante su estancia en los países de acogida. No menos importante es la atención a personas que, sin venir en representación de nadie, llegan, con diferentes intenciones, a un determinado lugar: los partidarios del rey aragonés que son recibidos por Sancho IV en 1288, el alemán Roberto que llega ante el rey Juan II en 1435 o Alonso Enríquez de Guzmán que llega al Perú. Como hospitalidad pueden catalogarse -a tenor de lo narrado- las ofertas alimentarias que ciertas poblaciones musulmanas andalusíes realizan al rey Enrique IV cuando no tienen carácter rogativo. Para finalizar, incluimos en este punto la entrega de comida que el Condestable Iranzo da en 1467 a las tropas que vienen en ayuda, para defender el ataque del alcázar de la ciudad de Jaén, y la que la ciudad de Nápoles, a la cabeza del Gran Capitán, entrega a Fernando el Católico a su llegada a la ciudad en el año 1506.

El rechazo de la invitación es más grave cuando el que ejerce la hospitalidad es un miembro de un grupo étnico o cultural diverso, sobre todo cuando se parte de la existencia de hostilidades entre las partes. Así se explica el enfado del rey Albohacen de Marruecos ya que el rechazo de su ofrecimiento a los enviados de la villa de Tarifa en 1339 -aunque se trate de gallina en un día de abstinencia- supone un desprecio hacia su persona. Sin embargo, al final, existe, una cesión del rey, y los señores parten de Berbería sin comer. Ocurre lo contrario de lo que sucede en la mayoría de los casos, esto es, el que se adapta es el anfitrión y no el huésped, si bien los motivos religiosos y las hostilidades existentes lo justificarían. Se trata de una excepción que confirma la regla. No menos grave sería el descuido en prestar atención a las personas que llegan de fuera, quizás, por ello, en el imperio de Tamerlán las estructuras coercitivas del "Estado" se aseguran, en el siglo XV, que los que lleguen a sus dominios sean bien atendidos. Finalmente, la hospitalidad puede aprovecharse de la alimentación, del momento único que es el sentarse juntos en la mesa, para ofrecer de comer al huésped con intenciones diversas, generalmente tendentes al engaño, aunque no siempre tiene por qué ser así.

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