El otro 11 de septiembre
Ataque terrorista contra Chile
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DOS DE LA TARDE: EL DRAMA FINAL
Esa mañana, poco antes de que se conociera el primer comunicado de los comandantes en jefe de las fuerzas armadas, exigiendo la dimisión del Presidente, el jefe del Estado Mayor de la fuerza aérea, general Von Schowen, había ofrecido poner a disposición de Allende un avión para abandonar el país. Renuente también él a dirigirse directamente al jefe del estado constitucional, se vale del edecán aeronáutico, quien desde el Ministerio de Defensa se comunica telefónicamente con Allende, para recibir la siguiente contestación: "Dígale al general Von Schowen que el presidente de Chile no arranca en avión, y que él sepa comportarse como un soldado, que yo sabré cumplir como presidente de la República". En esa misma breve conversación, Allende ordena al edecán que cubra inmediatamente su puesto habitual en la Moneda.
A lo largo de las dramáticas horas que se irán sucediendo ese día en el palacio presidencial, a Allende le tocará todavía escuchar a algunos de sus propios ministros intentándole disuadir de que entregue el gobierno como último recurso para poner a salvo su vida. Adhieren a esta posición: Clodomiro Almeyda, de Relaciones Exteriores; Carlos J. Briones, de Interior; Jaime Tohá, de Agricultura; Jose Tohá, ex titular de Defensa e Interior, y Fernando Flores, secretario general de Gobierno, quienes a las 10.45 solicitan al mandatario una reunión a puerta cerrada, cuando ya ha sido bombardeada la residencia particular de Tomás Moro, y está a punto de serlo la propia sede gubernamental. La reunión, que sólo dura tres minutos, será interrumpida por Allende apenas los ministros hagan explícita su intención.
Como Pedro Aguirre Cerda en 1939, Allende está dispuesto a resistir. En aquella época, el jefe del gobierno del Frente Popular, ante un levantamiento de un sector de las fuerzas armadas, había permanecido intransigentemente en la Moneda, sede histórica de los gobernantes de Chile y símbolo concreto de su poder real. De esa actitud, que provocaría en primer lugar el repliegue de los golpistas y finalmente su derrota, sería admirado testigo el propio Allende, entonces ministro socialista de Salud Pública en el gabinete presidencial. Sin embargo, treinta años después, la exacerbación de los antagonismos sociales volvía quimérica una situación similar. Las fuerzas armadas que el 11 de septiembre de 1973 asumían la representación de las clases vencidas en los comicios por la Unidad Popular, esta vez estaban dispuestas a pasar aun por encima del cadáver del jefe del estado y de las ruinas del palacio presidencial, lo mismo que por sobre los cadáveres de millares de trabajadores.
En estas circunstancias, el cumplimiento del mandato popular entrañaba un compromiso que sólo se detenía con la muerte. Allende lo sabía, y a ello se había referido públicamente durante una alocución pronunciada en diciembre de 1971, en el Estadio Nacional:
"Yo no tengo pasta de apóstol -había dicho- ni tengo pasta de Mesías, no tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea, la tarea que el pueblo me ha dado; pero entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer a la voluntad mayoritaria de Chile: sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás; que lo sepan: dejaré la Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera. Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno popular, porque es el mandato que el pueblo me ha entregado; no tengo otra alternativa; sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo."
Y lo acribillarían. A las 11, una intercepción telefónica permite captar las siguientes palabras del general Enrique Baeza Michelsen, jefe de las operaciones en el centro de Santiago: "De los de la Moneda no debe quedar rastros, en especial de Allende; hay que exterminarlos como cucarachas...; el objetivo debe ser destruido por tierra y aire..."
Cercanas las 2, una patrulla de las tropas de infantería que están a cargo del general Javier Palacios Ruhman, logra superar el cerco defensivo, franqueando el acceso al edificio en llamas. Una vez dentro, suben por la escalera principal, que comunica con el Salón Rojo (el despacho presidencial), y se enfrentan a un grupo de civiles igualmente armados con ametralladoras FAL. La espesa humareda que llena el recinto impide que los invasores distingan al presidente Allende entre ellos. Sólo después de que el jefe de la patrulla, el capitán Garrido, haya disparado, comprenderá que ha herido mortalmente al jefe del estado. Los civiles continuarán la batalla hasta casi las 3, en que son reducidos. La mayoría de ellos morirán torturados dos días después.
La participación de los generales Baeza y Palacios en la operación concreta de destrucción del régimen de la Unidad Popular será la última ironía de la política de duplicidad y traición de los militares "profesionalistas" chilenos. Desde el 29 de junio, fecha del "tancazo", los dos generales figuraban en una lista de seis que el gobierno había decidido sustituir por sus claras actitudes golpistas. Sin embargo, hasta el momento de su renuncia a la comandancia en jefe, el 23 de agosto, el general Prats se había visto imposibilitado de pasarlos a retiro, debido a su propia situación de creciente debilidad y aislamiento en el seno del ejército. Al ser reemplazado por Pinochet, éste se compromete ante el Presidente a darlos de baja de la institución, sugiriendo a Allende que se abstenga de hacerlo por su propia cuenta (como comandante supremo de las fuerzas armadas), para no aparecer como dictando una decisión "politica" ante los ojos de los altos mandos, que pondría en juego su "prescindencia" respecto de los asuntos internos del arma. No obstante, valiéndose de distintas argucias, el comandante en jefe pospone sucesivamente la puesta en práctica de la medida, hasta que el golpe ya ha entrado en su etapa final de resolución, y ya es demasiado tarde para una rectificación presidencial que margine a quienes serán algunos de sus más eficaces ejecutores.
El 11 de septiembre, sobre los restos humeantes de la Moneda, se instaura el fascismo en Chile, clausurando un ciclo de democracia inédito, tanto en el país como en el resto de América latina. Y, sin embargo, un año después, el 19 de septiembre de 1974, ante el comité de Asuntos Exteriores del Senado de los Estados Unidos, Henry Kissinger tendrá todavía el coraje de afirmar: "Allende, elegido por una minoría, intentó sistemáticamente establecer un sistema de partido único y eliminar a todos los partidos y medios de información de la oposición". Exactamente lo que, desde el mismo día de su entronización, iban a hacer Pinochet y sus secuaces de la Junta Militar.