El otro 11 de septiembre
Ataque terrorista contra Chile
/cuatro/
En medio de la ruptura de todas las tradiciones (la tradición profesionalista de las fuerzas armadas; la tradición de equilibrio entre los poderes del estado, gravemente deteriorado por el sabotaje sistemático de la oposición; la tradición de la soberanía popular, expresada en el recurso periódico a las elecciones), la incorporación de Pinochet a la conspiración golpista representará el entierro definitivo de aquella otra tradición según la cual el comandante en jefe del ejército jamás se alzó, en toda la historia de Chile, contra la autoridad legítimamente constituida.
En los hechos, a las 8.30, el gobierno de la Unidad Popular ya ha sido derrocado. Continuará la resistencia en la Moneda hasta las tres menos cuarto de la tarde, pero será en vano. A la traición del ejército se debe añadir el golpe de mano en Carabineros, sugerido en el comunicado de los golpistas y confirmado media hora más tarde por la actitud de los propios efectivos, que empiezan a abandonar las inmediaciones del palacio presidencial. A esa altura, el general Sepúlveda Galindo es impotente para controlar la situación: la central de comunicaciones de Carabineros, desde donde se imparten las órdenes a las tropas, ha pasado a control de los insurrectos. Y organizar una ofensiva contra éstos, para recuperarla, es imposible, ya que el general leal sólo dispone de medio centenar de hombres, más algunos oficiales que se encuentran en la sede de la dirección general del cuerpo (a 200 metros de la Moneda).
El general Mendoza es el nuevo jefe de Carabineros. El viernes 7, durante una cena celebrada por los generales de la institución, y a la que es invitado el Presidente, tiene un trato especialmente obsequioso con éste, que contrasta con su ideología furiosamente anticomunista y su aversión al régimen de la Unidad Popular. En el quinto y último discurso que Allende dirige al pueblo desde la Moneda, a las 09.10, calificará a Mendoza de "general rastrero, que sólo ayer manifestara su solidaridad y lealtad al gobierno". Al estallar el golpe, el futuro miembro de la Junta Militar ocupaba el octavo rango en la ordenación jerárquica de la institución.
Tras la constatación de que se ha perdido el último recurso de defensa militar, Allende, decidido a reducir el número de víctimas ante el inminente ataque, deja en libertad de acción a la guardia presidencial. Más tarde, contra su deseo, el general Sepúlveda seguirá a sus hombres, y es el último oficial en retirarse de la Moneda. Antes lo habían hecho los tres edecanes militares. En esos momentos quedan menos de cincuenta civiles en la sede gubernativa. Entre ellos, ministros, secretarios de Estado, asesores, algunos profesionales de confianza de Allende y 21 hombres pertenecientes a la escolta presidencial (15 militantes del Partido Socialista y 6 del Servicio de Investigaciones). Poca cosa que oponer a la violenta ofensiva que, pasadas las 9. 30, iniciarán las tropas de infantería, apoyadas por los blindados y el vuelo rasante de los bombarderos Hawker Hunter.
Abandonado por todos los sectores de las fuerzas armadas y carabineros, el gobierno también lo ha sido por la Dirección General de Investigaciones, o policía civil. Este cuerpo armado del estado estaba al mando del militante socialista Alfredo Joignant, designado en el cargo por el propio presidente de la república. Integrado por unos seiscientos hombres equipados con metralletas, estaba a ser llamado el último baluarte del gobierno popular, y ninguna razón justificaba que cediera la más mínima posición. Sin embargo, esto fue lo que ocurrió en aquella mañana del 11 de septiembre, cuando Joignant, por propia decisión, entrega el mando de la policía civil a un funcionario. Así lo comunica luego, telefónicamente, al presidente Allende, quien por primera vez a lo largo de la dura jornada reacciona con sorda indignación.
Los cincuenta resistentes de la Moneda están solos. Y aislados. Desde que el jefe de estado pronunciara su quinta alocución por Radio Magallanes, a través de los micrófonos conectados directamente con la emisora, el gobierno se encuentra completamente imposibilitado de continuar dirigiéndose a los trabajadores, ya que la estación radiofónica ha sido bombardeada. Igual destino han corrido Radio Corporación y Radio Portales, también utilizadas por Allende para difundir sus primeros mensajes poco después de ingresar en la sede gubernamental.
Pero el aislamiento radiofónico es el símbolo de un aislamiento real entre el gobierno y los millones de trabajadores que lo apoyan. Éstos se encuentran "sin ninguna directiva, sin instrucciones, sin comunicaciones, sin capacidad orgánica para actuar"/7, esperando el desenlace de unos acontecimientos de los que, sin embargo, son principales actores y pueden llegar a ser principales víctimas. De hecho, ya han empezado a ser víctimas, como lo demuestran, entre tantos otros ejemplos, los 250 dirigentes sindicales obreros y campesinos fusilados en la industrial ciudad de Concepción, entre las 5 y las 8 de la madrugada del mismo día 11, por orden del jefe de la Tercera División, general Washington Carrasco/8.
A las 11, tras una hora y media de combate en la que sólo se escucha el tableteo de las ametralladoras, el gobierno es conminado a rendirse, bajo la amenaza de ser castigado con un severo bombardeo aéreo. La oferta es rechazada por Allende, quien decide continuar resistiendo hasta el final.
Es la misma hora, aproximadamente, en que los dirigentes de los partidos de la Unidad Popular, convocados urgentemente a una reunión clandestina en una fábrica de Santiago, resuelven no ofrecer resistencia y desmovilizar a los trabajadores. Inmediatamente, éstos serán exhortados a abandonar sus lugares de trabajo -que habían sido ocupados desde los primeros momentos del golpe- y regresar a sus casas.
Poco después de las 12 comienza el bombardeo de 1a Moneda. En varios pases rasantes, dos aviones Hawker Hunter dejan caer certeramente sus rockets sobre la sede del Poder Ejecutivo, incendiándola por los cuatro costados. Todo un símbolo: lo que se quiere destruir no es solamente un determinado gobierno, sino también la forma democrática del estado que hizo posible su surgimiento y consolidación.
El 29 de junio de 1973, durante el "tancazo", el entonces comandante en jefe de la fuerza aérea, general César Ruiz Danyau -simpatizante de los amotinados-, se negó a cumplir la orden del Presidente de someter a bombardeo aéreo los tanques que asediaban el palacio gubernamental. El argumento "técnico" con que fundamentó su negativa fue que las bombas podían dañar los edificios públicos vecinos. El 11 de septiembre de 1973, la falacia era evidente: los rockets habían dado exactamente en su objetivo, desatando densas columnas de humo que oscurecían el centro de Santiago.