A siete siglos, se mantiene la interrogante sobre los beneficios o
perjuicios logrados en doscientos años de lucha entre cristianos y musulmanes.
“L |
os libros de historia revelan, sobre todo, la creencia de sus autores.” Pocas veces como en el caso de las cruzadas se justifica más esta escéptica frase de Gustavo Le Bon, el psicólogo, sociólogo y médico francés que destacó por su estudio sobre la evolución de los pueblos. Los autores difícilmente han dejado a un lado sus creencias o actitudes políticas al escribir sobre los 175 apasionados y terribles años que median entre la primera y la última cruzada. Esta actitud se hace especialmente visible cuando llega el momento de evaluar sus resultados, es decir, el efecto positivo o negativo que estas “guerras santas” tuvieron sobre la marcha del mundo. Los historiadores no se ponen de acuerdo. “El único deber que tenemos con la Historia es el de escribirla de nuevo”, reflexionó cínicamente Oscar Wilde. Difícil. El deber parece ser el de sortear entre los vericuetos y discernir, con prudencia, la línea firme y fundamental que corre bajo las afirmaciones que se colocan en uno y otro extremo del juicio. O todo bueno, bonísimo; o todo malo, malísimo, sin medio tonos, sólo blanco y negro, Dios y el Diablo.
Veamos opiniones en uno y otro nivel.
La Enciclopedia Universitas editada por Salvat en España, sostiene que las consecuencias de las cruzadas son incalculables. Desde luego, algunas inmediatas, y tangibles, como la creación de órdenes militares famosas que durarán siglos: los Hospitalarios o Caballeros de San Juan, luego de Rodas y de Malta; los opulentos Caballeros del Temple y los Teutónicos o Portaespada. Las repúblicas de Pisa, Génova y Venecia enriquecieron su comercio con el tráfico de los productos de Oriente. El cruce de culturas es benéfico y los sencillos barones de Occidente se acostumbraron al lujo oriental: sus palacios aparecerán adornados de tapices, amarán las ricas telas y las piedras preciosas. Europa consumirá especias de Oriente y sus magnates conocerán las armas damasquinas, en tanto que las damas vestirán de muselina de Mosul. El mutuo conocimiento de dos civilizaciones contribuirá, en fin, al progreso de la humanidad.
Hasta aquí, la Enciclopedia Universitas. Difícil imaginar un balance más superficial. Su brevedad no excusa los enormes vacíos conceptuales e informativos que presenta.
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l Diccionario Enciclopédico Salvat, también editado en España, pone un poco de pimienta crítica en su análisis sobre el resultado de las cruzadas. Reconoce que costaron enormes sacrificios de sangre y dinero, y que, teniendo en cuenta el fin principal que perseguían, o sea, la proclamada conquista de los Lugares Santos, resultaron un fracaso. El Santo Sepulcro y las otras reliquias veneradas por la religión cristiana continuaron en manos de los “infieles”. Les asigna, en cambio, como mérito, una influencia decisiva en otro aspecto de gran importancia material: la apertura de nuevas rutas de comercio. Igualmente atribuye a las cruzadas un papel fundamental en el perfeccionamiento de las industrias y la introducción de otras desconocidas en Europa. Políticamente las considera eficaces, ya que detuvieron a los turcos que amenazaban a la Europa Central, penetrando a ella por el Danubio; además, aumentaron el poder de las monarquías y la importancia de las ciudades, reduciendo con los preparativos y la realización de la guerra santa, las luchas intestinas, uniendo a los pueblos en el ideal de la Cruz. En el terreno de la cultura y de la ciencia provocaron un beneficioso intercambio de conocimientos y de ideas. Gracias a ellas llegaron a Occidente muchas formas de la vida oriental que influyeron en las bellas artes y en la literatura. Las cruzadas, para Salvat, contribuyeron a una nueva civilización.
L |
ynn Montross, en su “Historia de las Guerras”, cree llanamente que “las cruzadas resultaron uno de los más gigantescos fracasos militares de todos los tiempos”.
“Como
ejemplar físico, el caballero debió ser increíblemente duro, fuerte y
resistente a las enfermedades. El señor medieval en su castillo soportaba una
suciedad y unas penalidades que dejaban a los endebles pocas posibilidades de
supervivencia; y el metabolismo de la época se indica por el hecho de que Europa
importaba especias con el objeto de poder apechugar peligrosamente con
alimentos averiados.”
“Que el caballero no era un hombre corpulento, lo sabemos por las armaduras que se encuentran en los museos modernos. Debe, pues, concluirse que debió tener músculos de acero, puesto que era portador de una lanza y una ancha espada, cuyo peso habría agotado a un hombre moderno de más estatura. Era, en una palabra, un consumado animal de combate, criado por un inevitable proceso de selección”.
Tampoco “cabe dudarse del valor y resistencia del caballero medieval, y puede abonársele, también, una gran habilidad en el empleo de las armas”.
Ocurrió, sin embargo, que durante las luchas de las cruzadas “esas virtudes militares habrán de ser contrapesadas por la arrogancia, la estupidez y un desprecio completo por el lado intelectual de la guerra. Cinco grandes ejércitos perecieron casi hasta el último hombre debido a que ignoraban los más elementales principios de estrategia”.
Así sucedía, por ejemplo, que “el simple extravío de una ruta bien trazada suponía los huesos de miles de hombres blanqueándose al sol, y la más decisiva batalla de movimiento fue decidida por la sed más que por la fuerza de las armas”.
Mucho más crítico es el análisis que del resultado de las cruzadas hace la Enciclopedia Británica, obra de renombre universal, editada en Estados Unidos. “Un resultado trágico de las cruzadas —dice— fue la destrucción del Imperio Bizantino y de su civilización.” (Como se recordará, los integrantes de la Cuarta Cruzada impusieron un emperador en Bizancio, asaltaron la ciudad y la sometieron a pillaje. El control establecido en esa oportunidad duró 50 años, y desde entonces decayó el Imperio Bizantino, hasta ser conquistado por los turcos otomanos en 1453. Prefirió esta suerte, antes que aceptar ayuda de Occidente al precio de someterse al Papado.) La esperanza de unidad cristiana en Occidente y Oriente alentada por el Papa Urbano II quedó destruida.
Un segundo resultado de las cruzadas es para la Enciclopedia Británica el triunfo militar del Islam. No sólo fueron expulsados los cristianos del Medio Oriente, sino que el Islam fue llevado por los turcos otomanos a los Balcanes en los siglos XIV y XV, y hasta las puertas de la misma Viena en los siglos XVI y XVII. O sea, todo lo contrario de lo afirmado por Salvat, que señala entre los méritos la detención de las invasiones turcas.
La misma Enciclopedia Británica culpa a los cruzados, por su brutal tratamiento hacia los musulmanes, del endurecimiento de éstos hacia los cristianos, siendo que antes se habían comportado con mucha tolerancia. Los cruzados además deben compartir con los mongoles y los mamelucos la responsabilidad por la constante destrucción o aniquilamiento de las aristocracias árabes, que fueron reducidas gradualmente desde su condición de grupos ilustrados y urbanos a un estrecho cónclave de religioso conservatismo en que el estudio secular declinó. Al término de las cruzadas el liderato intelectual había pasado de los árabes a la Europa Occidental, pero esto no fue tanto el resultado de las cruzadas, sino de la transferencia del saber árabe a través de España y Sicilia. Así mismo, influyó más tarde en el Renacimiento.
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ste es uno de los puntos más agudos del desacuerdo de los historiadores. No pocos estimas que las cruzadas determinaron un enorme progreso cultural en Europa. Tal es el caso del norteamericano A. S. Atiya, quien deja atrás a todos sus colegas en la ponderación de “los inmensamente beneficiosos frutos de las cruzadas”, a cuyo haber pone no sólo un gran progreso cultural, sino las raíces mismas del Renacimiento y el descubrimiento de América. El británico Sir Runciman no es muy claro en sus juicios sobre este punto, pero rechaza la idea de que las cruzadas representaron un principio creador en la formación de la civilización occidental y de la civilización contemporánea en general, aunque en otra parte de su obra (“A History of the Crusades”) señala que desde el momento de la iniciación de ellas nació la civilización contemporánea. No se pronuncia en forma definitiva, en un estilo muy británico.
Quien no tiene titubeos para hacer su crítica en forma rotunda es el historiador soviético M. A. Zaburov, que ha escrito “Historia de las Cruzadas”, uno de los libros más demoledores de estas guerras santas. Reconoce la indudable influencia de Oriente sobre Occidente, que se manifiesta en la asimilación de progresos industriales, comerciales, de vida espiritual y de modo de vivir. Desde Oriente se llevaron a la Europa Occidental cultivos antes desconocidos, como el del trigo sarraceno, las sandías, los limones y los damascos. Se inició por esa época la utilización de la caña de azúcar, la fabricación en Italia, según las muestras orientales, de tejidos, como la muselina, el percal y la damasquina, en tanto que en Francia despegó la fabricación de alfombras. “Pero cabe preguntarse —escribe M. A. Zaburov— ¿qué influencia tuvieron sobre esto las cruzadas? ¿Puede considerárselas, como hicieron algunos historiadores, en calidad de expediciones de estudio de la adolescente Europa para recibir su enseñanza de Oriente? ¿Puede imaginarse que esos ávidos caballeros de la Cruz, cuyas principales características fueron la ignorancia, la depravación, la codicia, la total ausencia de fe mezclada a un fanatismo salvaje y sanguinario, hayan sido los que transplantaron al suelo europeo los progresos culturales de los pueblos de Oriente y que las concupiscencia de esos guerreros de Cristo condujo a la creación de la nueva civilización de Occidente?”
Ni qué decir que la interpretación marxista de Zaburov se pronuncia por la respuesta negativa. Para él, los intercambios de valores materiales y espirituales entre el Oriente y el Occidente se iniciaron con mucha anterioridad a las cruzadas. El papel primordial en el transplante de esos valores a Europa fue desempeñado por la España arábiga, por Sicilia y principalmente por Bizancio. En esta afirmación coincide con la Enciclopedia Británica.
Los comerciantes de Génova, Venecia, Marsella, Cataluña y otras regiones tenían sus contactos con los musulmanes, y su interés hacia las expediciones cruzadas, aunque les implicaban contratos de transporte, disminuyó gradualmente, porque la guerra resultaba un obstáculo para la percepción de los beneficios “normales”, o sea, el comercio. En este comercio encuentra el historiador soviético la causa del intercambio benéfico (para Occidente) de mercaderías de ideas, de usos y manejos, y no en las guerras de exterminio, que significaron aparte de destrozos materiales incalculables la muerte de millones de personas, y hasta la propagación de enfermedades. La viruela llegó a Europa con los cruzados que regresaban.
La afirmación de que las cruzadas impidieron la expansión del comercio entre Occidente y Oriente está contradicha por la Enciclopedia Británica, que sostiene, por el contrario, que ellas significaron un gran estímulo para el tráfico de mercaderías a través del Mediterráneo. Este comercio fomentó el desarrollo de una economía basada en el dinero, la que tuvo profunda repercusión en la emergencia de la clase comercial, en el nivel de vida de los nobles, en la servidumbre y en la economía artesanal, como también en el desarrollo de la economía real y el gobierno. Los comerciantes italianos y los Caballeros Templarios desarrollaron técnicas bancarias.
Estas ideas son compartidas por el destacado historiador argentino Dr. José Luis Romero, autor de una obra sobre la Edad Media. “Las repercusiones económicas, políticas y sociales de las cruzadas fueron múltiples —dice el Dr. Romero—. A la economía cerrada, propia del orden feudal, sucedió una economía abierta, desarrollada gracias al comercio marítimo occidental con motivo de la posesión de algunos puertos orientales y del control de Constantinopla a partir de 1204 (a raíz de la Cuarta Cruzada). Así comenzaron a crecer las ciudades y a desarrollarse las actividades comerciales e industriales, todo ello, naturalmente, en detrimento de la riqueza y poderío de los señores feudales. De aquí la profunda significación de la cruzada en el plano social. El crecimiento de esas actividades originó una economía monetaria, con cuyo régimen se benefició la burguesía. Esta clase creció en número y en poder, y bien pronto fue un factor decisivo en la vida social y política, porque su riqueza no sólo la proporcionaba medios para hacerse fuerte en las ciudades, sino también para intentar el avasallamiento de los señores.”
Veamos ahora cómo los mismos hechos son enfocados con distinto lente por el soviético Zaburov. “El conocimiento del Oriente —escribe— contribuía sin duda a modificar el modo de vivir de los feudales. El caballero cruzado al regresar a su casa no quería vivir del mismo modo de antes. Lo robada no le alcanzaba para mucho tiempo, pero él deseaba ahora cambiar su gruesa y áspera vestimenta de producción casera por las suaves y hermosas vestimentas orientales; completar su sencilla mesa con los platos más escogidos y condimentados; tomar personalmente vinos aromáticos de Oriente y convidarlos a sus huéspedes; lucir en torneos su espada artísticamente tallada y con vaina de oro y marfil; obsequiar a su vecino y compañero de caza una canasta de damascos importados de ultramar. En este sentido, las cruzadas representaron, tal vez, una verdadera escuela para los caballeros. Precisamente entonces entró en uso la característica expresión “beber como un templario” (bibere templariter).
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anto las expresiones como los juicios de Zaburov son a veces exagerados y apasionados, pero no hay duda de que los caballeros feudales eran toscos y zafios comparados con los representantes de la cultura oriental. La Enciclopedia Británica engloba su parecer a este respecto, señalando que Europa Occidental no contribuyó con valores intelectuales a la vida de Oriente, porque en la época de las cruzadas tenía muy poco para dar en este terreno.
Pero volvamos a Zaburov. Las necesidades de los feudales, con el perfeccionamiento de sus gustos al contacto con un medio más cultivado, aumentaron bruscamente. Casi podría decirse —si no fuera un “sacrilegio”— que se vieron envueltos en una suerte de “revolución con las expectativas”, tal como la que se vive ahora a causa, entre otros factores, del mayor desarrollo de los medios de información. Para satisfacer sus deseos, los caballeros exigieron mayores contribuciones, como venían haciéndolo desde antes, en un proceso sin tregua. “La presión sobre los campesinos por parte de los caballeros —escribe Zaburov— aumentó más todavía, al mismo tiempo, la forma de esta presión evolucionaba: disimula gradualmente la servidumbre, se sustituía la prestación personal por un gravamen monetario, etcétera. Esos fenómenos, como es sabido, se realizaban independientemente de las cruzadas; éstas únicamente contribuían a profundizar las contradicciones sociales y aumentar la lucha de clases en el Occidente, lo que a su vez aceleraba en los países europeos una centralización política ulterior. Las cruzadas contribuían a la realización de estos procesos, pero no representaban un factor determinante de los mismo. La causa básica de esos procesos estaba radicada en el desarrollo interno de la economía y de las relaciones sociales en Europa. Las cruzadas no introdujeron nada nuevo en la marcha general de la evolución de la sociedad feudal del continente.”
O sea, en otras palabras, que sin las cruzadas la sociedad feudal hubiera evolucionado igualmente, aunque tal vez con otro ritmo. Y esto porque las cruzadas no lograron sus verdaderos objetivos, que eran “terminar con la resistencia de los siervos a la opresión feudal, afianzar en forma sólida las posiciones de los terratenientes feudales y realizar la creación del Estado “mundial” de los Papas”.
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asta aquí los polémicos juicios de M. A. Zaburov. También hay otras opiniones, como la de François L. Ganshof, al referirse a la Edad Media en la obra “Historia de las Relaciones Internacionales”: “La Primera Cruzada contribuyó a hacer que la cristiandad occidental adquiriera una conciencia más clara de su unidad, al menos en los círculos importantes: el clero y los caballeros. Por otra parte (en las otras cruzadas), el hecho de que tantos caballeros combatieran al servicio de un ideal religioso introdujo en la concepción de su vida un poco de desinterés y generosidad y contribuyó de esta manera a la formación de una ideología caballeresca... Muchos caballeros encontraron la muerte en Tierra Santa, o allí se establecieron; Europa Occidental fue liberada de muchos de estos elementos violentos e indisciplinados. La paz pública y la solidez de muchos Estados y principados se beneficiaron con ello”.
En síntesis, opiniones según el color de los autores, a veces opuestas entre sí, con menor frecuencia coincidentes cuando provienen de campos distintos. ¿Es esto lo que reflejan sobre todo los libros de historia, como dice Gustavo Le Bon? Parece que algo más se desprende de la disparidad de juicios. En este caso, que en las cruzadas no hubo sólo arrobamiento místico, generosidad y espíritu de sacrificio; y que no todo fue depravación, maldad, cálculo y maniobra.
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ara el historiador francés Paul Alphandery, “la cruzada es obra de hombres que se hacen niños; no tanto para hacerse pequeños en su figura carnal, como para llegar a serlo en su realización metafísica”.
“En su marcha hacia Dios presente —agrega—, los cruzados viven la liberación compuesta de todas las fatalidades de lo ordinario, y, por lo tanto, de la liberación posible del pecado marcado en ellos por la vida, y en el límite se hacen libres de la única y soberana esclavitud de la especie humana: el pecado original. Así manifiestan la gloria a Dios y la propia gloria.”
Más adelante agrega:
“Todo
esto, que es desmesurado, se da en la Cruzada de la Cruz. Sea cual fuere, a
través de los siglos, el nombre de la expedición santa, no deja de estar
bautizada por la cruz.”
“¿Pero
cuál es la realidad de este signo en la cruzada? En primer lugar, reúne a los cruzados;
es su marca, su signo de reconocimiento; por él forman un conjunto
extraordinario; mientras que los demás hacen el signo de la cruz, ellos llevan
la cruz.”
“La
cruzada, en su despojo de pánico, es obediencia en grado sumo, y el sello de
esta obediencia, la cruz de sangre en el pecho. Por ella la cruzada se
convierte en imitación; en el sentido más noble, evidentemente; pero es esta
clase de signo que, por ser repetido, impone similitudes, más aún,
identidades.”
“Así
los cruzados, como portadores de la cruz, considerarán naturalmente que son
otros tantos Cristos, y casi Cristos de pasión, ya que sin duda en el soberano
ímpetu de la Primera Cruzada marcharon como para ser Cristos de gloria. La cruz
les da la sublimadora virtud de ser íntimamente participantes del misterio de
la pasión redentora, y, por ende, de ser en Cristo artífices de su salvación
común.”
Alphandery termina diciendo:
“Al encontrar esta realidad física de la cruz, este árbol tallado, erigido en la montaña del Gólgota, es evidente que el misterio se enriquece con significados más lejanos. Incluso en la cruzada (más habría que decir sobre todo en ella) la cruz llega cargada de esoterismo, de virtudes impregnadas desde el fondo de los tiempos en el alma colectiva. Puede bastar aquí con proponerlo. Imagen del mundo solar, símbolo de una potencia viril, esas lecturas anticristianas de la cruz se imponen, sin que sea necesario demostrarlo más, en la gesta de la cruzada. La cruz conduce al acto supremo de gloria a los hijos varones del Sol poniente; sin duda alguna, ¿fulgor de la idea de la cruzada en la carne y en el alma de la cristiandad?”
Para los enciclopedistas franceses se trató de “locura sangrienta” y de un “extraño monumento a la estupidez humana”.
Para el ruso F.I. Uspenski, los beneficios de las cruzadas fueron para la cristiandad occidental “inconmensurablemente inferiores a las pérdidas sufridas”.
Opina también, que “la influencia de las cruzadas sobre el progreso de la sociedad medieval disminuye considerablemente si tomamos en cuenta el proceso natural evolutivo, que podía conducir a los pueblos de la Edad Media hacia los éxitos en el camino de su desarrollo político sin necesidad alguna de las cruzadas”.
Para Toynbee, las cruzadas fueron una de las demostraciones del “pasmoso estallido de energía que exhibió la cristiandad occidental del siglo XI, estallido en el que la erupción agresiva contra las dos sociedades vecinas fue uno de los episodios menos creadores y menos estimables. En el paso del siglo X al siglo XI la civilización cristiana occidental conquistó espiritualmente a los intrusos escandinavos de Normandía y de Dinamarca, y emuló la hazaña contemporánea de la civilización cristiana ortodoxa, que había convertido a los escandinavos de Rusia, al hacer ingresar a su rebaño a las hordas escandinavas que habían invadido sus tierras, así como a los bárbaros continentales de Hungría y Polonia”.
En el plano religioso, “en el siglo XI, la fundamental reforma cluniacense de la vida monástica occidental fue seguida por la más ambiciosa reforma hildebrandina”, mientras que en el ámbito militar, “a la oscura conquista cumplida en el ángulo noroccidental de la península ibérica siguió un sensacional movimiento de avance a lo largo de todo el Mediterráneo. En la península ibérica los conquistadores cristianos establecieron su dominio sobre los Estados sucesores del califato cordobés, al conquistar a Toledo. En el Mediterráneo central invadieron los dominios que el Imperio Romano de Oriente tenía en el sur de Italia, y conquistaron luego Sicilia a los intrusos musulmanes. En el Levante, los cruzados eclipsaron en una expedición todas las conquistas, al establecer en la Primera Cruzada y después una cadena de principados cristianos occidentales, que se extendían sin solución de continuidad desde Antioquía y Edesa hasta Jerusalén, pasando por Trípoli.”
Para Toynbee, una expedición obvia del fracaso último de las cruzadas se halla en la excesiva dispersión de energías de los “agresores occidentales”.
En efecto, atacaron a sus vecinos en no menos de cinco frentes: en la península ibérica, en la Italia meridional, en la península balcánica, en Siria y en el límite europeo de la cristiandad occidental y de Rusia.
“No sorprende el hecho de que no hubieran podido obtener resultados decisivos con este impróvido uso del limitado superávit de energías occidentales, que bien podían haber llevado la ofensiva hasta alguna frontera natural que fuera posible retener permanentemente, si lo hubieran concentrado de continuo en uno solo de los cinco frentes.”
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tra opinión es la de Ludwig Hertling en su “Historia de la Iglesia”.
“A
despecho de su fracaso final, las cruzadas ejercieron un enorme influjo sobre
la historia de Europa y de la Iglesia. En el aspecto cultural, este influjo es
acaso menor de lo que suelen creer los historiadores profanos, pues en el Asia
Menor, Siria septentrional y Palestina no puede decirse propiamente que los
cruzados llegaran a ponerse en contacto con la auténtica cultura islámica. El
innegable intercambio cultural que se produjo en el siglo XII pasó, más bien, a
través de España.”
“Pero las cruzadas crearon la idea de que existe una familia de pueblos occidentales, idea que acabó sustituyendo la concepción del imperio. El emperador había sido el protector de la Iglesia; en el nuevo concepto de la cristiandad se contenía también un pensamiento expansionista. El movimiento misional surgió de las cruzadas. La Orden Teutónica, fundada durante el asedio de Acre, trasladó su actividad de modo más natural y consecuente, desde Tierra Santa a la cristianización de las tierras aún paganas del nordeste de Europa. España, que tenía en su casa sus propias cruzadas y sus órdenes militares, pasó con la misma naturalidad de la Reconquista a la Conquista. Otra lección que aquel tiempo aprendió es que la conquista de tierras para el reino de Cristo no puede efectuarse sólo con la espada.”