ESPAÑA: LA CRUZ Y LA ESPADA

Siete siglos de sangrienta lucha en una cruzada particular

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spaña trazó su historia a la sombra de la cruz y de la espada. Las gentes de Tubal, hijo de Jafet, invadidas por persas, fenicios, griegos, celtas, cartagineses, romanos y visigodos, no lograron enarbolar el estandarte de su propia fe hasta el nacimiento de Cristo. Y he aquí que la España invertebrada se abrazó a esta fe, fe de sangre y amor, cuyo sino, en esos y otros confines del mundo, fue un duelo constante en otros credos.

Desde el siglo I al siglo IV, el cristianismo, aunque con intervalos de paz, fue perseguido y castigado; sus adeptos prefirieron sufrir toda clase de martirios antes de abjurar. Allí, son los dioses paganos los que combatieron su religión monoteísta. En los ocho siglos en que reina el Islam en la península —del VII al XV—, es Alá quien, por boca de su profeta Mahoma extiende como un manto sobre la cruz la media luna. Pero España, fuego y tizón de Cristo, le hace frente. Las cabezas cortadas por uno u otro bando son mandadas como presente a los califas o usadas como emblema de los sagrados testamentos. Son ellas los fantasmas no olvidados que surten la guerra santa de los siglos.

Expulsados los moros en 1492, por los reyes católicos, de Granada, su último reducto español, ya otra cruzada se gesta en la Corte de Castilla. Gracias a un puñado de joyas, Cristóbal Colón se embarcaría a conquistar el nuevo mundo y a difundir el cristianismo en el continente dorado. Y será en ese mismo siglo XV, mientras en América se saqueaba a los aztecas y a los incas, cuando en la Madre Patria, con Fernando e Isabel, la cruz se volcó esta vez con el nombre de Inquisición sobre la estrella de David. En noviembre de 1478, el Papa Sixto IV promulgó una bula que autorizó la introducción de la inquisición romana en Castilla, para atraer a la fe cristiana o condenar a los herejes y judaizantes.

LA HISTORIA DE RODRIGO Y DE LA BELLA FLORINDA

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a historia de España, verdad o invención, la conservan sus viejos romances. De ellos da fe el padre Juan de mariana, a quien no creen mucho los especialistas modernos. Cuenta uno de ellos que en Toledo existía una torre, “antigua de muchos años”, a cuya puerta todos los reyes colocaban un candado por mandato de Hércules. Venido Rodrigo a la ciudad a presidir un torneo, se negó a seguir la tradición de sus predecesores. Creyendo que ella guardaba grandes tesoros, mandó quitar los cerrojos, y para sorpresa y espanto de todos, sólo encontró una caja que contenía un paño con la siguiente leyenda:

Cuando aquestas cerraduras

que cierran estos candados

fueren abiertas, y visto

lo en el paño dibujado,

España será perdida

y en ella todo asolado.

Gamarála gente extraña

como aquí está figurado.

Los rostros muy denegridos,

los brazos arremangados,

muchas colores vestidas,

en las cabezas tocados.

Alzadas traerán sus señas

en caballos cabalgando,

en sus manos largas lanzas,

con espadas en su lado.

Alárabes se dirán

y de aquesta tierra extraños.

Perderáse toda España,

que nada no habrá fincado”.

Estas letras mayor significación no habrían tenido por sí solas. Pero, volviendo al viejo Romancero, se encuentra una extraña historia de amor: la de Rodrigo y la Cava, que así mentaban los juglares a la bella Florinda, hija del conde don Julián. Viéndola un día bañarse, Rodrigo se enamoró. Como ella no aceptara sus requiebros, optó por forzarla. Dolida Florinda, escribió don Julián, que se encontraba en África por orden del rey, contándole el suceso. El conde, ante la afrenta, se concertó con los moros, para poder así vengar su deshonra.

Cierto o no el decir de los romances, a partir de aquí la historia pone sus pies en la tierra. Desde antes, Okbah, uno de los sucesores de Mahoma, cuando el Islam aún no se internaba en África, había dicho: “Si la profundidad de este mar no me detuviera, yo iría hasta el último confín del mundo a practicar la unidad de Dios y los sagrados principios del islamismo”.

Tarik y más tarde Muza, a la cabeza de sus huestes, cruzaron el Estrecho de Gibraltar. Son fatalistas y los persigue un único objetivo: morir en el campo de batalla para alcanzar la gloria en el cielo de Alá. Ellos ponen la primera piedra de la conquista de España, que se definirá en Guadalete, batalla en que Rodrigo fue vencido y, según algunos, muerto. Cumplida su tarea, Muza fue a Damasco, a dar cuenta de su victoria al Califa. Su mayor orgullo fue mostrar el botín cogido a los españoles: treinta mil vírgenes, hijas de los reyes y príncipes visigodos, y una innumerable cantidad de mercancías y piedras preciosas.

EL DÍA DEL FOSO

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oce mil árabes, beréberes y negros, bastaron para vencer a la España goda, y trocar los reyes por emires y califas. Las rencillas y guerras intestinas facilitaron la triunfal entrada de los moros. La misma razón salvaría más tarde a España del Islam. La península ibérica fue regida desde Damasco, ciudad de Siria. La pugna entre los abásidas y los omeyas terminó con la venida de Abd-er-Rhaman, príncipe de la última de las dinastías nombradas, en el año 756. Sobre esta base se estructuró en el siglo X el Califato de Córdoba. Las tropas musulmanas debían estar alerta para sofocar cualquier foco de resistencia. La conversión al Islam se presentaba como la única salida. En caso contrario, el ciudadano debía pagar un tributo personal, además del territorial. Algunos historiadores afirman que los invasores preferían que los españoles continuaran en su fe para así obtener una tributación mayor. Pero, de haber sido así, las persecuciones no habrían sido tan sangrientas. No obstante, algunos piensan que no se trató de una cuestión de propaganda religiosa, sino de un pillaje más o menos sistemático. La historia y las sucesivas decapitaciones de cristianos demostró, empero, que el fervor religioso era lo más fuerte. De muestra, una frase del Califa Omar: “Debemos comernos a nuestros cristianos, y nuestros descendientes comerse a los suyos, mientras dure el Islam”.

Para defenderse del cuchillo que amenazaba con rebanar sus gargantas, los cristianos se refugiaban en el norte de España. Asturias y León representaban la montaña que les tendía los brazos. Pelayo, cuya vida ha quedado apenas dibujada en los libros, es uno de los héroes que protegen a los católicos del acero musulmán.. En el año 718, los vence en Covadonga. Desde un asilo rocoso, los cristianos supieron responder con la misma moneda a los que los perseguían en nombre del Corán.

Una de las tantas historias de cabezas cortadas que jalonan esta ibérica guerra santa tuvo lugar en Toledo, antigua capital de los reyes visigodos. La ciudad tenía fama por los sabios que moraban en ella y por el carácter libertario de sus habitantes. El Califa, deseoso de dominar la plaza, pero temeroso de un enfrentamiento cara a cara, recurrió a un subterfugio. Nombró como gobernador a un renegado de Huesca, llamado Amrus. Los toledanos lo acogieron felices, por ser uno de ellos. Jamás imaginaron que la traición se ocultaba tras esa aparente bondad. En uno de esos días de mala ventura, llegó a Toledo un hijo del Califa de Córdoba. Bien acogido por la población, se hizo instalar en un alcázar recién construido, con toda su tropa. De acuerdo con Amrus, invitó a los nobles toledanos a un festín. En el patio había un foso lleno de cal y adobes, que los caballeros debían cruzar forzosamente. A medida que iban pasando, los verdugos ya preparados les cortaban la cabeza, arrojándolas adentro del foso. Hay cronistas que afirman que los decapitados fueron cinco mil, número suficiente como para que ese oscuro día del año 806 fuera recordado como “el día del foso”.

ALÁ VENCIDO POR EL LUJO

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a dominación omeya duró hasta el año 1031, en que el Califato de Córdoba se deshizo en numeroso reinos de taifas. En refinamiento de Córdoba, Sevilla, Toledo, Zaragoza y otras ciudades disimulaba su progresiva desintegración. Beréberes, negros, yemenitas, egipcios y sirios no consiguieron amalgamar sus inquietudes en ningún período de su estada en España. Si en un principio el verbo mahometano y la novedad de la conquista los unió por algunos años, esta unidad fue efímera. Emires y califas debieron guerrear contra propios compañeros de fe. Los beréberes, eternos rivales de los árabes, no perdieron ocasión de poner su espada al servicio de toda insurrección que se presentara.

En los primeros tiempos, los emires, absortos de extender el Islam y en llenar sus arcas, olvidaron el lujo al estilo de oriente. No quedaba tiempo para el harén ni para el vino. Bajo Abd-er-Rhaman II (822-852), la España musulmana comienza a recordar la vida orgiástica de los tiempos en que aún no sentían en sus oídos el susurro del profeta: “¡Oh vosotros los creyentes! Guerread contra los no creyentes que están cerca de vosotros y sabed que Alá está con quienes cumplen sus deberes” (Alcorán: XI, 123).

Abd-er-Rhaman es el primero que adoptó los usos tradicionales de los califas, con la pompa y fastuosidad que ello representa. Embelleció los palacios, edificó mezquitas e hizo fabricar filigranas para los vestidos. Los tapices de Bagdad parecían correr por todos los caminos de España. Bajo el largo reinado de Abd-er-Rhaman III (912-961), las guerras se sucedieron sin interrupción. Tras cada túnica de piedras preciosas se cernía la amenaza de lucha. Cada día iba en pos del desmoronamiento de ese gran imperio que, de no ser detenido por Carlos Martel en Poitiers, pudo desplegar sus alas sobre Europa entera.

Había luchas contra la aristocracia árabe, contra los renegados españoles, contra los cristianos del interior, y, finalmente, contra los fatimitas del Maghreb africano. Ni Abd-er-Rhaman III, ni Al-Manaor, ni Hicham, ni ninguno de los califas que siguieron, lograron fusionar los diferentes pueblos del imperio. Entretanto, los musulmanes seguían extendiendo sus tentáculos hacia el sur y hacia el norte. En sus luchas contra los cristianos llegaron casi hasta el Mar Cantábrico, apoderándose de León y Santiago de Compostela. Jamás la cristiandad se encontró tan tambaleante, pero, como siempre, estas conquistas fueron sólo pasajeras, y esta España musulmana, que abarcaba casi toda la península y que tenía por vasallos a los Reyes de Castilla y de Navarra, iba a disolverse una vez más.

Día a día, los árabes perdieron sus bríos guerreros, y en vez de enarbolar la espada, prefirieron conservar sus bailarinas, sus cantores y músicos, y hasta la víspera del exilio, siguieron bebiendo con sus poetas y favoritas los dulces vinos de Andalucía. El camino está abierto para otro Don Rodrigo, el legendario Mio Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, que con Tizona y Colada habría de cooperar a la redención de España.

LA SOMBRA DE LA CRUZ

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e manera tan heroica como Pelayo enarboló el pendón de la independencia en Asturias, otros monarcas lanzáronse a luchar contra el invasor. Así ocurrió en Castilla, Aragón y Navarra. Omar-Ibn-Hafsun encabezó una de estas cruentas rebeliones, que poco a poco devolvieron a España su cruz. La de Omar duró la mitad de un siglo, y fue llamada “revolución del mediodía”. El emir Mohamed se veía asediado por todas partes. De origen español, Omar efectuaba razzias e imponía tasas personales, burlándose abiertamente del Emir. Azuzaba a sus compatriotas, diciéndoles: “Habéis soportado demasiado tiempo del yugo de este sultán que os arrebata los bien y os recarga de contribuciones forzosas. ¿Os dejaréis pisotear por los árabes que os consideran como esclavos?”.

Así, Omar-Ibn-Hafsun se convirtió en el verdadero rey del mediodía español. Comenzó en toda la península un levantamiento general. La capitulación de los califas y emires que pasaban sus existencias en un clima de fastuosidad, y algo distantes del fervor religioso primitivo, no tardó en ser combativa en forma sangrienta por los que serían los nuevos señores del Imperio: los almorávides y los almohades.

Los almorávides —hombres religiosos— berberiscos convertidos al Islam, celosos de la tibieza religiosa reinante, esgrimieron su espada contra los dirigentes árabes. Uno de estos jefes independientes sentó sus reales en Granada. Su nombre era Badis. Este nómade beréber fue un refinado sanguinario. No salía de sus orgías nada más que para cortar cabezas. Cuentan que hacía plantar flores en los cráneos de los infieles.

Mientras esta existencia orgiástica se hacía cada vez más desenfrenada, los cristianos avanzaban en las fronteras y amenazaban en las puertas de Sevilla. Fernando I, rey de Galicia y de Castilla, reconquista, entre otros, importantes territorios portugueses, y su hijo Alfonso VI se apodera de Toledo y sus alrededores. El 25 de mayo de 1085, el Rey de Castilla y de León hace su entrada solemne a la capital, y, poco tiempo después, sólo faltará por reconquistar el extremo sur: Málaga, Almería y Granada.

Entre los Alfonsos se perfila el Cid Campeador, quien, con mano firme sitiará Valencia, y en cuyo interior morirá. En 1218, el rey de Aragón, Alfonso el Batallador, se apodera de Zaragoza. En el siglo siguiente, Alfonso XI de Castilla reconquista Algeciras. Y ya nuevamente, en el punto de partida, la lenta pero segura reconquista es un hecho.

Hacia la segunda mitad del siglo XV, casi toda España está ya bajo el poder de los príncipes cristianos. El día 30 de marzo de 1492 se conquistará el último galardón islámico: Granada. En la mañana del 2 de enero de 1492, los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, hacen su entrada solemne en la Alhambra. Se acaba de plantar la cruz de plata y el estandarte de Castilla en la Torre de la Vela.

Pero todo eso no bastaba para la tranquilidad de la España meridional. Era preciso ocupar los puertos de embarque situados en el norte de África y en poder de los berberiscos. Los Reyes Católicos, aconsejados por el Cardenal Jiménez de Cisneros, sintieron esa realidad. Por estas razones, se organizaron expediciones contra los berberiscos. En 1497, Melilla fue tomada por la flota del Duque de Medina Sidonia, y en 1509, Jiménez de Cisneros, con la ayuda del capitán Pedro Navarro, conquistó el Peñón de Vélez, Orán, el Peñón de Argel, Bujía y Trípoli, conquistas que, aunque precarias, sirvieron para disminuir durante algún tiempo la piratería y reducir a los musulmanes a la impotencia.

De este modo, Fernando de Aragón, por sí y por factores ajenos a su voluntad, dejó al morir una España, si no totalmente unificada, al menos notablemente agrandada y poderosa, dueña de todas sus fronteras. Sobre esta base, en el curso del siglo que se iniciaba, España haría sentir sobre la Europa occidental su influencia por largo tiempo.

LA CRUZADA ATLÁNTICA

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l objetivo de Colón al proponer su idea a los Reyes Católicos, era el de llegar a las Indias Orientales, como medio de atacar al Islam por la espalda y, además, estrechar la alianza con el Gran Khan, personaje mítico, al que se creía soberano de todo el país e inclinado a la cristiandad. Una vez derrotado el Islam, se difundiría la fe católica en el nuevo continente. Estas ideas fructificaron en la cabeza de monjes, soldados y aventureros. En resumen, era la cruzada contra los moros, que iba a continuar, tomando nueva ruta, más segura y más natural, puesto que por las Indias se atacaría, en duelo a muerte, al Islam.

Tal vez no fue el azar quien juntó en el tiempo tres hechos significativos desde el punto de vista de la fe cristiana en la realidad española. El 2 de enero de 1492 se firmó la capitulación de Granada; el 30 de marzo del mismo año, tuvo lugar la firma del decreto de expulsión de los judíos, y pocos días después, el 17 de abril, los Reyes Católicos otorgaban al Gran Almirante las capitulaciones que le permitan iniciar su viaje de conquista y catequización.

Para comprender bien este proceso, hay que recordar que ya en 1442 el Papa Eugenio IV  lanzaba un llamado a los cristianos para que alzaran armas contra los infieles que amenazaban Europa: los turcos. En 1459, Pío II provocaba en Mantua una asamblea de naciones cristianas para acordar los medios de combatir a los nuevos bárbaros, y al año siguiente se proclamaba la guerra santa contra los turcos. Ante la inactividad de los países europeos, Pío II en persona se ponía, en 1463, a la cabeza de la cruzada contra los otomanos, y conjuraba una vez más al mundo cristiano a unirse contra el enemigo común. Pero Europa no se inquietaba por lo que ocurría a orillas del Danubio. Después de la caída de Constantinopla, los turcos avanzaron hasta situarse a las puertas de Italia. Había llegado el momento de dejar el pensamiento de lado y obrar, y más que obrar, combatir.

Tal vez por eso, Sixto IV animó la cruzada española de Granada y envió, a modo de estandarte, la famosa cruz de plata que fuera enarbolada en la torre de la Vela, puesto que, al combatir a los musulmanes en Andalucía se les privaba de una cabeza de puente en uno de los extremos del continente europeo.

En este panorama, la habilidad de Colón residió en saber mostrar ante los ojos de los soberanos de Aragón y Castilla la posibilidad de una nueva cruzada que postraría en definitiva el poder del Islam.

EL FUEGO DE DIOS

Al subir Felipe II al trono que le dejara Carlos V de Alemania y I de España, se situaba a la cabeza de un imperio donde, según su antecesor, no se ponía el sol. Hacia el exterior, Felipe II combatió al Islam, apoderándose de territorios y puntos claves del norte de África. Conquistó Malta y tuvo en ella un sitio ideal de observación de las andanzas de los piratas otomanos en el Mediterráneo. Su labor culminó en la grandiosa batalla de Lepanto, en la que el poderío naval turco sufriera una sangrienta y monstruosa derrota.

Dentro de su imperio, Felipe se comportó como un hábil gobernante. Contrario a la guerra, más bien intelectual, practicó una política de habilidad y engaño. Revivió una organización ideada en el siglo XIII para consolidar su poder político: la Inquisición. Se proclamó, al igual que los califas y emires de la España musulmana, defensor de la fe. El Tribunal del Santo Oficio pretendió purificar en sus hogueras, oscuras prisiones y sangrientas salas de tortura, la fe cristiana. Su norte fue combatir a los herejes, musulmanes y judaizantes, bajo el pretexto de convertirlos a la religión católica. La Inquisición se convirtió en una verdadera policía secreta de las almas y de los espíritus. Su vasto sistema de espionaje y delaciones horrorizó hasta sus propios contemporáneos europeos, que se resistieron a aceptarla. Esta maquinaria religiosa extendió sus brazos más allá del Atlántico, causando estragos también en América, como un modo de preservar el poderío español, al tratar de filtrar las nuevas ideas que se gestaban en el Viejo Mundo. Al igual que los tribunales de Salud Pública de la Revolución Francesa, paralizó toda acción por el terror, persiguiendo a los culpables de no ser católicos y hasta los meramente sospechosos, exterminándolos con un rigor implacable.

En un comienzo la Inquisición no estuvo dirigida contra los judíos, que eran libres de practicar su religión, sino más bien contra los conversos o judaizantes y contra los renegados musulmanes, de los que se sospechaba querían pactar con los moros y judíos de Granada. Una vez caída en poder de los Reyes Católicos esta plaza islámica, se decretó la expulsión de los judíos, por el mismo temor, y además se le acusaba de haber llamado a los árabes a Andalucía en tiempos de los visigodos.

Muchos historiadores rechazan este procedimiento, señalando que se practicaron crueles y sanguinarios métodos y se puso la religión al servicio  de una política de exterminio y conquista.

   

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