Las persecuciones a los valdenses y las conquistas de los caballeros
teutónicos, que nada tuvieron que ver con los musulmanes ni con los Santos
Sepulcros, son consecuencias nefastas de las primeras cruzadas.
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l término “cruzada”, nacido para designar las expediciones de rescate del Santo Sepulcro, no tardó en hacerse extensivo a todas las luchas que los cristianos sostuvieron durante la Edad Media contra las sectas heterodoxas o los creyentes de religiones paganas, considerados enemigos del catolicismo. Entre estas cruzadas, desarrolladas en escenario muy distantes al del mundo musulmán, se destacan con caracteres relevantes dos de muy distinta índole: la Cruzada Albigense y la de los Caballeros Teutónicos.
El origen de la herejía albigense se remonta a la primera mitad del siglo XII, cuando apareció Pedro de Bruys en Aquitania —actual Gascuña— predicando contra los abusos de la Iglesia. Pero sus exageraciones fueron tales, que los habitantes de la región lo quemaron vivo en 1112. Su discípulo, Pedro de Valde, rico comerciante, siguió predicando la doctrina de su maestro, aunque sin el desmedido fanatismo que en aquél era habitual. Sus sermones hacían hincapié principalmente en la necesidad de que los sacerdotes se desprendieran de sus riquezas y que los Papas renunciasen a su poder temporal. En síntesis, De Valde abogaba por el riguroso cumplimiento de las leyes evangélicas y por el retorno de sacerdotes y fieles a la primitiva bondad y sencillez con que vivieron Cristo y los Apóstoles.
Los seguidores de esta doctrina ascética se llamaron “valdenses”, y tan seguros estaban de que sus ideas no eran heréticas, que pidieron licencia al Papa para seguirlas predicando. Pero sus pretensiones tuvieron mala acogida ante la Iglesia, la cual las rechazó de plano. Fue entonces cuando los llamados valdenses aceptaron doctrinas del maniqueísmo y otras religiones de Oriente, convirtiéndose así en una secta francamente herética, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica. Por ser Albi la ciudad donde se celebró en 1176 el primer concilio de condenación de sus partidarios, la secta pasó a ser denominada “albigense”.
Pero a pesar de la condenación de la Iglesia, la herejía se propagó ostensiblemente en el Languedoc, en la Provenza, en todo el sur de Francia, en Italia también en Belgrado y Rumania. Ante esta amenaza para el catolicismo, el Papa Alejandro III lanzó su excomunión contra los albigenses en el Concilio de Letrán, celebrado en 1179. Sin embargo, esta medida no consiguió perturbar el vigoroso impulso que la herejía tomaba por doquier.
Apenas ascendió al solio papal, Inocencio III envió en 1198 “legados” o emisarios pontificios a la zona de Francia donde la secta albigense estaba más desarrollada, con la intención de convencerla de su error. Pero aconteció que tales emisarios, por su proceder tiránico y orgulloso, en vez de sofocar la herejía contribuyeron a aumentarla y enardecerla. Uno de los legados, Pedro de Castelnau, exigió al conde Raimundo VI de Tolosa que castigara con la fuerza de las armas a sus súbditos herejes. El conde se negó rotundamente, lo que le valió ser excomulgado por el Papa.
Pero el episodio no terminó en aquella excomunión. En 1208, un caballero de Beaucaire dio muerte al legado Pedro de Castelnau, acusándose del crimen al conde Raimundo, sin que existiera prueba ni indicio alguno que apoyara tal inculpación. El Papa Inocencio III, sin oírle siquiera, fulminó una nueva excomunión contra él, al mismo tiempo que predicaba una cruzada contra los albigenses, poniendo al frente de ella al abad de Cister, Arnaldo Almaric, y al caballero Simón de Montfort.
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l ejército de los cruzados, guiado por los arzobispos de Reims, Sena y Ruan, por los obispos de Nevers, Autun, Clermont, Chartres y Lisieux, y entre los seglares por el duque de Borgoña y el conde de Nevers, con hombres de todas partes del mundo católico, se elevó a más de 300 mil combatientes. Con ellos los citados Arnaldo Almaric y Simón de Montfort emprendieron una ofensiva brutal y cruel contra los albigenses. La ciudad de Béziers fue tomada por asalto por los cruzados, los cuales pasaron a cuchillo nada menos que a 20 mil personas. No contentos con esto, los sitiadores incendiaron la villa después de saquearla vandálicamente. Interrogado Arnaldo Almaric por un caballero cruzado de cómo harían para distinguir a los católicos y no matarlos, éste había respondido: “Matad a todos, que luego Dios ya distinguirá a los buenos de los malos”.
Algún tiempo después, en la ciudad de Carcasona, rendida a las huestes de Montfort, los cruzados quemaron vivos a 400 de sus habitantes, ahorcaron a 50 e infligieron crueles y humillantes castigos a los sobrevivientes. Luego, el conde Raimundo VI de Tolosa marchó a Roma con el objeto de implorar del Papa su perdón, el cual le fue ofrecido en tan desdorosas condiciones, que tanto éste como los condes de Cominges y de Foix y el vizconde de Narbona se aprestaron a la lucha contra los cruzados, quienes sitiaron Tolosa, pero fueron rechazados por los aliados del conde Raimundo, a los que se juntaron también las fuerzas del rey de Aragón, Pedro II, quien acudió no en defensa de los albigenses, sino de sus vasallos.
Ambos ejércitos se encontraron después en Muret, entablándose un sangriento combate que culminó con la muerte del rey Pedro II, el 23 de septiembre de 1213. El Papa envió en calidad de legado al cardenal Pedro de Benavente con la misión de reconciliar a los excomulgados con la Iglesia. El conde Raimundo se sometió, pero como Simón de Montfort, apoyado por el rey de Francia Luis VIII, exigiera imperativamente que todas las tierras conquistadas a los albigenses pasasen a su poder —exigencia a la que Raimundo no se avino en modo alguno— la guerra continuó.
Muerto Montfort en el sitio de Tolosa, en 1218, prosiguió la lucha entre Raimundo y Humberto de Beaujeau, quien gobernaba los territorios conquistados en nombre de Luis VIII de Francia. Finalmente, en 1224 se firmó en París un tratado de paz por el cual el conde Raimundo de Tolosa se sometió a la Iglesia, pasando el Languedoc a ser dominio de Francia, y la Alta Provenza, del Papa.
Los albigenses, que pretendían seguir adelante con su doctrina, fueron total y definitivamente sometidos por la fuerza de las armas. Hacia 1229, tras sangrientas campañas, los focos herejes de Provenza fueron destruidos. Y como aún subsistieran algunos brotes de la herejía, el Papa Gregorio IX encomendó en 1233 a los dominicos que se encargaran de la investigación de otros centros albigenses, con lo que de hecho comenzó a funcionar la temible Inquisición, que como organismo existía desde 1215, por resolución del Cuarto Concilio de Letrán. Bajo la enérgica acción de este tribunal eclesiástico, la herejía albigense fue extirpada de raíz. Así concluyó esta sangrienta cruzada, que representó uno de las mayores eclosiones de brutalidad que jalonaron la agitada historia de la Edad Media.
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a tercera orden monástica nacida en Tierra Santa, vale decir, la de los Caballeros Teutónicos, desempeñó en Oriente un papel tan brillante como el de sus predecesores, Hospitalarios y Templarios. Sin embargo, su acción en las cruzadas no iba a alcanzar el máximo de eficacia en los escenarios del Levante, sino en las orillas del Báltico, a donde llevaron su esfuerzo colonizador, sometiendo a los paganos eslavos que habitaban en aquellas septentrionales regiones.
Existen varias versiones acerca del origen de la Orden Teutónica. Según una de ellas, los alemanes habrían sentido muy tempranamente la necesidad de disponer en los Santos Lugares de un hospital de su lengua. Refuerza esta tesis el testimonio del obispo Jacques de Vitry, cronista de las cruzadas, quien expresa:
“Un alemán honesto y religioso, inspirado por la Providencia, hace construir en 1128 en Jerusalén, donde vive con su esposa, un hospital para sus compatriotas”.
En cambio, otra versión no remonta el origen de la Orden Teutónica sino a 1190, en que algunos burgueses de Brema y Lubeck, movidos de compasión al ver los heridos alemanes del campamento de los cruzados ante San Juan de Acre, habrían levantado una tienda con la vela de una nave germánica, prodigando allí sus cuidados a los guerreros.
Sea cual fuere el verdadero origen de la Orden, el hecho es que una bula papal confirmó la institución de los “Hermanos de la Casa Alemana”, los que se comprometieron a la admisión de los heridos y al mismo tiempo prestaron juramento de combatir a los infieles. El Papa les concedió los mismo privilegios que a hospitalarios y templarios: vivirían bajo la regla de San Agustín, y como distintivo llevarían una cruz negra sobre capa blanca. Pero mientras las otras dos órdenes de predominio francés se abrieron a todo el mundo, llegado a contar a veces con grandes maestres italianos, españoles o portugueses, la de los Caballeros Teutónicos sería exclusivamente alemana. El nacionalismo triunfaría en ella, por sobre el internacionalismo cristiano de los tiempos medievales.
En 1229 la Orden Teutónica estableció su cuartel general en el castillo de Montfort, cerca de San Juan de Acre, llegando a adquirir propiedades inmensas y participado en la heroica defensa de los últimos baluartes cristianos en Oriente. Pero cuando la cruz comenzó a batirse en retirada ante la incontenible ofensiva del Islam, los Caballeros Teutónicos comprendieron que había llegado el momento de buscar otro campo de acción, lejos de Tierra Santa.
La oportunidad que esperaban los teutones para trasladarse a otros escenarios más propicios llegó cuando, en 1229, Conrado de Mazovia, uno de los príncipes que habían intervenido en el reparto de Polonia, los llamó para que le ayudasen en la lucha que mantenía contra los eslavos de Prusia. El Gran Maestre de la Orden Teutónica, Hermann de Salza, antes de aceptar este ofrecimiento, tomó sus precauciones, a fin de actuar por cuenta propia y no ajena. Así fue como Conrado tuvo que comprometerse a entregar a la Orden, en completa propiedad, un vasto territorio a orillas del Vístula, cediéndole por adelantado sus futuras conquistas. A su vez, Federico II, el emperador germano, otorgó igualmente al Gran Maestre la autorización para invadir la tierra de Prusia con las fuerzas de la Orden. Ésta rezó a la letra:
“Concedemos para siempre a él, a sus sucesores y a la Orden Teutónica las tierras que le cede el duque Conrado y las que conquistará en Prusia, con el fin de que gocen de ellas libremente, y sin que deban responder por ello a nadie”.
El Papado, por su parte, se apresuró a ratificar las garantías otorgadas a los Caballeros Teutónicos, estableciendo que las posesiones de la Orden serían dominio de San Pedro y feudo de la Iglesia Romana, pero, a la vez, cedidas a los Caballeros Teutónicos “de manera que gocen libremente y en toda propiedad”. Así, pues, con la triple garantía de Polonia, el Imperio Germánico y la Santa Sede, la Orden Teutónico se dispuso a participar en esta nueva cruzada de fines tan distintos y distantes de los que se persiguieron en Tierra Santa.
En el momento de ser llamados los Caballeros Teutónicos por Conrado, la Europa Oriental se encontraba en pleno proceso de germanización. Alemania había emprendido ya su marcha hacia el este, y rechazaba el frente eslavo situado entre los Cárpatos y el Báltico. Los alemanes, demasiado numerosos en las landas próximas al Mar del Norte y atraídos por el señuelo de tierras vírgenes y más productivas, colonizaban los territorios más allá del Elba. En Brandeburgo expulsaron a los eslavos o los redujeron a la más vil condición, desapareciendo éstos ahogados por la marea invasora. A su vez, en Bohemia, la corte de Praga se germanizaba por propia iniciativa, solicitando colonos de Franconia, bávaros o sajones, y eximiéndoles de censos y prestaciones personales, para que rotularan los bosques o explotasen las minas de los Montes Metálicos. Sin embargo, este proceso tuvo un éxito relativo: los alemanes rehusaban mezclarse con los indígenas, a quienes despreciaban por permaneces fieles a sus costumbres eslavas. Por su parte, en Polonia, los inmigrantes alemanes que acudían a poblar Silesia y Pomerania, gozaban de un trato privilegiado. Fueron ellos los que imprimieron a Cracovia, a Posen y a Lvov un sello netamente germánico. No obstante, la nobleza polaca reaccionó contra los excesos de esta invasión, que no por ser pacífica dejaba de ser menos temible.
Más al este, una orden militar, imitada de las de Palestina, probaba a su vez fortuna: era la de los Caballeros de la Espada. Éstos se establecieron en Curlandia, Livonia y Estonia, como si quisieran cerrar a Polonia su acceso al mar. Pero no lograron asimilar a los habitantes, que permanecieron fieles a su lengua y a sus tradiciones.
Sin embargo, pese a la vigorosa expansión germánica quedaba un islote de paganismo irreductible: Prusia. En la desembocadura del Vístula, en sus bosques y marismas, 200 mil prusianos de sangre eslava y finesa seguían vistiéndose de pieles, adorando a las fuerzas de la naturaleza, y degollando a los cristianos que intentaban evangelizarlos. El duque Conrado llamó a los Caballeros Teutónicos precisamente para luchar contra ellos.
Así empezó en 1229 la llamada Cruzada del Norte, que se prolongaría por más de medio siglo. Los eslavos de Prusia resistieron con furor. Pero, con método, los Caballeros Teutónicos fueron reduciéndolos poco a poco. Aunque eran poco numerosos, opusieron a sus desorganizados adversarios sus armaduras, ciencia táctica, arte de fortificación, arcos, traídos de Tierra Santa, y sobre todo la certidumbre de representar una forma superior de civilización.
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l ataque por sorpresa fue la primera condición de éxito de los guerreros de la Orden Teutónica. A él seguía la instalación, en un promontorio o isla de algún lago, de una fortaleza con empalizadas, embrión de un futuro castillo. Después, al pie de la colina o en las orillas del lado dominado, se construía un poblado donde se establecían los colonos venidos de tierra alemana. De este modo, la conquista fue avanzando paulatinamente a lo largo del Vístula: Thorn, Kulm, Marienwerder, Marienburgo... Hasta que los Caballeros Teutónicos alcanzaron el Báltico, dejando expedita la comunicación marítima con Alemania.
Los combates de esta Cruzada del Norte fueron inexorables. Los Caballeros Teutónicos sin cesar invocaban a la Virgen en las batallas, lo que no les impidió, sin embargo, matar con frenesí durante 57 años, como en los buenos tiempos de las primeras cruzadas. Todos los medios, incluso la traición, les parecieron lícitos. En ocasiones invitaban a banquetes a los eslavos sospechosos y después emborracharlos los quemaban en la misma mesa del festín. Cuando se producían alzamientos, los que se salvaban de la matanza represora eran deportados, y no sólo no se intentaba convertirlos al cristianismo, sino que se les impedía asistir a la iglesia. Cada vez que el Papa se quejó ante estos procedimientos, la Orden replicó que “los paganos debían permanecer paganos”. La razón era que si se “salvaban sus almas” no se les podía exterminar con la misma despreocupación. En definitiva, esta ferocidad cínica dio excelentes resultados a los invasores, ya que los eslavos de Prusia fueron completamente exterminados.
Hacia 1283 la Orden Teutónica había vencido y reinaba sobre la sometida Prusia. Además había sido reforzada desde 1237 por la absorción de los Caballeros de la Espada, que aportaron sus dominios sobre los países bálticos. Así, desde su residencia de Marienburgo, el Gran Maestre teutónico vigilaba el Báltico con sus flotas y el Vístula con sus flotillas. En sus manos estaban las llaves de Polonia.
Para su defensa, la Orden disponía de una línea de fortaleza. Para la ofensiva, de un cuerpo de caballería. Una y otra inspiraban respeto. No toleraba tampoco que los obispos le impusieran limitaciones o le controlasen: “Es la Orden —se encargaba de recordar— la que ha hecho a los obispos, y no los obispos los que han hecho a la Orden”. Ni el mismo Papa lograba imponerse al Gran Maestre teutónico, el cual actuaba como un verdadero soberano.
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a constitución del Estado teutónico fue aristocrática: el jefe, elegido por un colegio de trece miembros, nombraba a los dignatarios y gobernaba asesorado por los maestres de Alemania y de Livonia. La vida de los caballeros era asimismo rigurosamente reglamentada: por la noche, en el dormitorio, donde siempre alumbraba una lámpara, los hermanos teutones debían acostarse semivestidos, siempre con la espada al alcance de la mano.
Dividido en encomiendas y distritos, los territorios conquistados encerraban una variada población, compuesta de alemanes y eslavos con múltiples dialectos, que se convertirían en los nuevos prusianos. Para atraerlos y retenerlos hubo necesidad de otorgarles algunas libertades judiciales y fiscales. Fue necesario construir ciudades y aldeas y contenerlas aguas mediante diques. La Orden Teutónica introdujo también el cultivo del azafrán, instaló cerca de cuatrocientos molinos y mantuvo un activo comercio lanar. Así, a pesar de sus crímenes y abusos, la dura colonización de estos cruzados germanos cambió la fisonomía de la hasta entonces bárbara Prusia, convirtiéndola en un país próspero.
Sin embargo, la Orden no se contentó con dominar Prusia y reivindicó sus derechos sobre los países bálticos, arrebatando Estonia a Dinamarca. Asimismo, con el rey de Bohemia, que había venido a cruzarse en estos lugares, fundó un nuevo Estado: Koenigsberg. Un poco más al norte dio nacimiento a Memel. Además, la Orden compró la Pomerania con Danzig en 1303, a pesar de las protestas de los polacos, precipitando así la guerra con éstos.
Algo más tarde, tras comprar Brandeburgo a los margraves, que habían llevado su colonización hasta el Vístula, la Lituania pagana se convirtió en una tentación para los Caballeros Teutónicos y, ni cortos ni perezosos, se lanzaron en una cruzada contra ella. Aventureros, poetas, curas y trovadores se enrolaron bajo la insignia de la Orden para formar parte de las expediciones contra las aldeas lituanas. Se penetraba en ellas a viva fuerza para bailar con las campesinas, y luego se mataba, se incendiaba y se regresaba. Nadie pensaba, ni por asomo, en evangelizar o bautizar. Un cronista de la época anota: “Se persigue a los paganos como si fueran zorros o liebres”. Era ni más ni menos que una cacería, “una verdadera parodia de las cruzadas”, según el historiador Ernest Lavisse.
Este tipo de “deporte” practicado por los Caballeros Teutónicos comenzó a presagiar la degeneración de la Orden. Sus súbditos empezaron a protestar. A los burgueses, excluidos del poder, les pesó cada día más el yugo extraño y los mercaderes se alarmaron ante la competencia que le hacían los caballeros. Éstos, mientras tanto, vivían en medio de querellas, que llegaron incluso hasta el asesinato, cuando no entre fiestas y orgías, hasta el punto de que a uno de los castillos de la Orden se le llamó “el lupanar”. Los votos de pobreza, obediencia y castidad yacían sepultados en un piadoso olvido.
Nada tuvo de extraño que con la degradación de sus costumbres se fuera poco a poco debilitando el poderío de la Orden. Además, había advenido ya el tiempo en que la caballería, reducida a la impotencia por la naciente artillería, perdía terreno rápidamente. Hasta que en 1386 el trono de Polonia fue ofrecido a cierto príncipe lituano, Jagal o Jagielo, con la condición de que se hiciera cristiano. Jagal se convirtió, y Polonia y Lituania unidas bajo el primero de los jagellones tomaron cumplida venganza de la Orden Teutónica. En 1410 cayó en la batalla de Tannenberg el Gran maestre teutónico y con él sucumbió la flor y nata de sus caballeros. Los burgueses se sublevaron y el nuevo Gran Maestre tuvo que emprender la huida. Hacía 1466 los dominios de la Orden se habían desintegrado, anexionados en parte por Polonia que había tomado la Prusia Occidental. Los caballeros retenían sólo la Prusia Oriental.
En 1525, Albergo de Brandeburgo, elegido Gran Maestre de los Caballeros Teutónicos, se pasó a la Reforma, convirtiendo a Prusia en un ducado hereditario y liberándola de la soberanía de Polonia. Desde entonces, la Orden pasó a ser sólo una entidad honorífica, hasta ser definitivamente suprimida en 1809.