Hombres de gran valor y de no menor crueldad lucharon en ambos bandos y
sus hazañas dieron la medida de las pasiones durante las cruzadas
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n los dos siglos que duraron las cruzadas hubo numerosos personajes que se destacaron en ese clima de misticismo, renunciamientos, guerras, traiciones y cambios de fortuna, y que han quedado hasta hoy en la historia y la leyenda.
Entre ellos se encuentran San Luis, rey de Francia, que encabezó dos cruzadas y murió víctima de la peste en su campamento en las costas africanas; el pastorcillo Esteban de Cloyes que encendió el fervor de la Cruzada de los Niños, una patética marcha infantil a través de Europa que terminó en el desastre; Pedro de Amiens, el eremita que recorrió Francia montado en una mula predicando la guerra contra los infieles; Federico Barbarroja, el poderoso emperador alemán, ahogado en un río cuando se aprestaba a conquistar la Tierra Santa, y, entre muchos otros, Ricardo Corazón de León, además del gallardo y noble Saladino, entre las filas musulmanes.
Ricardo Plantagenet, rey de Inglaterra, es un personaje clave de aquella época y, en cierto modo, representa algo de lo peor y de lo mejor de unos tiempos turbulentos.
Nació en Oxford en septiembre de 1157. A los tres años, fue prometido a la princesa Alicia, hija del rey Felipe Augusto de Francia. Ya cuando contaba doce fue obligado a prestar homenaje a su futuro suegro como usufructuario del Ducado de Aquitania.
Desde niño dio pruebas de una energía indomable y tenía apenas 16 años cuando se rebeló contra su padre, Enrique II, quien no le quería demasiado. Ricardo fue vencido y tuvo que pedir perdón para ser amnistiado. Desde ese momento se dedicó a administrar su ducado, y lo hizo con gran energía, combatiendo a sus enemigos. En 1189, a la muerte de su padre, Ricardo subió al trono británico. De inmediato cambió su política hacia Francia. Comenzó por anular su noviazgo con la hija de Felipe II, y casó con Berenjuela, hija del rey de Navarra. Con gran entusiasmo comenzó a preparar una expedición contra Francia. Para esto tuvo que recaudar grandes sumas, que el pueblo inglés entregó con poco gusto.
Durante un tiempo guerreó con Felipe Augusto, con resultados indecisos. Por últimos, los dos monarcas decretaron una tregua para participar en la Tercera Cruzada, que se llamó, también, la cruzada de los reyes, y donde intervino junto a ellos, Federico Barbarroja.
En el camino, Ricardo Corazón de León conquistó Chipre y luego desembarcó en Siria. Se sumó al sitio a San Juan de Acre, ciudad que acabó por capitular poco después. En agosto de 1192, el rey Felipe II regresó a Francia y dejó a Ricardo como el jefe absoluto de la campaña.
El rey inglés desarrolló una gran actividad, fortificó su base de operaciones y emprendió diversas acciones contra los musulmanes. El 7 de septiembre ganó la batalla de Arsuf, donde Ricardo realizó valerosas proezas.
Ricardo, sin embargo, dio simultáneas muestras de brutalidad y crueldad innecesarias. Hizo ejecutar a 2700 prisioneros musulmanes cuyo rescate no llegó a tiempo. Se enemistó con los jefes de la expedición, en particular con Leopoldo, duque de Austria, cuyo estandarte hizo arrastrar por el fango.
Mas adelante se apoderó de Jaffa y de una rica caravana. Debido a las disensiones con sus aliados, no avanzó contra Jerusalén. Por último, firmó una tregua con Saladino, por lo cual se declaraban suspendidas las operaciones por tres años, tres meses, tres semanas y tres días.
En estas circunstancias Ricardo Corazón de León recibió noticias de que Felipe Augusto aprovechaba su ausencia para apoderarse de sus posesiones. Se embarcó inmediatamente, pero la nave que lo llevaba naufragó en las costas del Adriático. Impaciente, siguió viaje por tierra, disfrazado de comerciante. Al pasar por las tierras del duque de Austria fue reconocido y encarcelado. Estuvo preso durante más de un año en la fortaleza de Durnstein, sobre el Danubio. Finalmente obtuvo su libertad pagando un fuerte rescate de 150 mil marcos de plata y la promesa de reconocerse vasallo del emperador. Regresó a Inglaterra en marzo de 1194.
Las novedades eran poco agradables. Su hermano Juan sin Tierra se había aliado con Felipe Augusto en contra suyo. Guerreó contra ambos y los derrotó. Además, formó una coalición entre los condes de Flandes, Bretaña y Toulouse, contra el rey francés. Por último, hizo elegir a Otón de Brunswick, sobrino suyo, como emperador de Alemania.
Ricardo había concebido un grandioso plan para dominar Europa. Sin embargo, estaba en grandes dificultades financieras. Los ingleses no se prestaban de buen grado a financiar otra costosa expedición del soberano. Mientras se hallaba en los preparativos para invadir el continente. Ricardo supo que en las tierras del señor de Chaluz se había descubierto un tesoro fabuloso. De inmediato partió con sus hombres y puso sitio al castillo. Mientras peleaba, una flecha lanzada por Gourden, uno de los sitiados, lo hirió mortalmente en un ojo. Ricardo Corazón de León murió el 6 de abril de 1199, sin poder realizar sus proyectos.
Gourden fue desollado vivo y todos los habitantes de la fortaleza pasados a cuchillo.
Salah ad-Din, llamado El Malik en Nasr, el Príncipe Victorioso, pasó a la historia occidental con el nombre de Saladino, el más destacado, hábil y generoso de los caudillos musulmanes que combatieron contra los cruzados, y su nombre estuvo por encima de Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León.
Kurdo de nacimiento, era un soldado para quien las leyes de la espada y de la lealtad constituían los principios básicos de su acción. De cuerpo pequeño, enfermo de fiebres intermitentes, más que un guerrero fue al comienzo un buen vividor, que prefería el vino y los libros al combate y la política. Llevado por las circunstancias a visir de Egipto, se convirtió luego, por golpes de audacia, en sultán inmiscuido, temido de sus enemigos musulmanes, respetado por los cristianos, amado por su soldados y con plena conciencia de su responsabilidad, e impuso orden y disciplina entre las huestes a su mando, sin vacilar cuando su decisión llevaba a la muerte a quienes quebrantaran sus leyes.
Los asesinos del Viejo de la Montaña, embriagados con drogas, fracasaron en dos tentativas por ultimarlo, porque consideraban que su ascenso de simple oficial a amo absoluto contrariaba la voluntad de Alah.
Una vez en el poder, abandonó el vino y los deportes, asumiendo con el fatalismo propio de su religión el nuevo destino al que había sido llamado. Se levantaba temprano, había sus abluciones y oraba, para recibir luego a sus oficiales y ayudantes, conocer los informes de cuanto ocurría en su campo y en el de los cruzados, manteniendo franco el paso de su tienda para quien quisiera verlo.
“La avaricia es propia de mercaderes, no de monarcas”, solía decir Saladino a su tesorero cuando le ordenaba que repartiera a dos manos las riquezas que poseía.
En menos de dos meses, Saladino reconquistó la mayor parte del territorio que los cruzados habían ganado en el curso de dos o tres generaciones, ochenta y ocho años atrás, con el éxito alcanzado en la Primera Cruzada.
Después de 25 años de batallas, treguas, asaltos y un incesante ir y venir por las caldeadas tierras del Islam, Saladino comenzó a sentir el peso de los años y los estragos que la fiebre causaba en su organismo. Profundamente religioso, en el último año de su vida comenzó a guardar los ayunos que no pudo observar durante la prolongada campaña, debilitándose cada vez más, a pesar de las recomendaciones de su médico.
El 3 de marzo de 1193 murió El Malik en Nasr Salah ad-Din y un historiador musulmán llamado Baha ad-Din, señaló: “Quien tanto había poseído, sólo dejó al morir cuarenta y siete dirhems y una sola moneda de oro. No dejó casas, muebles, ni pueblos, ni tierras cultivadas o bienes de otra clase”.
El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta.
Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León. Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: “Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal”.
A los 11 años fue consagrado rey de Francia, en Reims. Su madre asumió la regencia durante un período bastante tumultuoso. Varios nobles se sublevaron, pero fueron sometidos finalmente por doña Blanca. A los 21 años de edad, Luis se hizo cargo de su reino.
San Luis fue un excelente legislador. Estableció leyes eficaces para evitar las arbitrariedades tan frecuentes en esa época. Tuvo que combatir, además, con los grandes señores feudales, a quienes derrotó, concertando una paz de diez años. En 1249 sufrió una grave enfermedad y prometió que tomaría la Cruz si se reponía. Cumplió su promesa en 1248 y se embarcó con 40 mil hombres y 2800 caballos hacia Tierra Santa. Capturado por los egipcios en la infructuosa lucha en la desembocadura del Nilo, quedó en libertad luego del pago de un fuerte rescate en dinero. Estuvo aún cuatro años en Palestina, intentando pacificar a los cristianos, cuyas disensiones eran frecuentes, y fortificando las plazas que quedaban en poder de los cruzados.
Volvió a Francia al saber la noticia de la muerte de su madre, en 1254, y fue recibido “con grandes muestras de veneración y amor”. Continuó su obra civilizadora. Se le recuerda, en particular, porque administraba justicia por sí mismo, dos veces por semana. Abolió el duelo y protegió la enseñanza. Favoreció a Roberto Sorbon, quien fundó en París la Facultad de Teología, que se llamó La Sorbona.
En 1267 emprendió la Octava Cruzada, que fue el último esfuerzo de la Europa Cristiana por rescatar el Santo Sepulcro. Mientras ponía sitio a la ciudad de Túnez se declaró una epidemia de peste en el campamento. San Luis se destacó en los cuidados que proporcionaba a los apestados. Uno de sus hijos murió de este mal. Poco después el mismo rey se contagió y pereció en tierra africana. Su cuerpo fue trasladado a Francia y enterrado en el Panteón real de San Dionisio de París. Fue canonizado por Bonifacio VIII en 1298. Uno de los libros que se han escrito en su memoria es el de Antonio de Guzmán, que se llama: “Vida del mayor monarca del mundo, San Luis, rey de Francia”.
Un siglo antes que San Luis había vivido este rey francés, quien nació probablemente en 1121 y a los 16 años de edad se convirtió en monarca de su país. Estuvo casado con Leonor de Aquitania, la que fue, posteriormente, luego de divorciarse del rey galo, esposa del rey Enrique Plantagenet de Inglaterra y madre de Ricardo Corazón de León. Leonor fue, de esta manera, reina de Francia y de Inglaterra, países que estaban envueltos en frecuentes guerras.
Luis VII tomó parte en la Segunda Cruzada, bajo el imperio de los remordimientos por haber incendiado la catedral de Vitry, en una guerra contra el conde Teobaldo de Champaña. En el templo perecieron 1300 vasallos del conde. El rey participó con variada suerte en la campaña contra los sarracenos. Murió en París en 1180.
Godofredo IV de Bouillon, duque de la Baja Lorena, fue uno de los principales caudillos de la Primera Cruzada. Nació en Lorena entre 1058 y 1061. Es una de las figuras más populares de la Edad Media. Es el héroe de la “Jerusalén Libertada”, de Tasso.
Fue un fiel servidor del emperador Enrique IV, por quien combatió en la batalla de Elster contra Rodolfo de Suabia y en la campaña contra Roma. Fue el líder de una parte del ejército cruzado en 1096. Después de una sangrienta lucha con los griegos en enero de 1097, obligó al emperador Alejo de Constantinopla a prestar juramento de fidelidad. Enseguida se distinguió por su valentía en el sitio y la toma de Jerusalén, en 1099. El 22 de julio de ese año fue elegido rey de Jerusalén, pero se negó a recibir ese título: “No quiero ceñir corona de oro donde Jesucristo llevó la de espinas”, y se tituló Barón del Santo Sepulcro.
Estuvo un año en el cargo. Durante este corto reinado Godofredo organizó los nuevos estados y promulgó el código de leyes feudales que se conoce con el nombre de Assises de Jerusalén. Derrotó a los egipcios en Ascalón. El 18 de julio de 1100 murió en la Ciudad Santa.
Boemundo de Tarento era hijo del príncipe normando Roberto Guiscard, de Sicilia, quien guerreó largamente contra el Imperio Bizantino. Boemundo participó en las luchas de su padre y se distinguió en una serie de batallas por su bravura. A la muerto de Roberto Guiscard no pudo ocupar la corona debido a una intriga palaciega que protagonizó su madrastra para entregar el poder a su hermano Roger. Boemundo abandonó sus dominios y emprendió una larga lucha para recuperar lo que consideraba suyo. Al cabo de cuatro años logró obtener el Principado de Tarento. Enseguida se incorporó a la Primera Cruzada, donde desempeñó un papel muy importante. Para algunos historiadores, Boemundo fue el verdadero vencedor de las principales batallas que terminaron con la ocupación de Jerusalén. Era, tal vez, el más capaz de todos los capitanes que participaron en esa empresa.
Boemundo fue uno de los gestores de la victoria de Doryllun y luego dirigió la marcha del ejército cruzado por el Tauro hasta Siria, apoderándose de Antioquía. Aquí se hizo nombrar príncipe de la ciudad.
En el curso de una expedición a la Mesopotamia fue hecho prisionero por el emir Kamschetgin, en 1100. Quedó en libertar dos años después, luego de pagar una crecida suma por el rescate.
De regreso se embarcó en una nueva guerra con el Imperio Bizantino, en una empresa “fantásticamente superior a sus fuerzas”, según los historiadores. La lucha contra el gran imperio, con recursos muy superiores a los suyos, duró dos años. Comprendiendo que era imposible derrotar a su enemigo, el emperador Alejo I se dirigió a Europa. Allí casó con Constanza, hija del rey Felipe I, reunió un ejército y volvió a la carga. Puso sitio a Durazzo, pero al cabo de un largo asedio, infructuoso, terminó por firmar un tratado de paz con el emperador.
Volvió a Italia donde emprendió nuevas aventuras. Murió en 1111, a los 46 años de edad.
Fue el primer emperador latino de Constantinopla, como resultado de las cruzadas. Nació en Valenciennes en 1171, hijo del conde de Flandes. A los 14 años casó con María de Champaña. En 1202 fue designado como uno de los jefes de la Cuarta Cruzada, que no llegó a la Tierra Santa, sino que terminó con el sojuzgamiento del Imperio Bizantino. En 1204 fue proclamado emperador.
Se dice que tenía un carácter poco enérgico y que actuó, además, impolíticamente, al desatar persecuciones religiosas contra los griegos, las que provocaron un levantamiento general. En la conjuración, desatada en 1205, pereció gran número de cristianos. Varias ciudades importantes cayeron en manos de los rebeldes y Filípolis fue sitiada.
El emperador se dirigió en auxilio de la ciudad, pero cayó en manos de sus enemigos, que o derrotaron y lo hicieron prisionero.
Nunca volvió a saberse de él. Hay muchas versiones sobre su suerte. Algunos historiadores creen que pereció en el campo de batalla de Adrianápolis, pero hay pruebas que indicarían que fue vendido como esclavo en Siria. Una tercera versión sostiene que fue asesinado en una prisión búlgara.
Balduino II, sobrino del anterior, fue más tarde emperador de Constantinopla. Perdió la ciudad en 1261, al cabo de prolongadas luchas con los griegos. Peregrinó, después de su derrota, largos años por las cortes europeas en busca de ayuda para recuperar la ciudad, sin éxito. Nació en 1217 y murió en 1272.
Bonifacio II, marqués de Monterrato, fue, igual que Balduino I, uno de los dirigentes de la Cuarta Cruzada. Vivió largos años en Palestina. Fue uno de los señores italianos más fieles al emperador Enrique IV, quien en premio a sus servicios le donó la ciudad de Alejandría en 1193. En el curso de la Cuarta Cruzada se opuso al principio a la conquista de Zara, exigida por los venecianos como parte del precio por conducir a los cruzados a través del Mediterráneo a Siria, negándose a tomar las armas contra otro príncipe cristiano. Más adelante, sin embargo, participó activamente en las guerras que siguieron entre cristianos, romanos y ortodoxos. Después de la derrota del Imperio Bizantino, el marqués tomó para sí la isla de Cadia y las provincias situadas al otro lado del Bósforo. Más tarde cambió esas posesionas por Tesalónica, de la cual se erigió rey.
Bonifacio contrajo matrimonio con Margarita de Hungría, esposa del fallecido emperador Isaac El Ángel, de Constantinopla, y enseguida inició una campaña para apoderarse de Grecia. Tomó Beocia, el Ática y Corinto y capturó al emperador Alejo. Poco después, sin embargo, el marqués cayó en una emboscada preparada por los búlgaros y fue muerto de un lanzazo, en 1207.
El conde de Montfort fue un caudillo galo que nació en 1160 y murió en 1218, víctima de una pedrada mientras participaba en el sitio de Tolouse. Pasó toda su vida “combatiendo a infieles y herejes” y ha sido juzgado muy diversamente por la historia. Para unos fue un “defensor de la fe y paladín de la religión”. Para otros, “un fanático sanguinario y cruel”.
En lo que parece no hay dudas es en cuanto a sus cualidades militares. Desde un puesto relativamente secundario se destacó en la Cuarta y Quinta Cruzada y luego participó en las luchas de religión y dinásticas de su país. Entre las batallas que ganó se recuerdan las de Castelnaudary en 1212 y la de Muret en 1213. En esta última, con fuerzas inferiores, batió al rey de Aragón, Pedro II, quien murió en la batalla, y a los condes de Toulouse y de Foix. Luchó largamente contra el conde Raimundo VI de Toulouse y murió cuando atacaba la ciudad del mismo nombre al frente de su ejército.
El emperador Federico I de Alemania fue descrito como un hombre cortés, instruido, inteligente y valeroso. Pasó gran parte de su vida guerreando contra los Estados italianos y el Papa Alejandro III. En esta última pugna apoyó sucesivamente a tres Antipapas. Sin embargo a los 70 años se reconcilió con la Iglesia y fue uno de los dirigentes de la Tercera Cruzada, que fue encabezada por los monarcas de Alemania, Francia e Inglaterra.
Federico I no alcanzó a llegar al Santo Sepulcro. Murió ahogado en un río cuando dirigía un poderoso ejército, muy bien adiestrado, capaz de batir a los musulmanes, y que se desbandó a raíz de su muerte.
Federico nació en 1123. Era sobrino del emperador Conrado III de Alemania, quien lo nombró su sucesor. Ocupó el cargo desde 1152, a los 29 años de edad. Desde el comienzo de su reinado se aplicó a construir un gran imperio, tarea a la que se dedicó sin descanso durante los próximos 40 años. Después de pacificar su país se dirigió a Italia, que estaba dividida entonces en una serie de ciudades independientes. Asnaldo de Brescia había expulsado al Papa Adriano IV y apoderádose de Roma. Federico lo derrotó, se erigió en rey de Italia y devolvió el trono pontificio a Adriano IV.
Federico volvió a Alemania, nuevamente sacudida por guerras intestinas, y logró restablecer la paz. Al cabo de un tiempo disputó con el papado e invadió otra vez a Italia. El Papa Alejandro II le hizo frente, pero las fuerzas de Federico derrotaron fácilmente a los soldados italianos y entraron a Roma. Federico instaló en la Santa Sede a Pascual III (el segundo de los Antipapas), pero entonces ocurrió un acontecimiento que hizo pensar a la gente de esa época en un milagro. Se desató una terrible peste que diezmó al ejército de Federico Barbarroja. En una sola semana perecieron 25 mil alemanes. Los sobrevivientes huyeron a otras ciudades, donde continuaron siendo víctimas del mal. El emperador, sin embargo, mantuvo su dominio sobre Italia durante los años siguientes y apoyó a un tercer Antipapa, Calixto IV.
En 1189, en el deseo de terminar su vida en forma gloriosa, Federico Barbarroja organizó un gran ejército para participar en la Tercera Cruzada. Derrotó al sultán de Iconium en el Asia Menor, en 1190, pero no pudo seguir adelante. Federico quiso bañarse en las aguas del río Cidno, a pesar de la oposición de sus acompañantes. Mientras estaba sumergido sufrió una apoplejía y fue arrastrado por la corriente.
El corazón y las entrañas del emperador fueron llevados a Tarso, las carnes a Antioquía y los huesos a Tiro.
Nieto de Federico Barbarroja. Después de guerras dinásticas y largas complicaciones fue elegido emperador de Alemania, en 1212, a los 18 años de edad. En junio de 1228 partió en la Sexta Cruzada, donde, por medio de negociaciones diplomáticas, obtuvo que el sultán Malek-al-Kamil restituyera los lugares sagrados. De esta manera, sin derramamiento de sangre, logró éxito en una empresa en que habían fracasado los cruzados durante cincuenta años. Federico II fue excomulgado en una oportunidad y acusado varias veces de ateo y librepensador, pero fue, al mismo tiempo, enconado perseguidor de la herejía en su país. Llegó a aplicar penas gravísimas, como la muerte, la prisión perpetua y la confiscación total de los bienes a los acusados de herejía. Un pueblo alemán que se negó a pagar el diezmo a la Iglesia fue completamente destruido por orden del emperador y gran parte de los habitantes exterminados.
A pesar de estas demostraciones de ferocidad, Federico II fue un notable gobernante que llevó la prosperidad y el bienestar a su país durante un largo período.
Nacido en 1194, murió en 1250, dejando tras él una verdadera leyenda, hasta tal punto que, después, hubo varios impostores que se hicieron pasar por un Federico “resucitado”.
Felipe II de Francia ocupa con Ricardo Corazón de León y Federico Barbarroja un lugar predominante en la III Cruzada. Cuando contaba con 14 años de edad, en 1179, fue proclamado rey de Francia. Poco después se encontró en lucha con el conde de Flandes, nombrado regente. A pesar de sus cortos años actuó con gran sagacidad y energía y rápidamente se deshizo de sus enemigos. Robustecido por la popularidad, se propuso la tarea de recuperar los territorios que estaban en manos de los ingleses, y, mediante intrigas diplomáticas, consiguió que los dos hijos del rey británico, Ricardo y Juan sin Tierra, se volvieran contra el padre.
Felipe II acompañó a Ricardo Corazón de León a Tierra Santa, pero poco después de la toma de San Juan de Acre emprendió solo el regreso para aprovecharse de la ausencia de Ricardo, que entonces ya era rey. Después de una larga guerra, Felipe II consiguió aumentar el patrimonio heredado de su padre, agregando Normandía, Anjou, Turena y muchos otros territorios. Preparó la unidad de Francia.
Se le describe como un hombre valeroso, aficionado a los placeres de la buena mesa y un político muy hábil. Era, también, doble, suspicaz y cruel.
Nació en París en 1165 y murió en Nantes en 1223. Fue hijo de Luis VII y de Adela de Champaña y padre del rey Luis VIII.
Nació a mediados del siglo XI en Amiens. Peleó en las guerras de Flandes. A los 20 años, alrededor de 1070, contrajo matrimonio con Ana de Roussi, quien falleció muy pronto. Pedro se retiró entonces a una ermita.
Según la leyenda, Pedro, después de haber ido a Tierra Santa, comenzó a recorrer Europa predicando la necesidad de recuperar el Santo Sepulcro. Montado en una mula y vestido con un viejo hábito recorrió toda Francia y gran parte de Europa. Hablaba en forma muy elocuente y sus palabras conmovían a las multitudes, que poco a poco se reunieron en torno a él. Una gran muchedumbre lo siguió a Tierra Santa. La mayoría de sus seguidores pereció en la aventura. Pedro el Ermitaño estaba dotado de muy pocas virtudes militares. Se dice que volvió a Francia y fundó un monasterio en Neufmoutier, donde murió en julio de 1115.