CUARTA CRUZADA. DONDE LOS SANTOS SEPULCROS NADA TIENEN QUE VER

Organizada por Inocencio III, escapó de su control y se transformó en una vandálica conquista de Constantinopla, en donde se cometieron toda suerte de depredaciones.

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n 1198 fue investido Sumo Pontífice de la Iglesia Inocencio III, cuyo talento político no ha sido igualado tal vez por Papa alguno. Con una energía que no se arredraba ante nada ni nadie, Inocencio III logró reforzar el poder de roma, reduciendo a la impotencia a cuantos se oponían a él. Jurista de excepción, aplicó los principios del absolutismo romano a las relaciones entre el Papado y los soberanos de los Estados católicos. Expulsados los alemanes de los Estados Pontificios, hizo de éstos una especie de reino independiente. Y en la lucha por el trono de Alemania supo intervenir con tanta destreza diplomática, que hizo triunfar a su candidato, Otón IV. Pero cuando Otón dejo de serle adicto, no trepidó en intervenir de nuevo, consiguiendo que proclamaran rey de Alemania a su pupilo Federico II, en 1212. Asimismo, casi todos los monarcas europeos se reconocieron sus vasallos y obedecieron sus órdenes, como los de Portugal, Aragón, Inglaterra, Irlanda, Suecia, Noruega y norte de Italia. De este modo la corona imperial ya no sería un feudo pontificio, sino que el Papa tendría sobre su cabeza la plenitud tanto del poder espiritual como del temporal.

Sin embargo, pese a su clarividencia política, Inocencio II no dejó de cometer algunos errores de monta. Uno de ellos fue promover la Cuarta Cruzada. Desde que ocupó el trono pontificio, convencido del valor inmenso de su autoridad, pensó y creyó un deber repetir las expediciones de la cristiandad contra el mundo mahometano. No estudió la situación de los Estados musulmanes, ni apreció la diferencia que en cuanto a poder militar existía comparado con la época de la Primera Cruzada, la única que, a la postre, había tenido éxito. Tampoco consideró el efecto político que tendría la predicación de una nueva cruzada en la Europa católica; el debilitamiento del feudalismo, que ya estaba en decadencia, lo que significaba el robustecimiento del poder monárquico, que, tarde o temprano, a pesar de su actual sumisión al Papa, tendría que chocar con la autoridad teocrática.

DESVIACIONES DE LAS CRUZADAS

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a Cuarta Cruzada, que tendría como caudillos, entre otros, a Balduino, conde de Flandes; Simón de Montfort y Bonifacio de Monferrato, comenzó a ser predicada en 1202 por un ejército de predicadores populares. Éstos fueron encabezados por un cura llamado Fulco de Neuilly, quien recibió autorización directa del Papa para dirigir el enrolamiento de los cruzados. Sin embargo, sólo los franceses acudieron a tomar la cruz, en una empresa que resultaría muy distinta a las anteriores expediciones a Oriente. Esta vez se hizo menos hincapié en los sentimientos religiosos de los oyentes en su codicia. Los bajos instintos de los aventureros puestos al servicio de una misión religiosa eran también compartidos por sus jefes. Es así como la cruzada tomó un giro imprevisto por Inocencio III, al transformarse en una lucha político-comercial, controlada por Venecia, la opulenta república de mercaderes que se asentaba en las lagunas septentrionales de la desembocadura del Po.

A mediados del siglo IX, Venecia había sacudido el dominio del Imperio Romano de Oriente. Los asuntos políticos de esta república estaban confiados a un “dux”, elegido y asistido por el Consejo de los Diez. Tras su liberación de los bizantinos, los venecianos decidieron expulsarlos del Adriático. Con este fin construyeron una gran flota. Hacia el año 1000, Venecia se convertía en la mayor potencia marítima del Mediterráneo. “La reina del Adriático”, como la llamaban los venecianos, pretendía la hegemonía de este mar y transformarse en el principal intermediario entre Occidente y Oriente. Después de la Primera Cruzada habían sido naves venecianas las que aseguraron el traslado de los peregrinos cristianos a Tierra Santa, y ello les reportó pingües ingresos. El cronista de la época Godofredo de Villehardouin señala:

“La flota que los venecianos habían aparejado fue tan rica y tan bella, que nunca cristiano alguno vio cosa más bella ni más rica en naves y galeras”.

A fines del siglo XII el comercio veneciano fue entorpecido por el emperador bizantino. Con calculada astucia, el dux Enrique Dándolo y el Consejo de los Diez lograron arrastrar a los cruzados al servicio de sus intereses. Como la casi totalidad de los participantes de la Cuarta Cruzada eran franceses, por razones de proximidad geográfica éstos se concentraron en Venecia y resolvieron trasladarse a Oriente en naves de esta república, con cuyo dux contrataron el transporte. Mediante crecida retribución, la ciudad se comprometió entonces a alimentarlos y trasladarlos a Egipto, donde “atacarían al león en su madriguera”.

Pero aconteció que los cruzados se encontraron con que no podían pagar los subidos gastos de viaje, por habérseles agotado sus recursos. De esta circunstancia, Enrique Dándolo se aprovechó para invitarlos a que le ayudaran a conquistar para Venecia la isla de Zara, ciudad cristiana frente a las costas de Iliria, pagando en esta forma la suma que faltaba para cancelar el transporte a Oriente. Los guerreros franceses aceptaron la proposición e invadieron la isla, rindiéndola y entregándola a los comerciantes venecianos, los cuales pasaron a dominar así en todo el mar Adriático.

Los cruzados se habían allanado a participar en esta empresa, a pesar de la indignación de Inocencio III ante el hecho de que los hombre que iban a combatir por Cristo empezaban inicuamente por derramar sangre cristiana. Sin embargo, las censuras papales fueron, en la práctica, débiles, ya que se concretaron a excomulgar sólo a los venecianos y no a los jefes cristianos.

Pero este lamentable episodio sólo fue el inicio de la desvirtuación en sus fines que sufriría la Cuarta Cruzada. Al campamento de los cruzados, frente a Zara, llegó el príncipe Alejo, hijo del emperador de Bizancio, Isaac el Ángel, el cual había sido destronado, cegado y encarcelado por un usurpador, que no era otro que el propio hermano del monarca, Nicolás. Alejo propuso a los cruzados un ataque a Constantinopla, para restaurar en el poder a su padre. Se comprometía a paga cuantiosas sumas de dinero — 200 mil marcos para financiar los gastos a la expedición a Egipto —, unir a las dos Iglesias cristianas y emprender con las fuerzas bizantinas la guerra contra el Islam.

En el hecho, estaban comprometidos en esta nueva desviación del objetivo de las cruzadas poderosos intereses económicos de los venecianos. Se trataba de obtener el monopolio del comercio con Bizancio, desplazando a los genoveses, que habían expulsado de allí a sus rivales. En efecto, Génova había sabido aprovechar a fondo la ocasión que le ofrecieron las cruzadas, al menos en el condado de Trípoli y en el principado de Antioquía, pues eran dueños de toda la ciudad y puerto de Gibelet, de un barrio de Leodicea e incluso de una factoría en Antioquía.

Comprendiendo las ventajas que para Venecia significaba semejante acuerdo con Alejo, Enrique Dándolo supo ganarse las anuencia de los cruzados, bajo la condición de que, una vez restaurado Isaac, proseguiría la cruzada contra Egipto. Así se concluyó un tratado sobre la conquista de Constantinopla, y el 3 de abril de 1203 los cruzados partieron hacia Oriente.

EL SAQUEO DE CONSTANTINOPLA

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nocencio III comprendió claramente el peligro inmenso que esta nueva aventura encerraba para la cristiandad, pero se encontró ante un hecho consumado e inevitable: había puesto en movimiento una potente fuerza, que ya no podía controlar. El poco espíritu religioso que animaba aun a los cruzados estaba dominado por el interés político y económico de sus jefes. Una abierta condenación significaba la ruptura con los poderes temporales, lo que podía producir funestos resultados para la Iglesia. Es así como el Papa se limitó sólo a formular severas advertencias, las cuales no fueron tomadas en cuenta por los cruzados, quienes continuaron su marcha hacia Constantinopla.

La ciudad fortificada a orillas del Bósforo, cuyos defensores habían logrado rechazar hasta entonces a todos los asaltantes, estaba por aquella época muy debilitada a causa de las luchas partidistas que la consumían. Tras muchas disputas y complicaciones, Constantinopla fue tomada por asalto por los occidentales, el 13 de abril de 1204, fecha luctuosa en los anales de la civilización. Hasta entonces, las obras maestras del arte griego habían hallado refugio en Bizancio, pero ahora la furia destructora de los asaltantes se ensañó con aquellas bellezas únicas e insustituibles. Las estatuas de bronce fueron convertidas en monedas y, por puro vandalismo, las de piedra, entre las que se hallan las de Lísipo, Fidias y Praxíteles, fueron hechas añicos y arrojadas al mar.

Los ávidos cruzados no respetaron nada, y durante tres días de desenfrenado pillaje, mientras algunos se abalanzaban sobre santuarios y palacios apoderándose de sus tesoros, otros se dedicaron a violar monjas y mujeres de la nobleza. Para mayor desdicha, se declaró un incendio, que redujo a cenizas casi media ciudad. “El botín conseguido fue tan grande — escribe Villehardouin —, que no podía columbrarse el fin del mismo... Nunca, desde que el mundo fue creado, se consiguió obtener tanta riqueza de una sola ciudad.

EL FUGAZ IMPERIO LATINO

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saac el Ángel fue liberado de su prisión, y los cruzados proclamaron emperador de Constantinopla a su hijo, Alejo IV. Pero muy pronto estalló la discordia, al no poder el nuevo gobierno cumplir con sus compromisos económicos con los cruzados, quienes atacaron nuevamente Constantinopla y fundaron un Estado feudal al que llamaron Imperio Latino, integrado por un pequeño núcleo de territorios con capital Bizancio.

Por su parte, los venecianos se adueñaron de casi media Constantinopla, con Santa Sofía, e instalaron allí un podestá, cuya autoridad fue el contrapeso de la del emperador latino. Los venecianos, antes de ocupar vastos territorios, prefirieron instalar factorías en los puntos estratégicos para el comercio marítimo: Durazzo en el Epiro; las islas de la costa jónica, Cefalonia y Zante; los puertos de Modón y Corón, en la punta de Morea; Creta, las Cícladas y Eubea, jalones en el mar Egeo; Gallípoli, en los Dardanelos, Pánium, Rodosto y Heraclea, en el mar de Mármara, jalones hacia el mar Negro.

El llamado Imperio Latino de Constantinopla fue de corta duración. Sus primeros soberanos fueron Balduino I (1204-1205), que ostentaba, como conde de Flandes, el nombre de Balduino IX; su hermano Enrique (1206-1216); su cuñado, Pedro de Courtenay (1217), y su hermana Yolanda (1217-1219). Este fugaz Imperio Latino fue disuelto, finalmente, en 1261, por Miguel Paleólogo, príncipe de Nicea. En esta ciudad se habían mantenido independientes los bizantinos, y su victoria les permitió restaurar el desaparecido Imperio Romano de Oriente. Sin embargo, éste ya no fue más que una sombra del pasado. La vanguardia más sólida de la cristiandad contra el Islam había perdido para siempre su poderío, mientras en Siria sólo quedaban algunas colonias disminuidas de cristianos.

La última dinastía de Bizancio, la de los Paleólogos, gobernó un Estado incapaz de hacer frente al poder en ascenso de los turcos otomanos, dueños ya de gran parte del Asia Menor. Así, pues la caída definitiva de Constantinopla era sólo cuestión de tiempo. Su único salvación, que habría estado en una alianza con Roma, era ya imposible después de la Cuarta Cruzada. Ésta, con sus abusos, agudizó un odio bizantino hacia Occidente, más allá de todo límite.

En síntesis, la Cuarta Cruzada o “Cruzada Latina”, como también se la llama, no había tenido otro resultado que dar un golpe mortal al ya débil Imperio Bizantino, el más fuerte baluarte de los cristianos en Oriente. Inocencio III volcó todo su desencanto por el fracaso de la cruzada y su desviación hacia objetivos nada cristianos, fulminando en una bula condenatoria a aquellos cristianos que, olvidándose de su misión espiritual, se habían dejado arrastrar por bajos apetitos materiales. No obstante, sin poder desprenderse de su antipatía hacia los cismáticos de Oriente, el Papa terminaba diciendo que “estos tristes sucesos indicaban que la mano de Dios castigaba a los griegos separados de la única verdadera Iglesia”.

LAS CRUZADAS DE LOS NIÑOS

Una descabellada empresa mística que finalizó en el más absoluto fracaso y, lo que es peor, con la muerte de miles de pequeños alentados del más extraordinario e inconsecuente fervor.

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ecenas de miles de niños, provenientes de Francia y Alemania, participaron en las cruzadas infantiles ocurridas en 1212. Pobres, sin armas, en abigarrada procesión, desfilaron por los caminos y aldeas de la Europa medieval para tratar de conseguir lo que no habían obtenido sus mayores: la conquista del Santo Sepulcro. Casi todos murieron en el continente y unos pocos que lograron atravesar el Mediterráneo y desembarcar en territorio sarraceno sufrieron una suerte igualmente desdichada.

La Cruzada de los Niños produjo impacto entre los contemporáneos de la Europa cristiana. Numerosos cronistas consignan el paso de los niños y la reacción, no siempre benévola, que hallaron durante su marcha. Algunos de ellos hablan del fenómeno como de una sola cruzada, pero los modernos historiadores coinciden en señalar que se trató de varios movimientos simultáneos, que se unieron en dos grandes expediciones, la francesa y la alemana, y cuya patética trayectoria puede relatarse separadamente.

“No hay apenas en la Edad Media, salvo sin duda el caso de Juana de Arco, una serie de hechos en que la historia se revele tan impregnada de mito, y en que el mito parezca también recubrir la historia por completo, como esas cruzadas infantiles que conmovieron a la cristiandad occidental durante el año 1212 tan profundamente, que los cronistas que omiten referirse a la Cuarta Cruzada hablan de esas pérdidas misteriosas”, dice el historiador francés Paul Alphandéry.

Una de las referencias más antiguas con que se cuenta es una crónica francesa:

“En el mes de junio, un niño pastor llamado Esteban, que era del pueblo denominado Cloyes, decía que el Señor se le había aparecido en la figura de un pobre peregrino. Después de haber aceptado de él el pan, le dio unas cartas dirigidas al rey de Francia. Esteban se dirigió donde el monarca, acompañado por otros pastores de su edad. Poco a poco se formó en torno suyo una gran multitud, procedente de todas las Galias, demás de treinta mil personas”.

Todos los testimonios coinciden en que se trataba de niños pobres, pastorcillos o hijos de los aldeanos. Durante el camino se le unían miles y miles de personas. Poco a poco se agregaban los adultos: criados y criadas, campesinos, siervos, artesanos, pobres habitantes de las villas.

El rey de Francia, Luis VIII, no aprueba la aventura. Después de consultar a los maestros de la Universidad de París, ordena disolver las falanges infantiles.

Una parte obedece, pero la mayoría se reorganiza y prosigue la peregrinación.

A medida que progresa la marcha, los niños se organizan en grupos, encabezados por estandartes. No llevan alimentos, ropas ni dinero, y viven apenas de la limosna que les entregan los vecinos de las villas y ciudades por donde cruzan en su marcha iluminada hacia el Santo Sepulcro.

Cuando se les pregunta hacia dónde dirigen, contesta:

“Hacia Dios”.

En general, la Iglesia parece haberse opuesto a esta peregrinación. Los “Annales Marbacenses” dicen: “Como generalmente somos de una gran credulidad para tales novedades, muchos creyeron que esto procedía no de ligereza de espíritu, sino de devoción e inspiración divina. Les ayudaban, entonces, a sus gastos y les proveían de alimentos y de todo lo que era necesario. Los clérigos y algunos otros cuyo espíritu era más cuerdo, estimando este viaje vano e inútil, se declaraban en contra, a lo que los seglares se resistían con violencia, diciendo que su incredulidad y su oposición procedían de su avaricia más que de la verdad y la justicia”.

Durante la marcha se consignan numerosos otros testimonios que hablan de conmoción y de las disensiones que provocaba el paso de los animosos peregrinos por las ciudades francesas. En San Quintín se registró un hecho curioso, cuando una sentencia arbitral castigó por igual al Cabildo y a los burgueses. A los últimos por haber querido prestar ayuda a los peregrinos quitando los bienes a los canónigos, y al primero, por haberlo evitado.

A pesar de las penalidades de la larga caminata, del hambre, de las enfermedades y, en algunos casos, de la hostilidad pública, una parte importante de estos pequeños cruzados franceses logró arribar al puerto de Marsella.

Allí llegaron a un acuerdo con dos armadores que prometieron llevarlos a Siria. Miles de ellos se embarcaron en siete grandes bajeles. A los pocos días fueron sorprendidos por una furiosa tempestad y dos de las embarcaciones naufragaron cerca de la isla de Cerdeña, en la roca denominada Reclus. Todos los pasajeros se ahogaron.

Los cinco navíos restantes llegaron a Alejandría y Bujía. Allí los dos armadores, traicionando a los niños, los vendieron a los mercaderes y a los jefes sarracenos como esclavos.

Según Alberico de Troyes, que relata el fin de esta patética aventura, 400 de los pequeños cruzados fueron comprados por el califa.

Otro relato de la época dice que en 1230, es decir, dieciocho años después de la Cruzada de los Niños, Maschemuc de Alejandría “conservaba aún 700 que ya no eran niños, sino hombres en toda la plenitud de la edad”.

A los que quedaron en Marsella y otros que se desperdigaron durante la caminata, el Papa les ordenó que recibieran la cruz, pero que esperaran atravesar el mar y combatir contra los sarracenos cuando tuvieran la edad suficiente.

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el pastor Esteban, que inició este vasto movimiento de los niños, hay pocas referencias concretas. Se sabe que casi inmediatamente después de aparecer con el mensaje que le “ordenaba” dirigirse a Jerusalén para recuperar el Santo Sepulcro, se vio rodeado por la fe y la adhesión de miles de otros niños y, luego, por adultos que se agregaban a la extraordinaria caravana.

Algunos de sus contemporáneos le atribuían milagros. Se le llamaba el pequeño profeta y el niño milagroso. Un cronista lo describe sobre una carreta adornada con alfombras, rodeado por una muchedumbre de grandes y pequeños adictos, que caminaban cantando himnos religiosos y enarbolando estandartes.

Al mismo tiempo, otros niños, arrastrados por el ejemplo, comenzaron igualmente a predicar en los pueblo franceses y a reunir otros pequeños ejércitos de inocentes.

Nada detiene a estos muchachos que abandonaban todo y arrostran cantando los mayores peligros y penalidades, arrastrados por una suerte de mística vorágine hacia su desdichado destino final.

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n el mismo año se produjo el mismo fenómeno colectivo en Alemania:

“Apareció un niño, cuenta un cronista, Nicolás de nombre, que reunió en torno suyo a una multitud de niños y de mujeres. Afirmaba que por orden de un ángel debía dirigirse con ellos a Jerusalén para liberar la cruz del Señor, y que el mar, como en otro tiempo al pueblo israelita, les permitiría atravesarlo a pie enjuto.”

Otro cronista dice que Nicolás llevaba una cruz sobre sí “que debía ser en él señal de santidad y de poder milagroso; no era fácil reconocer cómo estaba hecha, ni de qué metal”.

La gente hablaba sobre el poder milagroso de este niño y se unía a la caravana. Poco a poco, como en el caso de Esteban de Cloyes, una gran multitud se puso en marcha y atravesó la mitad de Europa hacia Génova, donde esperaban embarcarse.

Pero sólo una parte del grupo original llegó, en realidad, a la costa italiana.

En la primera parte del camino el paso de esta tropa irreflexiva suscitó oleadas de emoción y sentimiento popular. Se les socorría con gran liberalidad. Las ciudades a veces los esperaban para alimentarlos y hacían colectas para ayudarlos en la prosecución de su peligrosa ruta. Hubo también reacciones de violencia contra el clero, que trató de oponerse a esta marcha infantil hacia el Santo Sepulcro.

La hueste estaba integrada por niños de ambos sexos y, poco a poco, tal como ocurrió en el caso de la marcha de los infantes franceses, se agregaron personas mayores, sobre todo criados, criadas y campesinos. Se trata de un fenómeno que ocurrió frecuentemente en las cruzadas y que sería muy difícil de explicar hoy. La gente sencillamente dejaba sus ocupaciones, su familia, su vida común y corriente y tomaba la cruz, por lo general para ir a sufrir una suerte dura en tierras extranjeras.

Se había extendido, además, la firme convicción de que los niños conseguirían aquello en que habían fracasado sus mayores. Se trataba de una creencia absolutamente irracional, pero que quedó estampada incluso en las poesías populares:

“Nicolás, servidor de Dios, parte para la Tierra Santa.

Con los Inocentes él entrará en Jerusalén.”

Los niños alemanes que partieron de Colonia parecen haber seguido la ruta que va hacia Maguncia, Spira, Colmar, toda la orilla izquierda del Rin y los Alpes, para entrar en la Italia del norte.

En esta etapa del viaje el recibimiento no fue nada de amistoso. Numerosas pruebas habían caído ya sobre los niños, obligados a soportar sucesivamente el hambre, la sed, el calor y el frío. Unos pocos de ellos regresaron y otros murieron en la ruta.

Pero el empeñoso ejército de niños, sin embargo, seguía adelante.

Las poblaciones de la Italia del norte se mostraron, en general, hostiles a esta marcha. Muchos niños fueron capturados por los montañeses y convertidos en sirvientes. Otros fueron despojados de lo poco que llevaban.

La partida, muy disminuida, pero, a pesar de todo, compuesta por una siete mil personas, niños y adultos, encabezados por Nicolás, llegó a Génova. Los habitantes de la ciudad ordenaron, sin embargo, a los peregrinos que abandonaran inmediatamente el lugar.

Los motivos de la medida: “Porque estimaban, dice un cronista, que ellos se dejaban llevar más bien por la ligereza de su espíritu que por la necesidad”.

Había otros motivos más materiales. Se temía que el aumento súbito de la población fuera un motivo de encarecimiento del pan, en una ciudad con un abastecimiento alimenticio limitado. Creían, asimismo, los genoveses, que la multitud de peregrinos podía ser origen de disturbios. Por último, había un motivo de alta política, esgrimido por los notables. El emperador alemán estaba en pugna con el Papa, y los genoveses, en esta contienda, se ponían del lado de la Iglesia.

Fue un momento terrible para los miles de pequeños cruzados, que habían conseguido llegar hasta la costa luego de tremendas penalidades.

La multitud, desanimada, se dispersó. Un grupo logró llegar a Roma, donde “se convencieron de su fervor inútil. Hubieron de reconocer que ninguna autoridad los sostenía”, como dice un historiador. “Comprometidos por su voto de cruzada, no podían ser relevados del cumplimiento del mismo, salvo los niños, que no habían alcanzado la edad de la discreción, y para ayudarles no encontraban a nadie, como no fuera por parte del Papa, que las señales de la más completa desaprobación. Habían cedido al impulso del milagro y según parece ya había pasado la edad del milagro”.

El regreso fue lamentable. En los “Annales Marbacenses” se dice que “volvieron hambrientos y descalzos, uno a uno y en silencio”.

Frustrada la “gran esperanza”, ya nadie les daba nada. Por el contrario, eran recibidos con hostilidad en todas partes. A fines de año, en el invierno, volvieron a atravesar los Alpes. Apenas unos pocos pudieron sobrevivir a esta última prueba, a través de los senderos intransitables, la nieve, la escarcha y el frío.

Otros pocos, demasiados desanimados para volver a su patria, se quedaron en las ciudades italianas, acampando en las plazas o los alrededores.

Los mismos “Annales” señalaban que ”una gran parte de ellos yacían muertos de hambre en las ciudades, en las plazas públicas, y nadie los enterraba”.

La población sedentaria se volvió abiertamente ahora en contra de ellos. Lo que al principio fue visto como una anarquía mística, la presencia en este ejército de muchachos y muchachas ahora se veía como una señal de deshonestidad y licencia.

Por otra parte, parece indudable que a las tropas de niños se unió un cierto número de gente indeseable, mujeres de mal vivir y hasta delincuentes comunes, cuya presencia, entre o detrás de los destacamentos infantiles, acabó por dar el golpe de muerte a este extraordinario movimiento que en su oportunidad emocionó y conmovió a toda Europa.

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lphonse Dupront ha tratado de explicar este movimiento casi misterioso. En primer lugar, ¿qué pensaron los contemporáneos?

“Todos notan, en su lengua asombrada, el prodigio: “Esta cosa inaudita en el curso de los siglos...” El prodigio es sensible a todos. Todos se asombran. Pero este asombro no es más que muy rara vez admiración y simpatía. El prodigio no es el milagro. Únicamente Alberico de Troyes hablará de “esta expedición milagrosamente llevada a cabo”. Richter de Sénones es el único que se apiada del desastre de estas tropas de niños y deja oír, al evocarlas, las lamentaciones de Jeremías: “Los niños han pedido pan y no ha habido persona que se los dé”.

El redactor de la Crónica de San Medarno de Soissons escribe: “Algunos afirman que antes de producirse esa extraña partida de niños, cada diez años los peces, las ranas, las mariposas, los pájaros, habían partido de la misma manera, cada uno según el orden y la estación de su especie”.

Dice Dupront:

“La historia, por lo demás, se muestra poco preocupada por explicar el fenómeno singular de las expediciones infantiles. Los historiadores que han presentido su originalidad observan inmediatamente lo extraordinario que hay en ellas al compararlas, sin más, a las procesiones generales, ordenadas por Inocencio III en 1212, para obtener del cielo la paz de la Iglesia universal y el éxito de los ejércitos cristianos contra los sarracenos de España. Todos, sin excepción, están invitados a unirse en la procesión, sin que nadie pueda excusarse”. Levantamiento en masa que no puede menos que emocionar a los espíritus en que las procesiones celebraban.

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os vías de explicación pueden permitir aclarar la significación histórica de estas partidas. Una completamente externa; en efecto, esas procesiones infantiles no son en la historia de la Edad Media una singularidad sin precedente; desde hace menos de un siglo se desarrolla en el país normando, en particular la “Cruzada Monumental” de los penitentes constructores, que, arrastrando pesadas carretas cargadas de herramientas, de piedras y de morteros marchan para ayudar a levantar o  a restaurar no pocos lugares del culto de la religión de Chartres o de Caen, y al atravesar un río se detienen junto con sus carros, se ponen en oración y pasan, si no a pie enjuto, al menos vadeando...

Algunas de estas piadosas procesiones estaban compuestas de elementos diversos: hombres, mujeres y niños, pero otras lo estaban únicamente de niños, y nada se asemeja más a las cruzadas infantiles que estas columnas de jóvenes penitentes que llegan, desafiando los riesgos del camino, con cirios y estandartes al frente, entonando cánticos.

Haimon de Saint-Pierre-sur-Dive, que ha descrito en su abadía la obra de los penitentes constructores, nos descubre detalles sorprendentes. En primer lugar, el hecho de que los niños se flagelaran, invocando la piedad de la Virgen para los enfermos.

Los jóvenes penitentes de Saint-Pierre-sur-Dive, que muestran la sangre de sus hombros desgarrados ante el altar de los Inocentes, se comparan con las huestes infantiles que sucumbieron bajo los golpes de los soldados de Herodes y las cruzadas infantiles llevan la marca constante de esta identificación. Cuando el Papa Gregorio IX erige una capilla en la isla de San Pietro, en la costa de Cerdeña, cerca del lugar donde se destrozaron los navíos de los armadores marselleses cargados de peregrinos infantiles, la dedica a “los nuevos Inocentes”.

¿Rito litúrgico o rito de sacrificio? Como los Inocentes de la Natividad, los niños se ofrecen como primeras víctimas. “Lo que quiera Dios hacer de nosotros, lo aceptaremos con toda alegría”. Claramente el canto de marcha celebrará la redención por medio de la sangre. El sacrificio de los niños se ofrece por la salvación de la cristiandad entera.

Dupront dice también:

“Si bien hay en la Cruzada de los Niños una manifestación de sacrificio, el espíritu pasivo de población no parece, sin embargo, prevalecer. Por el contrario, Nicolás lleva la cruz de la victoria; esos niños quieren la victoria, así como saben que no depende más que del milagro, el de su cruzada misma. Jerusalén ha sucumbido por los pecados de los grandes y de los orgullosos. La reconquista de los Santos Lugares no puede esperarse ya más que del milagro, y el milagro no puede producirse ya más que en favor de los más puros: de los niños y de los pobres”.

En conclusión, para Dupront, por medio de los niños y de su sacrificio, “se logra la renovación de la idea de la cruzada y, con más seguridad aún, su continuidad”.

   

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