La mística que San Bernardo imprimió a los ejércitos cruzados de Luis
VII y Conrado III no los libró de la severa derrota.
El advenimiento de las órdenes de caballería en el oriente.
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os héroes de la Primera Cruzada, que habían mostrado un valor inaudito en los combates, fueron débiles en la victoria. Apasionados y grandiosos, tanto en sus pecados como en sus arrepentimientos, más que en guardianes del tesoro más preciado de la cristiandad se constituyeron en verdaderos señores feudales trasplantados a Tierra Santa. Sin embargo, aunque sus guerras fueron violentas, el régimen implantado por los cruzados en las regiones que dominaron fue mucho más tolerante de lo que podría imaginarse. La idea racista era ajena el hombre medieval: combatía al musulmán, pero le consideraba su igual. Foucher de Chartres confesaba:
“Somos
occidentales y nos hemos transformado en habitantes de Oriente. El italiano o
el francés de ayer se ha convertido en galileo o palestino. El oriundo de Reims
o de Chartres se ha transformado en sirio o en ciudadano de Antioquía. Nos
hemos olvidado ya de nuestro país de origen: aquí posee ya cada uno casa y
criados con tanta naturalidad como si estuviera por inmemorial derecho de
herencia en el país. Algunos han tomado ya por mujer a una siria, o a una
armenia, a veces incluso una sarracena bautizada; otros habitan con toda una
familia indígena. Nos servimos, según los casos de todos los idiomas del país.”
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ese a su arraigamiento en tierras de Oriente, la situación de los cristianos en aquellas regiones distaba mucho de ser segura. El reino de Jerusalén debió su existencia más que nada a las disensiones que debilitaban al Islam. Pero, con todo, aquel reducido estado cristiano se habría perdido rápidamente de no obtener mejores defensores que aquellos conquistadores débiles y corrompidos. Y estos eficaces defensores no fueron otros que los caballeros de las órdenes religioso-militares, constituidas por monjes guerreros.
Desde los primeros años del siglo XI funcionaba en Jerusalén el Hospital de San Juan Bautista, albergue y lazareto encargado de dar acogida a los peregrinos pobres o enfermos. Esta fundación sugirió a Hugo de Payen la idea de organizar un cuerpo de caballeros encargados de la protección de los peregrinos en su ruta hacia la Ciudad Santa. Durante el reinado de Balduino II (1118-1131) se otorgó a estos caballeros alojamiento en las proximidades del Templo de Salomón, siendo conocidos con el nombre de “caballeros del Templo o templarios”. Este fue el origen de las órdenes sagradas de caballería, que muy pronto se convirtieron en el elemento militar más importante del reino de Jerusalén.
Los templarios, tras hacer votos de pobreza, castidad y obediencia, y comprometerse a defender el Santo Sepulcro y a los peregrinos por las armas, cobraron un extraordinario auge. Gracias a las donaciones de príncipes y particulares esta comunidad se extendió rápidamente hasta llegar a contar con 20 mil esforzados caballeros. La Orden - a pesar de los votos de pobreza - adquirió cuantiosos bienes, no sólo en Palestina, sino también en la mayoría de los países de Occidente, contándose en millones sus rentas anuales. Con los negocios de Oriente practicados en gran escala y con sus actividades navieras, los templarios incrementaron aún más sus capitales, llegando a figurar entre los banqueros más importantes de su tiempo.
Del Hospital de San Juan Bautista — inspirador de la idea de las órdenes de caballería — surgió otra comunidad de monjes guerreros, igualmente rica y poderosa: la de los Caballeros del Hospital o Juanistas, también llamada Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Los caballeros de San Juan se distinguieron por erigir muchos castillos para proteger a los cristianos de Siria. Más adelante, nacerían otras órdenes monásticas en Tierra Santa, la más importante de las cuales fue la de los Caballeros Teutónicos, creada para asistir a los peregrinos alemanes.
Para los cristianos de Tierra Santa, las enérgicas medidas de seguridad representadas por la institución de las órdenes de caballería, llegaron en un momento muy oportuno, pues había surgido un peligroso enemigo en la secta de los “haxixin” — de donde proviene el vocablo “asesino” — fundada por un jefe musulmán. La misión de ésta era desembarazarse de los enemigos del Islam a base de atentados individuales. Uno de sus jefes más temibles, conocido por los cristianos como el “Viejo de la Montaña”, residía en una inaccesible cueva rocosa cerca de Antioquía. Se cuenta que drogaba a sus fieles, los cuales se sentían trasladados a una especie de edén delicioso, donde podían entregarse a todos los placeres sensuales. Después se les drogaba de nuevo y volvían a su vida normal. Entonces se les afianzaba la convicción de que habían estado en el paraíso y se mostraban dispuestos a todo, con la esperanza de poder gustar otra vez, y para siempre, los goces del Paraíso de Alá. Naturalmente que los méritos para conseguir esta recompensa se hacían a costa de intensificar los atentados terroristas contra los cristianos.
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edio siglo después de la Primera Cruzada, los cristianos de Siria comenzaron a tener graves dificultades. El establecimiento del régimen feudal tuvo para los cruzados funestas consecuencias, pues al debilitarse los señoríos en luchas intestinas por el dominio de las tierras hicieron posible la reacción musulmana. La división existente entre los emires concluyó en 1127, cuando Imad ed-Din Zangi, “atabeg” de Mosul, inició el establecimiento de su dominio personal en Siria. Los sarracenos comenzaron a arrebatar a los occidentales un territorio tras otro. Hacia 1130 se habían hecho ya dueños de Hama y de Alepo, y el día de Navidad de 114 conquistaban Edesa.
En la Europa Occidental la caída de Edesa fue considerada como un desastre de primera magnitud y tuvo como consecuencia inmediata la predicación de la Segunda Cruzada por San Bernardo de Claraval, sin lugar a dudas el clérigo más influyente de su época. Bernardo se hallaba al frente de la abadía de Claraval, en la Champaña, y era uno de los grandes reformadores de la vida monástica. Por naturaleza, este monje era un místico dedicado a la vida contemplativa que llevó al ascetismo hasta sus últimos límites. En su frágil cuerpo se asentaba un alma apasionada, de energía casi sobrenatural. Toda su impresionante elocuencia fue consagrada al servicio de la cruzada, que predicó en Alemania y Francia. En aquellos años acababa de ser elegido Papa Eugenio III, también monje de Claraval. Pronto se vio que esta elección había sido acertada, pues el nuevo pontífice demostró gran celo y energía en el Gobierno de la Iglesia, no tardando en autorizar la Segunda Cruzada consciente del peligro que corrían los Estados cristianos del Oriente.
En poder de la autorización pontificia, Bernardo de Claraval se lanzó primero a predicar la cruzada en Francia. En aquel entonces reinaba en el país galo la dinastía de los Capeto — descendientes del duque Hugo de Capeto —, elegido monarca francés en 987 —, sucesora de los carolingios. El Capeto reinante en el momento de la predicación, el joven y piadoso Luis VII, no tardó en ser convencido e hizo un solemne voto de concurrir a la cruzada. A su vez, Bernardo de Claraval exhortó a los vasallos de Luis a continuar las nobles tradiciones francesas acreditadas en la Primera Cruzada y demostrar al mundo que aún florecía el valor galo.
Por donde pasaba Bernardo se alistaban por doquier nuevos ejércitos de cruzados. Y a las regiones que no podía visitar personalmente mandaba emisarios, a quienes pocos se resistían. En Alemania, el dinámico y persuasivo monje logró convencer a la nobleza y a Conrado III, de la dinastía de los Hohenstaufen, que tomaran la cruz. Aunque los alemanes no comprendían la lengua francesa, su voz y ademanes eran tan ardientes, que al oír su encendida prédica, el auditorio lloraba y se golpeaba el pecho.
El talento político de San Bernardo, para quien el gobierno teocrático era indispensable para el mundo católico, se manifestó en el hecho de que propiciara una cruzada “real” y no “señorial”. Con clarividente intuición comprendió el peligro que significaba el debilitamiento del poder feudal en provecho del monárquico, que tarde o temprano iba a enfrentar el dominio del Papa. Es así como al confiar la dirección de la cruzada en manos de los monarcas ganaba al mismo tiempo su adhesión incondicional a la Iglesia, variando con ello su política, ya que hasta ese momento se había entendido, de preferencia, con los caballeros feudales.
Al fin de su labor, Bernardo pudo comunicar con honda satisfacción al Papa Eugenio III que en los países donde predicó la cruzada sólo quedaba un hombre por cada siete mujeres, pues todos los varones en condiciones de alistarse en la sagrada causa ya lo habían hecho. Así, San Bernardo había sido respecto a la Segunda Cruzada lo que Urbano II y Pedro el Ermitaño fueron para la Primera. La cruzada de 1147 era pues obra de un solo hombre. El iluminado monje había sido capaz de desencadenar, casi sin ayuda, aquel formidable esfuerzo que conmovió a la cristiandad.
A pesar de que los dos monarcas europeos participantes en la cruzada — Luis VII y Conrado III — contaban con la alianza del emperador Manuel de Bizancio, lo que teóricamente les representaba un fuerte apoyo en Constantinopla, en el hecho la realidad fue muy distinta. El emperador bizantino siguió la doble y hábil política de Commeno: ayudar a los cruzados en su lucha contra los musulmanes, pero impedir que obtuvieran un triunfo completo. En rigor, a Bizancio le interesaba el desgaste de estas dos fuerzas, pues estimaba tan peligroso el robustecimiento de los Estados latinos en Oriente como el predominio mahometano.
Conrado y sus alemanes fueron los primeros en llegar a Constantinopla en la primavera de 1147. Su intención era esperar la llegada de los franceses, pero también ahora, como en tiempo de Alejo Commeno, surgieron las suspicacias del emperador de Bizancio. Y a semejanza de lo que había ocurrido en la Primera Cruzada, Manuel halló modo de desembarazarse de Conrado y sus tropas, empujándolos desguarnecidos, y casi sin víveres, al Asia Menor. Así debilitados, los alemanes fueron vencidos en su primer encuentro con los turcos y, presas de la desmoralización, se batieron en retirada. Pero los musulmanes no cesaron de perseguirlos y Conrado sólo logró salvar un reducido grupo de tropas que se refugió en la ciudad de Nicea, situada a unos cien kilómetros al sur de Constantinopla.
Entretanto, el rey Luis VII había llegado al frente de un soberbio ejército, no tardando en ser casi completamente aniquilado por los sarracenos. Pero Luis y Conrado consiguieron transportar los restos de sus huestes hasta Tierra Santa, el primero por una ruta terrestre y el segundo por mar. Llorando por las penurias sufridas, ambos monarcas se confundieron en un fraterno abrazo.
Una vez en Jerusalén, los reyes de Francia y Alemania se unieron a Balduino III, decidiendo poner sitio a Damasco, ocupada hasta entonces por Mujir ed-Din Abaq, el cual se las ingenió para sembrar disensiones entre los francos occidentales y los sirios, consiguiendo alejar a éstos del sitio mediante el soborno. Así fue como la Segunda Cruzada, que se había iniciado con tan alentadoras esperanzas, terminó trágicamente con ese intento frustrado de apoderarse de Damasco. Los soberanos europeos, reunidos con menguados restos de sus otrora impresionantes ejércitos, se vieron obligados a iniciar el triste retorno a sus países. Conrado entró en Alemania en 1148, y Luis en Francia al año siguiente. Mientras tanto, Nur ed-Din reanudaba sus ataques y, en 1149, derrotaba a Raimundo de Antioquía. En 1150 conquistó los escasos distritos de Edesa que aún permanecían en poder de los cristianos. Cinco años más tarde se adueñaba de todos los puntos claves de Siria. Le acompañaba un muchacho de 16 años llamado Saladino, quien estaba destinado a ser el héroe de las próximas y decisivas batallas entre la cruz y la media luna.
Muchos hicieron recaer el fracaso de la empresa en la persona de Bernardo de Claraval, a quien se acusó de “no haber sabido interpretar los designios de Dios”, lanzando a los cruzados en una insensata aventura en la cual no había ninguna posibilidad de éxito. El santo replicó arguyendo que “una empresa inspirada por Dios puede fracasar si es malo el instrumento que lo realiza”. Para él, los cruzados debieron su desastre únicamente a su incredulidad y falta de fe. Sin amedrentarse por las críticas de sus adversarios, el monje continuó predicando la cruzada hasta 1153, año en que falleció profundamente decepcionado de no asistir al triunfo de la cristiandad sobre el Islam. Con él desapareció la fuerza impulsora de la cruzada. Tendría que transcurrir toda una generación antes de que se pensara en organizar una nueva expedición a Tierra Santa.
A la nobleza y caballerosidad de Saladino, los cruzados respondieron
con una crueldad y sentido utilitario que nada tenía que ver con la piadosa
gesta que predicaron los papas.
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a unión de Egipto, Siria y Mesopotamia, bajo la hegemonía del gran sultán Saladino — notable guerrero y hombre de Estado —, constituyó el principio del fin del reino de Jerusalén. Además de su debilidad, el Estado cristiano, amenazado ahora por el norte y por el sur, carecía asimismo de un hombre capaz de organizar la resistencia contra los musulmanes. Hacia 1187 era rey de Jerusalén Guido de Lusignan, a raíz de haber casado con Sabina, última heredera de la dinastía fundada por Godofredo y Balduino. Joven, incapaz de gobernar e imponer su autoridad a los señores feudales — indomables e inquietos guerreros que sólo pensaban en nuevas luchas —. Guido no veía el peligro que sólo una hábil diplomacia habría podido evitar. Así fue como en ver de parlamentar con Saladino, a todas luces el más fuerte, los caballeros cristianos provocaron la guerra contra el Islam, adelantándose hacia Tiberíades, región en que consumarían su suicidio. La catástrofe les costaría la pérdida de la Ciudad Santa.
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l amanecer del 3 de julio de 1187, el ejército cristiano se puso en marcha hacia el norte de Jerusalén, hasta penetrar en las alturas pedregosas y estériles de Yebel Turan, a unos treinta kilómetros del Tiberíades, lago de la Palestina, conocido también como mar de Galilea o de Genesaret, famoso por los milagros que en él realizara Jesucristo. Cuando Saladino, que permanecía al acecho de los movimientos de los cristianos, se enteró del avance, exclamó gozoso: “Esto era precisamente lo que yo deseaba”. Y en el acto envió hacia aquella región algunas divisiones ligeras para inmovilizar al enemigo en el desierto. Éstas sorprendieron a la vanguardia de Guido mandada por Raimundo de Trípoli y la atacaron, mientras otras fuerzas la rebasaban en busca del cuerpo principal.
El calor era intenso y el polvo, sofocante. Pronto se terminó la provisión de agua y los exhaustos guerreros cristianos comenzaron a vacilar. La situación se hizo tan crítica que Raimundo galopó hasta donde se hallaba Guido y le hizo ver que a menos de proseguir hasta el Jordán y el lago de Tiberíades, el ejército podría considerarse perdido. Ante esto, el rey ordenó avanzar con mayor rapidez. Pero en eso estaba, cuando un mensajero acudió para dar cuenta de que la retaguardia, formada por los hospitalarios y los turcoples (hijos de padre turco y madre griega), se había visto obligada a detenerse ante una nutrida formación de arqueros. Inmediatamente, Guido hizo alto cerca del poblado desierto de Marescalcia, en tanto Raimundo exclamaba desesperado: “¡Oh, Dios mío! ¡La guerra ha terminado; somos hombres muertos y el reino se ha perdido!”.
Aunque la vanguardia cristiana consiguió progresar todavía algunos kilómetros, el cuerpo principal, completamente exhausto, vivaqueó en las laderas de un monte cuya doble cumbre le había conferido el nombre de “Cuernos de Hattin”. El pueblo de Hattin se encontraba abajo, algunos kilómetros al norte de Marescalcia. Por la noche, los cruzados, en el límite de su resistencia física, se vieron impedidos de dormir, torturados por la sed y hostigados por los constantes ataques. Las flechas caían sobre ellos sin cesar y de la obscuridad brotaban gritos de “Allah Abkar” (Dios es grande) y “la ilala il Allah” (no hay más Dios que Alá). Y lo que era más insoportable, los sarracenos habían incendiado la maleza y sofocantes nubes de humo envolvían el maltrecho ejército cristiano.
A la mañana siguiente, y tras haber reforzado a sus arqueros montados, pero sin decidirse todavía al cuerpo a cuerpo, Saladino mandó traer siete camellos cargados de flechas y con ellas prosiguió el ataque. El cronista musulmán Beha ed-Din escribe: “Aquel día tuvieron lugar terribles encuentros; jamás en la historia de las generaciones humanas se realizaron hechos de armas comparables a aquéllos”.
Entretanto, Raimundo y su guardia avanzada continuaban su camino, quedando separados del cuerpo principal mandado por el rey, quien a fin de proteger su infantería la hizo replegarse mientras los jinetes carpaban contra los arqueros enemigos. Aquello provocó una pérdida de la formación y, en medio del desorden consiguiente, una multitud de aterrorizados guerreros treparon por la montaña, a fin de ponerse a salvo. En vano Guido instó a aquellos hombres a descender, pues éstos sólo atinaban a lanzar lamentos y pedir agua. Por fin, con un grupo de caballeros escogidos, Guido ocupó una posición cercana a ellos, en el centro de la cual levantó la Santa Cruz, con lo que se reanimó su moral y volvieron a descender en grandes grupos. Todos los combatientes se mezclaron, formando una masa confusa alrededor del sagrado emblema infantes, caballeros y arqueros.
Pero ya las huestes de Guido estaban perdidas. Raimundo y los restos de su guardia avanzada fueron arrollados y el ejército entero quedó rodeado de enemigos. Millares de hombre levantaban sus brazos hacia la Cruz, implorando protección y rogando que se produjera un milagro. Pero éste no vino y juzgando perdida la batalla Guido se volvió hacia Raimundo, diciéndole que hiciera lo posible por salvarse. El conde de Trípoli reunió entonces a los caballeros que aún disponían de montura, incluyendo al joven príncipe heredero de Antioquía, Baliano de Ibelin, y a Reinaldo de Sidón, y cargando contra los musulmanes que los rodeaban, logró abrirse camino.
Muy pronto sobrevino el desenlace de la batalla de Tiberíades o Hattin, recordada como una de las más célebres de toda la historia. Los musulmanes rodearon a los cristianos por todos lados, abrumándolos con sus flechas y atacándolos con sus espadas. Los pocos combatientes que aún resistían después de este terrible asedio fueron cercados mediante fogatas que encendieron los sarracenos a su alrededor, hasta que torturados por la sed y reducidos al último extremo de sus fuerzas, se entregaron para escapar de la muerte.
Entre los prisioneros hechos por los sarracenos se encontraba el rey Guido, su hermano Amalrico, Reinaldo de Chatillon, el anciano marqués de Monferrato, el Gran Maestre de los Hospitalarios y otros muchos nobles. Después de la batalla, Saladino hizo llevar a su tienda a los cautivos más nobles y al vez a Guido de Lusignan torturado por la sed lo hizo sentar caballerosamente a su lado, aplacó sus temores e hizo que le sirvieran una bebida helada. El rey bebió, pasando luego la copa a Reinaldo de Chatillon, hombre tenido por cruel y traicionero. Al observar esto, Saladino se levantó presa de la cólera, exclamando: “No habéis solicitado mi permiso para extenderle la copa. No me siento inclinado a respetar a ese hombre ni a perdonarle la vida”. Acto seguido, recriminó a Raimundo sus múltiples actos de vandalismo, pero éste le replicó insolentemente que no tenía miedo. Saladino le dio entonces un golpe con su cimitarra, y sus guardias acudieron, cortándole la cabeza. Guido temblaba de miedo, pero volviéndose hacia él Saladino le dijo: “Un rey no mata a otro rey; pero la perfidia e insolencia de ese hombre pasaban ya el límite”.
Acerca de la decisiva batalla de Tiberíades, escribe el historiador inglés Runciman:
“Los
cristianos de Oriente habían sufrido ya algunos desastres; sus reyes y
príncipes sufrieron cautiverios con anterioridad; pero sus captores de entonces
fueron señores de poca monta a quienes impulsa sólo algún propósito mezquino.
En los Cuernos de Hattin había quedado aniquilado el mayor ejército reunido
jamás por el reino. Se perdió la Santa Cruz. Y el caudillo victorioso,
Saladino, era señor de todo el mundo musulmán”.
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espués de la victoria de Tiberíades, Saladino se apoderó de todos los castillos que rodeaban Jerusalén y puso sitio a la ciudad. Los graves desperfectos causados por las máquinas de asedio desanimaron a los defensores, que pidieron un armisticio. Saladino lo negó al principio: “Quiero reconquistar Jerusalén — como lo conquistaron los cristianos hace noventa años: mataré a todos los hombres y me llevaré a las mujeres como esclavas. Mañana tomaremos la ciudad”. A esto respondieron los cristianos: “Si hemos de renunciar a toda esperanza por medio de conversaciones, lucharemos desesperadamente hasta el último de nosotros, prenderemos fuego a las casas y destruiremos los templos. Mataremos a los cinco mil prisioneros musulmanes que tenemos hasta no dejar uno. Aniquilaremos nuestros bienes antes de dejároslos. Mataremos a nuestros hijos. Ni un ser humano quedará con vida y perderéis todo el fruto de la victoria”.
Tan altiva respuesta de parte de los cristianos hizo reflexionar a Saladino, quien reunió en consejo de guerra a sus hombres. Estos le aconsejaron que aceptase la capitulación de Jerusalén, mediante un rescate por cada habitante. Con estas condiciones, se rindió la población el 2 de octubre de 1187. Fue entonces cuando el Sultán dio a conocer su aspecto humano y toda la grandeza que encerraba su alma. En contraste con lo ocurrido cuando los cruzados arrasaron la ciudad en 1099, Saladino abrió mercados dentro y alrededor de Jerusalén con el fin de que los ciudadanos pudieran conseguir el dinero necesario para pagar su libertad. Sin embargo, fueron mucho millares los que no pudieron hacerlo, y Saif ed-Din, hermano del sultán, solicitó de éste que le permitiera quedarse con mil cristianos en calidad de esclavos. Una vez obtenido el permiso, los dejó a todos en libertad. Saladino dijo entonces a sus oficiales: Mi hermano ha cumplido ya con sus deberes caritativos... ahora gustosamente haré yo lo propio”. Y ordenó a sus guardianes que proclamaran por las calles de Jerusalén que todos los ancianos incapaces de pagar quedaban libres y podían marcharse. Así lo hicieron estos, saliendo por la puerta de San Lázaro en una comitiva que se prolongó desde el amanecer hasta la puesta del sol. Aún más, el Sultán mandó distribuir limosnas entre ellos. Pero, paradójicamente, apenas salieron estos infortunados de Tierra Santa fueron despojados, cerca de Trípoli, en Siria, nada menos que por sus propios congéneres cristianos.
Después de Jerusalén, pronto cayó toda Palestina en poder de Saladino. El cronista Abu Samah narra con orgullo como “El Sultán, al frente de un ejército de hombres llegados del paraíso, combatía a los enviados del infierno con tal éxito que Tierra Santa fue purificada y, con ayuda de Alá, liberada de sus sufrimientos. El pecado de la impiedad fue ahogado en sangre y la creencia en el único dios verdadero triunfó sobre la doctrina de la Trinidad”.
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uevamente estaba la Ciudad Santa en manos de la Media Luna. Entre gritos de alegría de los musulmanes y lamentos de los cristianos que aún permanecían allí, las iglesias fueron transformadas en mezquitas. Las cruces fueron arrojadas al suelo y fundidas las campanas de los templos cristianos. El dolor y la consternación no tuvieron límites cuando se supo en Occidente la noticia de la caída de Jerusalén. La cristiandad estaba una vez más en peligro y así fue como el Papa Urbano III autorizó que se predicara una nueva cruzada, la tercera que presenciaba el mundo. Se apeló a príncipes y señores, y a su fidelidad a Cristo, consagrado como soberano supremo. Respondieron al llamado los tres monarcas más poderosos de su tiempo — el emperador alemán Federico Barbarroja y los reyes Felipe II Augusto de Francia y Ricardo Corazón de León de Inglaterra —, quienes tomaron la cruz y se dispusieron a combatir por la sagrada causa.
Las razones que impulsaron a participar en la cruzada a los dos reyes fueron muy diferentes a las que tenía el emperador Federico. Ricardo y Felipe Augusto estaban en continua rivalidad por las posesiones que hacían al primero señor de Francia. Se reconciliaron, aparentemente convencidos por la elocuencia de Guillermo, arzobispo de Tiro, que predicaba la cruzada. Sin embargo, la realidad era distinta. Ricardo, espléndido guerrero que sólo pensaba en combatir, valiente, cruel y violento, carecía de talento político. Contrariamente, su rival, Felipe Augusto, reposado y astuto, vio en la cruzada la oportunidad de embarcar a su enemigo en una aventura que iba a debilitar sus fuerzas. Así, Felipe emprendía la expedición sólo para evitar un conflicto con el Papa, pero resuelto a regresar lo más pronto posible para luchar contra el dominio de Ricardo en Francia.
Federico Barbarroja, por su parte, hasta entonces en buenas relaciones con Saladino, solicitó al Sultán en 1188 que evacuara Jerusalén, que devolviera a los cristianos la Santa Cruz, capturada en el combate de Tiberíades, y les indemnizase por los perjuicios que les había causado. Saladino respondió altivamente que los cristianos no le inspiraban ningún temor y que confiaba en Alá, que le había concedido tantas victorias. No obstante, por amor a la paz se declaraba dispuesto a restituir a los cristianos la Santa Cruz, así como algunos pequeños territorios. Asimismo, se comprometía a poner en libertad a todos los prisioneros cristianos que aún estaban en su poder y a permitir a los peregrinos que visitaran en paz el Santo Sepulcro.
Las condiciones propuestas por Saladino no satisficieron a Federico Barbarroja, quien no se demostró dispuesto a renunciar a sus proyectos de cruzada. Además de los motivos de orden religioso y caballeresco que influyeron en su decisión, no deben descartarse sus intenciones políticas. Los cruzados afluían de toda Europa. De cualquier lugar llegaban los caballeros deseosos de vengarse de los sarracenos. Para todos era motivo de honor ser cruzado en Tierra Santa. De este modo, una transacción del emperador lo habría dejado en muy mal pie ante el Papa, los demás monarcas europeos y sus propios súbditos.
En el verano de 1189, Federico Barbarroja se puso en marcha al frente de un ejército que, según los cronistas de la época, ascendía a unos 100 mil hombres. Con habilidad, aunque con sensibles pérdidas, el anciano y experimentado emperador condujo a sus hombres a través del Asia Menor. Pero cuando los cruzados alemanes, avanzando a lo largo del río Salef, se acercaban ya a la parte meridional del Asia Menor, una triste noticia vino a consternar a los expedicionarios: “el emperador ha muerto”. Federico se había ahogado mientras se bañaba en sus aguas, reponiéndose de una marcha agotadora. La muerte inesperada del soberano causó en sus tropas un efecto demoledor en lo anímico. Pues, ¿cómo podrían creer ya, después de tal accidente, en apariencia sin sentido, en la tradicional divisa de los cruzados: “Dios lo quiere”?
Con el tiempo, en Alemania nació la leyenda de que Federico Barbarroja duerme en una cueva del Kyffäusberg, en Turingia, recostado en una losa de piedra. Su larga barba ha crecido hasta el suelo. Pero algún día, dice la tradición, cuando a su país y su pueblo le amenace la desgracia, el poderoso emperador despertará de su sueño y restablecerá el imperio alemán en todo su esplendor. Seguramente pensando en esto, Hitler bautizó como “operación Barbarroja” su fracasada invasión de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial.
Tras la muerte de Barbarroja, el mando del ejército alemán recayó en el hijo del emperador, el popular duque Federico. Los cruzados siguieron a costa de grandes dificultades y numerosas víctimas su camino hacia Siria. Allí, los sobrevivientes se unieron a los cruzados franceses e ingleses, que se habían trasladado por mar a Oriente.
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icardo Corazón de León había marchado por tierra hasta Sicilia, donde embarcó hacia el Levante. De paso, conquistó en el trayecto la isla de Chipre. Para mantener la disciplina durante la expedición, el monarca británico dictó un código militar severísimo en el que aparecieron artículos de esta jaez: “Aquel que mate a un hombre durante la travesía será atado al cadáver de la víctima y arrojado con él por la borda”. Así, Ricardo actuaba con máxima energía contra el creciente brote de inmoralidad de su ejército.
Al acercarse los alemanes a Siria, ingleses y franceses desembarcaron junto a San Juan de Acre, en la Palestina central. Inmediatamente sitiaron la ciudad, y en vano intentó Saladino obligarles a levantar el asedio. Durante las operaciones, los alemanes perdieron a su nuevo jefe, al caer el duque Federico abatido por la peste. Por fin, en el verano de 1191, después de un sitio que se prolongó un año y medio, la ciudad capituló. Desde entonces, y durante un siglo, constituiría el principal apoyo de los cristianos en Tierra Santa.
Se esperaba que tras la toma de San Juan de Acre emergiera una sola consigna: “A Jerusalén”. Sin embargo, ello no ocurrió. La discordia en el campo de los cruzados terminó por ahogar toda iniciativa en tal sentido. Un ejemplo de cómo las ambiciones personales frustraron los mejores esfuerzos de los cristianos lo constituye la penosa escena protagonizada por Ricardo Corazón de León y Leopoldo, duque de Austria, durante el asalto a San Juan de Acre. Leopoldo fue el primero en clavar su estandarte en los muros de la ciudad. Pero, ante los gritos de alborozo que saludaban la caída de la plaza, el monarca británico, sin poder contener su despecho, arrancó el emblema del duque y arrojándolo al suelo clavó en su lugar el suyo. Leopoldo reprimió su cólera en aquel momento, reservando su venganza para ocasión más favorable.
En cuanto a las relaciones entre Ricardo y Felipe Augusto, los dos antiguos rivales reconciliados sólo para participar en la cruzada, éstas no marcharon bien desde un principio. Al final, Felipe Augusto se cansó de las arbitrariedades del rey inglés y, pretextando una enfermedad, regresó a Francia con la mayoría de su ejército, dejando una escasa tropa de combatientes franceses a las órdenes de Ricardo.
Los cruzados que se quedaron en Oriente, sobre todo los franceses, consideraron deshonrosa la partida de Felipe Augusto. Cuando su flota se hizo a la mar, maldijeron al guerrero que así faltaba a su solemne juramento de cruzado. Pero en su patria esperaban al rey galo conquistas de mayor honor y provecho que las que podía depararle la incierta lucha contra los musulmanes. Para echar mano de los feudos franceses de Ricardo Corazón de León, Felipe Augusto aplicaría una táctica que le daría felices resultados. Trabó amistad con Juan Sin Tierra, y lo persuadió de que tomara posesión de los territorios franceses del monarca inglés, que luego recibiría como herencia oficial del rey de Francia.
Entretanto, Ricardo Corazón de León se hallaba con la responsabilidad del mando de toda la cruzada. Su primera medida fue hacer degollar a sangre fría a 3 mil prisioneros musulmanes, sólo porque consideraba que Saladino no demostraba prisa en pagar el rescate convenido. Y en lugar de marchar sobre Jerusalén, el inconsecuente Ricardo se dejó arrastrar por el astuto Sultán a una agotadora campaña, expugnando castillos y tendiendo emboscadas a las caravanas. El tiempo que perdió el jefe cruzado fue aprovechado por Saladino para poner a Jerusalén en condiciones de defensa.
Sin embargo, al mismo tiempo que Ricardo se esforzaba en inspirar terror a los musulmanes, procuraba granjearse el respeto y la amistad de su gran adversario, Saladino. Ambos héroes se envidiaban mutuamente. Al lanzarse el soberano inglés con un puñado de hombres contra Jaffa, antepuerto de Jerusalén, a fin de liberar a los cristianos cercados allí, cayó al suelo su caballo en plena lucha y debió seguir combatiendo a pie. Al saberlo, el noble Sultán le envió de obsequio una cabalgadura de refresco con un mensaje diciendo que era conveniente que los reyes combatieran a caballo.
Como la anterior, la Tercera Cruzada resultó inútil. Finalmente, al llegarle noticias inquietantes de Inglaterra, Ricardo comprendió que su presencia era necesaria en su propio reino, para hacer frente a la felonía de su hermano Juan y sus compromisos con Felipe Augusto. Antes de abandonar el escenario de sus hazañas, el monarca obtuvo un tratado con Saladino que garantizaba a los cristianos, durante tres años, la posesión de parte de la Palestina y el permiso para peregrinar al Santo Sepulcro en pequeños grupos desarmados. Esto y la liberación de San Juan de Acre fue todo el magro resultado de esta Tercera Cruzada, preparada en forma tan espectacular. Por su parte, Saladino sólo pudo continuar durante un breve lapso la obra renovadora emprendida en favor de su pueblo. Agotado por las fatigas de la guerra, pereció en 1193, antes de que se cumplieran dos años del término de la Tercera Cruzada.
En cuanto al temerario Ricardo, le esperaban muchas aventuras antes de poder retornar a Inglaterra. Primero, las tempestades arrojaron a su navío a la deriva, alcanzando al fin el litoral norte del Adriático. Como además de Felipe Augusto, le acechaban otros enemigos, se disfrazó en el camino y prosiguió viaje por tierra. Pero cerca de Viena fue reconocido y cayó en manos del duque Leopoldo de Austria, a quien tan gravemente ofendiera en San Juan de Acre al arrancar su estandarte. El duque lo retuvo dos años en prisión, hasta que los ingleses pagaron el enorme rescate que exigía. Este acto de venganza fue la última consecuencia de la estéril y poco cristiana Tercera Cruzada.