Cronología

  711     Los ejércitos musulmanes entran en España.

1095     Pedro el Ermitaño y Urbano II llaman a la Primera Cruzada.

1096     PRIMERA CRUZADA: Cien mil cristianos inician la lucha por el Santo Sepulcro.

1098     Los cruzados se apoderan de Antioquía.

1099     Entrada sangrienta y triunfal de los cristianos a Jerusalén.

1104     Los cruzados toman San Juan de Acre.

1147     SEGUNDA CRUZADA. San Bernardo es seguido por los reyes Conrado III, de Alemania, y Luis VII, de  Francia.

1187     Saladino recupera Jerusalén para el Islam y el resto del mundo musulmán.

1189     TERCERA CRUZADA. Felipe II, de Francia, y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra, dirigen las huestes cristianas.

1190     Muere ahogado, en Sicilia, Federico I, Barbarroja, de Alemania.

1193     Muere en Damasco el sultán Saladino.

1199     Muere en Charlus Ricardo I, Corazón de León, de Inglaterra.

1202     CUARTA CRUZADA. Participan tropas de Venecia y Francia.

1204     Los cristianos toman Constantinopla y establecen el Imperio Latino.

1209     CRUZADA ALBIGENSE. Predicada por el Papa Inocencio III contra los herejes.

1212     CRUZADA DE LOS NIÑOS. Inútil sacrificio de millares de niños de Alemania y Francia.

1217     QUINTA CRUZADA. Llamada por el Papa Honorio III y dirigido por Federico II, emperador de Alemania.

1229     Cruzada de los caballeros teutónicos.

1248     SÉPTIMA CRUZADA. Es encabezada por el rey Luis IX, de Francia.

1270     OCTAVA CRUZADA. También la comanda Luis IX, quien muere en la campaña.

1291     San Juan de Acre es capturado nuevamente por los musulmanes.

1410     Los Caballeros Teutónicos son definitivamente derrotados en Tannenberg.

1492     Los Reyes Católicos ponen fin al dominio musulmán en España.

CAUSAS DE LAS CRUZADAS. FE, VALOR, MISERIA Y LUCRO

Urbano II encendió en el Concilio de Clermont una chispa que hizo explosión no sólo por razones religiosas, sino por el ansia de aventura de los caballeros, la vida miserable de los siervos, que nada tenían que perder, y por el acicate interesado de comerciantes que esperaban abrir nuevos mercados.

¿C

uál fue la chispa que encendió las cruzadas y de qué manera pudo mantenerse el fuego de las marchas, peregrinaciones y batallas durante doscientos años de casi continuos desastres?

Los historiadores no se han puesto de acuerdo. Lo prudente es concluir que las causas fueron muchas y diversas. Durante esos dos siglos, emperadores, reyes, nobles, caballeros, monjes, siervos y hasta niños se precipitaron, generación tras generación y marejada tras marejada, hacia el Oriente con el anhelo declarado de conquistar el Santo Sepulcro.

En la épica y en general desafortunada empresa participaron ejércitos organizados, los mejores contingentes caballerescos de la cristiandad y, junto a esas huestes guerreras, muchedumbres de pobres y masas de pastorcillos y niños de las aldeas, en una eclosión de ímpetu, fe, misticismo y fervor como probablemente hay pocos otros ejemplos en la historia. El ardor de las cruzadas se mantuvo vivo a pesar de las constantes catástrofes, de la muerte, de las inimaginables penalidades y de la creciente y cada día mayor resistencia del Islam.

Dos siglos después del último fracaso aún seguía hablándose en la cristiandad occidental de esta empresa y de la posibilidad de reanudarla, y aún hoy el folklore francés conserva viejas canciones campesinas en que se recuerdan las penas y los triunfos de esa tremenda aventura.

Es imposible dejar de lado, como un factor de suprema importancia, la profunda religiosidad de la gente de la Edad Media, en un grado tal, que no puede ser medido por los cánones de hoy.

Pero es evidente, al mismo tiempo, que hubo otros poderosos factores que empujaron a caballeros, monjes y siervos en la lucha con el Islam.

Entre ellos está, por cierto, el espíritu bélico de una sociedad joven, dividida por guerras constantes y unida por el anhelo común de expandirse hacia el Asia y el Levante. Al lado de esta ansia conquistadora y guerrera se ubican los intereses comerciales, en particular de las ciudades italianas del norte. Y en el fondo de este vasto drama histórico, las ansiedades y las esperanzas de una masa de campesinos, aldeanos, artesanos y siervos, de condición miserable, con poco que perder.

E

n su Historia Universal, Charles Seignobos dice brevemente:

“El Sepulcro de Cristo en Jerusalén, el Santo Sepulcro, había sido siempre el más venerado de los lugares de peregrinación. Los musulmanes, dueños de Jerusalén, no impedían que los peregrinos cristianos fueran allí para sus devociones, e iban de todos los países cristianos, hasta de Noruega. Pero en el siglo XI una nueva especie de musulmanes invadió el Asia Menor y se apoderó de Jerusalén (1074). Eran turcos, más ignorantes y de menor tolerancia, y empezaron a maltratar a los peregrinos”.

En aquella época el viaje de Tierra Santa duraba varios años. Estaba lleno de riesgos y no había ninguna seguridad de volver con vida. Los peligros acechaban a lo largo de toda la ruta. Además de los existentes en la misma Siria, donde aun en las épocas de paz eran recibidos con desconfianza y sospecha - y hasta con cierto desprecio -, existían muchas otras contingencias. Las penalidades de la navegación en las inseguras naves de aquella época, que naufragaban fácilmente - como le ocurrió al propio Ricardo Corazón de León -, y la presencia de los piratas. Muchos peregrinos terminaron vendidos en los mercados de esclavos.

En la misma Europa, los riesgos eran grandes. En los caminos solitarios esperaban los bandidos, incluyendo muchos señores que se dedicaban al lucrativo bandolerismo, para despojarlos.

En las peregrinaciones tomaban parte los altos prelados de la Iglesia Católica. En el siglo XI hay constancia de que los obispos italianos y franceses partieron frecuentemente hacia Tierra Santa. También lo hacían los alemanes, los escandinavos y los ingleses. Desde la época de Constantino existían iglesias en Siria, en los lugares de la pasión y muerte de Cristo, construidas por orden de Santa Elena, la madre del emperador. El número de peregrinos era siempre grande y creciente. Los papas les concedían gracias espirituales especiales.

Era natural que en la cristiandad surgieran voces condoliéndose por el hecho de que la Ciudad Santa - aunque hubiera pasado sucesivamente de manos de los persas, los fatimitas de Egipto y los turcos selyúcidas - siempre estuviera en poder de hombres de otra religión.

En lugar de enormes rascacielos y de cohetes lunares, los hombres de la Edad Media construían catedrales. La mayoría de ellas puede verse aún en Europa al cabo de ocho o nueve siglos. Se trata de templos magníficos, algunos de los cuales demoraron más de cien años en ser terminados. Todos, desde el rey hasta el siervo más humilde, daban dinero para levantarlos. Un ejército infatigable de obreros trabajaba en la construcción, día tras día, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Simultáneamente se observaban otras muestras de este renacimiento religioso. Miles de hombres dedicaban su vida a la oración y a la meditación de Dios. Alejados de las ciudades vivían en completa soledad en los bosques, en rústicas cabañas o en cuevas. De estos ermitaños surgió la palabra “monje”, derivada de una voz griega que significa “solitario”. Poco a poco surgieron, también, siguiente a San Benedicto, los monasterios, donde los hombres del Medioevo se reunían, acatando reglas muy estrictas de pobreza, obediencia y castidad, a vivir y a trabajar juntos. Más adelante se organizaron otros grupos de religiosos ambulantes, que recorrían toda Europa: los frailes, que predicaban, enseñaban y cuidaban a los enfermos.

Los monasterios eran, a la vez, granjas, fábricas, bibliotecas y hoteles, además de un centro religioso agrupado alrededor de la capilla, donde los monjes oraban por lo menos siete veces al día. El resto del tiempo lo ocupaban en cultivar la tierra, plantar y cosechar, fabricar vino, criar vacas y gallinas, copiar manuscritos y libros valiosos, asistir a los enfermos y dar hospedaje a los viajeros.

E

ra, también, una época cargada de innumerables supersticiones. Se creía en la magia, en la brujería, en los dragones y los gigantes. Con frecuencia los médicos recetaban brebajes y entregaban amuletos a los enfermos, de quienes solía pensarse que tenían el diablo en el cuerpo y había que expulsarlo.

Entre las supersticiones llegadas hasta nuestros días figura la creencia de que las herraduras traen suerte. La herradura se asimilaba a la luna creciente, símbolo de la buena fortuna.

Rasgo característico son los “juicios de ordalía”, aberraciones que se mantuvieron durante mucho tiempo.

Para un miembro de la plebe, ser llevado ante un juez constituía una terrible experiencia. El juicio por fuego era uno de los más usados. El acusado debía sostener un lingote de hierro al rojo en una mano durante el tiempo que tardara en ascender tres escalones. Pasados tres días se le examinaba la herida. Si tendía a cicatrizar, era considerado inocente y dejado en libertad de inmediato. De lo contrario, se le condenaba a muerte.

Un conflicto entre dos nobles no se resolvía mediante la exposición de razones, sino en una pelea. Se concertaba un duelo —el querellante comenzaba por arrojarle un guante al querellado— y ambos luchaban. El ganador de la justa obtenía o la absolución o el derecho sobre la vida del adversario, según fuera el caso.

Ambos procedimientos para administrar justicia, el de los siervos y el de los caballeros, se basaban en la creencia de que Dios inclinaría la balanza en favor del inocente.

Esta mezcla de religiosidad profunda y de ingenuas supersticiones contribuyó a atizar el fuego de las cruzadas. Ahí se explica, tal vez, el increíble espectáculo de masas de cristianos desarmados, entonando cánticos, que se lanzaban indefensos contra los soldados del Islam, sin arredrarse ante las carnicerías y masacres con la Siria de entonces.

H

abía una razón política y militar. Para toda Europa constituyó un motivo de profunda inquietud la vigorosa embestida de los turcos selyúcidas, guerreros nómades que surgieron repentinamente desde las profundidades del Asia Central.

Los selyúcidas, durante la cuarta década del siglo XI, se apoderaron de todas las regiones al sur del Mar Caspio, del Irán Occidental y Central. Conquistaron toda la Mesopotamia y en 1055 ocuparon Bagdad, la capital de que había sido poderoso imperio de los abásidas.

El avance de los turcos continuó durante los años siguientes. Entre 1063 y 1071 invadieron Armenia, donde chocaron por primera vez con el imperio de Bizancio. Lucharon contra Georgia e incursionaron cada vez con mayor ímpetu en las provincias bizantinas del Asia Menor, como Capadocia y Frigia. Por último, en 1074 ocuparon de Jerusalén, Antioquía y otras ciudades bizantinas.

Los esfuerzos de Constantinopla por contenerlos fueron vanos. El emperador Román IV Diógenes, al frente de un poderoso ejército, había sufrido una desastrosa derrota en el combate de Manazquerta, donde él mismo cayó prisionero.

Incidentalmente, cuando el emperador fue dejado en libertad por los tucos, descubrió que sus compatriotas habían elegido a otra persona en el trono, al regresar, conforme a la costumbre bizantina, fue apresado y dejado ciego.

Las pérdidas de las prósperas provincias del Asia Menor y las derrotas sufridas a manos de los turcos empujaron a Bizancio a pedir ayuda a los cristianos de Occidente. El Papa Gregorio VII comenzó inmediatamente a organizar un ejército, haciendo un llamamiento a los señores feudales de la época. Alcanzó a reunir 50 mil hombre, pero, entretanto, se había enfriado el entusiasmo bizantino por la ayuda occidental, y la expedición nunca partió a cumplir su misión.

L

a chispa de esta empresa que había de durar dos siglos, fue encendida por el Papa Urbano II, al finalizar el Concilio de Clermont.

En realidad, el motivo oficial de la convocatoria del concilio fue la condena al rey Felipe I de Francia que se negaba a unirse de nuevo con su esposa. Había, no obstante, otro propósito más amplio y profundo. Concurrieron caballeros de muchas regiones francesas, tantos que el pueblo de Clermont no pudo acogerlos a todos y la mayoría debió levantar sus tiendas en la llanura próxima. Muchos sacerdotes y gente del pueblo estaban también allí. Las crónicas dicen que asistieron catorce arzobispos, más de doscientos obispos y cuatrocientos abades.

En esa atmósfera solemne, el Papa exhortó a los cristianos a iniciar una guerra contra los infieles. Citó una frase de los Evangelios: “El que no lleva su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo”. - Y agregó - : ”Debéis colocaros una cruz en vuestras ropas”.

La multitud, llena de entusiasmo, gritó: “Dios lo quiere”. Ese fue, más tarde, el grito de guerra de los cruzados.

El primero en acercarse al Papa fue el obispo de Puy, quien se arrodilló y pidió ser consagrado para la expedición. El ejemplo fue seguido por la muchedumbre de caballeros. Todos juraron ir a pelear contra los infieles y prometieron no regresar sin antes visitar el Santo Sepulcro. El Papa, a su vez, los declaró libres de todas las penitencias en que hubieren incurrido por sus pecados.

E

l caballero medieval era un “animal de combate”. Toda la educación recibida tendía a hacerlo un guerrero. Ninguna propiedad estaba segura si no se defendía con la fuerza. Cada uno debía tener su propia policía para proteger sus derechos. La manera clásica de conquistar honores y fortuna era combatir contra otros señores, apoderarse de sus tierras, castillos y siervos. Las “faidas” o guerras entre señores eran muy frecuentes. Los señores feudales peleaban con sus vecinos, los nobles contra otros nobles, los reyes contras otros reyes o contra sus propios señores insubordinados.

Esto era tan frecuente que muchos caballeros sin fortuna recorrían toda Europa para luchar en uno u otro lado.

El “entrenamiento” comenzaba desde temprano. La educación del niño estaba orientada a la guerra. Los jóvenes de buena familia seguían un largo y duro adiestramiento, desde los siete años, cuando empezaba por ser paje de un señor. Recibía armas, jugaba a la guerra con otros pajes, aprendía la esgrima y a cabalgar. A los 14 años de edad podía convertirse en escudero y desde ese instante podía usar armadura y espada.

Pero el gran día de su vida era cuando era armado caballero. Pasaba una noche entera en vela, orando en la capilla del castillo, antes de la ceremonia en la cual el señor le entregaba una espada, un escudo, espuelas y un caballo.

Los deportes de la época eran extremadamente duros, destinados a reforzar la resistencia y habilidad de los caballeros en las justas y torneos. Era frecuente que el vencido muriera o saliera malherido.

P

ero ¿por qué peleaban los siervos? Muchedumbres de pobres se dirigían al oriente. No eran señores de la guerra. La mayoría de ellos estaban imbuidos de exaltación religiosa y el espíritu ardiente que animaban a estos hombres de la Edad Media. Sin embargo, había algunos motivos materiales para enrolarse.

La vida de los siervos era prácticamente insoportable. Estaban adheridos a la tierra y cambiaban de señor según fueran las vicisitudes de las guerras locales. Trabajaban duramente, pero tenían que repartir gran parte del fruto ganado con el señor feudal. Pagaban por el derecho a pescar o a cazar, por usar el molino, el lagar, el horno, todos del dueño del castillo. Pagaban también una indemnización si enviaban al hijo a aprender un oficio, para compensar la pérdida de un trabajador. Cuando el señor caía prisionero, los siervos ayudaban a la cancelación del rescate. La vida era atada y miserable, con muchos impuestos y gabelas.

En cierto modo, la participación en las cruzadas, que los liberaba de la virtual esclavitud por lo menos por un tiempo y les prometía algunas recompensas, espirituales y materiales, era una puerta de escape para ellos.

A

lgunos historiadores modernos creen igualmente que influyeron en las campañas contra los infieles, después de las primeras cruzadas, algunos poderosos intereses comerciales, en particular de las ricas ciudades marítimas italianas.

La ciudad de Bari, por ejemplo, realizaba un comercio sistemático con el Oriente. Los comerciantes de Amalfi iban frecuentemente a Egipto. Incluso el sultán les concedió un barrio especial en Jerusalén para que instalaran sus negocios. Había un intercambio activo entre Venecia y el Levante. Las embajadas comerciales venecianas visitaban las principales ciudades árabes.

Para los activos comerciantes del norte de Italia, las cruzadas fueron un medio para fortalecer su posición comercial, conquistar nuevos mercados y eliminar a Bizancio de la competencia.

PRIMERA CRUZADA. ¡DIOS LO QUIERE... TOMEMOS JERUSALÉN!

Fue el primer movimiento popular de la historia de Europa.

Mezcla de fervor religioso y codicia, el primer ejército regular cruzado recuperó para el mundo cristiano los Santos Sepulcros a costa de una matanza inclemente y de abrir un abismo aun mayor con la Iglesia Bizantina..

“D

ios lo quiere”... Al influjo de esta consigna fervorosa lanzada primero por Pedro el Ermitaño y repetida después por el Papa Urbano II en el Concilio de Clermont, toda la Europa Feudal ostentó al hombro la cruz de tela roja, en señal de alistamiento en la sagrada causa. Tal eclosión de entusiasmo se debió no sólo a la muy viva y profunda fe religiosa imperante en le Edad Media, sino también el hecho de que la nobleza veía en esta magna empresa de rescatar para la cristiandad los Santos Lugares la ocasión de dar libre curso a su pasión combativa, al mismo tiempo que “salvaba su alma”. Hubo asimismo quienes se dispusieron a partir hacia Oriente movidos exclusivamente por la esperanza de enriquecerse pronto y por cualquier medio.. Pero, al margen de la finalidad religiosa intrínseca y la sed de aventuras y riquezas de los caballeros feudales, hacía su aparición un fenómeno novedoso, hasta entonces absolutamente desconocido en el mundo occidental. La predicación de la Primera Cruzada era el primer movimiento de agitación de las clases populares en la historia de Europa. La movilización masiva preconizada por la cristiandad iba a alcanzar un éxito sin precedentes, porque la cruzada se convirtió casi automáticamente en una mística colectiva que arrastró a las multitudes con la misma fuerza con que más tarde lo harían los ideales de libertad, nacionalidad y justicia social.

LOS CRUZADOS EN CONSTANTINOPLA

E

l primer impulso democrático que representó la cruzada acabó, no obstante, de manera triste y lamentable. En la primavera de 1096, antes de que los caballeros se organizaran para marchar hacia Tierra Santa en lo que sería la Primera Cruzada señorial, una multitud de personas de humilde condición se lanzó en caravana en pos del mismo objetivo, bajo las órdenes de Pedro el Ermitaño. Sin jefes idóneos y equipos adecuados, salieron de Francia, las regiones del Rin y la Europa Central, en dirección al Oriente casi 10 mil precarios cruzados, entre hombres, mujeres y niños. Era ésta la “Cruzada del Pueblo”. Dos grandes grupos entraron atolondradamente en Hungría, tomando por paganos a los magyares, recién convertidos al cristianismo, y después de cometer muchas atrocidades y tropelías, fueron totalmente destruidos. Una tercera muchedumbre, con el espíritu tan confuso como el de las anteriores, marchó hacia el Este, después de una gran matanza de judíos en le región del Rin, y fue asimismo aniquilada en Hungría. Otras dos enormes y desorganizadas multitudes, conducidas personalmente por Pedro el Ermitaño, alcanzaron a llegar a Constantinopla t cruzar el Bósforo. Pero fueron víctimas, más que de una derrota, de una masacre de los turcos selyúcidas. Así comenzó el primer movimiento masivo de las clases populares europeas.

Mientras sucumbían las huestes de Pedro el Ermitaño, los duques, condes y barones de Occidente reclutaban verdaderos ejércitos de cruzados. Según testimonios de la época, el número de estos combatientes “era tan grande como las estrellas del cielo y las arenas del mar”. Sin embargo, los investigadores contemporáneos limitan este número a 60 mil, como máximo. Y de ellos, sólo 10 mil armados de punta en blanco.

La idea de las cruzadas halló fervientes partidarios entre los normandos, siempre ávidos de lucha, hasta el punto de que Normandía y el sur de Italia proporcionaron tal cantidad de guerreros que la Primera Cruzada parecía una expedición de vikingos cristianos. Los normandos italianos estaban dirigidos por Boemundo de Tarento, para quien la cruzada era ante todo una tentadora ocasión de ajustar cuentas con los aborrecidos bizantinos y crearse un reino en Oriente, l que no impedía que a la vez le regocijara la idea de ser soldado de Cristo. Para la realización de sus planes halló un dócil instrumento en la persona de su joven pariente Tancredo, conocido como “el Aquiles de la Cruzada”.

De los caballeros franceses que se alistaron para rescatar el Santo Sepulcro, el más rico y capacitado era Raimundo de Tolosa. Pero el más piadoso y desinteresado era Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lotaringia. Godofredo y su hermano Balduino fueron los primeros dispuestos a encabezar su ejército, compuesto por flamencos y valones, camino de Constantinopla, lugar de cita que se habían fijado los cruzados.

Muy pronto estuvieron en marcha por distintas rutas cuatro grandes ejércitos de cruzados: el de loreneses, flamencos y alemanes a la orden de Godofredo de Bouillon y de Balduino; el de los normandos de Italia, con Boemundo de Tarento y su sobrino Tancredo; el de los leguadocianos, conducidos por el conde Raimundo de Tolosa, y finalmente el de los franceses y normandos, con Roberto de Normandía, hijo de Guillermo el Conquistador. Eran, respectivamente, cuatro temperamentos: los más sinceros, los más astutos, los más codiciosos y los más valientes. Cuatro itinerarios: el Danubio, los Balcanes, la Italia del Norte y Roma y el Adriático. Y un punto en común: Constantinopla.

El emperador bizantino Alejo Commeno, al percatarse de la magnitud de las fuerzas que convergían sobre Constantinopla, concibió inquietud respecto al futuro, y trató de sembrar rencillas entre los jefes de los cruzados antes de que las huestes pasaran al Asia Menor. La intención de Alejo era tratar por separado con cada uno de ellos y hacer que lo reconocieran como soberano de los territorios que se pretendía reconquistar, en especial de Siria. Sólo después de que pronunciara el juramento de fidelidad al emperador éste les ayudaría a cruzar el Bósforo.

El primer jefe cruzado en llegar a Bizancio había sido Godofredo de Bouillon, quien se negó obstinadamente a reconocer al emperador bizantino como soberano y “hacerse su esclavo”, según decía. Aunque Godofredo fue invitado a una audiencia con el emperador, no trepidó en declinar con altivez esa cita. Al parecer, contaba con la pronta llegada de sus futuros compañeros de armas, pero su anhelo se vio frustrado al demorarse los restantes jefes algo más de lo previsto. Alejo le privó de víveres y Godofredo se vio obligado a procurárselos por la fuerza, obligando al emperador a restablecer el abastecimiento de las tropas extranjeras mediante la amenaza de las armas. Pero como el forcejeo entre el duque de la Baja Lotaringia y el monarca bizantino se prolongaba con la misma tirantez, el primero comprendió que, a la larga, sería el más perjudicado. Determinó entonces visitar a Alejo e hincando la rodilla ante él prestarle el juramento de fidelidad. Sólo así consintió el soberano en trasladar las tropas de Godofredo al otro lado del Bósforo, precisamente poco antes de la llegada de Boemundo. Con éste y los demás jefes cruzados que comenzaron a entrar en Constantinopla Alejo siguió idéntica táctica. De este modo consiguió reducirlos en su provecho, antes de trasladar sus huestes a la orilla asiática del estrecho.

LA LANZA SALVADORA

E

n la primavera de 1097 los ejércitos cruzados iniciaron su ruta a través del Asia Menor, hacia Siria. Fue una marcha triunfal que arrolló el poder de los turcos y restableció la autoridad del emperador bizantino en aquella zona. El 14 de Mayo de aquel mismo año tuvo lugar la primera gran acción guerrera con el sitio de Nicea, que vino a rendirse un mes más tarde, el 19 de junio, quedando así expedito el camino para que los cruzados avanzaran hacia Antioquía, en el norte de Siria. El 1° de julio ganaron una batalla en Dorilea (Eski-sher), y como los musulmanes estaban demasiado debilitados para arriesgarse a otro encuentro, Balduino inició la apropiación de territorios, estableciendo un Estado latino en Eufratesia (región de Marash) y nombrándose conde de Edesa.

En Antioquía las huestes cristianas tuvieron su primer gran tropiezo, pues esta rica ciudad comercial estaba rodeada por formidables murallas coronadas de torres tan numerosas que, según se decía, eran tantas como los días del año. Nada menos que seis meses necesitaron los cruzados para apoderarse de la ciudad, que al fin cayó en sus manos el 3 de junio de 1098, tras un prolongado y penoso asedio. Pero no bien habían transcurrido dos días de que se habían adueñado de ella, cuando fueron cercados, a su vez, por un nutrido ejército a las órdenes de Kerbogath, sultán de Mosul. Los sitiados agotaron pronto su provisión de víveres, viéndose reducidos para sobrevivir no sólo a sacrificar caballos y animales de tiro, sino que también a comer perros y hasta ratas. Fue tan crítica la situación, que los caballeros cruzados tuvieron que deponer sus hondas rivalidades, nombrando como jefe supremo a Boemundo.

En este delicado trance, un gran acontecimiento vino a infundir nuevos bríos a los cruzados. En los momentos en que la deseperación cundía entre los guerreros cristianos, Raimundo de Tolosa recibió la visita de un pobre sacerdote provenzal llamado Pedro Bartolomé. Este le reveló que se le había aparecido en sueños el apóstol Andrés y le había dicho que en el suelo de una de las iglesias de Antioquía estaba enterrada la lanza que traspasó el costado de Cristo en la Cruz, la cual daría la victoria a los cruzados. Raimundo siguió al religioso hasta el templo indicado y mandó que cavaran. Doce hombres trabajaron durante toda una jornada, mientras miles de cruzados esperaban angustiados afuera. Por fin, al atardecer de aquel 14 de julio de 1098, descendió el mismo Pedro Bartolomé a la fosa y emergió de ella con la lanza en la mano. Su aparición fue saludada con un griterío clamoroso. La noticia se esparció como una mancha de aceite y constituyó para los cristianos una extraordinaria inyección moral, infundiéndoles una fe inquebrantable en la victoria. Ante esta verdadera resurrección anímica, Boemundo decidió arriesgar el todo por el todo en una sola gran batalla. Así fue como, gracias a su incomparable talento militar y a la fanática fe de sus hombres, logró poner en fuga las innumerables fuerzas de Kerbogath. En el campo turco abandonado, los cruzados hallaron víveres en abundancia, amén de un rico botín de guerra. Esta extraordinaria victoria permitió a Boemundo sumar a sus muchos títulos el de Príncipe de Antioquía.

LA TOMA DE JERUSALÉN

La victoria de los cristianos junto a los muros de Antioquía - considerada como una de las más brillantes acciones militares de todas las cruzadas - les costó empero la pérdida de sus tropas más escogidas. Además, pese a tan milagrosa salvación, se inició la discordia entre los jefes cruzados. La animosidad entre Boemundo y Raimundo de Tolosa se tornó en enemistad declarada, faltando poco para que dilucidaran sus querellas por las armas. Sin embargo, la situación pudo superarse y las huestes cristianas se aprontaron para marchar sobre Jerusalén.

Después de un descanso de seis meses en Antioquía, el 13 de enero de 1099 Boemundo, Tancredo y Roberto de Normandía partieron hacia Jerusalén. En Trípoli se les unió Godofredo de Bouillon y Roberto de Flandes, y desde allí, los cinco continuaron hacia el sur, acompañados de unos 12 mil seguidores. La mañana del 7 de junio de 1099 los cruzados vieron por primera vez brillar a la luz del alba las almenas y las torres de la Ciudad Santa. De todos los labios brotó un sólo grito: ”Jerusalén, Jerusalén”. Derramando lágrimas de emoción, el ejército entero cayó de rodillas y besó el suelo por el que un día había marchado Cristo.

Pero los gruesos muros y las fuertes torres de Jerusalén rechazaron el primer embate de los cruzados, por lo que fue preciso someter a la ciudad a un sitio en regla. El agobiante calor de verano representó asimismo un cruel sufrimiento para los guerreros cristianos, acostumbrados a vivir en las templadas regiones de Europa. Todo el agua que consumían debía ser traída desde el Jordán y transportada en odres hasta su campamento, bajo el azote de un sol inclemente que caía a plomo sobre sus cabezas. Sin embargo, sobreponiéndose a estas dificultades, los sitiadores construyeron torres móviles y máquinas de asedio. Durante dos días y dos noches atacaron con arietes, antes de que las torres movibles de asalto pudieran ser transportadas hasta las murallas enemigas. Su intención era tender pasarelas desde las torres hasta los muros.

El 15 de julio, al amanecer, todo estaba dispuesto. Godofredo de Bouillon se encaramó sobre su imponente torre y la mandó trasladar junto a las murallas. En la cima, los cruzados habían erigido un gran crucifijo que los musulmanes procuraban infructuosamente derribar. La leyenda cuenta que cuando los cristianos intentaban en vano vencer la resistencia de los sarracenos. Godofredo vio en lo alto del cercano monte Olivete un caballero que agitaba un escudo brillante. “Mirad, San Jorge ha venido en nuestra ayuda”, habría exclamado. Mito o realidad, lo cierto es que los cristianos, alentados por el valor a toda prueba de Godofredo, reaccionaron y al fin lograron escalar las murallas de la ciudad.

El cronista Alberto de Aquisgrán relata así el momento culminante del asedio:

“Godofredo, colocado en la plataforma superior de la torre, con los suyos, lanzaba dardos y piedras de toda clase sobre la multitud de los asediados. Obligaba sin cesar a abandonar las murallas a quienes se encontraban en ellas. Los hermanos Lietardo y Engleberto, ambos oriundos de Tournai, observaron que los enemigos vacilaban. En seguida arrojaron desde la torre vigas sobre la muralla y penetraron los primeros en la ciudad gracias a su valentía. Godofredo de Bouillon y su hermano Eustaquio les siguieron en el acto. Viendo esto, el ejército entero lanzó un resonante clamor, apoyando escalas por todas partes, subiendo rápidamente y entrando en la ciudad.

Simultáneamente, el ataque dirigido por Godofredo de Bouillon, Tancredo y sus normandos abrieron un boquete en el extremo opuesto de Jerusalén, mientras Raimundo forzaba la puerta de Sión. Así, después de un mes de sitio, Jerusalén había sido tomada por asalto. La mortandad fue horrible. Los jinetes cristianos, al pasar por las calles, iban chapoteando sobre charcos de sangre. Al anochecer de aquel 15 de julio, arrollando toda resistencia, los cruzados se abrieron camino hasta la iglesia del Santo Sepulcro y, exhaustos, sollozando de alegría, cayeron de hinojos elevando a Dios sus oraciones. Un cronista medieval, recogiendo los sentimientos a la par salvajes y religiosos de esos expedicionarios, relata así el desenlace de la toma de Jerusalén:

“Todos los defensores de la ciudad huyeron de las murallas hacia las calles y los nuestros los perseguían y acometían, matándolos y acuchillándolos, hasta el templo de Salomón, donde hicieron tal carnicería que los nuestros caminaban con sangre hasta los tobillos”

“Luego vagaron por toda la ciudad, robando oro, plata, caballos, mulos y saqueando las casas rebosantes de riquezas. Después, llorando de alegría y felicidad, fueron a adorar el sepulcro de nuestro Salvador Jesús y se purificaron de sus deudas con Él.”

LA RAZÓN DEL ÉXITO

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uál había sido la razón de que el éxito coronara la increíble empresa de los cruzados? A primera vista, esta victoria resulta simplemente sorprendente. Mueve a asombro cómo un ejército reducido a un puñado de caballeros, a tres mil kilómetros de sus bases y en un país desconocido bajo un sol de fuego, se impuso al Islam, al que los turcos habían conferido nueva juventud. Sin embargo, algunos hechos concretos ayudan a comprender el porqué de este aparente milagro, por cierto, sin contar la mística que en mayor o menor grado tocó a los combatientes europeos.

El éxito occidental se debió ante todo a una superioridad técnica incuestionable en el arte de la guerra: la armadura transformó a los caballeros en verdaderas ciudadelas ambulantes y la cota de malla de sus auxiliares los hizo casi invulnerables a las flechas y el hierro de los musulmanes. Así, antiguos grabados muestran al capellán de Joinville habiéndoselas él solo contra ocho sarracenos, o a Gualterio de Chatillon, arrancándose tranquilamente de su cota la lluvia de dardos que cae sobre ella. A esta ventaja defensiva, se añadió la circunstancia de que los cruzados lucharon en un territorio no del todo enemigo, ya que nunca les faltó el concurso espontáneo de los escasos, pero no menos decididos, cristianos locales, sirios o maronitas, jacobitas o armenios, hasta el de alguno cismáticos griegos.

Pero por sobre esas facilidades, la obra de los cruzados se vio simplificada por la desunión del adversario. La muerte del sultán Malik-chah en 1092 había desorganizado al imperio turco en vísperas de la ofensiva cristiana. Divisiones familiares, ambiciones personales y rivalidades de sectas provocaron una lucha fratricida entre los turcos. Un sultán reinaba en Irán, otro en el Asia Menor; Alepo tenía rey propio, y Damasco igualmente. Los fanáticos bebedores de “Haxix”, llamados por los francos “asesinos”, desmoralizaban y desunían a los sirios. Los cruzados aprovecharon todas estas desuniones y así fue como, favorecidos por el caos reinante en las filas enemigas, pudieron hacer su entrada triunfal en Jerusalén.

LOS ESTADOS CRISTIANOS EN LEVANTE

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onquistada Jerusalén, los cruzados fundaron allí un reino cuyo cetro ofrecieron a Godofredo de Bouillon. Pero éste lo rechazó con estas palabras: “No pondré en mi cabeza una corona de oro en el mismo lugar donde la llevó de espinas el Redentor”. De hecho, Godofredo se contentó con el título de gobernador y defensor del Santo Sepulcro, para no ofender a una Iglesia, para la cual existía una soberanía: la del Papa. El caudillo de la Primera Cruzada permaneció en Jerusalén con tropas escogidas para defender aquella preciosa conquista de la cristiandad. Al cabo de un año, fallecía, siendo llorado por todos.

Después de conseguir una nueva victoria contra un ejército enviado por el califa de El Cairo, la mayoría de los cruzados regresaron a Europa. Los que se quedaron en Oriente no fueron precisamente los más puros: a éstos no era ya el Santo Sepulcro el que les retenía, sino el apetito de gloria, botín o feudos. Para algunos la expedición había resultado muy provechosa. Balduino, hermano de Godofredo, y sus loreneses empezaron por fundar un condado autónoma en Edesa. Tancredo y sus normandos se apoderaron de Alejandreta, y Boemundo y los normando de Italia, de Antioquía. La Siria conquistada se dividió al estilo feudal: al sur, de Beirut a Gaza, emergió el reino de Jerusalén, cuyas fronteras, a la muerte de Godofredo fueron llevadas por Balduino hasta el mar Rojo. Comprendió un dominio real - Jerusalén, Acre y Tiro - con cuatro grandes feudos: las baronías de Jaffa, Galilea, Sidón y Montreal, amén de otros doce pequeños feudos. Más al norte de Siria se situaron a su vez el condado de Trípoli, el principado de Antioquía y el condado de Edesa, territorios vasallos de Jerusalén, pero de hecho autónomos y a menudo enemigos.

Sin embargo, todas estas fundaciones no representaban la conquista de grandes territorios, sino que apenas constituían simples ocupaciones militares de pequeños distritos, meras islas de cristianismo en medio del vasto mundo musulmán. Por ello, desde un principio los Estados cristianos de Levante fueron frágiles. El condado de Edesa se encontraba peligrosamente avanzado sobre el Éufrates. Y los otros feudos no eran más que estrechas franjas costeras. Nunca los cristianos lograrían asentar su dominio en Damasco, Alepo, Eme-Hama y otras importantes ciudades islámicas. La Siria musulmana, desde lo alto de sus montañas y sus mesetas, observaba como una presa las colonias cristianas en Oriente.

A pesar de todo, los beneficios materiales de la precaria posición cruzada en Levante no dejaron de ser considerables. La ocupación de Jaffa proporcionó a los comerciantes italianos un seguro puerto, sin el cual no hubiera sido posible aprovisionar a los cruzados. Algunos señoríos, sobre todo los de Antioquía y Edesa, sirvieron de contrafuerte a Jerusalén, de modo que por algún tiempo los cristianos pudieron sentirse relativamente fuertes allí. Con ello, un torrente de aventureros y mercaderes comenzó a afluir tras las huellas de los cruzados. A principios del siglo XII las rutas del comercio mediterráneo comenzaron a abrirse por entre las barreras que los musulmanes habían establecido.

DISTANCIAMIENTO ENTRE ROMA Y BIZANCIO

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no de los proyectos políticos que llevaban involucrado las cruzadas era la unión de las Iglesias cristianas, es decir, el reconocimiento de la supremacía de la Romana por parte de la Griega, lo que facilitaría la unidad militar de los cristianos frente al Islam. Sin embargo, esta aspiración constituyó un completo fracaso. La Primera Cruzada, lejos de acercar a Bizancio hacia Occidente, contribuyó precisamente a lo contrario. El emperador Alejo Commeno no cumplió su promesa de ayudar a los cruzados y éstos, a su vez, se desquitaron, desconociendo su soberanía. Por su parte, el clero griego no se entendió con el latino. La Iglesia romana se negó a devolver Antioquía a la Iglesia griega, y los barones franceses rehusaron obedecer a los funcionarios imperiales de Bizancio. Muy pronto, los latinos se convencieron de que respecto de ellos, los griegos eran “traidores” y “pérfidos”, de los que no podía esperarse ningún beneficio. Los griegos, a su vez, vieron en los occidentales simples “bárbaros codiciosos, dispuestos a atacar y dividir el Imperio, cuando se les presentara una ocasión favorable”.

De este modo, el distanciamiento ya existente desde antes de las cruzadas se transformó en odio y la Iglesia cristiana de Oriente hasta llegó a preferir el dominio turco antes de someterse al Papa. La Primera Cruzada había ganado el Santo Sepulcro para Roma, pero simultáneamente le había hecho perder para siempre a los cismáticos griegos.

   

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