2 de Octubre de 2002 - Democracia Obrera n° 15 |
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En defensa
de todas las fábricas ocupadas por sus trabajadores.
La lucha por el control obrero es inseparable
de la lucha por trabajo para todos y por el poder
Nuevamente sobre el
control obrero, cooperativismo, autogestión y cogestión
Un debate que recorre
a todas las corrientes de la izquierda argentina y a la vanguardia
obrera
Semanas atrás, se realizaron tres
encuentros de distintas fábricas que están siendo puestas
a funcionar por los trabajadores -en el medio de la catástrofe
y la crisis capitalista- que las han tomado, e intentan denodadamente
buscar un camino que sostenga sus puestos de trabajo. El 24
de agosto, se realizó un encuentro en Grissinópolis, impulsado
por el PO; y el 7 de septiembre, uno en Brukman junto con Zanón,
y otro en La Baskonia, impulsado por el Movimiento Nacional
de Fábricas recuperadas en el que conviven el CTA y la CCC.
Una fuerte discusión está cruzando
a las corrientes que, como la CCC y el CTA, el PO o el PTS, tienen
una relativa influencia en esos procesos. Pero, lamentablemente,
mientras discuten, han dividido las filas de los obreros del
movimiento de fábricas ocupadas. Han realizado tres encuentros
separados de obreros que tienen las mismas demandas, los mismos
intereses en la lucha. Justifican esa división diciendo
que tienen “diferencias ideológicas”: ¡pero la unidad de
las filas obreras no puede depender de los acuerdos o diferencias
ideológicas de las corrientes, sino de los intereses de la
clase obrera y de su lucha!
Esta división que han impuesto con
tres encuentros separados ha sido un duro golpe para los
trabajadores que buscan un camino para poner a funcionar
las fábricas abandonadas y en ruina que les dejaron los capitalistas.
Estamos convencidos de que cualquiera que le pregunte a un
obrero de base de Grissinópolis, de Brukman, Zanón, Parmalat,
la Baskonia, etc., podrá comprobar que éste no acepta y no
termina de entender por qué se hicieron tres encuentros separados.
Es indudable que existen diferencias
entre las distintas corrientes obreras. Inclusive nosotros
hemos polemizado duramente sobre el control obrero con
corrientes como el PTS, el PO o la CCC.
Pero esto no es ninguna explicación
para que no exista ya un movimiento unitario de todas las
fábricas tomadas por sus trabajadores. Puesto que si existiera
la democracia obrera, todas las corrientes de la clase podrían
intervenir con sus posiciones, con su programa y su punto
de vista, en un congreso unitario de delegados con mandato,
y luego serían éstos los que, por mayoría y minoría, junto
a las asambleas de base, definirían el mejor programa y el
mejor curso para la acción en la lucha que han emprendido.
Sin embargo, es indudable que las
corrientes que encabezan este movimiento, al negarse a
impulsar un método sano de democracia obrera, objetivamente
imponen la división de las fábricas en lucha. Cada una de
éstas intenta agrupar a su alrededor a grupos de estas empresas,
lo que termina de hecho imponiendo la división.
Desde Democracia Obrera no nos vamos
a cansar de insistir que las distintas corrientes obreras,
lejos de asfixiar la democracia directa, lejos de impedir
el funcionamiento pleno de los verdaderos protagonistas
de esta lucha en un movimiento único democrático, deben
romper toda autoproclamación sectaria. Esto se torna cada
vez más decisivo, puesto que una a una estas empresas están
buscando una solución en municipalidades, gobernaciones,
jueces, etc., y se ven obligadas a hacerlo cada una por su lado,
y en las peores condiciones.
Si todas estas corrientes dicen estar
por la estatización bajo control obrero de las fábricas en
crisis, ¿por qué no constituir una coordinadora única que
luche por esta demanda inmediata en todo el país, más allá
de las formas actuales bajo la que funcionan estas fábricas
y con las que los obreros consiguieron impedir su cierre, tomarlas
y mantenerlas funcionando? Esto permitiría transformar
cada vez más las negociaciones empresas aisladas-estado
(justicia, parlamentos municipales y provinciales, etc.)
donde éstas pierden o van a perder inexorablemente, en una
lucha nacional centralizada.
Como veremos luego en las resoluciones
de la legislatura de Ciudad autónoma de Buenos Aires sobre
Grissinópolis y Chilavert, hoy son los obreros los que han
tenido que poner su salario para que estas empresas se mantengan
abiertas.
Pero supongamos que esto que planteamos
desde Democracia Obrera, que para nosotros es una necesidad
inmediata, sea imposible de realizar. Pero si fuera así,
¿por qué ni tan siquiera se votó un comité de lucha común con
un delegado por empresa, para poder golpear en común ante
el primer ataque de la policía y la justicia para recuperar
las fábricas, o para acompañar todas juntas todo reclamo
o medida de lucha tomada por cada una de ellas, y por una demanda
urgente como es la de “Abajo la ley de quiebras”, “Fuera las
manos de los patrones, las municipalidades, los jueces y
la policía de las empresas tomadas por sus legítimos propietarios,
los trabajadores”? Un comité de lucha así permitiría un
combate unificado de los obreros de las fábricas ocupadas,
no sólo de presión a los parlamentos y a los jueces patronales
corruptos, sino impulsar con todo la lucha extraparlamentaria
de los mismos, como parte de la pelea por un nuevo 20 de diciembre
y por hacer realidad el “que se vayan todos, que no quede ni
uno solo”. Es más, los obreros tomando las fábricas y poniéndolas
a producir, ya han iniciado este camino.
En momentos en que escribimos este
artículo y cerramos esta edición, están siendo brutalmente
atacados por la patronal y los rompehuelgas los obreros de
Zanón y su fábrica. Indudablemente, la ausencia de esa coordinadora
de lucha, impide una respuesta inmediata y centralizada
de todas las fábricas ocupadas, más allá de las distintas posiciones
ideológicas y programáticas que surgen sobre la autogestión,
el control obrero, el cooperativismo, etc.
El actual ataque a Zanón es un alerta
decisivo para poner en pie ya mismo, sin ninguna dilación,
esa coordinadora de lucha.
El PO, junto al MIJD y demás integrantes
de la mesa convocante del Bloque Piquetero Nacional tienen
una nueva mancha en su haber: no haber permitido que en la
Asamblea que acaban de realizar el 28 y 29 de septiembre se
expresaran los obreros de Zanón, Brukman y las demás fábricas
ocupadas que no siguen los lineamientos del señor Altamira.
¡Esto no puede volver a repetirse!
Nada impide que pongamos en pie un comité de lucha para gritar
“Hoy todos somos Zanón” y para, con el método de la democracia
obrera, profundizar un debate programático y político
de cara a la vanguardia sobre cuál es el mejor curso para asegurar
el triunfo.
Indudablemente, lo que ya está demostrado
es que cada pequeña o gran corriente de izquierda está imponiendo
una política divisionista criminal que surge inexorablemente
de su negativa a impulsar la democracia obrera, la autoorganización
y la coordinación de las luchas como la única forma de garantizar
la unidad de las filas obreras para el combate.
Todos buscan acuerdos de cúpulas,
comisiones que se reúnen con otras comisiones, delegaciones
de unos encuentros que van a los encuentros que realizan los
otros. Está claro entonces que la unidad de este enorme frente
de lucha que se ha puesto en pie en Argentina, habrá que imponerlo
con asambleas y con mandatos y resoluciones votadas por las
bases, para imponer la unidad de todas las fábricas tomadas
en lucha, y de estos con el resto del movimiento obrero ocupado
y desocupado.
Los obreros de Zanón tienen toda la
autoridad para llamar a constituir ya ese comité de lucha
con delegados de todas las fábricas ocupadas.
¡Basta de sectarismos cuando está
en juego la suerte de nuestra clase! ¡Viva el debate político
abierto, franco y duro para buscar un camino para triunfar!
¡Viva la unidad para luchar! Es desde esta barricada que
desde Democracia Obrera intervenimos en este debate que
ya lleva meses en la izquierda y en la vanguardia obrera argentina.
La patronal y su estado, que tienen
una enorme conciencia de clase basada en la propiedad, siempre
intentan utilizar cada conquista o triunfo parcial conseguido
por la lucha obrera, toda concesión parcial que tienen que
otorgar, para transformarlas en un triunfo estratégico de
su política de clase. Así, los obreros han conseguido enormes
triunfos parciales como es impedir el cierre de las fábricas
en quiebra producto de la catástrofe y el crac del sistema
capitalista semicolonial argentino. Pero este triunfo,
que por ahora se mantiene -como es el caso de Grissinópolis
y Chilavert-, corre grave riesgo de desaparecer en el futuro
y, como no podía ser de otra manera, son los obreros los que
con su esclavitud y sus salarios de miseria tienen que pagar
la bancarrota del sistema capitalista.
Las leyes 881 y 882 –apoyadas por todas
las corrientes obreras en el parlamento- no tocan en lo más
mínimo los intereses de los capitalistas de conjunto, y
terminarán garantizándoles a los capitalistas hoy quebrados
y a sus acreedores una garantía o posibilidad de cobro. En
el caso de los acreedores, a dos años, si la fábrica logra funcionar
bien y dar ganancias. En el caso de los capitalistas hoy quebrados,
les garantiza la posibilidad de, en dos años, recuperarla
a precio de “quiebra” si –insistimos- la fábrica logra funcionar
positivamente, o bien postergar por dos años la agonía de
una fábrica aislada solamente sostenida por el esfuerzo
de los trabajadores. No nos olvidemos del caso de Renacer,
en Ushuaia, donde entre los bancos, la AFIP y el burócrata
vendido Sosa, la llevaron a la quiebra luego de robarse millones
de pesos que los obreros nunca vieron.
Son los obreros de Ghelco los que deben
poner los 400.000 pesos que se les adeuda de salarios, e inclusive
resignar el cobrar sueldo durante meses para poner en marcha
la fábrica, mientras viven con Planes Trabajar.
Estas leyes, que obligan a los obreros
a transformarse en cooperativas, rápidamente empujarán
a los mismos a caer en las garras del capital bancario -como
sucede con toda empresa que funciona en el capitalismo-
que estará atento a observar sus desarrollos (siempre pagado
con el esfuerzo y la esclavitud obrera) para dejar a estas
fábricas cooperativas endeudadas y así, en dos años, ser
el acreedor fundamental y quedarse con ellas. O en caso contrario,
apoyar fuertemente a la competencia, para quebrarlas irremediablemente.
Así, el cooperativismo es poco pan
para hoy y más hambre para mañana. Es muy posible que por la
relación de fuerzas existente, por el aislamiento de la lucha
de las distintas fábricas hoy tomadas, por la enorme traición
de la burocracia sindical que también las deja libradas a
su suerte o manda carneros y rompehuelgas como sucede con
el sindicato ceramista nacional con Zanón, con el sindicato
textil con Brukman, etc., los obreros se vean obligados a aceptar
acuerdos circunstanciales que no les son beneficiosos. Pero
entonces, es una obligación llamar a las cosas por su nombre
y decir que es un mal acuerdo, y que hay que seguir luchando
para imponer un acuerdo realmente beneficioso para los
obreros. La política revolucionaria no puede ser otra que
aceptar el mismo circunstancialmente, para imponer ya una
coordinadora nacional y un comité de lucha de las fábricas
tomadas para que sea el estado de los patrones y los monopolios
el que se haga cargo de la ruina de los capitalistas aislados,
que cuando ganaban millones no repartían sus ganancias, y
ahora que están en crisis, quieren que seamos los obreros los
que la paguemos.
Lo mismo sucede en el caso de la lucha
de los obreros de Zanón, que han conquistado un mecanismo
de cogestión entre la administración obrera de la fábrica
y la justicia, que a nivel provincial falló a favor de los
obreros, pero que a nivel nacional ya ha fallado en estos
días a favor de devolver la propiedad al patrón Zanón. Es indudable
que esa empresa es codiciada por los capitalistas, después
de que los obreros han demostrado heroicamente que esa fábrica
puede producir sin el lucro de los capitalistas parásitos.
En contra de lo que dice el PO que critica
al PTS por aplicar un “control obrero judicial” en Zanón, nosotros
afirmamos que los obreros de Zanón tienen todo el derecho
de utilizar todos los medios que tienen a su alcance, inclusive
la justicia, para garantizar la permanencia de su fuente
de trabajo. Pero en contra del PTS, afirmamos que es un crimen
fomentar toda ilusión en que de la mano de la justicia videlista-peronista-radical-sapagista
se podrá mantener esa conquista obrera. Es más, en manos de
esa justicia marchan hoy los rompehuelgas custodiados por
la policía para tratar de quebrar la heroica lucha de Zanón.
Por ello hemos criticado a la política del PTS que no llama
las cosas por su nombre: no dice que lo que existe en esa fábrica
es una cogestión obrera-patronal-judicial, una situación
transitoria que no podrá mantenerse por mucho tiempo, como
lo demuestran los acontecimientos actuales. Con total franqueza
hemos alertado de que si hay otras dos fábricas ceramistas
en crisis en la zona, la verdadera forma de avanzar en la lucha
por el control obrero, sería que el sindicato organice un
plan de producción común para las cuatro fábricas ceramistas,
no solo para Zanón sino para Stefani, del Valle, Cerámica
Neuquén. Un plan de producción para toda las fábricas ceramistas
de las zonas, impuesto con la asamblea general de las cuatro
fábricas, con comités de lucha, cuerpo de delegados revocable
y con el sindicato ceramista a la cabeza.
Un plan de producción así no solo incorporaría
10 trabajadores desocupados en Zanón, sino que podría imponer
un nuevo turno en todas las fábricas, e inclusive la reducción
de la jornada laboral, para que centenares de trabajadores
desocupados entren a trabajar, decidido democráticamente
por asambleas de todos los movimientos de desocupados de
Neuquén.
La crítica del señor Altamira a
esta experiencia, lejos de dar una salida a lo que él considera
una “desviación”, es de un cinismo sin igual: ha votado las
leyes de cooperativas antiobreras en la legislatura porteña,
ha dicho que por el momento no se puede imponer otra cosa y
que es lo que hay que agarrar, mientras quiere salvar la ropa
diciéndole al estado que les de un subsidio de miserables
50.000 pesos ¡por única vez! a Grissinópolis y Ghelco para
que se pongan a funcionar. Evidentemente, lo que merece el
señor Altamira es ir a trabajar a Ghelco y sobrevivir con
un plan Trabajar, y no con la jugosa dieta parlamentaria
que cobra.
Estos programas reformistas, con
obreros produciendo por 150 lecops deja sentado un antecedente
–como ya está sucediendo en varias empresas y como quiere
la patronal- de tener obreros con salarios miserables de
30 dólares. Días atrás, los obreros recolectores de basura
realizaron una firme movilización para impedir que la patronal
tome obreros pagados con 150 lecops que habrían hecho caer
sus salarios. Es que la lucha por la estatización sin pago
y bajo control obrero de toda empresa que cierre o despida,
es parte de la lucha por imponer trabajo para todos, con un
turno más en todas las empresas, con reducción de la jornada
laboral y con aumento de salarios para recuperar lo que
la crisis capitalista se devoró en los últimos años. Por
el contrario, el programa reformista, lejos de unir, divide
a las filas obreras.
Y a esas leyes votadas por la legislatura
porteña, la izquierda reformista las ve como un triunfo colosal,
mientras el ARI aplaude gustoso la imposición de su política
patronal!
Nosotros afirmamos que, lamentablemente,
la política reformista que despierta ilusiones en el parlamento
o en la justicia, no prepara a los obreros para los combates
decisivos presentes o futuros.
Se corre el riesgo de impulsar el
patriotismo de fábrica, y no que éstas deben ser una barricada
para impulsar la unidad de las filas obreras y la toma del
poder, puesto que sin revolución obrera, sin poner en pie un
organismos de lucha de todos los explotados, ningún triunfo
es permanente, y mucho menos en este caso.
Imaginémonos por un instante a 100
fábricas aisladas unas de otras, funcionando bajo cooperativas
o administración obrera: lo que surge irremediablemente
como perspectiva es la experiencia de Renacer en Ushuaia,
una fábrica que se transformó en cooperativa y luego en sociedad
anónima, de la que se hizo cargo el sindicato, que se sostuvo
mientras a su alrededor cerraban una a una las demás fábricas
metalúrgicas de Tierra del Fuego, dejando 8.000 obreros despedidos.
Era claro que Renacer, frente a semejante derrota de los
trabajadores metalúrgicos, no podría subsistir mucho tiempo,
separada del resto de las fábricas de la misma rama de producción
de todo el país. Para poder hacerlo tuvo que sacar créditos
en los bancos, dedicarse a colocar su producción en el mercado,
con el director obrero del sindicato dedicándose horas
y días a gestionar créditos con los banqueros, a tratar de
entrar en el circuito de comercialización para vender la
producción. Inevitablemente, el director obrero de una fábrica
aislada como fue Renacer, terminó subordinado a las leyes
del sistema capitalista: así, el ayer combativo Sosa, terminó
siendo comprado, bajo la presión de tener que conseguir en
una economía capitalista los recursos para hacer funcionar
a una fábrica aislada.
Si la burguesía hace surgir a la burocracia
en un sindicato; si incluso la burguesía imperialista mundial
hizo surgir una burocracia inclusive en los antiguos estados
obreros, ¡cómo no va a terminar descomponiendo a toda dirección
obrera de una fábrica aislada puesta a funcionar como cooperativa,
o bajo gestión obrera, en medio de la producción, la comercialización
y la competencia capitalista, si esa conquista parcial no
está al servicio de la lucha por el poder!Y esta dura verdad
hay que decírselas sin tapujos y con claridad a las capas
obreras que entran en esta difícil lucha.
Por eso, todo patriotismo de fábrica,
como ya lo planteara la III Internacional revolucionaria
de Lenin y Trotsky lleva, a la larga, a la pérdida de la conquista
que significa tomar una fábrica y ponerla a producir en
manos de los obreros. Toda política de cooperativa o gestión
obrera, separada de la lucha por el poder, prepara inevitablemente
derrotas estratégicas para mañana.
Inclusive, esta cuestión no solo
es válida antes de la toma del poder, sino también después.
Así, en la revolución rusa luego de la toma del poder por los
soviets bajo la dirección del partido bolchevique, durante
1917 y 1918, casi se descompuso la naciente Unión Soviética
revolucionaria, justamente por el control obrero. Es que
los bolcheviques no expropiaron inmediatamente a los capitalistas
puesto que eso podía llevar, en ese momento, cuando Rusia venía
de cuatro años de guerra imperialista, a una desorganización
total de la producción, sino que impusieron el control obrero
en todas las ramas de la producción. ¿Y qué hacían los capitalistas,
aún bajo un gobierno obrero revolucionario? Usaban el control
obrero para dividir las filas obreras. Así, el patrón de cada
fábrica decía: “no hay más insumos para producir”, y mandaba
al comité de fábrica que imponía el control obrero a conseguir
los insumos para producir. Los obreros los iban a buscar, pero
se encontraban allí con obreros de otras fábricas que también
los necesitaban, y terminaban inclusive enfrentándose
dura y violentamente entre los propios obreros por los insumos.
Así, en 1918, los bolcheviques tuvieron
que imponer la expropiación a los capitalistas, porque éstos
estaban utilizando el control obrero para boicotear la producción
y para dividir las filas obreras. Es que el control obrero,
aún después de la toma del poder, no elimina el problema crucial,
que es la cuestión de la propiedad de las fábricas. De este
manera, aún después de la toma del poder, el control obrero
de la producción es un paso táctico, transitorio en el camino
de la expropiación, puesto que, mientras sigan rigiendo las
leyes del capital puede desorganizar la producción y dividir
las filas obreras, porque el capital se reproduce automáticamente,
aunque los reformistas no puedan comprenderlo.
Si esto es así aún después de la toma
del poder, ¡qué no hará la burguesía, los banqueros, la competencia,
con fábricas cooperativas o bajo gestión obrera, aisladas
unas de otras, cuando la clase obrera en Argentina no se ha
hecho del poder! Por eso, la III Internacional de Lenin y Trotsky,
alertaba sobre el falso patriotismo de fábrica, diciendo:
“Para lograr la organización regular del control obrero
en las fábricas, es absolutamente necesario que los sindicatos
dirijan los comités de fábrica y relacionen y combinen
el trabajo de dichos comités con los de las empresas de una
misma industria para prevenir de esa manera los inevitables
intentos de cultivar el patriotismo de fábrica que puede
producirse si el control está diseminado” (Tesis del II
Congreso de la III Internacional sobre comités de fábrica
y el control obrero).
El hecho que ha confundido a esta
izquierda cada vez más reformista, y que la tiene obnubilada,
es que ya más de 100 fábricas están tomadas por sus trabajadores
en vías de convertirse en cooperativas, o bajo cogestión
obrera y estatal, sin que el estado y la patronal hayan intervenido
duramente de conjunto, por ahora, recuperando esas fábricas
a través de su policía y la justicia, como sí hicieron con
las rutas cortadas ayer en Mosconi, en el puente Avellaneda,
etc.
Nosotros afirmamos que esto sucede,
en primer lugar, gracias a la lucha y heroísmo de los obreros
de esas fábricas. Pero alertamos que, en cualquier momento,
la burguesía va a usar alguna de esas fábricas -como hoy sucede
con Zanón- para concentrar fuerzas en ellas y dar un escarmiento
físico a la vanguardia obrera, como lo hiciera ayer en Puente
Pueyrredón. Está claro que todo apunta a los obreros de Zanón,
que están haciendo la experiencia más avanzada. La tardanza
en poner en pie un comité de lucha nacional puede hacer peligrar
estratégicamente toda la lucha por el control obrero.
Los ataques que se preparan son el
garrote para los procesos más radicalizados, mientras que,
por otro lado y para que los obreros acepten ser ellos los que
paguen la crisis, vendrán las frases dulzonas de los que les
dicen que la salida es hacer cooperativas, autogestión,
y demás trampas.
Es que los capitalistas y su estado,
en épocas de catástrofe y crac, y sobre todo ante situaciones
de crisis de dominio y de posibilidad de levantamiento
o revolución de sus esclavos, siempre tienden a ceder algo
periférico y secundario de su sistema, para no perder todo,
y para inmediatamente, contraatacar.
Esta premisa presupone que los obreros,
lejos de pelear por lo mínimo –cooperativas, bolsones de
comida en el caso del movimiento de desocupados, etc. -
sólo luchando por todo, consiguen algo. Inclusive los propios
planes trabajar miserables han sido conseguidos con grandes
luchas revolucionarias, no solamente ayer en Cutralcó y
Jujuy sino con el mismo 20 de diciembre donde ha quedado gravemente
herido el régimen infame y sus gobiernos.
Esto ha sucedido en magnitudes
enormemente superiores a las de la crisis y catástrofe actual
en Argentina, por ejemplo, a la salida de la segunda guerra
mundial, cuando, luego de la derrota del fascismo, la burguesía
veía amenazado inclusive el poder en Francia, en Alemania,
en Italia, etc. ¿Cómo actuó el sistema capitalista mundial
frente a semejante catástrofe a la salida de la guerra y
el peligro de la revolución? Pactó con la burocracia stalinista
que le entregaba a ésta, para que controle la revolución,
sectores secundarios de la economía mundial, como China,
los países del este de Europa, etc., pero para que ésta le
salvaguardara la economía de las potencias imperialistas
centrales que son las que controlan la economía capitalista
mundial. Y así sucedió que, luego, una vez recompuesto el sistema
capitalista, controlada la revolución china, yugoslava,
cubana, etc., por la burocracia stalinista, la economía
mundial largó, a partir de los ‘80 una contraofensiva para
recuperar esos estados obreros, cosa que logró a partir de
los ‘90 comenzando por la ex-URSS, con esa misma burocracia
devenida en burguesía restauracionista.
En Argentina, ante la catástrofe
económica, la crisis de los de arriba y el levantamiento
revolucionario de masas que protagonizamos el 20 de diciembre,
la burguesía está dispuesta a entregar circunstancialmente,
durante un corto período –eso sí, bajo formas de cooperativas,
cogestiones, etc.- sus empresas quebradas, para que se sostengan
a costa del hambre y la esclavitud obrera. Y para que luego,
una vez que la economía se recomponga con un nuevo ciclo de
crecimiento, y su régimen y estado logren fortalecerse,
habiendo salvado lo sustancial de la economía capitalista
–es decir, los bancos, los monopolios, las petroleras, las
privatizadas, las grande automotrices y fábricas de la
alimentación, las mejores tierras-, vuelvan al ataque para
tratar de recuperar lo que sirva de lo que los obreros sostuvieron
con su sacrificio, o destruir lo que esté demás. Mientras tanto,
darán su escarmiento e intentarán propinarle a los trabajadores
derrotas físicas allí donde los procesos de gestión obrera
estén más avanzados.
Nosotros afirmamos que así funciona
el sistema capitalista en esta época de crisis, guerras,
cracs y revoluciones. Por ello, aunque parezca mentira, hay
algo que une a los organizadores de los tres encuentros, y
que los diferencia enormemente de la política de los socialista
revolucionarios. Hay un programa sustancial que une al CTA,
la CCC, el PO y el PTS en el frente de lucha de las fabricas tomadas:
todos dicen “Por la reapertura de las más de 1000 fábricas
cerradas para imponer el control obrero”. Pero se detienen
en su programa de demandas inmediatas justo en el punto de
partida de la lucha por el control obrero. Nosotros, por supuesto,
hacemos nuestra esa elemental demanda de “ningún despido,
reapertura de las fábricas cerradas y ponerlas a producir
bajo control de los trabajadores”, pero afirmamos que esa
demanda es inseparable de la lucha por el control obrero
y por la liquidación del secreto comercial y la apertura
de los libros de contabilidad de todos los monopolios, los
bancos y las empresas de la gran patronal y las empresas imperialistas
que sí dan ganancias.
¡Fuera el secreto comercial! ¡Por
la nacionalización y el control obrero de la Repsol, la Telefónica
y la Telecom! Los obreros debemos decir que no solo nos interesa
la crisis de tal o cual fábrica aislada, sino que queremos
poner bajo los ojos vigilantes y bajo nuestro control a las
empresas y bancos que son los que provocaron esta catástrofe.
Debemos decir que para que haya crédito para poner a producir
las 1200 fábricas que debemos tomar en nuestras manos, hay
que expropiar al capital financiero y a sus bancos, expropiadores
de los ahorros del pueblo, e imponer un banco estatal único
que garantice la puesta en funcionamiento de estas empresas
como parte de un plan obrero de producción en gran escala de
las grandes concentraciones y grupos económicos que han parasitado
las riquezas nacionales.
Por ello, nuestra lucha es decirles
a los obreros: tomemos toda conquista parcial que conseguimos
en el curso del combate, aprovechémosla, pero la solución
no es resolver el problema de la quiebra de 1200 empresas sino
la quiebra de un sistema de conjunto que tienen 6 millones
de desocupados, y eso se hace atacando no sólo la propiedad
que está en quiebra, sino la que da ganancias. Por eso nuestra
lucha es por unir los reclamos de los obreros de las fábricas
tomadas con los de los trabajadores desocupados, con la
lucha por un nuevo turno de trabajo en todas las empresas,
para poner a producir los 48.000.000 de horas hombre de trabajo
que se pierden diariamente por la persistencia de más de 6
millones de desocupados y subocupados, por culpa de un
sistema inmundo que ya ni siquiera puede darle de comer a
sus esclavos.
Pero para hacer esta gran lucha,
a los obreros de las fábricas tomadas y a los desocupados
hay que decirles la verdad: que hay que derrotar a la burocracia
sindical que es la que impide que se reunifiquen todas las
capas obreras en una sola lucha, y no sólo en una seccional,
sino a nivel nacional. Porque de la mano de ésta, como sucede
hoy en Zanón, se organizarán los rompehuelgas pagos para
quebrar las heroicas luchas. Que hay que poner en pie para ello
un gran congreso nacional de todas las masas en lucha, para
unirse con los ahorristas expropiados por los bancos, con los
desocupados y los ocupados. Hay que decir lo que decimos
los marxistas revolucionarios desde hace meses: que el accionar
de los capitalistas será mandar a sus bandas asesinas y que
por eso hay que poner en pie comités de autodefensa, en definitiva,
hay que decirles que es necesario preparar la lucha por el
poder de la clase obrera y los explotados, única posibilidad
de resolver definitivamente el control de las fábricas
que están en crisis y cierran y también las que esclavizan
con salarios de miseria a la clase obrera.
El camino del reformismo es el más
largo, el más tortuoso y el que más divide las filas obreras,
el que separa la alianza obrera y popular. Por el contrario,
con este programa los obreros de las fábricas tomadas, los
ocupados y desocupados podrían restablecer la alianza con
las clases medias estafadas, que hoy han sido canalizadas
por charlatanes como Nito Artaza hacia una política patronal
y de confianza en la justicia burguesa.
Esos programas mínimos de los reformistas
separados de una estrategia revolucionaria, dividen y
debilitan la lucha obrera. Y después terminarán chillando
y diciendo: ¡“Qué atrasados que son los obreros”!
Porque esta izquierda reformista
no hace más que repetir en pequeña escala, la vulgaridad
teórica y antiobrera del stalinismo que hablaba de “socialismo
en un solo país”. Esta izquierda reformista le quiere hacer
creer a la clase obrera que puede haber control obrero y “socialismo”
por un largo tiempo, en fábricas aisladas, y en medio de una
economía capitalista controlada por los grandes monopolios
y los grandes bancos.
Quienes han llevado ya hasta el paroxismo
esta política reformista, son los que ha largado la consigna
- como hiciera ayer la burguesía nacional con el “compre nacional”-
de “compre control obrero”. ¡Como si se pudiera imponer el
control obrero de fábricas aisladas, a través del mercado
y no expropiando la propiedad y derrotando a los capitalistas,
a su gobierno y su régimen, e imponiendo la revolución obrera!
La conquista de mantener la fábrica
produciendo e inclusive la venta de los productos, no puede
ser una simple orientación mercadista de compra y venta, sino
que tiene que ser una herramienta para imponer la unidad de
las filas obreras, y de los obreros de las fábricas ocupadas
con los de las fábricas de la competencia. Cada fábrica aislada
vendiendo en el mercado capitalista separa a los obreros
de la misma rama de producción, justamente por la competencia
capitalista. Lo único que puede unirlos es la lucha por trabajo
para todos con salarios dignos, por el control obrero como
parte de un plan obrero y popular de emergencia, y la lucha
contra la burocracia sindical.
Por el contrario, los dirigentes
de la izquierda reformista, de marxistas, se han transformado
en vulgares mercadistas y consumistas, todas ellas ideologías
utópicas y pequeñoburguesas que pueden llevar al proletariado
a un callejón sin salida estratégicamente. ¡Señores!,
en una sociedad capitalista, al mercado lo controlan las
empresas de mayor productividad y tecnología. Nos hacen
acordar a los utópicos hippies de los ‘70 que nos decían que
no tomando Coca Cola fundíamos a la Coca Cola. ¿Habrá límites
a tanta insensatez antimarxista?!
Se puede perfectamente no inventar
campañas de marketing en el mercado que desarrollan veneno
reformista en la cabeza de los obreros, y a la vez ser solidario
con las fábricas ocupadas, ayudando a que vendan su producción
y consigan sus insumos, pero para hacer el aguante a la extensión
y a la cooordinación de las luchas, a su centralización, a
la derrota de la podrida burocracia sindical que las aísla,
en definitiva, a la lucha por el poder.
Pero lamentablemente la izquierda
reformista ya ha dicho que no lucha por el poder obrero, sino
por una Asamblea Constituyente que será la que, votando, resuelva
todo los problemas. ¡Esta política de querer llevar tanto
esfuerzo, tanta lucha de la clase obrera y los explotados,
para votar mejor y administrar la crisis, nos hace parafrasear
al reformismo del siglo XIX que hablaba de la “filosofía
de la miseria”, y a Marx y Engels que le respondían con “La miseria
de la filosofía”. Hoy podríamos decir que a la izquierda del
régimen le caben las dos formulaciones: la del “socialismo”
que solo quiere repartir la miseria, y la miseria de los “socialistas”
de la izquierda reformista de hoy.
Pablo Levin, profesor de la UBA, organizador
de distintos seminarios sobre gestión obrera en las Pymes
y en las fábricas autogestionadas con los que intenta introducir
a los obreros de las fábricas tomadas a la conquista del mercado,
ha declarado al diario Clarín del 22/9, lo siguiente: “Sería
posible pensar que de profundizarse y generalizarse este
fenómeno suceda algo parecido a lo que ocurrió en los siglos
16, 17 y 18, cuando la burguesía fue creando una nueva economía
hasta que hizo su propia revolución. Ojalá que en los próximos
años podamos ver formas de transición hacia el socialismo.
Y no hay que asustarse. Lo que nos mostró el siglo 20, no era
socialismo sino una especie de complicidad ideológica
entre Occidente y Oriente, porque a los dos les convenía llamarlo
así, a uno para descalificarlo, y al otro para arrogarse
el título”.
Es indudable que este profesor universitario,
integrante del grupo de economistas de la UBA, es el que mejor
expresa teóricamente una política pequeñoburguesa y
utópica para la clase obrera y su perspectiva revolucionaria.
Lo que Levin dice, es que durante décadas y siglos, la clase
obrera puede ir tomando de a poco todas las fábricas, los
bancos, las tierras, hasta que, una vez que ya sea propietaria
y controle todos los medios de producción, haga la revolución.
El socialismo utópico, que el marxismo
del siglo XIX dejó atrás, fue un jalón, en su superación, del
socialismo científico. Pero este nuevo seudo socialismo
utópico es abiertamente reaccionario. Quiere negar el viejo
“socialismo” stalinista y plantea una política tan o más
reformista que aquél. La burguesía, durante tres siglos, pudo
ir conquistando la economía en el marco de la sociedad feudal,
porque era una clase propietaria, manejaba entre otras cosas,
el dinero y el comercio, incluso compraba los príncipes,
les prestaba para que se financien. Fue una clase explotadora,
propietaria que realizó su gran acumulación de capital en
base a guerras y piratería, como fue el pirata Morgan y las
guerras de las cruzadas para apropiarse de riquezas de otras
zonas del planeta.
Pero es tan reformista y reaccionario
el señor Levin, que no dice que para conquistar durante siglos
un nuevo sistema burgués, hubo guerras, guerras de millones
de campesinos, utilizadas y traicionadas mil y una vez por
la burguesía naciente, como sucedió a fines de 1400 y en 1500
en Alemania con el surgimiento del luteranismo, donde la
burguesía terminaba pactando con los nobles la masacre de
las alas izquierdas revolucionarias del campesinado al
que utilizaba para negociar mejor. Este cuento de hadas
de la historia ignora que en los siglos 16 y 17 se conquistaron
las ciudades burguesas, en base a guerras y tiros con los nobles,
se hacían pactos de tributos como en Génova, en Milán, en
los cantones suizos.
Durante siglos la burguesía como
clase propietaria usó a otras clases explotadas, y logró
madurez porque terminó controlando el dinero, la cultura,
la ciencia y la tecnología, en primer lugar las universidades,
para terminar luego con Cromwell y sus picas en Inglaterra
y con la guillotina de Robespierre demoliendo el estado
feudal y haciendo su propia revolución.
En primer lugar, el señor Levin niega
que la clase obrera, sólo de forma transitoria, en momentos
convulsivos y revolucionarios, puede aquí y allá en su lucha
revolucionaria, tomar tal o cual fábrica, imponer el control
obrero, pero jamás podrá adueñarse de los sectores claves
de la economía sin hacerse del poder y sin enfrentar una respuesta
contrarrevolucionaria de la burguesía. Esas “formas de transición
hacia el socialismo” de la que habla y que aplican sus seguidores
de la izquierda reformista, no es más que pregonar la “vía
pacífica al socialismo” que ya se probara en Chile y terminara
en la masacre sangrienta del golpe de Pinochet. La única economía
de transición se consigue derrotando la dictadura de los
capitalistas y en la lucha por imponer la dictadura del
proletariado, es decir, el gobierno de la más amplia mayoría
contra un minoría de explotadores, una revolución obrera
y socialista nacional que solamente puede terminar de cumplir
sus tareas a nivel internacional y mundial.
Pero en segundo lugar, el señor Levin
se niega a decirles a los obreros que cada fábrica que toman,
cada ruta que cortan, va a llevar a que la burguesía, para
defender su propiedad organice bandas armadas, masacres
como el 20 de diciembre, haga genocidios como en los ‘70,
que es lo que hizo y va a hacer en todo el mundo para defender
su dominio en esta época de decadencia, tal cual como surgió,
pirateando, robando y con guerras. Si por mucho menos que
esto, únicamente porque la burguesía nacional en Afganistán
quiso negociar con el imperialismo la renta petrolera,
-igual que hace Saddam Hussein- recibió como respuesta una
guerra de exterminio en Afganistán y la hoy preparación
de un nuevo ataque a Irak, ¡qué no harán los carniceros imperialistas
y las burguesías cipayas para aplastar una revolución obrera
y socialista! ¡Qué no hará el estado burgués para recuperar
para recuperar su propiedad cuando ésta se ve amenazada
por heroicos obreros en luchas aisladas por fábrica! El señor
Levin no educa a los obreros en los combates decisivos que
tienen por delante. Su política aplicada en los hechos es
la división de las filas obreras.
Quiere darles curso sobre el mercado
y sobre formas de marketing a los obreros, pero no los prepara
para lo que se viene: que si no aceptan las cooperativas y
las sociedades anónimas costeadas con el sudor y el salario
obrero, serán brutalmente atacados por las fuerzas de represión
del estado, por la justicia burguesa, y con ayuda de carneros
y rompehuelgas de la burocracia sindical.
El retraso en poner en pie un partido
revolucionario de la clase obrera que esté a la altura del
ataque de los capitalistas, que luche por la más amplia democracia
obrera y la centralización y coordinación de las masas en
lucha, que a cada paso les haga comprender a los obreros quiénes
son sus aliados y quiénes sus enemigos, que luche por que la
crisis la paguen los capitalistas, es el mayor retraso que
sufre la clase obrera argentina. La crisis no es de los obreros
industriales que no intervienen, ni del supuesto “atraso
de la conciencia de obreros que no han roto con el peronismo”,
sino que la crisis es que amplias capas de la clase obrera y
los sectores en lucha han ido a los partidos que les prometían
que los iban a dirigir en luchas decisivas contra los traidores
de la burocracia sindical y por el “argentinazo” y hoy se
encuentran enredadas en las redes del reformismo.
Hay que desatarles las manos a los
obreros revolucionarios, hay que impulsar su autodeterminación
y democracia directa, y así podrán comprender rápidamente
y por su propia experiencia que el reformismo es el camino
más lejano a la victoria y el más cercano a la derrota.•
Carlos Munzer
El cooperativismo burgués
El cooperativismo burgués que hoy
quieren imponerles a los obreros de las fábricas tomadas
no es más que una forma de autogestión, con la que los patrones
o su estado –en el caso de las empresas estatizadas- les
tiran la crisis a los trabajadores para que éstos la “autogestionen”,
trabajando el doble, encargándose de buscar nuevos recursos,
y salven así a las empresas de la crisis. Hoy, en muchos hospitales
públicos, como por ejemplo los dependientes de la Universidad
de Buenos Aires, se aplica este mecanismo de autogestión.
¿A qué se reduce esa autogestión?: a que los trabajadores
dejen de luchar por el aumento del presupuesto y organicen
una cooperadora que cobra bonos de 5 o 10 pesos a los pacientes
para que éstos paguen lo que el presupuesto no cubre. En fin,
otro engaño de los patrones y su estado para apartar a los
trabajadores de su lucha fundamental.
El estado burgués
sale a socorrer
a los monopolios en crisis
Cuando empresas ligadas a los monopolios
y al imperialismo funcionan mal, les cae la tasa de ganancia
y están en riesgo de quiebra, el estado –que es el garante
de los negocios e intereses de conjunto del capital, y sobre
todo de los grandes monopolios- muchas veces expropia a esas
empresas en crisis, por supuesto siempre resarciendo a sus
propietarios pagando en concepto de indemnización un valor
que esa empresa no posee, es decir, resarciendo los malos
negocios de los capitalistas.
Por ejemplo, a fines de la década
del ’70 en Argentina, bajo la dictadura militar, Martínez
de Hoz “nacionalizó” la vieja empresa SIAT que estaba al
borde de la quiebra, les pagó una indemnización a sus antiguos
dueños, realizó en ella una inversión de 16 millones de dólares
y le instaló tecnología de punta –con dinero que hoy es parte
de la deuda externa que nos hacen pagar a los trabajadores
y el pueblo- y luego, la reprivatizó. Le entregó esa empresa
con tecnología de última generación a Techint, llave en
mano, por apenas 6 millones de dólares a pagar en diez años.
Así, gracias a semejante regalo, Techint hoy puede competir
de igual a igual en el mercado mundial en la producción de tubos
sin costura para la industria petrolera.
Es que el estado burgués y sus gobiernos
son los garantes de los negocios del conjunto de la clase capitalista:
en épocas de crisis, entregan algo circunstancialmente para
no perder todo y para volver a recuperarlo cuando las condiciones
se los permitan. “Nacionalizan” o privatizan en función
de los intereses de los grandes grupos económicos y, en un
país semicolonial como es la Argentina, fundamentalmente
en función de los intereses de los monopolios imperialistas
y del capital financiero.
Cuando hay crisis, la patronal y su
estado se la hacen pagar a los trabajadores y los explotados;
cuando hay ciclos de crecimiento, son también los trabajadores
los que pagan, con el aumento de los ritmos de producción, la
flexibilización laboral, la esclavitud. La demostración
palpable de esta cuestión, es que la brecha entre ricos y pobres
en la apropiación de la renta nacional no ha hecho más que profundizarse,
tanto durante los primeros años de la década del ’90, en pleno
ciclo corto de crecimiento, como actualmente, bajo las condiciones
de crisis y crac del capitalismo semicolonial argentino.
Por eso, el grito de guerra “Que la
crisis la paguen los capitalistas” significa que, a cada
paso, los trabajadores deben hacerle pagar a los capitalistas,
de su propio bolsillo y con su propiedad, la ruina que éstos
le provocaron al proletariado –la única clase verdaderamente
productora- y a la nación oprimida. Levantar un programa
para repartir la miseria y administrar la crisis en fábricas
aisladas, como lo hace la izquierda reformista, es transformar
la consigna de “Que la crisis la paguen los capitalistas”
en su contrario, es decir, en que la crisis la paguen la clase
obrera y el pueblo pobre.
La nefasta experiencia
de la cogestión
en las viejas empresas estatales
Las antiguas empresas del estado
en Argentina –como YPF, Entel, Segba, Gas del Estado, etc.-,
funcionaban bajo un mecanismo de cogestión. En los directorios
de esas empresas había un directorio compuesto por una mayoría
de directores patronales –en este caso, el Estado-, y una
minoría de directores obreros. El estado patronal, con mayoría
en el directorio, aprovechaba la presencia minoritaria
de directores obreros, para que éstos se transformaran en
voceros del directorio entre los trabajadores y en los encargados
de garantizar que aumentaran la producción, haciéndoles
creer que ellos “tenían participación”, que también era “su”
empresa.
No queda ninguna duda de que de esos
directores obreros de las viejas empresas del estado, surgieron
los grandes burócratas sindicales como Cassia en YPF, Lezcano
en Luz y Fuerza, Guillán en Entel, por dar tan sólo algunos
nombres de tantos otros personajes siniestros, verdaderos
guardiacárceles de la clase obrera, surgidos de las empresas
del estado bajo cogestión, y que fueron los mismos que terminaron
colaborando en destruirlas y en privatizarlas, transformándose
muchos de ellos directamente en empresarios.
Por eso, desde Democracia Obrera
seguiremos insistiendo: ¡Ni autogestión, ni cogestión,
ni cooperativas que imponen que la crisis la paguen los trabajadores,
o que éstos colaboren para sacar de la ruina a los capitalistas
en crisis! ¡Estatización bajo control obrero de toda empresa
que cierre o despida! ¡Abajo el secreto comercial y apertura
de los libros de contabilidad de toda la rama de la producción,
comités de fábrica y control obrero para organizar un plan
de producción único por rama de producción en función de las
necesidades de los trabajadores y el pueblo! ¡Expropiación
de los banqueros estafadores y banca estatal única para
dar créditos baratos a las fábricas tomadas y a los pequeños
productores y pequeños comerciantes! ¡Plan obrero y popular
de emergencia, o plan burgués de repartir la miseria y administrar
la crisis: esa es la alternativa de hierro para la clase obrera!