Extract above events following the expulsion of jesuits
Ceballos había reconquistado para la Corona española, en 1763, los pueblos cedidos a Portugal por el Tratado de Permuta; pero dicha nación tenía invertido demasiado dinero en ellos, para desperdiciar una ocasión de reconquistarlos. Esta se presentó treinta y ocho años después. El aventurero Santos Pedroso dio un afortunado golpe de mano sobre la antigua reducción de San Miguel , apoderándose de ella, y dicho acto señaló el comienzo de la reconquista, con gran cortejo de asesinatos y depredaciones, volviendo al dominio portugués la margen oriental del Uruguay que el Brasil conserva todavía.
En 1803, el gobernador Velazco abolió el comunismo en las reducciones, ultimándolas de hecho con esta medida; de modo que al estallar la Revolución de Mayo, no eran ya sino indiadas informes degeneradas en la última miseria. La desgraciada expedición de Belgrano al Paraguay, conmovió un instante su sopor; pero no tuvo sino el mal resultado de entregar a aquel país las establecidas en la orilla izquierda del Paraná, reconociéndole así el dominio total del río.
Cinco años más quedaron quietos, hasta que Artigas, para hostilizar a los portugueses, organizó en las del Uruguay una montonera de la cual fue jefe inmediato el indio Andrés Tacuarí, a quien la historia conoce por su sobrenombre de Andresito. Estas fuerzas vadearon el Uruguay, y después de varios encuentros afortunados, pusieron sitio a San Borja, capital de las Misiones brasileñas. Derrotadas y obligadas a levantar el sitio, las represalias fueron terribles. El marqués de Alegrete y el general Chagas, de feroz memoria, invadieron los siete pueblos argentinos donde Artigas había organizado la montonera y los asolaron bárbaramente, no dejando cosa en pie en cincuenta leguas a la redonda. El incendio devastó las poblaciones; el saqueo acabó con el último ganado y los postreros restos de la opulencia jesuítica. En otra parte mencioné el botín, compuesto por los ornamentos religiosos, a los cuales hay que añadir las campanas y hasta las imágenes de madera. Semejante desgracia tuvo su repercusión en la costa del Paraná; pues para no disgustar a los portugueses, cuya neutralidad convenía a sus designios, el doctor Francia mandó destruir todas las reducciones que la derrota de Belgrano entregó al gobierno paraguayo, desapareciendo así el núcleo principal del Imperio Jesuítico.
Andresito habíase rehecho entre tanto, organizando otra montonera sobre las mismas ruinas, puede decirse, y Chagas vadeó nuevamente el Uruguay para castigarle; pero fue vencido en Apóstoles y obligado a repasar el río. La montonera creció con este éxito, volviédose tan temible, que el general brasileño cruzó el Uruguay por tercera vez, sitiándola en San Carlos donde se había atrincherado. Sucediéronse terribles combates; hasta que habiendo volado la iglesia, convertida por los guaraníes en polvorín, Chagas tomó la plaza. Esta fue arrasada enteramente, lo propio que Apóstoles y San José, ya saqueados en la expedición del año anterior.
Las ruinas de San Javier albergaban algunos dispersos de Andresito, que acosados por el hambre robaban ganados a los paraguayos de la costa del Paraná; éstos expedicionaron sobre aquel foco de salteo, exterminaron a sus habitantes y concluyeron de arrasar las pocas paredes que habían quedado en pie.
Aquellos pueblos, los más pobres ya durante la dominación jesuítica, con excepción de Santo Tomé, que era el puerto más comercial del Uruguay, fueron también los más azotados por la guerra; de modo que ni los restos de la anterior opulencia, los favorecían para una posible reacción.
Entre tanto, Andresito que había escapado de San Carlos por medio de una proeza temeraria, abriéndose paso sable en mano a través de las fuerzas sitiadoras, reunió otra vez una parcialidad compuesta de dispersos y de indios salvajes, entendiéndose con Artigas y con el caudillo entrerriano Ramírez, para una acción conjunta sobre Porto Alegre. Cumpliendo su parte, atacó y tomó el pueblo de San Nicolás; pero un retardo de Artigas frustró la combinación, y el valiente guaraní cayó prisionero, yendo a morir poco después en una prisión de Río de Janeiro.
Sus indios se dispersaron por el Brasil y el Paraguay, o adoptaron definitivamente la vida salvaje, subiendo al Norte y dirigiéndose al Chaco en procura de bosques más espesos. Las últimas noticias que de ellos se tiene, son la tentativa infructuosa que el gobierno unitario de 1826 hizo para restaurar la civilización en aquellas Misiones, siempre reclamadas como suyas por el Paraguay, convirtiéndolas en provincia de la Unión; y la parte que tomaron al siguiente en la guerra contra el Brasil, bajo el mando de los caciques Ramoncito y Caraypí.
Las Misiones situadas al oriente del Uruguay duraron algunos años más; pero en 1828, con motivo de la guerra antedicha, el caudillo oriental Rivera las arrasó tan completamente, que hasta se llevó en cautiverio a las mujeres y los niños.
El régimen jesuítico se prolongó en el Paraguay hasta 1823, entrando los indios desde entonces a trabajar por cuenta del gobierno, pero conservando la organización comunista. Esta fue abolida por el general López en 1848 con el objeto de confiscar en su provecho los bienes de la comunidad, declarados fiscales, y semejante medida consumó la ruina del Imperio Jesuítico en el último de sus vestigios históricos.