LA GUERRA SUCIA DE BUSH CONTRA BOLIVIA

 

Existe un plan encabezado por los prefectos y grupos organizados de la oligarquía boliviana --denominados "cívicos"-- desde los departamentos (equivalentes a nuestros estados en México) de Santa Cruz y Tarija, con la participación decidida de Beni, Pando y recientemente Cochabamba, que fue diseñado y se ha puesto en acción para promover la desintegración del Estado boliviano, consideran periodistas, investigadores, activistas sociales y académicos en Bolivia. El prestigioso Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB,

http://www.cedib.org/pcedib/index.php ),

denuncia que los sectores oligárquicos enquistados en el oriente, considerándose dueños y señores de la tierra, los recursos y la gente, han decidido no permitir las reformas con las que el gobierno de Evo Morales ha rozado apenas algunos privilegios que ilícitamente se adjudicaron.

 

Pretenden detentar el poder absoluto, evitar transformaciones estructurales y conservar el poder económico apropiándose --sin restricciones-- de los recursos naturales que tiene el país. Para ello se aventuran a una batalla cada vez más frontal, aprovechando los amarres legales y democráticos con los que han conseguido ajustar al nuevo gobierno. Al parecer, los alcances de su escalada implican incluso la opción de una guerra civil. Reciben, para ello, apoyos y recursos de Estados Unidos, a través, por ejemplo, de la oficina en Bolivia de la US Agency for International Development (USAID)

 

Hábilmente, derecha y oligarquía capitalizan los espacios de un sistema que diseñaron a su medida y para sí. La opción del gobierno de actuar con apego a las leyes de ese sistema, les ha facilitado afianzarse y desde esos espacios seguir en el escenario político con una posición de fuerza que está cimentada además en el control del poder económico que nunca perdieron.

 

Cochabamba fue, en ese contexto, el escenario de guerra que el prefecto Manfred Reyes Villa ofreció para dar un golpe frontal a las aspiraciones populares y para intentar posicionar la estrategia autonómica en la región, con la pretensión de inclinar la balanza a su favor en el escenario político de la nación y dentro del espíritu de la declaración del 15 de diciembre de 2006, que planteó un referendo en pos de la independencia, es decir, de la desintegración de Bolivia.

 

Aprovechando las indecisiones que se presentaron en la Asamblea Constituyente, la derecha, derrotada en dos sucesivas votaciones, comenzó a reagruparse, con un evidente apoyo estadounidense, aunque en el ámbito oficial, Washington ha optado por una cierta medida de discreción. Los grupos derechistas aprovecharon muy bien el sesgo que les permitió elegir un número mayor de prefectos y obtenido mayoría a favor de las autonomías en algunos departamentos. Fue suficiente para que proclamaran que el programa de cambio debía anularse, consideran analistas y comentaristas de los diarios La Razón y El Diario, así como de la Agencia Boliviana de Información (ABI) y de Indymedia Bolivia.

 

La derecha no ha dejado de utilizar uno solo de los instrumentos con que cuenta: finanzas, medios de comunicación, operadores de chantaje y grupos de choque. En determinadas circunstancias, desenmascara abiertamente sus intenciones y, en otras, se comporta como si fuese víctima de persecución. Ciertos poderes transnacionales interesados en el retorno al pasado, difunden la imagen de país inviable que la derecha interna construye para justificar una intervención del gendarme internacional, Estados Unidos.

 

El último episodio de esta conspiración se inició en Cochabamba, con un prefecto bueno para todo uso. Consciente de que el referendo autonómico registró un rotundo no en el departamento, el prefecto Reyes Villa propone convocar a una nueva consulta sobre el mismo tema. Además, se proclama partidario de la independencia de Santa Cruz, aunque luego aclare que fue un lapsus. Aclaraciones de sobra, porque su actividad posterior demostró que estaba decidido a concretar sus anuncios y propuestas.

 

Las organizaciones populares se manifiestan públicamente en las calles, exigiendo que rectifique su conducta o, en caso contrario, se retire de la prefectura.

 

A lo largo del año transcurrido, la derecha se ha mostrado decidida a usar la violencia para imponer sus exigencias. Sólo la intervención personal del presidente Evo Morales, llamando a la reflexión a las organizaciones sociales y emplazando a Reyes Villa para que deponga su actitud provocadora, ha impedido que la espiral de violencia se convierta en una confrontación de alcance nacional. Para hacerlo, Morales suspendió su agenda internacional.

 

Sin embargo, la derecha está decidida a mantener activo su plan desestabilizador del gobierno. En su intento por detener el proceso de transformación económica y social iniciado por el gobierno de Morales, ha decidido colocar todas sus cartas sobre la mesa. Han aparecido grupos armados, cuya formación había sido denunciada, pero aún no se mostraban. Sus operadores trabajan permanentemente buscando apoyo militar y policial para frenar la iniciativa popular que, hasta ahora, marca el curso de los acontecimientos. Sus voceros se dirigen constantemente a la opinión pública internacional, incitando a intervenir para "pacificar" el país, mientras sus mentores hacen todo lo que está en sus manos para desestabilizar la situación interna.

 

Lo que no ha logrado, pese a todos sus intentos, es desarticular la organización popular. En contraparte, el pueblo se moviliza de forma espontánea, por lo que a veces, aparecen posiciones extremas que contribuyen a los planes de la derecha. La organización, la coordinación, la unidad de dirección, impedirán las maniobras de la reacción que busca retornar a sus privilegios.

 

En pos del equilibrio en la política exterior y pese a la hostilidad semiencubierta del gobierno de George W. Bush, una misión diplomática boliviana encabezada por el ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, viajó a Estados Unidos con el propósito de iniciar negociaciones en busca de una nueva ampliación de la Ley de Promoción Económica y Erradicación de la Droga (ATPDEA, por sus siglas en inglés), cuya vigencia termina el 30 de junio.

 

La delegación, integrada asimismo por el ministro de Hacienda, Luis Alberto Arce y el viceministro de Comercio y Exportaciones, Pablo Rabzuck, solicitó una ampliación de dos a cinco años de las ventajas que proporciona la ley de preferencias arancelarias. Sin embargo, por las mismas fechas el gobierno de Bush dio a conocer una evaluación sumamente negativa de la política boliviana antidrogas, basándose en la milenaria tradición del cultivo de la hoja de coca y descalificando desdeñosamente al gobierno de Morales como "gobierno de cocaleros".

 

Es de preverse que Bush no cejará en sus presiones contra el gobierno boliviano. De hecho, ya redujo el apoyo financiero al combate contra el narcotráfico, de 45 millones de dólares a 38.6 millones y, por lo visto, apuesta a que la táctica de la hostilidad semiencubierta provocará una agudización de las crisis sociales y políticas de Bolivia, de tal manera que en agosto o septiembre estallen de manera abierta la ingobernabilidad y la inestabilidad.

 

Autor: Luis Gutiérrez Esparza.

México, Distrito Federal.

mexluis@hotmail.com

 

 

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