LA EXPEDICIÓN PUNITIVA
En la historia de las relaciones entre
México y Estados Unidos, es decir, entre una gran potencia imperialista y un
país dependiente y atrasado, se presentaron desencuentros y enfrentamientos muy
importantes. El desarrollo capitalista de Norteamérica, implicó la conversión
de Estados Unidos en una potencia transcontinental mediante la compra de
territorios a Francia y España, la negociación territorial con Inglaterra y el
despojo de territorios a México. En 1836, por medio del estímulo a elementos
filibusteros, Texas fue cercenada de México; en la guerra de rapiña de
1846-1848 Estados Unidos arrebató a México Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah,
California y fracciones de otros estados, y en 1853 “compró” la Mesilla.
En el curso de la Revolución mexicana,
el imperialismo norteamericano participó activamente en el derrocamiento del
gobierno democrático de Francisco I. Madero, y luego de derrotado el gobierno
golpista de Victoriano Huerta, apoyó activamente a elementos reaccionarios como
Félix Díaz y otros conocidos derechistas. Entre marzo de 1916 y febrero de
1917, el gobierno de Estados Unidos, con Woodrow Wilson como presidente,
realizó una intervención militar en México, conocida como Expedición Punitiva,
dizque para perseguir a Francisco Villa, apresarlo y liquidarlo. Los objetivos
reales eran otros: sabotear e impedir la promulgación de leyes sobre materia
petrolera, agraria, laboral y religiosa. Naturalmente, estos objetivos sólo los
pusieron al descubierto el patriotismo mexicano y el movimiento obrero
estadounidense. En repudio al reconocimiento del gobierno de Venustiano
Carranza por la administración wilsoniana, Pancho Villa atacó con 360 hombres
el 9 de marzo de 1916 la población de Columbus, Nuevo México. Durante la
incursión prendieron fuego a varias casas, saquearon algunas tiendas,
sustrajeron dinero del banco y de la oficina de correos y telégrafos,
combatieron con la guarnición de la plaza y mataron ocho soldados y otro número
igual de civiles. Cayeron muertos, heridos y prisioneros algunas decenas de
villistas.
El asalto de Villa dio el pretexto al
imperialismo norteamericano para intervenir en México con una fuerza de
agresión llamada Expedición Punitiva, bajo la dirección del general John J.
Pershing, apodado Black Jack, el mismo que comandaría el cuerpo expedicionario
norteamericano en la I Guerra Mundial. Esta fuerza invasora tuvo como
características centrales, en cuanto a armas y equipos, ser la última acción
importante del ejército gringo en que se utilizó la caballería y la primera en
utilizar aviones y camiones. Las tropas yanquis cruzaron la frontera por
Palomas y Ciudad Juárez, Chihuahua, inicialmente con alrededor de 5 mil
oficiales y soldados. Posteriormente, estos contingentes fueron aumentados y
llegó un momento en que eran alrededor de 20 mil los participantes en la
intervención.
La Expedición Punitiva se integraba, al
principio, con la 1ª Brigada, al mando del coronel James Lockett, compuesta por
el 11º Regimiento de Caballería, el 12º Regimiento de Caballería y un Batallón
de Artillería de campaña; la 2ª Brigada, al mando del coronel John J. Beacon,
compuesta por el 6º Batallón de Infantería, el 16º Batallón de Infantería, dos
Compañías de Ingenieros, una Compañía de Ambulancias, un hospital de campaña,
un cuerpo de señales, un escuadrón aéreo y dos Compañías de Transportes. Tiempo
después, estas unidades fueron reforzadas convenientemente.
Las masacres, persecuciones y control de
movimientos de los lugares por donde pasaban las tropas gringas, despoblaron de
mexicanos las ciudades y rancherías. Por cierto, en las cifras de caídos
villistas contabilizados por los jefes de la Expedición Punitiva hay que
descontar a sencillos habitantes que fueron asesinados sin ninguna razón.
El
gobierno de Carranza protestó por la intervención, e hizo los preparativos para
hacerle frente tanto en el terreno militar como en el político y el
diplomático. En la Ciudad de México y otras poblaciones, el pueblo celebró
manifestaciones y mítines de repudio a la agresión estadounidense. El 12 de
marzo, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista lanzó un manifiesto al
pueblo mexicano, publicado en La Opinión, de Querétaro, en el cual planteaba
que no permitiría la entrada de tropas extranjeras a territorio nacional, y que
si ésta se producía “el pueblo mexicano sabrá cumplir con honor su deber, sin
reparar en los sacrificios por los que haya que pasar, para defender sus
derechos y la soberanía de México”.
La administración carrancista reaccionó en
forma rápida, y nombró al general Álvaro Obregón como secretario de Guerra y
Marina, y al general Cándido Aguilar como secretario de Relaciones Exteriores.
Apunta uno de los principales estudiosos de la política internacional de
México: “Confió el Primer Jefe las responsabilidades mayores, después de la
suya, a los dos hombres más destacados y aptos en su ejército para tales
cargos... La organización militar en previsión de todo, quedó confiada al
vencedor de Villa; y la defensa diplomática en manos de un jefe que había dado
prueba de entereza patriótica”.
En
San Isidro, Chihuahua, se enfrentaron, el 29 de marzo, guerrilleros villistas y
fuerzas norteamericanas, de las 11:00 a las 16:00 horas. Los estadounidenses
tuvieron 93 muertos y 34 heridos, además de dejar 110 fusiles máuser. El 3 de
abril se produjo un combate en Aguacaliente, Chihuahua, entre norteamericanos y
seguidores de Pancho Villa, entre las 4:00 y las 17:00 horas. Los invasores
tuvieron 108 bajas.
La disposición de lucha del pueblo
mexicano era elevada. En Parral se escenificaron importantes acontecimientos el
12 de abril. Las tropas norteamericanas penetraron a la ciudad, y grande fue su
sorpresa cuando contemplaron a las masas, iracundas, encabezadas por la
señorita Elisa Griense, llenándolos de improperios, y señalándoles el camino
para que abandonaran inmediatamente la población.
Los hombres, las mujeres y hasta los
niños recorrían las calles en demanda de armas y municiones para arrojar de
allí a los invasores. Entonces la población enfurecida se arrojó sobre la
guardia del cuartel, se apoderó de los fusiles colocados en el armero, y se
abalanzó sobre la columna de soldados norteamericanos, al grito de ¡Viva
Villa!, ¡Viva México! El pueblo persiguió a la columna invasora hasta Santa Cruz
de Villegas, hiriendo y matando a los soldados de Estados Unidos.
El oficial norteamericano Robert L. Twye
fue atacado, el 13 de abril, por el coronel villista Acosta. Hubo muertos y
heridos de la Expedición Punitiva. El día 18, los villistas repelieron a los
estadounidenses, que sufrieron 124 bajas, en Puerto de Varas, Chihuahua. El 22
de abril, el coronel Jorge H. Dodd atacó a Tomóchic defendido por Miguel Baca
Valles y Domínguez, cuyas fuerzas le hicieron 8 muertos y 6 heridos.
Empero, la guerra no se declaró y se
iniciaron tratativas. Entre el 29 de abril y el 11 de mayo, se celebraron
conferencias en El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, Chihuahua, entre los generales
Álvaro Obregón y Jacinto B. Treviño, por México, y los generales Frederick
Funston y Hugh L. Scott, por Estados Unidos, para tratar sobre la retirada de
las tropas de la Expedición Punitiva. Los representantes yanquis querían
incluir en la agenda temas que no estaban vinculados con la salida de sus
tropas, con la intención de intervenir en los asuntos internos nacionales. Las
negociaciones fracasaron y no se acordó la retirada inmediata de las tropas
expedicionarias.
Elementos no identificados, a quienes
los yanquis acusaban de estar avituallados y asesorados por generales
mexicanos, asaltaron, el 5 de mayo, Glenn Springs, distrito de Big Ben, Texas,
por lo cual murieron varios ciudadanos estadounidenses, incluidos algunos
militares. El gobierno gringo se aprovechó de este incidente para incrementar
el número de tropas de la Expedición Punitiva. Ocurrieron otros asaltos en la
línea fronteriza entre los estados de Chihuahua y Tamaulipas con Texas. Muchos
de ellos impulsados o permitidos por las autoridades norteamericanas, con el
objeto de agudizar las contradicciones entre ambos países.
Se presentaron, asimismo, conflictos y
actos hostiles en el mar y en algunos ríos, sobresaliendo los ocurridos en
Mazatlán, Sinaloa; Guaymas, Sonora, y Minatitlán, Veracruz.
Cándido Aguilar se dirigió a Robert
Lansing, secretario de Estado norteamericano, el 22 de mayo, para denunciar que
400 hombres del 8º regimiento del ejército yanqui se encontraban en territorio
mexicano, habiendo cruzado la línea por el rumbo de Boquillas, aproximadamente
del 10 al 11 de mayo, y se hallaban en la fecha del mensaje cerca de un lugar
llamado “El Pino”, como a sesenta millas al sur de la frontera. Este hecho
llegó a conocimiento de las autoridades mexicanas, porque el comandante mismo
de las tropas norteamericanas que cruzaron la frontera dirigió al comandante
militar mexicano de Esmeralda en Sierra Mojada, una comunicación en la cual le
manifestaba que había cruzado la frontera en persecución de la banda de
forajidos que asaltó Glenn Springs, por virtud de un acuerdo existente entre el
gobierno norteamericano y el gobierno mexicano para el paso de tropas, y con
consentimiento de un funcionario consular mexicano de Del Río, Texas, a quien
decía haber dado conocimiento de la entrada de su expedición.
El
gobierno mexicano no podía suponer que por segunda vez cometiera un error el gobierno
norteamericano, ordenando el paso de sus tropas sin consentimiento del gobierno
de México.
La
explicación dada por el gobierno yanqui respecto del paso de las tropas en
Columbus, nunca había sido satisfactoria para el gobierno constitucionalista; pero
la nueva invasión del territorio nacional no era ya un hecho aislado, y venía a
convencer al gobierno mexicano de que se trataba de algo más que de un simple
error.
El
gobierno mexicano no podía considerar este último incidente sino como una
invasión de nuestro territorio hecha por fuerzas norteamericanas contra la
voluntad expresa del gobierno de México; y era de su deber pedir, como lo
hacía, al gobierno de Estados Unidos, que ordenara la inmediata retirada de
estas nuevas fuerzas, así como se abstuviera por completo de enviar cualquier
otra expedición de carácter semejante.
El
gobierno mexicano creía llegado el caso de insistir ante el gobierno
estadounidense, para que, retirando inmediatamente la nueva expedición de
Boquillas, se abstuviera en lo sucesivo de enviar nuevas tropas. De todos
modos, el gobierno mexicano, después de haber manifestado claramente su
inconformidad con el paso de nuevas tropas yanquis a territorio nacional, tenía
que considerar esto como un acto de invasión de su territorio, y en
consecuencia, se vería en el caso de defenderse contra cualquier grupo de
tropas norteamericanas que encontrara dentro del mismo.
El
gobierno yanqui en todas ocasiones había declarado querer ayudar al gobierno
constitucionalista a concluir la obra de pacificación y deseaba que esta obra
se llevara a cabo en el menor tiempo posible. La actitud efectiva del gobierno
de Estados Unidos en relación con estos deseos, resultaba enteramente
incongruente, pues venía ejecutando desde hacía tiempo diversos actos que
indicaban que no sólo no prestaba ninguna ayuda a la obra de pacificación de
México, sino que por lo contrario, parecía poner todos los obstáculos posibles
para que ésta se llevara a cabo. En efecto, sin contar con el gran número de
representaciones diplomáticas que so pretexto de protección a los intereses
norteamericanos establecidos en México embarazaban constantemente la labor del
nuevo gobierno que pretendía organizar la condición política, económica y
social del país sobre nuevas bases, un gran número de hechos hacía sentir la
influencia del gobierno norteamericano contra la consolidación del gobierno
mexicano a la sazón.
El
apoyo decidido que en un tiempo tuvieron elementos anticonstitucionalistas de
parte del general Scott y del Departamento de Estado mismo, fueron la causa
principal de que por muchos meses se prolongara la guerra civil en México. Más
tarde, el apoyo continuo al clero católico mexicano que trabajaba
incesantemente contra el gobierno constitucionalista, y las constantes actividades
de la prensa intervencionista gringa y de los hombres de negocios de aquel
país, eran cuando menos un indicio de que el gobierno norteamericano no quería
o no podía evitar todos los trabajos de conspiración que contra el gobierno
constitucionalista se efectuaban en Estados Unidos.
El
gobierno norteamericano reclamaba incesantemente del gobierno mexicano una
protección efectiva de sus fronteras, y sin embargo, la mayor parte de las
bandas que tomaban el nombre de rebeldes contra el gobierno carrancista, se
proveían y armaban, si no es que también se organizaban, en el lado
norteamericano, bajo la tolerancia de las autoridades del estado de Texas, y
podría decirse que aun de las autoridades federales de Estados Unidos. La
leninidad de las autoridades gringas hacia estas bandas era tal que en la mayor
parte de los casos, los conspiradores, que eran bien conocidos, cuando habían
sido descubiertos y se les llegaba a reducir a prisión, obtenían su libertad
por cauciones insignificantes, lo cual les había permitido continuar en sus
esfuerzos.
Los emigrantes mexicanos que
conspiraban y organizaban incursiones del lado norteamericano, tenían a la
sazón más facilidades de causar daño que anteriormente, pues sabiendo que
cualquier nueva dificultad entre México y Estados Unidos prolongaría la
permanencia de las tropas estadounidenses, procuraban aumentar las ocasiones de
conflicto y de fricción.
El
gobierno yanqui decía ayudar al gobierno constitucionalista en su labor de
pacificación y reclamaba urgentemente que esa pacificación se llevara a cabo en
el menor tiempo posible y que la protección de las fronteras se efectuara del
modo más eficaz. Y sin embargo, había detenido en diversas ocasiones los
cargamentos de armas y municiones compradas por el gobierno mexicano en Estados
Unidos, que deberían ser empleados para acelerar la labor de pacificación y
para proteger más eficazmente la frontera. Los pretextos para detener el
embarque de municiones consignadas al gobierno constitucionalista habían sido
siempre fútiles y nunca se había dado una causa franca; se había dicho, por
ejemplo, que se embargaban municiones por ignorarse quién sería el verdadero
dueño o por temor de verlas caer en manos de partidas de Pancho Villa.
El
embargo de pertrechos consignados al gobierno mexicano, no podía tener más
interpretación que la de que el gobierno norteamericano deseaba precaverse
contra la emergencia de un conflicto futuro y, por lo tanto, trataba de evitar
que vinieran a manos del gobierno mexicano armas y parque que pudieran emplearse
contra las tropas norteamericanas mismas. El gobierno estadounidense estaría en
su derecho de precaverse contra esa emergencia, pero en ese caso no debería
decir que estaba tratando de cooperar con el gobierno carrancista y hubiera
sido preferible encontrar una mayor franqueza en sus procedimientos.
O
el gobierno gringo deseaba decidida y francamente ayudar al gobierno mexicano a
restablecer la paz, y en ese caso no debía impedir el paso de armas, o los
verdaderos propósitos del gobierno norteamericano eran prepararse para que en
el caso de una futura guerra con México, este país se encontrara menos provisto
de armas y parque. Si fuere esto último, preferible era decirlo.
Por
último, las autoridades de Nueva York dizque a moción de una sociedad neutral
de pacifistas, habían ordenado la detención de algunas piezas de maquinaria que
el gobierno mexicano trasladaba a México para la fabricación de municiones, la
cual no se concebía que pudiera ser empleada sino algunos meses después de
traerla a México. Este acto del gobierno yanqui, que tendía a impedir la
fabricación de municiones en un futuro remoto, era otro indicio claro de que
sus verdaderos propósitos hacia México no eran de paz, pues mientras se
exportaban diariamente millones y millones de dólares en armas y parque para la
guerra europea sin que las sociedades pacifistas de Estados Unidos se
conmovieran ante el espectáculo de esa guerra, las autoridades de Nueva York se
mostraban dispuestas a secundar los propósitos de esas humanitarias sociedades
cuando se trataba de exportar a México maquinaria para la fabricación de armas
y parque.
México
tenía el indiscutible derecho, como lo tenía Estados Unidos y como lo tenían
todas las naciones del mundo, de proveer a sus necesidades militares, sobre todo
cuando se hallaba frente a una tarea tan vasta como era la de lograr la
pacificación del país, y el acto del gobierno yanqui al embargar maquinaria
destinada a la fabricación de municiones, estaba indicando, o que Estados
Unidos deseaba poner obstáculos para la completa pacificación, o que este acto
era sólo uno de los de la serie de los ejecutados por las autoridades
norteamericanas en previsión de una proyectada guerra con México.
El
pueblo y el gobierno mexicanos tenían la absoluta seguridad de que el pueblo
norteamericano no deseaba la guerra con México. Había, sin embargo, fuertes
intereses yanquis y fuertes intereses mexicanos empeñados en procurar un
conflicto entre ambos países. El gobierno mexicano deseaba firmemente mantener
la paz con el gobierno norteamericano, pero para ese efecto era indispensable
que el gobierno gringo se sirviera explicar francamente sus verdaderos
propósitos hacia México.
El gobierno mexicano invitaba, pues,
formalmente al gobierno de Estados Unidos a hacer cesar esta situación de
incertidumbre entre ambos países y a apoyar sus declaraciones y protestas de
amistad con hechos reales y efectivos que convencieran al pueblo mexicano de la
sinceridad de sus propósitos. Estos hechos, en ese entonces, no podían ser
otros que la retirada de las tropas yanquis que se encontraban en territorio
mexicano.
La opinión antimperialista de Estados
Unidos estaba vigilante y activa. El New York Call planteó: “Los capitalistas
norteamericanos no quieren que los mexicanos dispongan de sus yacimientos de
oro y plata, de sus fuentes de petróleo, de su henequén, sus bosques y sus
tierras [...] Si este país comienza la guerra contra México, no será a causa
del ataque a Columbus [...] El motivo lo será las enormes riquezas de México.
Si los soldados norteamericanos van a morir a México, será para que los
capitalistas yanquis puedan disponer de las colosales riquezas de México”.
Times sostenía: “Mientras más avanza el
general Pershing se palpa con más evidencia que el pueblo apoya a Villa”.
En junio los villistas tuvieron
enfrentamientos con las tropas yanquis en Rincón de la Serna, Salitrera y otras
poblaciones de Chihuahua, mientras en Tamaulipas los generales Emiliano P.
Nafarrete y Alfredo Ricaut distribuían rifles, pistolas y parque a hombres, adolescentes
y mujeres, que llegaron a ser más de 1,500 bajo las órdenes del ejército
mexicano. Cerca de 200 rancheros, con caballada y armas, se pusieron a
disposición de las fuerzas armadas mexicanas. Del territorio norteamericano
volvieron mexicanos para ofrecer sus servicios a los generales y jefes
militares de México. En esas condiciones, no fue difícil rechazar las
incursiones de las tropas norteamericanas cuando se aventuraron a traspasar la
frontera. En la reserva, había más de 500 hombres desarmados pero organizados
militarmente.
Woodrow Wilson declaró, el 1 de junio de
1916, que no tenía intenciones de retirar la Expedición Punitiva. En respuesta,
Carranza decidió ejercer presión directa sobre las tropas gringas. El 16 de
junio, el general John J. Pershing recibió una nota en la que se le informaba
que todo movimiento de sus tropas, salvo en dirección al norte, tropezaría con
resistencia y que el ejército mexicano atacaría. El general gringo hizo caso
omiso de la advertencia del gobierno constitucionalista y se produjo un choque
franco entre tropas norteamericanas y mexicanas en El carrizal, Chihuahua, el
21 de junio. Fue éste el incidente más grave desde la incursión de Villa y
amenazó con provocar el temidísimo estallido de la guerra entre México y la
potencia del norte.
Los yanquis tuvieron 12 muertos y 22
prisioneros. El botín de guerra recogido al enemigo, incluía: treinta y un
fusiles máusser, tres mil cartuchos máusser 8 mm., treinta y un caballos
ensillados y un aparejo. La derrota de los expedicionarios de Estados Unidos,
en este combate, fue completa y abandonaron el campo de batalla corriendo como
venados.
La posibilidad de que se declarara la
guerra formal, señala una historiadora mexicana, fue muy seria y el gobierno
mexicano propuso que se dilucidara el problema internacional por medio de unas
conferencias entre comisionados de ambos gobiernos. Las conferencias se
iniciaron el 6 de septiembre y tuvieron lugar en las poblaciones
norteamericanas de New London, Atlantic City y Filadelfia, entre Luis Cabrera,
Alberto J. Pani e Ignacio Bonillas, por México, y Franklin K. Lane, George Gray
y John R. Mott, por Estados Unidos. No se logró la salida inmediata de la
Expedición Punitiva, pero se impidió que el gobierno norteamericano se arrogara
el derecho de representar a empresas y gobiernos extranjeros, a definir qué
hacer en materia de propiedad y religión, esto es, a “cubanizar” México, al
estilo de la enmienda Platt. Las conferencias terminaron el 15 de enero de
1917.
En ciertos momentos, los comisionados
gringos amenazaron con la guerra a los representantes mexicanos.
Entretanto, las fuerzas de Pancho Villa,
escribe su principal biógrafo, no sólo no fueron decisivamente derrotadas ni
dispersadas por la expedición de Pershing, sino que aumentaron en forma
fenomenal mientras los norteamericanos permanecieron en suelo mexicano. Villa
se convirtió en el símbolo de la resistencia nacional contra los invasores
extranjeros y su popularidad aumentó vertiginosamente. El Centauro del Norte se
recuperó de las derrotas que le había infligido Álvaro Obregón y fue capaz de
ocupar plazas muy importantes en Chihuahua y Coahuila.
Por muchos estados de la Unión Americana
se extendió el movimiento de solidaridad con México, que tenía como centro a la
clase obrera como principal impulsor y participante. En las ciudades más
importantes de Estados Unidos se organizaron mítines para protestar por el
envío de la Expedición Punitiva y la política de agresión. En un mitin
celebrado en San Francisco, California, un orador manifestó: “Dejad a los
capitalistas que están urgiendo la preparación para ir a México, que peleen
ellos para proteger las tierras que han arrebatado a los campesinos de aquel
país”.
Bajo
la consigna de “Ningún hombre para la guerra contra México”, se realizó una
concentración masiva en Nueva York a la que asistieron intelectuales, obreros,
socialistas, pastores protestantes, universitarios y otros núcleos de
ciudadanos norteamericanos. En los discursos se condenó la política de
agresión. “El que continúen las tropas americanas en territorio mexicano es una
vergüenza nacional”, se dijo. Un orador socialista expresó: “Si los mexicanos
persiguieran a los saqueadores de México, no se detendrían sino hasta Wall
Street”. Se constituyó en Washington un comité para evitar la guerra contra
México, encabezado por el ministro de Bolivia, señor Ignacio Calderón, y en el
que participaban los representantes diplomáticos de las repúblicas
latinoamericanas.
La
intervención norteamericana en México provocó una ola de indignación y
expresiones de solidaridad con el pueblo mexicano en varios países de América
Latina. Ejemplo de ello fue un mitin de protesta efectuado en Buenos Aires, en
el que participaron 10,000 personas. De manera ferviente repudiaron al gobierno
de Estados Unidos José María Vargas Vila, Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona
y otros escritores latinoamericanos, tanto prominentes como otros menos
famosos.
La intervención norteamericana perseguía
como objetivos: impedir la aprobación de los artículos patrióticos de la
Constitución General de la República, en especial del 27 que afectaba y afecta
la propiedad de tierras, minas y petróleo; arrogarse el privilegio de
representar a empresas norteamericanas y de otros países, así como de gobiernos
extranjeros; permitir la intervención estadounidense en toda la frontera sin
permiso del Estado mexicano; intervenir en asuntos de religión, y otros de
exclusiva competencia de las autoridades y ciudadanos mexicanos. En esto no
prosperaron sus objetivos.
La proximidad de la participación de
Estados Unidos en la I Guerra Mundial y el aislamiento de la política
wilsoniana, obligaron a dar término a la intervención en México. El 5 de
febrero de 1917, el gobierno de Washington reconoció al de México como gobierno
de iure. Los últimos elementos de la retaguardia de las tropas que integraban
la Expedición Punitiva abandonaron tierras de Chihuahua y se internaron en
territorio norteamericano. Terminó, así, la intervención militar de Estados
Unidos en México.
A 90 años de la salida de las tropas
norteamericanas del territorio mexicano, vale la pena recordar tales hechos.
Autor: Gerardo Peláez Ramos
México, Distrito Federal.
gerardo_pelaez@hotmail.com