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Joseph
Stiglitz, ganador del premio Nobel de Economía
en 2001, consejero del gobierno de Clinton
(1993-1997) y vicepresidente del Banco Mundial
(1997 y 2001), se ha convertido en un ferviente
crítico de la globalización
descontrolada. Sus críticas al neoliberalismo
y a la política del Fondo Monetario
Internacional desplegadas en su último
libro, El malestar de la globalización,
le han hecho ganarse fama de alborotador,
pues ha suscitado una polémica mundial
de imprevisibles consecuencias. El Cultural
reseña el libro y publica una entrevista
realizada por WDT al controvertido economista,
en la que denuncia que la economía
mundial está en manos de las grandes
superpotencias y analiza los errores del mercado
y los efectos catastróficos que esos
fallos causan en el Tercer Mundo.
Es
el debate del momento. Porque, además,
el Nobel pone en tela de juicio los dogmas rígidos
y lucha para que la política, con ayuda
de los expertos en economía, dirija los
procesos sociales mundiales, en lugar de que
sean éstos quienes se rijan por los intereses
de los medios financieros.
–Muchas personas le consideran su portavoz.
Personas que realizan duras críticas
contra el Banco Mundial, el FMI e incluso la
Organización Mundial del Comercio. Usted
ha exigido una reforma de estas instituciones.
¿Qué fallos ha observado en dichas organizaciones?
–Mi cargo como vicepresidente y Economista Jefe
del Banco Mundial fue decisivo para conocer
de primera mano el funcionamiento de estas instituciones.
Me llamó la atención que debía
superar muchas dificultades para conseguir reformas
convenientes y aún me resultó
más difícil hablar públicamente
de dichas reformas. En todas las sociedades
democráticas antes de tomar medidas políticas
se debe promover sobre todo el diálogo
público. Sin embargo no existen debates
públicos sobre dichas medidas políticas.
En mi opinión, esto se debe a la gestión
y al funcionamiento de estas instituciones.
¿Quién toma las decisiones? La dirección
del FMI, que está formada por ministros
de Economía y jefes de bancos centrales.
Éstos son los únicos grupos que
tienen voz y voto. Pero las decisiones que toma
el FMI tienen una repercusión inmediata
en las tasas de desempleo, el medio ambiente
y la sanidad pública.
Las contradicciones del FMI
–¿Puede poner un ejemplo?
–Por supuesto. La intervención del FMI
en Tailandia llevó a una reducción
presupuestaria y a un incremento del desempleo.
El gobierno se vio obligado a reducir los gastos
en medidas de prevención contra el sida,
pese a que previamente había logrado
importantes avances en la lucha contra esta
enfermedad. Cuando el FMI se retiró,
el número de casos de sida volvió
a aumentar. Los programas del FMI afectan a
todos los ámbitos de la sociedad, aunque
esta institución sólo esté
compuesta por personalidades del mundo financiero.
–¿Diría usted que el FMI es un abanderado
del neoliberalismo?
–Sí, efectivamente. No obstante, no se
basa en ninguna filosofía coherente.
Digamos que se mantiene gracias al neoliberalismo
y desea instalar una economía de libre
mercado, lo que significa la ausencia de intervenciones
estatales. Sin embargo, mi experiencia como
consejero económico de Clinton me demostró
todo lo contrario. Todos abogan por una economía
de libre mercado excepto en los campos que les
atañen. Y todos están en contra
de las subvenciones, excepto las que van destinadas
a sus sectores. El FMI dispone de miles de millones
para poder apoyar a los bancos. Pero cuando
los pobres de Indonesia piden un par de millones
de dólares para comprar alimentos, el
FMI alega que no cuenta con dinero.
–Según su opinión, ¿cuál
es el mayor peligro del neoliberalismo?
–En primer lugar, no fomenta el crecimiento
económico y, en segundo lugar, no aumenta
los niveles de productividad.
–Algunos expertos discuten esa opinión...
–Los hechos no dejan lugar a dudas. Pongamos
como ejemplo Suramérica que, digamos,
refleja la historia de los mayores éxitos
de la doctrina neoliberal. Antes, Argentina
gozaba de un gran apoyo por parte del FMI. Fíjese
cómo está ahora el país
después de décadas de soportar
las reformas directas del FMI. Las cifras son
claras: las tasas de crecimiento de las últimas
décadas apenas llegan a la mitad de las
alcanzadas en los años 50, 60 y 70, es
decir, antes de las reformas. Pero aún
hay cosas peores: en los lugares donde se ha
producido algún tipo de crecimiento,
solamente un 10% de privilegiados disfruta de
los beneficios. Los sectores más pobres
de la sociedad siguen sin apreciar las mejoras.
Es más, la mayoría considera que
su situación ha empeorado.
–Usted ha declarado que el neoliberalismo es
el mantra de determinados grupos de interés,
como la hacienda pública y otras elites
que se benefician del capital. ¿Cómo
puede ser, políticamente, que dichos
grupos de interés puedan aceptar semejantes
condiciones en los países en vías
de desarrollo?
–En primer lugar, me gustaría volver
a destacar que se trata de una especie de mantra...
o incluso una especie de religión. En
mi trabajo, por el cual recibí un premio
Nobel, comprobé que los mercados por
sí mismos, sobre todo aquellos de los
paí-ses en vías de desarrollo,
no son eficientes. El Estado debe intervenir
en esos mercados “incompletos”. La “mano invisible”,
que debería preocuparse por una mayor
eficiencia en este ámbito, es invisible
porque ni siquiera existe. De ahí que
el neoliberalismo no tenga ninguna base. La
liberalización del mercado financiero
supone un gran riesgo para los países
en vías de desarrollo. Además,
países como China han conseguido atraer
inversiones extranjeras pese a carecer de dicha
liberalización, sin abrir las corrientes
financieras especulativas que normalmente fluyen
y se secan demasiado rápido.
Una revolución moral
–¿Por qué algunos jefes de gobiernos
socialdemócratas como Tony Blair o Schröder
apenas critican a instituciones como el FMI
o el Banco Mundial? Incluso parece la personificación
del neoliberalismo.
–En ciertos países los socialdemócratas
han subido al poder temiendo a los mercados
financieros.
–¿Debido a que no los entienden?
–Debido a que no los entienden. Y porque les
han dicho que sería una muestra de irresponsabilidad
criticar a los mercados financieros. Los mercados
podrían reaccionar con un aumento de
los tipos de interés, lo que agravaría
la situación económica y el déficit
presupuestario del país.
–Y perderían las elecciones...
–Sí. Pero aunque no se tratase de su
propia reelección y realmente persiguieran
objetivos sociopolíticos sinceros, para
poder liquidar los pagos de los intereses, los
gastos se elevarían a miles de millones
ya que los mercados financieros habrían
perdido toda su confianza en ellos. Por esta
razón, los políticos de todo el
mundo se dejan amedrentar.
–¿Estamos en una época de cambios de
paradigmas? En los últimos 20 años
hemos sido testigos de cómo la economía
sometía a la política. ¿Ha llegado
ya el momento de que la política recupere
la supremacía como instrumento de regulación
social? ¿Acaso no necesitamos ya una revolución
moral?
–En nuestras decisiones debemos incluir sistemas
de valores duraderos. Algunas de las decisiones
que se han tomado últimamente en EE.UU.
han demostrado que no sólo es necesaria
una base económica, sino también
una base moral, sobre todo en lo relacionado
con los derechos humanos. Como economista, no
creo que la economía deba anteponerse
a la política. Lo que hoy en día
se vende como ciencias económicas es
en realidad una ideología, una religión.
Por eso daríamos un gran paso adelante
si prestásemos más atención
a los aspectos científicos o teóricos
de la economía en el proceso de toma
de decisiones. Las ciencias económicas
subrayan la necesidad de los intercambios. Es
decir, reconocen que las medidas políticas
que favorecen a un determinado grupo, perjudican
a otro. Analizan los costes y las ventajas y
después confían en los políticos
para que tomen las decisiones adecuadas.
A vueltas con la globalización
–¿Es cierto que alberga ciertas dudas sobre
los movimientos sociales que llevan las críticas
contra la globalización a la calle?
–No, en mi opinión desempeñan
una función muy importante, ya que ponen
al alcance de la opinión pública
unos temas bastante comprometidos, temas a los
que no se presta mucha atención y que
influyen en la vida de miles de millones de
personas en todo el mundo. En cuanto al sistema
de valores de estos críticos de la globalización,
puedo decir que comparto muchas de sus características.
También deseo un sistema democrático
internacional que ayude a las personas más
pobres de los países en vías de
desarrollo. Me preocupa asimismo el medio ambiente.
Así que estamos en el mismo frente de
batalla, al 100%, en lo que respecta a nuestro
sistema de valores. Como economista, por supuesto
que para mí es importante estudiar cuidadosamente
la situación actual y la utilidad de
todos los planteamientos para poder sopesar
si podrían funcionar. Espero que funcionen,
pero no creo que sean suficientes.
Sonia MIKICH Y Kim OTTO
www.elcultural.es |
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