La Globalización según Stiglitz
  Joseph Stiglitz GANADOR DEL PREMIO NOBEL EN ECONOMIA

 

 

 

 

 

 

Durante la reunión del FMI la semana que viene en Washington veremos a  muchos de los manifestantes que boicotearon a la OMC en Seattle el pasado otoño. Dirán que el FMI es arrogante. Dirán que no escucha a los países en vías de desarrollo a los que se supone que presta ayuda. Dirán que mantiene secretos y que se escamotea a la transparencia democrática. Dirán que sus “recetas” económicas empeoran muchas veces las cosas, convirtiendo las desaceleraciones en recesiones y las recesiones en depresiones.

Y en cierta medida tendrán razón. Yo fui economista del Banco Mundial desde 1996 hasta el pasado mes de noviembre, durante la crisis económica global más grave del último medio siglo. Ví cómo el FMI respondió en sintonía con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Y me quedé horrorizado.
 

La crisis económica global comenzó en Tailandia el 2 de julio de 1997. Los países asiáticos habían vivido tres décadas milagrosas: los ingresos se habían multiplicado, la sanidad había mejorado, la pobreza se había reducido drásticamente. La alfabetización no sólo era universal, sino que en los exámenes internacionales de ciencias y matemáticas estos países superaban a los Estados Unidos. Algunos de ellos no habían sufrido ni un solo año de recesión en tres décadas.  

Pero ya se habían sembrado las semillas del desastre. A comienzos de los años 90 los países asiáticos habían liberalizado sus mercados financieros y de capitales, no por que quisieran atraer más inversión (las tasas de ahorro ya superaban el 30%) sino a causa de la presión internacional, incluida la del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Los cambios provocaron un flujo de capital a corto plazo, es decir, el tipo de capital que busca el máximo beneficio al día siguiente, o a la semana siguiente o al mes, frente a la inversión a largo plazo en cosas como fábricas. En Tailandia este capital a corto plazo provocó un boom inmobiliario insostenible. Y como en todas partes saben por amarga experiencia (incluidos los Estados Unidos), toda burbuja acaba estallando, a menudo con consecuencias desastrosas. El capital se fue tan pronto como llegó. Y cuando todo el mundo intenta sacar su dinero al mismo tiempo, se crea un problema económico. Un gran problema económico.  

La última serie de crisis financieras había tenido lugar en Latinoamérica durante los años 80 cuando el déficit público y la política monetaria, el uno por duro y la otra por blanda, provocaron una inflación galopante. El FMI impuso correctamente un régimen de austeridad fiscal (presupuestos equilibrados) y políticas monetarias más restrictivas, exigiendo a los Gobiernos que se ajustaran a estas políticas si querían recibir ayuda.  

De este modo, el FMI impuso la misma receta a Tailandia en 1997. Según los líderes del Fondo, la austeridad devolvería la confianza a la economía tailandesa. A medida que la crisis se fue extendiendo a otros países vecinos y a pesar de que la política aplicada se mostró ineficaz, el FMI apenas se inmutó, y siguió extendiendo la misma receta a todos los países que acudían a su consulta.


Creo que fue un error. Porque, al contrario que los países latinoamericanos, los asiáticos ya tenían superávit en el presupuesto. En Tailandia el superávit era tan alto que el Gobierno estaba en realidad negando a su economía una inversión más que necesaria en educación e infraestructuras, ambas esenciales para el crecimiento económico. Y además, las políticas monetarias de los distintos países asiáticos ya eran bastante restrictivas: la inflación era baja y estaba cayendo. (En Corea del Sur, por ejemplo, la inflación se mantenía en un muy respetable 4%). El problema no era la imprudencia de los Gobiernos, como en Latinoamérica, sino la imprudencia del sector privado, banqueros y acreedores que jugaron con la burbuja inmobiliaria. En esas circunstancias, temí que las medidas propuestas no sólo no reanimarían las economías asiáticas, sino que las haría entrar en recesión, e incluso en la depresión. Los altos tipos de interés podrían destrozar a unas empresas ya muy endeudadas, causando quiebras e impagos. Reducir el gasto público sólo contribuiría a paralizar la economía.

Así es que comencé a favorecer un cambio de política. Hablé con Stanley Fischer, reconocido profesor de economía del MIT y antiguo economista del Banco Mundial, que había alcanzado la primera vicepresidencia del FMI. Me reuní con otros economistas del Banco Mundial que pudieran tener cierta influencia en el FMI, animándoles a hacer lo que pudieran para poner en marcha la burocracia del Fondo.  

Convencer de mi análisis al Banco Mundial fue fácil, pero en el FMI fue tarea imposible. Cuando hablé con los altos cargos del FMI explicándoles, por ejemplo, que subir los tipos de interés podría producir aún más quiebras, siendo aún más difícil restablecer la confianza en Asia, al principio se resistieron. Después, incapaces de ofrecer un argumento convincente en contra, acudieron a otro tipo de excusa: yo no entendía la presión que recibían por parte de los países desarrollados, que son quienes otorgan los préstamos. Estaba muy claro. La dirección iba a ser aún más dura, puesto que hasta ahora habían sido bastante moderados. Mis amigos reconocían que recibían muchas presiones. Era delirante, no sólo por que resultase tan difícil detener la inercia del FMI, sino porque, al hacerse todo a puerta cerrada, no se sabía a ciencia cierta cuál era el obstáculo para el cambio. ¿El personal presionaba a la dirección o la dirección al personal? Sigo sin tenerlo muy claro.  

Naturalmente, me aseguraron que serían flexibles: si sus medidas resultaban ser realmente contraproducentes, metiendo a las economías asiáticas en una recesión más profunda de lo necesario, las cambiarían. Esta afirmación hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda. Lo primero que se enseña en las escuelas es que para que un cambio de política monetaria (subida o bajada de tipos de interés) tenga efectos perceptibles, hay que esperar entre doce y dieciocho meses. Cuando trabajé en la Casa Blanca presidiendo el Consejo de Asesores Económicos, nos centramos con todas nuestras fuerzas en prever el estado de la economía en el futuro, de forma que pudiéramos saber cuáles eran las políticas más aconsejables. Era el colmo del disparate. Y era exactamente lo que el FMI quería hacer. No debió pillarme por sorpresa. Al FMI no le gusta que vengan de fuera a hacerle preguntas incómodas. En teoría, presta su apoyo a las instituciones democráticas de los países a los que ayuda. Pero en la práctica, lo que hace es socavar el proceso democrático imponiendo su política. Oficialmente el FMI no “impone” nada, como es natural. “Negocia” las condiciones de la ayuda. Pero en las negociaciones es el FMI quien tiene siempre la sartén por el mango, y raramente permite que se cree un amplio consenso, ni se demora en muchas consultas con los parlamentos nacionales o con la sociedad civil. A veces simula una apariencia de transparencia y, sin embargo, negocia convenios secretos.


Cuando el FMI decide ayudar a un país, envía una “misión” de economistas. Por lo general, estos economistas no tienen a penas experiencia sobre el país real. Conocen muy bien su hotel de cinco estrellas, pero no tienen ni idea de los pueblos que hay más allá. Trabajan duro entre cifras hasta bien entrada la noche. Pero su misión es imposible. Al cabo de unos días, semanas a lo sumo, cuentan ya con un programa coherente para hacer frente a las necesidades del país. Obvia decir que a partir de unas cuantas cifras difícilmente puede tenerse una visión en profundidad de todo un país. Y lo peor de todo es que esas cifras ni siquiera son siempre exactas. Los modelos matemáticos de los que se sirve el FMI a menudo son erróneos o están pasados. Se dice que el Fondo acude siempre con un molde hecho, y es verdad. Hacen informes aún antes de empezar la misión. He oído decir que en una ocasión se tomaron los datos de un país y se pasaron a un informe previsto para otro. Al parecer, la función de “Buscar y reemplazar” de su ordenador no debió de funcionar muy bien, porque se dejó en algunos lugares el nombre del país original. ¡Menudo gazapo!  

No sería justo decir que a los economistas del FMI no les importa la gente de los países en vías de desarrollo. Pero sus miembros más antiguos (y son realmente antiguos) se comportan como si llevaran sobre sus hombros la carga del hombre blanco de Kipling. Sus expertos creen que son más brillantes, mejor educados y menos implicados políticamente que los economistas de los países que visitan. De hecho, los líderes económicos de dichos países son bastante buenos, y en muchos casos, más brillantes y mejor educados que los del Fondo, que a menudo no son sino estudiantes de tercera fila de Universidades de primera (créanme: he enseñado en Oxford, MIT, Stanford, Yale y Princeton, y puedo asegurar que el FMI raramente se lleva a los mejores alumnos). El pasado verano di un seminario en China sobre política de la competencia en telecomunicaciones, y al menos tres economistas chinos del público me hicieron preguntas tan sofisticadas como las que las mentes más esclarecidas de Occidente podrían haber hecho.  

A medida que pasaba el tiempo crecía mi frustración. Podría pensarse que puesto que el Banco Mundial estaba contribuyendo literalmente con miles de millones de dólares a los paquetes de ayuda, su voz iba a ser escuchada. Pero se le ignoró tanto como a los países afectados. El FMI advirtió que lo único que pedía a los países asiáticos era que equilibraran sus presupuestos en tiempos de recesión. ¿Lo único? ¿No sostuvo la administración Clinton una feroz batalla en el Congreso para rechazar una enmienda a un presupuesto equilibrado? ¿Y no fue su principal argumento que para hacer frente a la recesión era preciso un pequeño déficit? Esto es lo que la mayoría de los economistas, yo entre ellos, hemos estado enseñando en las universidades durante 60 años. Con franqueza, si a la pregunta de “¿qué política fiscal debería aplicar Tailandia en caso de recesión?” un alumno diera la respuesta del FMI, suspendería.  

Cuando la crisis se extendió a Indonesia me preocupé más seriamente. Los últimos informes del Banco Mundial ponían de manifiesto que la recesión en un país tan dividido étnicamente podía hacer estallar un grave conflicto social y político. De este modo, a finales de 1997, en una reunión de Ministros de Hacienda con gobernadores de bancos centrales en Kuala Lumpur, hice una declaración cuidadosamente preparada y respaldada por el Banco Mundial. Sugerí que una política monetaria y fiscal demasiado restrictiva podría provocar disturbios en Indonesia. El Fondo siguió en sus trece. El director, Michael Camdessus repitió lo que ya había dicho en público: que Asia tenía que aguantar el chaparrón, como antes lo había hecho Méjico. Y siguió diciendo que, a pesar del sufrimiento a corto plazo, Méjico había salido fortalecido de la experiencia.

Pero el ejemplo era absurdo. Méjico no se había recuperado gracias a que el FMI le obligara a reforzar su débil sistema financiero, que siguió siéndolo tras la crisis, sino gracias las exportaciones hacia los Estados Unidos, favorecidas por el boom económico de éste último país y el NAFTA. Por el contrario, el principal socio comercial de Indonesia, Japón, se hallaba y sigue hallándose atravesando graves dificultades. Además, la situación sociopolítica de Indonesia era mucho más explosiva que la de Méjico, con una historia de luchas étnicas mucho más larga. Y la vuelta de los disturbios provocaría la huida masiva de capitales (favorecida por las imposiciones del FMI). Pero no se tuvo en cuenta ninguno de estos argumentos. El FMI siguió presionando para que el Gobierno redujera el gasto público. De esta manera, se suprimieron los subsidios de productos tan importantes como la comida o el carburante, precisamente en el momento en el que los subsidios eran más necesarios que nunca. En enero de 1998 las cosas iban tan mal que el vicepresidente del Banco Mundial para Asia, Jean Michel Severino pronunció las temibles palabras que empiezan por “r” y “d” (recesión y depresión) para describir el desastre económico de Asia. Lawrence Summers, por entonces Vicesecretario del Tesoro, cargó contra él por alarmista. Pero ¿de qué otra forma podía describirse la situación? La producción de algunos países había caído en un 16% o incluso más. La mitad de las empresas de Indonesia estaban prácticamente en quiebra y, por ello, no había forma de aprovechar las oportunidades para exportar que ofrecían los bajos tipos de cambio. El paro se multiplicó por diez y el salario real se vino abajo en países que carecían de una red de seguridad suficiente. El FMI no sólo no conseguía recuperar la confianza en Asia, sino que estaba destrozando el tejido social de la región. Y entonces, durante la primavera y el verano de 1998, la crisis se extendió al país más explosivo de todos: Rusia.  

El desastre de Rusia fue similar al de Asia, y lo fue en buena medida gracias, una vez más, a la intervención del FMI y del Tesoro. Pero en Rusia los errores se estaban cometiendo desde hacía ya tiempo. Tras la caída del muro habían surgido dos escuelas según la forma de entender la transición a la economía de mercado.  

Una de ellas, a la que yo pertenecí, se componía de expertos en la región y premios Nobel como Kenneth Arrow, entre otros. Destacaba la importancia de la infraestructura institucional de una economía de mercado, desde las estructuras legales en las que se basan los contratos a las estructuras regulativas que hacen sostenible un sistema financiero. Arrow y yo habíamos formado parte de un grupo de la Academia Nacional de Ciencias que diez años antes había discutido con los chinos sobre su propia transición. Destacamos lo importante que era fomentar la competencia y no sólo privatizar las industrias estatales, al tiempo que debería favorecerse una transición gradual a la economía de mercado (si bien reconocíamos que había que aplicar algunas medidas de choque para combatir la hiperinflación).  

La otra estaba compuesta fundamentalmente por macroeconomistas que tenían una fe absoluta en el mercado y un desprecio total por las condiciones que hacen que el mercado funcione adecuadamente. Por lo general, desconocían la historia y las particularidades de la economía rusa, considerando además que no les hacía ninguna falta. Suponían que su doctrina económica era universal y que, por lo tanto, las instituciones, la historia o la distribución de la renta no tenían ninguna importancia. Los buenos economistas conocen las verdades universales y pueden trascender los hechos que dificultan su visión. Y la verdad universal es que lo que los países en transición a una economía de mercado necesitan una terapia de choque: cuanto más jarabe de palo, antes se recupera el paciente.

Por desgracia para Rusia, esta última escuela se llevó el gato al agua en el Departamento del Tesoro y el FMI. Para ser más precisos, ninguna de estas dos instituciones permitió que se abriera un debate entre ambas corrientes, y se limitaron a dejar al margen a quienes no comulgaban con la corriente privilegiada. Por ejemplo, en el Consejo de Asesores Económicos había un economista muy brillante, Peter Orszag, que había asesorado al Gobierno ruso y había trabajado junto con muchos de los jóvenes economistas que ahora estaban empezando a ocupar cargos de relevancia en Rusia. Era el tipo de persona que el Tesoro y el Fondo necesitaban pero, tal vez por que sabía demasiado, nunca le consultaron.

Ya sabemos lo que ocurrió a continuación. En las elecciones de diciembre de 1993 los votantes dieron a los reformistas un duro revés del que todavía no se han recuperado. Strobe Talbott, encargado entonces de los aspectos no económicos de la política rusa, admitió que se había producido “mucho choque y poca terapia”. Todo aquel choque no había servido para que Rusia entrara en una auténtica economía de mercado. La rápida privatización que el Tesoro y el FMI habían impuesto a Moscú permitió que un pequeño grupo de oligarcas se quedara con el Estado. Al no conceder suficiente importancia a la infraestructura institucional que habría hecho florecer al mercado, y al facilitar el flujo de capitales hacia dentro y fuera de Rusia, FMI y Tesoro crearon terreno abonado para los oligarcas. Mientras que el Gobierno no tenía dinero para pagar pensiones, los oligarcas vendían los recursos del país y enviaban el dinero a cuentas bancarias en Suiza o Chipre.  

Los Estados Unidos están implicados en estos lamentables sucesos. A mediados de 1998, Summers, que sería nombrado enseguida sucesor de Robert Rubin al frente del Tesoro, se dedicó a comparecer públicamente con Anatoli Chubáis, arquitecto de la privatización rusa. De este modo, los Estados Unidos parecían ponerse de parte de quienes estaban arruinando al pueblo ruso. No es de extrañar que el antiamericanismo se extendiera como un reguero de pólvora.

Al principio, a pesar de las declaraciones de Talbott, los auténticos creyentes del Fondo y el Tesoro siguieron insistiendo en que el problema no era cuestión de mucha terapia, sino de poco choque. Pero durante los 90 la economía rusa siguió hundiéndose y la producción se redujo a la mitad. Mientras que sólo un 2% de la población vivía bajo el umbral de pobreza al final del periodo soviético, las “reformas” elevaron la cifra al 50%, afectando a más de la mitad de la población infantil. Hasta hace poco el FMI y el Tesoro no han querido reconocer que se había subestimado la terapia, si bien insisten en que lo han venido haciendo desde hace tiempo.  

Hoy Rusia se encuentra en un estado lamentable. Los altos precios del petróleo y la resistencia a devaluar el rublo han ayudado a sacar la cabeza del agua, pero el nivel de vida es muy inferior al que había al comienzo de la transición. Todo el país es una pura injusticia y la mayoría de los rusos, por amarga experiencia, ha perdido la confianza en el mercado libre.. Si los precios del crudo cayeran, hasta los mínimos progresos que se han hecho se vendrían abajo.  

Asia se encuentra en una situación mucho mejor, aunque sigue convaleciente. El 40% de los préstamos a Tailandia siguen sin funcionar. Indonesia sigue sumida en la recesión. El paro se mantiene mucho más alto que al comenzar la crisis, incluso en el país al que mejor le va: Corea. Los impulsores del FMI sostienen que el fin de la recesión es la prueba de la eficacia de las políticas de la agencia. Palabrerías: todas las recesiones terminan antes o después. Lo que el FMI ha hecho ha sido profundizar, prolongar y endurecer la recesión asiática. De hecho, Tailandia, que ha sido el país que ha seguido las indicaciones del FMI con mayor rigor, ha tenido peores resultados que Malasia o Corea, quienes han seguido trayectorias más independientes.  

Se me ha preguntado muchas veces cómo era posible que personas inteligentes, e incluso brillantes, hayan creado políticas tan negativas. Una de las razones es que, a pesar de ser inteligentes, su economía no lo era. Una y otra vez me desesperaba ver hasta qué punto estaban fuera de tiempo y lugar los modelos económicos que se utilizaban en Washington. Por ejemplo, fenómenos microeconómicos como la quiebra o el temor a la suspensión de pagos han sido esenciales en la crisis asiática. Pero los modelos macroeconómicos empleados no tenían raíces microeconómicas, por lo que no tenían en cuenta la quiebra. Pero la mala economía no ha sido sino el síntoma del auténtico problema: el secretismo.  

Es más probable que las personas inteligentes cometan estupideces cuando se aíslan de las críticas y los consejos exteriores. Si algo he aprendido en el Gobierno es que la apertura es fundamental en aquellos ámbitos en los que el asesoramiento especializado es más necesario. Si el FMI y el Tesoro hubieran abierto el debate, su locura se habría hecho más evidente y mucho antes.  

Las críticas procedentes de la derecha, como las de Martin Feldstein, Presidente del Consejo de Asesores Económicos de Reagan, y George Schultz, Secretario de Estado de Reagan, se unieron a las de Jeff Sachs, Paul Krugman y las mías. Pero sirvieron de muy poco porque el FMI pretendía que sus políticas eran irreprochables, a falta de una estructura institucional que lo hubiera permitido. Otras críticas más preocupantes que se produjeron incluso a nivel interno, sobre todo las que reclamaban una mayor transparencia, fueron totalmente acalladas. El Departamento del Tesoro es tan arrogante en sus análisis económicos que suele mantener un control férreo incluso sobre la opinión del Presidente.  

Un debate abierto habría permitido que afloraran cuestiones a las que la prensa norteamericana no presta aún suficiente atención: ¿hasta qué punto el FMI y el Tesoro han impuesto políticas que han contribuido a incrementar la inestabilidad económica global? (El Tesoro impuso la liberalización en Corea en 1993 frente a la oposición del Consejo de Asesores Económicos. El Tesoro ganó la batalla interna en la Casa Blanca, pero Corea y el mundo han pagado un precio muy alto) ¿Las duras críticas del FMI a Asia fueron una forma de eludir su propia responsabilidad? Más importante aún ¿América (y el FMI) impusieron esas políticas porque pensaban que beneficiarían a Asia o porque beneficiaban a los Estados Unidos y a los países desarrollados? Si se pensaba que nuestras políticas estaban sirviendo de ayuda a Asia ¿dónde estaban las pruebas? Como participante en el debate, tuve que ver las pruebas, pero no vi ninguna.  

Desde el fin de la guerra fría se ha dado un poder inmenso a los encargados de difundir las bienaventuranzas del mercado por todos los rincones del mundo. Se trata de economistas, burócratas y funcionarios que actúan en nombre de los Estados Unidos y los demás países industrializados, y que hablan un lenguaje que la mayoría de los ciudadanos no entiende y que la mayoría de los políticos no se molesta en traducir. La política económica es hoy en día tal vez la principal fuente de la interacción de los Estados Unidos con el resto del mundo. Y sin embargo, la cultura de la política económica internacional de la democracia más poderosa del mundo, no es democrática.  

Esto es lo que los manifestantes intentarán decir ante el FMI la semana que viene. Desde luego que las calles no son el mejor sitio para discutir sobre asuntos tan complejos. Algunos manifestantes están tan poco interesados en el debate como los propios funcionarios del Fondo. Y no todas las afirmaciones de los manifestantes serán ciertas. Pero si las personas a las que les confiamos la gestión de la economía global (el FMI y el Departamento del Tesoro) no abren un diálogo y aceptan las críticas, las cosas seguirán yendo muy, muy mal. Yo ya lo he visto

Nota:

En enero de 1998 Stiglitz ya había criticado el Consenso de Washington, calificándolo como "desorientador" y "frecuentemente desastroso". Asimismo, en esa misma conferencia que dictó en Helsinki, afirmó que el rápido crecimiento económico del sudeste asiático se debió en buena medida al intervencionismo estatal y que, por el contrario, la crisis regional de 1997 se precipitó por las decisiones de los inversionistas privados, quienes sin embargo le echaron el agua sucia al Estado y continuaron promoviendo una mayor liberalización. También argumentó que una inflación moderada es inofensiva, que los déficits presupuestales no son necesariamente perjudiciales, que la privatización no es una panacea y que la deregularización doméstica y los mercados financieros internacionales pueden ocasionar graves perjuicios. En otras ocasiones sostuvo que los trabajadores y los pequeños empresarios estaban siendo lesionados por no estar adecuadamente representados en los procesos de toma de decisiones. Y que restringir la libertad de los movimientos globales de capital podía hacer que el mundo fuese menos propenso a las crisis.

Todo ello ocasionó que el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, le "tirase las orejas" y que Lawrence Summers, el secretario de Hacienda de Clinton, le dijese a Wolfensohn que si quería otro periodo como presidente del Banco Mundial Stiglitz tenía que salir. Entonces en noviembre de 1999 se anunció su "renuncia". No obstante, fue mantenido como consultor del Banco hasta que escribió el artículo transcrito, cuando fue retirado totalmente de la institución en mayo del 2000.

Summers, quien purgó a Stiglitz y Ravi Kanbur (quien redactó el borrador inicial del Informe del Banco Mundial del 2000, que en alguna medida se apartaba de la línea tradicional propugnada por el Banco Mundial, por lo que se le ordenó que lo cambiase, ante lo cual renunció), también había ocupado el cargo de economista en jefe del Banco Mundial entre 1991 y 1993, donde había escrito memorandos sugiriendo que África estaba "vastamente sub polucionada" y que "la lógica económica de arrojar una carga de basura tóxica en un país de bajos salarios era impecable". Según Doug Henwood, el periodista que escribió el artículo de donde se extrajeron los anteriores datos ("Stiglitz y los límites de la reforma", publicado en The Nation el 2 de octubre del 2000), "ni Stiglitz ni Kanbur son radicales bajo ningún parámetro; ambos son reformadores humanos a quienes sinceramente les importan los pobres del mundo. Pero incluso eso fue demasiado para el Banco Mundial y el FMI".

 



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