DESARROLLO = REVOLUCION SOLIDARIA
(extractos)
L.J. Lebret O.P. 
(con la colaboración de R. Delprat y M.F. Desbruyeres)
VI
¿CÓMO PODEMOS PARTICIPAR EN EL DESARROLLO?
CONCLUSIÓN

 

Caminando a través de las partes de esta exposición sobre el desarrollo, el lector habrá captado, lo esperamos, las principales dimensiones del hambre.  Se habrá dado cuenta que el hambre plantea a la humanidad, de modo angustioso, la cuestión primordial a la que debe responder tanto la pequeña fracción de la humanidad que lucha contra la miseria sin alcanzar o sin franquear el umbral de la pobreza.  Se habrá dado cuenta que la socialización está convirtiéndose en un fenómeno universal, unido estrechamente al progreso científico y técnico, a las interdependencias económicas, al reconocimiento de los derechos del hombre.  Ella se realiza bajo nuestra mirada porque corresponde a una amplia transformación de la humanidad.  El problema no es detenerla sino dirigirla.

Los pueblos menos desarrollados están hartos de oír justificar por motivos interesados la ayuda insuficiente que se le concede, mientras se mantienen estructuras contradictorias heredadas de un pasado más o menos lejano.  Testigos , víctimas y a veces participantes de una extensa comedia, se refugian en los compromisos de lo inmediato o tras el muro de grupos supranacionales sin consistencia. Intentan desenvolverse lo mejor posible en un contexto envenenado por los egoísmos, las pretensiones, los prejuicios.

Obligados a veces al diálogo entre solicitantes y bienhechores, no se presentan como son en realidad, a cara descubierta, las lecciones que podrían dar legitimidad a los pueblos técnicamente adelantados no se formulan o se exponen en un clima de reivindicaciones apasionadas que no están unificadas ni por una doctrina ni por una estrategia común.

Mientras las conversaciones entre los hombres de Estado estén dominados por las preocupaciones de lo inmediato, mientras los políticos y detentadores del poder económico  piensen poco y con estrechez, mientras los intelectuales proveedores de ideas para los dirigentes y las masas no hayan superado su propia cultura, el diálogo entre civilizaciones no alcanzará la pureza y la intensidad que serían necesarias.  Así disminuyen las posibilidades de creación de un humanismo que participe de lo que tiene de mejor cada civilización.

Por esto mismo, el problema del desarrollo universalmente solidario no está presentado en los términos debidos para que pueda ser resuelto.

El diálogo entre los pueblos sólo se saneará cuando sea examinada realmente una reestructuración de la producción y de los intercambios internacionales, fundada en una ética colectiva nueva y en un derecho reconocido por la unanimidad de las naciones.    

En esta reorganización de conjunto, cada país desarrollado tendrá que revisar su propia estructura de producción en función del esfuerzo total de desarrollo, habida cuenta de su estructura actual, de su adhesión a una armonía regional y de su red de relaciones con el reste del mundo.  Sólo será posible en un marco de comprensión más amplia en el interior de zonas que han adoptado un régimen económico definido y con acuerdos entre zonas de régimen económico diferentes.  Los países pobres deben intentar constituir con los países próximos complementarios un espacio económico regional, de modo que la valoración y la distribución del conjunto sean de un coste mucho más reducido y de un beneficio económico elevado.  La división excesiva en pequeñas naciones independientes y sin porvenir económico aisladas de las demás, debe ser corregida por acuerdos sin los cuales las soberanías nacionales no podrán subsistir y sin los cuales ninguno de los territorios podrá utilizar sus recursos,   según su vocación normal para la producción. No hay que descartar que, entre esos conjuntos y países desarrollados que han constituido un espacio económico amplio, los acuerdos de cooperación garanticen a unos y otros más seguridad y la consolidación de sus lazos culturales y de amistad, a condición siempre de que estos acuerdos no sean la careta de una voluntad de dominio y un obstáculo a la cooperación internacional.

Cuando hablamos de una nueva ética, no queremos considerar como anticuadas las bases comunes a las formulaciones históricas de la moral.  Pero estas formulaciones, al anquilosarse en las conciencias, costumbres, instituciones y en el derechos, no han modificado las estructuras internas decadentes cuando se han introducido unos ajustes puramente superficiales.  Y esto, tanto menos cuanto que el impacto de una civilización más técnica y comercial, portadora también de una escala de valores muy diferente, tiende a destruir las culturas nativas y la personalidad de los que son progresivamente invadidos.   No admite discusión que el desarrollo venga a plantear un problema a la moral personal e interpersonal.  Cada uno, al ser afectado por nuevos modos de vida e influenciados por nuevos ambientes, ve que se le crean nuevos problemas y está obligado a tomar alternativas inéditas para él.

¿Es posible desde ahora, indicar los principios fundamentales de esta ética?  Así lo creemos, aún sabiendo que sólo será una aproximación.  La declaración universal de los Derechos del Hombre, elaborada por la Organización de las Naciones Unidas al principio de su fundación, establecía ya algunas normas.  Los principios votados en la conferencia internacional de 1964 pueden ser conservados en parte, pero yuxtaponen deberes con mucha incoherencia.  Los últimos Papas, en nombre de la moral evangélica y de la doctrina teológica, han abierto, por su lado, el camino para la aplicación de los principios fundamentales de la moral cristiana a la sociedad actual.  La encíclica “Pacem in Terris” de Juan XXIII,  tuvo una resonancia tal que las Naciones Unidas juzgaron necesario hacerla objeto de una asamblea internacional.  S. S. Pablo VI, en la misma línea, ha vuelto a la cargar en sus grandes discursos de Bombay y de Nueva York, mientras que el Vaticano II, en su paciente estudio del esquema XIII[1]  precisaba los deberes rigurosos que deberían dictar la conducta de los dirigentes políticos y de los hombres de buena voluntad, con respecto al objetivo “desarrollo”.  El pensamiento protestante ha explicitado igualmente las exigencias y condiciones de un esfuerzo eficaz en pro del desarrollo.

Economistas y peritos por su parte han sacado de sus análisis críticos y de sus experiencias,   proposiciones, al principio sin eco, pero que han invadido después la enseñanza universitaria e “influenciado” la conducta de los gobernantes.  “Economía humana”, “Economía generalizada”, “Desarrollo integral y humanizado”, “Civilización solidaria”, han conquistado el derecho de ciudadanía, obligando a superar los antiguos conceptos y metodologías.

Intentaremos, a título de simple esbozo muy imperfecto, extraer algunos de los principios sobre los que se podrían basar, en el plan universal, una ética del desarrollo aceptable por todos los pueblos, sea cual sea la civilización a la que estén adheridas.

“La totalidad de los recursos de la tierra debe ser utilizada en beneficio de toda la humanidad”

“Todos los pueblos son solidarios para obtener esta utilización óptima”.

“La utilización óptima de los recursos no es la que asegura el mayor provecho, sino la que satisface más humanamente las necesidades”.

No hay una norma a priori sobre la necesidad.  Un género de vida uniforme, por ejemplo el de los países occidentales desarrollados, no puede ser impuesto a la humanidad, ni incluso presentárselo como un ideal que hay que alcanzar. La necesidad auténtica depende del clima, de las posibilidades, tradiciones, civilizaciones. Implica siempre un mínimum absoluto de nutrición, protección por el vestido y vivienda, de educación, de li­bertad. por encima de los bienes esenciales de consumo, implica el acceso a los bienes de superación intelectual, moral, artística, espiritual. Una vez franqueado el umbral de lo necesario, es deseable el acceso a los bienes de comodi­dad y confort, a condición siempre de que los valores más altos no sean comprometidos. El objeto del desarrollo es la elevación humana y esta elevación debe ser universal.

Incumbe a la Organización de las Naciones Unidas preparar las condiciones óptimas de la cooperación inter­nacional. para conseguirlo, después de los tanteos de una primera fase de experiencias, la O. N. U. debe adaptar sus estructuras de estudio, acción v relación a la situa­ción actual y futura del mundo. Sin esto, multiplicará los despilfarros y fracasos, que por otra parte reconocen sus más abiertos dirigentes ejecutivos. De su evolución dependerá la universalización  del desarrollo, la paz del mundo y la aproximación a una civilización de solida­ridad.

Al término de un proceso de integración de los valores contenidos en las diversas civilizaciones, se convertirá, según los límites a definir en el curso de un diálogo honrado entre sus miembros, en esa autoridad internacional que muchos desean, a condición de que esta auto­ridad dependa de un nuevo derecho internacional que habrá de formular.

Si no empleamos todas nuestras fuerzas en promover esta revolución solidaria, no podrá mantenerse -seamos bien conscientes de ello- la relación actual de las fuerzas que se enfrentan, tanto materiales y económicas como humanas. Y será inevitable un choque mundial entre los países de la abundancia y los países del hambre.



[1] Encíclica Gaudium et spes.

 



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