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Caminando
a través de las partes de esta exposición sobre el desarrollo, el lector habrá
captado, lo esperamos, las principales dimensiones del hambre.
Se habrá dado cuenta que el hambre plantea a la humanidad, de modo
angustioso, la cuestión primordial a la que debe responder tanto la pequeña
fracción de la humanidad que lucha contra la miseria sin alcanzar o sin
franquear el umbral de la pobreza. Se habrá dado cuenta que la socialización está convirtiéndose
en un fenómeno universal, unido estrechamente al progreso científico y técnico,
a las interdependencias económicas, al reconocimiento de los derechos del
hombre. Ella se realiza bajo
nuestra mirada porque corresponde a una amplia transformación de la humanidad.
El problema no es detenerla sino dirigirla.
Los
pueblos menos desarrollados están hartos de oír justificar por motivos
interesados la ayuda insuficiente que se le concede, mientras se mantienen
estructuras contradictorias heredadas de un pasado más o menos lejano.
Testigos , víctimas y a veces participantes de una extensa comedia, se
refugian en los compromisos de lo inmediato o tras el muro de grupos
supranacionales sin consistencia. Intentan desenvolverse lo mejor posible en un
contexto envenenado por los egoísmos, las pretensiones, los prejuicios.
Obligados
a veces al diálogo entre solicitantes y bienhechores, no se presentan como son
en realidad, a cara descubierta, las lecciones que podrían dar legitimidad a
los pueblos técnicamente adelantados no se formulan o se exponen en un clima de
reivindicaciones apasionadas que no están unificadas ni por una doctrina ni por
una estrategia común.
Mientras
las conversaciones entre los hombres de Estado estén dominados por las
preocupaciones de lo inmediato, mientras los políticos y detentadores del poder
económico piensen poco y con
estrechez, mientras los intelectuales proveedores de ideas para los dirigentes y
las masas no hayan superado su propia cultura, el diálogo entre civilizaciones
no alcanzará la pureza y la intensidad que serían necesarias.
Así disminuyen las posibilidades de creación de un humanismo que
participe de lo que tiene de mejor cada civilización.
Por
esto mismo, el problema del desarrollo universalmente solidario no está
presentado en los términos debidos para que pueda ser resuelto.
El
diálogo entre los pueblos sólo se saneará cuando sea examinada realmente una
reestructuración de la producción y de los intercambios internacionales,
fundada en una ética colectiva nueva y en un derecho reconocido por la
unanimidad de las naciones.
En
esta reorganización de conjunto, cada país desarrollado tendrá que revisar su
propia estructura de producción en función del esfuerzo total de desarrollo,
habida cuenta de su estructura actual, de su adhesión a una armonía regional y
de su red de relaciones con el reste del mundo.
Sólo será posible en un marco de comprensión más amplia en el
interior de zonas que han adoptado un régimen económico definido y con
acuerdos entre zonas de régimen económico diferentes.
Los países pobres deben intentar constituir con los países próximos
complementarios un espacio económico regional, de modo que la valoración y la
distribución del conjunto sean de un coste mucho más reducido y de un
beneficio económico elevado. La
división excesiva en pequeñas naciones independientes y sin porvenir económico
aisladas de las demás, debe ser corregida por acuerdos sin los cuales las
soberanías nacionales no podrán subsistir y sin los cuales ninguno de los
territorios podrá utilizar sus recursos,
según su vocación normal para la producción. No hay que descartar que,
entre esos conjuntos y países desarrollados que han constituido un espacio económico
amplio, los acuerdos de cooperación garanticen a unos y otros más seguridad y
la consolidación de sus lazos culturales y de amistad, a condición siempre de
que estos acuerdos no sean la careta de una voluntad de dominio y un obstáculo
a la cooperación internacional.
Cuando
hablamos de una nueva ética, no queremos considerar como anticuadas las bases
comunes a las formulaciones históricas de la moral.
Pero estas formulaciones, al anquilosarse en las conciencias, costumbres,
instituciones y en el derechos, no han modificado las estructuras internas
decadentes cuando se han introducido unos ajustes puramente superficiales.
Y esto, tanto menos cuanto que el impacto de una civilización más técnica
y comercial, portadora también de una escala de valores muy diferente, tiende a
destruir las culturas nativas y la personalidad de los que son progresivamente
invadidos. No admite discusión
que el desarrollo venga a plantear un problema a la moral personal e
interpersonal. Cada uno, al ser
afectado por nuevos modos de vida e influenciados por nuevos ambientes, ve que
se le crean nuevos problemas y está obligado a tomar alternativas inéditas
para él.
¿Es
posible desde ahora, indicar los principios fundamentales de esta ética?
Así lo creemos, aún sabiendo que sólo será una aproximación.
La declaración universal de los Derechos del Hombre, elaborada por la
Organización de las Naciones Unidas al principio de su fundación, establecía
ya algunas normas. Los principios
votados en la conferencia internacional de 1964 pueden ser conservados en parte,
pero yuxtaponen deberes con mucha incoherencia.
Los últimos Papas, en nombre de la moral evangélica y de la doctrina
teológica, han abierto, por su lado, el camino para la aplicación de los
principios fundamentales de la moral cristiana a la sociedad actual.
La encíclica “Pacem in Terris” de Juan XXIII,
tuvo una resonancia tal que las Naciones Unidas juzgaron necesario
hacerla objeto de una asamblea internacional.
S. S. Pablo VI, en la misma línea, ha vuelto a la cargar en sus grandes
discursos de Bombay y de Nueva York, mientras que el Vaticano II, en su paciente
estudio del esquema XIII
precisaba los deberes rigurosos que deberían dictar la conducta de los
dirigentes políticos y de los hombres de buena voluntad, con respecto al
objetivo “desarrollo”. El pensamiento protestante ha explicitado igualmente las
exigencias y condiciones de un esfuerzo eficaz en pro del desarrollo.
Economistas
y peritos por su parte han sacado de sus análisis críticos y de sus
experiencias, proposiciones,
al principio sin eco, pero que han invadido después la enseñanza universitaria
e “influenciado” la conducta de los gobernantes.
“Economía humana”, “Economía generalizada”, “Desarrollo
integral y humanizado”, “Civilización solidaria”, han conquistado el
derecho de ciudadanía, obligando a superar los antiguos conceptos y metodologías.
Intentaremos,
a título de simple esbozo muy imperfecto, extraer algunos de los principios
sobre los que se podrían basar, en el plan universal, una ética del desarrollo
aceptable por todos los pueblos, sea cual sea la civilización a la que estén
adheridas.
“La
totalidad de los recursos de la tierra debe ser utilizada en beneficio de toda
la humanidad”
“Todos
los pueblos son solidarios para obtener esta utilización óptima”.
“La
utilización óptima de los recursos no es la que asegura el mayor provecho,
sino la que satisface más humanamente las necesidades”.
No
hay una norma a priori sobre la necesidad.
Un género de vida uniforme, por ejemplo el de los países occidentales
desarrollados, no puede ser impuesto a la humanidad, ni incluso presentárselo
como un ideal que hay que alcanzar. La necesidad auténtica depende del clima,
de las posibilidades, tradiciones, civilizaciones. Implica siempre un mínimum
absoluto de nutrición, protección por el vestido y vivienda, de educación, de
libertad. por encima de los bienes esenciales de consumo, implica el acceso a
los bienes de superación intelectual, moral, artística, espiritual. Una vez
franqueado el umbral de lo necesario, es deseable el acceso a los bienes de
comodidad y confort, a condición siempre de que los valores más altos no
sean comprometidos. El objeto del desarrollo es la elevación humana y esta
elevación debe ser universal.
Incumbe
a la Organización de las Naciones Unidas preparar las condiciones óptimas de
la cooperación internacional. para conseguirlo, después de los tanteos de
una primera fase de experiencias, la
O.
N. U. debe adaptar sus estructuras de estudio, acción v
relación a la situación actual y
futura del mundo. Sin esto, multiplicará los
despilfarros y fracasos, que por otra parte reconocen sus más abiertos
dirigentes ejecutivos. De su evolución dependerá la universalización
del desarrollo, la paz del mundo y la aproximación a una civilización de
solidaridad.
Al
término de un proceso de integración de los valores contenidos en las diversas
civilizaciones, se convertirá, según los límites a definir en el curso de un
diálogo honrado entre sus miembros, en esa autoridad internacional que muchos
desean, a condición de que esta autoridad dependa de un nuevo derecho
internacional que habrá
de formular.
Si
no empleamos todas nuestras fuerzas en promover esta revolución solidaria, no
podrá mantenerse -seamos bien conscientes de ello- la relación actual de las
fuerzas que se enfrentan, tanto materiales y económicas como humanas. Y será
inevitable un choque mundial entre los países de la abundancia y los países
del hambre.
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