Conviene destacar que los organismos
internacionales y las instituciones de cooperación bilateral no son los únicos
que participan en el desarrollo.
El
esfuerzo en pro del desarrollo comenzó mucho antes de que existiesen estas
instituciones y en particular los misioneros han hecho desarrollo desde hace
mucho tiempo, sin saberlo.
M.
Sen, Director de la F.A.O., afirmó en Bombay el 29 de noviembre de 1964, que
“los grupos confesionales pueden ser los poderosos aliados de los organismos
laicos”. De hecho, estos grupos
confesionales tenían, en el pasado, por objetivo esencial la programación de
una religión que consideraban como libertadora y salvadora de los hombres; pero
el amor a Dios no está separado del amor al prójimo.
Muchos misioneros han alfabetizado, mejorado los métodos culturales,
intensificado la artesanía, fundado colegios, universidades, escuelas de
aprendizaje, dispensarios, hospitales, provocado la promoción humana.
Sin su acción, los recientes pasos a la independencia hubiesen sido
imposibles.
La
vocación misionera será siempre, indirectamente, por el hecho del amor al prójimo,
una vocación al desarrollo. Hoy,
sin embargo, todos los misioneros consideran que deben de dar al desarrollo, en
su acción, un puesto mucho mayor. Recurren
para esto, cada vez más, a misioneros laicos, consagrados exclusivamente a las
tareas del desarrollo. He ahí,
para ciertos jóvenes, unas facilidades de servicio, en un marco que les
sostiene intelectual y espiritualmente.
Pero
independientemente de las misiones, las Iglesias han comprendido la necesidad
de un esfuerzo mas amplio dirigido directa y exclusivamente hacía el
desarrollo. Se han visto nacer en
la mayoría de los países desarrollados, organizaciones para financiar
operaciones de desarrollo,
para aumentar la eficacia de la «Campaña contra el hambre», para tomar
directamente la responsabilidad de acciones locales o regionales, para formar
peritos, técnicos o monitores en pro del desarrollo. Esta acción multiforme
tiene varios fines; responder a las demandas mas apremiantes, suplir a ciertas
carencias inevitables de los organismos oficiales, asociarse a los esfuerzos públicos
para el logro de los planes de desarrollo.
Los
organismos debidos a la iniciativa de las Iglesias, no son los únicos en
beneficiarse de esta acción; otros grupos privados son ayudados también ya
económicamente, ya empleando al personal formado con vistas al desarrollo en
todas las escalas.
Aun
cuando se trate de las acciones interesadas de algunas firmas, movidas
principalmente por el interés, no deja
de ser útil que, entre el personal, haya responsables abiertos a las
condiciones del desarrollo auténtico y hagan respirar un ambiente más
humanitario, en la
empresa
misma y en sus redes de relaciones con el sector público y privado.
He
ahí cómo, sí hubiese una máquina capaz de provocar, detectar y controlar
vocaciones para el desarrollo, de orientar estas vocaciones hacia las
especializaciones o los perfeccionamientos necesarios, hacia los institutos y
escuelas que puedan hacerlo, de recoger las demandas de personal y facilitar
respuestas positivas, se ofrecería una, vida dura, pero expansiva, a muchos jóvenes
deseosos de entregarse a una de las más nobles empresas actuales.
No desanimarnos
A
quien parte a trabajar en pro del desarrollo, la capital del país
donde llega no le ofrece apenas más facilidades. Es preciso pedir audiencia,
tener paciencia y cuando es recibido exponer rápidamente aquello que interesa;
es importante en esos pocos minutos no alargar.
Otros esperan; el
Presidente, sus ministros y sus directores están agobiados, el teléfono suena,
no es extraño, en este ambiente, que las autoridades que os reciben tengan un
teléfono en cada mano.
En
el trajín de las recepciones, es posible dejar caer algunas palabras a las
personalidades con las que se tiene que tratar.
En una comida oficial no es frecuente que se pueda entablar una verdadera
conversación.
Los
objetivos del trabajo a realizar continúan imprecisos y el perito o el técnico
está obligado con frecuencia a
inventar su programa, a pesar de la vaguedad de los fines, aplicando las
disciplinas de su competencia, que no están preparadas para un país tan
directamente del suyo. Siente
que continúa siendo extranjero. Cree
que le llaman, no se sabe exactamente por qué.
El personaje que le había reclamado ha sido a veces trasladado a otro
puesto. La tentación de desánimo
viene con la sensación de aislamiento. O
bien el especialista, que ha llegado con el deseo de servir, se ve obligado a
tener que imponer, cueste lo que cueste, sus puntos de vista. En estas condiciones, el diálogo en la cumbre, salvo en
casos muy excepcionales, se presenta difícil aunque no haya mala voluntad por
ningún lado. Ahora bien, los
problemas que se tenían que debatir, comprometen el porvenir del país, todo el
proceso de desarrollo.
En
el interior mismo de un ministerio, el ministro y sus directores no están
siempre de acuerdo. El perito o el
técnico debe, sin embargo, contar con su común adhesión, pero no puede
impedir ese malestar y pierde mucho tiempo para obtener una firme decisión.
El malestar no hace sino aumentar cuando la decisión depende de varios
ministros o cuando no hay armonía perfecta entre el jefe de Gobierno y tal o
cual ministro.
Los
grupos de presión que se sienten contrariados en sus proyectos entran en lisa.
Surgen dificultades con las autoridades que
recurrieron a vosotros, a veces incluso cuando se trata de un equipo relacionado
con una misión cristiana cuyo jefe piensa más
en
el apostolado que en el desarrollo. A veces, los servicios públicos, que han
prestado algunos hombres o firmado el contrato, pretenden que se han cometido
indiscreciones y que, si se repiten, retirarán su apoyo y romperán el
contrato.
Las
dificultades, a menudo, no son menores para los agentes de la cooperación que
tienen que tratar, a un nivel menor, sea con la administración central, sea con
los poderes regionales o locales. Como la coordinación horizontal suele ser
demasiado débil, cada ministerio pretende ejercer su acción vertical hasta la
misma bese. Sus
funcionarios
se resisten entonces contra toda intervención en su dominio. Los
profesores,
monitores, informadores encargados de ayudar a la animación o a la promoción
humana chocan con la oposición latente de los funcionarios de otros ministerios
distintos de aquel al que pertenecen administrativamente. Se añaden
a veces
las oposiciones de algún partido, poderoso en la
zona,
o de parlamentarios elegidos y sus agentes, o de una feudal aún poderoso o de
una
secta religiosa muy influyente. Hace
falta mucho valor al consejero extranjero implantado allí, para mantenerse
entre fuerzas tan diversas que se disputan la preponderancia.
Los
laicos, que entran en un grupo misionero para trabajar exclusivamente en el
desarrollo, corren el riesgo de encontrarse sin apoyo,
considerados como una pieza accesoria, que se considera útil, a condición
de que permanezca bien dominada. Si
quieren conservar la autonomía necesaria a su acción, se origina una tensión
que puede ser violenta.
En
una misión técnica que depende exclusivamente de las autoridades públicas, pueden también estallar tensiones, al querer tal
o cual miembro hacer triunfar sus puntos de vista. En ambos casos, sería
indispensable un diálogo para restablecer la armonía en cuanto esté amenazada
de algún modo.
Pueden
también surgir dificultades del hecho de que un equipo o misión no debe, en
ningún caso, estar compuesto únicamente por extranjeros. La fracción nativa
podrá sentirse lesionada, o desear exageradamente dominar todo antes de estar
en condiciones de realizarlo. Los extranjeros deben comprender, sin lugar a
dudas, que no están allí para reinar, sino para asociarse, y que su misión
transitoria deberá terminar. Tienen que formar, sin
duda y durante un cierto tiempo, a aquellos sobre los que descansará
pronto toda la responsabilidad. Pero
si no dejan sitio suficiente a sus colaboradores indígenas, que trabajan con
ellos hasta concluir la obra, evidentemente se equivocan.
De
ahí la importancia de una
preparación al diálogo.
La
conversión del corazón no basta,
por muy indispensable que sea. Puede ser en algún caso el motivo de fracaso,
si, detrás de las pruebas sinceras de amor
fraternal, hay sólo buena voluntad.
Dificultades
paralelas pueden ponerse a la acción en la base.
Los influyentes han hecho bloque frente a los innovadores.
El secretario de la cooperativa ha escapado con la caja, o los
comerciantes extranjeros, que compraban el principal producto agrícola de
exportación, han elevado el precio para aplastar a la cooperativa.
Las pruebas de simientes seleccionadas por el centro de investigaciones
agrícolas han fracasado. Los
abonos experimentados no han hecho aumentar la producción.
Algunos campesinos no reembolsado su préstamo y la Caja central de
cooperación está amenazada por los políticos.
Y así hasta el infinito.
En
este juego complejo, ¿cómo cumplir la tarea, en la que se continúa creyendo,
pero que no funciona sin fracasos? ¿Cómo instaurar los diálogos fecundos que
permitirían progresar? Sin
embargo, hay que dialogar tanto con los de arriba como con los escalones
intermediarios y con la base, para
contribuir eficazmente
al desarrollo.
El
diálogo debe comenzar en el equipo mismo, encargado de tal estudio o de tal
acción; no imaginarse que es fácil.
En
realidad, nadie puede valorar los verdaderos resultados de su presencia. A un
plan prospectivo o periódico podrá. dársele carpetazo, pero aun así podrá
determinar la política económica. El
análisis de los niveles de vida ha hecho aparecer desigualdades inadmisibles
contra las cuales nadie se atreverá a afirmar en adelante que no
está dispuesto a luchar.
Los estudios de coherencia han puesto en claro una estructura equivocada
del presupuesto de ingresos y del presupuesto de gastos. Algo ha cambiado en la
percepción de las necesidades y posibilidades del país.
Los grupos de presión han sido desenmascarados, como también han sido
descubiertas las fuerzas populares nacientes.
Se han creado nuevas instituciones.
La importancia de una planificación regional no se discute ya, ni la
necesidad de un servicio de animación.
El
«desarrollador» en cualquier plan que sea, ha
ayudado a construir, pese a sus aparentes fracasos, y tanto
más cuanto más competente era y más lleno de amor.
No
ha sido el extranjero que se imponía, sino el técnico entrañable que se hizo
estima y querer, respetando a las masas y autoridades cada vez más conscientes
de que el desarrollo era su propio problema, pero que durante un tiempo
necesitaban consejeros capaces y desinteresados.
Un
gran milagro de amor fraterno y de eficacia, gracias a múltiples acciones pioneras, creadoras de nuevos pioneros. Se revela que la vocación del que trabaja en pro del
desarrollo, en cualquier grado que sea, en una de las más nobles que se pueda
experimentar dentro de sí mismo. Es
preciso sin embargo que sea controlada, ya que cada uno se puede equivocar sobre
su capacidad real, y que una vez confirmada, se acepte la obligación de hacerse
apto para servir verdaderamente.
Comprometernos
sin expatrianos
Para
los que, por razones diversas, no pueden o no deben expatriarse, el abandono de
esta vocación no significa renuncia. Nadie,
en particular entre los cristianos, puede desinteresarse del desarrollo
universal. Todos deben conocer los
problemas del mundo en el que vive y ser para los que le rodean un medio de
información.
Si
es trabajador, debe considerarse solidario de todos los trabajadores que, desde
algún punto del globo, le proporcionan las materias primas y las materias energéticas,
sin las que no podría trabajar.
Si
es militante en algún movimiento, debe canalizar ese movimiento hacia la acción
en pro del desarrollo.
Todo
conferenciante o periodista debe informar a sus compatriotas sobre la situación
del mundo y sobre las obligaciones que ella impone.
El
sabio debe contribuir al progreso de la ciencia para que sirva mejor a todos los
hombres. El intelectual debe
reflexionar y escribir sobre las vías que permitan progresar hacia una
civilización de solidaridad.
El
pastor espiritual debe repetir incansablemente las exigencias evangélicas de la
vida social, incluida toda la sociedad humana.
El
economista o sociólogo debe preparar la evolución hacia nuevos regímenes y
nuevas estructuras. El profesor
debe comunicar a sus alumnos una visión dinámica del mundo en la búsqueda de
una existencia mejor.
El
padre y la madre deben dar a sus hijos, desde su más tierna edad, el sentido de
la fraternidad entre los hombres.
El
poseedor de un bien superfluo debe saber que lo superfluo debe invertirse en
aquellos que necesitan lo estrictamente esencial.
El rico debe dar con abundancia a las organizaciones privadas fundadas y
para colaborar en el desarrollo.
El
ciudadano de una nación tiene el deber y el derecho de exigir del gobierno de
su país una cooperación más importante y eficaz con los países
subdesarrollados.
El
ciudadano del mundo debe favorecer la acción de los organismos internacionales,
pidiendo una mejor adaptación en sus funciones.
El
cristiano debe integrar en sus oraciones la súplica a Dios a favor de los que
sufren y de los que van a ayudar directamente a suavizar los sufrimientos y
acelerar la promoción humana.
Así
nadie está excluido de la participación en el desarrollo.
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