DESARROLLO = REVOLUCION SOLIDARIA
(extractos)
L.J. Lebret O.P. 
(con la colaboración de R. Delprat y M.F. Desbruyeres)
V
¿CÓMO PODEMOS PARTICIPAR EN EL DESARROLLO?
¿Dónde enrolarse?

 

Conviene destacar que los organismos internacionales y las instituciones de cooperación bilateral no son los únicos que participan en el desarrollo.

El esfuerzo en pro del desarrollo comenzó mucho antes de que existiesen estas instituciones y en particular los misioneros han hecho desarrollo desde hace mucho tiempo, sin saberlo.

M. Sen, Director de la F.A.O., afirmó en Bombay el 29 de noviembre de 1964, que “los grupos confesionales pueden ser los poderosos aliados de los organismos laicos”.  De hecho, estos grupos confesionales tenían, en el pasado, por objetivo esencial la programación de una religión que consideraban como libertadora y salvadora de los hombres; pero el amor a Dios no está separado del amor al prójimo.  Muchos misioneros han alfabetizado, mejorado los métodos culturales, intensificado la artesanía, fundado colegios, universidades, escuelas de aprendizaje, dispensarios, hospitales, provocado la promoción humana.  Sin su acción, los recientes pasos a la independencia hubiesen sido imposibles.

La vocación misionera será siempre, indirectamente, por el hecho del amor al prójimo, una vocación al desarrollo.  Hoy, sin embargo, todos los misioneros consideran que deben de dar al desarrollo, en su acción, un puesto mucho mayor.  Recurren para esto, cada vez más, a misioneros laicos, consagrados exclusivamente a las tareas del desarrollo.  He ahí, para ciertos jóvenes, unas facilidades de servicio, en un marco que les sostiene intelectual y espiritualmente.

Pero independientemente de las misiones, las Iglesias han comprendido la necesidad de un esfuerzo mas amplio dirigido directa y exclusivamente hacía el desarrollo.  Se han visto nacer en la mayoría de los países desarrolla­dos, organizaciones para financiar operaciones de desa­rrollo, para aumentar la eficacia de la «Campaña contra el hambre», para tomar directamente la responsabilidad de acciones locales o regionales, para formar peritos, técnicos o monitores en pro del desarrollo. Esta acción multiforme tiene varios fines; responder a las demandas mas apremiantes, suplir a ciertas carencias inevitables de los organismos oficiales, asociarse a los esfuerzos públicos para el logro de los planes de desarrollo. 

Los organismos debidos a la iniciativa de las Iglesias, no son los únicos en beneficiarse de esta acción; otros grupos privados son ayudados también ya económicamente, ya empleando al personal formado con vistas al desarrollo en todas las escalas.

Aun cuando se trate de las acciones interesadas de algunas firmas, movidas principalmente por el interés, no deja de ser útil que, entre el personal, haya responsables abiertos a las condiciones del desarrollo auténtico y hagan respirar un ambiente más humanitario, en la empresa misma y en sus redes de relaciones con el sector público y privado.

He ahí cómo, sí hubiese una máquina capaz de pro­vocar, detectar y controlar vocaciones para el desarrollo, de orientar estas vocaciones hacia las especializaciones o los perfeccionamientos necesarios, hacia los institutos y escuelas que puedan hacerlo, de recoger las demandas de personal y facilitar respuestas positivas, se ofrecería una, vida dura, pero expansiva, a muchos jóvenes deseosos de entregarse a una de las más nobles empresas actuales.

No desanimarnos

A quien parte a trabajar en pro del desarrollo, la capital del  país donde llega no le ofrece apenas más facilidades. Es preciso pedir audiencia, tener paciencia y cuando es recibido exponer rápidamente aquello que interesa; es importante en esos pocos minutos no alargar.  Otros esperan;  el Presidente, sus ministros y sus directores están agobiados, el teléfono suena, no es extraño, en este ambiente, que las autoridades que os reciben tengan un teléfono en cada mano.

En el trajín de las recepciones, es posible dejar caer algunas palabras a las personalidades con las que se tiene que tratar.  En una comida oficial no es frecuente que se pueda entablar una verdadera conversación.

Los objetivos del trabajo a realizar continúan imprecisos y el perito o el técnico está obligado con frecuencia  a inventar su programa, a pesar de la vaguedad de los fines, aplicando las disciplinas de su competencia, que no están preparadas para un país tan directamente del suyo.   Siente que continúa siendo extranjero.  Cree que le llaman, no se sabe exactamente por qué.  El personaje que le había reclamado ha sido a veces trasladado a otro puesto.  La tentación de desánimo viene con la sensación de aislamiento.  O bien el especialista, que ha llegado con el deseo de servir, se ve obligado a tener que imponer, cueste lo que cueste, sus puntos de vista.  En estas condiciones, el diálogo en la cumbre, salvo en casos muy excepcionales, se presenta difícil aunque no haya mala voluntad por ningún lado.   Ahora bien, los problemas que se tenían que debatir, comprometen el porvenir del país, todo el proceso de desarrollo.

En el interior mismo de un ministerio, el ministro y sus directores no están siempre de acuerdo.  El perito o el técnico debe, sin embargo, contar con su común adhesión, pero no puede impedir ese malestar y pierde mucho tiempo para obtener una firme decisión.   El malestar no hace sino aumentar cuando la decisión depende de varios ministros o cuando no hay armonía perfecta entre el jefe de Gobierno y tal o cual ministro.

Los grupos de presión que se sienten contrariados en sus proyectos entran en lisa.  Surgen dificultades con las autoridades que recurrieron a vosotros, a veces incluso cuando se trata de un equipo relacionado con una misión cristiana cuyo jefe piensa más en el apostolado que en el desarrollo. A veces, los servicios públicos, que han prestado algunos hombres o firmado el contrato, pretenden que se han cometido indiscreciones y que, si se repiten, retirarán su apoyo y romperán el contrato.

Las dificultades, a menudo, no son menores para los agentes de la cooperación que tienen que tratar, a un nivel menor, sea con la administración central, sea con los poderes regionales o locales. Como la coordinación horizontal suele ser demasiado débil, cada ministerio pretende ejercer su acción vertical hasta la misma bese.  Sus funcionarios se resisten entonces contra toda inter­vención en su dominio. Los profesores, monitores, informadores encargados de ayudar a la animación o a la promoción humana chocan con la oposición latente de los funcionarios de otros ministerios distintos de aquel al que pertenecen administrativamente. Se añaden a veces las oposiciones de algún partido, poderoso en la zona, o de parlamentarios elegidos y sus agentes, o de una feudal aún poderoso o de una secta religiosa muy influ­yente.   Hace falta mucho valor al consejero extranjero implantado allí, para mantenerse entre fuerzas tan diversas que se disputan la preponderancia.

Los laicos, que entran en un grupo misionero para trabajar exclusivamente en el desarrollo, corren el riesgo de encontrarse sin apoyo,  considerados como una pieza accesoria, que se considera útil, a condición de que permanezca bien dominada.  Si quieren conservar la autonomía necesaria a su acción, se origina una tensión que puede ser violenta.

En una misión técnica que depende exclusivamente de las autoridades públicas,  pueden también estallar tensiones, al querer tal o cual miembro hacer triunfar sus puntos de vista. En ambos casos, sería indispensable un diálogo para restablecer la armonía en cuanto esté amenazada de algún modo.

Pueden también surgir dificultades del hecho de que un equipo o misión no debe, en ningún caso, estar compuesto únicamente por extranjeros. La fracción nativa podrá sentirse lesionada, o desear exageradamente dominar todo antes de estar en condiciones de realizarlo. Los extranjeros deben comprender, sin lugar a dudas, que no están allí para reinar, sino para asociarse, y que su misión transitoria deberá terminar. Tienen que formar, sin  duda y durante un cierto tiempo, a aquellos sobre los que descansará pronto toda la responsabilidad.  Pero si no dejan sitio suficiente a sus colaboradores indígenas, que trabajan con ellos hasta concluir la obra, evidentemente se equivocan.

De ahí  la importancia de una preparación al diálogo.

La conversión del  corazón no basta, por muy indispensable que sea. Puede ser en algún caso el motivo de fracaso, si, detrás de las pruebas sinceras de amor  fraternal, hay sólo buena voluntad.

Dificultades paralelas pueden ponerse a la acción en la base.  Los influyentes han hecho bloque frente a los innovadores.  El secretario de la cooperativa ha escapado con la caja, o los comerciantes extranjeros, que compraban el principal producto agrícola de exportación, han elevado el precio para aplastar a la cooperativa.  Las pruebas de simientes seleccionadas por el centro de investigaciones agrícolas han fracasado.  Los abonos experimentados no han hecho aumentar la producción.   Algunos campesinos no reembolsado su préstamo y la Caja central de cooperación está amenazada por los políticos.  Y así hasta el infinito.

En este juego complejo, ¿cómo cumplir la tarea, en la que se continúa creyendo, pero que no funciona sin fracasos? ¿Cómo instaurar los diálogos fecundos que permitirían progresar?  Sin embargo, hay que dialogar tanto con los de arriba como con los escalones intermediarios y con la base, para contribuir eficazmente al desarrollo.

El diálogo debe comenzar en el equipo mismo, encargado de tal estudio o de tal acción; no imaginarse que es fácil.

En realidad, nadie puede valorar los verdaderos resultados de su presencia. A un plan prospectivo o perió­dico podrá. dársele carpetazo, pero aun así podrá determinar la política económica.  El análisis de los niveles de vida ha hecho aparecer desigualdades inadmisibles contra las cuales nadie se atreverá a afirmar en adelante que no está dispuesto a luchar.  Los estudios de coherencia han puesto en claro una estructura equivocada del presupuesto de ingresos y del presupuesto de gastos. Algo ha cambiado en la percepción de las necesidades y posibilidades del país.  Los grupos de presión han sido desenmascarados, como también han sido descubiertas las fuerzas populares nacientes.  Se han creado nuevas instituciones.  La importancia de una planificación regional no se discute ya, ni la necesidad de un servicio de animación.

El «desarrollador» en cualquier plan que sea, ha ayudado a construir, pese a sus aparentes fracasos, y tanto  más cuanto más competente era y más lleno de amor.

No ha sido el extranjero que se imponía, sino el técnico entrañable que se hizo estima y querer, respetando a las masas y autoridades cada vez más conscientes de que el desarrollo era su propio problema, pero que durante un tiempo necesitaban consejeros capaces y desinteresados.

Un gran milagro de amor fraterno y de eficacia, gracias a múltiples acciones pioneras, creadoras de nuevos pioneros.  Se revela que la vocación del que trabaja en pro del desarrollo, en cualquier grado que sea, en una de las más nobles que se pueda experimentar dentro de sí mismo.  Es preciso sin embargo que sea controlada, ya que cada uno se puede equivocar sobre su capacidad real, y que una vez confirmada, se acepte la obligación de hacerse apto para servir verdaderamente.

Comprometernos sin expatrianos

Para los que, por razones diversas, no pueden o no deben expatriarse, el abandono de esta vocación no significa renuncia.  Nadie, en particular entre los cristianos, puede desinteresarse del desarrollo universal.  Todos deben conocer los problemas del mundo en el que vive y ser para los que le rodean un medio de información.

Si es trabajador, debe considerarse solidario de todos los trabajadores que, desde algún punto del globo, le proporcionan las materias primas y las materias energéticas, sin las que no podría trabajar.

Si es militante en algún movimiento, debe canalizar ese movimiento hacia la acción en pro del desarrollo. 

Todo conferenciante o periodista debe informar a sus compatriotas sobre la situación del mundo y sobre las obligaciones que ella impone.

El sabio debe contribuir al progreso de la ciencia para que sirva mejor a todos los hombres.  El intelectual debe reflexionar y escribir sobre las vías que permitan progresar hacia una civilización de solidaridad.

El pastor espiritual debe repetir incansablemente las exigencias evangélicas de la vida social, incluida toda la sociedad humana.

El economista o sociólogo debe preparar la evolución hacia nuevos regímenes y nuevas estructuras.  El profesor debe comunicar a sus alumnos una visión dinámica del mundo en la búsqueda de una existencia mejor.

El padre y la madre deben dar a sus hijos, desde su más tierna edad, el sentido de la fraternidad entre los hombres.

El poseedor de un bien superfluo debe saber que lo superfluo debe invertirse en aquellos que necesitan lo estrictamente esencial.  El rico debe dar con abundancia a las organizaciones privadas fundadas y para colaborar en el desarrollo.

El ciudadano de una nación tiene el deber y el derecho de exigir del gobierno de su país una cooperación más importante y eficaz con los países subdesarrollados.

El ciudadano del mundo debe favorecer la acción de los organismos internacionales, pidiendo una mejor adaptación en sus funciones.

El cristiano debe integrar en sus oraciones la súplica a Dios a favor de los que sufren y de los que van a ayudar directamente a suavizar los sufrimientos y acelerar la promoción humana.

Así nadie está excluido de la participación en el desarrollo.   



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