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Cada
uno de nosotros, como cada uno de los hombres, no podemos ya eludir el problema
del desarrollo. Nadie tiene el
derecho de decir: «Eso no es asunto nuestro» o «no comprendemos nada de eso».
Quien lo hace se separa de la comunidad de los hombres en un momento en el que
tantas llamadas deberían afectarle, en un momento en el que, despierto, saldría
de su torpeza para responder.
Quien
ha recibido bienes materiales, instrucción, competencia, cultura, debe dar aún
más, y nadie debe encerrarse en su egoísmo sin traicionar a la humanidad.
Para
nosotros, cristianos militantes de la lucha contra el hambre, se trata ahora de
examinar
claramente la situación de la humanidad. Pensemos
además, que muchos no cristianos, conscientes de un deber grave que concierne a
todos los humanos, habrán podido encontrar en el análisis, muy breve, del
mayor fenómeno económico, social y político de hoy motivos para orientar su
vida hacia una mayor entrega de si mismos a todos los que necesitan de su
concurso.
En
lo que atañe a los católicos, en adelante no podrán ya excusarse de no actuar
después de las enseñanzas repetidas por los últimos Papas y el Concilio
Vaticano II.
Pío
XII, en sus mensajes, había llamado muchas veces la atención sobre la
solidaridad entre los hombres.
Juan
XXIII en sus encíclicas «Mater et Magistra»
y
«Pacem
in terris» católico puede
abstenerse de leer y hasta releer estos textos fundamentales. Su Santidad Pablo
VI, en mucha ocasiones, ha insistido sobre la obligación para todos de
asociarse a las tareas de la lucha contra el hambre, menos por generosidad
pasajera que por el
desarrollo mismo.
Para
facilitar a cada uno la lectura de los pasaje esenciales de la enseñanza de los
últimos Papas y del Concilio, los hemos reunido en el anexo II de
esta obra. No
podremos
dejar de advertir su coincidencia con los principios que, partiendo del examen
de la situación mundial y teniendo en cuenta las aspiraciones formulada en las
asambleas internacionales, hemos intentado exponer en nuestra cuarta parte.
Cada
uno de nosotros, creyente o no, esté donde esté que haya hecho lo que sea,
debe «convertir su corazón» muy duro todavía. Nosotros
mismos sentimos endurecerse el nuestro cuando, después de trabajar en algún país
tropical, permanecemos mucho tiempo en Francia. El proverbio
«Ojos que no ven, corazón que no siente» es exacto. En medio de la comodidad, las dificultades de los demás se
desvanecen, como habíamos leído, durante la primera Guerra Mundial, en el «Correo
de los ejércitos» a veces humorísticos: «Las bombas que caen en el sector
vecino no tienen importancia». Cada día hay que rehacerse para sentir el calor
de las necesidades de los demás y sentirse solidario de los que pierden la
esperanza.
Pero
no 'basta tener la gracia de la preocupación permanente por la suerte de los
demás. Hay que comunicarla a los que están dispuestos a participar en ella y a
los que están encerrados egoístamente en sí mismos.
Un
militante del desarrollo es contagioso. Si es joven, sabe comunicar la inquietud
a sus compañeros. Si está.
casado, la educación que da a sus hijos será
abierta a la fraternidad humana. Si es instructor o profesor, sabe
presentar a sus alumnos los grandes males del mundo. Si es sindicalista o político, destila poco a poco su
angustia en los programas de su movimiento.
Si es ministro de culto, no teme en sus clases de catecismo o en sus sermones
llegar basta lo más profundo de la conciencia de los que, queriendo
unirse al Señor, no pueden hacerlo sin sacrificarse por sus hermanos.
Si es dirigente, no puede encerrarse en la
búsqueda
de éxitos para su empresa o su nación. Si es economista, no puede separar lo
económico
de lo humano.
Una
vez convertido el corazón, las relaciones con los demás no tienen ya el mismo
sentirlo ni las mismas formas. El prójimo ya no puede resultarnos indiferente.
Ha penetrado en nosotros y su encuentro nos hace desbordar de ternura hacia él,
envolverle en nuestra ternura. Explotarle de cualquier manera, nos es imposible
ya, repugna a nuestra condición humana. El nos interesa porque le amamos, no
porque saquemos provecho de él. Lo
que queremos es que sea lo más hombre posible, su curación si la
necesita, su crecimiento.
Le abordamos para darle la
oportunidad
de superarse.
No
es necesario que nos reconozca al momento como
un hermano amante. Le han engañado tantas veces, tantas ignorado,
menospreciado, que no puede devolvernos su confianza de buenas a primeras.
Sin
embargo, nuestra manera de hablarle, nuestra sonrisa, nuestra sinceridad, le ha
impresionado. Es raro que no
se haya apercibido ya de que contaba para nosotros, que le considerábamos con
respeto, como a una persona. Si
su corazón esta cerrado, nos rechaza : «¿Qué viene a hacer éste en mi vida?»
Se dice a sí mismo: «otro más que quiere poseerme, tenerme, explotarme».
El
contagio así, podría extenderse a la masa de los privilegiados, La conversión
de cada uno debe llevar a conversiones colectivas, de una ciudad que se ha
emparejado con otra en la que
la miseria es abrumadora, del país al que pertenece y que ayuda tan poco o que
ayuda por motivos interesados.
El
egoísmo de las naciones ricas es mucho más destructor
que la guerra.
Sin
embargo, no basta con sentir inquietud. «¿Qué puedo hacer yo, se suele decir,
ante el océano de miseria que se nos ofrece?
¿Qué
puedo
hacer?»
Cada
uno en su sitio puede servir a la
causa
de humanidad. Puede ser capaz de una acción bienhechor si aumenta en él el
conocimiento y el amor. Cuando gana más
de lo necesario, puede dar. Cuando contribuye a la
prosperidad de su nación, le permite ser más
generosa en materia de cooperación técnica y financiera. Es un escándalo que
las poblaciones salidas de la
pobreza no quieran moderar la elevación de su propio nivel de vida con el fin
de permitir a las poblaciones que están aún sometidas a los rigores del hambre
salir de lo infrahumano. Es
un escándalo que los sindicatos, tan activos para reivindicar en favor de sus
miembros, sean tan poco activos para los trabajadores extranjeros, tan mal
acogidos, tan mal alojados, tan explotados; y es un escándalo que los
trabajadores que quedan en los países pobres no sean mejor atendidos en lo que
respecta a la promoción humana. Es
un escándalo que sólo un reducidísimo número de intelectuales estén preocupados por
establecer un nuevo orden mundial. Es un escándalo que los traficantes de
diversiones estén más ocupados en explotar algunas estrellas, a precios
fantásticos, que en utilizar el arte y la belleza para elevar la humanidad.
Cada
cual en su actividad profesional, en su vida colectiva, podría hacer mucho más
si se comprometiese, de algún modo, en el esfuerzo por el desarrollo universal.
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