DESARROLLO = REVOLUCION SOLIDARIA
(extractos)
L.J. Lebret O.P. 
(con la colaboración de R. Delprat y M.F. Desbruyeres)
V
¿CÓMO PODEMOS PARTICIPAR EN EL DESARROLLO?
Hay que convertirse

 

Cada uno de nosotros, como cada uno de los hombres, no podemos ya eludir el problema del desarrollo.  Nadie tiene el derecho de decir: «Eso no es asunto nuestro» o «no comprendemos nada de eso». Quien lo hace se separa de la comunidad de los hombres en un momento en el que tantas llamadas deberían afectarle, en un momento en el que, despierto, saldría de su torpeza para responder.

Quien ha recibido bienes materiales, instrucción, competencia, cultura, debe dar aún más, y nadie debe encerrarse en su egoísmo sin traicionar a la humanidad.

Para nosotros, cristianos militantes de la lucha contra el hambre, se trata ahora de examinar claramente la situación de la humanidad.  Pensemos además, que muchos no cristianos, conscientes de un deber grave que concierne a todos los humanos, habrán podido encontrar en el análisis, muy breve, del mayor fenómeno económico, social y político de hoy motivos para orientar su vida hacia una mayor entrega de si mismos a todos los que necesitan de su concurso.

En lo que atañe a los católicos, en adelante no podrán ya excusarse de no actuar después de las enseñanzas repetidas por los últimos Papas y el Concilio Vaticano II.

Pío XII, en sus mensajes, había llamado muchas veces la atención sobre la solidaridad entre los hombres.

Juan XXIII en sus encíclicas «Mater et Magistra» y «Pacem in terris»  católico puede abstenerse de leer y hasta releer estos textos fundamentales. Su Santidad Pablo VI, en mucha ocasiones, ha insistido sobre la obligación para todos de asociarse a las tareas de la lucha contra el hambre, menos por generosidad pasajera que por el desarrollo mismo.

Para facilitar a cada uno la lectura de los pasaje esenciales de la enseñanza de los últimos Papas y del Concilio, los hemos reunido en el anexo II de  esta obra.  No podremos dejar de advertir su coincidencia con los principios que, partiendo del examen de la situación mundial y teniendo en cuenta las aspiraciones formulada en las asambleas internacionales, hemos intentado exponer en nuestra cuarta parte.

Cada uno de nosotros, creyente o no, esté donde esté que haya hecho lo que sea, debe «convertir su corazón» muy duro todavía.  Nosotros mismos sentimos endurecerse el nuestro cuando, después de trabajar en algún país tropical, permanecemos mucho tiempo en Francia.  El proverbio «Ojos que no ven, corazón que no siente» es exacto.  En medio de la comodidad, las dificultades de los demás se desvanecen, como habíamos leído, durante la primera Guerra Mundial, en el «Correo de los ejércitos» a veces humorísticos: «Las bombas que caen en el sector vecino no tienen importancia». Cada día hay que rehacerse para sentir el calor de las necesidades de los demás y sentirse solidario de los que pierden la esperanza.

Pero no 'basta tener la gracia de la preocupación permanente por la suerte de los demás. Hay que comunicarla a los que están dispuestos a participar en ella y a los que están encerrados egoístamente en sí mismos.

Un militante del desarrollo es contagioso. Si es joven, sabe comunicar la inquietud a sus compañeros.   Si está. casado, la educación que da a sus hijos será  abierta a la fraternidad humana. Si es instructor o profesor, sabe presentar a sus alumnos los grandes males del mundo.  Si es sindicalista o político, destila poco a poco su angustia en los programas de su movimiento.  Si es ministro de culto, no teme en sus clases de catecismo o en sus sermones llegar basta lo más profundo de la conciencia de los que, queriendo unirse al Señor, no pueden hacerlo sin sacrifi­carse por sus hermanos.  Si es dirigente, no puede ence­rrarse en la búsqueda de éxitos para su empresa o su nación. Si es economista, no puede separar lo económico de lo humano.

Una vez convertido el corazón, las relaciones con los demás no tienen ya el mismo sentirlo ni las mismas formas. El prójimo ya no puede resultarnos indiferente. Ha penetrado en nosotros y su encuentro nos hace desbordar de ternura hacia él, envolverle en nuestra ternura. Explotarle de cualquier manera, nos es imposible ya, repugna a nuestra condición humana. El nos interesa porque le amamos, no porque saquemos provecho de él.  Lo que queremos es que sea lo más hombre posible, su curación si la necesita, su crecimiento.  Le abordamos para darle la oportunidad de superarse.

No es necesario que nos reconozca al momento como un hermano amante. Le han engañado tantas veces, tantas ignorado, menospreciado, que no puede devolvernos su confianza de buenas a primeras.

Sin embargo, nuestra manera de hablarle, nuestra sonrisa, nuestra sinceridad, le ha impresionado.   Es raro que no se haya apercibido ya de que contaba para nosotros, que le considerábamos con respeto, como a una per­sona.  Si su corazón esta cerrado, nos rechaza : «¿Qué viene a hacer éste en mi vida?»  Se dice a sí mismo: «otro más que quiere poseerme, tenerme, explotarme».

El contagio así, podría extenderse a la masa de los privilegiados, La conversión de cada uno debe llevar a conversiones colectivas, de una ciudad que se ha emparejado con otra en la que la miseria es abrumadora, del país al que pertenece y que ayuda tan poco o que ayuda por motivos interesados.

El egoísmo de las naciones ricas es mucho más des­tructor que la guerra.

Sin embargo, no basta con sentir inquietud. «¿Qué puedo hacer yo, se suele decir, ante el océano de miseria que se nos ofrece?   ¿Qpuedo hacer?»

Cada uno en su sitio puede servir a la causa de humanidad. Puede ser capaz de una acción bienhechor si aumenta en él el conocimiento y el amor.  Cuando gana más de lo necesario, puede dar. Cuando contribuye a la prosperidad de su nación, le permite ser más generosa en materia de cooperación técnica y financiera. Es un escándalo que las poblaciones  salidas de la pobreza no quieran moderar la elevación de su propio nivel de vida con el fin de permitir a las poblaciones que están aún sometidas a los rigores del hambre salir de lo infrahumano.   Es un escándalo que los sindicatos, tan activos para reivindicar en favor de sus miembros, sean tan poco activos para los trabajadores extranjeros, tan mal acogidos, tan mal alojados, tan explotados; y es un escándalo que los trabajadores que quedan en los países pobres no sean mejor atendidos en lo que respecta a la promoción humana.  Es un escándalo que sólo un reducidísimo número de intelectuales estén preocupados por establecer un nuevo orden mundial. Es un escándalo que los traficantes de  diversiones estén más ocupados en explotar algunas estrellas, a precios fantásticos, que en utilizar el arte y la belleza para elevar la humanidad.

Cada cual en su actividad profesional, en su vida colectiva, podría hacer mucho más si se comprometiese, de algún modo, en el esfuerzo por el desarrollo universal.



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