DESARROLLO = REVOLUCION SOLIDARIA
(extractos)
L.J. Lebret O.P. 
(con la colaboración de R. Delprat y M.F. Desbruyeres)
II
LA SOLIDARIDAD, UNA EXIGENCIA HUMANA Y CRISTIANA

 

b. Las exigencias evangélicas

«El, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús respondió : Un hom­bre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en ma­nos de ladrones, quienes después de robarle y llenarle de llagas, se fueron, dejándole medio muerto. Por casualidad un sacerdote bajaba por el mismo camino y viéndolo pasó de largo. Asimismo, un levita que lo vio, pasando junto a él siguió adelante. Pero un samaritano que estaba de paso, viéndole, movióse a compasión. Llegándose a él vendó sus heridas, untándolas con aceite y vino; y montándole en su jumento le llevó a una venta y cuidó de él. Al día si­guiente sacó dos denarios, se los dio al ventero y le dijo : Cuídalo y lo que gastes de mas, te lo pagaré cuando vuelva».

«Quién de los tres te parece fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» Y le res­pondió: «El que usó de misericordia ion   con él». Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo»[7]

Si lo expuesto en la sección precedente, tocante problema al problema de la  solidaridad, ha podido desesperarnos he aquí que Cristo nos da una respuesta a los cristianos y los que quieren salir de la angustia ante la dificultad de poner remedio a los males del mundo. «¿Y quién es mi prójimo?», preguntaba el doctor de la ley.  Jesús responde «El desgraciado, el abandonado, el medio desnudo, herido, el expoliado que encuentras en tu camino». 

Sin duda, en tiempos de Cristo, el prójimo estaba próximo. Se le encontraba en la carretera. Hoy toda humanidad está cerca de nosotros. Todos los días, la prensa, la radio, la televisión, nos dan noticias del mundo entero y, con más frecuencia, noticias tristes. periódicamente los anuarios estadísticos nos ofrecen cifras precisando, país por país, el sufrimiento de los hombres mal alimentados, mal alojados, mal vestidos, afectados de enfermedades desconocidas en nuestras regiones desarrolladas, sin instrucción, obsesionados por el miedo, en guerra, explotados. En unas horas podemos ir a su encuentro donde quiera que estén. Están  en nuestro camino.   El medio muerto del camino de Jericó  se ha convertido para nosotros en las dos terceras partes de la humanidad por lo menos.

Un día un fariseo preguntaba a Jesús para tentarle: «Maestro: ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?» Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás al prójimo como a ti mismo.  De estos dos mandamientos  penden toda la ley  y los profetas»[8]

 «Amarás al prójimo como a ti mismo, es el segundo mandamiento, semejante al primero». «Como a ti mismo esto es profundo. «¿Tu prójimo?»: todos los que sufren la desgracia, desgracia física intelectual, moral, espiritual; las naciones proletarias y las ricas y avaras; y los que necesitan ayuda para no morir, no vegetar, y los que hay  que convertir de su inconsciencia y egoísmo; los buenos y los malos, los amigos y enemigos, toda la humanidad.

 «Habéis oído que fue dicho: «amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo».  Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos.  Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?  ¿No hacen esto también los publicanos?  Y si saludáis solamente a vuestros hermanos ¿qué hacéis de más?  ¿No hacen esto también los gentiles?  Sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial»[9]

 Así el corazón del cristiano se ensancha al cargar con toda la misericordia de los hombres, a ejemplo de Jesucristo. «Bienaventurados los misericordiosos»[10] los que acogen la miseria de los demás en su corazón practican, según San Mateo, la quinta bienaventuranza.

 Cada uno de nosotros será juzgado según la intensidad de su misericordia.

 «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, escoltado de todos los ángeles, se sentará sobre su trono de gloria.  Se reunirán en su presencia todas las naciones y separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos.  Pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.  Entonces dirá el rey a los que están a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad en herencia el reino preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregriné y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, en­fermo y me visitasteis; preso y vinisteis a ver­me». Entonces los justos responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, peregrino y te hos­pedamos, desnudo y te vestimos, enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el Rey les dirá: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Luego dirá también a los de su iz­quierda : «Apartaos de Mí, malditos, al fuego que ha sido preparado para el demonio y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber peregrino fui y no me alojasteis, desnudo y no me vestisteis, enfermo en la cárcel y no me visitasteis». Entonces responderán también ello diciendo : «Señor, cuándo te vimos hambrienta o  sediento o peregrino o desnudo o enfermo o en prisión y no te asistimos?» Y El les contestará «Os aseguro que cuando no lo hicisteis con un de esos pequeñuelos, tampoco conmigo lo hicisteis»[11]

Santiago, en su primera epístola, advierte a los ricos, y esto se aplica tanto a las naciones como a las personas[12]:

«Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y nos enriqueceremos; los que no sabéis lo que mañana será de vuestra vida... Sois un vapor que aparece en un momento y luego desaparece. En vez de decir: «Si el señor quiere , viviremos y haremos esto o aquello» Pero os jactáis en vuestra fanfarronería; y toda clase de jactancia es mala.  Pues el que sabe hacer el bien y no lo hace, reo es de pecado».

«Y ahora vosotros los ricos llorad con alaridos por las desgracias que están para sobrevenir.  Vuestra riqueza está podrida, vuestros vestidos comidos por la polilla.  Llenos de herrumbre están vuestro oro y vuestra plata, y su herrumbre será testigo contra vosotros; devorará vuestras carnes como fuego.  Habéis atesorado en los últimos días.  Mirad: el salario que defraudasteis a los obreros que segaron vuestros campos, clama; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. En la tierra vivisteis con regalo y opulencia, habéis sido cebados para el día de la matanza.  Condenasteis, matasteis al justo, sin que él os resistiera»

San Pablo, en la primera epístola a Timoteo, se dirige así a los cristianos para que sepan contentarse con lo necesario[13]

«Es, sí, gran negocio la piedad, si uno se con­tenta con lo que tiene; pues nada hemos traído al mundo y nada podremos llevarnos de él.  Teniendo alimentos y vestidos, nos contentare­mos con ello».

Después se dirige a los ricos[14]:

«Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones, en lazos y en muchas codicias insensatas y perniciosas, las cuales hunden a los hombres en la perdición y en la ruina. Porque la raíz de todos los males es la avaricia; y llevados de ella, algunos se extravían en la fe y se atormenta  con muchos dolores».

Y continúa[15]:

«A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altivos, ni pongan su confianza en riquezas inciertas, sino en Dios que nos provee de todo abundantemente para que disfrutemos; que practiquen el bien enriqueciéndose de buenas obras, siendo generosos y dadivosos,  atesorándose un buen fondo para el futuro a fin de alcanzar la vida eterna».

 Pero resulta que, comparados con inmensas multitudes, nosotros somos ricos.  Debemos comprenderlo.

San Juan nos lo precisa[16]

«En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la justicia y el que no ama a su hermano, no es de Dios.  Porque el mensaje que oísteis desde el principio, es que nos amemos los unos a los otros». «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos; quien no ama, permanece en la muerte». «En esto hemos reconocido el amor: en que El dio su vida por nosotros; nosotros debemos también dar las nuestras por nuestros hermanos. El que posee bienes de este mundo y ve al hermano  padecer necesidad y le cierra sus entrañas ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?. Hijitos, no amemos de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad. Y en esto conoceremos que somos de la verdad».

No es pues sorprendente que los Padres de la Iglesia (se llama así a los grandes escritores cristianos de los primeros siglos), hayan aplicado la enseñanza apostólica[17].  

En aquella época eran numerosos los grandes propietarios, los avaros muy ricos, los especuladores de trigo. Los santos Padres les señalan con valentía su deber:

«Es totalmente imposible que a quien le falte lo necesario - proclamaba Clemente de Alejan­dría- deje de ver que su valor se quebranta y que su alma se desvía de los asuntos más im­portantes, cuando se afana por todos los medios en encontrar su subsistencia».

Y añadía:

«Cuánto más ventajoso es poseer lo suficiente para no sufrir necesidad y para estar en condi­ciones de socorrer a los indigentes».

Clemente no condena el uso de las riquezas

«a condición de que no se olvide a los demás, se quite la sed al  sediento, se dé pan al ham­briento, posada al peregrino, vestido al des­nudo...

»No hay que renunciar a los bienes sus­ceptibles de ayudar al prójimo.  La naturaleza de las posesiones consiste en ser poseídas. La de los bienes, en repartir el bien, y Dios ha desti­nado estos últimos al bienestar de los hombres. Los bienes están en nuestras manos como he­rramientas o instrumentos de los que se saca buen empleo si se sabe manejarlos. Destruyamos no nuestros bienes, sino las pasiones que per­vierten su uso»[18]

Estos textos traspuestos en el contexto actual, ¿acaso no significan que los países desarrollados no deben destruir las fuentes de su prosperidad, sino por el contrario acrecentarlas, con el fin de poder ayudar mas? El desorden no es la capacidad de producción, siempre creciente sino la avaricia que les hace desear tener cada vez más, en lugar de dar cada vez mas. Si Clemente habla aquí de los bienes materiales del rico, su postura vale también para cada uno de nosotros en cuanto que es más culto  más competente.

Es el capadocio del S. IV, Basilio el  Grande, llamado también Basilio de Cesarea, quien en su homilía sobe Lc. XII, 16 pintaba este vigoroso cuadro comentando un pasaje del Evangelio[19]:

«Había un rico, dice el Evangelio, cuyas tierras habían producido mucho. Se preguntaba a  sí mismo: «Qué voy a hacer? Voy a derribar mis graneros y construir otros mas grandes»  Sus graneros reventaban, demasiado estrechos para el grano que se le amontonaban y su corazón de avaro no se llenaba. Las nuevas cosechas se añadían sin cesar a las anteriores y las adquisiciones de cada año venían a aumentar su opulencia.  Se metió en un apuro indescifrable; no quería deshacerse de su viejo trigo, tal era su avidez, y no podía almacenar la nueva provisión, mucho más considerable. El problema le obsesionaba causándole mil preocupaciones. «Qué haré?» ¿Quién no se compadecería de un hombre tan perseguido? ¡Tragedia de la opulencia, miseria del bien adquirido, miseria más espantosa todavía del bien esperado! No son rentas lo que le proporciona la tierra, sino suspiros; ni abundantes cosechas, sino preocupaciones, ajetreos, horribles apuros. Se desespera como un pobre. ¿Efectivamente no son éstos los lamentos de los oprimidos por la pobreza? ¿Qué haré? ¿Dónde encontraré de qué vivir y vestirme? ¡Estos son también los lamentos del rico! ¡Este es su drama y las preocupaciones que le carcomen! Lo que hace feliz a los demás entristece al avaro. Porque los bienes que re­bosan sus graneros no le consuelan, obsesionado como está por esas riquezas que afluyen por todas partes y desbordan sus granjas. ¿Quién sabe si no se desbordarán y llevarán un poco de dulzura a los indigentes? piensa, rico, en tu bienhechor, acuérdate de ti mismo, recuerda quién eres, qué bienes administras, quién te los ha confiado y qué motivos te hicieron ser elegido en lugar de tantos otros. Eres el servidor de Dios, el ecónomo de tus compañeros de es­clavitud. No creas que todas tus ventajas es­tán destinadas a tu vientre. Trata los bienes que tienes entre manos como si perteneciesen a otro: durante un tiempo te fascinan, después se desvanecerán y te pedirán cuenta detallada.

»Tienes todo encerrado tras las puertas y con cerrojos. Has puesto tus tesoros precintados, pero la inquietud te impide dormir y meditas en ti mismo, atento a ese loco consejero que es tu corazón: ¿Qué haré? La respuesta era sencilla: «Saciaré a los hambrientos, abriré mis graneros, invitaré a todos los pobres. Imitaré a José y anun­ciaré públicamente mi caridad y mantendré ge­nerosamente este lenguaje: Vosotros que no te­néis pan, venid a mí. Las gracias de las que Dios me ha colmado son de todos: venid y bebed como en las fuentes públicas». pero tú no tie­nes esta bondad. ¿por qué? porque no quieres que los hombres se aprovechen de tu fortuna y concentrando en tu corazón consejos malvados, te inquietas no por saber cómo podrás distri­buir a cada uno lo que necesita sino Como Con­seguirás monopolizar toda la riqueza frustrando a los demás las ventajas que hubiesen sacado de ella. Ellos estaban allí, los mismos que reclamaban su alma, pero él pensaba aun en sus comidas. ¡Incluso la misma noche en que desaparecería, pensaba en los años ricos que le esperaban! Tuvo tiempo de deliberar y manifestar sus sentimientos, para que se le juzgase por el testimonio de su conciencia! ¡Vamos! distribuye generosamente tu fortuna, sé liberal y magnánimo en tus gastos con los indigentes….. No explotes la miseria elevando tus precios; no esperes la escasez para abrir tus graneros. No desees el hambre para enriquecerte, ni la miseria pública para tus intereses particulares.  No te conviertas en traficante de las catástrofes humanas, no hagas de la cólera de Dios una ocasión para redondear tu fortuna, No infectes las heridas de los desgraciados lacerados por latigazos.

»¡Contemplas tu oro y no tienes una mirada para tus hermanos! Conoces todas las clases de monedas y sabes distinguir la falsa de la verdadera, pero ignoras totalmente a tu hermano necesitado,

»El brillo del oro te ciega, pero el gemido que los desafortunados elevan detrás de ti te deja indiferente. ¿Cómo hacerte ver la angustia del pobre?»

Sería necesario citar la homilía 7ª. que analiza con detalle el tren de vida y los deseos insaciables del rico, dominado por su avaricia. también la homilía 2 sobre el salmo 24, donde se encuentra el retrato del usurero[20]

«Pensamos en el médico que visitase a sus enfermos no para curarlos sino para arrancarles sus últimas fuerzas. Sí, tú especulas sobre la miseria de los pobres.  

»Los campesinos desean la lluvia para que ger­minen sus simientes; tú acechas la indigencia de los demás para aumentar tu fortuna. ¿No reconoces que aumentas mucho más tu capital de pecados que tus rentas? Y el otro queda preso de un trágico dilema: cuando piensa en su miseria, desespera de no poder saldar nunca su deuda, pero la urgencia del momento le obliga a pedir prestado. entonces, acorralado por la necesidad, cede y su acreedor le abandona totalmente maniatado por los contratos y fir­mas... Las simientes germinan siempre con len­titud y del mismo modo desarrollan los animales. Pero las deudas nacen y comienzan a mul­tiplicarse rápidamente. Los animales que se re­producen pronto se vuelven estériles en seguida. pero el capital produce intereses inmediata­mente y van aumentando cada vez más. Toda criatura deja de crecer cuando alcanza su talla normal. El dinero de los avaros aumenta inde­finidamente. Los animales, cuando sus crías son capaces de engendrar, dejan de reproducirse. Pero el dinero de los usureros continúa produ­ciendo y el capital rejuvenece».

Dirigiéndose al prestamista, Basilio le hace este re­proche[21]

«Tus exigencias sobrepasan el colmo de la humanidad. Explotas las miserias. Sacas provecho de las lágrimas, estrangulas al que está desnudo, golpeas al que tiene hambre. De compasión, nada. Consideraciones con la familia del des­graciado, ninguna. Y el beneficio que sacas de todo esto, lo llamas beneficencia».

Si no se pueden aplicar todos estos ataques a cada uno de nosotros personalmente ¿no parecen proferidos para describir la conducta global de las naciones prósperas? Pero como miembros de estas naciones que no luchan por hacer evolucionar regímenes económicos injustos, o que no hacen nada o casi nada para paliar estas faltas públicas, ¿no estamos incluidos en estos reproches?

El otro capadocio, Gregorio de Nacianzo, en homilía sobre el amor a los pobres nos dijo[22]:

«que es preciso abrir todo nuestro ser a todos los pobres y desgraciados sea cual sea el nombre de sus sufrimientos».

Y más aún[23]:

«Velemos por la salud del prójimo tan atentamente como por la nuestra, de modo que débil o fuerte compartiendo nuestra suerte.  Somos todos uno en el Señor, ricos, pobres, esclavos, libres, sanos, enfermos... Para todo no hay más que una sola cabeza, principio de todo: Cristo. Y como los miembros de un mismo cuerpo, que cada uno se preocupe de cada uno y todos de todos. No descuidemos, pues, ni abandonemos a los que han caído primeramente en una desgracia que nos espera a todos.  En lugar de alegrarnos de nuestra buena salud, aflijámonos más bien de las enfermedades de nuestros hermanos y pensemos que la seguridad de nuestra alma y nuestro cuerpo depende únicamente de la compasión que testimoniemos estos hermanos».

¿No acusa por adelantado a los poseedores de la ciencia y de la técnica cuando pregunta[24]?:

«¿Quién te ha dado la lluvia, la agricultura, alimentos, artes, casas, leyes, una república, costumbres nobles, amistad hacia tu semejante? ¿Quién te ha permitido domesticar los ani­males y someterlos al yugo mientras que otros sirven para alimentarte? Quién te ha hecho dueño y señor de la vida en la tierra? ¿Quién por fin, para no entrar en detalles, te ha dado lo que te constituye, oh hombre, superior a los demás animales? No es Aquel que ahora a cambio de todo te pide amar a los demás? ¡Qué vergüenza para nosotros si, después de todos los beneficios y promesas de que nos ha llenado, no le llevamos este único presente: el. amor al prójimo!»

Cómo no aplicar a los pueblos ricos y a nosotros mismos la frase de Gregorio de Nisa, hermano menor de Basilio?[25]

«La casa está de fiesta. Sin embargo, millares de Lázaros se apretujan a la puerta».

Habría que citar también a Juan Crisóstomo que murió siendo Patriarca de Constantinopla, como en Oc­cidente Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Gregorio Magno, aunque no hayan hablado con el vigor de los Padres griegos.

Hay que destacar que a San Basilio y a San Gregorio se les llamó «Grandes». Y ellos precisamente han sido quienes han insistido con más energía en los deberes de los que nadan en la abundancia.

Se conocen estos pasajes clásicos de San Basilio[26]

«¿A. quién he defraudado, dice el avaro, rete­niendo lo que es mío? Dime: ¿a qué llamas «tuyo»? ¿De qué fuente has recibido lo que has puesto al servicio de tu vida? Del mismo modo que quien habiendo ocupado su asiento en el teatro, despidiese después a los que entran, porque considera como bien propio lo que es uso común, así obran los ricos.

»Porque en efecto, ellos han sido los primeros en poseer bienes comunes, los conservan -por el hecho de haberlos obttenido antes- como bienes propios exclusivos. Mientras que si cada uno, después de haber provisto el alivio de sus necesidades personales, dejase lo superfluo a quien se halla en la necesidad, nadie sería rico ni nadie sería pobre.

»Tú, que encierras todos esos bienes en los abismos insaciables de la avaricia, piensas que no defraudas a nadie cuando robas a tanta gente.

»¿Qué es un avaro? Aquel que no se contenta, con lo suficiente. Qué es un expoliador? Aquel que acapara el bien de los demás. Y tú ¿no eres avaro? ¿No eres expoliador? ¿Tú que haces tuyo lo que has recibido para la administración común? ¿No llamaremos ladrón al que desnuda a quien estaba vestido? Ahora bien, quien pudiendo vestir al que está desnudo, no lo hace ¿merece otro nombre? Ese pan que retienes pertenece al que tiene hambre; ese abrigo que guardas en tu baúl es del que va sin vestido. Esos zapatos que se pudren en tu casa pertenecen al que va descalzo; del indigente es ese dinero que tienes escondido.

»Por esto el número de defraudados equivale al número de los que has podido ayudar y no lo has hecho»[27]

En una homilía con motivo del hambre y sequía Basilio es aún más claro:

«Quienquiera que pudiendo remediar el mal y que voluntariamente, por avaricia, se niega a hacerlo, recibiría en justo derecho el mismo castigo que aquel que mata con su propia mano»[28]

Y añade:

«Nosotros, al contrario, embolsamos bienes co­munes, nos adueñamos de lo que pertenece a la multitud»[29]

San Gregorio el Grande no es menos afirmativo[30]:

«Hay que reprender de modo distinto a los que, no habiendo cometido ningún robo, no practican la limosna; y a los que, ejerciendo la. caridad de sus bienes, no dejan de robar el bien de los demás. Hay que reprender a los primeros, de modo que sepan claramente que esta tierra en los que han nacido, es común a todos los hombres; y por tanto los alimentos que proporciona, los produce para todos en común. Se juzgan, pues, falsamente inocentes los que reclaman para su uso privado el don que Dios creó para todos. Esos hombres que no dan limosna de los bienes que han recibido se hacen culpables de la muerte de sus herma­nos, en el sentido de que dejan diariamente pe­recer casi a tantos hombres en cuanto que re­tienen avariciosamente subsidios necesarios a pobres gentes que mueren de hambre. porque, en efecto, cuando damos a los pobres las cosas indispensables, no les hacemos larguezas per­sonales: les devolvemos lo que es de ellos. Ejer­cemos más bien un acto de justicia y no de ca­ridad. Por otra parte, la Verdad misma dijo, explicando la obligación de practicar sabiamente la misericordia: «Guardaos de hacer vuestra justicia ante los hombres». A esta comendación viene a añadirse la palabra del salmista diciendo poéticamente del hombre justo: «Siembra la limosna, da al necesitado; su justicia subsiste para siempre». Después de mencionar la caridad hecha con los pobres, el autor sagrado escogió para ella no el vocablo de misericordia, sino el de «justicia; porque es justo que los que han recibido algo de Dios, el Dueño común, se sirvan de ello para el bien de todos».  De ahí esta máxima de Salomón: «El justo da sin descanso».

»hay que prevenir a las gentes de esta categoría que se acuerden atentamente de la higuera que quedó estéril y del descontento del jardinero inflexible «de que tal árbol ocupase la tierra»; ahora bien, la higuera sin fruto ocupa inútilmente la tierra cuando, obstinadamente el alma del hombre se reserva inútilmente lo que hubiese podido aprovechar a muchos.  Lo mismo ocurre cuando un insensato oprime con  la sombra de su pereza el suelo que otro hubiese podido explotar con el sol de sus buenas obras».

Precisa, con lenguaje decisivo, que la comunicación de bienes es un deber de justicia al mismo tiempo que recuerda la culpabilidad criminal de los que no hacen participar de sus bienes.

El  pasaje siguiente corresponde a un estado social que exigía un cierto paternalismo. La trasposición es fácil de hacer para la sociedad actual en evolución.

«Es preciso sostener un lenguaje diferente con  respecto a los hombres que están habituados a distribuir sus riquezas en obras de misericordia y los que intentan apoderarse del bien ajeno.

Los primeros, que procuren no elevarse con or­gullosos pensamientos, por encima de aquellos a quienes distribuyen los bienes terrenos y no se consideren mejores por el hecho de cons­tatar que otros hombres necesitan de ellos.

»Porque el Señor de está morada terrestre, en el reparto que hizo de las condiciones sociales y funciones de los servidores, ha distribuido la autoridad en unos y establecido a los demás bajo la dependencia de los primeros. Su or­den es que los dirigentes procuren lo necesario a los otros y que estos últimos vivan de lo que reciban de sus manos.  Pero con mucha frecuencia los que mandan ofenden al Padre de fa­milia, mientras que los súbditos conservan sus gracias favorables. los intendentes de Dios pro­vocan su cólera y los que viven de sus limosnas permanecen sin pecado. Hay que advertir a los que tienen la costumbre de distribuir mise­ricordiosamente sus bienes a los pobres, que no olviden que han sido instituidos por el maestro Celeste como los ecónomos de los que les estén sometidos aquí abajo; con el fin de que se acos­tumbren a cumplir esta función de una manera tanto más humilde cuanto más persuadidas estén de que lo que dan así no les pertenece en pro­piedad; y que considerándose estar al servicio de aquellos  a los que distribuyen lo que ellos mismos han recibido, nunca el orgullo hinche sus almas, sino más bien los detenga el te­mor»[31].

Es preciso también señalar un pasaje importante del libro de los Morales en el que Gregorio da el secreto de la asistencia agradable a los ojos de Dios:

«Aunque la verdadera compasión consiste en socorrer con nuestras buenas obras las miserias del prójimo, ocurre a veces, sin embargo, que cuando se consideran las limosnas que se han hecho, se constata que son, mucho más a menudo, la expresión del don de la mano más que de la compasión del corazón.  Luego es necesa­rio saber que sólo da perfectamente aquel que al mismo tiempo que socorre al que está afligido, toma en su alma los sufrimientos de ese afligido, de modo que se transforma primeramente en el que sufre y después alivia su dolo por su ministerio»[32]

No es el afán de erudición el que nos ha movido multiplicar estas citas, sino el de hacer comprender que las orientaciones del esquema XII no son una improvisación tardía, sino que brotan de la Sagrada Escritura y de la Tradición.

No citamos a Santo Tomás de Aquino, ya que su pensamiento está expresado en las cuestiones sobre la propiedad y avaricia, harto conocidas, aunque con frecuencia mal interpretadas.

Con la Constitución pastoral «Ecclesiam suam» hay que leer las encíclicas «Masater et Magistra» y «Pacem in Terris» en las que Juan XXIII repetía la doctrina de la Sagrada Escritura y Santos Padres exponiéndola en función del mundo de hoy.  Pablo VI, en la misma línea, aporta nuevas precisiones y una nueva y apremiante invitación a dar a nuestra mirada y acción dimensiones  universales.

Así ningún católico puede vivir actualmente como si ignorase hasta dónde Llega la solidaridad entre los hombres. En adelante, el hambre de Los demás es verdaderamente un problema común de todos.

[7] Lc. X, 29-37. Esta cita y las demás de la Biblia están tomadas de la Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwe. Bilbao.

[8] Mt. XXII, 35-40

[9] Mt. V, 43-48.

[10] Mt. V, 7.

[11] Mt XXV, 31-45.

[12] Sant IV, 13; V,6.

[13] S. Pablo a Timoteo, VI, 6-8.

[14] Ibid., VI. 9-10

[15] Ibid., VI, 17-19

[16] S.Jn III, 10-11, 14, 16-19.

[17] Riches et pawers dans l’Eglise ancienne. Ed. Grasset. París, 1962

[18] Ibíd. Pág. 32-33.

[19] Ibíd., págs. 67-71.

[20] Ibíd., pág. 95-99.

[21] Ibíd., pág. 101

[22] Ibíd., pág. 108

[23] Ibíd., págs. 110

[24] Ibíd., pág. 121

[25] Ibíd., pág. 146

[26] Homilia sobre Lc XII, 18

[27] Ibíd.

[28] Lc (P. G. 31. 313).

[29] Ibíd., pág. 325

[30] Regulae pastoralis liber (P. L. 77,87)

[31] Ibíd., c 20

[32] Moralium Libri. Liv. XX (P:L: col. 670)

 



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