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b.
Las exigencias evangélicas
«El,
queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús
respondió : Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de
ladrones, quienes después de robarle y llenarle de llagas, se fueron, dejándole
medio muerto. Por casualidad un sacerdote bajaba por el mismo camino y viéndolo
pasó de largo. Asimismo, un levita que lo vio, pasando junto a él siguió
adelante. Pero un samaritano que estaba de paso, viéndole, movióse a compasión.
Llegándose a él vendó sus heridas, untándolas con aceite y vino; y montándole
en su jumento le llevó a una venta y cuidó de él. Al día siguiente sacó
dos denarios, se los dio al ventero y le dijo : Cuídalo y lo que gastes de
mas, te lo pagaré cuando vuelva».
«Quién
de los tres te parece fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» Y
le respondió:
«El que usó de misericordia ion con
él». Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo»
Si
lo expuesto en la sección precedente, tocante problema al problema de la
solidaridad, ha podido desesperarnos he aquí que Cristo nos da una
respuesta a los cristianos y los que quieren salir de la
angustia
ante la dificultad de poner remedio a los males del mundo. «¿Y quién es mi prójimo?»,
preguntaba el doctor de la ley. Jesús
responde «El
desgraciado, el abandonado, el medio desnudo, herido, el expoliado que
encuentras en tu camino».
Sin
duda,
en tiempos de Cristo, el prójimo estaba próximo. Se le encontraba en la
carretera. Hoy toda humanidad está cerca de nosotros. Todos los días, la
prensa, la radio, la televisión,
nos dan noticias del mundo entero y, con más frecuencia, noticias tristes. periódicamente
los anuarios estadísticos nos ofrecen cifras precisando, país por país, el
sufrimiento de los hombres mal alimentados, mal alojados, mal vestidos,
afectados de enfermedades desconocidas en nuestras regiones desarrolladas, sin
instrucción, obsesionados por el miedo, en guerra, explotados. En unas horas
podemos ir a su encuentro donde quiera que estén.
Están en nuestro camino. El
medio
muerto del camino de Jericó se ha convertido
para
nosotros en las dos terceras partes de la humanidad por lo menos.
Un
día un fariseo preguntaba a Jesús para tentarle: «Maestro: ¿cuál es el
mandamiento
mayor de la ley?»
Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con toda tu mente. Este es el mayor
y
primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás al
prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos penden
toda la ley y los profetas»
«Amarás
al prójimo como a ti mismo, es el segundo mandamiento, semejante al primero».
«Como a ti mismo esto es profundo. «¿Tu prójimo?»: todos los que
sufren la desgracia, desgracia física intelectual, moral, espiritual; las
naciones proletarias y las ricas y avaras; y los que necesitan ayuda para no
morir, no vegetar, y los que hay que
convertir de su inconsciencia y egoísmo; los buenos y los malos, los amigos y
enemigos, toda la humanidad.
«Habéis
oído que fue dicho: «amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo».
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os
persiguen; así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace
salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos.
Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?
¿No hacen esto también los publicanos?
Y si saludáis solamente a vuestros hermanos ¿qué hacéis de más?
¿No hacen esto también los gentiles?
Sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial»
Así
el corazón del cristiano se ensancha al cargar con toda la misericordia de los
hombres, a ejemplo de Jesucristo. «Bienaventurados los misericordiosos»
los que acogen la miseria de los demás en su corazón practican, según San
Mateo, la quinta bienaventuranza.
Cada
uno de nosotros será juzgado según la intensidad de su misericordia.
«Cuando
el Hijo del hombre venga en su gloria, escoltado de todos los ángeles, se
sentará sobre su trono de gloria. Se
reunirán en su presencia todas las naciones y separará a los unos de los
otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos.
Pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los que están a su derecha: «Venid, benditos de
mi Padre, tomad en herencia el reino preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve
sed y me disteis de beber, peregriné y me acogisteis, estaba desnudo y me
vestisteis,
enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme». Entonces los justos
responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento
y te dimos de beber, peregrino y te hospedamos, desnudo y te vestimos, enfermo
o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el Rey les dirá: «Os aseguro que cuando
lo
hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Luego dirá
también a los de su izquierda : «Apartaos de Mí, malditos, al fuego que ha
sido preparado para el demonio y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me
disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber peregrino fui y no me
alojasteis, desnudo y no me vestisteis, enfermo en la cárcel y no me
visitasteis». Entonces responderán también ello diciendo : «Señor, cuándo
te vimos hambrienta o sediento o
peregrino o desnudo o enfermo o en prisión y no te asistimos?» Y El les
contestará «Os aseguro que cuando no lo hicisteis con un de esos pequeñuelos,
tampoco conmigo lo hicisteis»
Santiago,
en su primera epístola, advierte a los ricos, y esto se aplica tanto a las
naciones como a las personas:
«Hoy
o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y nos
enriqueceremos; los que no sabéis lo que mañana será de vuestra vida... Sois
un vapor que aparece en un momento y luego desaparece. En vez de decir: «Si
el señor quiere , viviremos y haremos esto o aquello»
Pero os jactáis en vuestra fanfarronería; y toda clase de jactancia es mala.
Pues el que sabe hacer el bien y no lo hace, reo es de pecado».
«Y
ahora vosotros los ricos llorad con alaridos por las desgracias que están para
sobrevenir. Vuestra riqueza está
podrida, vuestros vestidos comidos por la polilla. Llenos de herrumbre están vuestro oro y vuestra plata, y su
herrumbre será testigo contra vosotros; devorará vuestras carnes como fuego.
Habéis atesorado en los últimos días.
Mirad: el salario que defraudasteis a los obreros que segaron vuestros
campos, clama; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor
de los ejércitos. En la tierra vivisteis con regalo y opulencia, habéis sido
cebados para el día de la matanza. Condenasteis,
matasteis al justo, sin que él os resistiera»
San
Pablo, en la primera epístola a Timoteo, se dirige así a los cristianos para
que sepan contentarse con lo necesario
«Es,
sí, gran negocio la piedad, si uno se contenta con lo que tiene; pues nada
hemos traído al mundo y nada podremos llevarnos de él.
Teniendo alimentos y vestidos, nos contentaremos con ello».
Después
se dirige a los ricos:
«Los
que quieren enriquecerse caen en tentaciones,
en lazos y en muchas codicias insensatas y perniciosas, las cuales hunden
a los hombres en la perdición y en la ruina.
Porque la raíz de todos los males es la avaricia; y llevados de ella, algunos se extravían
en la fe
y se atormenta con
muchos dolores».
Y
continúa:
«A
los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altivos, ni pongan su
confianza en riquezas inciertas, sino en Dios que nos provee de todo
abundantemente para que disfrutemos; que practiquen el bien enriqueciéndose de
buenas obras, siendo generosos y dadivosos,
atesorándose un buen fondo para el futuro a fin de alcanzar la
vida eterna».
Pero
resulta que, comparados con inmensas multitudes, nosotros somos ricos.
Debemos comprenderlo.
San
Juan nos lo precisa
«En
esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica
la justicia y el que no ama a su hermano, no es de Dios.
Porque el mensaje que oísteis desde el principio, es que nos amemos los
unos a los otros». «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque
amamos a los hermanos; quien no ama, permanece en la muerte». «En esto hemos
reconocido el amor: en que El dio su vida por nosotros; nosotros debemos también
dar las nuestras por nuestros hermanos. El que posee bienes de este mundo y ve
al hermano padecer necesidad y le
cierra sus entrañas ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?. Hijitos,
no amemos de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad. Y en esto
conoceremos que somos de la verdad».
No
es pues sorprendente que los Padres de la Iglesia
(se llama así a los grandes escritores cristianos de los primeros siglos),
hayan aplicado la enseñanza apostólica.
En
aquella época eran numerosos los grandes propietarios, los avaros muy ricos,
los especuladores de trigo.
Los
santos Padres les señalan con valentía su deber:
«Es
totalmente imposible que a quien le falte lo necesario - proclamaba Clemente de
Alejandría- deje de ver que su valor se quebranta y que su alma se desvía de
los asuntos más importantes, cuando se afana por todos los medios en
encontrar su subsistencia».
Y
añadía:
«Cuánto
más ventajoso es poseer lo suficiente para no sufrir necesidad y para estar en
condiciones de socorrer a los indigentes».
Clemente
no condena el uso de las riquezas
«a
condición de que no se olvide a los demás, se quite la
sed al
sediento, se dé pan al hambriento, posada al peregrino, vestido al desnudo...
»No
hay que renunciar a los bienes susceptibles de ayudar al prójimo.
La naturaleza de las posesiones consiste en ser poseídas. La de los
bienes, en repartir el bien, y Dios ha destinado estos últimos al bienestar
de los hombres. Los bienes están en nuestras manos como herramientas o
instrumentos de los que se saca buen empleo si se sabe manejarlos. Destruyamos
no nuestros bienes, sino las pasiones que pervierten su uso»
Estos
textos traspuestos en el contexto actual, ¿acaso no significan que los países
desarrollados no deben destruir las fuentes de su prosperidad, sino por el
contrario acrecentarlas, con el fin de poder ayudar mas? El desorden no es la
capacidad de producción, siempre creciente sino la avaricia
que les hace desear tener cada vez más,
en lugar
de dar cada vez mas. Si Clemente habla aquí de los bienes materiales del
rico, su postura vale también para cada uno de nosotros en cuanto que es más culto
más
competente.
Es
el capadocio del S. IV, Basilio el Grande,
llamado también Basilio de Cesarea, quien en su homilía sobe
Lc. XII, 16
pintaba este vigoroso cuadro comentando un pasaje del Evangelio:
«Había
un rico, dice el Evangelio, cuyas tierras habían producido mucho. Se preguntaba
a sí mismo: «Qué
voy a hacer? Voy a derribar mis graneros y construir otros mas grandes»
Sus graneros reventaban, demasiado estrechos para el grano que
se le amontonaban y su corazón de avaro no se llenaba. Las nuevas cosechas se añadían
sin cesar a las anteriores y las adquisiciones de cada año venían a aumentar
su opulencia. Se metió en un apuro
indescifrable; no quería deshacerse de su viejo trigo,
tal era su avidez,
y no podía almacenar la nueva provisión, mucho más considerable. El problema
le obsesionaba causándole mil preocupaciones. «Qué haré?» ¿Quién no se
compadecería de un hombre tan perseguido? ¡Tragedia de la opulencia, miseria
del bien adquirido, miseria más espantosa todavía del bien esperado! No son
rentas lo que le proporciona la tierra, sino suspiros; ni abundantes cosechas,
sino preocupaciones, ajetreos, horribles apuros. Se desespera como un pobre. ¿Efectivamente
no son éstos los lamentos de los oprimidos
por la pobreza?
¿Qué haré? ¿Dónde encontraré de qué vivir y vestirme? ¡Estos son también
los lamentos del rico! ¡Este es su drama y las preocupaciones que le carcomen!
Lo que hace feliz a los demás entristece al avaro. Porque los bienes que rebosan
sus graneros no le consuelan, obsesionado como está por esas
riquezas que afluyen por todas partes y desbordan sus granjas. ¿Quién sabe si
no se desbordarán y llevarán un poco de dulzura a los indigentes? piensa,
rico, en tu bienhechor, acuérdate de ti mismo, recuerda quién eres, qué
bienes administras, quién te los ha confiado y qué motivos te hicieron ser
elegido en lugar de tantos otros. Eres el servidor de Dios, el ecónomo de tus
compañeros de esclavitud. No creas que todas tus ventajas están destinadas
a tu vientre. Trata los bienes que tienes entre manos como si perteneciesen a
otro: durante un tiempo te fascinan, después se desvanecerán y te pedirán
cuenta detallada.
»Tienes
todo encerrado tras las puertas y con cerrojos. Has puesto tus tesoros
precintados, pero la
inquietud
te impide dormir y meditas en ti mismo, atento a ese loco consejero que es tu
corazón: ¿Qué haré? La respuesta era sencilla: «Saciaré a los hambrientos,
abriré mis graneros, invitaré a todos los pobres. Imitaré a José y anunciaré
públicamente mi caridad y mantendré generosamente este lenguaje: Vosotros
que no tenéis pan, venid a mí. Las gracias de las que Dios me ha colmado son
de todos: venid y bebed como en las fuentes públicas». pero tú no tienes
esta bondad. ¿por qué? porque no quieres que los hombres se aprovechen de tu
fortuna y concentrando en tu corazón consejos malvados, te inquietas no por
saber cómo podrás distribuir a cada uno lo que necesita sino Como
Conseguirás
monopolizar toda la riqueza
frustrando a los demás las ventajas que hubiesen sacado de ella. Ellos estaban
allí, los mismos que reclamaban su alma, pero él pensaba aun en sus comidas.
¡Incluso la misma noche en que desaparecería, pensaba en los años ricos que
le esperaban! Tuvo tiempo de deliberar y manifestar sus sentimientos, para que
se le juzgase por el testimonio de su conciencia! ¡Vamos! distribuye
generosamente tu fortuna, sé liberal y magnánimo en tus gastos con los
indigentes….. No explotes la miseria elevando tus precios; no esperes la
escasez para abrir tus graneros. No desees el hambre para enriquecerte, ni la
miseria pública para tus intereses particulares.
No te conviertas en traficante de las catástrofes humanas, no hagas de
la cólera de Dios una ocasión para redondear tu fortuna, No infectes las heridas de los desgraciados
lacerados por latigazos.
»¡Contemplas
tu oro y no tienes una mirada para tus hermanos! Conoces todas las clases de
monedas y sabes distinguir la falsa de la verdadera, pero ignoras totalmente a
tu hermano necesitado,
»El
brillo del oro te ciega, pero el gemido que los desafortunados elevan detrás de
ti te deja indiferente. ¿Cómo hacerte ver la angustia del pobre?»
Sería
necesario citar la homilía 7ª. que analiza con detalle el tren de vida y los
deseos insaciables del rico, dominado por su avaricia. también la homilía 2
sobre el salmo 24, donde se encuentra el retrato del usurero
«Pensamos
en el médico que visitase a sus enfermos no para curarlos sino para arrancarles
sus últimas fuerzas. Sí, tú especulas sobre la miseria de los pobres.
»Los
campesinos desean la lluvia para que germinen sus simientes; tú acechas la
indigencia de los demás para aumentar tu fortuna. ¿No reconoces que aumentas
mucho más tu capital de pecados que tus rentas? Y el otro queda preso de un trágico
dilema: cuando piensa en su miseria, desespera de no poder saldar nunca su
deuda, pero la urgencia del momento le obliga a pedir
prestado. entonces, acorralado por la
necesidad, cede y su acreedor le abandona totalmente maniatado por los contratos
y firmas... Las simientes germinan siempre con lentitud y del mismo modo
desarrollan los animales. Pero las deudas nacen y comienzan a multiplicarse rápidamente.
Los animales que se reproducen pronto se vuelven estériles en seguida. pero
el capital produce intereses inmediatamente y van aumentando cada vez más.
Toda criatura deja de crecer cuando alcanza su talla normal. El
dinero de los avaros aumenta indefinidamente.
Los animales, cuando sus crías son capaces de engendrar, dejan de reproducirse.
Pero el dinero de los usureros continúa produciendo y el capital rejuvenece».
Dirigiéndose
al prestamista, Basilio le hace este reproche
«Tus
exigencias sobrepasan el colmo de la humanidad. Explotas las miserias. Sacas
provecho de las lágrimas, estrangulas al que está desnudo, golpeas al que
tiene hambre. De compasión, nada. Consideraciones con la familia del desgraciado,
ninguna. Y el beneficio que sacas de todo esto, lo llamas beneficencia».
Si
no se pueden aplicar todos estos ataques a cada uno de nosotros personalmente ¿no
parecen proferidos
para describir la conducta global de las naciones prósperas? Pero como miembros
de estas naciones que no luchan por hacer evolucionar regímenes económicos
injustos, o que no hacen nada o casi nada para paliar
estas faltas públicas, ¿no estamos incluidos
en estos reproches?
El
otro capadocio,
Gregorio de Nacianzo, en homilía sobre el amor a los pobres nos dijo:
«que
es preciso abrir todo nuestro ser a todos los pobres y desgraciados sea cual sea
el nombre de sus sufrimientos».
Y
más aún:
«Velemos
por la salud del prójimo tan atentamente como por la nuestra, de modo que débil
o fuerte compartiendo nuestra suerte. Somos
todos uno en el Señor, ricos, pobres, esclavos, libres, sanos, enfermos... Para
todo no hay más que una sola cabeza, principio de todo:
Cristo.
Y como los miembros de un mismo cuerpo, que cada uno se preocupe de cada uno y
todos de todos. No descuidemos, pues, ni abandonemos a los que han caído primeramente en
una desgracia que nos espera a todos. En
lugar de alegrarnos de nuestra buena salud, aflijámonos más bien de
las
enfermedades de nuestros hermanos y pensemos que la seguridad de nuestra alma y
nuestro cuerpo depende únicamente de la compasión que testimoniemos estos hermanos».
¿No
acusa
por adelantado a los poseedores de la ciencia y de la técnica cuando pregunta?:
«¿Quién
te ha dado la lluvia, la agricultura, alimentos, artes, casas, leyes, una república,
costumbres nobles, amistad hacia tu semejante? ¿Quién te ha permitido
domesticar los animales y someterlos al yugo mientras que otros sirven para
alimentarte? Quién te ha hecho dueño y señor de la vida en la tierra? ¿Quién
por fin, para no entrar en detalles, te ha dado lo que te constituye, oh hombre,
superior a los demás animales? No es Aquel que ahora a cambio de todo te pide
amar a los demás? ¡Qué vergüenza para nosotros si, después de todos los
beneficios y promesas de que nos ha llenado, no le llevamos este único
presente: el. amor al prójimo!»
Cómo
no aplicar a los pueblos ricos y a nosotros mismos la frase de Gregorio de Nisa,
hermano menor de Basilio?
«La
casa está de fiesta. Sin embargo, millares de Lázaros se apretujan a la
puerta».
Habría
que citar también a Juan Crisóstomo que murió siendo Patriarca de
Constantinopla, como en Occidente Ambrosio
de Milán, Agustín de Hipona, Gregorio Magno, aunque no hayan hablado
con el vigor de los Padres griegos.
Hay
que destacar que a San Basilio y a San Gregorio se les llamó «Grandes». Y
ellos precisamente han sido quienes han insistido con más energía en los
deberes de los que nadan en la abundancia.
Se
conocen estos pasajes clásicos de San Basilio
«¿A.
quién he defraudado, dice el avaro, reteniendo lo que es mío? Dime: ¿a qué
llamas «tuyo»? ¿De qué fuente has recibido lo que has puesto
al servicio de tu vida? Del mismo modo que quien habiendo ocupado su asiento en
el teatro, despidiese después a los que entran, porque considera como bien
propio lo que es uso común, así obran los ricos.
»Porque
en efecto, ellos han sido los primeros en poseer bienes comunes, los conservan
-por el hecho de haberlos obttenido antes- como bienes propios
exclusivos. Mientras que si cada uno, después de
haber provisto el alivio de sus necesidades
personales, dejase lo superfluo a quien se halla en la
necesidad, nadie sería rico ni nadie sería
pobre.
»Tú,
que encierras todos esos bienes en los abismos insaciables de la avaricia,
piensas que no
defraudas a nadie cuando robas a tanta gente.
»¿Qué
es un avaro? Aquel que no se contenta, con lo suficiente. Qué es un expoliador?
Aquel que
acapara
el bien de los demás. Y tú ¿no eres avaro? ¿No eres expoliador? ¿Tú que
haces tuyo lo que has recibido para la administración común? ¿No llamaremos
ladrón al que desnuda a quien estaba vestido? Ahora bien, quien pudiendo vestir
al que está desnudo, no lo hace ¿merece otro nombre? Ese pan que retienes
pertenece al que tiene hambre; ese abrigo que guardas en tu baúl es del que va
sin vestido. Esos zapatos que se pudren en tu casa pertenecen al que va
descalzo; del indigente es ese dinero que tienes escondido.
»Por
esto el número de defraudados equivale al número de los que has podido ayudar
y no lo has hecho»
En
una homilía con motivo del hambre y sequía Basilio es aún más claro:
«Quienquiera
que pudiendo remediar el mal y que voluntariamente, por avaricia, se
niega a hacerlo, recibiría en justo derecho el mismo castigo que aquel que mata
con su propia mano»
Y
añade:
«Nosotros,
al contrario, embolsamos bienes comunes, nos adueñamos de lo que pertenece a
la multitud»
San
Gregorio
el Grande no es
menos afirmativo:
«Hay
que reprender de modo distinto a los que, no habiendo cometido ningún robo, no
practican la limosna; y a los que, ejerciendo la. caridad de sus bienes, no
dejan de robar el bien de los demás. Hay que reprender a los primeros, de modo
que sepan claramente que esta tierra en los que
han nacido, es común a todos los hombres; y por tanto los alimentos que
proporciona, los produce para todos en común. Se juzgan, pues, falsamente
inocentes los que reclaman para su uso privado el don que Dios creó para todos.
Esos hombres que no dan limosna de los bienes que han recibido se hacen
culpables de la muerte
de sus hermanos, en el sentido de que dejan diariamente perecer casi a
tantos hombres en cuanto que retienen avariciosamente subsidios necesarios a
pobres gentes que mueren de hambre. porque, en efecto, cuando damos a los pobres
las cosas indispensables, no les hacemos larguezas personales: les devolvemos
lo que es de ellos. Ejercemos más bien un acto de justicia y no de caridad.
Por otra parte, la Verdad
misma dijo, explicando la obligación de practicar sabiamente la
misericordia: «Guardaos de hacer vuestra
justicia ante los hombres». A esta comendación viene a añadirse la palabra
del salmista diciendo poéticamente del hombre justo: «Siembra la limosna, da al
necesitado; su justicia subsiste para siempre». Después de mencionar la
caridad hecha con los pobres, el autor
sagrado escogió para ella no el vocablo de
misericordia, sino el de «justicia; porque es justo que los que han recibido
algo de Dios, el Dueño común, se sirvan de ello para el bien de todos».
De ahí esta máxima de Salomón: «El justo da sin descanso».
»hay
que prevenir a las gentes de
esta
categoría que se acuerden atentamente de la higuera que quedó estéril y del
descontento del jardinero inflexible «de que tal árbol ocupase la tierra»;
ahora bien, la higuera sin fruto ocupa inútilmente la tierra cuando,
obstinadamente el alma del hombre se reserva inútilmente lo que hubiese podido
aprovechar a muchos. Lo mismo
ocurre cuando un insensato oprime con la
sombra
de su pereza el suelo que otro hubiese
podido
explotar con el sol de sus
buenas obras».
Precisa,
con lenguaje decisivo, que la comunicación de bienes es un deber de justicia al
mismo tiempo que recuerda la culpabilidad criminal de los que no hacen
participar de sus bienes.
El
pasaje siguiente corresponde a un estado social
que exigía un cierto paternalismo. La trasposición es fácil de hacer para la
sociedad actual en evolución.
«Es
preciso sostener un lenguaje diferente con
respecto a los hombres que están habituados a distribuir sus riquezas en
obras de misericordia y los que intentan apoderarse del bien ajeno.
Los
primeros, que procuren no elevarse con orgullosos pensamientos, por encima de
aquellos a quienes distribuyen los bienes terrenos y no se consideren mejores
por el hecho de constatar que otros hombres necesitan de ellos.
»Porque
el Señor de está morada terrestre, en el reparto que hizo de las condiciones
sociales y funciones de los servidores, ha distribuido la autoridad en unos y
establecido a los demás bajo la dependencia de los primeros. Su orden es que
los dirigentes procuren lo necesario a los otros y que estos últimos vivan de
lo que reciban de sus manos. Pero
con mucha frecuencia los que mandan ofenden al Padre de familia, mientras que
los súbditos conservan sus gracias favorables. los intendentes de Dios provocan
su cólera y los que viven de sus limosnas permanecen sin pecado. Hay que
advertir a los que tienen la costumbre de distribuir misericordiosamente sus
bienes a los pobres, que no olviden que han sido instituidos por el maestro
Celeste como los ecónomos de los que les estén sometidos aquí abajo; con el
fin de que se acostumbren a cumplir esta
función de una manera tanto más humilde cuanto más persuadidas estén de que
lo que dan así no les pertenece en propiedad; y que considerándose estar al
servicio de aquellos a los que
distribuyen lo que ellos mismos han recibido, nunca el orgullo hinche sus almas,
sino más bien los detenga el temor».
Es
preciso también señalar un pasaje importante del libro de los Morales
en el que Gregorio da el secreto de la asistencia agradable a los ojos de
Dios:
«Aunque
la verdadera
compasión consiste en socorrer
con nuestras buenas obras las miserias del
prójimo, ocurre a veces, sin embargo, que cuando se consideran las limosnas que
se han hecho, se constata que son, mucho más a menudo, la expresión del don de
la mano
más que de la compasión del corazón. Luego
es necesario saber que sólo da perfectamente aquel que al mismo tiempo que
socorre al que está afligido, toma en su alma los sufrimientos de ese afligido,
de modo que se transforma primeramente en el que sufre y después alivia su dolo
por su ministerio»
No
es el afán de erudición el que nos ha movido multiplicar estas citas, sino el
de hacer comprender que las orientaciones del esquema XII no son una improvisación
tardía, sino que brotan de la
Sagrada
Escritura y de la Tradición.
No
citamos a Santo Tomás de Aquino,
ya
que su pensamiento está expresado en las cuestiones sobre la propiedad y
avaricia, harto conocidas, aunque con frecuencia mal interpretadas.
Con
la Constitución pastoral «Ecclesiam suam»
hay que leer las encíclicas «Masater et
Magistra»
y «Pacem in Terris» en las que Juan XXIII repetía la doctrina de la Sagrada
Escritura y Santos Padres exponiéndola en función del mundo de hoy.
Pablo VI, en la misma línea, aporta nuevas precisiones y una nueva y
apremiante invitación a dar a nuestra mirada y acción dimensiones
universales.
Así
ningún católico puede vivir actualmente como si ignorase hasta dónde
Llega
la solidaridad entre los hombres. En adelante, el hambre de Los demás es
verdaderamente un problema común de todos.
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