a.
LA SOLIDARIDAD HUMANA
Cada
Hombre,
lo quiera o no, es solidario de los demás hombres. Sin los demás
no se habría convertido en lo
que
es, ni valdría lo que vale. Sus padres le dieron el ser como
consecuencia y confirmación de su recíproco amor.
A veces lo desean intensamente, otras habrían preferido no
tenerlo. Pero su madre, llevándole dentro de sí, alimentándole
por sí misma lo amó antes de que
naciese, Entró en la solidaridad de dos seres que se habían
elegido, como un lazo vivo que les unió aún más, porque procede
de uno y otro para formar juntos una sola carne.
Es carne de ambos, imagen de los dos a la
vez,
imagen que
lo dos tienen que perfeccionar
Los
tres son pues muy solidarios. otros pueden tener bienes en
abundancia y ellos ser pobres. Comulgan en la misma opulencia, en
el mismo bienestar, en la misma miseria. El padre trabaja para que
el niño prospere, y la
madre, si no lo alimenta de su
propia leche, se ingenia para alimentarle suficientemente de modo
que se desarrolle. Su
gran riqueza, su riqueza viva, su maravilla, es este niño
que crece gracias a ellos. ¡Cuántos sacrificio:
representa para ellos su hijo! ¡Cuánto trabajo!
Y esto se va a prolongar muchos años, antes de que él
pueda servir para algo y participar con su propio trabajo y con
sus sacrificios. Cuando lleguen otros hijos, el afecto por el
primero no habrá disminuido. El
corazón de los padres puede expansionarse más, a medida que se
ensancha este hogar solidario.
Pero
no se trata de una familia aislada. La familia se extiende a los
abuelas y nietos. Los lazos de la sangre tienen su raíz en el
pasado y se multiplican en el futuro por un juego de alianzas
entre familias.
Así
se extiende la solidaridad,
marcada -es verdad-
con frecuencia con disidencias, a pesar de las semejanzas. En los
países que se tienen por desarrollados, la gran familia se separa
poco a poco, pero se mantiene aún vigorosa en las civilizaciones
que permanecen principalmente agrícolas. En ambos casos la
solidaridad
se amplía. El pueblo
o la tribu
nómada están tejidos de solidaridades que se entrelazan y se
jerarquizan. Se precisa un
sistema de valores comunes, se fijan unos modos de relaciones, se
perpetúan unas tradiciones.
Individuos y
familias están insertados en
una «cultura» que la historia les ha dado, que ellos conservan y hacen evolucionar.
Así
entendida, la «cultura» no es ese hecho individual de vastos
conocimientos armónicos. La
cultura no es un bien personal que se adquiere sino un don
colectivo en el que se vive.
El hombre nace dentro de una familia y una «cultura». De
ambas, unidas, recibe una escala de valor y su síntesis, su forma
de utilizar las cosas y su explicación del cosmos, una concepción
del orden social, una creencia,
unos ritos. Está
dependiendo de este ambiente que le penetra
y le solidariza cada vez más a través de
la
iniciación
progresiva o los grados de iniciación con tal
grupo de edad, tal clan, tal casta y la sociedad global de
la que es miembro. En esta
sociedad tiene un puesto que no le es permitido cambiar sin ser
excluido de la
comunidad
cuyas reglas debe aceptar y en la que debe modelar su comportamiento y su espíritu. La cultura le
protege y le sirve a la vez. Le adapta a la naturaleza como a las
fuerzas misteriosas que conducen el mundo.
Los
orígenes comunes, los intercambios pacíficos, las guerras,
invasiones, dominaciones imperiales determinan en zonas más o
menos grandes un fondo cultural bastante parecido, que modifican
sin destruir las culturas más particulares, y que crean mosaicos
de culturas diferenciadas en el seno de conjuntos que a veces se
estrechan y a veces se ensanchan.
Quiere
decir que las unidades de solidaridad al mismo tiempo que ganan en
apariencia pierden en consistencia y más frecuentemente en
autenticidad. A la cultura, que ha aparecido lentamente pero de
modo natural, fruto de una experiencia vital, colectiva, y que ha
creado un equilibrio, se impone una cultura conquistadora que
recurre a la
fuerza.
La solidaridad aceptada se convierte entonces en solidaridad
soportada por los súbditos de una cultura exterior impuesta,
efectuándose poco a poco la asimilación que irá modificando
tanto la cultura triunfante como las múltiples civilizaciones
antecedentes.
Sería
necesario reconstruir toda la historia de las unidades
superpuestas de solidaridad para comprender el proceso de evolución
de las civilizaciones, provocado bien por voluntades imperiales,
bien por la influencia de una ideología radiante.
La
lucha contra el hambre, la lucha para obtener más abundancia ha
jugado un papel importante. Las tribus de pastores han buscado
nuevos pastos; los agricultores, tierras mejores; los pueblos
comerciantes, nuevos mercados; los feudales, mas esclavos y
siervos con el fin de
cosechar más; los descubridores, más oro; las metrópolis, más
colonias para pagar a más soldados y asegurar las materias primas
necesarias a su expansión.
El
imperio romano dominó el mundo mediterráneo; el imperio Inca,
los Andes; España y Portugal, América latina; los mongoles la
India; Inglaterra el mercado mundial; la
URSS
domina Europa Oriental; China una parte del Sudeste asiático: los Estados Unidos las zonas petrolíferas, y a su vez América
latina.
En
cada etapa las redes de dependencia e independencia se
modificaban, los colonialismos
cambiaban de forma, las unidades de solidaridad económica,
guerrera y cultural se ensanchaban, se dividían sin que se puedan
fijar fronteras a sus márgenes.
El
siglo XX ha conocido por
primera vez dos grande guerras
mundiales, la
segunda para asegurar los derecho de una «raza
superior» y para dar un «espacio vital» a pueblos ya
desarrollados. Lo que se ha llamado después el «tercer mundo»
no contaba. Era tan claro que la vocación de los pueblos «retrasados»
se limitaba a servir a los «adelantados», que la regla de los
intercambios era el comercio libre, que el derecho internacional
lo dictaban los Occidentales, que se podía explotar las riquezas
naturales y determinar el uso de las tierras en función de la
necesidad de los países adelantados, sin detenerse a preguntar si
con ello se arrancaba a los países pobres sus propios medios de
subsistencia.
¿No
era normal que hubiese países
proletarios, de mismo modo como en las naciones industriales habían
existido núcleos o estratos proletarios de población?
Pero
los países proletarios, cuyas élites habían tomado contacto con
naciones europeas, y también los movilizados de cualquier
procedencia en los ejércitos imperiales, no quisieron permanecer
ya como colonias ni
bajo tutela ni víctimas de la entrega de sus
riquezas en las condicione impuestas por el capitalismo
occidental.
En
20 años, los imperios coloniales se han disgregado bajo el
impulso irreductible de los
no ricos. La independencia
política ha sido reconocida a grupos Humanos a menudo heterogéneos
que han tomado el nombre de naciones,
antes, incluso, de que
la conciencia nacional
haya
nacido en
ellos.
El
apresuramiento en acceder a la independencia ha
provocado la constitución de unidades políticas de solidaridad
que, en gran número de casos, si no en la
mayoría,
no correspondían a zonas complementarias desde el punto de vista
económico.
¿No
había ocurrido lo mismo en el acceso a la
independencia,
un siglo antes, de los países de América Latina? La zona de la
gran cuenca que alimenta los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay,
habría podido constituir un espacio de solidaridad económica de
enorme prosperidad.
Pero
la historia no se desarrolla según la lógica económica. Las
naciones de América Latina tienen fronteras determinadas por la
acción
localizada de los «libertadores». La división de: África negra
depende de las divisiones administrativas anteriores. Las del
Oriente Medio, del desmembramiento del Imperio Turco. En cuanto se
define una frontera política, cada Estado organiza un cierto
orden sobre el territorio del que se ha hecho cargo e intenta
realizar la unión nacional partiendo de poblaciones, con
frecuencia muy diversificadas, sobre las que se extiende su poder. El pertenecer a tal raza, a tal religión y el uso de varias
lenguas, sin que los súbditos estén geográficamente reunidos,
no facilita una organización regional que responda a los
imperativos de una valoración
racional.
Entre
Estados contiguos o que poseen un fondo cultural, los
objetivos comunes son difíciles de
definir cuando cada nación está haciéndose.
Oposiciones de personas o ideologías les separan profundamente.
los nacionalismos nacientes se afirman más fácilmente en su
endurecimiento hacia el otro que en el esfuerzo interno por
construir efectivamente la nación. Es, en efecto, sociológicamente
mas fácil unirse para luchar contra el exterior, que unirse para
trabajar juntos en el interior. Si parece lógico que la
solidaridad
entre países en vía de desarrollo sea la primera en realizarse,
a fin de que estos países encuentren en su unión una fuerza para hacer frente a los países industrializados, se
debe reconocer que, hasta el presente, todos los reagrupamientos
se han revelado frágiles, al conservar cada Estado el reflejo de
«sálvese quien pueda» por acuerdos preferenciales
con tal o cual nación industrializada. Se cae entonces en una dependencia
económica. Bajo la
influencia
de estos polos exteriores de decisión, unos más políticos,
otros más económicos,
el efecto de dominio se perpetúa.
La
prodigiosa resonancia de la conferencia de Bandoeng
(1955) había podido hacer creer que podría formarse un frente
unido afroasiático, e incluso que se asociarían al mismo los países latino-americanos.
Esto se produjo, en efecto, en la conferencia de la ONU
celebrada en Ginebra sobre el comercio y desarrollo, si sólo se
consideran los votos, pues la actitud intransigente de Estados Unidos
unió por
un momento y en una reacción común a todos los
que sufren la incoherencia de los intercambios internacionales.
Bandoeng
no era sin embargo más que una comunión aparente, una especie de convenio pasional de
protesta -sin programa constructivo-. La solidaridad que se expresó
allí ¿no estaba por otra parte amenazada por algunas voluntades
imperialistas? También en Ginebra en 1963, se veía despuntar el
deseo de alguno países de «sacar el mejor partido». Ni el grupo
de Casa blanca, ni la Organización de Estados africanos, ni Ia
Organización de los Estados latino-americanos se mostraron
capaces de elaborar una estrategia de solidaridad limitada.
La primera tentativa de un segundo Bandoeng en Argel dio pie a muchas
disensiones y manifestó más claramente las miras imperialistas.
La conferencia de La Habana, que tuvo lugar en enero de I966,
no logró superar el conflicto latente entre la
URSS y China. La solidaridad comunista entre proletarios ¿puede
existir? ¿Qué quiere decir «proletarios del mundo,
uníos» cuando hay tanta distancia entre los niveles de
vida de los obreros de los diversos países y cuando la
conciencia de clase no puede formarse entre una
minoría de trabajadores industriales y una masa campesina sin
cohesión? La solidaridad de clase social supone que las clases
sociales están claramente
diferenciadas y para que haya «clase» es preciso que se tenga
conciencia de una identidad de intereses. Contra quién entablar
la lucha de clases en un país
con
estructuras de castas, o más aún con estructura tribal o con
estructura campesina aún comunitaria?
Se
ve por este análisis elemental que el problema de la solidaridad
no está resuelto de manera sencilla desde la base familiar o la
cumbre nacional a través de las escalas jerarquizadas. El
juego
de las dependencias e interdependencias se ha complicado de modo
tal y se encuentra sometido a tantas evoluciones, que nadie sabe
ya con quién está unido hoy y menos aún con quién lo estará mañana.
Un
país cansado de la potencia colonial que le había dominado, se
ha vuelto hacia otra potencia más rica, obsesionada por el
anticomunismo, y no ha recogido más que la devastación. Otro,
por temor a la reforma agraria, se ha entregado a
la
misma potencia. Pero ¿por qué crisis pasaría este país rico si
tuviera que renunciar a los gastos de armamento? ¿Y cuánta
indignación si, para evadirse de su dominio, los países de un
continente se organizasen en espacio económico no dominado?
El
egoísmo, la avaricia, el miedo de los países más ricos o más
poderosos los impulsan, mientras se proclaman bienhechores y
solidarios, a sabotear la organización de la solidaridad. Sus ojos se cierran a la consolidación
objetiva y lo esencial se les escapa. ¿Cómo saldrá el mundo de
tantos callejones sin
salida?
Cada uno, acaparándolo todo para sí, para su propia economía,
para su propia seguridad, para su propia ideología, se vuelve
incapaz de comprender la imperiosa necesidad de una transformación
profunda de las estructuras de conjunto en un nuevo espíritu, y
creando o al
menos aceptando menos esquemas.
El
nuevo espíritu no puede ser otro que el de la
fraternidad humana. Los nuevos esquemas no pueden elaborarse más que
al nivel de la
solidaridad
universal. Mientras
continúen arrastrándose en su obstinación, sin querer mirar de
más arriba, de muy arriba, no habrá,
solución.
La tierra en manos de algunos gigantescos pulpos no puede ser la
tierra nodriza de todos los hombres. Se podrán multiplicar hasta
el infinito los satélites para fotografiar nuestra planeta y
otros astros. Esto no permitirá poner fin a las iniquidades
escandalosas, provocadas por las ideologías erróneas, los
sistemas económicos inadaptados y las políticas de cortas miras.
El
problema en el fondo es un problema intelectual y moral. La
revolución hay que hacerla primeramente en las mentes y en los
corazones. No nos faltan estadísticas ni análisis sociológicos
que nos hacen ver el desorden reinante; ni tampoco faltan medios
que permitirán la aplicación de las ciencias a la valoración
coherente del mundo. Pero no queremos abandonar nuestros procedimientos
habituales para abrir nuevos caminos. Nos hemos empequeñecido a la hora de comprender y
muy egocentristas a la hora de emprender. Creemos haber hecho
mucho al consolidar nuestras posiciones y modificar, aunque sea un
poco, nuestras relaciones con los demás, aquellos que no hemos
dejado de menospreciar, pese a nuestras repetidas afirmaciones.
¿Quiénes,
nosotros? Los privilegiados por la abundancia de bienes materiales
y los miserables en cuanto a la capacidad de amar verdaderamente.
No se
puede comprender a la humanidad y las condiciones de su supervivencia
pacífica más que a la luz de la amistad ¿Cómo obtener la
amistad cuando no se quiere comunicar lo mejor que poseemos? ¿Cuando
no se quiere ni reconocer que tenemos que cambiar, cuando se
prefiere, a las soluciones que se imponen, reparar sin
descanso palacios cada vez más agrietados?
No
es por medio de arreglos insignificantes ni acuerdos efímeros
como se triunfará contra el hambre y la
miseria
de los demás; no es por medio de la complicación aun mayor de las
malas
fórmulas de solidaridad como se dará a la solidaridad toda su
dimensión y vigor.
En
este momento del mundo, necesitamos el valor de reconocernos
inadaptados e infantiles, porque no tenemos el valor de
convertirnos cada uno en un hombre universal. Sin embargo, escribía
Tagore:
«Cada
día nacen representantes de la humanidad entera. Son los que
llevan sobre sus hombros el peso de los males del mundo y roturan
con sus propias manos los
senderos que todos tomarán»
Este
sabio decía también:
«Los
tesoros adquiridos por una nación están destinados a ser
repartidos con los demás y se perjudica a sí mismo la
nación
que guarda su riqueza para sí»
Los
pueblos ricos obrarían bien reflexionando sobre estos otros
pasajes de Tagore:
«No
intento alabar la
pobreza. Pero la sencillez a la que hago alusión
no se refiere a la falta de lo superfluo, sino que es uno de los
signos de la perfección. Cuando el alba de esta verdad se levante
sobre la humanidad,
las brumas malsanas que ensombrecen hoy la civilización se
disiparán... Una gran parte de
sus
gastos (de los países civilizados) son inútiles y, soportándolos,
el hombre da prueba tal vez de fuerza, pero no de habilidad. A los
dioses que ven todo esto desde arriba, les debe parecer que algún
gigante ha perdido pie, y debatiéndose sin saber nadar, no hace más
que enturbiar el agua, creyendo que hay alguna utilidad en este
despliegue de fuerza»
«He
visto que Occidente gozaba de la
vida,
pero no era realmente feliz. En la
jungla
de
ladrillos
y piedra, al otro lado del Atlántico me decía descorazonado:
meten ciertamente mucho
ruido aquí, pero ¿dónde está la música: Quiero más, siempre
más. Estas palabras no componen una melodía. De suerte que
frente a la riqueza de los sombríos rascacielos de América, un niño pobre y
humilde de la
India se
decía cada día: Y después... Qué más?»
«Es
evidente que las naciones se aproximan sin unirse y el sufrimiento
que resulta es lo que aflige al mundo actual»
«Ha
llegado el momento en el que todas las barreras
artificiales se derrumben. Sólo sobrevivirá
lo que es fundamentalmente compatible con lo universal. Todo lo
que se refugie al abrigo de lo particular, perecerá»
En
adelante no será posible poner orden en las redes contradictorias
de la solidaridad parcial. No
hay otro camino valedero más que el que va hacia la solidaridad
universal.
Las
Naciones Unidas habían
creído resolverlo, pero excluyendo la
cuarta parte de la
humanidad de sus encuentros, han desembocado en la
impotencia.
Demasiados
tanteos, demasiados derroches, poca comprensión, fondos
insuficientes y la escasez de peritos calificados, han reducido su
impulso, mientras que las
asistencias bilaterales independientemente sus fórmulas y múltiples
organismos privados entraban en liza.
Es
hora de que los países
industrializados
tomen conciencia de que su «confort» físico y moral actual
durará; que el futuro del mundo y de los que le son más queridos no podrá asegurarse sin una nueva
revisión de todas las relaciones económicas y políticas
existentes; que «el óbolo del domingo» o, la parte de su renta
nacional destinada cada año a la cooperación, no aportarán solución
a este angustioso problema; que si no quieren considerarlo como
esencial hoy, se verán obligados mañana a emplear la bomba para
dominar la revuelta de miles de millones de hambrientos. Además
de exigencia de justicia, la solidaridad universal se impone como
condición necesaria para la supervivencia de la humanidad. Es por lo que en 1958 intitulamos nuestra obra sobre el
subdesarrollo ¿Suicidio o
supervivencia de Occidente?
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