DESARROLLO = REVOLUCION SOLIDARIA
(extractos)
L.J. Lebret O.P. 
(con la colaboración de R. Delprat y M.F. Desbruyeres)
II
LA SOLIDARIDAD, UNA EXIGENCIA HUMANA Y CRISTIANA

 

a. LA SOLIDARIDAD HUMANA

Cada Hombre, lo quiera o no, es solidario de los demás hombres. Sin los demás no se habría convertido en lo que es, ni valdría lo que vale. Sus padres le dieron el ser como consecuencia y confirmación de su recíproco amor.  A veces lo desean intensamente, otras habrían preferido no tenerlo. Pero su madre, llevándole dentro de sí, alimentándole por sí misma lo amó antes de que  naciese, Entró en la solidaridad de dos seres que se habían elegido, como un lazo vivo que les unió aún más, porque procede de uno y otro para formar juntos una sola carne.  Es carne de ambos, imagen de los dos a la vez, imagen que lo dos tienen que perfeccionar

Los tres son pues muy solidarios. otros pueden tener bienes en abundancia y ellos ser pobres. Comulgan en la misma opulencia, en el mismo bienestar, en la misma miseria. El padre trabaja para que el niño prospere, y la madre, si no lo alimenta de  su propia leche, se ingenia para alimentarle suficientemente de modo que se desarro­lle.  Su gran riqueza, su riqueza viva, su maravilla, es este niño que crece gracias a ellos. ¡Cuántos sacrificio: representa para ellos su hijo! ¡Cuánto trabajo!  Y esto se va a prolongar muchos años, antes de que él pueda servir para algo y participar con su propio trabajo y con sus sacrificios. Cuando lleguen otros hijos, el afecto por el primero no habrá disminuido. El corazón de los padres puede expansionarse más, a medida que se ensancha este hogar solidario.

Pero no se trata de una familia aislada. La familia se extiende a los abuelas y nietos. Los lazos de la sangre tienen su raíz en el pasado y se multiplican en el futuro por un juego de alianzas entre familias.

Así se extiende la solidaridad, marcada  -es verdad­- con frecuencia con disidencias, a pesar de las semejanzas. En los países que se tienen por desarrollados, la gran familia se separa poco a poco, pero se mantiene aún vigorosa en las civilizaciones que permanecen principalmente agrícolas. En ambos casos la solidaridad se amplía.  El pueblo o la tribu nómada están tejidos de solidaridades que se entrelazan y se jerarquizan. Se precisa  un sistema de valores comunes, se fijan unos modos de relaciones, se perpetúan unas tradiciones.  Individuos  y familias están insertados en una «cultura» que la historia les ha dado, que ellos conservan y hacen evolucionar.

Así entendida, la «cultura» no es ese hecho individual de vastos conocimientos armónicos.  La cultura no es un bien personal que se adquiere sino un don colectivo en el que se vive.  El hombre nace dentro de una familia y una «cultura». De ambas, unidas, recibe una escala de valor y su síntesis, su forma de utilizar las cosas y su explicación del cosmos, una concepción del orden social, una creencia,  unos ritos.  Está dependiendo de este ambiente que le penetra y le solidariza cada vez más a través de la  iniciación progresiva o los grados de iniciación con tal  grupo de edad, tal clan, tal casta y la sociedad global de la que es miembro. En esta sociedad tiene un puesto que no le es permitido cambiar sin ser excluido de la comunidad cuyas reglas debe aceptar y en la que debe modelar su comportamiento y su espíritu. La cultura le protege y le sirve a la vez. Le adapta a la naturaleza como a las fuerzas misteriosas que conducen el mundo.

Los orígenes comunes, los intercambios pacíficos, las guerras, invasiones, dominaciones imperiales determinan en zonas más o menos grandes un fondo cultural bastante parecido, que modifican sin destruir las culturas más particulares, y que crean mosaicos de culturas dife­renciadas en el seno de conjuntos que a veces se estrechan y a veces se ensanchan.

Quiere decir que las unidades de solidaridad al mismo tiempo que ganan en apariencia pierden en consis­tencia y más frecuentemente en autenticidad. A la cultura, que ha aparecido lentamente pero de modo natural, fruto de una experiencia vital, colectiva, y que ha creado un equilibrio, se impone una cultura conquistadora que recurre a la fuerza. La solidaridad aceptada se convierte entonces en solidaridad soportada por los súbditos de una cultura exterior impuesta, efectuándose poco a poco la asimilación que irá modificando tanto la cultura triunfante como las múltiples civilizaciones antecedentes.

Sería necesario reconstruir toda la historia de las unidades superpuestas de solidaridad para comprender el proceso de evolución de las civilizaciones, provocado bien por voluntades imperiales, bien por la influencia de una ideología radiante.

La lucha contra el hambre, la lucha para obtener más abundancia ha jugado un papel importante. Las tribus de pastores han buscado nuevos pastos; los agricultores, tierras mejores; los pueblos comerciantes, nuevos mercados; los feudales, mas esclavos y siervos con el fin de cosechar más; los descubridores, más oro; las metrópolis, más colonias para pagar a más soldados y asegurar las materias primas necesarias a su expansión.

El imperio romano dominó el mundo mediterráneo; el imperio Inca, los Andes; España y Portugal, América latina; los mongoles la India; Inglaterra el mercado mundial; la URSS domina Europa Oriental; China una parte del Sudeste asiático:  los Estados Unidos las zonas petrolíferas, y a su vez América latina.

En cada etapa las redes de dependencia e independencia se modificaban, los colonialismos  cambiaban de forma, las unidades de solidaridad económica, guerrera y cultural se ensanchaban, se dividían sin que se puedan fijar fronteras a sus márgenes.

El siglo XX ha conocido por primera vez dos grande guerras mundiales, la segunda para asegurar los derecho de una «raza superior» y para dar un «espacio vital» a pueblos ya desarrollados. Lo que se ha llamado después el «tercer mundo» no contaba. Era tan claro que la vocación de los pueblos «retrasados» se limitaba a servir a los «adelantados», que la regla de los intercambios era el comercio libre, que el derecho internacional lo dictaban los Occidentales, que se podía explotar las riquezas naturales y determinar el uso de las tierras en función de la necesidad de los países adelantados, sin detenerse a preguntar si con ello se arrancaba a los países pobres sus propios medios de subsistencia.

¿No era normal que hubiese países proletarios, de mismo modo como en las naciones industriales habían existido núcleos o estratos proletarios de población?

Pero los países proletarios, cuyas élites habían tomado contacto con naciones europeas, y también los movilizados de cualquier procedencia en los ejércitos imperiales, no quisieron permanecer ya como colonias ni bajo tutela ni víctimas de la entrega de sus riquezas en las condicione impuestas por el capitalismo occidental.

En 20 años, los imperios coloniales se han disgregado bajo el impulso irreductible de los no ricos.  La independencia política ha sido reconocida a grupos Humanos a menudo heterogéneos que han tomado el nombre de  naciones, antes, incluso, de que la conciencia nacional haya nacido en ellos.

El apresuramiento en acceder a la independencia ha provocado la constitución de unidades políticas de solidaridad que, en gran número de casos, si no en la mayoría, no correspondían a zonas complementarias desde el punto de vista económico.

¿No había ocurrido lo mismo en el acceso a la inde­pendencia, un siglo antes, de los países de América Latina? La zona de la gran cuenca que alimenta los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, habría podido constituir un espacio de solidaridad económica de enorme prosperidad.

Pero la historia no se desarrolla según la lógica económica. Las naciones de América Latina tienen fronteras determinadas por la acción localizada de los «libertadores». La división de: África negra depende de las divisiones administrativas anteriores. Las del Oriente Medio, del desmembramiento del Imperio Turco. En cuanto se define una frontera política, cada Estado organiza un cierto orden sobre el territorio del que se ha hecho cargo e intenta realizar la unión nacional partiendo de poblaciones, con frecuencia muy diversificadas, sobre las que se extiende su poder.  El pertenecer a tal raza, a tal religión y el uso de varias lenguas, sin que los súbditos estén geográficamente reunidos, no facilita una orga­nización regional que responda a los imperativos de una valoración racional.

Entre Estados contiguos o que poseen un fondo cultural, los  objetivos comunes son difíciles de definir cuando cada nación está haciéndose. Oposiciones de personas o ideologías les separan profundamente. los nacionalismos nacientes se afirman más fácilmente en su endurecimiento hacia el otro que en el esfuerzo interno por construir efectivamente la nación. Es, en efecto, sociológicamente mas fácil unirse para luchar contra el exterior, que unirse para trabajar juntos en el interior. Si parece lógico que la solidaridad entre países en vía de desarrollo sea la primera en realizarse, a fin de que estos países encuentren en su unión una fuerza para hacer frente a los países industrializados, se debe reconocer que, hasta el presente, todos los reagrupamientos se han revelado frágiles, al conservar cada Estado el reflejo de «sálvese quien pueda» por acuerdos preferenciales  con tal o cual nación industrializada. Se cae entonces en una dependencia económica.  Bajo la influencia de estos polos exteriores de decisión, unos más políticos, otros más económicos, el efecto de dominio se perpetúa.

La prodigiosa resonancia de la conferencia de Bandoeng (1955) había podido hacer creer que podría formarse un frente unido afroasiático, e incluso que se asociarían al mismo los países latino-americanos.  Esto se produjo, en efecto, en la conferencia de la ONU celebrada en Ginebra sobre el comercio y desarrollo, si sólo se consideran los votos, pues la actitud intransigente de Estados Unidos unió por un momento y en una reacción común a todos los que sufren la incoherencia de los intercambios internacionales.

Bandoeng no era sin embargo más que una comunión aparente, una especie de convenio pasional de protesta -sin programa constructivo-. La solidaridad que se expresó allí ¿no estaba por otra parte amenazada por algunas voluntades imperialistas? También en Ginebra en 1963, se veía despuntar el deseo de alguno países de «sacar el mejor partido». Ni el grupo de Casa blanca, ni la Organización de Estados africanos, ni Ia Organización de los Estados latino-americanos se mostraron capaces de elaborar una estrategia de solidaridad limitada.

La primera tentativa de un segundo Bandoeng en Argel dio pie a muchas disensiones y manifestó más claramente las miras imperialistas. La conferencia de  La Habana, que tuvo lugar en enero de I966, no logró superar el conflicto latente entre la URSS y China. La solidaridad comunista entre proletarios ¿puede existir? ¿Qué quiere decir «proletarios del mundo, uníos» cuando hay tanta distancia entre los niveles de vida de los obreros de los diversos países y cuando la conciencia de clase no puede formarse entre una minoría de trabajadores industriales y una masa campesina sin cohesión? La solidaridad de clase social supone que las clases sociales están claramente diferenciadas y para que haya «clase» es preciso que se tenga conciencia de una identidad de intereses. Contra quién entablar la lucha de clases en un país con estructuras de castas, o más aún con estructura tribal o con estructura campesina aún comunitaria?

Se ve por este análisis elemental que el problema de la solidaridad no está resuelto de manera sencilla desde la base familiar o la cumbre nacional a través de las escalas jerarquizadas. El juego de las dependencias e interdependencias se ha complicado de modo tal y se encuentra sometido a tantas evoluciones, que nadie sabe ya con quién está unido hoy y menos aún con quién lo estará mañana.

Un país cansado de la potencia colonial que le había dominado, se ha vuelto hacia otra potencia más rica, obsesionada por el anticomunismo, y no ha recogido más que la devastación. Otro, por temor a la reforma agraria, se ha entregado a la misma potencia. Pero ¿por qué crisis pasaría este país rico si tuviera que renunciar a los gastos de armamento? ¿Y cuánta indignación si, para evadirse de su dominio, los países de un continente se organizasen en espacio económico no dominado?

El egoísmo, la avaricia, el miedo de los países más ricos o más poderosos los impulsan, mientras se proclaman bienhechores y solidarios, a sabotear la organización de la solidaridad. Sus ojos se cierran a la consolidación objetiva y lo esencial se les escapa. ¿Cómo saldrá el mundo de tantos callejones sin salida? Cada uno, acaparándolo todo para sí, para su propia economía, para su propia seguridad, para su propia ideología, se vuelve incapaz de comprender la imperiosa necesidad de una transformación profunda de las estructuras de conjunto en un nuevo espíritu, y creando o al menos aceptando menos esquemas.

El  nuevo espíritu no puede ser otro que el de la fraternidad humana. Los nuevos esquemas no pueden elaborarse más que al nivel de la solidaridad universal.  Mientras continúen arrastrándose en su obstinación, sin querer mirar de más arriba, de muy arriba, no habrá,  solución. La tierra en manos de algunos gigantescos pul­pos no puede ser la tierra nodriza de todos los hombres. Se podrán multiplicar hasta el infinito los satélites para fotografiar nuestra planeta y otros astros. Esto no per­mitirá poner fin a las iniquidades escandalosas, provoca­das por las ideologías erróneas, los sistemas económicos inadaptados y las políticas de cortas miras.

El problema en el fondo es un problema intelectual y moral. La revolución hay que hacerla primeramente en las mentes y en los corazones. No nos faltan estadísticas ni análisis sociológicos que nos hacen ver el desorden reinante; ni tampoco faltan medios que permitirán la aplicación de las ciencias a la valoración coherente del mundo. Pero no queremos abandonar nuestros procedi­mientos habituales para abrir nuevos caminos. Nos hemos empequeñecido a la hora de comprender y muy egocen­tristas a la hora de emprender. Creemos haber hecho mucho al consolidar nuestras posiciones y modificar, aunque sea un poco, nuestras relaciones con los demás, aquellos que no hemos dejado de menospreciar, pese a nuestras repetidas afirmaciones.

¿Quiénes, nosotros? Los privilegiados por la abundancia de bienes materiales y los miserables en cuanto a la capacidad de amar verdaderamente. No se puede comprender a la humanidad y las condiciones de su su­pervivencia pacífica más que a la luz de la amistad ¿Cómo obtener la amistad cuando no se quiere comunicar lo mejor que poseemos? ¿Cuando no se quiere ni reconocer que tenemos que cambiar, cuando se prefiere, a las soluciones que se imponen, reparar sin descanso palacios cada vez más agrietados?

No es por medio de arreglos insignificantes ni acuerdos efímeros como se triunfará contra el hambre y la miseria de los demás; no es por medio de la complicación aun mayor de las malas fórmulas de solidaridad como se dará a la solidaridad toda su dimensión y vigor.

En este momento del mundo, necesitamos el valor de reconocernos inadaptados e infantiles, porque no tenemos el valor de convertirnos cada uno en un hombre universal. Sin embargo, escribía Tagore:

«Cada día nacen representantes de la humanidad entera. Son los que llevan sobre sus hombros el peso de los males del mundo y roturan con sus propias manos los senderos que todos to­marán»[1]

Este sabio decía también:

«Los tesoros adquiridos por una nación están destinados a ser repartidos con los demás y se perjudica a sí mismo la nación que guarda su riqueza para sí»[2]

Los pueblos ricos obrarían bien reflexionando sobre estos otros pasajes de Tagore:

«No  intento alabar la pobreza. Pero la sencillez a la que hago alusión no se refiere a la falta de lo superfluo, sino que es uno de los signos de la perfección. Cuando el alba de esta verdad se levante sobre la humanidad, las brumas malsanas que ensombrecen hoy la civilización se disiparán... Una gran parte de sus gastos (de los países civilizados) son inútiles y, soportándolos, el hombre da prueba tal vez de fuerza, pero no de habilidad. A los dioses que ven todo esto desde arriba, les debe parecer que algún gigante ha perdido pie, y debatiéndose sin saber nadar, no hace más que enturbiar el agua, creyendo que hay alguna utilidad en este despliegue de fuerza»[3]

 «He visto que Occidente gozaba de la vida, pero no era realmente feliz. En la jungla de ladrillos y piedra, al otro lado del Atlántico me decía descorazonado: meten ciertamente  mucho ruido aquí, pero ¿dónde está la música: Quiero más, siempre más. Estas palabras no componen una melodía. De suerte que frente a la riqueza de los sombríos rascacielos de América, un niño pobre y humilde de la India se decía cada día: Y después... Qué más?»[4]

«Es evidente que las naciones se aproximan sin unirse y el sufrimiento que resulta es lo que aflige al mundo actual»[5]

«Ha  llegado el momento en el que todas las barreras artificiales se derrumben. Sólo sobrevivirá lo que es fundamentalmente compatible con lo universal. Todo lo que se refugie al abrigo de lo particular, perecerá»[6]

En adelante no será posible poner orden en las redes contradictorias de la solidaridad parcial. No hay otro camino valedero más que el que va hacia la solidaridad universal.

Las Naciones Unidas habían creído resolverlo, pero excluyendo la cuarta parte de la humanidad de sus encuentros, han desembocado en la impotencia.

Demasiados tanteos, demasiados derroches, poca comprensión, fondos insuficientes y la escasez de peritos calificados, han reducido su impulso, mientras que las asistencias bilaterales independientemente sus fórmulas y múltiples organismos privados entraban en liza.

Es hora de que los países industrializados tomen conciencia de que su «confort» físico y moral actual durará; que el futuro del mundo y de los que le son más queridos no podrá asegurarse sin una nueva revisión de todas las relaciones económicas y políticas existentes; que «el óbolo del domingo» o, la parte de su renta nacional destinada cada año a la cooperación, no aportarán solu­ción a este angustioso problema; que si no quieren considerarlo como esencial hoy, se verán obligados mañana a emplear la bomba para dominar la revuelta de miles de millones de hambrientos. Además de exigencia de justicia, la solidaridad universal se impone como condición necesaria para la supervivencia de la humanidad.  Es por lo que en 1958 intitulamos nuestra obra sobre el subdesarrollo ¿Suicidio o supervivencia de Occidente?



[1] RABINDRAHNATH TAGORE, Vers l’Home universel. (Edición Gallimard), pág. 190

[2] Ibid., pág. 191.

[3] Ibid., pág. 199.

[4] Ibid., págs. 226-227.

[5] Ibid., pág. 234.

[6] Ibid., pág. 210.

 



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