Eveux-Ecully, marzo-julio de 1944.
1. LOS
OBJETIVOS
2.
SALVACION DEL HOMBRE
3.
ORIENTACIONES PARA LA ACCION
4. LA
EFICACIA
5. LA
VERDADERA PRUDENCIA
6. LAS
REGLAS DE ORO DE UN MARINERO
7. EL
COMBATE
8. EL
JEFE
9. EL
TRABAJO EN EQUIPO
10.
ORGANIZACION
11.
REPARTIR LAS RESPONSABILIDADES
12. LOS
COLABORADORES
13.
ELECCION Y EDUCACION DE LOS COLABORADORES
14. LAS
DIVISIONES
15.
SEGUIR SU CAMINO
16. LA
FUERZA
17.
HUMILDAD Y MAGNANIMIDAD
18.
ESPECIALIZACION Y CULTURA
19. EL
EQUILIBRIO
20. LA
FE
21. LA
ESPERANZA
22. EL
RESPETO AL PROJIMO
23. EL
AMOR
24.
SABIDURIA Y CONTEMPLACION
25. LA
ORACION
26. LA
MISA
27. EL
MOVIMIENTO DE SAINT-MALO: ULTIMAS CONSIGNAS
28. EL
MOVIMIENTO DE ECULLY
1. LOS OBJETIVOS
Partamos de los hechos, a la luz de la razón y de la fe.
Todo problema hay que abordarlo por su objetivo, en el sentido más general del término: "¿De qué se trata?".
Nada más, fuera de la sumisión al objetivo.
Sólo proponerse el bien. Nada más. Insertarnos en el plan de Dios.
Insertarlo todo en el plan de Dios. Dejarnos dominar totalmente por este gran deseo.
Eclipsarnos ante la obra que vamos a emprender y que debemos llevar a buen término.
Lo que importa es la obra por realizar. Por tanto, no nos preocupemos de nosotros mismos, ni nos impongamos a la atención de los demás: quienes nos vean vivir así, ardientes y desinteresados, se harán nuestros amigos.
Tenemos que situar constantemente nuestra obra dentro de la obra total de Cristo, como parte integrante de ella.
Debemos tener un mensaje para llevarle al mundo. No se trata sino de dar testimonio de la verdad, testimonio de Cristo.
2. SALVACION DEL HOMBRE
El objetivo no es otro que la salvación y la plenitud del hombre. De todo el hombre y de toda. la humanidad.
Salvar al hombre quiere decir también salvar todo el hombre, y, por tanto y ante todo, el espíritu. Respeto por cada hombre, sí; pero. no aquella neutralidad que es traición.
El sector afectado por el compromiso: compromiso del misericordioso, impulsado por la justicia, animado por el amor.
No ocuparse tanto de los males, sino de sus causas.
¿De qué sirve lamentarse? Hay que luchar cuerpo a cuerpo contra el mal; hay que atacarlo y vencerlo.
Meditar y volver a meditar el pasaje del evangelio que nos habla del camino de Jericó. ¿Quién es el moribundo a la orilla del camino? Naturalmente es el desdichado que encontrarnos en nuestro camino, pero también es el proletario oprimido, son los ricos materializados, la burguesía sin grandeza, los poderosos sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo en todos sus sectores.
La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de los tugurios, de los harapos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los inadaptados, de los proletarios, de los ahorristas, de los banqueros, de los burgueses, de los nobles y de los príncipes; la miseria de las familias, del sindicalismo, de los "trusts", de los imperios.
Ante todo, tenernos que asumir en nuestro corazón la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la más opresiva, la más fatal. Y el pueblo no tiene quién lo preserve ni lo saque de ella. Muchos lo compadecen, algunos lo ayudan, pero ninguno ataca las causas profundas. De allí la ineficacia de la filantropía, de la asistencia social y de la beneficencia. La miseria del pueblo es, al mismo tiempo, miseria del cuerpo y del alma. No haremos mucho, si nos preocuparnos por las necesidades inmediatas, sin abrir las inteligencias, ni rectificar y afirmar las voluntades; si no animamos a los mejores con un grande ideal, y si no llegamos a la supresión, o por lo menos a la atenuación, de las opresiones y de las injusticias; si no asociamos, en fin, a los mismos humildes a la conquista progresiva de su felicidad.
Ante todo, pues, echémonos sobre nuestros hombros y sobre nuestro corazón la miseria del pueblo; pero no lo hagamos como si fuéramos extraños, sino corno uno de ellos, con todos ellos: asociándolos a la empresa, comprometiéndolos en el combate por su liberación, haciéndolos ascender por medio de la realización de un grande esfuerzo.
Cuando comencemos a preocuparnos seria y eficazmente por la miseria, ella caerá como lluvia sobre nosotros, a nuestro alrededor. Podríamos decir que será como una marea que sube y nos sumerge. El que, quiera tener muchos amigos, no tiene sino que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y no aceptar mucho reconocimiento.
Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. No se trata de producir riquezas, sino de valorizar al hombre, a la humanidad, a todo el mundo.
3. ORIENTACIONES PARA LA ACCION
El buen uso de la naturaleza es virtud; su abuso es pecado.
Hay que desplegar el propio esfuerzo en los sectores que aún están disponibles, y emprender lo que todavía falta por hacer.
Grandeza. Hay que mirar con ojos bien grandes, hay que querer grandes cosas, hay que pensar en grande y realizarlo en grande escala. En las luchas de hoy, todo se hace a escala del hombre y a escala del mundo. Tenemos que disponernos a realizar grandes cosas por anticipado y en cualquier forma.
No debemos preocuparnos por hacer carrera, sino por colmar nuestras vidas en plenitud. No imitemos a la burguesía: no se trata de obtener ni de conservar consideraciones y privilegios: se trata de servir.
Construir en vez de polemizar.
No se trata de descubrir y recorrer solos un camino, una sola vez, sino de trazar y construir uno ancho para que muchos lo recorran.
De nada nos sirve saber todo lo que los demás han dicho o han escrito, si nos sigue faltando el contacto directo con el objeto. No se trata de acumular referencias, sino en juzgar con acierto la realidad. El conocimiento no consiste en un estetismo de los conceptos, sino en un acuerdo con el objeto.
La mejor escuela es la práctica. Hay que pasar por ella.
4. LA EFICACIA
Hay una técnica para la acción: no querer estudiarla, ni aplicarla, es tentar a Dios.
Una vez que determinemos los fines, debemos buscarles los medios proporcionados. Hay que comenzar siempre por la encuesta, que progresivamente debe llegar a ser exhaustiva.
EI que sabe algo porque ha visto, experimentado y meditado largamente, no depende de la aprobación ajena: él camina en la certeza.
Al comenzar la vida activa, tenemos que preparar paciente y detalladamente cualquier operación de importancia. La improvisación suele ser desastrosa. El "reflejo", o el instinto, de la acción objetiva se adquiere solamente poco a poco, después de muchos tanteos, muchas experiencias y muchos fracasos.
El contexto ele la acción puede ser algo flexible;
no debemos esperar, para obrar, tener las últimas precisiones detalladamente.
Hay que amar la obra bien hecha. Y hay que dedicarle el tiempo que requiera. Mi madre decía que nunca había que hacer nada a tontas y a locas.
Las interrupciones en la acción - por ejemplo, las enfermedades - son sumamente útiles para volver a poner todas las cosas en su lugar, para recuperar las perspectivas. Muchas veces en esas ocasiones es cuando realizamos nuestro trabajo más fecundo. Separados de la barahúnda, libres de inquietudes, podemos mirar las cosas desde más arriba, y dominarlas. Podernos formular las conclusiones de nuestra acción. Podemos, en fin, confrontar las experiencias con los principios, y darles una vitalidad nueva, vigorizarlos.
"Quien me revela como un secreto lo que tengo que decir o hacer en circunstancias para otros imprevistas, no es un genio, sino la reflexión y la meditación"
Según la frase de Santo Tomás: pensar siembre en ello.
Adquiramos en todos los órdenes el sentido de lo más esencial: pronto no tendremos tiempo sino para ello.
"Cuando un hombre de medianas cualidades concentra todas sus facultades en un único fin, tiene que alcanzarlo".
Aprendamos a tender hacia un único fin, llevando hacia él a los demás, pensando en el constantemente, y veremos que el ser se transforma poco a poco, y. que se opera una orientación y dinamización de todo nuestro ser. Y así se adquieren muy pronto los reflejos (el hábito) de la acción objetiva.
La vida es demasiado corta como para perder una sola hora en intrigas.
"Hazlo y se hará".
Esta debe llegar a ser nuestra ley.
5. LA VERDADERA PRUDENCIA
No tomar posición antes de conocer la cuestión.
Evitar los juicios precipitados o apasionados sobre hombres y acontecimientos.
Evitar toda precipitacíón en la acción.
Si quieres saber, vete a ver. Desconfía del libro, ten en cuenta el objeto.
En el sector que hayas escogido, debes ser el hombre que más sabes, y no porque conozcas mejor todos los pormenores (es imposible), sino porque conoces, y de manera coordinada, los detalles suficientes para captar el conjunto. Lo que más escasea hoy, en todos los órdenes, es el hombre con visión de conjunto. No han comenzado por el análisis minucioso. O bien les falta cultura, o bien olvidan al hombre. Y hacen falta ambas cosas a la vez.
"Política": no debemos quererla, sino atenernos a nuestro objeto.
Sinceridad y lealtad: la suprema "política" consiste en jugar un juego limpio. Los "arreglos" son exasperantes, y conviene dejárselos a los mediocres.
Muchos no buscan la verdad, ni el bien, sino lo que les conviene, lo que es oportuno, lo que tiene éxito. Son malhechores.
Hay que atreverse. Quien sigue al objeto es quien menos arriesga.
Se les enseña a los hombres a no hacer, a no comprometer, a no arriesgar: exactamente lo contrario de la vida.
Espiritualidad: la nuestra no debe ser la habitual de las personas de bien, en cinco puntos: no determinar los fines, no tomar los medios proporcionados a ellos, fracasar, acusar a los malos, abandonar a Dios. Debernos observar, escuchar, sacar conclusiones, querer, empeñarnos, rectificarnos, racionalizar, insistir, ampliar, orar y abandonarnos a Dios.
Determinar los fines, estudiar el terreno, no subestimar al enemigo, establecer nuestro plan, adoptar todos los medios racionales a nuestra disposición, preparar cuidadosamente nuestras armas, comprender valientemente el combate, abandonarnos a Dios.
Aceptar los medios pobres, y no recurrir a los medios pobres, sino por objetividad, por necesidad, porque el objeto lo impone.
Tenernos que gastar sin titubear para poder adquirir lo "necesario" para nuestra vida y nuestra acción. Dios proveerá. Pero Dios, para darnos recursos, quiere nuestro esfuerzo y que seamos de veras pobres.
Todos disponemos solamente de un cierto potencial para la lucha, según su salud, su temperamento, sus ocupaciones. No hay que malgastarlo en escaramuzas.
Embarcarse. Uno no sale que barcos encontrará, qué tempestades tendrá que soportar, a qué puertos tendrá que llegar. Parte, sin haberlo previsto todo, y llega. Para esto basta que al barco no se le entre el agua, que las bodegas estén bastantes llenas, la maquinaria en buen estado, y que el Capitán y sus hombres conozcan suficientemente su oficio. Naturalmente siempre habrá algún riesgo. Pero esto no impide partir.
Para el cristiano, que busca ante todo el reino de Dios y su justicia, no hay ningún peligro de "materialización".
6. LAS REGLAS DE ORO DE UN MARINERO
"Amainar las velas".
Cuando se levantan vientos contrarios, que amenazan poner en peligro la embarcación o desviarla de su ruta, el capitán ordena recoger las velas, para ofrecerle al viento menos resistencia y así no sufrir sus efectos, hasta que la ráfaga haya pasado, y pueda continuar su ruta.
En otras palabras: "reduce la dificultad, ofreciéndote menos blanco". O también: "Ante una súbita oposición, cede un instante, y luego continúa tu camino".
Otros dicen: "deja pasar el temporal", o "deja pasar la tormenta".
"Cuidado con el temporal".
El temporal se caracteriza por un aumento rápido ele la fuerza del viento, a menudo con, lluvia o granizo. Es muy peligroso en la navegación a vela; puede arrancar las velas y, hasta desarbolar: el navio. Es, pues, importante "verlo venir"; apocar, si es necesario, las velas, antes de que llegue; estar atentos al timón.
El jefe debe "ver venir el temporal", es decir, ver de lejos las dificultades futuras, estar listo para superarlas, vivir adelantándose a los acontecimientos. Si no lo hace así, un día u otro estos lo vencerán. Nunca debe descansar como si estuviera totalmente seguro.
"A Seguro no lo llevan preso", o "más vale que sobre y no que falte".
Expresión de prudencia. Significa: "siempre hay que asegurarse un margen de seguridad".
"Déjate llevar".
Aprovecha el viento de popa lo que más puedas. Es decir: "cuando las circunstancias son favorables, aprovecha para adelantar lo que más puedas".
7. EL COMBATE
Hay que amar la lucha. hay que considerarla como normal. En el estado de naturaleza caída, es la vida. No debemos maravillarnos ante ella, sino aceptarla, mostrándonos valientes en el combate; ser nosotros mismos, y no faltar nunca en esa lucha ni a la verdad ni a la justicia. Las armas del 'cristiano no son las del mundo.
Pero no debemos amar el combate por sí mismo, sino por amor del bien, por amor a nuestros hermanos que hemos de liberar.
Sin embargo, el combate en sí mismo no deja de tener su belleza, y no está prohibido gozar de ella.
"La batalla, ataque decisivo". No se trata de guerrillas, y en ella no se va armado con lanzas al encuentro ele los tanques blindados.
No hay que ceder ante los sucesivos obstáculos. hay que luchar hasta el fin. "Una batalla perdida es aquella que uno cree haber perdido".
El que quiera dominar los acontecimientos debe ir irás rápido que ellos. Para eso hay que ver de antemano la realidad en sus causas y obrar sobre las causas. Una vez entablado el combate, hay que triunfar. Entonces, no se trata de darse a medias, sino a fondo, hasta que se decida. Ahora bien: la acción siempre es un combate, y quien luche con blandura, tiene asegurarlo el fracaso total. En la acción hay que ir más rápido que los acontecimientos e imponerles nuestro propio ritmo.
No es difícil dejarnos envolver, aunque no busquemos sino la verdad y la justicia. Nos acecha la recepción llena de atenciones, la buena cena, el aplauso que se nos ha preparado. Está el ofrecimiento de una subvención excepcional, de un automóvil, de un apoyo permanente e Incondicional. . . v no hacemos sino enumerar los lazos más vulgares.
También está la acción sobre los más conciliadores del equipo, de tal manera que se les haga ceder terreno cada vez más; igualmente está la explotación de las divergencias, de tal modo que tendremos que capitular ante la amenaza de una escisión; esta la mayoría de la clientela, que nos impone una tonalidad; está, por último, la introducción de falsos amigos en el equipo. Hay que vigilar sin descanso para conservar verdaderamente la propia libertad, para no dejarse acaparar o comprometer por un clan.
Se especula con todo: con la necesidad que usted tiene de dinero o de apoyo, con su virtud y sus debilidades, con su timidez y con su osadía, con sus amigos y con sus enemigos, con su candor y con su prudencia. Se aprovecharán de cada una de sus vacilaciones, de cada uno de sus pasos en falso. Y poco a poco los irán cercando. Creerán que ya los han atrapado. Dios quiera que no sea así. Pero sería casi un milagro.
Para triunfar es preciso ser el primero en materia de documentación, tener antenas y contactos en todas partes, estar dominado por una idea poderosa que se irá manifestando solamente poco a poco.
Los hombres no resisten por largo tiempo a esa idea, cuando se les presenta sucesivamente bajo tantas formas diferentes, siempre a partir de lo que los preocupa.
Hay que perseverar. Muchos se desgastan con las primeras batallas. No tenían armas o no tenían carácter. IIay que perseverar, aguantar, obstinarse, preparar medios poderosos de acción, perfeccionar las técnicas, la táctica, hacerse estratega. Que te crean moribundo, cuando nunca has estado más fuerte.
El capitalismo cree tener todos los derechos, se otorga todos los derechos. Según él, la justicia sólo podría estar de su lado. Porque tiene el dinero, cree que puede tenerlo todo: ya ha oprimido a tantos infelices que ¡lo se lían rebelado; ya ha engañado a tantos ahorristas que siguieron alimentándolo; ya ha impuesto tantas leyes que eran favorables a sus designios; ya ha corrompido a tantos políticos . . . No concibe que pueda resistírsele por mucho tiempo. Cuando encuentra oposición por parte cíe los humildes o por parte de los clérigos, entonces denuncia herejías, revolución, anarquía, comunismo. Está tan persuadido de ser el orden, que siempre cree que la Iglesia debe estar ele su lado. Nada lo impresiona ni lo irrita tanto como cuando frente a él se afirman pacíficamente los derechos humanos. Pero no basta con sólo afirmarlos. Hay que poner a los hombres en condiciones de resistir al capitalismo.
Nunca estamos solos, ni siquiera en los peores momentos de soledad. Desde el momento en que afirmarnos la verdad, desde cuando queremos el bien, desde cuando combatimos por la justicia, conseguimos numerosos enemigos, pero también numerosos amigos. A nuestro lado también hay otros que aman la verdad, el bien, la justicia. Mañana estarán abiertamente con nosotros.
Aun entre. los que hoy se oponen a nuestra acción, siempre habrá hombres dispuestos a unírsenos tan pronto como reconozcan nuestro verdadero rostro.
8. EL JEFE
El jefe es el que ha recibido o tornado a su cargo un sector de la humanidad y del universo para orientarlo según el plan de Dios.
Una hermosa frase de Bossuet: "La realeza es una potestad universal de hacer el bien". Cuanta más autoridad tiene uno, más se acerca a esto.
Función del jefe: prever, organizar, ordenar, coordinar, controlar.
El jefe debe acostumbrarse a captar el conjunto, y a ubicar dentro de ese conjunto su visión y su acción. El jefe debe tener amplitud de miras, y debe ver de lejos.
Antiguamente, a medida que uno se iba envejeciendo, se iba haciendo más apto para dirigir. Hoy el mundo gira demasiado rápido. Los viejos ya no pueden adaptarse. Hacia los cuarenta años hay que estar dispuesto para realizar la acción decisiva. Y como todo hoy es más complejo que nunca, es necesario adquirir una cultura universal al mismo tiempo que se hace el aprendizaje de la acción. El gran jefe ele nuestros días debe superar en muchos aspectos al príncipe de antaño. Por eso, casi no vemos que de entre la masa de los ambiciosos salgan auténticos jefes. Por eso se hace más necesario e importante preparar los hombres superiores que mañana puedan estar a la altura ele las circunstancias.
El jefe se estrella constantemente contra la pasividad y la autonomía de sus colaboradores; demorado por los unos y proyectado por los otros hacia un futuro que quizás él no había trazado así, debe continuamente revisar y adaptar sus planes. Y así jamás realiza sus propios designios, sino un compromiso en un conflicto ininterrumpido entre su persona y las de los miembros de su equipo. De todo esto se pueden derivar graves perjuicios o también buenas ventajas, según el calibre, el espíritu, la verdadera consagración a la cansa de aquellos que se le han entregado. La obra, finalmente, es común a todo el equipo, aunque algunos la hayan obstaculizado, y aunque ninguno de los miembros en particular haya podido ver cumplido su propio plan.
Sufrimiento del jefe: el sufrimiento de quien está adelante y no es seguido, ni comprendido. El jefe tiene sus sueños, sus inquietudes, sus certezas; todo ello constituye su riqueza y su tormento. Pero también los otros tienen sus sueños, sus certezas, sus intuiciones. "¿Por qué habría de tener razón el jefe? ¿Acaso también él no es limitado? Fíjense en todo lo que le falta. ¿Por qué, pues, quiere hacernos ir por su camino? Nos limita, nos quiebra. Queremos explotarlo, utilizarlo, pero no servirlo".
Muchas veces el jefe tiene que seguir su camino en la soledad, con su lote de certezas, su lote de ilusiones, su gran sueño, y todo su riesgo. Casi siempre esta solo, y hasta aquellos que, habiéndolo comprendido mejor, le han colaborado más, también tienen ellos su periodo de desafección. Incluso amenazan con separarse en sus horas de abatimiento, de prudencia extrema o de orgullo.
El jefe debe ser fuerte y su virtud teologal es la esperanza.
Confianza del jefe: tiene la esperanza de que, de todos modos, quienes lo siguen, lo superarán: ya sea porque están mejor armados, ya sea porque él les ha ahorrado sus propios tanteos, ya que son muchos los que están juntos en la obra.
9. EL TRABAJO EN EQUIPO
Actuar conforme lo ha determinado el equipo y aceptar no tener en el la última palabra. Aceptar "perder el tiempo" para la obra común: administración, trabajos manuales, trámites, conferencias, conversaciones.... Muchas veces a través de todo eso es como se realiza el trabajo, el verdadero trabajo que rinde, el que Dios quería. Y es también allí donde nos enriquecemos en saber y en experiencia en los sectores en que mas falta nos hace. También ahí es donde nos creamos multitud de relaciones que más tarde nos serán muy útiles. Y, en último término, lo que verdaderamente cuenta, no es tanto el acto realizado, cuanto el grande amor que lo anima.
Pero debemos salvar los minutos de plenitud intelectual. No debemos dudar ele alejar a los fastidiosos. No debemos temer molestar a los inoportunos ni a los indiscretos. Hay que hacerlos razonar.
Hay que dejar a cada uno tal como es, pero también hay que imponer la disciplina del grupo.
Siempre preciso, jamás con titubeos.
La confianza no se impone: se gana.
No tanto mandar, como asociarse. No hacer adherir a los otros a uno mismo, sino al objetivo.
Sobre todo, no ser el eterno niño modelo que abruma constantemente a los demás con principios soberanos, cuyo alcance él mismo no comprende.
Se puede tener una vida muy activa y llena de iniciativas dentro de la obediencia. La obediencia pusilánime no llega a nada. Saber interpretar y completar la voluntad de los superiores es la verdadera sumisión. La señal de que no nos hemos desviado es que aceptemos y queramos el control.
Si quieres observar la justicia y mantener la paz, no abraces sin discernimiento las pasiones de tus colaboradores o de tus amigos.
Si no hay en la base de todo esto una entrega de sí mismo, no se puede triunfar. Tenemos que hacer lo que los otros no harían, aplicar nuestro esfuerzo, donde las cosas no andan, dejar a cada miembro del equipo que tome todo el lugar que su temperamento y su genio exigen, y encargarnos nosotros de alguno de los sectores que nadie haya querido.
Debemos atribuir el éxito a nuestros colaboradores.
Y atribuirnos a nosotros mismos los fracasos o las imperfecciones de la acción.
10. ORGANIZACION
Observar continuamente y anotar, porque de lo contrario la observación no pasa de ser una impresión.
Hay que adquirir las técnicas de la acción. Quien las desprecia, fracasa fatalmente. Toda acción tiene su técnica: un día de retiro, una jornada de estudios, unos ejercicios, un congreso, una sesión, una gira de conferencias, una campaña de prensa; la redacción, la administración, la asesoría, el secretariado; el sindicalismo, la corporación, la comunidad, un movimiento.
Debemos hacernos ayudar por quienes tienen experiencia, y luego debemos experimentar nosotros mismos.
Muchas veces las personas de bien se obstinan en emplear medios anticuados: pierden lo mejor de su tiempo en trabajos ridículos. Desde el momento en que un hombre o un grupo quiere llegar a hacer algo, debe organizar un secretariado rudimentario pero bien equipado, y tanto más equipado cuanto más importante sea la tarea y menos sea el dinero de que se disponga.
Excelentes taquígrafos, buenas dactilógrafas, encargados de libros competentes condicionan en adelante la eficacia de cualquier equipo.
No hay que ser mezquinos en el material, y debemos estandarizarlo para todos los miembros del equipo y para todos los equipos.
Pero tampoco hay que permitir gastos por capricho: Dios ya no está obligado a ayudarnos si no nos conservamos fieles al objetivo propuesto.
Un tiempo y un lugar para cada cosa: cada cosa en su lugar y a su tiempo.
Ningún año se parece a otro. Nunca volvemos a comenzar. La acción siempre es adaptación fi nuevas situaciones, a nuevas necesidades. De ahí el peligro de la adaptación, en el sentido corriente: que quiera estandarizar, lo que equivale a recomenzar indefinidamente. La verdadera administración, en cambio, ajusta, modifica, inventa sin cesar.
No vamos a resolver inmediatamente ningún problema, fuera de las decisiones del servicio habitual. Hay que dejarlo decantar o decantarlo uno mismo, teniendo de él una preocupación inconsciente. El inconsciente, cuando no se lo ata, es un instrumento admirable de absorción, de decantación, de armonización. Un buen día nos da la solución.
No crecer demasiado rápido, sino como un árbol.
11. REPARTIR LAS RESPONSABILIDADES
Debernos designar el responsable de cada sector, y no tratar sino con el. Conscientizarlo hasta que no haya tornado conciencia de su tarea. No tener directamente ante nosotros sino unos pocos responsables, y subordinarles los demás responsables.
Que varios responsables se encuentren en la cima. Le tengo miedo al "director" único, cuando se trata de obras que exceden la capacidad de un hombre. Es mejor afrontarlas entre varios, de igual inteligencia para abrazar conjuntamente todo el horizonte y resolver las oposiciones por la sumisión al objetivo y por el mutuo afecto. El corazón desempeña aquí un gran papel.
Ayudar al jefe mediante la disciplina, la confianza y el afecto. No dejarlo resolver todo a él solo. Tampoco llevarle de improviso el propio plan. Iluminarlo - mucho lo necesita----, sin imponerle una voluntad ya determinada. No abandonarlo a su suerte, diciendo. "siempre se las ha arreglado". No olvidar que sólo somos una parte del ejército y que debemos realizar un plan de conjunto.
Foch decía: "Disciplina intelectual, inteligente y activa". Esto quiere decir que cada uno debe tratar de comprender la situación y las tomas de posición del jefe ante esta situación; que busque los medios para realizar el pensamiento del jefe, y que lo realice efectivamente. Obedecer es completar al propio jefe.
"Sacar los trapos al sol": decir todo lo que llevamos en el corazón, lo que no marcha, lo que se hace pesado, lo que parece idiota, ridículo, inadaptado, fuera de lugar en una obra. Ser sencillamente, y a veces brutalmente, sinceros.
"Refunfuñar", "resoplar", "gruñir". Es la ley de la vida.
Y el jefe debe tener la mayor capacidad para recibir y aguantar todos estos desahogos.
12. LOS COLABORADORES
Un equipo es una pirámide que sube continuamente, pues continuamente vienen de abajo elementos nuevos que la toman sobre sus hombros y la levantan.
Dejemos a cada uno que torne todo el lugar que quiera; siempre quedará algo por hacer. Pero toda ascensión demasiado rápida es peligrosa, tanto para el sujeto que quiere subir como para el equipo. Quien no ha marcado el paso en las tareas mediocres, quien no tiene una amplia base de experiencia, quien no ha sido arrinconado y bloqueado en diversas ocasiones, no tardara en caer.
Tenemos que realizar la unión por medio de la sumisión al objeto.
El Padre Sertillanges llama a Santo- Tornas "un conciliador", Hay que saber colaborar con gentes muy diversas. Hay que saber asociárselos, a pesar de sus prejuicios y oposiciones, elevándolos. El entendimiento se logra en los planos superiores. Hay que bañarlos a todos en una luz superior y conjuntamente. Y hay que uncirlos a todos conjuntamente en una misma tarea, a pesar de sus desacuerdos. A medida que todos vayan creciendo en la misma luz, y realizando en común, se van uniendo más.
Hay que adquirir un alma de conciliador. Los hombres muchas veces se oponen por tonterías, estando casi de acuerdo en cuanto al fondo. Tenemos que llegar a este fondo, y distinguirlo de lo demás. Y así unir. Esta es esencialmente la misión del sabio, de aquel que sabe percibir las razones profundas y reducir lo múltiple a la unidad. Esto no quiere decir que se abandone la verdad y la justicia, sino todo lo contrario. Tampoco se trata de buscar posiciones oportunas para salir de apuros, sino de avanzar nosotros mismos, y hacer avanzar a los demás hacia la justicia y la verdad.
13. ELECCION Y EDUCACION DE LOS COLABORADORES
Debemos educar pacientemente a nuestros colaboradores. Y elegirlos con cuidado, en cuanto sea posible.
No dejes pasar y alejarse de tu lado al hombre que necesitas para llevar a feliz término la obra; créale la situación que le convenga.
Hay que aceptar y aun desear colaboradores que nos superen. Con monaguillos pasivos y siempre de acuerdo, nunca podremos hacer nada grande.
Para clasificar a los hombres, hay que ponerlos a trabajar.
En la actividad de cada uno hay que tratar de distinguir lo que es de Dios, y favorecer su desarrollo.
Discutir menos y entregarse más a la obra.
Sepamos aceptar que una operación está mal hecha. A menos que haya que evitar una catástrofe, no reprendamos al responsable sino) al final.
14. LAS DIVISIONES
El peor flagelo en un equipo es el orgullo. El orgullo de aquel que nunca acepta que se ha equivocado; el orgullo de quien no quiere dignarse examinar el pensamiento de los demás; el orgullo del que cree haber llegado y que ya no tiene nada que aprender; el orgullo del que juzga con ligereza; el orgullo del que esgrime principios mal digeridos. Entonces, unos se oponen, otros se encaprichan, y la división se hace inevitable.
En las dificultades entre colaboradores, no hay que intervenir al primer choque, cuando están en oposición pasional. Muchas veces no fue más que una chispa, y ya nadie se acuerda de ello. Cuando la pasión se ha calmado, entonces se discute fríamente. A veces hay, que esperar años, y para entonces la vida ya se ha encargado de rectificar muchas cosas.
Evitar los dramas. Hay colaboradores que lo dramatizan todo. Hay que practicar, tener paciencia, mirar las cosas fríamente, no enojarse ni contra lo que ya está hecho, ni contra lo que es inevitable.
Hay que aceptar ciertas separaciones. Sanear la situación. Y pronto volvemos a encontrarnos. Es fa tal. Pero cada uno cumple su obra providencial. No deben habitar todos la misma morada ...
15. SEGUIR SU CAMINO
Si algo camina, quiere decir que se puede caminar.
No debemos sorprendernos ni conmovernos por la estupidez o la maldad de los hombres. Además, si los espíritus obtusos son legión, los verdaderamente malos son más bien pocos.
Siempre decepcionaremos a alguien. No hay que inquietarse por eso.
No debernos cuidarnos demasiado de lo que decimos. Quien persigue su objetivo, siempre tiene razón. No hay que perder tiempo discutiendo con los estetas, los críticos, los espectadores. Sino seguir cada uno su camino. Construir. Escuchar con paciencia al. hombre que ha visto, que ha construído. No decir "no" al que ha visto o ha hecho. No decir "sí" sin revisión al que da consejos, al que enuncia principios.
Aceptar que nos sigan sólo de lejos. Y gozarnos si nos han dejado atrás.
Saber que las ideas caminan lentamente. Algunos imaginan, cuando han encontrado alguna verdad, que ella va a entrar de golpe en todos los espíritus. Se irritan por las resistencias. Pero esta torpeza y esas resistencias son normales: provienen de la apatía, de la experiencia personal, de la cultura de los demás. Para aceptar plenamente otro pensamiento, conviene haberlo fijado, asimilado y armonizado con lo ya adquirido.
No debemos sorprendernos ni irritarnos por la oposición: es normal, y a menudo es justa. Es índice de que uno está empeñado en el combate; prepara al mismo tiempo la adhesión a otros y nuestra adaptación a lo real.
Más bien alegrémonos de que se nos resista y se nos discuta: así nuestro aporte penetra más profundamente, se rectifica, anima, y el que se vaya olvidando de nosotros - después de haber mejorado o re inventado nuestro propio sistema -, quiéralo o no, milita a nuestro lado. Y eso basta.
Me dicen: "Su obra está en crisis; está gravemente amenazada de ruina".
-.¿En crisis? Pero vean que estoy tranquilo".
- "Sí, hay tal y tal cosa que no marcha".
- "Pero, querido amigo, siempre hay muchas cosas que no marchan. Pero esto, a pesar de todo, marcha. Lo que marcha, en verdad está siempre en crisis:. Es la ley de la acción".
16. LA FUERZA
Obra siempre con desinterés: pronto serás el arbitro de la situación y no te dejarán en apuros.
Nunca te entregues a los ricos ni a los poderosos.
Permanecer puro, ser duro y hacerse seguro; esto es, buscar únicamente la verdad, el bien, la justicia. Imponerse esfuerzos constantes para alcanzarlos. Y a medida que se los vaya conquistando, convertirse en un sólido apoyo para los demás.
Signo del fuerte: reúne la dulzura, la flexibilidad y la obstinación. Desea conocer todo a fondo, tener a mano todos los instrumentos, y acepta arriesgarlo todo. Prepara el éxito, y ante la adversidad es valiente.
Ser ingenuo y trotar de seguir siéndolo. Seguir creyendo en el ideal, en la justicia, en la verdad, en el bien, en alguna bondad en el corazón de los hombres. Creer en los medios pobres. Entablar de buena fe batallas contra los poderosos. No tratar de engañar. No aceptar corromper. No endurecer el propio corazón. Ser agradecido. Permanecer fiel a los amigos.
No decirle jamás una grosería a nadie.
Debilidad de muchos: rumiar antes de haber comido; querer dominar antes de dominarse.
Muchos se detienen ante el obstáculo: lo estudian, lo miden y permanecen en el mismo lugar. Ice un hormiguero hacen una montaña. Las más de las veces bastaría pasar por encima o por un lado.
Otros se detienen sistemáticamente a analizar. todos los obstáculos, todas las dificultades reales y posibles, actuales y futuras. Congo el ciclista que quiere pedalear en el mismo lugar. El equilibrio de la acción está en el movimiento.
Cuando el obstáculo es la oposición de los hombres, la mejor táctica consiste casi siempre en continuar su camino sin preocuparse de esas oposiciones. Se pierde un tiempo precioso en polemizar, cuando lo que cuenta es sólo construir.
Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos, y basta que encuentren un solo hombre justo para que todos sus planes se vean frustrados. Cuando encuentran ira grupo de justos, se ven obligados a batirse en retirada o a pactar, y tornar al menos la mascara de la justicia.
Si la oposición proviene de los hombres de buena voluntad, de los "sanos", de los superiores, hay que verificar la propia orientación y, si se está con la Iglesia, sacar el mejor partido de las circunstancias, sin alharaca.
La traza de los negocios humanos es que no marchan sin dificultades, sobre todo en los negocios apostólicos.
Pertenecemos a la Iglesia militante, tenemos una vida en "tensión". El testimonio del apóstol tiene algo de violento. Los violentos arrebatan el reino de Dios.
Ser fuerte: ser capaz de estar solo contra todos.
"Se va lejos cuando se está cansado".
La grande ascesis: no detenerse a recoger flores por el camino.
Hay que tener el valor de quebrar el propio corazón. No hay ascesis más terrible que la acción eficaz.
El sufrimiento, la cruz: no los que nosotros elegiríamos. La verdadera cruz, la que viene si permanecemos en nuestro puesto en medio del gran combate en el que estamos comprometidos. Esa es la que configura a Cristo.
17. HUMILDAD Y MAGNANIMIDAD
La regla fundamental es la de considerarse como un pobre infeliz al servicio de una grande obra, siervo inútil, pero al fin y al cabo siervo.
Ponerse en su verdadero lugar entre los hombres y ante Dios. Por parte de los hombres, no es la ridícula posición de considerarse como inferior a todos, y, por parte de Dios, es el conocimiento de su absoluta dependencia, la concepción de que es infinita la distancia que nos separa de él, la percepción de que todas las superioridades que se tienen respecto de otros vienen ante todo de él.
Eclipsarse ante Dios, ante su plan, ante la obra por realizar. Eclipsarse, pero tendiendo hacia Dios, realizando su plan, cumpliendo la obra emprendida. No se trata de un eclipse que signifique retiro, pasividad, sino de un don pleno, un esfuerzo vigoroso de inteligencia y de inserción.
Humildad: no "levantar la cresta", colocarse en su lugar, reconocerse todo lo inteligente, hábil y virtuoso que se sea; darse cuenta de las superioridades que uno tiene. Pero, delante de Dios, saberse absolutamente dependiente, pura necesidad, y, ante loa propios hermanos, saber que somos todos de una misma naturaleza y que Dios es el Dueño soberano de sus llamados y de sus dones.
Toda superioridad es para el bien común.
No es uno mismo lo que importa, sino la obra.
Jamás engreírse; jamás dejarse abatir.
Ir al paso de Dios. No correr más rápido que él.
Fusión de nuestra voluntad humana con la voluntad de Dios; ahí está todo. Abandonarse a él.
Todo lo que tengo de mí sin el está de más o, mejor dicho, es nada.
No esperar ningún agradecimiento. Gozarse del que venga.
No dejarse engreír. Mirar en seguida todo lo que queda por hacer, y ponerse a hacerlo. El mañana traerá nuevos fracasos.
Munificencia, magnificencia, magnanimidad: tres partes de la fuerza desconocida de nuestra sórdida edad. El munificente magnífico no teme el gasto para realizar algo grande y bello. No piensa en otra cosa sino en invertir su capital o en llenar los bolsillos de sus partidarios. El magnánimo piensa y realiza a escala del hombre y a escala de la humanidad; si es cristiano, piensa y realiza a escala de Cristo.
Magnanimidad y humildad son complementarias. Magnanimidad: el espíritu y el corazón que se dilatan.
Magnanimidad: pocas son las partidas que se juegan en un solo sector de la actividad, o en un plano local. En el mundo moderno todo está vinculado y no podemos aislar nada. Las partidas se juegan en el plano nacional, o hasta internacional. Quien no ve con esta amplitud, quien no quiere en grande, está vencido antes de combatir. Ni siquiera cuenta.
Muchos les gritan a ustedes: "Cuidado con el orgullo", porque tienen grandes proyectos. La alerta sobra: uno siempre es muy pequeño ante las grandes empresas, y tanto más pequeño cuanto más grandes son. Es preferible tener la humildad de emprender obras grandes corriendo el riesgo de un fracaso, que no el orgullo de triunfar en lo mediocre.
Grandeza y recompensa del jefe: en el gran combate en que se halla comprometido, continuamente tiene que superarse en el amor.
Realizar objetiva y valientemente todo su esfuerzo, y abandonarlo todo a Dios.
18. ESPECIALIZACION Y CULTURA
Temo al especialista de una sola especialidad. Compadezco al hombre que sólo ha estudiado en los libros.
Debemos preocuparnos seriamente por nuestra especialización y por nuestra cultura. Quien se especializa en los problemas del hombre concreto, en cualquier sector, si se preocupa por todo el hombre, se ve llevado a plantear tantas cuestiones que debe tratar de saberlo todo; la extensión de su cultura se logra a partir de la realidad que conoce directamente. Centrada en el hombre, su cultura se desarrolla armoniosamente en la unidad. En esta línea, cultura y especialización van a la par, hombre de estudio y hombre de acción no se oponen: es a la vez lo uno y lo otro.
Cultura: debe labrarse como quien cultiva una tierra, mediante la arada profunda, y utilizando buena semilla y buen abono. Después hay que regar, quitar las malezas, cosechar, dejar descansar la tierra, o, mejor aun, alternar los cultivos teniendo en cuenta la calidad de los campos, y equilibrando la explotación corno mejor convenga¡ a las propias necesidades y el consumo externo.
La cultura del espíritu es siempre un equilibrio que recompensa un trabajo metódico y continuo. Se diferencia de la erudición. El erudito ha aprendido mucho, pero sobre todo en los libros. No ha equilibrado, armonizado, re pensado su saber. No ha verificado la objetividad de sus conocimientos fundamentales. No ha centrado toda su adquisición en los problemas del hombre.
Muchos se creen cultos. Lo saben todo acerca (te la historia de los hombres del pasado; conocen todas las filosofías antiguas y modernas; han sido iniciados en todas las ciencias exactas y aplicadas; siguen todas las obras literarias a medida que van apareciendo. Unas veces viven replegados sobre sí mismos, y otras viven volcados sobre los más grandes problemas de la pedagogía y de la política. Son capaces de juzgarlo todo y de hablar de todo. Pero ignoran al hombre, al hombre real de su tiempo, en todos los medios y en todas las clases; ignoran la miseria profunda de sus tiempos, la gran tristeza de los hogares sin aire y sin pan; ignoran la gran resignación y la gran rebelión interior de los desdichados, la realidad de la vida de los tugurios, del islote insalubre, del consolador despacho de bebidas, de la evasión al azar de los cinematógrafos y de las citas, de la compensación por medio del alcohol, el sindicato o el partido. No saben nada del contacto de los conductores de los hombres, ni del enorme candor, la gran pureza y el gran reclamo que a menudo se han conservado en el corazón de los humildes, del egoísmo sórdido de muchos de sus amigos que han conseguido "llegar", ni de la generosidad que dormita o se revela en los menos afortunados. Hablan del pueblo sin conocerlo, incapaces de comprenderlo, de amarlo, de ayudarlo.
Pasan de largo, sabiéndolo todo e ignorando lo que debieran contar para ellos: el hombre de su tiempo, el moribundo de la orilla del camino de Jericó y su deber para con él.
Y su humanismo refinado y bastardo no bastará para impedir que el primer líder que se presente y que conozca la sicología de los hombres de su tiempo y se digne hablarles, se apodere de ese pueblo en espera de un poco de justicia y de amor.
19. EL EQUILIBRIO
Ante todo, conservar su equilibrio personal.
Sobre todo hacerse y conservarse dueño de sí, poseerse.
Cuidar en lo posible la propia salud, pero sin caer en angustia a este respeto, ni tampoco en blandura. Conservarse "duro" al máximo, según las propias tuerzas.
Respetar los ritmos de la naturaleza y de la vida. El heroísmo del exceso continuo no es heroísmo sino necedad.
Sembrar, dejar obrar al tiempo, dejar que Dios obre. Muchos imaginan la acción como una presión continua; la acción es más bien un impulso que se renueva al irla precisando, adaptando. Es fácil ubicar a centenares de hombres en su propio ambiente con sólo encontrarlos una vez al año, escribirles de vez en cuando, reanimarlos por medio de un artículo periodístico, o pidiéndoles una que otra vez un servicio. Eso basta para que estén embarcados, sean de la partida, y ya no los abandonarán a ustedes, como lo harían si en lugar de tratarlos así los hubieran aguijoneado sin cesar. Los hombres quieren que les tengamos confianza; nunca estiman al jefe que constantemente los vigila.
El verdadero animador sabe "administrar" sus impulsos adaptándose a los hombres y a las circunstancias. Pero jamás trata de hacerlo todo, de verlo todo por sí mismo.
Tenernos que imponernos contactos frecuentes con la naturaleza. Eso descansa al hombre, lo equilibra, le devuelve las justas proporciones de las cosas. De vez en cuando conviene un poco de fantasía. Las cosas a la medida de cada uno: tener, sí, la ambición de rendir todo lo que se pueda, pero sin dejar de reconocer sus propios límites, las necesidades de los demás, el sector de acción que la providencia nos ha destinado.
Estar entregado en un ciento por ciento, hasta el límite. Pero organizar la propia vida para asegurar su rendimiento.
Guardarse de las actividades marginales, pero conservar los márgenes necesarios para el enriquecimiento cultural, el equilibrio humano o la euforia espiritual.
No llegaremos al equilibrio pleno, total, mientras no hayamos trabajado con nuestras manos; no hayamos viajado, luchado, creado.
El equilibrio de una vida grande se prepara muy de antemano con la extensión y la diversidad de las observaciones y de las experiencias, con la elección armoniosa de las disciplinas, con una combinación feliz de estudio, acción y reflexión, con el retorno habitual a la contemplación.
No dispersarse. Aun cuando se viva en pleno torbellino, conservar fijo el eje, arrojarse en Dios. he aquí una auténtica oración.
Hay que procurarse algunos altos en la acción, momentos de soledad. Hay que tomar distancia para juzgar la acción pasada, captar el conjunto, apaciguarse, ver claro en todo ello.
Sobre todo, nada de "sublimidad". La vida fecunda es la que está devorarla por tareas concretas y humildes. Quien no se resigna a aceptar lo pequeño, es incapaz para lo grande; quien no quiere conocer sino los principios, ni siquiera llega a comprenderlos. El intelectualismo cierra la verdad.
No forzar el espíritu. Tiene sus ritmos. Quien lo sobrecarga y lo maltrata, le impide crear. Y para eso está hecho.
Colmar su vida en plenitud quiere decir no hacer nada de menos ni de más de lo que le conviene a la propia medida de cada uno, según los dones recibidos, la formación adquirida, y las circunstancias; quiere decir no rehusar nada al Espíritu y no tratar jamás de arreglárselas sin él.
20. LA FE
La fe es una luz que lo invade todo. A medida que van pasando los años, más esclarecedora se vuelve.
Lo penetra todo, haciendo ver todo en función de lo esencial, de lo intemporal. Reduce todo a la simplicidad, a la unidad. El que la sigue jamás se halla en tinieblas; ella trae solución para todo. Por ella, en medio de las peores dificultades, en lo más fuerte del combate, en lo más intenso del esfuerzo, nos sumergimos en Dios, nos unimos a Cristo, salimos disparados hacia arriba, corno el corcho de la champaña que sólo puede huir subiendo.
El optimismo de la fe: cada gota tiene su valor. . .
Tenemos que creer obstinadamente en el contagio del bien, en el poder de la verdad.
Salvar nuestro contacto con Cristo en la fe pura, "con f e en la fe".
No olvidemos que debemos asemejarnos a Cristo, y, por tanto, debemos saber sufrir.
Cuando un hombre deja los caminos acostumbrados, enfrenta a los poderosos de su ambiente, habla de revolución, se lo toman por loco, sobre todo si es cristiano. Como si el testimonio del Evangelio no fuera locura, como si la sabiduría no consistiera en mirar de frente todo el objeto y hacer frente a todo el mal; como si el hombre no fuera capar de un grande esfuerzo reformador y constructor; como si el militante no fuese fuerte en su debilidad. Nos hacen falta muchos locos, y no admitir sino locos en nuestro equipo.
21. LA ESPERANZA
Teja por teja.
Cincuenta por ciento de fracasos.
Alegrarnos de los fracasos.
Comenzar por acusarnos a nosotros mismos.
También el fracaso construye.
No hacer bulla. No gritar.
No indignarse. No irritarse.
Conservar siempre la sonrisa y reanimar siempre a los demás.
Continuar. No se hace nada en sin (lía, en un mes. Al cabo de diez años, lo que se ha hecho es enorme. Cada gota cuenta.
A cada día le basta su atan.
Tenemos que esperar las peores dificultades y no creerlo todo perdido cuando llegan. El tiempo arregla muchas cosas.
Si considerarnos por separado cada uno de los sectores en los cuales se ejerce nuestra acción, quizás nos encontremos con que ninguno marcha; sin embargo, el conjunto marcha, y marcha al gusto de quien lo hace marchar.
Tras una teja, vendrá la otra. .Tenemos que acostumbrarnos a recibir golpes; a que otros nos fallen, nos "planten"; tenemos que acostumbrarnos a volver a empezar.
Siempre estamos a punto de naufragar. Para muchos de nuestros amigos, nuestra zozobra será un espectáculo: "Ha naufragado, pero sabe nadar. Vean como se fatiga. No puede más. Seguro que se va a ahogar. Está embromado. ¿Quién le mande meterse en esas?". Y se van, en vez de echarse al agua para salvarlos.
Pero con un esfuerzo más vigoroso uno consigue vencer la ola y estar nuevamente en plena acción.
Un nuevo naufragio nos amenaza.
Entréguense sin titubeos, sin dobleces, en plenitud, a Dios y a sus hermanos. Entonces Dios se hará cargo de ustedes. El los conducirá, y pasarán incólumes a través de dificultades increíbles. Los llevará a su trabajo, único que importa. Los perfeccionará, los llevara a su plenitud y se servirá ele ustedes. Los pondrá así en convergencia con todos los que lo buscan y a los que El anima. Una vez que El los tiene, no los soltará fácilmente.
22. EL RESPETO AL PROJIMO
No despreciar jamás a nadie.
Respetar a toda criatura humana como una persona a imagen de Dios y llamada por Dios.
Nada de odio, jamás, ni siquiera para los propios enemigos. Pero si debemos tener un odio ardiente contra el error, contra la injusticia.
La justicia: debemos tener hambre y sed de ella hasta que se haga justicia.
Se trata de un doble servicio: se lo hacemos al que recibe la. justicia, y al que espontáneamente, u obligado, hace justicia.
Tan pronto reconozcamos que un alma se ha entregado toda a Dios, hay que atribuírselo al Espíritu Santo. Sería necio pretender imponerle nuestras cortas miradas. El Espíritu Santo se servirá de ella y de nosotros mismos para realizar armoniosamente su plan.
Sólo Dios sabe lo que cada uno lleva dentro de sí. Pero cada uno de nosotros puede tener la intuición del mensaje que es capaz de comunicar, de la obra que debe realizar. Es como un llamamiento interior, como un fuego, como un grano que germina, como un fogón que se enciende, como si subiéramos a bordo de un barco que está a punto de partir. No alcanzamos a percibir el porvenir; lo adivinamos, lo deducimos por lo que sabemos, por lo que ya hemos hecho, por nuestras concepciones sobre el mundo, por los apoyos que en él hemos encontrado, por los fracasos que hemos sufrido, por los éxitos alcanzados, por las facultades que hemos desarrollado, por la cultura que liemos adquirido, por la tuerza del alma que hemos logrado, por la magnitud de nuestro deseo, por nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro inmenso amor. Entonces comprendernos que no hemos recibido la vida, ni la naturaleza, ni la ciencia, ni la amistad, ni la gracia para malgastarlas, desvirtuarlas, mutilarlas o gozarlas egoístamente nosotros solos o con unos pocos. Sabemos que debemos dar testimonio, manifestar luz; poner en marcha un movimiento, librar un combate, gastar generosidad, realizar un don y comunicar un ideal.
No sabemos exactamente cómo vamos a realizar todo esto. Sólo tenemos la voluntad y nuestras (lotes, quizá nuestro plan; pero ante nosotros está lo desconocido, las resistencias, las emboscadas, las desilusiones. No importa; nos embarcamos lo mismo, viviendo nuestra grande esperanza, que vamos a realizar por etapas, noche tras noche y día tras día.
Muchos se engañan sobre sí mismos, sobre su verdadero potencial. Se rompen las alas y vuelven a caer, más mediocres que si no hubiesen intentado algo por encima ele sus fuerzas.
Otros no alcanzan, por sí solos, a tomar conciencia de su grandeza, a discernir su misión. Es de desear, entonces, que una clarividencia sagaz, un corazón amigo pueda. descubrir la riqueza escondida, avivar la llamita aún indecisa, incitar al vuelo.
El jefe debe ayudar a los suyos a encontrar y a ocupar su verdadero lugar, a darse plenamente sin intentar nada por encima de sus fuerzas, a no dejarse marear por el orgullo.
El jefe tiene como misión despertar las almas a la grandeza; no atrae a los otros para sí con el fin de asociárselos, sino para asociarlos al plan de Dios. A veces tendrá que modificar su propio plan y romper sus proyectos para lograr lo mejor.
No debemos sacrificar a los otros para nuestros planes.
Hay un límite que no se debe sobrepasar en la presión ejercida sobre las personas para atraerlas a nuestra manera de ver, a nuestra acción. Hay un dominio extremo de la libertad en el cual no se puede, ni aun para el bien, ejercer violencia alguna. Hay un respeto último del derecho de cada uno a elegir y del designio secreto de Dios sobre los demás, que no debemos olvidar.
Es duro, porque en determinado momento estarnos seguros de estar en el verdadero camino; tenemos la pasión de realizar la obra a que estamos dedicados; nos parece catastrófica la negativa a los proyectos que nos habíamos propuesto. Es el momento de subir más alto, de adherir más profundamente al plan total de Dios, de basar de una manera más universal nuestro deseo únicamente en el deseo de Dios.
Así, las almas que se han superado juntas, comulgan en lo Esencial. Saben que están unidas en la búsqueda del mejor bien, y que ya lo han alcanzado en su abnegación total y en la plenitud de su entrega.
Después de este gran combate, descansan en gran paz por algún tiempo; han alcanzado lo absoluto, lo eterno.
23. EL AMOR
Debemos dejarnos modelar y ennoblecer lentamente por el amor.
El verdadero secreto de la grandeza: avanzar siempre en el amor y no desfallecer jamás.
Tenemos que estar animados por un inmenso amor.
Sobre todo, conservar intacto nuestro amor.
Debernos amar intensamente a todos nuestros hermanos en la humanidad. Sufrir sus fracasos, su miseria, su opresión como si, fueran nuestros.
Hay sólo un amor que puede sintetizar el amor de Dios, el amor ele sí, el amor a cada hombre en particular, el amor a toda la humanidad, y aun el amor a la naturaleza es el amor a Cristo.
En Cristo volvemos a encontrar todo el objeto de estos amores nuestros, incluso la naturaleza que él ha creado como Dios y que ha rescatado corno hombre. Amar todo en Cristo es referirlo todo a Dios.
Ningún acto es pequeño cuando se lo realiza en la caridad.
No hay actos pequeños; cada uno tiene su propio lugar en el plan de Dios, y no hay uno solo de ellos que no pueda llenarse de un infinito amor.
"Cada espiga cortada, cada grano .recogido, sea un acto de amor".
24. SABIDURIA Y CONTEMPLACION
Quien se especializa en los problemas del hombre está seguro de ampliar armoniosamente su cultura.
Hay que cultivarse por absorción, partiendo de una cultura de base que permita acogerlo todo, y elegir en todo lo mejor. No hay ningún objeto que carezca de interés.
Contemplación y acción no se oponen, no se sustraen, sino que se complementan.
En cuanto nos sea posible debemos "repensar" todo por nosotros mismos con objetividad.
Fortuna del hombre contemporáneo: tener la ciencia. El admirable esfuerzo de la inteligencia humana, de tres siglos para acá, nos ha dado la clave de las cosas, nos ha descubierto la dialéctica de los acontecimientos, nos ha entregado el plan. del universo. Cuando comparamos lo que hoy sabemos sobre la naturaleza y la historia, y nuestros instrumentos de análisis con los medios de investigación de los antiguos o de la edad media, y con sus físicas, sus cosmogónias, sus leyendas, debemos dar gracias al hombre y dar gracias a Dios. Todo nos habla de Dios, nos conduce a Dios, nos da a Dios, postula a Dios, si sabemos mirar bien el mundo y a los hombres.
Nuestra contemplación debe ser universal y continua. Al apoderarnos de todo por el conocimiento y por el uso, podemos impulsarlo todo hacia Dios por la ofrenda y por la acción.
Querer todo lo que Dios quiere, querer todo el ser con Dios, todo lo natural y todo lo sobrenatural a la vez. Inteligencia, deseo, oración, sufrimiento, fecundidad, abandono, sabiduría: un mismo árbol.
Sabiduría: dar a cada cosa, a cada acontecimiento, su importancia real, su verdadero valor.
En resumen: vida teologal, vida prudencial, vida eficaz. Nada más que vida, pero toda la vida; nada más que el Evangelio, pero todo el Evangelio. No ser más que testigo de Cristo.
La acción católica: el movimiento universal hacia Dios por la humanidad en Cristo.
25. LA ORACION
Oración: no estar nunca separado de Dios, no sustraerse jamás a su moción.
Oración a Dios: estoy en su presencia como una criatura dependiente de El, como necesidad, corno un llamado.
Mi oración es mi deseo, mi gran deseo de que se realice todo el bien, un deseo grande como mi alma. Mi acción lo expresa imperfectamente, y Dios la completa.
26. LA MISA
La Misa: uno concentra todo en sí, vuelve a encontrar todo en Cristo, ofrece con Cristo, recibe con Cristo.
La Misa: la acción más esencial, la acción suprema. El sacrificio. Soy Sacerdote. Consagrado. Hago sagrado el don de Dios y de los hombres, divinizo.
A partir de este pan y de este vino. De este pan, todo él consagrado con el trabajo humano y la cooperación divina. De este pan que recibe su naturaleza del trigo y su preparación y su cocción del esfuerzo del hombre.
En este pan vuelvo a encontrar la humanidad: los que lo pusieron en el horno, los que lo amasaron, los que molieron el grano. 'Todo él está cargado del
trabajo del molinero, del carretero, de los trilladores, de los segadores, de los escardadores, del sembrador, del labrador. . ., y podríamos remontarnos de generación en generación hasta el primer hombre que cultivó la tierra.
En este pan encuentro concentrado el esfuerzo de los hombres para vivir juntos y reinar sobre la tierra: el guardabosques ha cuidado los árboles, el leñador los ha abatido, el aserrador los ha partido; la fábrica de máquinas agrícolas ha hecho de ellos los brazos del arado, los montantes de la aventadora. El minero extrajo el mineral y el carbón; los metalúrgicos hicieron la colada, y después el acero; los mecánicos dieron la forma a la materia, reunieron las piezas, montaron la maquinarla. Hubo que pintar las máquinas, poner aceite en los engranajes, gasolina en los motores, utilizar la electricidad. Los estibadores del puerto, los marineros, los ferroviarios, los camioneros, los mecánicos han intervenido muchas veces para que la máquina llegue lista y en condiciones para trabajar, para que yo sostenga este pan entre mis dedos. Representante para mí todo el esfuerzo humano, la suma de todas las técnicas.
Y lo mismo para el vino, fruto de la vid. También el vino acumula los trabajos más diversos: el trabajo de quien pisó las uvas, y el trabajo de quienes hicieron el lagar; trabajo de gentes cercanas a nosotros v trabajo de gentes muy lejanas. Se necesita azufre, cobre, mineros, químicos y metalúrgicos para salvar la viña de diversas pestes; este vino que tengo ante mí lleva a su última perfección tareas que han sido realizadas en todos los rincones del mundo.
Como si el mundo estuviera sintetizado ante mí, sobre este altar: el pan sobre el mantel bien blanco que tejieron las hilanderías partiendo cae la fibra del lino; el vino en su cáliz labrado con metal precioso.
Es un misterio de colaboración de los hombres entre sí y con Dios lo que tengo ante mí en este pan, en este vino, esta tela, este vaso sagrado, este altar.
Soy sacerdote, el que representa a todos los hombres, el que ha recibido el mandato de hablar y de ofrecer en el nombre de todos. Ofrezco el pan, el vino, el trabajo de los hombres y la obra de Dios, la acción de la naturaleza en íntima unión.
Soy aquí tributario de las multitudes humanas de mi tiempo. Llevo a cabo la rectificación de la naturaleza, recomiendo el retorno de todas las cosas al Creador; soy el reconocimiento mismo de la humanidad que vuelve a su Dios, el canto de todas las cosas que por mí se eleva a Dios. Ofrezco el pan, el vino. Me desprendo de ellos; reconozco que pertenecen en primer lugar a Dios, que Dios me los ha dado al par que los hombres, y aun antes que ellos. Los abandono a Dios. La naturaleza y la sociedad alcanzan en mi ofrenda la culminación de su último impulso. Por mi ofrenda, hecha en nombre de mis hermanos en la humanidad, soy el pontífice, el puente entre Dios y el mundo.
Ofrezco este pan, este vino. Es mi acción; la más alta, la más rica de todas esas acciones de los hombres que la han permitido y preparado.
'Todas las acciones de los hombres. ¿Cuántos de ellos lean cavado el surco, fundido el hierro, construido la fábrica, organizado los transportes, pero solamente por avaricia? ¿Cuántos no han puesto mano en la naturaleza sino para provecho propio y no de sus hermanos? ¿Cuántos no han sido rapaces, injustos, opresores, ladrones? ¿Cuántos de esos jefes de explotaciones, de esos capitalistas, de esos industriales, de esos ingenieros, de esos capataces, de esos peones? ¿Qué promiscuidades y qué relajos no hubo en esos talleres, cuántos deseos adúlteros en esas oficinas, cuántas incitaciones a la prostitución por la fijación de esos salarios injustos?
Este pan y este vino son también el pecado de los hombres, la negativa a servir a Dios y a servir a los hombres. No son puros, están cargados de sensualidad, de envidia, de odio, de orgullo.
Dios no quiere mi ofrenda.
Ese pan, ese vino, son objetos manchados por la acción de los hombres, por la intervención del pecado en el sano juego de la naturaleza.
"Este pan es mi Cuerpo, este vino es ni¡ Sangre". he hablado o, mejor dicho, Cristo ha hablado por mí: "Mi Cuerpo, mi Sangre".
Este pan, el Cuerpo de Cristo; este vino, la Sangre de Cristo. . .
¡Acción tremenda! Una acción que alcanza al ser en lo más profundo, que ya no actúa en la superficie de las cosas para transformarlas, sino que afecta a la misma naturaleza, a lo esencial, a la substancia. ¡Y qué termino!: el Cuerpo, la Sangre de Cristo, la Humanidad de Cristo que recibe su ser del Ser mismo del Verbo de Dios. El término de esta acción: Cristo tomado en su totalidad, el Hombre-Dios que tiene la Vida eterna.
Ofrezco este pan, este vino ... No ... Ofrezco este Cuerpo, esta Sangre. El Cuerpo que fue azotado, coronado de espinas, crucificado. La Sangre que goteó, que se extendió, que corrió por las llagas abiertas. El Cuerpo y la Sangre, cargados de los trabajos de Cristo.
Este Cuerpo fue un cuerpo de carpintero de aldea, que trabajaba al mismo tiempo la madera y el hierro para servir a sus paisanos, para que de la tierra pudieran sacar el pan y el vino.
Este Cuerpo fue un cuerpo de viajero, que comenzó muy pronto sus andanzas y sus cruces de fronteras, que recorrió los campos y atravesó los pueblos, las aldeas y las ciudades.
Este Cuerpo fue un cuerpo de militante que predicaba la reeducación del corazón de los hombres para que los hombres hiciesen buen uso de las cosas, y no fueran avaros, ni opresores, ni neciamente orgullosos.
Este Cuerpo fue un cuerpo de fundador, que agrupaba discípulos lentos para entender, prontos para abandonar, prontos para disputarse los primeros puestos.
Este Cuerpo fue un cuerpo de condenado.
Su Cuerpo, su Sangre. Comenzaron a separarlos en casa de Pílatos; acabaron de hacerlo en la Cruz. Su Cuerpo, su Sangre, separados un momento. He dicho sucesivamente, por separado: "Este pan es mi Cuerpo". "Este vino es mi Sangre".
he representado el misterio inefable de Cristo crucificado, la única acción que podría merecer la salvación de todos los hombres.
El Cuerpo, la Sangre de Cristo, enriquecidos con todas las acciones de Cristo, en camino hacia la muerte. Toda la vida meritoria de Cristo, en este Cuerpo y en esta Sangre ahora re unidos.
He obtenido a Cristo. Y ofrezco a Cristo, su Cuerpo, su Sangre.
He hecho del pan y del vino lo que hay de más sagrado. He consumado el sacrificio. He elevado infinitamente esta materia, fruto de la acción humana, que tenia entre mis dedos. He obtenido el Cuerpo y la Sangre del Hombre-Dios, cargados con su trabajo por todos nosotros, con sus méritos para hacernos amar y aceptar el sufrimiento merecido y para permitirnos morir bien a fin de entrar así a la vida eterna.
El sacrificio, la acción sagrada, lo comenzó Jesús desde el primer instante, cuando se dirigió hacia el Padre para decirle: "Los sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado no te satisfacen. He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Jesús, desde el primer instante, se ofrecía sin reserva, se dedicaba sin esfuerzo al Padre, fundía su voluntad humana en la divina. Jesús se ofrecía, y con El, el universo, sobre el cual tenía derecho, le pertenecía. Jesús se ofrecía, Jesús me ofrecía a mí y a todos los de mi familia, a todos mis amigos, a todos mis vecinos, a todos los de mi profesión, a todos los de mi clase, a todos los de mi nación, a todos los de la humanidad.
Jesús se ofrecía y ofrecía la tierra, y los minerales, y las plantas, y los animales, y el mar, y los ríos, los lagos, las riquezas del suelo, la luz, el aire, el firmamento, la energía esparcida por todo. Jesús ofrecía todo. Todo, por El, retornaba al Padre. La naturaleza se reeducaba, volvía a encontrar su libertad. Por El, en El, se lanzaba hacia el Padre.
Jesús se ofrecía, Jesús en su Corazón ofrecía todos los hombres que El amaba. No había en el universo nada que no fuese presentable, salvo los pecados.
No ofrecía los pecados de los hombres: no se ofrece la ausencia de ser. Ofrecía los hombres. Y se ofrecía El mismo, cargando con los pecados de los Hombres. Expiaría hasta el fin, con un inmenso amor. Aboliría en su carne y por su amor el pecado de cada uno de los hombres.
Por cada pecado habría en El algo de positivo, un mérito, un derecho de rescate, de modo que no hubiese ya más sólo pecado, pecado sin su contrapartida de acción positiva animada de amor. El amor lo borra todo, el amor todo lo supera. Sería restablecido el orden total en Cristo vencedor del pecado.
Soy el Sacerdote de Jesús.
Cuando digo: "Esto es ni Cuerpo, esto es ml Sangre", es El quien da eficacia a mis palabras, es El quien obra el acercamiento. Y he aquí que este pan es su Cuerpo, y este vino su Sangre. Mi ofrenda es tan eficaz que alcanza el término de su ofrenda: su Cuerpo, su Sangre, cargados de los méritos y frutos de sus trabajos.
Cuando ofrezco este Cuerpo, esta Sangre, cuando ofrezco mi Cristo, no hago sino continuar y explicitar su ofrenda. El es quien me lleva a ofrecerla, quien me ha hecho sacerdote para eso. Mi ofrenda es la suya, pero El quiere ofrecerse por mí, para que yo asocie los Hombres de mi tiempo a su ofrenda.
Todos juntos, cristianos, la ofrecemos, y yo soy el mandatario de ustedes, como soy el mandatario ele Cristo.
Ustedes ofrecen conmigo, y se reunen a Cristo conmigo, partiendo del pan y del vino que me lían dado. "Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre". Ya está; estamos con El, ya lo tenemos, lo presentamos al Padre, lo ofrecemos, nos ofrecemos en El. Y El nos ofrece: al unirnos a su ofrenda, nos volvemos a encontrar todos en El y en El encontramos todo lo que El ha ganado, adquirido, merecido para nosotros, todos los méritos que ha acumulado para nosotros, todos los derechos para nuestra purificación, para nuestra recuperación, para nuestra elevación, para nuestro desarrollo en el amor, para nuestra vida en plenitud, para la vida eterna.
Nuestra acción se ha unido a su acción, que al mismo tiempo es su acción de gracias, su reconocimiento a Dios por todos los bienes hechos al hombre, por todo el universo, todas las naturalezas y la naturaleza humana en primer lugar, y el don del Hombre-Dios a todos los hombres. Su cántico de alabanza, la alabanza permanente que fue y sigue siendo su vida y su acción redentora, su dolorosa pasión, consumada una sola vez, el sacrificio total del reconocimiento y del rescate, de la alabanza y de la expiación.
No, Dios ya no rechaza nuestra ofrenda. Ya no se cierra a nuestro don. "Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre". Ya no queda más pan entre mis manos, ni más vino en el cáliz, sino esta realidad no sustancial por la cual estoy can presencia del Cuerpo y de la Sangre de mi Cristo. No son mis ojos de carne los que ven a Cristo, sino mí fe, bajo estas apariencias.
Estoy en el momento culminante de la acción. He cambiado el pan en el Cuerpo de Cristo, el vino en la Sangre de Cristo. Ofrezco en Cristo toda su acción meritoria por los hombres y por mí mismo.
Me ofrezco yo mismo sin reserva, con todo lo que tengo, y todo el universo que me es dado, y todos mis sufrimientos de hoy, y todos mis sufrimientos de mañana, mi gran tormento porque el Evangelio no se extiende más; porque los hombres, envueltos en su caparazón material, no son permeables al mensaje. Ofrezco en Cristo y con Cristo, en su Corazón y en el mío, a todos mis hermanos, y sobre todo a loa más desdichados, a los más miserables.
Los ofrezco a todos: mis hermanos de la pesca, del cabotaje, los de ultramar, los de la marina de guerra, los del aire, los del riel, los de laa ruta, los de la agricultura y los del tejido, los de la metalurgia y los de la mecánica, los del carbón, del petróleo y la electricidad, los de la química y los de la construcción, los del comercio y los del transporte, los de las empresas privadas y los de los servicios públicos, los de la historia y los de las matemáticas, los del derecho y los de las ciencias aplicadas, los de la geología y los de la antropología, los de la pintura y los de la escultura, los de la arquitectura, los de la música: todos aquellos que ejercen un oficio honesto y útil; todos aquellos que, de algún modo, procuran a los hombres el pan y el vino, y cl vestido, y la vivienda, y la cultura, y la sana alegría.
Los otros, Señor, los que impiden que se realice tu Reino, los que atan a los hombres en la voluptuosidad, los que los encierran con triple llave en las casamatas de los diversos materialismos, aquellos que han hecho de la carne, del dinero v del poder los dioses a los que adoran: esos los dejo en manos de tu misericordia. Pero no te puedo ofrecer su trabajo, que es pecado. Pero te ofrezco en Cristo la acción que El ha consumado para cubrir todas esas manchas ante tu mirada.
Dígnate, Señor, aceptar mi ofrenda. Yo quiero acercar todo a ti, orientarlo todo hacia ti, polarizarlo todo sobre ti. Yo quiero llevarlo todo a ti. Ya nada tiene sentido para mí, si no es en referencia a ese movimiento universal hacia ti por medio de tu Cristo, con El, en El. ¡Oh, cómo quisiera yo que los hombres se unieran a mi impulso y llevaran consigo a todos sus hermanos y al mundo entero! Quisiera que todo lo hicieran bajo tu luz, que se embriagaran con tu verdad. Quisiera que se respetaran y se amaran; quisiera que colaboraran en la liberación de la naturaleza, poniéndola al mismo tiempo al servicio de sus hermanos y al servicio del Altar. Quisiera que ellos se hicieran casas en donde se pueda vivir bien, en donde se pueda aceptar sin restricciones la ley de la vida; donde se honre a tu Hijo, donde estuviesen fuertemente unidos en comunión con la Cruz; quisiera que se hiciesen estructuras sociales, políticas y económicas que favorezcan la abundancia y la paz..
Te ofrezco, Señor, esta oración mía en la oración de Cristo al que me he unido en la ofrenda.
Tal es la Misa, la acción más esencial, la más universal, la acción suprema.
Nuestra vida exterior no hace sino explicitarla para demostrar a Dios que era verdad, para dar a la acción de Cristo su eficacia total.
La respuesta de Cristo a nuestra Misa es su acción de vencedor. Después de haber merecido por su dolorosa pasión, ahora es fuerte para salvarnos. A la ofrenda de la humanidad va a responder el don de la divinidad; Dios va a dar la vida a los hombres por medio de la Humanidad glorificada y poderosa de su hijo. Es la hora de la eficacia. La gracia desciende hasta el hombre para resucitarlo, para vivificarlo.
Los sacramentos transforman, purifican, enriquecen, elevan el alma de los hombres. Y he aquí que enseguida se les van a dar en alimento el Cuerpo mismo y la Sangre de Cristo. "Este pan, este vino". No. "Mi Cuerpo, mi. Sangre", dice Cristo. "¿Acaso no es mi Cuerpo una comida y mi Sangre una bebida? ".
"Podéis ir en paz". La acción está terminada o, si lo prefieren, la acción comienza; eso que los hombres llaman acción: el trabajo, las preocupaciones, los fracasos, el combate, la vida.
Sólo se trata de dar ahí testimonio, sabiendo insertar con inteligencia y amor toda mi actividad en el plan total de Dios. Y entonces es la Misa que continúa, que lo invade todo; la ofrenda de cada uno que se consume en prolongación de la ofrenda de Cristo. Es el sacrificio ininterrumpido: puesto que todo lo que uno hace, todo lo que uno toca, todo lo que uno obra, esta orientado hacia Dios por el gesto interior del hombre, es lo sagrado que invade toda la vida.
"Podéis ir en paz". Váyanse, la expedición. está terminada, la ofrenda consumada, el mensaje ha partido. Todos hemos hecho llegar a Dios, por medio de Cristo, nuestra súplica, la expresión de nuestra necesidad, el mundo de nuestra deuda. Ya pueden. irse; la humanidad se ha recuperado y hasta se ha superado, ha unido la tierra con el cielo, ha dado a Dios todo lo mejor de sí misma.
Váyanse, después de haber realizado su acción, su gesto; el gesto del hombre, al cual ya ha respondido, en la comunión y en la purificación creciente de nuestras almas, el gesto de Dios.
"Podéis ir en paz": váyanse a sus tareas, a su combate. Ya ha sido dado el impulso inicial. Terminen en toda su jornada la acción que acaban de comenzar.
"Podéis ir en paz". Es el mundo que se transforma lentamente bajo la acción total de los cristianos, es el reino de Dios que se realiza por la información de todo lo temporal por lo espiritual; por la regulación de todo lo natural por lo sobrenatural. Es la fe que lo invade todo, la caridad que conquista, la esperanza triunfante.
Un día llegará el último combate contra la última enemiga, la muerte. Así se concluye la ofrenda, se corona la acción. Volveremos efectivamente a encontrar a Cristo al término de su don total por sus hermanos; se habrá realizado en nosotros su imagen perfecta. Nuestra acción corporal se detendrá, nuestra sangre dejará de circular. ¿Qué importa? También nosotros habremos concluido nuestra obra meritoria, habremos aceptado la expiación, habremos restablecido la justicia; y nuestra acción, unida a la de Cristo, permanecerá por los siglos de los siglos.
Pronto comenzará la contemplación eterna: la visión, la acción del alma que capta a Dios purísimo; del alma que se ha (lado toda, y que ya no puede desasirse del libre abrazo de Dios.
La Misa total, el sacrificio total: el envío de todo hacia Dios, la consagración del Hombre y del mundo, la ascensión universal hacia Dios por medio de Crísto, la acción católica en su sentido pleno.
Es la explicación de la primera Misa y de las Misas cotidianas, el sacrificio único en su totalidad, el desarrollo a través de los siglos de] esfuerzo humano hacia la superación, hasta llegar a lo divino, la más profunda dialéctica histórica. Todo eso se origina en la ofrenda de Cristo y en la ofrenda que el sacerdote y el pueblo hacen del pan y del vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre. Es toda la cristiandad en marcha llevando al mundo tras de si. La dialéctica es personal y universal al mismo tiempo, humana y cósmica. Una vez introducido el pecado, todo esto ha de seguirse necesariamente en la oposición y en el dolor.
Así, la Cruz domina la inmensa lucha humana por la liberación del hombre y de la naturaleza.
El último gesto de esta grandiosa acción será el juicio, cuando el Hijo del Hombre venga para afirmar su soberanía sobre toda carne resucitada, sobre todo espíritu puesto frente a frente de la verdad. hará la partición entre la tesis y la antítesis, entre la aceptación y el rechazo, la luz y las tinieblas, el bien y el mal, la beneficencia y la avaricia. Su clásica espada penetrará hasta la médula, hasta las coyunturas, pira dividirlo todo. Toda acción humana estará ahí, cortada en dos partes: por un lado, la acción vacía de Dios, vacía de ser; por el otro, la acción llena de Dios, abundante de ser. La acción que ha escapado a la fecundidad de la ofrenda, por una parte; la acción fecundarla por la ofrenda, por otra; la acción del hombre solo, y la acción de Cristo en el hombre.
Entonces comenzará la acción de gracias definitiva. La Redención consumada, el sacrificio volverá a ser sacrificio de pura alabanza, como lo fue el de Adán y de Eva antes del pecado. El hombre en posesión de Dios habrá vuelto a ser dueño de la tierra y de los cielos, de una nueva tierra y de nuevos cielos.
La ofrenda reconocida y amorosa de la humanidad fiel, fundida con la ofrenda de Cristo, consumará todo el orden de la naturaleza, elevado al orden divino, realizará el retorno decisivo del universo a Dios. En el triunfo de Cristo y de su Cuerpo se clausurará eternamente el único sacrificio. El gesto de la humanidad estará más cargado de alabanza, cuando el gesto de Dios respecto del hombre haya sido el don de Dios mismo.
"Este pan es mi Cuerpo, este vino es mi Sangre". He aquí que me he unido a la misma ofrenda ininterrumpida de Cristo Jesús, que no se acabará jamás. He aquí que inserto la ofrenda de tni generación en la ofrenda total. Hoy ofrezco en Cristo sus méritos a la acción amante y fecunda de los hombres. Juntos, el último día, ofreceremos con Cristo toda la humanidad que habrá merecido, habrá explicitado lo que Cristo contenía para ella en su Corazón, en su oración y en su derecho, y habrá obrado en el sentido de la plenitud.
No tengo sino que insertar mi vida en la ofrenda total, comprometer al máximo toda mi acción y la acción de los hombres de mi tiempo en la acción misma del Hombre-Dios.
27. EL MOVIMIENTO DE SAINT-MALO: ULTIMAS CONSIGNAS
Estas consignas fueron darías a los Capellanes diocesanos de los marinos, reunidos en sesión de estudio ele un año de duración en Saint-Malo (1938-1939), antes do que comenzaran su apostolado.
Su primera tarea será la de cobrar clara conciencia de su misión. Hacer el censo de todos los que les han sido confiados, comenzando por los marineros, grumetes, novatos, simples marineros, patrones, pescadores o capitanes. Después los miembros de las profesiones conexas: obreros y obreras de las pescaderías y de las fábricas, de los criaderos de ostras y de bongos. Por último, los patronos de estas profesiones.
Todos ellos constituyen su parroquia; estos hombres que Dios les ha confiado, para que piensen por ellos el problema de cómo han de realizar su vida humana en plenitud, para que los conduzcan a esa plenitud.
Son, en el sentido más fuerte de la expresión, a la vez sus hermanos, sus hijos, en Dios y en Cristo.
Amenlos.
Amen lo bueno que hay en ellos: su sencillez, su rusticidad, su valor, su tenacidad, su vigor; sus cualidades de luchadores encarnizados y que jamás se cansan; su paciencia ante la prueba; sus tradiciones de gente de mar; su belleza humana de hombres duros consigo mismos y que cumplen a cabalidad su deber de proveedores de pan para aquellos que Dios les ha confiado.
Amenlos de modo que ustedes no puedan soportar que ellos sean desgraciados.
Prevengan sus zozobras. Alejen de ellos las causas de su ruina. Destierren de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la sub alimentación, la tuberculosis. Su misión no consiste solamente en consolarlos y dejarlos en la necesidad, 'mientras ustedes sí comen hasta quedar satisfechos, y están bastante bien vestidos. Es necesario que su desgracia los haga sufrir a ustedes. La falta de higiene en sus casas, la deficiente calidad de su alimentación, la mala educación de sus hijos, sus desórdenes, sus ignorancias, todo eso que los disminuye debe desgarrarlos también a ustedes.
Amenlos para hacerlos vivir.
Para que se expanda en ellos la vida sencillamente humana Para que su inteligencia se desarrolle y no sigan siendo retardados; que sepan usar correctamente su razón, discernir el bien y el mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comulgar en la naturaleza, gozar de toda belleza; para que sean hombres y no bestias.
Que el error instalado en sus corazones no los deje a ustedes indiferentes, sino que lo sientan profundamente.
Que las ilusiones con que se los alimenta los fastidien a ustedes. Que los irriten los periódicos materialistas que se les dan a ellos. Que sus prejuicios no les den sosiego a ustedes.
Su mal es también el de ustedes, porque los aman y les han dado cabida a todos en su corazón junto con Cristo, y con Cristo quieren que vivan como hombres, en la luz.
"El era la verdadera vida que ilumina a todo hombre que viene a este mundo".
Amenlos para hacerlos vivir de la luz de Cristo.
Toda luz de la razón natural es la luz de Cristo. 'Podo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema. Cuando ustedes logren que ellos se abran a la verdad, realizan en ellos la. imagen de Dios. Cuando desarrollan su inteligencia, cuando comulgan en el universo, se acercan a Dios, se le asemejan; marchan ya hacia El.
Pero sabemos por Cristo que El les trae otra luz, la luz que orienta sus vidas hacia lo esencial; que El. les trae la respuesta a las preguntas más angustiosas. ¿Para qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos para hacerlos bienaventurados con la visión de El mismo cara a cara; sabemos que han sido llamados a ampliar su mirada hasta la totalidad de Dios.
Este llamado es para cada uno de ellos, para el más miserable, para el más ignorante, para el más despreocupado, para el más depravado. La luz de Cristo brilla en las tinieblas para todos ellos. Tienen necesidad de esta luz. Sin ella son absolutamente desgraciados.
Amenlos para que tomen conciencia de su destino, para que se estimen a sí mismos en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor de Dios, para que estimen todas las cosas según su valor en relación con el plan de Dios.
Amenlos apasionadamente en su Cristo para que su imagen se realice en ellos,
para que se rectifiquen interiormente,
para que tengan horror de corromperse o de atrofiarse; para que tengan respeto por su propia grandeza y por la grandeza de cualquier otra criatura humana,
para que tengan cuidado de la verdad y del derecho,
para que dejen en paz los bienes, la mujer y el honor del prójimo,
para que reconozcan en los demás el mismo derecho que ellos tienen a la vida,
para que la vida de Cristo esté en ellos,
para que el amor con que Cristo los ha amado obre en ellos; para que todo su ser espiritual florezca en Dios;
para que en el fondo de su mirada y de su amor hallen a Cristo,
para que el sufrimiento de Cristo les sea útil,
para. que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo,
para que amen con Cristo a todos sus hermanos.
Si los aman, ámenlos apasionadamente,
y, si los aman, sabrán lo que hay que hacer por ellos.
¿Responderán a su amor. . . ?
¿Tendrán éxito en sus trabajos . . . ?
Sin duda que sí, pero parcialmente, lentamente; Dios quiere sobre todo su esfuerzo,
y nada de lo que se hace en el Amor se pierde.
28. EL MOVIMIENTO DE ECULLY
Los principios de la revolución permanente
Estamos resueltos a transformar la sociedad por medio de nuestra transformación personal y la transformación de los grupos humanos en los cuales estamos comprometidos.
Igualmente queremos:
1) Oponer a la sociedad contemporánea un cierto número de negativas.
2) Contribuir de manera coordinada y eficaz a la construcción de un mundo humano y cristiano.
El logro de estos dos objetivos determinará en nosotros un cierto estilo de vida verdaderamente cristiano, verdaderamente revolucionario.
Nuestra revolución será permanente y ascendente.
La revolución permanente debe realizarse por la inserción progresiva de cada uno con toda su actividad en el plan de Dios; ante todo, quiere realizar el movimiento universal hacia Dios, por la humanidad, en Cristo.
La revolución ascendente comienza por la transformación espiritual de cada uno, y se prolonga en sus grupos en' los cuales ejerce su influjo. Siendo así, hace tender hacía Dios a todos los que la realizan y a todos los que estos arrastran consigo.
Esta forma de revoluciones siempre eficaz y se lleva a cabo en la seguridad absoluta.
A medida que vayamos creciendo nosotros mismos, nuestra acción se ejerce en el plano social, en el plano político, dentro de grupos cada vez más amplios, pero escapa a las vicisitudes de los movimientos políticos y se ejerce sin interrupción por medio de las evoluciones sociales y económicas. Continúa y se acrecienta en el mismo medio de las alteraciones, cualquiera que sea su naturaleza. En este sentido, siempre está a la vanguardia de cualquier movimiento revolucionario, y es mucho más profunda porque se sitúa en el plano de la transformación de las almas y de la extensión indefinida y coordinada de su irradiación, y no en el plano superficial de los programas.
Al instaurar. el bien personal y al mismo tiempo el bien común, liberamos a los hombres y Hacernos tender hacia las formas comunitarias toda agrupación social a la que pertenezcamos.
La regia del Grand-Bornand
Bajo la mirada de Dios y conociendo nuestra debilidad, nos comprometemos
a dar audazmente testimonio de la verdad y a no traicionarla jamás voluntariamente;
a no participar jamás conscientemente en la injusticía ni dejarnos nunca dominar por la avaricia;
a respetar efectiva y concretamente, con amor, a toda persona humana;
a esforzarnos todos los días por superarnos;
a decirnos mutua y directamente lo que podamos tener que reprocharnos;
a hacernos eficaçes para instaurar el bien común en toda comunidad de la que seamos miembros;
a tomar a nuestro cargo, según nuestra capacidad, un sector determinado de la miseria humana;
a combatir hasta agotarnos por la supresión de la condición proletaria;
y, de este modo, realizar la revolución permanente y ascendente, insertándonos cada vez mejor en el plan de Dios.
Estilo de vida
Emprenderlo todo y realizarlo todo en la verdad.
Haberse hecho entrañas de misericordia.
Conservarse siempre muy dispuesto para acoger toda zozobra.
Ir al objetivo, eclipsarse ante el.
Ir siempre a lo más esencial.
Ser tenaz en el, trabajo.
Poner en juego los medios proporcionados.
Hacer bien todo lo que hacemos.
Adquirir eficacia.
Cumplir los compromisos.
Llevar hasta el fin el trabajo emprendido.
No rechazar ninguna buena voluntad.
Tomar conciencia del bien común.
Obrar de conformidad con el equipo.
Abrazar con mucha amplitud su parte de los trabajos materiales.
Comenzar por ocuparse personalmente.
Desear, provocar, aceptar la crítica. Aceptar las tareas difíciles.
Considerar como normales la dificultad y el combate.
Servirse de los fracasos.
Conservar el optimismo.
Construir, mejor que hablar.
Luchar infatigablemente contra la injusticia.
Cerrar el camino a los explotadores, a los ladrones, a los mentirosos, a los intrigantes.
Expandirse por la abnegación, por la entrega de sí mismo.
No disociarse de la comunidad con la cual se combate.
Construir con la Iglesia.
Confiar en la vida y en el Soplo de Dios.