Presentación de PRINCIPIOS PARA LA ACCION 
del Padre Louis Joseph Lebret O.P.

por
Benito Spoletini

 

Un luchador incansable

Principios para la acción es uno de esos libros que dejan huellas. Fruto de una larga experiencia, vivido, sufrido y evaluado por el autor y los equipos que lo acompañaban, se ha transformado, con el tiempo, en un companero indispensable de todo joven que aspire a ser alguien en la vida: un jefe, un líder, un animador de sus semejantes.

Cada pensamiento aquí consignado es de los que queman, obligan a tomar partido, inquietan y provocan, pero nunca dejan indiferentes. . . De no darles respuesta, producen aquella "mala conciencia" que atormenta y hace infelices.

Nacido de la vida, sí, de un hombre excepcional, un hombre que nunca arredro ante las dificultades de todo tipo, cierto como estaba de su misión en favor de los pobres, de los oprimidos, y de los pueblos en vía de desarrollo. Me refiero al P._ Luis Lebret (1897-1966).

"Hay que amar la lucha, escribe en estas páginas. Hay que considerarla como normal... No debemos maravillarnos ante ella; sino aceptarla, mostrándonos valientes en el combate; ser nosotros mismos, y no faltar nunca en esa lucha ni a la verdad ni a la justicia... Pero no debemos amar el combate por sí mismo, sino por amor del bien, por amor a nuestros hermanos que hemos de liberar".

Esta expresión lo retrata entero. Fue un luchador incansable, pero sin amarguras; sin dejarse aplastar por los fracasos, pues su causa era la del hombre, y él quería verlo vivir más humanamente, conforme a la dignidad de hijo de Dios. Sus luchas sociales -por una economía humana y por un desarrollo igualitario de los pueblos del Tercer Mundo- no se improvisaron. Una larga preparación hizo de el instrumento apto de esa noble y urgente causa.

A los 18 años entra a la Armada escala rápidamente puestos de responsabilidad, participa en múltiples acciones de guerra (1915-1918) y es condecorado caballero de la Legión de Honor.

A los 26 años su vida encuentra el rumbo definitivo; renunciando a una brillante carrera como hombre de armas, entra al noviciado de los padres Dominicos. Mas no olvida la gente del mar; sigue trabajando para ella, funda un periódico y hasta un sindicato para su promoción social.

Los nuevos estudios que emprende lo llevan a conocer de cerca las ideologías contemporáneas, en particular el capitalismo y el marxismo. Descubre así su vocación de sociólogo humanista y comienza una dura lucha contra la injusticia,

la miseria y la opresión que padecen los hombres y, en particular, los pueblos del llamado Tercer Mundo.

Reúne equipos de estudiosos, crea instrumentos de trabajo, emprende investigaciones y encuestas, pues quiere conocer á fondo la realidad socioeconómica para proponer soluciones concretas a los problemas concretos.

Viaja, dicta cursos, escribe libros, siempre orientado a la misma finalidad: crear una economía a la medida del hombre; luchar contra todo tipo de subdesarrollo.

Economía y humanismo

Para que su obra de mayores frutos funda una institución que será famosa: "Economía y Humanismo". "Economía y humanismo, dice, es un compromiso frente a la miseria del mundo,- un acto político de misericordia, entendiendo misericordia en el sentido evangélico y etimológico ... Es una realidad profunda y exigente: un compromiso de todo el hombre".

Visita repetidamente América Latina invitado por universidades, gobiernos, instituciones de la Iglesia, grupos de planificación... Nacen obras, se suscitan esperanzas. Significativa la confesión de un estudiante, luego de participar en un curso dictado por él: "Cada una de sus palabras, cada una de sus instrucciones y de sus gestos traían tal carga de amistad, que después del primer día nos sentimos atrapados, desde el primer día nos hicimos amigos. Después hemos comprobado que teníamos en usted un compañero fraternal de nuestras angustias, al mismo tiempo que un segurísimo guía en nuestra búsqueda de un Brasil liberado de sus miserias económicas y sociales".

Y no se trata de un caso aislado, pues lo mismo se repetía en Colombia, en Chile, en Venezuela, en el Senegal y en decenas de países más.

Al, comienzo de los años cincuenta está convencido que el verdadero "problema del siglo" es el desarrollo; un cambio total en las estructuras socioeconómicas que atacase las causas de los males sociales, un cambio que produjese no sólo un mayor crecimiento económico sino la "elevación humana" de las poblaciones. Para responder a ese reto, funda un instituto LIRFID.).que será .a la vez un centro de investigación y de formación. Para esta tarea eran necesarios los técnicos, pero, como se expresa uno de sus biógrafos, "eran, mucho más necesarios hombres animados de un gran respeto y de un gran amor por la gente; es decir, de un auténtico espíritu de servicio".

En esta empresa tuvo que enfrentar muchos riesgos e incluso fracasos pero también saboreó la dicha del reconocimiento. La Iglesia apreció mucho sus servicios: lo llamo como experto al Concilio Vaticano II; lo envió a presidir la delegación de la Santa Sede a las Naciones Unidas en 1962; fue el inspirador de la encíclica social más famosa de Pablo VI, Populorum Progressio, que recoge tantas de sus intuiciones sobre el ordenado y humano desarrollo de los pueblos y la apasionada defensa de las naciones de Tercer Mundo...

Su mensaje

Sería imposible espigar en sus múltiples escritos de espiritualidad, de economía, de política, etc., pero creemos útil para el lector indicar algunos aspectos que lo retan como hombre y como cristiano.

Hombre de acción, era muy avaro del tiempo. "La vida es demasiado corta, escribía, para que se pierda una sola hora en la intriga".

Sintió la amistad de manera muy profunda y, a pesar de todo, supo practicar la "ascésis de la separación", cuando la causa así lo exigía: "Es necesario tener el coraie de quebrantar` el corazón. Es una terrible ascesis para una acción eficaz. Es menester aceptar ciertas separaciones. . . Es fatal. Cada uno hace su obra providencial. No pueden ocupar todos el mismo sitio".

El conocimiento directo de los pueblos ensanchó su corazón a dimensiones universales. Todos los hombres son mis hermanos. Desde que hay un hombre en él, es mi hërmano ... Todos formamos una única humanidad, una misma especie en búsqueda, seres de idéntica naturaleza. El mundo nos pertenece en común. Sobre cada uno de nosotros está el mismo llamado de Dios. Estamos colocados uno junto al otro para ayudarnos, para amarnos, para realizar la justicia y renovar la tierra.

Pero, cuando se toca la tarea del cristiano en la lucha por la justicia, por el amor, por un mundo más solidario y humano, entonces su acento adquiere tonos proféticos que no pueden olvidarse.

"El militante escribe, debe ser tanto hombre de la justicia como hombre de la verdad. La justicia es la verdad que se hace cría, que se abre paso en las relaciones entre los hombres. Al militante le pesa la injusticia de la sociedad. No la acepta. Vive en estado de revuelta contra ella. No puede admitir que, bajo ningún pretexto, se la viole".

Y más adelante: "Quien acepta pura y simplemente la injusticia de las personas o de las estructuras es culpable de traición. . . ".

Esta lucha contra la injusticia, se concreta en "asumir la carga", según la expresión del P. Lebret: "Colocado frente a los hombres y frente a los acontecimientos (el militante), siente que la humanidad necesita su intervención, cree que tiene una palabra que decir, un gesto que cumplir, un peso decisivo que aportar. El militante no acepta lo que pasa; tiende a rectificarlo y mejorarlo. Se pone a la vanguardia, movido por la fe interior, para combatir todo lo que hiere, en el desorden del mundo. Participa en un combate por el perfeccionamiento de la humanidad".

En el momento oportuno sabe utilizar el látigo para sacudir a los cristianos aletargados: "Los cristianos, salvo quizás en la caridad de beneficencia, han perdido casi en todas partes la iniciativa. Siguen, imitan, reaccionan y se oponen, arrastrados más que arrastrando y con frecuencia más negativa que constructivamente... El escándalo de los cristianos adormecidos o flojos, o siempre superados, o siempre satisfechos, o siempre quejosos o ineficaces, debe cesar".

Su visión del desarrollo -y el tiempo le dio ampliamente la razón- era muy clara: "Lo opuesto a la miseria no es la abundancia sino el valor. No se trata, ante todo de producir riquezas, sino de valorar al hombre, a la humanidad, al universo... La producción primera que hay que lograr es la de los bienes esenciales, luego la de los convenientes... Es mil veces preferible una vida dura a una vida lánguida y voluptuosa". Y esto porque estaba convencido que el auténtico progreso humano debe ser integrado y ponderado, pues "si se busca sólo el progreso material, el progreso espiritual se paraliza".

Y amonesta: "El desarrollo auténtico no se realiza sin disciplina v sin sufrimiento. La disciplina es la ascesis; el sufrimiento aceptado es purificador".

Condición indispensable de esto, el amor: "quien tiene mucho amor se desarrolla mejor y ayuda a los otros a desarrollarse".

El desarrollo integral del hombre y de los pueblos que él pregona, debe desembocar en la civilización del amor. Aquí "el cristianismo tiene un pape primordial que desempeñar, ya que el amor desinteresado caracteriza su autenticidad". Y, sin dejo de triunfalismo pero sí en anhelo profético proclama: "La nueva civilización debe ser la civilización de la paz por la autenticidad del amor".

Para esto - y el P. Lebret no sólo estaba convencido, sino que lo vivió hasta el extremo - se necesitan hombres enamorados de la causa hasta la locura. "En la actualidad, escribe, hay demasiados sabios, demasiados prudentes. Siempre están listos para calcular, para medir. . . ". Y como en un arrebato continúa: "¡Oh, Dios! envíanos locos, de esos que se comprometen a fondo que se olvidan de sí, que aman más que con palabras, que se entregan de veras hasta el fin". Tal vez sin proponérselo, esbozó aquí su mejor retrato: loco por la elevación integral de los hombres y de los pueblos.

Además de lo dicho, el cristiano que se embarca en la aventura del desarrollo, de la elevación humana y de la lucha contra la injusticia, debe saber cargar con la cruz. El Padre Lebret lamenta que se la haya reducido con frecuencia a un "motivo ornamental", cuando " hay que adherirla a la piel", pues "un día sin dolor sería un día vacío, un día desdichado".

Esta capacidad ce cargar con la cruz., se manifiesta en la entrega "sin cálculo", pues de allí se saca la fuerza para la acción. "Las entregas a medias, añade, fatigan y gastan al poco tiempo; los que se dan plenamente viven indefinidamente gracias a su profunda vitalidad".

Y paramos de citar. Pero vale la pena, señalar un último rasgo de su batalladora existencia: su amor a la iglesia. No escondía sus fallas, pero quería estar y luchar dentro de la Iglesia. "Es necesario estar siempre con la Iglesia, escribía, y no aceptar en ningún momento separarse de ella y perder su solidaridad. Cuanto más uno se ata a la Iglesia, con todas sus fibras, con todo su ser, tanto más goza de libertad para orientar a los cristianos y aun a los hombres de Iglesia, que por falta de inteligencia, esclerotización o egoísmo entorpecen la marcha de la Iglesia".

Tuvo la dicha de vislumbrar los tiempos nuevos y ser uno de los más vigorosos obreros de los mismos. Así saludó al Concilio que debía renovar a la Iglesia desde sus cimientos: "El Concilio me da !a impresión de una Iglesia en pleno renacimiento que, en el momento necesario, tomó conciencia mucho más aguda de su misión ".

La juventud encuentra en el un auténtico testigo, de la justicia y del amor a los hombres y a los pueblos de nuestro tiempo, y un modelo auténtico de una acción constructiva para la elevación de la humanidad..



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