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Los
conceptos de la pobreza
Requisitos
de un concepto de pobreza
En su lecho de muerte, en Calcuta, J. B. S.
Haldane escribió un poema llamado El
cáncer es una cosa extraña.[1] La pobreza no es menos extraña. Considérese la siguiente visión
sobre ella:
A las personas no se les debe permitir llegar
a ser tan pobres como para ofender o causar dolor a la sociedad. No es
tanto la miseria o los sufrimientos de los pobres sino la incomodidad y
el costo para la comunidad lo que resulta crucial para esta concepción
de la pobreza. La pobreza es un problema en la medida en que los bajos
ingresos crean problemas para quienes no son pobres[2].
Vivir en la pobreza puede ser triste, pero
“ofender o causar dolor a la sociedad” creando “problemas a quienes no
son pobres”, es, al parecer, la verdadera tragedia. Es difícil reducir
más a los seres humanos a la categoría de “medios”.
El primer requisito para conceptuar la pobreza
es tener un criterio que permita definir quién debe estar en el centro
de nuestro interés. Especificar algunas “normas de consumo” o una
“línea de pobreza” puede abrir parte de la tarea: los pobres son
aquellos cuyos niveles de consumo caen por debajo de estas normas, o
cuyos ingresos están por debajo de esa línea. Pero esto lleva a otra
pregunta: ¿el concepto de pobreza debe relacionarse con los intereses
de: 1) sólo los pobres; 2) sólo los que no son pobres, o 3) tanto unos
como otros?
Parece un tanto grotesco afirmar que el
concepto de pobreza sólo se debe ocupar de los no pobres, y me tomo la
libertad de desechar la alternativa 2) y la “visión” incluida en la
cita, sin más consideraciones. La posibilidad 3) puede, sin embargo,
parecer atractiva por amplia y exenta de restricciones. Sin duda, la
penuria de los pobres afecta el bienestar de los ricos. La verdadera
pregunta es si estas consecuencias se deberían incorporar como tales en
el concepto de pobreza, o figurar como posibles efectos de la pobreza.
No resulta difícil escoger esta última respuesta, ya que en un sentido
obvio la pobreza tiene que ser una característica de los pobres, y no
de los no pobres. Se podría argumentar, por ejemplo, que si se
considera un caso de reducción real del ingreso y un incremento del
sufrimiento de todos los pobres, ello tendrá que describirse como un
aumento de la pobreza, sin importar si este cambio va acompañado por
una reducción de los efectos adversos para los ricos (por ejemplo, si
los ricos se “ofenden” menos ante la vista de la penuria).
Esta concepción de la pobreza, basada en el
punto 1), no implica, por supuesto, negar que el sufrimiento de los
pobres puede depender de la condición de los no pobres. Simplemente
sostiene que el foco del concepto de pobreza tiene que ser el bienestar
de los pobres como tales, sin importar los factores que lo afecten. La
causalidad de la pobreza y los efectos de ella serán, en sí mismos,
objetos importantes de estudio, y la conceptuación de la pobreza
únicamente en términos de las condiciones de los pobres no resta
importancia al estudio de estas cuestiones. En efecto, habrá mucho que
decir sobre ellas más adelante.
Tal vez vale la pena mencionar, en este
contexto, que en algunas discusiones el interés no gira en torno a la
prevalencia de la pobreza en un país, expresada en el sufrimiento de
los pobres, sino en la opulencia relativa de la nación como un todo.[3] En esas discusiones será completamente legítimo preocuparse por
el bienestar de todos los habitantes de un país. Así, la denominación
de una nación como “pobre” se debe relacionar con este concepto más amplio.
Estos son ejercicios distintos y, en la medida en que se reconozca
claramente este hecho, no habrá lugar para la confusión.
Mucho queda por hacer incluso tras identificar
a los pobres y asentar que el concepto de pobreza se relaciona con las
condiciones de los pobres. Está el problema —frecuentemente importante—
de agregación del conjunto de características de los pobres, que
entraña desplazar el interés de la descripción de los pobres hacia
alguna medida global de “la pobreza” como tal. Según algunas corrientes
de pensamiento esto se realiza simplemente contando el número de
pobres; así la pobreza se expresa como la relación entre el número de
pobres y la población total de la comunidad.
Esta “tasa de incidencia” (H) tiene por lo
menos dos serias limitaciones. En primer lugar, no da cuenta de la
magnitud de la brecha de los ingresos de los pobres con respecto a la
línea de pobreza: una reducción de los ingresos de todos los pobres,
sin afectar los ingresos de los ricos, no modificará en absoluto la
tasa de incidencia. En segundo lugar, es insensible a la distribución
del ingreso entre los pobres; en particular, ninguna transferencia de
ingresos de una persona pobre a una más rica puede incrementar esta
tasa. Estos dos efectos de la medida H, la más ampliamente utilizada,
la hacen inaceptable como indicador de pobreza, y la concepción de la
pobreza implícita en ella parece bastante cuestionable.
En esta sección no se abordan los problemas de
medición como tales, ya que se tratan en la siguiente. Empero, detrás
de cada medida hay un concepto analítico y aquí cabe centrar el interés
en las ideas generales relativas a la concepción de la pobreza. Si la
argumentación anterior es correcta, un concepto de pobreza debe incluir
dos ejercicios bien definidos, mas no inconexos: 1) un método para
incluir a un grupo de personas en la categoría de pobres
(“identificación”), y 2) un método para integrar las características
del conjunto de pobres en una imagen global de la pobreza
(“agregación”). Ambos ejercicios se desarrollarán en la sección
siguiente, pero antes será necesario estudiar el tipo de
consideraciones que pueden intervenir en su definición. El resto de
este apartado se ocupa de dichos temas.
Tales consideraciones aparecen muy claramente
en los diferentes enfoques del concepto de pobreza que se encuentran en
la literatura. Algunos han sido objeto de ataques severos
recientemente, mientras que otros no se han examinado con una actitud
crítica suficiente. Al evaluar estos enfoques en las próximas subsecciones,
se tratará de evaluar tanto los enfoques como sus respectivas criticas.
El
enfoque biológico
En su famoso estudio de principios de siglo
sobre la pobreza en York, Seebohm Rowntree definió las familias en
situación de “pobreza primaria como aquellas” cuyos ingresos totales
resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas relacionadas
con el mantenimiento de la simple eficiencia física”. No sorprende que
consideraciones biológicas relacionadas con los requerimientos de la
supervivencia o la eficiencia en el trabajo se hayan utilizado a menudo
para definir la línea de la pobreza, ya que el hambre es, claramente,
el aspecto más notorio de la pobreza.
El enfoque biológico ha sido intensamente
atacado en épocas recientes.[4] Su uso presenta, en efecto, serios problemas.
En primer término, hay variaciones
significativas de acuerdo con los rasgos físicos, las condiciones
climáticas y los hábitos de trabajo. Incluso para un grupo específico
en una región determinada, los requerimientos nutricionales son
difíciles de establecer con precisión. Algunas personas han logrado
sobrevivir con una alimentación increíblemente escasa y parece haber un
incremento acumulativo de la esperanza de vida a medida que los límites
dietéticos ascienden. De hecho, la talla de las personas parece crecer
con la nutrición en un rango muy amplio; los estadounidenses, los
europeos y los japoneses han aumentado tangiblemente su estatura a
medida que han mejorado sus dietas. Es difícil trazar una raya en
alguna parte. Los llamados “requerimientos nutricionales mínimos”
encierran una arbitrariedad intrínseca que va mucho más allá de las
variaciones entre grupos y regiones.
En segundo término, para convertir
requerimientos nutricionales mínimos en requerimientos mínimos de alimentos
es preciso elegir los bienes específicos. Aunque puede ser fácil
resolver el ejercicio de programación del “problema de la dieta” merced
a la elección de una dieta de costo mínimo que cubra unos
requerimientos nutricionales específicos, a partir de productos
alimenticios de determinado precio, no es clara la relevancia de ésta.
Por lo común, la dieta resultante es de un costo exageradamente bajo,[5] pero monótona en grado monumental, y los hábitos alimentarios
de la gente no están determinados en la realidad por tales ejercicios
de minimización de costos. Los ingresos que efectivamente permiten
satisfacer los requerimientos nutricionales dependen, en gran parte, de
los hábitos de consumo de las personas.
En tercer término, resulta difícil definir los
requerimientos mínimos para los rubros no alimentarios. El problema
usualmente se soluciona suponiendo que una porción definida del ingreso
total se gastará en comida. Con este supuesto, los costos mínimos de
alimentación se pueden utilizar para establecer los requerimientos
mínimos de ingresos. Pero la proporción gastada en alimentos no sólo
varía con los hábitos y la cultura, sino también con los precios
relativos y la disponibilidad de bienes y servicios. No es sorprendente
que la experiencia contradiga a menudo a los supuestos. Por ejemplo,
los cálculos de requerimientos de subsistencia de Lord Beveridge
durante la segunda guerra mundial se alejaron mucho de la realidad, en
vista de que los británicos gastaban en comida una porción de su
ingreso muy inferior a la que se había supuesto.[6]
En vista de estos problemas, bien se puede
coincidir con Martín Rein cuando afirma que “casi todos los
procedimientos utilizados en la definición de la pobreza como nivel de
subsistencia se pueden cuestionar razonablemente”[7]. Sin embargo, subsiste la siguiente interrogante: tras
cuestionar cada uno de los procedimientos del enfoque biológico, ¿qué
se puede hacer: ignorar simplemente este enfoque[8]. O ver si algo queda que merezca salvarse? Yo diría que sí queda
algo.
Es cierto que el concepto de requerimientos
nutricionales es muy difuso, pero no hay razón alguna para suponer que
la idea de pobreza deba ser tajante y precisa. De hecho, hay cierta
vaguedad implícita en ambos conceptos y la pregunta realmente interesante
tiene que ver con el grado en que los ámbitos de vaguedad de ambas
nociones, de acuerdo con su interpretación común, tiendan a coincidir.
El problema entonces no es si los estándares nutricionales son vagos,
sino más bien si la vaguedad es del tipo requerido.
A mayor abundamiento, para evaluar si alguien
tiene acceso a un paquete nutricional específico, no hay necesidad de
determinar si la persona tiene ingresos suficientes para adquirir ese
paquete. Basta verificar si la persona cubre, efectivamente, los
requerimientos nutricionales o no. Incluso en los países pobres la
información nutricional directa de este tipo puede obtenerse mediante
muestras estadísticas de paquetes de consumo y analizarse ampliamente.[9] Así, el ejercicio de “identificación” según el enfoque
nutricional no tiene que pasar, en absoluto, por la etapa intermedia
del ingreso.
Incluso cuando se utiliza el ingreso, la
conversión de un conjunto de normas nutricionales mínimas (o de
conjuntos alternativos de dichas normas) en ingresos o líneas de
pobreza se puede simplificar significativamente por el amplio
predominio de patrones particulares de comportamientos de consumo en la
comunidad de que se trate. La similitud de hábitos y comportamientos
reales permitió derivar niveles de ingreso en los cuales las normas
nutricionales serán “típicamente” satisfechas.
Por último, aunque es difícil negar que la
desnutrición sólo capta un aspecto de nuestra idea de la pobreza, se
trata de uno importante, en especial para muchos países en desarrollo.
Parece claro que la desnutrición tiene un
lugar central en la concepción de la pobreza. La forma precisa en que
ese lugar ha de especificarse está aún por estudiarse, pero la
tendencia reciente a descartar todo el enfoque es un ejemplo notable de
refinamiento fuera de lugar.
El
enfoque de la desigualdad
La idea de que el concepto de pobreza es
equiparable al de desigualdad tiene una plausibilidad inmediata. Al fin
y al cabo, las transferencias de los ricos a los pobres pueden tener un
efecto considerable en la pobreza en muchas sociedades. Incluso la
línea de pobreza que se usa para identificar a los pobres ha de
establecerse en relación con estándares contemporáneos en la comunidad
de que se trate. Así, la pobreza podría parecer muy similar a la
desigualdad entre el grupo más pobre y el resto de la comunidad.
Miller y Roby argumentan poderosamente en
favor de la visión de la pobreza en términos de desigualdad, y
concluyen:
Enunciar los problemas de la pobreza en
términos de estratificación supone concebir la primera como un problema
de desigualdad. En este enfoque, nos alejamos de los esfuerzos de medir
las líneas de pobreza con precisión, seudocientífica. En lugar de eso,
consideramos la naturaleza y la magnitud de las diferencias entre el 20
o el 10 por ciento más bajo de la escala social y el resto de ella.
Nuestro interés se centra en cerrar las brechas entre los que están
abajo y los que están mejor en cada dimensión de la estratificación
social.[10]
Es claro que hay mucho que decir en favor de
este enfoque. No obstante, cabe arguir que la desigualdad es
fundamentalmente un problema distinto de la pobreza. Analizarla pobreza
como un “problema de desigualdad”, o viceversa, no le haría justicia a
ninguno de los dos conceptos. Obviamente, la desigualdad y la pobreza
están relacionadas. Pero ninguno de los conceptos subsume al otro. Una
transferencia de ingresos de una persona del grupo superior de ingresos
a una en el rango medio tiene que reducir la desigualdad ceteris paribus; pero puede
dejar la percepción de la pobreza prácticamente intacta. Asimismo, una
disminución generalizada del ingreso que no altere la medida de
desigualdad escogida puede llevar a un brusco aumento del hambre, de la
desnutrición y del sufrimiento evidente; en este caso resultaría
fantástico argüir que la pobreza no ha aumentado. Ignorar información
sobre muertes por inanición y sobre el hambre no equivale en realidad a
abstenerse de una “precisión seudocientífica” sino, más bien, es como
estar ciego frente a parámetros importantes de la comprensión común de
la pobreza. No es posible incluir a ésta en el ámbito de la
desigualdad, ni viceversa.[11]
Otra cosa bien distinga es aceptar que la
desigualdad y la pobreza se relacionan y que otro sistema de
distribución puede erradicar la segunda, incluso sin una expansión de
las capacidades productivas de un país. Reconocer la naturaleza
distintiva de la pobreza como concepto permite tratarla como un tema de
interés por sí mismo. El papel de la desigualdad en la prevalencia de
la pobreza puede entonces considerarse en el análisis de ésta, sin
equiparar los dos conceptos.
Privación
relativa.
El concepto de “privación relativa” se ha
utilizado con buen fruto para analizar la pobreza,[12] sobre todo en la literatura sociológica. Ser pobre tiene mucho
que ver con tener privaciones y es natural que, para un animal social,
el concepto de privación sea relativo. Sin embargo, en el término
“privación relativa” están contenidas, al parecer, nociones distintivas
y diversas.
Una distinción tiene que ver con el contraste
entre “sentimientos de privación” y “condiciones de privación”. Peter
Townsend ha sostenido que “la última sería una mejor acepción”.[13] Hay mucho que decir a favor de un conjunto de criterios basados
en condiciones concretas, que permitieran usar el término “privación
relativa” en un “sentido objetivo para describir situaciones en las
cuales las personas poseen cierto atributo deseable, menos que otras,
sea ingreso, buenas condiciones de empleo o poder”.[14]
Por otra parte, la elección de las
“condiciones de privación” no puede ser independiente de los
“sentimientos de privación”. Los bienes materiales no se pueden
evaluar, en este contexto, sin una referencia a la visión que la gente
tiene de ellos; incluso si los “sentimientos” no se incorporan de
manera explícita deben desempeñar un papel implícito en la selección de
los atributos. Townsend ha insistido, con acierto, en la importancia de
“definir el estilo de vida generalmente compartido o aprobado en dada sociedad
y evaluar si (...) hay un punto en la escala de la distribución de
recursos por debajo del cual las familias encuentran dificultades
crecientes (...) para compartir las costumbres, actividades y dietas
que conforman ese estilo de vida“.[15] Sin embargo, para definir el estilo y el nivel de vida, cuya
imposibilidad de compartir se considera importante, hay que tener
también en cuenta los sentimientos de privación. No es fácil disociar
las “condiciones“ de los
“sentimientos“ y, un
diagnóstico objetivo de las primeras requiere una comprensión adecuada
de los segundos.
Una segunda distinción tiene que ver con
cuáles “grupos de referencia“ se escogen para fines comparativos. De
nuevo, hay que considerar aquellos con los que las personas se comparan
realmente, lo cual puede constituir uno de los aspectos más difíciles
al estudiar la pobreza conforme al criterio de la privación relativa.
El marco de la comparación no es independiente, desde luego, de la
actividad política en la comunidad estudiada,[16] ya que el sentimiento de privación de una persona está
íntimamente ligado a sus expectativas, a su percepción de lo que es
justo y a su noción de quién tiene derecho a disfrutar qué.
Estos diferentes aspectos relacionados con la
idea general de la privación relativa influyen de modo considerable en
el análisis social de la pobreza. Sin embargo, vale la pena señalar que
tal enfoque
—incluyendo todas sus variantes— no puede ser, en realidad, la única
base del concepto de pobreza. Una hambruna, por ejemplo, se considerará
de inmediato como un caso de pobreza aguda, sin importar cuál sea el
patrón relativo dentro de la sociedad. Ciertamente, existe un núcleo
irreductible de privación absoluta en nuestra idea de la pobreza, que
traduce los informes sobre el hambre, la desnutrición y el sufrimiento
visibles en un diagnóstico de pobreza sin necesidad de conocer antes la
situación relativa. Por tanto, el enfoque de la privación relativa es
complementario, y no sustitutivo, del análisis de la pobreza en
términos de desposesión absoluta.
¿Un
juicio de valor?
En tiempos recientes, muchos autores han
expuesto de modo convincente la concepción de que “la pobreza es un
juicio de valor“: concebir como algo que se desaprueba y cuya
eliminación resulta moralmente buena parece natural. Más aún, Mollie
Orshansky, prominente autoridad en la materia, ha dicho que “la
pobreza, como la belleza, está en el ojo de quien la percibe”.[17] El ejercicio parecería ser, entonces, fundamentalmente
subjetivo: desplegar las normas morales propias sobre las estadísticas
de privación.
Me gustaría argumentar en contra de este
enfoque. Es importante distinguir las distintas maneras en que la moral
se puede incorporar en el ejercicio de medición de la pobreza. No es lo
mismo afirmar que el ejercicio es prescriptivo de por sí que decir que
debe tomar nota de las prescripciones hechas por los miembros de la
comunidad. Describir una prescripción prevaleciente constituye un acto
de descripción, no de prescripción. Ciertamente, puede ser, como ha
dicho Eric Hobsbawm, que la pobreza “se defina siempre de acuerdo con
las convenciones de la sociedad donde ella se presente”.[18] Pero esto no convierte al ejercicio de medirla en una sociedad
dada en un juicio de valor, ni en un ejercicio subjetivo de algún tipo.
Para la persona que estudia y mide la pobreza, las convenciones
sociales son hechos ciertos (¿cuáles son los estándares
contemporáneos?), y no asuntos de moral o de búsqueda subjetiva
(¿cuáles deberían ser los estándares contemporáneos?, ¿cuáles deberían
ser mis valores?, ¿qué siento yo respecto de todo esto?[19]
Hace más de doscientos años, Adam Smith expuso
el punto con gran claridad:
Por mercancías necesarias entiendo no sólo las
indispensables para el sustento de la vida, sino todas aquellas cuya
carencia es, según las costumbres de un país, algo indecoroso entre las
personas de buena reputación, aun entre las de clase inferior. En
rigor, una camisa de lino no es necesaria para vivir. Los griegos y los
romanos vivieron de una manera muy confortable a pesar de que no
conocieron el lino. Pero en nuestros días, en la mayor parte de Europa,
un honrado jornalero se avergonzaría si tuviera que presentarse en
público sin una camisa de lino. Su falta denotaría ese deshonroso grado
de pobreza al que se presume que nadie podría caer sino a causa de una
conducta en extremo disipada. La costumbre ha convertido, del mismo
modo, el uso de zapatos de cuero en Inglaterra en algo necesario para
la vida, hasta el extremo de que ninguna persona de uno u otro sexo
osaría aparecer en público sin ellos.[20]
En el mismo espíritu, Karl Marx sostenía que
si bien es cierto que “hay un elemento histórico y moral” en el
concepto de la subsistencia, “aún así, en un país determinado y en un
período determinado, está dado el monto promedio de los medios de
subsistencia necesarios”.[21]
Es posible que Smith y Marx hayan sobrestimado
el grado de uniformidad de opiniones en una comunidad en torno al
contenido de la “subsistencia” o “la pobreza”. Acaso la descripción de
“necesidades” diste mucho de ser ambigua. Pero la ambigüedad de una
descripción no la convierte en un acto descriptivo —sino sólo en uno de
descripción ambigua—. Uno puede verse forzado a ser arbitrario para
eliminar la ambigüedad, y en ese caso vale la pena registrar dicha
arbitrariedad. Igualmente, es posible que haya que usar más de un
criterio en vista de la falta de uniformidad en los estándares
aceptados, y considerar la ordenación parcial generada por los
distintos criterios considerados en conjunto (que refleja una
“dominancia” en términos de todos los criterios).[22] Sin embargo, dicha ordenación aún reflejaría una afirmación
descriptiva más que una prescriptiva. Ciertamente, sería como decir:
“Nureyev puede o no ser mejor bailarín que Nijinski, pero baila mejor
que este autor, según los estándares contemporáneos”, una afirmación
descriptiva (y por desgracia incontrovertible).
¿Una
definición de política?
Hay un problema relacionado que vale la pena explorar
en este contexto. La medida de la pobreza se puede basar en ciertos
estándares, pero ¿qué clase de postulados resultan de ellos? ¿Se trata
de estándares de las políticas públicas se expresan los objetivos que
se persiguen, o de opiniones sobre lo que las políticas deberían ser?
Sin duda, los estándares deben tener mucho que ver con algunas nociones
amplias de aceptabilidad, pero ello no equivale a reflejar objetivos
precisos de las políticas vigentes o recomendadas. En esta materia
también parece existir cierta confusión. Por ejemplo, la Comisión
Presidencial para el Mantenimiento del Ingreso (Income Maintenance) de
Estados Unidos se manifestó en su conocido informe en favor de una
“definición de política” de esta naturaleza.
Si la sociedad piensa que no se debe permitir
que las personas mueran de hambre o de frío, entonces definirá la
pobreza como la falta de comida y techo necesarios para conservar la
vida. Si la sociedad siente que tiene alguna responsabilidad de brindar
a todas las personas una medida establecida de bienestar que vaya más
allá de la simple supervivencia, por ejemplo, buena salud, entonces
deberá añadir a la lista de cosas necesarias los recursos para prevenir
o curar la enfermedad. En cualquier momento, una definición de política
refleja un equilibrio entre las posibilidades y los deseos de una
comunidad. En sociedades donde los ingresos son bajos, la comunidad
difícilmente puede comprometerse más allá de la supervivencia física.
Otras sociedades, más capaces de apoyar a sus ciudadanos dependientes,
empiezan a considerar los efectos que el pauperismo tendrá, tanto sobre
los pobres como los que no lo son.[23]
Hay por lo menos dos dificultades en esta
“definición de política”. En primer lugar, depende en la práctica de
varios factores que van más allá de la noción prevalecientes sobre lo
que debe hacerse. Las políticas públicas son una función de la
organización política y dependen de diversos factores que incluyen la
naturaleza del Gobierno, las fuentes de su poder y la fuerza desplegada
por otras organizaciones. De hecho, en las políticas públicas puestas
en práctica en muchos países es difícil detectar una preocupación
evidente por eliminar la privación. Si se interpreta en términos de la
política pública efectiva, la “definición de política” puede omitir los
asuntos políticos involucrados en la toma de decisiones.
En segundo lugar, hay problemas incluso si por
“políticas” se entiende no la política pública actual, sino las
recomendaciones ampliamente sostenidas por la sociedad. Es clara la
diferencia entre la noción de “privación” y la idea de lo que debería
eliminarse mediante la “política”. Ello es así por que las
recomendaciones sobre política dependen de una evaluación de
factibilidades (“debe —implica— puede”),[24] pero aceptar que algunas privaciones no se puedan eliminar de
inmediato no equivale a conceder que no se deban considerar como
privaciones. (Contraste: “Mire, anciano, usted no es pobre aunque esté
padeciendo hambre ya que en las circunstancias actuales es imposible
mantener el ingreso de todos por encima del nivel requerido para
eliminar el hambre”). La idea de Adam Smith acerca de la subsistencia,
basada no sólo en “ las mercancías indispensables para el sostenimiento
de la vida “sino también en aquellas” cuya carencia es, según las
costumbres de un país, algo “indecoroso”, de ninguna manera es idéntica
a lo que comúnmente se acepta que puede y debe suministrarse a todos
mediante la política pública. Si en un país súbitamente empobrecido por
una guerra, por ejemplo, se acepta en forma generalizada que el
programa de mantenimiento de los ingresos debe recortarse, sería
correcto afirmar que en ese país no ha aumentado la pobreza, en vista
de que la disminución de los ingresos ha sido igualada por una
reducción de la línea oficial de pobreza?
Yo sostendría que la “definición política” se
basa en una confusión fundamental. Es cierto que el desarrollo
económico entraña cambios en lo que se considera como privación y
pobreza, y que también se modifican las ideas sobre lo que debe hacerse
al respecto. Pero aunque estos dos tipos de cambios son
interdependientes y están temporalmente correlacionados, ninguno se
puede definir a cabalidad en función del otro. Kuwait, país rico en
petróleo, “quizá esté más capacitado para apoyar sus ciudadanos
dependientes” con su nueva prosperidad, pero la noción de la pobreza
puede no subir de inmediato al nivel correspondiente. Asimismo, los
Países Bajos, devastados por la guerra, pueden mantener sus estándares
de lo que consideran como pobreza sin bajarlos a un nivel proporcional
a sus padecimientos.[25]
Si se acepta este enfoque, entonces la
medición de la pobreza ha de considerar como un ejercicio descriptivo,
que evalúa las penurias de las personas en términos de los estándares
prevalecientes de necesidades. Es un ejercicio empírico y no ético, en
el cual los hechos se relacionan con lo que se considera como privación
y no directamente con las políticas recomendadas. La privación referida
tanto aspectos relativos como absolutos, como se ha argumentado en este
trabajo.
Estándares
y agregación
Todavía quedan dos cuestiones por abordar. En
primer lugar, al comparar la pobreza en dos sociedades, cómo puede
hallarse un estándar común de necesidades, si tales estándares varían
de una sociedad a otra? Hay en realidad dos tipos distintos de
ejercicios para esta clase de comparación de los alcances de la
privación en cada comunidad en relación con sus estándares respectivos
de necesidades mínimas. El otro se ocupa de comparar las dificultades
de las dos comunidades en términos de un estándar mínimo dado: por
ejemplo, el que predomina en una de ellas. En realidad no hay nada
contradictorio en las afirmaciones siguientes:
1) Hay menos privación en la comunidad A que
en la B en términos de algún estándar común: por ejemplo, las nociones
de necesidades mínimas prevalecientes en la comunidad A.
2) Hay más privación en la comunidad A que en
la B en términos de sus respectivos estándares de necesidades mínimas,
los cuales son muy superiores en A. [26]
No tiene mucho sentido discutir cuál de las
dos afirmaciones es la correcta, ya que claramente ambas son de
interés. Lo importante es anotar que las dos son muy distintas.
En segundo lugar, mientras el ejercicio de “identificar”
a los obres se puede basar en un nivel de necesidades mínimas, el de
“agregación” requiere de algún método que combine las privaciones de
distintas personas en un indicador global. En este segundo ejercicio se
requiere algún tipo de escala relativa de las privaciones. La
arbitrariedad es aquí mucho mayor, ya que las convenciones sobre esto
están menos firmemente establecidas y las restricciones sobre lo
aceptable tienden a dejar un gran margen. El problema se puede comparar
con el criterio utilizado para hacer postulados descriptivos agregados
en campos como el de los logros deportivos de distintos grupos.
Mientras es claro que ciertas circunstancias permitirían postulados
agregados del tipo “los habitantes de Africa son mejores en las carreras
de atletismo que los de la India” (por ejemplo, la circunstancia de que
los primeros derrotan siempre a los segundos en prácticamente todas las
competencias atléticas), otras circunstancias podrían obligarnos a
negar este postulado y habría casos intermedios en los cuales
cualesquiera de las dos opciones (afirmar o negar el postulado) serían
claramente controvertibles.
En este contexto de arbitrariedad de la
“descripción agregada” resulta particularmente tentador redefinir el
problema como un ejercicio “ético”, tal como se ha hecho al medir la
desigualdad económica.[27] Pero los ejercicios éticos involucran ambigüedades exactamente
iguales. Más aún, acaban respondiendo a una pregunta distinta de la
interrogante descriptiva originalmente formulada.[28] Casi no queda más que aceptar el elemento de arbitrariedad
presente en la descripción de la pobreza y hacerlo tan transparente
como sea posible. Puesto que la noción de pobreza de un país presenta
ambigüedades inherentes, no habría por qué esperar otra cosa.
Observaciones
finales
La pobreza es, por supuesto, un asunto de
privación. El reciente cambio de enfoque —especialmente en la
literatura sociológica— de la privación absoluta a la relativa ofrece
un provechoso marco de análisis. Pero la privación relativa resulta
esencialmente incompleta como concepción de la pobreza y complementa
(aunque no sustituye) la perspectiva anterior de la desposesión
absoluta. El tan criticado enfoque biológico, que requiere una
reformulación sustancial, mas no el rechazo se relaciona con este
núcleo irreducible de privación absoluta, manteniendo los problemas de
la muerte por inanición y el hambre en el centro del concepto de
pobreza.
La visión frecuentemente recomendadas, de la
pobreza como un problema de desigualdad, no hace justicia a ninguno de
los dos conceptos. La pobreza y la desigualdad se relacionan
estrechamente pero son conceptos que se diferencian con claridad y
ninguno se subsume en el otro.
Hay buenas razones para concebir la medición
de la pobreza no como un ejercicio ético, como se postula con
frecuencia, sino como uno descriptivo. Más aún, es posible afirmar que
la “definición de política” de la pobreza, que tanto se utiliza, está
equivocada en lo fundamental. Describir las dificultades y
padecimientos de los pobres en términos de los estándares predominantes
de “necesidades” involucra, por supuesto, las ambigüedades inherentes
al concepto de pobreza; pero una descripción ambigua no es lo mismo que
una prescripción.[29] En cambio, la ineludible arbitrariedad que resulta de elegir
entre procedimientos permisibles y entre posibles interpretaciones de
los estándares prevalecientes, requiere tomarla en cuenta y darle un
tratamiento apropiado.
Identificación
y Agregación
Bienes
y características
En la sección anterior se argumentó que medir
la pobreza se puede dividir en dos operaciones distintas, a saber, la
identificación de los pobres la agregación de las características de su
pobreza en una medida global. La identificación precede obviamente a la
agregación. El camino más común hacia la identificación consiste en
definir un conjunto de necesidades “básicas” o “mínimas”,[30] y considerar la incapacidad de satisfacer estas necesidades
como prueba de pobreza. En la sección anterior se sostuvo que las
consideraciones de la privación relativa son pertinentes para definir
las necesidades “básicas”, pero los intentos de hacer de la carencia
relativa el único fundamento de esta definición están condenados a
fracasar, ya que hay un núcleo irreductible de privación absoluta en el
concepto de pobreza. Dentro de la perspectiva general presentada en la
última sección, en ésta se abordarán asuntos detallados —y más
técnicos— antes de pasar de la identificación a la agregación.
Las necesidades básicas involucradas en la
identificación de la pobreza, se especifican mejor en términos de
bienes y servicios, o en términos de “características”?. El trigo, el
arroz, las papas, etc., son bienes, mientras que las calorías,
proteínas, vitaminas, etc., son características de estos bienes que
busca el consumidor.[31] Si cada característica se pudiera obtener de un bien único y de
ningún otro, entonces sería fácil convertir las necesidades de
características en necesidades de bienes. Pero con frecuencia no sucede
así, de modo que los requerimientos en términos de características no
especifican los requerimientos de bienes. Mientras que las calorías son
necesarias para la supervivencia, ni el trigo ni el arroz lo son.
Las necesidades de características preceden,
de manera obvia, a las de bienes, y convertir las primeras en las
segunda sólo resulta posible en circunstancias especiales. La
multiplicidad de fuentes no es, sin embargo, uniforme. Muchos bienes
proveen calorías o proteínas; muy pocos brindan techo. El alfabetismo
proviene casi por completo de la escuela primaria, aunque existen, en
principio, otras fuentes. En muchos casos resulta entonces posible
pasar de los requerimientos de características a los de bienes —en su
acepción amplia— con poca ambigüedad. Por esta razón, las necesidades
“básicas” o “mínimas” se definen, con frecuencia, como un vector
híbrido —por ejemplo, montos de calorías, proteínas, vivienda,
escuelas, camas de hospital— en el cual algunos de los componentes son
características puras mientras otros son abiertamente bienes. Aunque
esta mezcla desconcierta a los puristas, resulta bastantes económica y
es típicamente inofensiva.
Un caso intermedio interesante surge cuando
cierta característica se puede obtener de varios bienes diferentes,
pero los gustos de la comunidad reducen su fuente de obtención a uno
solo. Por ejemplo, una comunidad puede estar “casada” con el arroz y no
considerar aceptables otras fuentes de calorías (o carbohidratos). Una
manera forma de resolver este problema es definir la característica “calorías
del arroz” como lo que busca el consumidor, de tal manera que sea dicho
alimento y sólo él el que pueda satisfacer la definición. Esto es
analíticamente adecuado pero un poco subrepticio. También hay otras
maneras de manejar el problema: suponer, por ejemplo, que el grupo
busca las calorías como tales, pero considera el arroz como la única
fuente factible. Aunque estas distinciones quizá no tengan mucha
importancia práctica inmediata, de ellas se pueden desprender enfoques
diferentes de política en relación con las variaciones en los gustos.
El papel del conocimiento en la modificación
de las ideas sobre dietas factibles puede ser, en efecto, parte
importante de la planeación nutricional. Dicho conocimiento incluye
tanto información nutricional como la experiencia sobre el sabor de las
cosas (una vez superada la barrera que manifiesta el viejo anuncio de
Guinness: “Nunca la he probado porque no me gusta”).
Los hábitos dietéticos de una población no son
inmutables, pero sí tienen un enorme arraigo. Al efectuar comparaciones
intercomunitarias de pobreza, el contraste entre identificar
necesidades en términos de características y hacerlo en términos de
bienes puede resultar significativo. Por ejemplo, la determinación de
los niveles de la vida rural en distintos estados de la India cambia
considerablemente cuando la base de la comparación se desplaza de la
obtención de bienes al acceso de características, como calorías y
proteínas.[32] En última instancia, las características proporcionan el
fundamento más relevante para definir las necesidades básicas, pero
debido a la relativa inflexibilidad de los gustos, convertirlas en
dietas de costo mínimo se vuelve una función no sólo de los precios
sino también de los hábitos de consumo.[33] Este aspecto se debe considerar explícitamente en el ejercicio
de identificación, lo que se examina en el siguiente apartado.
El
método directo frente al método del ingreso.
Para identificar a los pobres, dado un
conjunto de “necesidades básicas” es posible utilizar por lo menos dos
métodos.[34] Uno consiste simplemente en determinar el conjunto de personas
cuya canasta de consumo actual deja insatisfecha alguna necesidad
básica. A éste se le puede llamar el “método directo” y no involucra
ninguna idea de ingreso, ni siquiera el nivel correspondiente a la
línea de la pobreza. En contraste, en el que puede llamarse el “método
del ingreso”, el primer paso consiste en calcular el ingreso mínimo, o
la línea de pobreza (LP), en el cual todas las necesidades mínimas
especificadas se satisfacen. El siguiente paso es identificar aquellos
cuyo ingreso actual está por debajo de dicha línea de pobreza.
En un sentido obvio, el método directo resulta
superior al del ingreso, ya que el primero no se basa en supuestos particulares
sobre el comportamiento del consumo que pueden ser correctos o
equivocados. En efecto, podría arguirse que sólo cuando se carece de
información directa sobre la satisfacción de necesidades específicas se
justificaría introducir la intermediación del ingreso de tal manera que
el método basado en éste sería, en el mejor de los casos, una segunda
opción.
Hay mucho que decir en favor de este punto de
vista y el método del ingreso se puede considerar en efecto como una
manera de aproximarse a los resultados del procedimiento directo. Sin
embargo, no se agotan aquí las diferencias de los dos métodos. El del
ingreso se puede concebir como una forma de considerar las
idiosincrasias individuales, sin contravenir la idea de pobreza basada
en la privación. El asceta que ayuna sobre su costosa cama de clavos se
registrará como pobre conforme al método directo, pero el del ingreso
aportará un juicio distinto al tomar nota de su nivel de ingreso, en el
cual la mayoría de las personas de su comunidad no tendrían problemas
en satisfacer sus requerimientos nutricionales básicos. El ingreso de
una persona se puede ver no sólo como un instrumento burdo para
predecir su consumo actual, sino como un indicador de su capacidad,
para satisfacer sus necesidades mínimas independientemente de que, en
los hechos, decida hacerlo o no.[35]
Hay aquí un límite difícil de trazar. Si sólo
hubiera de considerarse la capacidad de satisfacer necesidades mínimas
sin preocuparse por los gustos, entonces, por supuesto, se podría
plantear un problema de programación que minimizara los costos y luego
se verificará si en ingreso de alguien cae por debajo de esa solución
de costo mínimo. Dichas dietas de mínimo costo resultan típicamente muy
baratas pero son en exceso monótonas y con frecuencia se consideran
inaceptables. (En el trabajo pionero de Indira Rajaraman sobre la
pobreza en el Punjab, en una vuelta inicial de optimización, los
inocentes habitantes de esa región fueron sometidos a un diluvio de la
dieta bengalí) Los factores de gusto se pueden introducir como
restricciones (como lo hizo Rajaraman, y como lo hacen otros), pero es
difícil establecer el nivel de presencia y el grado de severidad de
tales restricciones. En casos extremos, éstas determinan totalmente el
patrón de consumo.
Existe, en mi opinión, una diferencia de
principio entre las restricciones de gustos aplicables en forma amplia
a toda la comunidad, y aquellas que reflejan idiosincrasias
individuales. Si el ingreso de la línea de pobreza se puede derivar de
normas de comportamiento típicas de una sociedad, entonces una persona
con un ingreso más alto que decida ayunar sobre una cama de clavos
puede ser declarada, con algún grado de legitimidad, como no pobre. El
método del ingreso tiene, por tanto, cierto mérito propio, aparte de su
papel como vía para aproximarse al resultado que se hubiera obtenido
mediante el método directo, si toda la información sobre el consumo
hubiera estado disponible.
Los dos procedimientos no constituyen, en
realidad, formas alternativas de medir la misma cosa, sino que
representan dos concepciones distintas de la pobreza. El método directo
identificar a aquellos cuyo consumo real no satisface las convenciones
aceptadas sobre necesidades mínimas, mientras que el otro trata de
detectar a aquellos que no tienen la capacidad para satisfacerlas,
dentro de las restricciones de comportamiento típicas de su comunidad.
Ambos conceptos tienen algún interés propio en las tares de diagnóstico
de la pobreza en una comunidad, y aunque el segundo es un poco más
mediato ya que depende de la existencia de algún patrón típico de
comportamiento comunitario, es también un poco más refinado al
trascender las elecciones observadas y llegar a la noción de capacidad.
Una persona pobre, según este enfoque, es aquella cuyo ingreso no basta
para cubrir las necesidades mínimas, definidas de conformidad con el
patrón convencional de comportamiento.[36]
El método del ingreso tiene la ventaja de que
brinda una escala de distancias numéricas respecto a la “línea de
pobreza”, en términos de las brechas de ingreso. Eso no lo proporciona
el “método directo”, que tiene que conformarse con señalar la brecha en
cada tipo de necesidad. Por otro lado, el método del ingreso es más
restrictivo, en términos de las condiciones que se requieren para la
“identificación”. En primer lugar, si los patrones de comportamiento de
consumo no son uniformes no habrá nivel alguno de ingreso específico en
el cual el consumidor “típico” cubra sus necesidades mínimas. En
segundo lugar, si los precios son distintos para diversos grupos de
personas, por ejemplo entre clases sociales, estratos de ingreso o
localidades, entonces habrá una línea de pobreza específica para cada
grupo, incluso cuando se consideren normas y hábitos uniformes de
consumo.[37]
Estas son dificultades reales y no se pueden
ignorar. Parece razonablemente cierto que el supuesto de una línea de
pobreza uniforme para una sociedad determinada distorsiona la realidad.
Lo que resulta mucho menos claro, sin embargo, es el grado de esta
distorsión y su gravedad para los propósitos a los que se destinan las
mediciones de pobreza.
Tamaño
familiar y adultos equivalentes.
Otra dificultad surge de que la familia y no
el individuo sea la unidad natural de consumo. el cálculo del ingreso
suficiente para cubrir las necesidades mínimas de familias de distintos
tamaños requiere algún método de correspondencia entre el ingreso
familiar y el individual. Aunque el método más simple es dividir el
ingreso familiar entre el número de integrantes, este procedimiento
pasa por alto las economías de escala que operan para muchos rubros de
consumo, así como que las necesidades de los niños pueden diferir
significativamente en la de los adultos. Para resolver estas
cuestiones, la práctica común, tanto para estimar la pobreza como para
las actividades de la seguridad social, es convertir a cada familia en
cierto número de “adultos equivalentes” por medio de algún tipo de
“escala”, o bien convertir las familias en “hogares equivalentes”.[38]
Suele haber mucha arbitrariedad en una
conversión de este tipo. Mucho depende de los exactos patrones de
consumo de las personas involucradas, los cuáles varían de una familia
a otra y de acuerdo con la composición etárea (por edades). En efecto,
tanto las necesidades mínimas de los niños, como las variaciones en el
comportamiento de consumo entre familias, de acuerdo con las
diferencias en el número y en las edades de los niños, constituyen
campos complejos para la investigación empírica. La mala distribución
en el seno de la familia es también otro problema qué requiere más
atención de la que ha recibido.
Hay distintas bases para derivar una
equivalencia adecuada de las necesidades.[39] Una consiste en tomar los requerimientos nutricionales para
cada grupo de edad por separado y después considerar los cocientes de
sus costos, dados los patrones de consumo vigentes. La aceptabilidad de
este enfoque depende no sólo de la validez de los estándares
nutricionales utilizados, sino también del supuesto de que la familia
tiene el mismo interés en satisfacer los requerimientos nutricionales
de los miembros de diferentes grupos de edades.[40] También ignora las economías de escala en el consumo, que
parecen existir incluso en rubros como los alimentos.
Un segundo enfoque consiste en examinar las
percepciones de las personas sobre la cuestión de la equivalencia, es
decir cuánto ingreso adicional se requiere, en su opinión, para que una
familia más grande tenga un nivel de bienestar igual al de una más
pequeña. Los estudios empíricos sobre estas “percepciones” han mostrado
una regularidad y una consistencia considerable.[41]
Un tercer camino es examinar el consumo real
de familias de distintos tamaños y tratar algún aspecto de este
comportamiento como indicador de bienestar. Por ejemplo, la fracción
gastada en alimentos se ha interpretado como un indicador de pobreza:
se considera que dos familias de distintos tamaños tienen ingreso
“equivalente” cuando gastan la misma proporción de sus ingresos en
alimentación.[42]
Con independencia de cómo se construyan estas
escalas de equivalencia, queda pendiente la cuestión de ponderar
familias de distinto tamaño. Se pueden considerar tres maneras: 1) dar
el mismo peso a cada hogar, sin importar su tamaño; 2) dar el mismo
peso a cada persona, sin importar el tamaño de la familia a la que
pertenece, y 3) dar un peso a cada familia de acuerdo con el número de
adultos equivalentes que haya en ella.
El primer método es claramente
insatisfactorio, ya que la pobreza y el sufrimiento de una familia
grande es, en un sentido obvio, mayor que el de una familia pequeña,
cuando ambas tienen un nivel de pobreza considerado equivalente. La
tercera forma podría parecer un buen compromiso, pero se basa en una
confusión. La escala de “adultos equivalentes” proporciona factores de
conversión para detectar qué tan bien se encuentran los miembros de una
familia, pero en última instancia interesa el sufrimiento de todos los
miembros de la familia y no el de un número equivalente hipotético. Si
dos personas pueden vivir tan barato como una persona y media, y tres
tan barato como dos, estos hechos se deben incluir en la comparación
del bienestar relativo de familias de dos y tres miembros. Sin embargo,
no hay razón para que el sufrimiento de dos familias de tres miembros
se valore en menos que el de tres familias de dos miembros, en el mismo
nivel de “malestar”. Existen, pues, buenos argumentos a favor del
segundo procedimiento, después de haber precisado el nivel de bienestar
o de pobreza de cada persona, mediante escalas de equivalencia que
consideren el tamaño y la composición de las familias a las que
pertenecen.
Brechas
de pobreza y privación relativa.
El déficit de ingresos de una persona cuyas
percepciones están por debajo de la línea de pobreza se puede llamar su
“brecha del ingreso” En la valoración agregada de la pobreza han de
considerarse estas brechas de ingreso. Pero, ¿es acaso importante que
el déficit de una persona sea o no inusitadamente grande en comparación
con el de otra? Parece razonable argumentar que la pobreza de una
persona no puede ser independiente de qué tan pobres son los demás.[43] Incluso si tiene exactamente el mismo déficit absoluto, una
persona puede ser “más pobre” cuando los otros tienen déficit más
pequeños que los suyos que cuando su déficit es menor que el de los
demás. Cuantificar la pobreza exigiría, entonces, una conjunción de
consideraciones de privación absoluta y relativa, incluso después de
haber definido un conjunto de necesidades mínimas y de haber fijado una
línea de pobreza.
La privación relativa también se puede
considerar en el contexto de una posible transferencia de una unidad de
ingresos de una persona pobre —llámese 1—a otra —denominada 2—, que es
más rica pero se encuentra también por debajo de la línea de pobreza y
permanece en esa situación incluso después de la transferencia. Dicha
transferencia incrementará el déficit absoluto de la primera
exactamente en la misma cantidad en que reducirá el de la segunda.
¿Podría argüirse, entonces, que la pobreza global permanece intacta? Es
posible responder negativamente esta pregunta, por supuesto,
recurriendo a alguna noción de utilidad marginal decreciente del
ingreso. De esta suerte pudiera sostenerse que la pérdida de utilidad
de la primera persona es mayor que la ganancia de utilidad de la
segunda. Sin embargo, comparar utilidades cardinales entre distintas
personas requiere de una estructura informativa muy compleja, que
presenta dificultades bien conocidas. A falta de comparaciones
cardinales de pérdidas y ganancias de utilidades marginales, ¿resulta
acaso imposible sostener que la pobreza global de la comunidad ha
aumentado? Yo diría que no.
La persona 1 tiene relativamente más carencias
que las persona 2 ( y puede haber otras entre ambas que tengan más
carencias que la 2, pero menos que la 1). Cuando una unidad de ingreso
se transfiere de 1 a 2, se incrementa el déficit absoluto de una
persona más carente y se reduce el de una persona menos carente, de tal
manera que, en sentido directo, la privación relativa global se
incrementa.[44]
Este es el caso independientemente de que la
privación absoluta se mida en términos de déficit de ingreso o —tomando
la utilidad, como una función creciente del ingreso— de déficit de
utilidades respecto de la línea de pobreza. No es necesario, entonces,
implantar una escala cardinal de bienestar comparable entre personas
para firmar que la transferencia especificada incrementará la magnitud
de la privación relativa.
Al realizar la “agregación” es posible que se
requiera complementar las magnitudes de privación absoluta mediante
consideraciones de privación relativa. Antes de estudiar este punto,
será útil revisar las medidas usuales de pobreza consignadas en la
literatura y examinar sus limitaciones.
Crítica
de las Medidas Estándar.
La medida más común de la pobreza global, como
se dijo, es la tasa de incidencia (H) definida como la proporción de la
población total a la que se identifica como pobre, porque, por ejemplo,
cae bajo la línea de pobreza especificada. Si q es el número de
personas identificadas como pobres y n el número total de personas en
la comunidad, entonces H=q/n. Este índice se ha utilizado mucho
—explícita o implícitamente— desde que empezó el estudio cuantitativo y
la medición del la pobreza.[45] Todavía parece ser el apoyo fundamental de las estadísticas
sobre ésta que sirven de base a los programas para combatirla[46] y recientemente se ha empleado mucho en comparaciones
intertemporales e internacionales.[47]
Otra medida a la que se ha recurrido bastante
es la llamada “brecha de la pobreza”, que es el déficit agregado al
ingreso de todos los pobres con respecto a la línea de pobreza
especificada.[48] El índice se puede estandarizar expresándolo como el déficit
porcentual del ingreso medio de los pobres con respecto a la línea de
pobreza. Esta medida, 1, será llamada “la brecha estandarizada del
ingreso”.
La brecha I es completamente insensible a las
transferencias de ingreso entre los pobres, siempre y cuando nadie
cruce la línea de pobreza gracias a dichas transferencias. Tampoco
presta atención alguna al número o la proporción de personas pobres por
debajo de la línea de pobreza. Sólo se concentra en el déficit
agregado, sin importar cómo se distribuya ni entre cuántas personas.
Estas son limitaciones graves.[49]
La “tasa de incidencia” H no es, por supuesto,
insensible al número de personas por debajo de la línea de pobreza; de
hecho, en una sociedad dada, ésta es la única variable a la que es
sensible. Pero H no presta atención alguna a la magnitud del déficit de
ingresos de quienes están debajo de la línea de pobreza. No importa, en
lo más mínimo, si una persona está precisamente por debajo de la línea,
o muy lejos de ella, padeciendo hambre y miseria extremas.
Más aún, una transferencia de ingreso de una
persona pobre a otra más rica no puede incrementarse nunca la medida de
pobreza H, lo que es sin duda un rasgo perverso. La persona pobre que
realiza la transferencia está siempre incluida en H antes y después de
ella, y ninguna reducción de su ingreso la hará contar más de lo que ya
cuenta. Por otra parte, quien recibe la transferencia no puede moverse
por debajo de la línea de pobreza como consecuencia de ello. O bien era
rico y lo sigue siendo, o era pobre y así permanece; en ambos casos la
medida H queda intacta. O bien estaba por debajo de la línea pero la
transferencia lo sitúa encima de ella, lo cual hace la medida H Caiga
en vez de subir. Así, una transferencia de una persona pobre a una más
rica nunca incrementa la pobreza que H representa.
Existen, pues, buenas razones para rechazar
las medidas estándar de pobreza, con base en las cuales se han
desarrollado, tradicionalmente, los más de los debates y análisis sobre
el tema. La tasa de incidencia, en particular, ha suscitado un apoyo
implícito tal, que resulta sorprendente. Considérese la famosa
afirmación de Bowley. “No hay, quizá, una mejor prueba del progreso de
una nación que aquella que muestra la proporción que está en la
pobreza”.[50] El espíritu de esta afirmación es aceptable, pero no la
gratuita identificación de la pobreza con la tasa de incidencia H.
¿Se pueden combinar estas medidas de pobreza?
En la tasa de incidencia H se ignora la magnitud de los déficit de
ingreso, mientras que en la brecha estandarizada del ingreso 1 se
ignora el número de personas involucradas. ¿Por qué no combinarlas?
Lamentablemente, esto tampoco es adecuado. Si una unidad de ingreso se
transfiere de una persona por debajo de la línea de pobreza a alguien
más rico pero que todavía está (y permanece) por debajo de dicha línea,
entonces ambas medidas, H e I, se mantendrán inalteradas. De ahí que
cualquier medida “combinada”, basada sólo en estas dos, tampoco
mostrará respuesta alguna a un cambio de este tipo, a pesar del obvio
incremento en la pobreza agregada, en términos de privación relativa,
como consecuencia de la transferencia.
Sin embargo, hay un caso especial en el que
una combinación de H e I podría resultar apropiada. Nótese que aunque H
por sí sola es insensible a la magnitud del déficit de ingreso, I lo es
al número de personas involucradas, criticaríamos la combinación de las
dos sólo porque es insensible a las variaciones en la distribución del
ingreso entre los pobres. Si sólo nos ocupáramos, entonces, de casos en
los cuales todos los pobres tienen precisamente el mismo ingreso, sería
razonable esperar que H e I, conjuntamente, permitieran lograr nuestro
propósito. Transferencias del tipo de las consideradas para mostrar la
insensibilidad de la combinación de H e I, no tendrían entonces cabida.
El interés del caso especial, en el cual todos
los pobres tienen el mismo ingreso, no se deriva de que sea un suceso
factible. Es valioso porque aclara la forma en que se puede manejar la
privación absoluta, frente a la línea de pobreza, cuando no está
presente la característica adicional de la privación relativa entre los
pobres.[51] El caso especial nos ayuda a formular una condición que la
medida requerida de pobreza, P, debería satisfacer cuando el problema
de la distribución entre los pobres se descarta postulando la igualdad.
Provee una de las condiciones de regularidad que ha de satisfacerse.
Derivación
axiomática de una medida de pobreza.
Variantes de la medida. Se podría requerir que
la medida de pobreza P sea una suma ponderada de los déficit de las
personas consideradas pobres. Esto se hace, en términos generales, con
ponderadores que pueden ser función de otras variables. Si se quisiera
basar la medida de pobreza en alguna cuantificación de la pérdida total
de utilidad derivada de la penuria de los pobres, entonces los
ponderadores deberían derivarse de las consideraciones utilitaristas
conocidas. Si además se supone que la utilidad de cada individuo
depende sólo de su propio ingreso, el ponderador de la brecha del
ingreso de cada persona dependerá sólo del ingreso de esa persona y no
también del de otros. Esto proveerá una estructura “separable”, en la
que se podrá derivar el componente de cada persona en la pobreza global
sin hacer referencia a las condiciones de otros. Pero este uso del
modelo utilitario tradicional omitirá la idea de la privación relativa,
la cual —como hemos sostenido— es central en la noción de pobreza. Más
aún, ha dificultades para realizar dichas comparaciones cardinales de
ganancias y pérdidas de utilidad y, aunque fueran ignoradas, no es
fácil llegar a un acuerdo sobre el uso de una función particular de
utilidad entre tantas que se pueden postular y que cumplen las
condiciones de regularidad usuales (como la utilidad marginal
decreciente).
Conviene concentrarse precisamente en algunos
aspectos de la privación relativa. Sea r(i) el rango que ocupa la
persona i en la jerarquía de todos los pobres, en sentido decreciente
de ingresos; por ejemplo r(i)-12, si i es la duodécima persona mejor
situada entre los pobres. Si varias personas tienen el mismo ingreso se
pueden clasificar en un orden arbitrario: la medida de la pobreza debe
tener tales características que no importe que se proceda de este modo.
Por supuesto, el más pobre tiene el mayor rango q, cuando hay q,
personas debajo de la línea de pobreza, mientras que el menos pobre
tiene el rango 1. Cuanto mayor sea el rango, tanto mayor será la
privación relativa de una persona con respecto a otras en la misma categoría[52]. Es razonable suponer que una medida
de pobreza que capte este último aspecto de la privación relativa tiene
que hacer que el ponderador del déficit de ingresos de una persona
aumente con su rango r(i).
Un caso notable y simple de tal relación consiste
en que la ponderación de la brecha de ingresos de la persona i sea
igual a su rango r (i). Esto hace que las ponderaciones sean
equidistantes y que el procedimiento esté dentro del mismo espíritu del
famoso argumento de Borda en favor del método de votación basado en el
orden del rango, eligiendo distancias iguales ante la carencia de
argumentos para cualquier otra hipótesis.[53] Aunque esto es también arbitrario, capta la idea de la privación
relativa de manera sencilla y da lugar a un procedimiento transparente,
que deja ver con exactitud qué es lo que se supone.[54]
Este axioma del “rango de la privación
relativa” (axioma R) se centra en la distribución del ingreso entre los
pobres y se puede combinar con la información que proveen la tasa de
incidencia H y la brecha estandarizada del ingreso I en el caso
especial en el que todos los que están por debajo de la línea de
pobreza tienen el mismo ingreso (de tal manera que no haya problema de
distribución entre los pobres). H presenta la proporción de personas
carentes en relación con la línea de pobreza, e I refleja la cantidad
proporcional de privación absoluta del ingreso frente a esa línea.
Puede afirmarse que H capta un aspecto de la privación global, a saber,
cuántos pobres hay (no importa qué tan pobres), mientras I se ocupa de
otro aspecto: qué tan pobres son en promedio (sin importar cuántas
personas padezcan la pobreza). En el caso especial en el que todos los
pobres tienen el mismo ingreso, H e I conjuntamente pueden darnos una
idea bastante buena de la magnitud de la pobreza en términos de la
privación global. Como no se presenta en este caso especial, el
problema de la distribución relativa entre los pobres, es posible conformarse
con una medida que sea una función sólo de H e I, conforme a estas
circunstancias. Una representación simple, que conduce a una
normalización conveniente, es el producto HI. Este puede llamarse
axioma de “privación absoluta normalizada” (axioma A).[55]
Si estos dos axiomas se utilizan en un formato
bastante general, en el que la medida de la pobreza sea una suma
ponderada de brechas de ingreso, surgirá una medida de precisa de
pobreza (como se muestra en los trabajos de Sen).[56] Cuando G es el coeficiente de Gini de la distribución del
ingreso entre los pobres, dicha medida está dada por P=H (1+(1-1)G).
Cuando todos los pobres tienen el mismo ingreso, el coeficiente de Gini
G de la distribución del ingreso entre los pobres es igual a cero y P
es igual a HI. Dada la misma brecha de pobreza media y la misma
proporción de pobres en la población total, la medida de pobreza P
crece con la desigualdad del ingreso por debajo de la línea de pobreza,
tal como la mide el coeficiente de Gini. Así, la medida P es una
función de H (que refleja el número de pobres). 1 (que refleja la
brecha agregada de pobreza) y G (que refleja la desigualdad de la
distribución del ingreso por debajo de la línea de pobreza). La última
variable captura el aspecto de la “privación relativa” y se incluye
como consecuencia directa del axioma del rango de la privación
relativa.[57]
Este enfoque de medición de la pobreza ha
tenido muchas aplicaciones interesantes.[58] Diversa variantes también se han considerado en la literatura.[59] Aunque la medida P tiene algunas ventajas únicas, que su
derivación axiomática pone de manifiesto, muchas de las variantes son
interpretaciones permisibles de la concepción común de la pobreza. No
hay nada derrotista ni sorprendente en la aceptación de este
“pluralismo”: En efecto, este pluralismo es inherente a la naturaleza
del ejercicio. Pero el punto importante que se debe reconocer es que la
valoración de la pobreza global tiene que atender a una variedad de
consideraciones que representen las distintas características de la
privación absoluta y relativa. Medidas simplistas, como la “tasa de
incidencia” H comúnmente utilizada, o la brecha estandarizada del
ingreso I, no le hacen justicia a algunas de estas características. Es
necesario utiliza medidas complejas, como el índice P, para que la
medición sea sensible a las distintas características implícitas en las
ideas sobre la pobreza. En particular, el tema de la distribución sigue
siendo relevante incluso cuando se consideran ingresos por debajo de la
línea de pobreza.
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