(....)
Modernizar
no quiere decir destruir radicalmente las estructuras existentes,
sino asimilar el aporte científico y técnico de la civilización
industrial. La modernización no implica el abandono de valores
anteriores, sobre todo cuando esos valores están cargados de espíritu
y tradiciones comunitarias. Imponer tal cual lo occidental o lo
soviético, bajo pretexto de modernizar o de industrializar, no es
el procedimiento a adoptar; lo que hace falta es, partiendo de lo
existente, comenzar e intensificar progresivamente la asimilación
de técnicas empezando por las zonas más aptas a la evolución.
Modernizar
tampoco quiere decir tratar de llegar de un salto al nivel y a los
modos de vida de Occidente. La elevación de los niveles de vida
no debe llegar a ser beneficio exclusivo de una capa d e población
privilegiada, sino el de toda la población mediante la introducción
progresiva, en su modo de vida tradicional, de elementos
aceptables del tipo de vida occidental.
Se
trata de aprovechar lo positivo de Occidente sin aceptar los
excesos o las desviaciones. En los países que disponen de
numerosos recursos potenciales, la evolución hacia un nivel de
vida, no solamente aceptable, sino equivalente (aunque distinto y
sin duda menos gravoso) al de Occidente, puede ser más rápida de
lo que ha sido en Europa. Pero aún en Europa el ejemplo de Suecia
presenta un caso ilustrativo. Desgraciadamente, muchos países no
disponen sino de potencialidades muy limitadas.
El
problema no es pues conducir a la humanidad a los niveles de vida
"estandarizados" de Occidente sino, el de concretar en
cada país las condiciones de una vida auténticamente humana
fuera de la miseria.
Los
grandes genios d e la humanidad han sido según la vara con que
miden los expertas internacionales subdesarrollados. La humanidad
durante mucho tiempo todavía será incapaz de establecerse
totalmente en la riqueza. Se puede prever que ella no lo logrará
nunca. Por otra parte la condición de riqueza, y sobre todo de
riqueza aplicada al mayor confort, no es la situación preferible
para la humanidad.
El
mínimo vital y el óptimo vital deben definirse país por país,
y hasta zona por zona en el interior de los países de
potencialidades y de grado de desarrollo muy diferentes. Si la
miseria, es decir, lo que está debajo del nivel de subsistencia
y de dignidad, es un mal a combatir, la frugalidad, es decir la
necesidad reducida a las exigencias de una vida digna, es un valor
que puede dar a los pueblos menos ricos una superioridad sobre
los pueblos preocupados por encima de todo en facilidades y en
confort.
Por
otra parte, la frugalidad permite, a medida que aumenta la
producción por habitante, consagrar mayores medios a la
instalación de equipos colectivos de superación cultural y
espiritual.
Cabe
preguntarse además si, en la competencia abierta para la dominación
del mundo, el triunfo no será acordado a un pueblo frugal que
utilizará para el crecimiento de su poder todos los progresos de
la técnica.
La
tarea esencial de las potencias polarizantes seria tomar a su
cargo el Tercer Mundo, no para explotarlo o seducirle, sino para
ayudarlo a desarrollarse dentro de la perspectiva de una
civilización solidaria. Ninguno de ambos materialismos podría
realizarlo. El Tercer Mundo se proyecta con avidez hacia lo
imposible dándose por objetivo el obtener rápidamente para
todos sus integrantes el tipo de vida de los países técnicamente
más adelantados.
La
pugna de promesas, de dádivas, de préstamos, de inversiones
transforma el desarrollo en operaciones estratégicas. No se trata
desgraciadamente de provocar el pasaje, para todos, de una fase
menos humana a una fase más humana, sino de crearse una clientela
y de mantener su fidelidad.
EL
APRENDIZAJE DEL DESARROLLO POR EL TERCER MUNDO: RIESGOS, PELIGROS
Y ERRORES
El
Tercer Mundo, en general, inicia mal su desarrollo. Cuando
dispone de pocos fondos para su valorización no se da cuenta
que le baria falta comenzar por establecer las
infra‑estructuras indispensables; cuando recibe
"royalties" importantes, el fasto gubernamental el
mantenimiento de las Fuerzas Armadas, el embellecimiento de la
capital, el despilfarro y, a veces, la corrupción
administrativa, absorben una parte exagerada de los recursos.
Casi
siempre, el esfuerzo sanitario hará crecer más rápidamente la
población de lo que el esfuerzo agrícola hará aumentar los
recursos alimenticios. Es raro que los ministerios estén en
condiciones de aquilatar correctamente las necesidades, las
posibilidades, las importancias, las urgencias.
Las
democracias nominales que se instauran dejan campo libre a los
aventureros, demagogos que fundan partidos a su servicio, o a
dictadores provisorios que se apoyan en una facción, en el ejército
o en un movimiento obrero primeramente domesticado pero muy
pronto controlado por un núcleo de dirigentes comunistas.
El
puñado de hombres que algo han estudiado de las disciplinas enseñadas
en las universidades occidentales reciben de golpe las
responsabilidades más elevadas y no siempre tienen las
dimensiones requeridas para emplear provechosamente a los
expertos extranjeros, criticar sus conclusiones, armonizar sus
recomendaciones.
Una
transición difícil se presenta tanto en los Países que tan sólo
comienzan su desarrollo como en aquellos, más avanzados, que ya
tienen élites técnicas, todavía en número escaso pero de un
nivel comparable al de los países desarrollados.
Pero
siempre faltan especialistas de ciencias económicas y sociales.
Los jóvenes economistas formados en la ortodoxia occidental
disponen de instrumentos de análisis inadaptados a la estructura
y a la coyuntura de sus países. No han sido suficientemente
advertidos en cuanto a las realidades geográficas e históricas,
de las cuales los esquemas teóricos hacen abstracción.
Los
sociólogos no aparecen como necesarios a los hombres políticos
y nadie los emplearía si existieran. Haría falta por otra parte
que esos sociólogos supieran liberarse de las categorías y métodos
que no son aplicables fuera de sus países. Los hombres que podrían
ser capaces de síntesis no disponen de oficinas, de estudia ni de
equipos de especialistas complementarios que les permitirían un
diagnóstico seguro.
Es
necesario sin embargo aceptar las dificultades de un aprendizaje
que los países desarrollados han hecho lentamente, de generación
en generación. Por la fuerza de los acontecimientos, el país
sub‑desarrollado improvisa un Estado moderno antes de que la
evolución de las conciencias y de las distintas competencias esté
en condiciones de ayudarlo.
La
apariencia democrática que estos países se dan encubre
fatalmente los juegos políticos que rechazan a un segundo plano
la verdadera política constructiva. Las ilusiones respecto a la
misma libertad pueden precipitar a los pueblos hacia nuevas formas
de esclavitud. La libertad no se distribuye, se gana. La
libertad es esencialmente cuestión de espíritu: libertad intelectual
adquirida por la autenticidad de una cultura, aún rudimentaria;
libertad moral asegurada por la liberación de temores
supersticiosos y por el esfuerzo continuo sobre si mismo para
dominarse y para orientar su acción hacia finalidades superiores.
Por
esta sumisión a las finalidades superiores, en particular, la del
bien común de las colectividades de las que cada uno se siente
parte, las coacciones sociales y políticas pueden reducirse de
tal manera que realmente se avanza hacia instituciones democráticas
liberadas de su carácter ilusorio. Una evolución tal no puede
hacerse súbitamente. .
Las
poblaciones de países todavía sub‑desarrollados llegados
legítimamente a la independencia, en general no se dan cuenta del
esfuerzo inmenso que exigirá su desarrollo. Sus cuadros
dirigentes a menudo han sufrido deformaciones capitalistas o
marxistas; sus técnicos y sus políticos no han adquirido todavía
la capacidad de síntesis; sus ciudadanos aún no están
penetrados de sentido cívico. El sentimiento nacionalista no
basta para crear una nación, ni tampoco la declaración de la
constitución de una república para instaurar la democracia.
Los
pueblos liberados entran en una dura experiencia que ya no es
cuestión de impedir; sería criminal no responder a su llamado
cuando solicitan ayuda, aún sabiendo que las recomendaciones de
los expertos serán imperfectamente escuchadas y las dádivas o préstamos
despilfarrados en parte.
Por
rápido que se quiera ir, sólo se puede salir lentamente de una
fase de civilización para alcanzar otra considerada superior. No
se trata solamente de salir de la miseria, sino, en la misma
medida, y tal vez más, de alcanzar una civilización organizada,
fundada sobra valores verdaderos.
El
problema de la repartición de bienes es secundarlo con relación
al problema de la preparación de los hombres que los van a
recibir. Una vez satisfechas las necesidades primordiales, la
promoción debe hacerse por grados sucesivos. La ascensión debe
ser colectiva y, la mayoría de las veces, no puede ser sino
lenta.
No
se trata tanto de permitir a algunos el izarse sino de ayudar alas
masas a elevarse luego de haberlas iniciado en las dificultades a
vencer y de haberlos armados de coraje para triunfar.
NECESIDAD
DE NUEVOS TIPOS DE RELACIONES ENTRE NACIONES .
Después
de haber fracasado en la fase de dominación, sería inicuo, de
parte de los países fuertemente equipados, no contribuir
pacientemente, al éxito de‑ la fase del aprendizaje de la
libertad. Los países: privilegiados tendrán que tener mucho
tacto y desinterés para que su ayuda sea aceptable y
efectivamente aceptada.
El
éxito general parece imposible‑fuera del marco de las
Naciones Unidas que substituiría a la ayuda bilateral entre países,
creadora de odios, una asistencia multilateral disponiendo de
medios considerables y renovando totalmente las técnicas de la
cooperación Internacional.
En
ese marco será necesario conciliar el anhelo de dignidad de
todas las comunidades nacionales y su voluntad de autonomía con
el establecimiento de reglas invariables para todos y con la
aceptación de controles internacionales indispensables para
asegurar su cumplimiento.
Un
nuevo derecho internacional deberá elaborarse por aproximaciones
sucesivas en el seno de las Naciones Unidas sin que los países
ayudados puedan considerar que ellos no lo han discutido y
aceptado libremente.
La
relación, funcional que ha ligado nuestro enriquecimiento si no
con su empobrecimiento, por lo menos con su estancamiento en la
miseria, así como también el poco aprecio que hemos dado a los
valores de sus civilizaciones les han colocado en un estado psicológico,
de sentimientos y de desconfianza que será difícil disipar.
Las
reacciones del explotado, del no‑amado, del despreciado
son fatalmente excesivas hasta la injusticia. Pero hay que pensar
en la importancia de nuestra deuda, en el peso del oro quitado y
de los minerales extraídos, en los dramas de las economías
tradicionales deshechas sin una real compensación, en los
Negros vendidos corno esclavos, en el sostenimiento de feudos retrógrados,
en las especulaciones y en las terribles repercusiones que tienen
en los países pobres las variaciones repentinas de la bolsa
internacional sobre las materias primas.
La
compensación de una época histórica que ha permitido a
Occidente progresar no puede ser sino la cooperación a largo
plazo para permitir que el adelanto sea universal.
Mucha
paciencia pues necesitan los países desarrollados para no
irritarse con las torpezas y los chantajes de los gobiernos de los
países que de alguna manera reciben ayuda. Si por otra parte
era bastante fácil lograr la paz imperial que permitiera a los países
coloniales o semi‑coloniales existir como pueblos en formación,
es difícil hacer de la paz una realidad, guando se despiertan
feudos o principados internos, cuando surgen nuevos feudos,
cuando se manifiestan ambiciones de dominación sobre los países
vecinos.
LA
DEBILIDAD DE LAS INSTITUCIONES INTERNACIONALES
Los
organismos internacionales, paralizados por participantes carentes
todavía de un sentido internacional, están lejos de haber
adquirido la madurez que permitiría el desarrollo de la paz
universal constructiva. Los pueblos pobres se afilian para
plantear exigencias; los pueblos ricos se ven desbordados en número
por los otros y sus egoísmos les impiden responder
suficientemente a la expectativa.
Un
Stevenson podría quizás haber pronunciado las palabras y
ejecutado los actos que hubieran permitido conversar realmente con
Moscu ([i]).
Un Khrouchtchev y un Mao Tse Tung ([ii]),
perdiendo sus temores y dominando suficientemente la evolución
de la doctrina para hacerla respetuosa de todo hombre y de todos
los hombres, hubieran podido terminar con la guerra fría y hacer
de la Organización de las Naciones Unidas el servicio de estudios
y el lugar de encuentros y de decisiones donde comenzarían la
transición difícil de un mundo dividido a un mundo unido, de
un mundo de apetitos a un mundo fraternal.
Las
instituciones internacionales no solamente carecen de poder:
Sufren una contradicción que perjudica su eficacia en el plano
mismo del espíritu internacional.. Los organismos internacionales
no escapan a los juegos de los nacionalismos, ni a los retos de
los imperialismos.
Por
la debilidad de ciertos dirigentes, por la falta de, sinceridad
de ciertos Estados miembros; estos organismos han entrado en el
"sistema" de las competencias, de los apetitos, de las
susceptibilidades nacionalistas. Sin que se pueda negar el bien
que han realizado en muchos aspectos, estas instituciones siguen
estando muy por debajo de su función normal.
Hasta
los intercambios culturales llevan la marca del espíritu
nacionalista o de una civilización determinada: se quiere hacerse
conocer, más que conocer a los otros. Y aún cuando se ofrecen a
los demás oportunidades frecuentes de hacerse conocer, es para
demostrar claramente que uno mismo es comprensivo; la intención
principal es ganarlos a una causa que uno considera liberal, pero
sin querer cambiar uno mismo.
Apresado
en esta múltiples contradicciones el mundo está loco.
Preparando la destrucción física y psíquica de la humanidad,
agota las energías que podrían volcarse en la valorización de
nuestra tierra. La pobreza intelectual de sus dirigentes contrasta
con su poder, con su capacidad de proferir amenazas.
UNA
FUERZA QUE PUEDE LLEGAR A SER DETERMINANTE
Estamos
nosotros menos locos teniendo la pretensión de contribuir lo
bastante a transformar el mundo como para que la tendencia hacia
le‑economía humana ,y termine por imponerse?
¿Qué
puede un grupo ínfimo de buenas voluntades frente a la
irresistible voluntad americana y a la implacable voluntad rusa
de dominar de alguna manera a la humanidad?‑
Con
los otros grupos que trabajan en el mismo sentido que nosotros,
no podemos aparecer sino como ridículos frente a las fuerzas
del dinero, los partidos apoyados por las masas, las ambiciones
sin escrúpulos, los pequeños burgueses, el interés sórdido,
los intelectuales de renombre, los gobernantes hábiles, el
comunismo, los cristianos de retaguardia.
Aceptamos
esa locura y ese ridículo. No es necesario ser muchos para
provocar cambios considerables. Tenemos ya la experiencia de tales
cambios provocados por una fuerza en apariencia
insignificante‑pero que sabe lo que es necesario querer y lo
quiere con tenacidad. La altura de los colosos que atacamos no
debe impresionarnos tanto: son colosos con pies de barro. Hay
momentos históricos en los cuales basta un poco de pensamiento
para modificar el curso de los acontecimientos. Creemos ser una
de las fuerzas débiles que ya existen a través del mundo y cuya
convergencia Puede resultar determinante.
En
lo que nos concierne, he aquí los motivos: nuestro amor
desinteresado por la humanidad; nuestro sentido de lo universal y
de lo esencial; nuestro método de análisis de las necesidades y
de las posibilidades, como de arbitraje entre necesidades y
posibilidades; nuestra preocupación de síntesis; nuestra
confianza en la fuerza de la verdad y en la buena voluntad de
muchos hombrea; nuestra actitud plena de simpatía para con los
grandes movimientos que surgen del pueblo.
Creemos
particularmente en la eficacia del amor por todo hombre y por
todos los hombres. La agresividad de las masas populares contra
la burguesía y el capitalismo tuvo sin duda como causas los bajos
salarios, el exceso de trabajo, la inseguridad de empleo, el tugurio,
la percepción progresiva de contrastes entre miseria y opulencia,
o despilfarro; pero el motivo más fundamental fue el hecho, para
los trabajadores, de sentir que no eran amados. No contaban sino
como factores de producción y de ganancia, no como hombres.
Si
los patrones hubieran amado, no hubieran esperado las
imposiciones progresivas de leyes sociales para corregir la máquina
que fabrica proletariado.
Si
los economistas hubieran amado, no hubieran concebido la economía
política como una abstracción indiferente al hombre. Se dejaron
encerrar por lo que consideraban como su objeto particular,
exclusivamente material: la producción de "riquezas".
Si
los políticos hubieran amado, no habrían esperado tanto para
establecer la protección contra accidentes, la supresión del
trabajo de los niños, la reducción del trabajo de la mujer,
luego de los hombres, la seguridad social, las asignaciones
familiares y las facilidades para conseguir vivienda.
La
misma situación aparece hoy por hoy en lo concerniente a los países
sub‑desarrollados. Su hambre es real, su vivienda atroz, su
inseguridad permanente. Su, reacción y su agresividad manifiestan
el complejo del. no‑amado, del despreciado, del ignorado
contra aquellos que debieran haber buscado comprenderlos y que
debieran haberles probado que los amaban.
El
fracaso de muchos expertos en desarrollo evidencia que no estaban
plenos de amor. Pasan sin compenetrarse con el medio, a menudo
llenos de altanería, extranjeros, bien pagados, profundizando su
saber técnico, extendiendo su cultura, listos a encontrar
puestos ventajosos en las universidades, la política, los
negocios. La precisión del conocimiento y el deseo de un pensamiento
más abierto que surgen del amor, no les han constreñido a
enfocar su intervención de especialistas injertándose en la visión
de conjunto de la evolución a promover.
Nosotros
hemos optado, por amor, por el ascenso humano universal. Todo
hombre para nosotros es interesante, toda capa social, toda
población regional o nacional, toda la humanidad. Nos mueve la
preocupación auténticamente fraternal de todos los hombres y de
todo en el hombre.
Por
lo tanto aquello que parece imposible a la mayoría, deja de
parecérnoslo. Sabemos la fuerza del amor, y que el amor, pleno de
vigor, permite grandes empresas sin que haya necesidad de mucho
dinero, sin que haya necesidad de armamentos.
Por
amor, se puede uno contentar con remuneraciones de estricta
subsistencia: se puede, por amor, "hacerse el otro",
identificarse a sus problemas, dar una voz a sus aspiraciones, a
veces a sus iras. Se puede, por amor, engranar en el juego a
muchas personas de buena voluntad que no quieren más desperdiciar
su vida. Se puede ser causa decisiva de vocaciones del don de si
mismo en un heroísmo duradero.
El
amor auténtico permanece siendo la mayor de todas las fuerzas:
sabe salir de los impases, sabe abrir nuevas vías, sabe rodear o
aplastar los obstáculos, sabe combatir, la injusticia, denunciar
los egoísmos, arriesgarle a incomprensiones e ingratitudes,
superar los fracasos, recomenzar tantas veces como sea
necesario.
Somos
pues de aquellos que creen que amando todo se simplifica, hasta
los problemas aparentemente más complejos. Quien ama al otro
‑cualquier otro- por lo que en él hay de valores actuales
o potenciales, es un hombre nuevo, un hombre liberado de sí
mismo, de convencionalismos, de conformismos, de esclavitudes.
La
dialéctica del amor produce la transformación de sí mismo hasta
hacerle eficaz, al mismo tiempo que difunde en la sociedad la
justicia con su régimen de derechos definidos y sus exigencias de
una política objetiva que se adapte continuamente a las
necesidades Esta dialéctica es así el dinamismo creador de las
condiciones de la civilización. En consecuencia, invitamos a
todos aquellos que comienzan a amar verdaderamente a la humanidad
al don pleno de sí mismos.
[i]
No creemos que las conversaciones realizadas hasta la fecha
hayan llegado al fondo de loa problemas a resolver.
[ii]
El hecho que el pueblo más grande del mundo abarcando él sólo
cerca de la cuarta parte de la humanidad, no pertenezca aún
a las Naciones Unidas, demuestra a qué distancia éstamos
todavía de las condiciones de la cooperación pacifica.
|