MANIFIESTO POR UNA CIVILIZACIÓN SOLIDARIA
L.J. Lebret O.P.
VI
NUESTRAS POSICIONES FRENTE AL TERCER MUNDO
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LA ILUSION DEL FALSO DESARROLLO

 

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Modernizar no quiere decir destruir radicalmente las estructuras existentes, sino asimilar el aporte cien­tífico y técnico de la civilización industrial. La moder­nización no implica el abandono de valores anteriores, sobre todo cuando esos valores están cargados de espí­ritu y tradiciones comunitarias. Imponer tal cual lo occidental o lo soviético, bajo pretexto de modernizar o de industrializar, no es el procedimiento a adoptar; lo que hace falta es, partiendo de lo existente, comenzar e intensificar progresivamente la asimilación de técni­cas empezando por las zonas más aptas a la evolución.

Modernizar tampoco quiere decir tratar de llegar de un salto al nivel y a los modos de vida de Occidente. La elevación de los niveles de vida no debe llegar a ser beneficio exclusivo de una capa d e población privile­giada, sino el de toda la población mediante la intro­ducción progresiva, en su modo de vida tradicional, de elementos aceptables del tipo de vida occidental.

Se trata de aprovechar lo positivo de Occidente sin acep­tar los excesos o las desviaciones. En los países que disponen de numerosos recursos potenciales, la evolución hacia un nivel de vida, no solamente aceptable, sino equivalente (aunque distinto y sin duda menos gravoso) al de Occidente, puede ser más rápida de lo que ha sido en Europa. Pero aún en Europa el ejemplo de Suecia presenta un caso ilustrativo. Desgraciadamente, muchos países no disponen sino de potencialidades muy limitadas.

El problema no es pues conducir a la humanidad a los niveles de vida "estandarizados" de Occidente sino, el de concretar en cada país las condiciones de una vida auténticamente humana fuera de la miseria.

Los grandes genios d e la humanidad han sido según la vara con que miden los expertas internacionales subdesarrollados. La humanidad durante mucho tiempo todavía será incapaz de establecerse totalmente en la riqueza. Se puede prever que ella no lo logrará nunca. Por otra parte la condición de riqueza, y sobre todo de riqueza aplicada al mayor confort, no es la situación preferible para la humanidad.

El mínimo vital y el óptimo vital deben definirse país por país, y hasta zona por zona en el interior de los países de potencialidades y de grado de desarrollo muy diferentes. Si la miseria, es decir, lo que está deba­jo del nivel de subsistencia y de dignidad, es un mal a combatir, la frugalidad, es decir la necesidad reducida a las exigencias de una vida digna, es un valor que pue­de dar a los pueblos menos ricos una superioridad so­bre los pueblos preocupados por encima de todo en faci­lidades y en confort.

Por otra parte, la frugalidad permite, a medida que aumenta la producción por habitante, consagrar mayo­res medios a la instalación de equipos colectivos de superación cultural y espiritual.

Cabe preguntarse además si, en la competencia abierta para la dominación del mundo, el triunfo no será acordado a un pueblo frugal que utilizará para el crecimiento de su poder todos los progresos de la téc­nica.

La tarea esencial de las potencias polarizantes seria tomar a su cargo el Tercer Mundo, no para explotarlo o seducirle, sino para ayudarlo a desarrollarse dentro de la perspectiva de una civilización solidaria. Ningu­no de ambos materialismos podría realizarlo. El Tercer Mundo se proyecta con avidez hacia lo imposible dán­dose por objetivo el obtener rápidamente para todos sus integrantes el tipo de vida de los países técnicamen­te más adelantados.

La pugna de promesas, de dádivas, de préstamos, de inversiones transforma el desarrollo en operaciones estratégicas. No se trata desgraciadamente de provocar el pasaje, para todos, de una fase menos humana a una fase más humana, sino de crearse una clientela y de mantener su fidelidad.

EL APRENDIZAJE DEL DESARROLLO POR EL TERCER MUNDO: RIESGOS, PELIGROS Y ERRORES

El Tercer Mundo, en general, inicia mal su desa­rrollo. Cuando dispone de pocos fondos para su valori­zación no se da cuenta que le baria falta comenzar por establecer las infra‑estructuras indispensables; cuando recibe "royalties" importantes, el fasto gubernamental el mantenimiento de las Fuerzas Armadas, el embelle­cimiento de la capital, el despilfarro y, a veces, la co­rrupción administrativa, absorben una parte exagerada de los recursos.

Casi siempre, el esfuerzo sanitario hará crecer más rápidamente la población de lo que el esfuer­zo agrícola hará aumentar los recursos alimenticios. Es raro que los ministerios estén en condiciones de aquilatar correctamente las necesidades, las posibilidades, las importancias, las urgencias.

Las democracias nominales que se instauran dejan campo libre a los aventureros, demagogos que fundan partidos a su servicio, o a dicta­dores provisorios que se apoyan en una facción, en el ejército o en un movimiento obrero primeramente do­mesticado pero muy pronto controlado por un núcleo de dirigentes comunistas.

El puñado de hombres que algo han estudiado de las disciplinas enseñadas en las universidades occiden­tales reciben de golpe las responsabilidades más elevadas y no siempre tienen las dimensiones requeridas pa­ra emplear provechosamente a los expertos extranjeros, criticar sus conclusiones, armonizar sus recomenda­ciones.

Una transición difícil se presenta tanto en los Paí­ses que tan sólo comienzan su desarrollo como en aque­llos, más avanzados, que ya tienen élites técnicas, todavía en número escaso pero de un nivel comparable al de los países desarrollados.

Pero siempre faltan espe­cialistas de ciencias económicas y sociales. Los jóvenes economistas formados en la ortodoxia occidental disponen de instrumentos de análisis inadaptados a la estruc­tura y a la coyuntura de sus países. No han sido sufi­cientemente advertidos en cuanto a las realidades geo­gráficas e históricas, de las cuales los esquemas teóricos hacen abstracción.

Los sociólogos no aparecen como ne­cesarios a los hombres políticos y nadie los emplearía si existieran. Haría falta por otra parte que esos soció­logos supieran liberarse de las categorías y métodos que no son aplicables fuera de sus países. Los hombres que podrían ser capaces de síntesis no disponen de oficinas, de estudia ni de equipos de especialistas complementa­rios que les permitirían un diagnóstico seguro.

Es necesario sin embargo aceptar las dificultades de un aprendizaje que los países desarrollados han he­cho lentamente, de generación en generación. Por la fuerza de los acontecimientos, el país sub‑desarrollado improvisa un Estado moderno antes de que la evolución de las conciencias y de las distintas competencias esté en condiciones de ayudarlo.

La apariencia democrática que estos países se dan encubre fatalmente los juegos políticos que rechazan a un segundo plano la verdade­ra política constructiva. Las ilusiones respecto a la misma libertad pueden precipitar a los pueblos hacia nuevas formas de escla­vitud. La libertad no se distribuye, se gana. La libertad es esencialmente cuestión de espíritu: libertad intelec­tual adquirida por la autenticidad de una cultura, aún rudimentaria; libertad moral asegurada por la liberación de temores supersticiosos y por el esfuerzo continuo so­bre si mismo para dominarse y para orientar su acción hacia finalidades superiores.

Por esta sumisión a las finalidades superiores, en particular, la del bien común de las colectividades de las que cada uno se siente parte, las coacciones sociales y políticas pueden reducirse de tal manera que real­mente se avanza hacia instituciones democráticas libe­radas de su carácter ilusorio. Una evolución tal no pue­de hacerse súbitamente. .

Las poblaciones de países todavía sub‑desarrollados llegados legítimamente a la independencia, en general no se dan cuenta del esfuerzo inmenso que exigirá su desarrollo. Sus cuadros dirigentes a menudo han sufri­do deformaciones capitalistas o marxistas; sus técnicos y sus políticos no han adquirido todavía la capacidad de síntesis; sus ciudadanos aún no están penetrados de sentido cívico. El sentimiento nacionalista no basta para crear una nación, ni tampoco la declaración de la cons­titución de una república para instaurar la democracia.

Los pueblos liberados entran en una dura experien­cia que ya no es cuestión de impedir; sería criminal no responder a su llamado cuando solicitan ayuda, aún sa­biendo que las recomendaciones de los expertos serán imperfectamente escuchadas y las dádivas o préstamos despilfarrados en parte.

Por rápido que se quiera ir, sólo se puede salir len­tamente de una fase de civilización para alcanzar otra considerada superior. No se trata solamente de salir de la miseria, sino, en la misma medida, y tal vez más, de alcanzar una civilización organizada, fundada sobra valores verdaderos.

El problema de la repartición de bienes es secun­darlo con relación al problema de la preparación de los hombres que los van a recibir. Una vez satisfechas las necesidades primordiales, la promoción debe hacerse por grados sucesivos. La ascensión debe ser colectiva y, la mayoría de las veces, no puede ser sino lenta.

No se trata tanto de permitir a algunos el izarse sino de ayudar alas masas a elevarse luego de haberlas iniciado en las dificultades a vencer y de haberlos armados de coraje para triunfar.

NECESIDAD DE NUEVOS TIPOS DE RELACIONES ENTRE NACIONES .

Después de haber fracasado en la fase de dominación, sería inicuo, de parte de los países fuertemente equipados, no contribuir pacientemente, al éxito de‑ la fase del aprendizaje de la libertad. Los países: privilegiados tendrán que tener mucho tacto y desinterés para que su ayuda sea aceptable y efectivamente aceptada.

El éxito general parece imposible‑fuera del mar­co de las Naciones Unidas que substituiría a la ayuda bilateral entre países, creadora de odios, una asistencia multilateral disponiendo de medios considerables y renovando totalmente las técnicas de la cooperación Inter­nacional.

En ese marco será necesario conciliar el anhe­lo de dignidad de todas las comunidades nacionales y su voluntad de autonomía con el establecimiento de re­glas invariables para todos y con la aceptación de con­troles internacionales indispensables para asegurar su cumplimiento.

Un nuevo derecho internacional deberá elaborarse por aproximaciones sucesivas en el seno de las Naciones Unidas sin que los países ayudados puedan considerar que ellos no lo han discutido y aceptado libremente.

La relación, funcional que ha ligado nuestro enriquecimiento si no con su empobrecimiento, por lo menos con su estancamiento en la miseria, así como también el poco aprecio que hemos dado a los valores de sus civilizaciones les han colocado en un estado psicológico, de sentimientos y de desconfianza que será difícil disipar.

Las reacciones del explotado, del no‑amado, del des­preciado son fatalmente excesivas hasta la injusticia. Pero hay que pensar en la importancia de nuestra deu­da, en el peso del oro quitado y de los minerales extraí­dos, en los dramas de las economías tradicionales des­hechas sin una real compensación, en los Negros vendidos corno esclavos, en el sostenimiento de feudos retrógrados, en las especulaciones y en las terribles repercusiones que tienen en los países pobres las variaciones repentinas de la bolsa internacional sobre las materias primas.

La compensación de una época histórica que ha permitido a Occidente progresar no puede ser sino la coo­peración a largo plazo para permitir que el adelanto sea universal.

Mucha paciencia pues necesitan los países desarro­llados para no irritarse con las torpezas y los chantajes de los gobiernos de los países que de alguna mane­ra reciben ayuda. Si por otra parte era bastante fácil lograr la paz imperial que permitiera a los países coloniales o semi‑coloniales existir como pueblos en forma­ción, es difícil hacer de la paz una realidad, guando se despiertan feudos o principados internos, cuando sur­gen nuevos feudos, cuando se manifiestan ambiciones de dominación sobre los países vecinos.

LA DEBILIDAD DE LAS INSTITUCIONES INTERNACIONALES

Los organismos internacionales, paralizados por participantes carentes todavía de un sentido internacio­nal, están lejos de haber adquirido la madurez que per­mitiría el desarrollo de la paz universal constructiva. Los pueblos pobres se afilian para plantear exigencias; los pueblos ricos se ven desbordados en número por los otros y sus egoísmos les impiden responder suficientemente a la expectativa.

Un Stevenson podría quizás haber pronunciado las palabras y ejecutado los actos que hubieran permitido conversar realmente con Moscu ([i]). Un Khrouchtchev y un Mao Tse Tung ([ii]), per­diendo sus temores y dominando suficientemente la evolución de la doctrina para hacerla respetuosa de todo hombre y de todos los hombres, hubieran podido terminar con la guerra fría y hacer de la Organización de las Naciones Unidas el servicio de estudios y el lugar de encuentros y de decisiones donde comenzarían la tran­sición difícil de un mundo dividido a un mundo unido, de un mundo de apetitos a un mundo fraternal.

Las instituciones internacionales no solamente carecen de poder: Sufren una contradicción que perjudica su eficacia en el plano mismo del espíritu internacional.. Los organismos internacionales no escapan a los juegos de los nacionalismos, ni a los retos de los imperialismos.

Por la debilidad de ciertos dirigentes, por la falta de, sin­ceridad de ciertos Estados miembros; estos organismos han entrado en el "sistema" de las competencias, de los apetitos, de las susceptibilidades nacionalistas. Sin que se pueda negar el bien que han realizado en muchos as­pectos, estas instituciones siguen estando muy por debajo de su función normal.

Hasta los intercambios culturales llevan la marca del espíritu nacionalista o de una civilización determinada: se quiere hacerse conocer, más que conocer a los otros. Y aún cuando se ofrecen a los demás oportuni­dades frecuentes de hacerse conocer, es para demostrar claramente que uno mismo es comprensivo; la intención principal es ganarlos a una causa que uno considera liberal, pero sin querer cambiar uno mismo.

Apresado en esta múltiples contradicciones el mun­do está loco. Preparando la destrucción física y psíqui­ca de la humanidad, agota las energías que podrían vol­carse en la valorización de nuestra tierra. La pobreza intelectual de sus dirigentes contrasta con su poder, con su capacidad de proferir amenazas.

UNA FUERZA QUE PUEDE LLEGAR A SER DETERMINANTE

Estamos nosotros menos locos teniendo la preten­sión de contribuir lo bastante a transformar el mundo como para que la tendencia hacia le‑economía humana ,y termine por imponerse?

¿Qué puede un grupo ínfimo de buenas voluntades frente a la irresistible voluntad americana y a la impla­cable voluntad rusa de dominar de alguna manera a la humanidad?‑

Con los otros grupos que trabajan en el mismo sen­tido que nosotros, no podemos aparecer sino como ri­dículos frente a las fuerzas del dinero, los partidos apo­yados por las masas, las ambiciones sin escrúpulos, los pequeños burgueses, el interés sórdido, los intelectua­les de renombre, los gobernantes hábiles, el comunismo, los cristianos de retaguardia.

Aceptamos esa locura y ese ridículo. No es nece­sario ser muchos para provocar cambios considerables. Tenemos ya la experiencia de tales cambios provocados por una fuerza en apariencia insignificante‑pero que sabe lo que es necesario querer y lo quiere con tenacidad. La altura de los colosos que atacamos no debe impresionarnos tanto: son colosos con pies de barro. Hay momentos históricos en los cuales basta un poco de pensamiento para modificar el curso de los aconte­cimientos. Creemos ser una de las fuerzas débiles que ya existen a través del mundo y cuya convergencia Puede resultar determinante.

En lo que nos concierne, he aquí los motivos: nuestro amor desinteresado por la humanidad; nuestro sentido de lo universal y de lo esencial; nuestro método de análisis de las necesidades y de las posibilidades, como de arbitraje entre necesidades y posibilidades; nuestra preocupación de síntesis; nuestra confianza en la fuerza de la verdad y en la buena voluntad de muchos hom­brea; nuestra actitud plena de simpatía para con los grandes movimientos que surgen del pueblo.

Creemos particularmente en la eficacia del amor por todo hombre y por todos los hombres. La agresivi­dad de las masas populares contra la burguesía y el capitalismo tuvo sin duda como causas los bajos salarios, el exceso de trabajo, la inseguridad de empleo, el tugu­rio, la percepción progresiva de contrastes entre miseria y opulencia, o despilfarro; pero el motivo más fundamental fue el hecho, para los trabajadores, de sentir que no eran amados. No contaban sino como factores de producción y de ganancia, no como hombres.

Si los patrones hubieran amado, no hubieran espe­rado las imposiciones progresivas de leyes sociales para corregir la máquina que fabrica proletariado.

Si los economistas hubieran amado, no hubieran concebido la economía política como una abstracción indiferente al hombre. Se dejaron encerrar por lo que consideraban como su objeto particular, exclusivamente material: la producción de "riquezas".

Si los políticos hubieran amado, no habrían espe­rado tanto para establecer la protección contra acciden­tes, la supresión del trabajo de los niños, la reducción del trabajo de la mujer, luego de los hombres, la segu­ridad social, las asignaciones familiares y las facilidades para conseguir vivienda.

La misma situación aparece hoy por hoy en lo con­cerniente a los países sub‑desarrollados. Su hambre es real, su vivienda atroz, su inseguridad permanente. Su, reacción y su agresividad manifiestan el complejo del. no‑amado, del despreciado, del ignorado contra aquellos que debieran haber buscado comprenderlos y que debieran haberles probado que los amaban.

El fracaso de muchos expertos en desarrollo evidencia que no estaban plenos de amor. Pasan sin compe­netrarse con el medio, a menudo llenos de altanería, extranjeros, bien pagados, profundizando su saber téc­nico, extendiendo su cultura, listos a encontrar puestos ventajosos en las universidades, la política, los negocios. La precisión del conocimiento y el deseo de un pensa­miento más abierto que surgen del amor, no les han constreñido a enfocar su intervención de especialistas injertándose en la visión de conjunto de la evolución a promover.

Nosotros hemos optado, por amor, por el ascenso humano universal. Todo hombre para nosotros es inte­resante, toda capa social, toda población regional o na­cional, toda la humanidad. Nos mueve la preocupación auténticamente fraternal de todos los hombres y de todo en el hombre.

Por lo tanto aquello que parece imposible a la ma­yoría, deja de parecérnoslo. Sabemos la fuerza del amor, y que el amor, pleno de vigor, permite grandes empre­sas sin que haya necesidad de mucho dinero, sin que haya necesidad de armamentos.

Por amor, se puede uno contentar con remunera­ciones de estricta subsistencia: se puede, por amor, "ha­cerse el otro", identificarse a sus problemas, dar una voz a sus aspiraciones, a veces a sus iras. Se puede, por amor, engranar en el juego a muchas personas de buena voluntad que no quieren más desperdiciar su vida. Se puede ser causa decisiva de vocaciones del don de si mismo en un heroísmo duradero.

El amor auténtico permanece siendo la mayor de todas las fuerzas: sabe salir de los impases, sabe abrir nuevas vías, sabe rodear o aplastar los obstáculos, sabe combatir, la injusticia, denunciar los egoísmos, arriesgarle a incomprensiones e ingratitudes, superar los fra­casos, recomenzar tantas veces como sea necesario.

Somos pues de aquellos que creen que amando todo se simplifica, hasta los problemas aparentemente más complejos. Quien ama al otro ‑cualquier otro- ­por lo que en él hay de valores actuales o potenciales, es un hombre nuevo, un hombre liberado de sí mismo, de convencionalismos, de conformismos, de esclavitudes.

La dialéctica del amor produce la transformación de sí mismo hasta hacerle eficaz, al mismo tiempo que difunde en la sociedad la justicia con su régimen de derechos definidos y sus exigencias de una política objetiva que se adapte continuamente a las necesidades Esta dialéctica es así el dinamismo creador de las con­diciones de la civilización. En consecuencia, invitamos a todos aquellos que comienzan a amar verdaderamente a la humanidad al don pleno de sí mismos.



[i] No creemos que las conversaciones realizadas hasta la fecha hayan llegado al fondo de loa problemas a resolver.

[ii] El hecho que el pueblo más grande del mundo abarcan­do él sólo cerca de la cuarta parte de la humanidad, no perte­nezca aún a las Naciones Unidas, demuestra a qué distancia ésta­mos todavía de las condiciones de la cooperación pacifica.

 



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