LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, EL MODELO DE DESARROLLO Y EL PROCESO DE GLOBALIZACIÓN
“El Desarrollo es el nombre de la paz”, Paulo VI
Jorge Enrique Sáenz Castro(1)

 

INDICE

RESUMEN
INTRODUCCIÓN
EL MAGISTERIO PONTIFICIO Y LA ECONOMÍA
LO NECESARIO Y LO SUPERFLUO
LA VIDA Y DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
LLAMADO A LA FAMILIA, LA COMUNIDAD Y LA PARTICIPACIÓN
OPCIÓN POR LOS POBRES E INDEFENSOS
LA DIGNIDAD DEL TRABAJO Y DERECHOS DE LOS TRABAJADORES
SOLIDARIDAD
EL DESARROLLO HUMANO SOSTENIBLE
CONFLICTO Y GLOBALIZACIÓN
VISIÓN ECONÓMICA MODERNA
EL DESARROLLO Y LA EXPRESIÓN DEL CONFLICTO ESTE OESTE
EL MAGISTERIO DE LOS OBISPOS EN AMÉRICA LATINA, MEDELLÍN, PUEBLA, SANTO DOMINGO
CONDONACIÓN DE LA DEUDA EXTERNA

EL MODELO “CRECIMIENTO”
DESARROLLO Y DESARROLLISMO
LA DSI Y EL DESARROLLO
DESARROLLO INTEGRAL
GLOBALIZACIÓN Y DESARROLLO
GLOBALIZACIÓN E INTERNACIONALIZACIÓN DEL CAPITAL
IGLESIA Y GLOBALIZACIÓN
EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN
GLOBALIZACIÓN, AGRICULTURA Y BIODIVERSIDAD
DESAFÍOS DE AMÉRICA LATINA
IMPACTO DE LA GLOBALIZACIÓN
PÉRDIDA DE IDENTIDAD Y DE VALORES
EL MERCADO Y LA AYUDA A LOS PAÍSES POBRES
CRISIS DE SOLIDARIDAD
GLOBALIZACIÓN: DE LA RESISTENCIA A LA ALTERNATIVA
ORIENTACIÓN DE LA IGLESIA
BIBLIOGRAFÍA

RESUMEN

En este escrito, pretendemos reflexionar sobre la Doctrina Social de la Iglesia frente al concepto de desarrollo, al proceso de globalización y al mundo en transformación. Se hace referencia a los temas significativos en el mundo de hoy centrados en el humanismo: el contexto y la superación del conflicto Este-Oeste, las distintas concepciones del desarrollo, y la globalización vigente; los principios y la concepción de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI, en adelante) frente a esa problemática. Así mismo, se recalcan los ingredientes que la DSI considera deben involucrarse en el mejoramiento de la calidad humana de los pueblos.

Consecuentemente, se hace alusión a algunas propuestas que inmersas en el pensamiento de la DSI redundarían en un mejor bienestar para el desarrollo humano.
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INTRODUCCIÓN

La incursión de un laico y economista en los temas que ha tratado la Doctrina Social de la Iglesia, sobre todo ante el vasto y profundo acervo que la constituye, en mi caso es apenas sólo un intento de consideración de aspectos de la misma desde la perspectiva económica en torno a los temas del desarrollo y la globalización.

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica ha venido reafirmando su llamado a los laicos para que se apersonen de su trabajo en las realidades que les son propias o peculiares, o sea, las que tienen que ver con los asuntos temporales. Pareciera que los ciudadanos en general sintieran como ajenas las actividades públicas, como las del mundo de la política y de la economía. Muchos sienten impotencia, o aversión a cualquier clase de participación en los asuntos públicos, tal vez marcados por ingratas experiencias relacionadas con la corrupción y el clientelismo.

Ya en los tiempos de los apóstoles, la Iglesia se preguntaba sobre el valor de las cosas en el mundo o los asuntos temporales, en contraste con los asuntos del espíritu. ¿Tenía “valor” el mundo? ¿Tiene sentido aferrarse y preocuparse por tantas cosas? Algunos en la comunidad de Tesalónica, ante la magnitud de lo que viene pronto, habían decidido esperar al Señor en la inactividad. Pablo pide que a esos se les llame la atención (Ts 5,14) y el discípulo que escribe, 2 Ts afirma: “Quien no quiera trabajar, que no coma” (3,11). ¿Tiene valor dedicarse a la política, a la economía, a la ciencia, a la cultura, y si el Señor ya viene, está a la puerta? ¿Cómo articular la fe en el señor Jesús con la actividad familiar, social, política? Ni Pablo ni los otros escritores de las cartas del Nuevo Testamento se plantearon la pregunta abstracta, pero tuvieron que responder en la práctica frente a los problemas concretos ([ii]). “A Dios rogando y con el mazo dando”, expresa la sabiduría popular, y es una frase que sirve también para connotar el fracaso que puede conllevar la separación entre fe y vida.

El mensaje evangélico del humanismo cristiano es radical. Enseñanzas como el Sermón de la Montaña o de las bienaventuranzas, hablan de una conversión real y de una vida cotidiana responsable para quien desea ser consecuente con ese mensaje. Y en él se expresa una especial solidaridad con los débiles y con los que sufren, como criterio para vivir la utopía cristiana.

Desde la patrística, se formularon fervientes llamados para que esa justicia se concretara en equidad, la justicia de los hechos concretos; por ejemplo san Ambrosio expresaba que lo que se le da al pobre, en justicia le pertenece. Los bienes han sido creados por Dios para todos los hombres. Y por tanto son comunes en cuanto al uso. La apropiación privada de algún bien debe estar supeditada a su función social, a que sirva para la utilidad común. Si los bienes son comunes en cuanto al uso, la persona al tener la propiedad, debe ser intendente, (gerente) es decir hacerla producir para el uso común ([iii]).

De hecho, el cuerpo de la DSI ha crecido en el curso de los siglos, siempre que la Iglesia encontraba situaciones sociales nuevas, y en particular en el Siglo XX. La enseñanza social de la Iglesia contiene un cuerpo de doctrina que se articula a medida que interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, y a la luz del conjunto de la Palabra revelada y de la asistencia del Espíritu Santo. El Catecismo, el compendio de enseñanzas católicas, expresa, asimismo, que el desarrollo de la doctrina en materia económica y social, da testimonio del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al mismo tiempo que del sentido verdadero de su tradición siempre viva y activa.

Documentos como Lumen Gentium, Apostolicam Acuocitatem, Christifideles Laici y Eclessia in America, entre otros, vienen clamando por la reorientación de los asuntos públicos al servicio del bien común; la política y la economía al servicio de la sociedad y de las personas concretas.
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EL MAGISTERIO PONTIFICIO Y LA ECONOMÍA

La DSI ha establecido sus orientaciones frente a la dignidad de la persona humana y el desarrollo económico y social por medio de encíclicas tales como Rerum Novarum dada a conocer por el Papa León XIII en 1891, sobre la cuestión obrera; es un documento fundamental que, en la opinión de muchos observadores, marca un hito de la enseñanza católica social moderna. En ella, el Papa trata de la condición difícil de los obreros, rechaza la tesis de la lucha de clases, afirma los derechos de los obreros y apoya a los sindicatos. Esta encíclica ha venido siendo rememorada y actualizada por los Pontífices del siglo XX, incluido Juan Pablo II, en documentos de reconocida trascendencia humana y social, como son: Quadragesimo Anno, Pio XI, 1931; Radiomensaje, Pio XII, 1941; Mater et Magistra y Pacem In Terris, Juan XXIII, 1961 y 1963; Octogesima Adveniems, 1971; Populorum Progressio, Paulo VI, 1967; y Laborem Exercens y Centesimus Annus, Juan Pablo II, 1981 y 1991, respectivamente. Nombremos algunas de sus características:

León XIII y Rerum Novarun (1891). El Papa aborda tres temas que tienen relación con la economía: la propiedad privada, el rol económico del Estado y de las personas y el salario justo. La propiedad privada de bienes productivos y de consumo tiene su raíz en la naturaleza intelectual, libre, social e histórica de la persona, que por su trabajo, por su indigencia, por velar por su futuro y el de su familia tiene derecho a la propiedad y uso de los bienes (cf. RN 4-11).

Pío XI, Quadragesirno Anno (1931). El Papa describe la economía a partir de las mutuas relaciones entre el capital y el trabajo (53,100). Este tipo de economía no es condenable en sí, sino cuando se da una relación de abuso en que se lesiona la dignidad de la persona y el carácter social de la economía (54,101).

Juan XXIII, Mater et Magistra (1961). El “Papa bueno” abordó cuatro puntos: la interrelación entre la iniciativa privada y rol del estado, la dignidad de la persona en relación con las estructuras socioeconómicas (82-103); los problemas inherentes al desarrollo agrícola (123-149) y, por último, los problemas del desigual desarrollo a nivel nacional e internacional (51-58).

Gaudium et Spes (1965). La vida económico-social (II parte, 3er. capítulo). La primacía de la persona: la afirmación básica del capítulo es que el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica-social (63). Por eso también en la vida económica-social debe respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocación y el de toda la sociedad (¡bid).

Pablo VI: sus aportes más significativos están contenidos en la encíclica Populorum Progressio, publicada en la Pascua de Resurrección el 26 de marzo de 1967. (Cf. infra “Desarrollo y desarrollismo”).

Tres temas diferentes, pero interrelacionados, ha abordado Juan Pablo II; el trabajo humano, el desarrollo y el mercado y la economía moderna. Al hablar de trabajo humano en Laborem Exercens (1981), reflexiona profundamente sobre el eje articulador que ya aparecía en Gaudium et Spes: la primacía de la persona por sobre la obra. El gran pecado moderno ha sido la inversión de valores que se produce en la conciencia humana: las cosas valen más que las personas, tanto a nivel de producción, como de consumo. Y la tarea importante es recuperar la dimensión subjetiva del trabajo: que el hombre se sienta trabajando en lo propio, sujeto de su trabajo, valorado y realizado como persona.

En Sollicitudo Rei Socialis (1987) el tema relevante fue el desarrollo, conmemorando los 20 años de Populorum Progressio: Hay una mirada más bien pesimista sobre la realidad, por el aumento de desempleo y subempleo, por la pobreza, por los problemas de deuda internacional y por los diversos problemas de la política internacional que privilegian los intereses de los países ricos.
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LO NECESARIO Y LO SUPERFLUO

La propiedad tiene una función social, es un postulado de las constituciones políticas de los estados democráticos. San Agustín nos habla sobre las riquezas, y el énfasis lo puso en el recto uso de ellas. Lo que está en íntima relación con la necesidad. Subyace la idea de usar de los bienes tanto cuanto ayuden a solucionar la necesidad y que todo exceso por sobre la necesidad es malo, como sucede con la gula y el pecado de riqueza; las cosas necesarias para vivir humanamente son pocas. Y lo que va más allá de la necesidad es superfluo y pertenece a los pobres. Posees lo ajeno cuando posees lo superfluo... y lo superfluo hay que comunicarlo ([iv]).
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LA VIDA Y DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

La santidad de la vida humana y la dignidad inherente de la persona son los fundamentos de todos los principios de la enseñanza social católica. Cada persona ha sido creada a imagen de Dios y cada persona es de inestimable valor. Asimismo, todas las leyes sociales, prácticas, instituciones y actividades económicas deben proteger, no minar, la vida y la dignidad humana, desde la concepción hasta la muerte natural.
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LLAMADO A LA FAMILIA, LA COMUNIDAD Y LA PARTICIPACIÓN

La forma como se organiza la sociedad -en lo económico y en lo político, en leyes y normas- afecta directamente la dignidad humana y la capacidad de los individuos para crecer en comunidad. El hombre es un ser social que realiza su dignidad y potencial humano en sus familias y comunidades ([v]). En el pensamiento católico, la familia es la célula básica de la sociedad, y por lo tanto debe ser sostenida. La construcción de comunidad es una idea de raigambre cristiana, eclesial y democrática. El Estado tiene la misión primordial de proteger la vida humana, promover el bien común y defender el derecho y deber de todos a participar en la vida social, pues a la democracia formal debe corresponder la democracia real y esta en los nuevos tiempos debe ser ampliamente participativa tanto en los derechos como en los deberes en torno al bien común.

La tradición católica enseña que la dignidad humana se puede proteger, y también se puede lograr una comunidad saludable, sólo si se respe tan los derechos humanos y se cumplen sus deberes correlativos. La DSI defiende la responsabilidad personal, como también los derechos sociales. El derecho a la vida es fundamental e incluye el derecho a la comida, al vestido, al abrigo, al descanso, al cuidado médico y a los servicios sociales esenciales. Varón y mujer tienen el derecho a cofundar una familia y el deber de sostenerla en el matrimonio. La dignidad humana requiere la libertad religiosa y política, y el deber de ejercer estos derechos por el bien común. Igualmente, la DSI católica enseña que el hombre tiene el deber de luchar por su bienestar personal y colectivo. Es decir, la sociedad debe garantizar las libertades fundamentales y el hombre tiene que aprovecharlas para desarrollarse, tanto individual como colectivamente.
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OPCIÓN POR LOS POBRES E INDEFENSOS

La enseñanza católica expresa como un criterio ético-moral básico el de la caridad, como expresión elevada de la política, y en particular referida a unas condiciones económicas y sociales en las que pue­dan prosperar los miembros más indefensos. La DSI no pone un grupo social contra otro, sino más bien sigue el ejemplo de nuestro Señor que se identificó con los pobres e indefensos ([vi]), dándole prioridad a ellos, pero fortaleciendo la salud de toda la sociedad. La DSI reconoce que existen poderes oportunistas y manipuladores, que po­nen la vida humana y dignidad de las personas en peligro. Los pobres tienen prioridad sobre todos los recursos, y no como mera opción, sino como los expresa Eclessia in America, se trata de un “amor preferencial”, que expresado en términos económicos se traduciría en programas generales de acceso a las oportunidades en igualdad de con­diciones, y en la equidad que ilumina la justicia distributiva.
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LA DIGNIDAD DEL TRABAJO Y DERECHOS DE LOS TRABAJADORES

En el pensamiento católico el trabajo es más que una forma de ganarse la vida; es una manera de participar continuamente en la creación de Dios. Las encíclicas modernas establecieron que los tra­bajadores tienen derechos al trabajo decente, sala­rios justos, condiciones de trabajo seguras, for­mación de sindicatos, protección contra la in­capacidad, seguridad de jubilación e iniciativa provechosa. La economía existe para la persona humana; la persona humana no existe para la econo­mía, y afirman que el trabajo tiene prioridad sobre el dinero.

El trabajo humano no es una mercancía, cuyo valor puede ser determinado por las solas fuerzas del mercado; no basta el libre acuerdo entre las partes para que el salario sea justo, porque el obre­ro movido por la necesidad, puede aceptar cual­quier retribución. El trabajo es expresión de un ser necesitado pero al mismo tiempo personal. Existe una justicia anterior y superior a la mera justicia conmutativa. Dicha justicia a la que se refiere León XIII será llamada más adelante en el pontificado de Pío XI, justicia Social. Este mismo Papa precisará más los criterios para determinar el justo salario (encíclica Quadragesimo anno).

Hoy día los sindicatos y el movimiento interna­cional de los trabajadores no es el mismo de hace dos décadas; políticas de desregulación laboral o de disminución de sus posibilidades de organiza­ción y de sus prestaciones laborales en aras de una “flexibilización”, que de productividad a las em­presas ha recordado las enseñanzas de la DSI so­bre el maltrato dado al trabajo humano: Pío XI afir­mó que °...de las fábricas sale ennoblecida la materia inerte, pero los hombres se corrompen l, se hacen más viles” ([vii]).
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SOLIDARIDAD

Una adecuada concepción del trabajo humano es fundamental para que la cultura de la solidari­dad y la economía de la solidaridad tengan plena vigencia. El hombre y la mujer, mediante su traba­jo no solamente transforman la naturaleza, sino que se transforman a sí mismos, creciendo en humani­dad. La dignidad del trabajo no viene dada por su sentido objetivo, la obra que resulta del esfuerzo personal, comunitario y social, sino por su sentido subjetivo, porque el que realiza la obra es una per­sona, un ser dotado de interioridad, un sujeto au­tónomo, libre, creador y llamado a participar en so­lidaridad con otros en el esfuerzo común ([viii]).

Al testificar que el trabajo tiene prioridad sobre el dinero, la DSI abre la puerta a una serie de con­ceptos sobre posibles estrategias de desarrollo que son particularmente aplicables en el contexto lati­noamericano. Las sociedades latinoamericanas tie­nen una grave incoherencia estructural que se ori­gina en la violación del principio de la dignidad del trabajo y del derecho de todo ciudadano a un trabajo digno, útil y justamente remunerado. Este principio se relaciona con la economía y las políti­cas sociales y su razón de ser al servicio de la so­ciedad en general y de cada persona en particular y en concreto.

La DSI considera a cada persona como miem­bro de la familia humana, cualesquiera sean sus diferencias nacionales, raciales, étnicas, económi­cas, políticas y culturales. La DSI habla de un bien común “universal” que se extiende más allá de las fronteras de la nación hacia la comunidad global. La solidaridad, “aquella virtud por la cual uno se enriquece dando”, ayuda a reconocer que el desti­no de los pueblos de la tierra están cada vez más entrelazados por consideraciones ambientales y de globalización. Esta solidaridad requiere, no sólo que las naciones ricas ayuden a las más pobres, en un ambiente de cooperación y de subsidiaridad; exige un respeto por las culturas diferentes y justi­cia en las relaciones internacionales, e insta a las naciones a vivir en paz, como condición de su pro­pio desarrollo.
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EL DESARROLLO HUMANO SOSTENIBLE

Como armonía con la naturaleza y legación de un ambiente sano a las generaciones venideras, las sociedades deben cuidar bien de los recursos; to­das las personas tenemos responsabilidad ambien­tal para que el progreso no se produzca mediante la devastación de la naturaleza y el desarrollo pue­da ser verdaderamente humano, es decir libre, res­ponsable y con valores trascendentes. Esto es un reto complejo. Los seres humanos son parte de la creación y cualquier cosa que hacen en la tierra tam­bién les afecta.
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CONFLICTO Y GLOBALIZACIÓN

Si bien se han establecido los valores principa­les inherentes al desarrollo integral del hombre y de la sociedad en general, nunca habrá un consen­so absoluto sobre cómo alcanzar tal objetivo. La sociedad siempre estará en conflicto, y la solución pacífica de los mismos está en el centro de la Pala­bra y de la DSl no sólo cuando se identifica al buen cristiano como hacedor de paz, sino también tra­tándose de las realidades económicas, cuando se identifica el desarrollo auténtico con la misma paz o felicidad colectiva. Una expresión de la política, que está en medio de los conflictos, es el presu­puesto público que en los países con democracia participativa, sintetiza la solución pacífica de la dis­tribución de los recursos del estado. Allí la noción de bien común debe primar sobre la de los intere­ses meramente particulares; pero al político y al economista cristiano se les pide aún más: que ten­gan como prioridad la solución de las necesidades de los pobres y en general de todos los que sufren; en general, que tengan en cuenta siempre a los que no tienen voz en estos campos de la política y de la economía donde generalmente son oídos los más fuertes, los que han tenido el poder y la riqueza.

La economía está en manos del capitalismo de con­glomerados, en particular en los sectores energéti­co y de las finanzas, lo que permite controlar el cré­dito que es como la sangre misma de toda la actividad económica.

La globalización nunca fue una proyección o plan de un pueblo, ni una expresión democrática de voluntad nacional. Aunque las estrategias globalizadoras, en algunos casos, fueron abierta­mente debatidas en foros democráticos, como su­cedió en el caso de NAFTA en los Estados Unidos y Canadá, entre pares, la globalización no fue percibida como una estrategia para fomentar el desarrollo del ser humano. Se trataría más bien de un fenómeno forjado y tramitado principalmente en los consejos de administración de las grandes corporaciones del mundo y adelantado con la con­nivencia o tal vez impotencia, en algunos casos, de la clase política de cada uno de los países.
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VISIÓN ECONÓMICA MODERNA

La posición de la DSI ha sido diáfana cuando considera que el desarrollo se centra en el ser hu­mano y cuando no se acepta la separación de la economía v de lo humano. Detrás de los números y de las estadísticas, el cristiano ve la realidad pro­blemática, como una oportunidad para promo­ver el desarrollo de las personas que están de­trás de esas cifras. Lo que cuenta para la Iglesia es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres hasta la humanidad entera ([ix]). Pero la eco­nomía está en manos del capitalismo de conglo­merados, en particular en los sectores energético y de las finanzas, lo que permite controlar el crédi­to que es como la sangre misma de toda la activi­dad económica.

No puede haber una economía de mercado creativa y al mismo tiempo socialmente justa, sin un sólido compromiso de la sociedad y sus acto­res con la solidaridad a través de un marco jurídi­co que asegure el valor de la persona, la honradez, el respeto a la vida y la justicia distributiva v la preocupación efectiva por los más pobres (No. 145).
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EL DESARROLLO Y LA EXPRESIÓN DEL CONFLICTO ESTE OESTE

Varias décadas del siglo XX vivió la humani­dad pendiente de la guerra fría o enfrentamiento de dos sistemas con modelos sociales y económi­cos diferentes: el capitalismo y el socialismo, tales como fueron impulsados por las potencias de en­tonces EEUU y la Unión Soviética. Después del derrumbamiento del muro de Berlín, pareciera triunfadora la potencia capitalista, pero la realidad es que todavía está por realizarse otra utopía, cen­trada en los valores como la verdad, la solidaridad y la participación libre y democrática.

La distinción entre crecimiento v desarrollo se puede aplicar provechosamente a los conceptos que forman los modelos de desarrollo en las socieda­des latinoamericanas. La cuestión parece ser si, como pueblos con culturas y tradiciones particula­res, con una historia de grandeza, pero matizada de injusticia social, explotación, oscurantismo cul­tural y otros problemas de orden político y social, se escoja un modelo ideológico para el futuro, uno de puro crecimiento o uno de desarrollo integral, enfocado en las necesidades de todos los ciudada­nos y de los más necesitados en particular. Tradi­cionalmente el modelo preferido por la clase polí­tica es el de puro crecimiento.

El problema más frecuente está en interiorizar la distinción entre crecimiento y desarrollo, y es un enigma que todavía confunde a los políticos y a la mayoría de la gente que se interesa por las gran­des propuestas sociales y culturales; tradicional­mente se ha percibido una relación muy estrecha entre los dos factores. Se suponía pues, que las so­ciedades más crecidas económicamente siempre son las más desarrolladas y las menos desarrolla­das, las menos crecidas. De hecho, aun los econo­mistas no pusieron mucha importancia sobre la distinción hasta hace poco, cuando el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, empezó a recoger y publicar información sobre los índices de desarrollo humano en el mundo.
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EL MAGISTERIO DE LOS OBISPOS EN AMÉRICA LATINA  
MEDELLÍN, PUEBLA, SANTO DOMINGO

El tema económico aparece al describir aspec­tos de la realidad de América Latina, especialmen­te en los textos de Promoción humana: Justicia y Paz, Familia y Demografía, Educación, juventud. Habla de los sistemas económicos, de los actores y de las causas de pobreza. En la descripción apare­cen matices y vocablos relacionados con aspectos económicos, que ponen énfasis en la pobreza, sub-desarrollo, marginación... Hay actitudes éticas que van unidas: insensibilidad de los más favorecidos frente a la miseria, acentuación del hedonismo y erotismo... propiciado por la civilización del con­sumo...” ([x]). Son constantes los llamados de los pas­tores para responder en el espíritu del Jubileo con la condonación de la deuda externa de los países pobres, o al menos, con una rebaja sustancial y de la inversión de los dineros condonados en progra­mas sociales como salud, educación y vivienda.
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CONDONACIÓN DE LA DEUDA EXTERNA

Constante ha sido el llamado de los Obispos de América para impulsar la lucha contra la deuda externa. En su encuentro habitual, celebrado en Vancouver, del 21 al 23 de febrero de 2000, los obis­pos americanos han dado un importante impulso a la lucha contra la deuda externa, siguiendo las indicaciones de la exhortación apostólica posino­dal: “Iglesia en América” y las indicaciones de la Santa Sede con motivo del Gran Jubileo de 2000.

Los obispos de América Latina (CELAM), de Ca­nadá (CCCB) y de Estados Unidos (NCCB) afirma­ron que en su reunión trataron de “ lo que preocu­pa a la Iglesia y a la sociedad de América” y recuerdan que en su exhortación el Papa invita a la Iglesia americana a desarrollar colaboraciones en­tre las poblaciones del Norte y del Sur, en este co­mienzo del nuevo milenio.

Los debates se han re­ferido a temas como la Iglesia y la cultura, la nue­va evangelización, la misión, el desarrollo de la pas­toral y la enseñanza social católica. Los participan­tes se han detenido sobre todo en situaciones que sufren en este momento Haití y Venezuela.

Respon­diendo a las urgentes llamadas en favor de una eli­minación sustancial de la deuda, hechas por el Papa, en el marco del Gran Jubileo, los Obispos han dedicado una especial atención a este proble­ma. Han expresado su reconocimiento al Santo Pa­dre que ha llevado la voz cantante, a través del mundo, sobre la supresión de la deuda y la dismi­nución de la pobreza. “El Santo Padre sigue el ejem­plo de Jesucristo y nos invita a comprometernos sobre todo con los más desposeídos”, han subra­yado. En el encuentro de Vancouver, el énfasis se ha puesto en los efectos nefastos de la deuda inter­nacional que afectan especialmente a los pueblos de Latinoamérica. Aunque se han aportado mejo­ras para corregir la situación, los obispos america­nos desean proseguir el diálogo y actuar concreta­mente para reducir la deuda externa. Han resaltado la importancia de seguir aplacando las consecuen­cias trágicas de este endeudamiento, conscientizando a sus gobiernos respectivos, la Banca Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los eco­nomistas, especialistas en ética, banqueros y otros líderes de la comunidad económica internacional.

Así mismo han animado a las diócesis y a las pa­rroquias a proseguir sus programas de sensibili­zación sobre este problema y a desarrollar accio­nes solidarias con las personas que sufren una gran pobreza.

Han insistido también en la importancia de detener la corrupción, asegurar la transparencia y ensanchar la participación de la sociedad en las medidas puestas en marcha para reducir la deu­da. Por ultimo, acordaron encontrarse de nuevo para proseguir los debates y poner en marcha me­dios encaminados a reducir o a eliminar la enorme deuda de las naciones más pobres en todo el mun­do.

Entre los participantes estaban el presidente del CELAM, monseñor Jorge Enrique Jiménez Carva­jal, el presidente de los obispos canadienses, monseñor Gerald Wiesner, o.m.i, y el presidente de los obispos estadounidenses, monseñor Joseph A. Fiorenza. Asistieron como invitados los nuncios en Haití, monseñor Luigi Bonazzi; en Canadá, monseñor Paolo Romeo; y el presidente de la Con­ferencia Episcopal de Haití, monseñor Hubert Constant, o.m.i’ ([xi]).
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EL MODELO “CRECIMIENTO”

En cualquier discusión sobre el desarrollo es importante distinguir adecuadamente entre los conceptos de desarrollo y crecimiento. La distinción es tal vez más entendible en la biología donde el crecimiento de un organismo significa simplemen­te el aumento de cuerpo, masa o volumen, mien­tras el desarrollo, en las mismas ciencias, significa un proceso de transformación gradual, lenta y con­tinua que lleva al ser de una condición de inmadu­rez, hasta un estado más completo, en el cual dis­fruta de sus más altos atributos y capacidades.

La DSI habla firmemente sobre la cuestión del desarrollo, cuando se limita a la elaboración y de­finición de los principios del desarrollo integral humano v no se comparte con ideologías o estrate­gias políticas particulares como caminos hacia el progreso de la humanidad. Es decir, el compromi­so expresado por la Doctrina Social de la Iglesia no es con ideología alguna sino con la promoción hu­mana integral.

Hay que establecer las condiciones para satis­facer las necesidades básicas, de tal manera que permita la liberación del espíritu humano, empe­zando con la satisfacción de sus necesidades bási­cas, y luego progresando y permitiendo satisfacer sus necesidades más altas y sublimes en un proce­so de desarrollo verdaderamente completo e inte­gral. El ser humano no es sólo cuerpo material, psiquis e intelecto, sino también es alma, esta gran fuerza creadora que impulsa el ser hacia niveles de desarrollo cada vez más altos y sublimes, determi­nando su propio destino en un proceso continuo. Para permitir la realización de este gran progreso en la condición humana, hay que establecer las con­diciones para que el ser se alimente en su integri­dad, satisfaga sus necesidades más básicas y, en fin, libere su único e inestimable espíritu humano.
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DESARROLLO Y DESARROLLISMO

A  partir de la década del sesenta la contradic­ción fundamental entre el mundo rico y el mundo pobre fue planteada en términos de desarrollo y subdesarrollo. Países desarrollados eran aquellos que habían alcanzado altos grados de creación cien­tífica y tecnológica y un estadio de industrializa­ción que les permitía avanzar en un crecimiento autodeterminado y auto sostenido.

Países subdesarrollados serían los restantes. Según esta perspectiva, estos se hallarían simple­mente en una situación de mero retardo histórico con relación a los desarrollados; una distancia en el tiempo que los países subdesarrollados debían cubrir en la misma forma y cubriendo las etapas en que lo hicieron los países desarrollados.

Bajo diversas formas y matices, esta concepción pudo recibir el nombre genérico de desarrollismo. Parte del supuesto que el modelo de sociedad in­dustrial y de consumo de los países desarrollados, debía ser imitados incondicionalmente por los pai­ses subdesarrollados. El progreso estaba basado en la idolatría de la razón, de la ciencia y de la técnica e identificaba desarrollo con crecimiento económico.

Pretendía imponer a todos los pueblos, con va­lidez universal, la sociedad de consumo, basada en el mero tener más; en la posesión insaciable de cosas; en el afán de lucro; la búsqueda desenfrena­da de comodidad y prestigio social: los hombres perdían su condición de sujetos históricos, perso­nas, para transformarse en objetos de la lógica del consumo.

La década del sesenta, llamada la década del desarrollo, no alcanzó ninguno de los objetivos que se propuso, ni siquiera en el orden económico. Las políticas y estrategias desarrollistas fracasaron.

La Iglesia se opuso frontalmente al desarro­llismo y le dedicó al tema la magnifica encíclica Populorurn Progressio de Paulo VI, afirmando que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

El desarrollo, en sentido estrictamente cristia­no, tal como lo han expuesto el concilio y Paulo VI, es un proceso progresivo y permanente de creci­miento, perfección y madurez humanos y cristia­nos: Consiste en el paso de todo el hombre y todos los hombres -de personas y de pueblos, por lo tan­to- de condiciones de vida más humanas que los acerquen cada vez más a la plenitud de su realiza­ción. El desarrollo es integral, porque abarca toda la vida de los hombres y las comunidades, y no se agota con el mero crecimiento económico como lo quiso el desarrollismo. Su meta consiste en satisfa­cer las necesidades humanas todas, desde el ham­bre de pan hasta la nostalgia de Dios. Es obligato­rio, porque nadie tiene derecho a renunciar a su vocación ni a su misión.

Consiste en ser más, en crecer humanamente, pero también en tener más cuando ello es condi­ción para ser más. Por el desarrollo, el hombre se hace colaborador de Dios en ese acto primogénito de amor divino que es la creación. Supone la exis­tencia de un mundo que es digna morada para el hombre, y al cual este puede hacer cada vez más humano, porque en él esta, la huella de Dios. Su­pone la dignidad esencial del trabajo y los trabajadores, llamados a transformar el mundo con su ac­tividad creadora.
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LA DSI Y EL DESARROLLO

El conjunto de la enseñanza católica establece su orientación en cuanto al desarrollo del hombre, insistiendo en la necesidad de que el hombre pros­pere para que pueda desarrollar cada vez más y mejor sus posibilidades y capacidades, y realizar­se en la sociedad en que vive. Esto implica que la Iglesia tenga una visión de la persona humana como punto focal de toda actividad de carácter so­cial, económico y político. El teólogo Hans Urs Von Balthasar expresó el valor que Cristo concedió al hombre con estas palabras:

Si no se quiere recaer en el idealismo, ni oscurecer en el materialismo, el único camino que permane­ce abierto es el camino cristiano, capaz de recono­cer a tu hermano un valor infinito, porque Dios, por elección y la muerte en la cruz, le ha reconoci­do este valor y se lo ha realmente conferido, lo cual a su turno sólo es posible si la relación yo-tú-noso­tros, tiene una dignidad absoluta y divina, en el ser trinitario del amor ([xii]).

Esa relación se concreta en la historia, en la vida cotidiana, personal y comunitaria, particularmen­te desde un “amor preferencia¡ por los pobres”. Como se observó anteriormente, la DSI concentra su pensamiento en favor de todos los hombres y mujeres y en particular de los más pobres y los marginados, mediante el llamado desarrollo huma­no, integral, y las condiciones sociales, económi­cas y culturales que favorecen ese desarrollo.

En este contexto, Francisco de Paula Jaramillo, en su libro: Hacia una concepción cristiana del desarro­llo‘, concibe al desarrollo como “la acción y el efecto de extender, aumentar o ampliar algo que estaba arrollado, es decir, vuelto sobre sí mismo, ignoran­te de sus potencialidades o incapaz de apreciarlas y ponerlas en movimiento. Es, pues, lo contrario de lo quieto, de lo estático, de lo pasivo. Supone una iniciativa, un proceso, unas estrategias, unas prioridades, unos mecanismos y unos criterios orientadores” ([xiii])

Amartya Sen, por su parte, conside­ra el desarrollo no solamente en el buen funciona­miento de los mercados y el beneficio de los inter­cambios -importantes como son-, sino también en el papel fundamental de las capacidades humanas y su dependencia de la educación básica, de los servicios de salud, de los patrones de propiedad, de las relaciones de género y de la oportunidad social de colaboración y oposición política. De esta forma, el profesor Sen y la DSI, consideran el desa­rrollo en un sentido más amplio que el simple cre­cimiento económico, expresado en términos del aumento del PNB per cápita.

El ser humano está en la obligación de desarrollarse en todos los as­pectos de su vida personal y social, aprovechando al máximo el conjunto de aptitudes y cualidades; es decir, que no basta el desarrollo material y cuan­titativo, sino que éste debe ser integral. Así enton­ces, la DSI considera que el desarrollo no debe ser visto o entendido exclusivamente bajo una concep­ción meramente económica, con criterios y medi­das tan efímeras y endebles como el producto por persona, el número de personas que poseen auto­móviles o en general, en cuanto a indicadores rela­cionados con el bienestar; con índices de analfabe­tismo, con la dotación de agua o con las crecientes posibilidades de educación, entre otros. El desa­rrollo desde la óptica de la DSI debe entenderse bajo una dimensión humana integral, porque lo que cuenta en definitiva es el hombre “...es un huma­nismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quie­re decir esto sino el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres?” ([xiv])

Es importante tener presente que cualquier modelo de desarrollo se puede y se debe evaluar de acuerdo con los principios católicos sobre el tema “...La riqueza económica de un pueblo no consiste propiamente en la abundancia de bienes, estimada según el cómputo material de su valor, sino más bien reside en que tal abundancia ofrezca real y eficazmente la base material suficiente para el debido bienestar personal de sus miembros... si no se realiza esta distribución de los bienes o si se verifica sólo imperfectamente, no se logrará el ver­dadero fin de la economía nacional, pues por muy grande que sea la abundancia de los bienes dispo­nibles, el pueblo al no ser llamado a participar de ellos, no será económicamente rico, sino pobre” ([xv])

En definitiva, el desarrollo debe ser visto como un proceso de expansión de libertades reales. Esto atiende a una dimensión integral de las personas y a los designios de Dios. Se ajusta con el derecho a crecer en humanidad y con el derecho a vivir en una familia unida y un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad y de la vo­cación trascendental del ser humano y de la soli­daridad en la sociedad en que se vive.
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DESARROLLO INTEGRAL

Quizá la definición más apta del desarrollo integral se expresó en el Informe de la Comisión Colombiana:

“Se entiende por pleno desarrollo, o desarrollo in­tegral, el desenvolvimiento armónico de todas las dimensiones que expresan al hombre como perso­na y como miembro de una comunidad y de la Igle­sia. Es tanto como hablar de la presencia de un hombre gestor, protagonista de su propia historia. La presencia de un hombre Hijo de Dios, en Cristo, en el Espíritu Santo. El desarrollo es un proce­so mediante el cual el hombre logra toda la reali­dad que le concierne como ser en el tiempo para la eternidad. Esa realidad es teológica y social en todo su alcance: política, económica, cultural y trascendente([xvi]).

El solo crecimiento económico no puede ser vis­to como desarrollo, pues lo que se ha dado en los países que se han sumergido en un proceso mera­mente cuantitativo, además de haber fracasado en la consecución de mejores resultados económicos, han generado una mayor exclusión social y un au­mento del proceso de marginalización, pues la mayoría de los sectores no fueron capaces de adap­tarse a los cambios acelerados que produjeron las distintas reformas económicas aplicadas en cada uno de los países y al llamado proceso de globalización. De esta forma, una política econó­mica que no sea integrada con políticas sociales y ambientales, es casi seguro que no surta los efec­tos que de ella se esperan.

Por lo tanto, no se trata sólo de elevar a todos los pueblos a un estado similar al que hoy poseen los países ricos o desarrollados, se trata también de construir a las naciones bajo una concepción de trabajo solidario en pro de una vida más digna para sus habitantes, haciendo a la persona más creativa, con una libertad efectiva y con una gran capacidad para responder a la propia vocación y al llamado de Dios. Tampoco se puede concebir el desarrollo con las intervenciones del Fondo Monetario Inter­nacional o de los importantes bancos nacionales o internacionales, ni con obsequios de otros países. La experiencia del desarrollo en el mundo, expre­sa la DSI, demuestra que tales inversiones crean cambios en las comunidades, pero a menudo las dejan con los mismos desequilibrios, injusticias y problemas. Al contrario, el legítimo desarrollo se consigue en saber explotar los recursos naturales de la nación, de las comunidades y del pueblo. Pero hay que reconocer que tal afirmación se queda netamente expuesta a las prácticas tradicionales de los países pobres.
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GLOBALIZACIÓN Y DESARROLLO

El concepto de globalización, que ha tenido su manifestación más clara en el dinámico y complejo ámbito de las relaciones económicas del mundo contemporáneo, ha adquirido su carta de ciudada­nía en el universo más amplio de las numerosas dimensiones de la vida de los pueblos. Así, hoy en día se está hablando de globalización en las comu­nicaciones, de la informática, de la educación, del comercio, de la industria, de las relaciones políti­cas, del trabajo, del turismo, en fin, se habla hasta globalización de la cultura. No obstante, la globalización, como todas las realidades humanas, puede involucrar tanto efectos positivos como ne­gativos, que se manifiestan en distintos niveles. Por ejemplo, los más claros de ellas, tiene que ver con el ámbito económico, donde la globalización sirve para que algunos consoliden su poder económico. En el campo socio cultural muchos han vislumbra­do la pérdida de valores y de identidad cultural local y otros oportunidades de revalorización en la interculturalidad.

La globalización es un fenómeno reciente, que marcará profundamente el futuro económico del mundo, y que afectará a los países en desarrollo de una manera decisiva. Muchos autores y pensa­dores sobre el destino de la civilización, han veni­do repitiendo incesantemente que el mundo se está acercando cada vez más, que las comunicaciones van a tener un gran impacto en los patrones de vicia de los países, que el acceso a la información va a determinar el desarrollo de las naciones, que el mundo se ha transformado en una aldea global y que el conocimiento será el mayor recurso de las naciones.

La realidad, es que la globalización económica ya no es una teoría, o un posible camino de la eco­nomía y el mercado, sino un hecho concreto que está cambiando por completo las estrategias eco­nómicas de todas las naciones, redefiniendo las relaciones internacionales y creando nuevos y po­derosos patrones culturales.

El propósito económico que inspiró la globali­zación es, sin lugar a duda, el de crecimiento económico de la clase empresarial, pero no hay evi­dencia de que la cuestión de desarrollo del ser hu­mano y de su dignidad sean cosas que preocupen a las transnacionales que pregonan la globalización. La globalización puede ser una buena estrategia para la acumulación de riquezas, pero esas rique­zas son acumuladas para unos pocos. La DSI, por su parte, recomienda la generalización y difusión de un amor fraternal v la solidaridad como los ele­mentos que deben unir las comunidades humanas, inclusive entre poblaciones de distintas partes del mundo, y que se puede traducir en una estrategia para el progreso humano; el amor, seguramente, no figura como elemento en la política de globali­zación. Pero ¿de qué se está hablando cuando se menciona el término “globalización’? Dice Juan Carlos Tedesco:

Al estar basada fundamentalmente en la lógica eco­nómica y en la expansión del mercado, la globalización rompe los compromisos locales y las formas habituales de solidaridad y de cohesión con nuestros semejantes. Las élites que actúan a nivel global tienden a comportarse sin compromisos con los destinos de las personas afectadas por las con­secuencias de la globalización. La respuesta a este comportamiento por parte de los que quedan ex­cluidos de la globalización es el refugio en la iden­tidad local donde la cohesión del grupo se apoya en el rechazo a los ‘externos” ([xvii])

Así, la cuestión central del fenómeno “globali­zación” parece ser, si los países latinoamericanos pueden alcanzar un proceso de desarrollo integral mientras persiguen un proceso de puro crecimien­to, o si tendrán que buscar otro modelo para ase­gurarse de un progreso más auténtico, en el que pueda afirmar su propia identidad con perspecti­vas globales. Algo así como la “glocalización”, neo­logismo que quiere significar la relación de fuer­zas entre lo local y lo global y también la interpe­netración entre los dos ámbitos.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) la defi­ne como

la interdependencia económica creciente en el con­junto de los países del mundo, provocada por el aumento del volumen y de la variedad de las tran­sacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al mismo tiempo que por la difusión acelerada y ge­neralizada de la tecnología.

Dos cuestiones aparecen como claves en esta visión de la globalización: el concepto de interde­pendencia -que oculta los procesos de explotación, dominación y apropiación presentes en la lógica del capital mundial-, y el quedarse en la forma de manifestación del fenómeno o proceso sin intere­sarse por los actores políticos y económicos que lo impulsan, en este caso las multinacionales, los Es­tados desde los que se impulsan globalmente y los organismos e instituciones supranacionales, que actúan en el ámbito mundial como garantes y crea­dores de consenso para las medidas económicas y políticas que acompañan a la globalización neoliberal.

Según el profesor Héctor León Moncayo, en principio, la globalización podría definirse no sólo como una extensión de las relaciones sociales a ni­vel mundial sino como una intensificación de las mismas que han puesto en contacto de manera di­recta todos los puntos del planeta. No se trata pues, de movimientos o vínculos que “cruzan las fronte­ras” sino de relaciones de inmediatez, donde lo local es de por sí realización de aconteceres distan­tes. Pero no sólo se trata de la globalización encar­nada en la metáfora de la “aldea global” o simila­res, que nos hace sentirnos muy próximos por el desarrollo telemático y cibernético; también, se trata de la globalización ideológica que tiende a homo­geneizar en lo que se ha denominado el “pensa­miento único” que expresaría las condiciones en que el capital financiero internacional puede hacer sus inversiones, tan necesarias para todos los paí­ses subdesarrollados.
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GLOBALIZACIÓN E INTERNACIONALIZACIÓN DEL CAPITAL

El término globalización comprende un proce­so de creciente internacionalización o mundiali­zación del capital financiero, industrial y comer­cial, nuevas relaciones políticas internacionales y la aparición de la Empresa Transnacional que a su vez produjo -como respuesta a las constantes necesidades de reacomodo del sistema capitalista de producción- nuevos procesos productivos, distri­butivos y de consumo deslocalizados geográfi­camente, una expansión y uso intensivo de la tecnología sin precedentes. De cierta manera el mo­vimiento es antagonista al comercio internacional. Lo que se exporta hoy en día no son sólo los pro­ductos manufacturados, sino el capital y las ganan­cias. Y esta pérdida de ganancias también es una pérdida de capital; lo que más empobrece a un país es la fuga de sus inversiones al exterior. El país que recibe la inversión se beneficia de los salarios de los empleados y, en algunos casos es beneficiada una actividad comercial secundaria; pero las ga­nancias se reservan para los dueños, en forma de capital para inversión en otras partes. General Motors anteriormente fabricaba sus vehículos en Detroit y Oshaswa y los vendían en todas partes del mundo. Hoy tienen sus fábricas en cualquier parte del mundo en donde han encontrado una mano de obra calificada, dócil y barata.

Anteriormente, los productos nacionales se intercambiaban porque ningún país tenía todo los recursos o productos que necesitaba o quería. En ello, hay una lógica inherente que tiene su explica­ción en la simple necesidad de satisfacer las nece­sidades básicas y avanzadas de la población. Hoy, el intercambio de capital es un proceso económi­co, político y social que ha sido retomado con mayor énfasis en los países en desarrollo, como pre­misa específica para lograr un crecimiento econó­mico y erradicar la pobreza. Pero este fenómeno en ningún momento fue concebido como modelo de desarrollo económico, v mucho menos de desa­rrollo social, sino como un marco regulatorio de las relaciones económicas internacionales entre los países en cuestión.

El despliegue mundial del capital no prescin­de del Estado, pues éste tiene un papel al favore­cer o desfavorecer la inversión extranjera median­te políticas que fomenten la estabilidad económica y social. Pero para los partidarios de la globali­zación, los principales actores de la historia econó­mica, son las transnacionales y su gran capital con sus estructuras e instituciones supra-nacionales; los sujetos, organizaciones, movimientos y pueblos no hacen sino presenciar los acontecimientos y ocu­par el lugar que les fijan las estructuras del merca­do y el capital global; la historia no se construye por ellos, se presencia, se les impone una ideolo­gía según la cual no hay alternativa al neolibera­lismo y a la globalización ([xviii])

Según la opinión de Calvo sobre el tema, con el transcurso del tiempo, el programa neoliberal se convirtió en un modelo económico, político y so­cial cuyo basamento teórico lo componen tres gran­des premisas: Primero, la producción y el creci­miento de los bienes y servicios producidos van acompañados de un proceso de destrucción de las fuentes de producción de toda la riqueza. Segun­do, concibe al mercado como el centro de la activi­dad económica y acepta la existencia de fuerzas autorregulatorias hacia la armonía de los intere­ses de todos. Tercero, los desequilibrios económi­cos son causas de la intervención en el mercado; por tanto, debe eliminarse la posición suprema del Estado respecto de éste y hacerlo un garante de la acción irrestricta de las fuerzas de la oferta y demanda.

En conclusión, la globalización es un fenómeno de carácter internacional, cuya acción consiste prin­cipalmente en lograr una penetración mundial de capital financiero, comercial e industrial, desarro­llándose de forma multipolar. La exportación e importación de productos se realizan, en muchos casos, entre diferentes ramas de la misma empresa y de este modo no hay necesidad de compartir muy extensamente sus ganancias. Es precisamente esa penetración, que conlleva hacia una competencia internacional de acceso a mercados, la que permite el crecimiento y expansión ilimitada de las em­presas transnacionales por todo el mundo, las mis­mas que a la vez cuentan con el respaldo incondi­cional de sus respectivos Estados Nacionales. La limitación de mercados y la necesidad de inventar mejores procesos de producción, distribución y consumo hacen necesaria una transformación de la manera como se desarrolla la producción, in­cluyendo componentes de tecnología y deslocali­zación geográfica con el objeto principal de redu­cir los costos.
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IGLESIA Y GLOBALIZACIÓN

En una comparación que viene al caso, se pue­de observar que la Iglesia católica por definición y por misión es universal y su carisma misionero en todas las partes cercanas y remotas del mundo ha contribuido a la globalización. La Iglesia enfoca sus esfuerzos principales a la misma obra de desarro­llo, dirigiendo sus esfuerzos a las actividades de educación, empleo, salud, producción y otros tra­bajos de espíritu caritativo, realizando todas estas actividades principalmente en las poblaciones más necesitadas de los países pobres del mundo. Está claro que su tarea principal es la evangelización y ante estos nuevos signos de los tiempos, una nue­va evangelización en los diversos ámbitos, coope­rando en la formación de los laicos para que vivan su fe en los asuntos temporales. Más que una globalización de la economía se necesita la globalización de los valores para unas sociedades en el mundo más justas y democráticas.
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EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Varios estudios han concluido que la globaliza­ción ha beneficiado tanto a los países pobres como a los países ricos. Pero tales estudios tradicional­mente no se interesan en los índices de desarrollo integral, sino en cifras sobre actividad comercial global e ingresos totales. Y lo que no se calcula, principalmente en los estudios es el impacto pro­vocado por el cambio de los agentes de control del comercio de la esfera local a la internacional, don de los que toman las decisiones no son políticos responsables a los electorados. Son más bien los que administran las bancas de capital, naturalmente con su interés principal en realizar ganancias so­bre sus amplias inversiones. Es decir, no son re­presentativos del pueblo y tampoco no son respon­sables ante el pueblo, ni son fácilmente asequibles por el público; supone sólo que siempre se encon­trarán lejos de la vista de la sociedad, refugiados en las pequeñas salas de juntas de las distintas ca­pitales del mundo empresarial.

Por el carácter poderoso que posee el capital entre un mundo sumamente materialista, imprevi­sor y ciego a los valores humanos y espirituales, un capitalismo cada vez más prepotente por la caí­da del comunismo y la obsequiosidad de los líde­res políticos, la gente de todas las clases sociales y en todas partes del mundo se ve resignada y con­forme con las intenciones de los que manejan estos grandes capitales. Como tal, los intereses de las poblaciones regionales y locales, se ven más y más desplazados fuera de las comunidades local y na­cional hacia el exterior del país, alejándose cada vez más del alcance de la pobre e impotente po­blación local.

El sociólogo Manuel Castells, en su análisis so­bre la Era de la información, ofrece un panorama de la economía, la sociedad y la cultura contempo­ráneas como resultado de la pérdida de la legiti­mación nacional. De acuerdo con su análisis, el estado-nación, para sobrevivir a su crisis de legiti­midad, cede poder y recursos a los gobiernos loca­les y regionales y pierde capacidad para igualar los intereses diferentes y representar el ‘interés general”.

Según Castells,

“Lo que comenzó como un proceso de re-legitima­ción del estado, mediante el paso del poder nacio­nal al local, puede acabar profundizando la crisis de legitimación del estado-nación y la tribalización de la sociedad en comunidades construidas en tor­no a identidades primarias ([xix]).

Con la presencia de estos grandes sistemas globales, es natural que haya una cierta pérdida de autonomía local. Como manifestación del des­pojo de poder político de los países pobres, se nota la tendencia de funcionarios y políticos a sucum­bir ante la tentación de dar concesiones e incenti­vos a los inversionistas en cambio de ciertas grati­ficaciones, tanto en los países industrializados como en los en vías de desarrollo. La creación de condiciones favorables para la inversión, la com­pra de valores y la extracción de ganancias, sobre todo de las empresas públicas que, por su poca rentabilidad, padezcan de escasez de capital, son caldo de cultivo para la corrupción.

Federico García Morales hace alusión a este tema, así:

El neoliberalismo, esa tremenda entrada del siste­ma transnacional en América Latina -y en otros continentes-, aprovechó en su primera época la plenitud y los remanentes de sistemas políticos autoritarios. Se instala, indudablemente no mediante la fuerza del mercado, sino bajo el amparo del estado, de gobiernos fundamentalmente cen­tralistas y corruptos. Y así transcurre esta “mo­dernización” con apoyo del régimen peronista en Argentina, de las democracias fingidas liberales o conservadoras en Colombia, o con la instalación fujimorista en Perú, con el eterno Pinochet y sus sucesores en Chile, con el consolidado apoyo de los gobiernos priístas en México, con las facilidades que el estado despótico ofrecía en Egipto, en Pakistán, en África ([xx]).

En la perspectiva tradicional, el desarrollo se consigue básicamente mediante la infusión de ca­pital en una comunidad y la generación de oportu­nidades y de actividad económica y comercial en­tre la población. Tradicionalmente, no importaba tanto la clase, como el volumen de actividad. Tam­poco importaba qué producía una sociedad; sólo que produzca algo y que se fije una etiqueta de precio en lo que se produce. Tradicionalmente, esto constituía la medida de progreso y de desarrollo de un país. Según este modo, el grado de desarro­llo se mide de acuerdo con indicadores de activi­dad económica que no tienen necesariamente que ver con el beneficio que brinda al ser humano o con las señales de bienestar humano.
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GLOBALIZACIÓN, AGRICULTURA Y BIODIVERSIDAD

Entre las consecuencias de la globalización es la vulnerabilidad del sistema agrícola a la adquisi­ción y dominio por intereses ajenos a las comuni­dades campestres. La adquisición de esta indus­tria efectivamente pone en riesgo el sustento de muchos campesinos y la diversidad de sus cultu­ras en materia de comidas y las economías alimen­ticias locales. Según la conferencista india, Vandana Shiva quien se ha preocupado por este tema:

Las patentes y los derechos de propiedad intelec­tual deben ser otorgados por los nuevos inventos. Pero las patentes se han reclamado por variedades de arroz, tales como el basmati por el que mi valle, en donde nací, es famoso, por sus pesticidas deri­vados del neem que habían estado usando nues­tras madres y abuelas ([xxi]).

Y continúa la señora Shiva:

La riqueza del pobre es apropiada violentamente mediante métodos nuevos e inteligentes como las patentes sobre la biodiversidad y el conocimiento indígena. Rice Tec, una compañía con sede en los EELIU, fue agraciada con la patente número 5,663,484 por el basmati y sus granos. El basmati, el neem, la pimienta, la calabaza amarga, el turmeric, todo aspecto de la innovación encarna­da en nuestras comidas indígenas y sistemas me­dicinales ha sido ahora pirateado y patentado. El conocimiento de los pobres ha sido convertido en la propiedad de las corporaciones globales, creán­dose una situación en donde los pobres tendrán que pagar por las semillas y las medicinas que han hecho evolucionar y que han usado para satisfacer sus necesidades de nutrición y salud.

Una monocultura global se impone a la gente definiendo todo lo que es fresco, local o hecho a mano corno un riesgo para la salud. Afirma la se­ñora Shiva,

las manos humanas han sido definidas corno el peor contaminante, y el trabajo de las manos lrnmanas ha sido puesto fuera de la ley, reemplazado por máquinas y químicos comprados a las corporacio­nes globales. No hay recetas para alimentar al mundo, salvo robar los medios de vida de los po­bres para crear mercados para los poderosos ([xxii]).
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DESAFÍOS DE AMÉRICA LATINA

A pesar de todo, los países de América Latina siguen buscando alinearse con los grandes bloques comerciales como estrategia preferida para salir de la pobreza. Parece que ahora no hay mucho interés en asociarse con países vecinos o con otros países pobres, con la posible excepción del Mercosur, sino con países adinerados. En el caso colombiano, los políticos encargados de fomentar las exportaciones tienen su mirada principalmente en el NAFTA. La razón que se expresa no es que crean que se abri­rán los mercados a los productos colombianos, sino que de este modo, el campo colombiano estará abierto a la inversión de capital por parte de las empresas multinacionales y, a lo mejor, estas nue­vas empresas se organizarán para crear nuevas ex­portaciones. La conclusión que se impone es que las multinacionales aumentarán la magnitud y vo­lumen total del comercio en el país y eso importa más que lo que se produce.

Un estudio de la situación mexicana demuestra que las cifras globales no siempre sostienen la te­sis de gran crecimiento y mejores condiciones para la gente de este país como resultado del acuerdo NAFTA. Y los informes anecdóticos indican que el índice de desarrollo humano no se ha mejorado con su inclusión en el NAFTA.

Bajo el modelo econó­mico de la revolución mexicana -basado en la re­gulación del comercio exterior así como en un pa­pel activo del Estado en el desarrollo económico y en la promoción del bienestar social- el producto interno bruto por habitante creció 340.4 % entre 1935 y 1982, con una tasa promedio de 3.1% anual; la inversión fija bruta per cápita se expandió 1,022.1% entre 1941 y 1982, con una tasa promedio de 5.8% anual; y el poder adquisitivo de los salarios míni­mos se incrementó 96.9%.

Bajo el modelo neoliberal -basado en la aper­tura comercial unilateral y abrupta y en la reduc­ción de la participación del Estado en el desarrollo económico- el PIB per cápita apenas creció 0.32% entre 1983 y 1999, es decir, a una tasa promedio de sólo 0.02% anual; la inversión fija bruta per cápita se redujo 4%, al decrecer a una tasa promedio de 0.24% anual; y los salarios mínimos perdieron 70.2% de su poder adquisitivo, es decir, se reduje­ron a menos de la tercera parte de los vigentes en 1982.

Durante los últimos cinco años, los resultados reales son: reducción de 30.1% en el poder adqui­sitivo de los salarios; crecimiento anual de sólo 0.6% en el PIB per cápita (contra 3.1 % anual durante los gobiernos pre-neoliberales); e incremento anual de sólo 1% en la inversión fija bruta per cápita (contra 5.8% de crecimiento anual logrado durante el vili­pendiado modelo keynesiano-cepalino o de la Revolución mexicana).

Desde luego, los costos sociales del modelo neoliberal son gigantescos: la pérdida acumulada por los trabajadores asalariados a lo largo de 17 años de experimentación neoliberal alcanza la des­comunal cifra de 298,448.4 millones de dólares ([xxiii]), sin contar la enorme deuda social contraída en agra­vio de los campesinos, pequeños industriales y masas de marginados. Según cifras de la CEPAL, más de 18.7 millones de mexicanos fueron arroja­dos a la pobreza y la indigencia, tan sólo entre 1984 y 1996. Entre los damnificados por el modelo neoliberal se encuentran las generaciones de nue­vos votantes, que crecieron durante las dos déca­das perdidas para el desarrollo y han visto cerrado el acceso a una ocupación digna ([xxiv]).

Aunque la globalización tiene su origen en tiem­pos pasados, la gran ola hacia la centralización de capital, la dispersión de inversiones tras fronteras nacionales y la extracción de ganancias, ha venido acelerando en los últimos años precisamente cuan­do el internet y el correo electrónico se están gene­ralizando de manera muy desigual entre la gente de un solo y pequeño planeta. Estos dos sucesos, que están ocurriendo más o menos simultáneamen­te, ofrecen, según parece, la posibilidad de ejecu­tar un gran impacto en la economía, las costum­bres y la vida en general en todos los países y todas las regiones del mundo. ¿Cuál sería la naturaleza de este impacto en la América Latina?.
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IMPACTO DE LA GLOBALIZACIÓN

La cuestión importante entonces parece ser: ¿Cuál será el impacto de la globalización en la vida económica, política, social, cultural de los países latinoamericanos y cuál será el impacto sobre los valores y creencias de estas poblaciones? La res­puesta a estas preguntas no se sabe con certeza, pero una consideración sobre el tema puede ser útil. Es probable que las sociedades subdesarrolladas se­rán las menos preparadas para enfrentar todos los cambios bruscos e imprevisibles que promete la globalización. Si un país no disfruta de un sistema democrático sólido, bien definido y apoyado por la población, es probable que sea más vulnerable a las influencias del exterior que aquellos con siste­mas democráticos más fuertes v estables. Lo mis­mo para la economía. Un país que no tiene una eco­nomía generalmente fuerte, equilibrada y estable, se encontrará probablemente muy vulnerable a la imposición de expectativas de la comunidad inter­nacional. Igualmente, es probable que un país que no tiene un sistema de educación y de investiga­ción útil y práctico, un adecuado servicio médico y de seguridad social, todo orientado a satisfacer las necesidades de la población, será más vulnera­ble a la imposición de normas extranjeras que una sociedad desarrollada.

No hay precedentes muy exactos para indicar lo que se puede esperar en estos países a conse­cuencia de las grandes olas mundiales. Sin embar­go, la historia moderna tiene un antecedente algo parecido en el área de la cultura popular y empre­sarial. La hegemonía norteamericana en las indus­trias cinematográfica, comunicaciones, ciencias y tecnología y el comercio, tal vez presten un ejem­plo aleccionador. En ese caso, muchas de las po­blaciones del mundo han querido asimilar para sí el American Way en sus costumbres y modo de vida, adaptándose a los “americanismos” en muchos de sus aspectos. Las sociedades latinoamericanas han cedido también a este ascendiente arrollador norteamericano.

La razón es que el desarrollo y la estabilidad tienen que ver con un progreso y maduración in­terna de una comunidad. El desarrollo no se pue­de imponer desde el exterior. Los cambios sí se pueden pero el legítimo desarrollo no. El progre­so intelectual o profesional de una persona tampo­co se puede imponer del exterior. Los libros, la for­mación, las clases, las conferencias pueden prestar ideas y pistas para el desarrollo intelectual, pero no pueden hacer crecer la capacidad intelectual ni por sí mismos, la habilidad profesional de una persona.

Lo mismo es cierto por lo que se refiere al indi­viduo. En ningún caso el desarrollo de una perso­na se puede imponer desde el exterior; el desarro­llo es un proceso que ocurre por dentro y se logra con base en la experiencia, los ensayos y fracasos, la imaginación de la persona y la guía de los valo­res como los que proclama el cristianismo.

Igualmente, si una comunidad no ha progresa­do económica, social y políticamente mediante un proceso de crecimiento y transformación gradual, y si no ha definido e internalizado sus valores y creencias fundamentales dentro de un proceso de estudio, debate y discusión serio, la colocación de industrias multinacionales en su territorio no va a contribuir en nada al verdadero desarrollo de esta comunidad. Va más bien a permanecer débil, sub­desarrollada y propensa a toda clase de cambio desestabilizador del exterior.

El proceso de desarrollo, como el del perfeccio­namiento personal, es una actividad continua que comparte el ser humano con las instituciones reli­giosas y públicas que integran la vida moderna. Por supuesto, el desarrollo no empieza, ni termi­na, con el fenómeno de la globalización que está afectando a los pueblos del mundo.

En el contexto nacional, cualquier actividad de desarrollo debe ser dirigida al objetivo de la elaboración de una socie­dad plena, justa e integralmente perfeccionada, el ser humano siendo el punto focal de todas las es­trategias pertinentes. Además, con base en la expe­riencia y las observaciones de la Iglesia y en consi­deración de lo que se sabe acerca de la conformación del estado democrático, se propone que cualquier ciudadano tenga el derecho de contribuir a la rea­lización de un plan de desarrollo y que el proceso de elaboración del plan sea altamente abierto, participativo y democrático. Como se anotó ante­riormente, la historia del progreso humano nos re­cuerda repetidamente que todos los grandes pa­sos en adelante en la condición humana fueron iniciados por personas fuera del sistema formal y por gente, por lo general, sin cargo o poder con­vencional y Jesús es el ejemplo supremo de este modelo de progreso y la inspiración de todos los que quisieran participar en el bondadoso acto de creación de Dios.
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PÉRDIDA DE IDENTIDAD Y DE VALORES

Es decir, se han adaptado, hasta cier­to punto, a la cultura empresarial e institucional preponderante de los Estados Unidos, a algunos de sus preceptos fundamentales en la educación -muchos de los textos que se usan en nivel supe­rior son textos norteamericanos, algunos traduci­dos, otros no-, a los valores sociales y culturales sobre la familia, a los pasatiempos preferidos, a las actividades de diversión y a muchos de los valo­res y creencias seculares, ahora muy generalizados entre las poblaciones latinas. Pero es tal vez lamen­table que existen notables lagunas en la adopción de esa cultura empresarial. En la administración de empresas en América Latina y sobre todo en la administración pública, no hay la misma precisión o efectividad en la atención al público. Por ejem­plo, en muchas empresas no saben contestar al te­léfono con exactitud, no dan información precisa y correcta y, en suma, no atienden al público con la misma puntualidad que se espera en otros países.

En el caso de la dispersión de la cultura norte­americana, que anduvo chocando a una gran parte del mundo a través de las últimas tres o cuatro décadas, ésta ha producido un impacto algo deso­lador en los pueblos que, en algunos casos, se ven casi despojados de sus culturas y valores tradicio­nales e insatisfechos por no haber empapado a fon­do la nueva cultura mundial. En El Salvador en los años 1990, se decía que la gente se consideraba los pobres parientes de los norteamericanos; allí usa­ban palabras y modismos ingleses sin saber lo que decían y obraban más o menos de acuerdo con las reglas impuestas por la cultura empresarial pero no sabían exactamente por qué.

Pero vale la pena anotar, de manera aparte, que ha habido un cierto decaimiento en la cultura nor­teamericana también. Parece que lo que pasó es que la sociedad norteamericana se concentraba a través de los 250 años de su Independencia, en la provi­sión de las condiciones básicas de justicia, demo­cracia y prosperidad para que su población tuvie­ra todos los medios necesarios para alcanzar un nivel de desarrollo básico. Y esto ha ocurrido; la sociedad norteamericana ha logrado mucho en cuanto a las oportunidades al alcance de la pobla­ción, con el resultado de que el pueblo norteame­ricano ha contribuido al progreso de la humanidad en las artes, las ciencias y la tecnología y, sobre todo, en lo que se puede llamar la filosofía pragmática de la vida o savior faire americain. Este modo de vida, si bien fomenta la igualdad de oportunidades para satisfacer las necesidades básicas de la población, debe complementarse con una visión centrada en la persona y sus necesidades de orden superior o espirituales.

Pero la responsabilidad de la sociedad para proporcionar las condiciones para el desarrollo humano, tiene sus límites. Claro, en el concepto católico, el individuo tiene que hacer su parte; la sociedad debe proveer las condiciones básicas, es decir, las condiciones de justicia y oportunidad, pero le incumbe al individuo, la familia y su con­texto social inmediato hacer el resto. Es decir, el ser humano efectivamente tiene un libre albedrío que le permite actuar de acuerdo con, o en contra de, los propósitos de Dios. La sociedad debe pro­porcionar las libertades y condiciones básicas y el individuo tiene que cumplir con su parte. En el concepto de la DSI, la persona debe trabajar digna­mente por su pan de cada día. El estado, en la línea central del pensamiento católico mantiene que los padres, y no el estado, tienen la responsabilidad de asegurar los medios adecuados de su familia; el criterio de subsidiaridad es central en las rela­ciones Estado-familias, en el sentido de que pue­dan las personas y sus familias tener las condicio­nes sociales, económicas, políticas y culturales en función de su propio desarrollo integral.

Tal vez los países que han conservado algo de sus valores e identidad propia frente a la mencio­nada ola de cultura foránea y que “resisten” más efectivamente al impacto turbador de la globali­zación y el capitalismo intrépido en el mundo, son los países con mayores niveles de integración. Mientras los países subdesarrollados no asuman su propia identidad y fomenten su integración in­terna y con los países más allegados.
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EL MERCADO Y LA AYUDA A LOS PAÍSES POBRES

Una mirada sobre la suerte de los países más pobres y su trayectoria económica a través de las últimas décadas no es muy alentadora. En la ma­yoría de los casos, los pueblos no han avanzado en forma significativa, a pesar de un cierto progreso variado que se puede observar en casos aislados. Pero aun en los casos considerados como exitosos, el progreso ha sido logrado sólo en forma parcial e insuficiente. En América Latina más de la mitad de la población sigue viviendo en condiciones de po­breza, miseria y exclusión social. Para ellos la si­tuación no ha mejorado significativamente. Los más pobres tienen a la vista, en su propio país o a través de los medios de comunicación, a aquellos vecinos que viven como el rico Epulón, sin preocu­parse en absoluto por los demás que, a duras pe­nas, viven ni siquiera con lo que cae de su mesa, como lo propugna el desarrollismo, sino que ade­más son objeto de maquiavélicas conspiraciones de los peces grandes del mercado; en la lógica del mercado, los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos.

A pesar de la inversión de billones de dólares en la búsqueda del progreso de los países atrasa­dos, la situación de los pobres del mundo no ha mejorado significativamente y todavía existe un porcentaje considerable de la población que está aislada de los privilegios que supuestamente trae el crecimiento sostenido de una economía. Muchas de las donaciones o dineros de la cooperación in­ternacional para el desarrollo no han logrado dis­minuir los niveles de pobreza. Veamos, por ejem­plo, cómo la ayuda a algunos países pobres no ha cumplido sus objetivos de desarrollo: La guerra civil que duró doce años en El Salvador terminó a principios de 1991 y la comunidad internacional invirtió $350.000.000 (US) como desembolso inicial en actividades de “reconstrucción nacional” y con­tinuó el proceso de inversión en programas de re­cuperación. Pero, según informes periodísticos so­bre El Salvador en el año 2.000, las oportunidades para la educación, el empleo y la satisfacción de las necesidades básicas entre la población pobre no han mejorado significativamente como conse­cuencia de tales inversiones.

Heinrich Langerbein estudió los resultados de la ayuda en los países africanos en 1999 y concluyó que África en su totalidad, todavía se puede califi­car como “la casa de caridad del mundo” a pesar de haber recibido ayuda masiva por muchos años ([xxv]). Y Langerbein determinó que lo que falta en estos casos es la movilización de las poblaciones, la orientación de las instituciones estatales hacia actividades de ayuda propia y la coordinación en­tre los sectores productivos, todo dentro de un pro­grama metódico y proyectado de construcción na­cional, empezando desde lo más básico.

El autor mencionado muestra que los países africanos que han recibido la ayuda de desarrollo más grande, la verdadera renta per cápita ha caído y hoy en día son más pobres que hace 30 años. Atri­buye esta situación a la pérdida del esfuerzo per­sonal sofocado por la ayuda y a la fuga de capital. Parece que por más que se invierta en algunos paí­ses, más dinero se fuga del mismo país. Esto es concordante con lo que ha ocurrido en algunos países de América Latina. En el negocio interna­cional del desarrollo, se ha entronizado la corrup­ción. Miles de organizaciones no gubernamentales viven en el mundo de estos dineros que no llegan finalmente a donde han sido destinados, sino que se quedan en las arcas de los grandes diagnósticos y de las noticias escalofriantes, cuando no se des­vían para provecho particular de forma ilícita.

El legítimo desarrollo no se logra necesariamen­te mediante la inyección de grandes cantidades de dinero de otros países. Lo que cuenta más bien es efectuar cambios estructurales en estos países para permitir un proceso de desarrollo interno v de­mocrático. Es probable que el cambio más espera­do en América Latina sea la creación de condicio­nes para fomentar el empleo productivo y la justa remuneración de los que trabajan. Sin el empleo útil, la sociedad no produce y los desempleados no pueden disfrutar de las riquezas del país y, en muchos casos, piensan que no tienen otra op­ción que dedicarse a actividades delincuenciales, informales o degradantes de su dignidad, para sobrevivir.

De hecho, la experiencia de los programas de desarrollo en el mundo demuestran claramente que las grandes inversiones de capital, y las ‘ayudas’ crean cambios en las sociedades pero a menudo las dejan con todos los mismos desequilibrios, in­justicias y problemas que antes. Al contrario, hay que reconocer que el legítimo desarrollo es un pro­ceso integral y se consigue en saber explotar los recursos naturales de la nación, de las comunida­des v del mismo pueblo. El desarrollo humano se propicia mediante la creación de condiciones que den a cada ciudadano acceso a la solución de sus necesidades: alimentación adecuada, vivienda dig­na, seguridad, educación de calidad (en valores) para todos, y empleo productivo. Éstos son los ele­mentos que permiten un desarrollo integral. Una experiencia importante es la financiación con micro créditos en cabeza de artesanos y microem­presarios que son expoliados diariamente por los agiotistas, los cuales se llevan la mayor parte de sus utilidades.
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CRISIS DE SOLIDARIDAD

El mundo vive una crisis de solidaridad univer­sal. Esa situación ha sido claramente descrita por las conferencias episcopales:

el mundo en que vive y obra la Iglesia es presa de una temible contradicción. Las fuerzas que traba­jan por la venida de una sociedad mundial unifi­cada, nunca habían parecido tan fuertes y acti­vas... Las últimas posibilidades tecnológicas están basadas en la unidad de la ciencia, en la globalidad y en la simultaneidad de las comunicaciones, yen el nacimiento de un universo económico comple­tamente independiente... los hombres comienzan a percibir una nueva dimensión más radical de la unidad, porque se dan cuenta que los recursos naturales no son infinitos, sino que, por el contra­rio, deben ser cuidados y protegidos como un pa­trimonio de toda la humanidad.

La contradicción está en que en esta perspectiva de humanidad, el ímpetu de las divisiones y los antagonismos parecen aumentar hay sus fuerzas. Las viejas divisiones entre naciones, razas, y cla­ses, poseen nuevos instrumentos técnicos de des­trucción; la rápida carrera armamentista ame­naza el bien mejor del hombre, que es la vida. Si no se sale al paso y no es superado por la acción social y política, el influjo de la nueva orga­nización, industrial y tecnológica favorecerá la concentración de las riquezas, del poder, de la ca­pacidad de tomar decisiones, en un pequeño gru­po de dirigentes públicos o privados. La injusticia económica y la carencia de participación social impiden al hombre conseguir los derechos huma­nos y civiles fundamentales.

Han pasado más de treinta y cinco años desde que el Concilio Vaticano 11 puso sobre el tapete el tema de la justicia, y “los hechos fundamentales de la riqueza y la pobreza en el mundo no han cam­biado”; podríamos agregar que han empeorado.
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GLOBALIZACIÓN: DE LA RESISTENCIA A LA ALTERNATIVA

Con Emir Sader, uno de los promotores del Foro Social Mundial en Brasil, podemos afirmar que es la hora de la solidaridad efectiva: el día 30 de no­viembre de 1999 ocurrió la manifestación de Seattle, donde diversos movimientos y personas protesta­ron ante la tecnocracia internacional que maneja el capital financiero en el mundo.

Recuerda Sader que “ la crisis asiática, seguida por la de Rusia y la de Brasil sonaron como el in­greso de la economía internacional a un período de turbulencias, de la cual ella aún no sale. Desde entonces la inestabilidad se instaló en las bolsas de todo el mundo, las economías latinoamericanas no llegaron a recuperarse, la crisis se aproximó gra­dualmente de la bolsa de Nueva York y la eleva­ción del precio del petróleo definitivamente insta­ló un clima de crisis en la economía internacional.

Teóricamente, fueron surgiendo los primeros balances generales del siglo, con las obras de Hobsbawn, Arrighi, Robert Brenner y, a partir de ahí, el clima internacional comenzó a cambiar. La crisis asiática, en particular, comenzó a generar una serie de críticas a la actuación del FMI y del Banco Mundial, produciendo las primeras fracturas en el consenso hasta allí general a favor de las políticas de ajuste fiscal.

El Banco Mundial reaccionó a ellas, promovien­do debates sobre las consecuencias sociales nega­tivas de las políticas neo-liberales, sin poner en cuestión los modelos económicos generadores de esos efectos negativos, que fueron tratados como efectos paralelos indeseables, que deberían ser combatidos como tales.

Fue en ese contexto que surgieron las manifes­taciones de malestar generalizado de la población mundial, reuniendo en Seattle organizaciones de los más diferentes tipos, con un abanico variado de reivindicaciones, todas convergiendo en el ata­que a las políticas de mercantilización del mundo, personificadas por la OMC, por el FMI y por el Banco Mundial. De allí para adelante se generali­zó la resistencia a la globalización neoliberal, re­flejando el cambio de correlación de fuerzas mun­diales, expresadas en las movilizaciones de Washington, Melbourne, Praga.

El desafío actual es el de elaborar plataformas alternativas, que al mismo tiempo congreguen todo el potencial de lucha acumulado en la resistencia al neoliberalismo, e incluir a los más amplios sec­tores de la humanidad, víctimas todavía pasivas de esas políticas. El Foro Social Mundial, convoca­do para realizarse en Porto Alegre, entre los días 25 y 30 de enero, al mismo tiempo que la reunión de Davos, en Suiza, apunta en esta dirección.

El hecho de que se realicen no solo contra ma­nifestaciones en Davos, sino un Foro analítico y propositivo propio ya demuestra que el movi­miento mantiene su visión contestataria y, a la vez, que se propone elaborar visiones y propues­tas alternativas. Temas tales como “¿Qué forma de organización de la economía para producir para todos?” y “¿Qué sistema democrático de comuni­cación de masas?” demuestran la amplitud de los temas Y del horizonte de reorganización de los re­cursos acumulados por la humanidad en función de las necesidades y de las angustias de toda la humanidad.

Al argumento de que había un descontento di­fuso y heterogéneo, incapaz de organizarse bajo forma de proyecto alternativo, se puede inmedia­tamente responder, incluso antes de la realización del Foro, que un punto articula el conjunto de las manifestaciones de protesta, expresado en varios carteles en Praga: “El mundo no está a la venta”, esto es, contra la mercantilización del mundo y, por tanto, a favor de la afirmación de los derechos de todos v de cada uno, v para demostrar la necesi­dad v urgencia de la reorganización del mundo en la dirección del humanismo, de la solidaridad, de la libertad y de la fraternidad”.

Juan Pablo II al respecto en su encíclica Centesinius Annus expresa la posición de la Iglesia al respecto:

hoy se está experimentando ya la llamada “econo­mía planetaria “, fenómeno que no hay que despre­ciar, porque puede crear oportunidades extraordi­narias de mayor bienestar. Pero se siente cada día nuis la necesidad de que a esta creciente interna­cionalización de la economía correspondan adecua­dos órganos internacionales de control y de guía válidos, que orienten la economía hacia el bien co­mún, cosa que un Estado solo, aunque fuese el más poderoso de la tierra, no es capaz de lograr. Para poder conseguir este resultado, es necesario que aumente la concertación entre los grandes países y que en los organismos internacionales estén igual­mente representados los intereses de toda la gran fa­milia humana.

Es preciso también que a la hora de valorar las consecuencias de sus decisiones, tomen siempre en consideración a los pueblos y países que tiene escaso peso en el mercado internacional y que, por otra parte, cargan con toda una serie de nece­sidades reales y acuciantes que requieren un ma­yor apoyo para un adecuado desarrollo. Induda­blemente, en este campo queda mucho por hacer.

Ojalá los laicos en general y todos los que ma­nejan la política económica y social de los países puedan desarrollar su actividad iluminados por la DSI, y puedan integrarse para hacer frente a quie­nes manejan la cultura del lucro, mediante la cul­tura de la solidaridad, de la equidad, de la austeri­dad e incluso de la gratuidad, que se deriva de cultivar los valores que proclama el cristianismo.  
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ORIENTACIÓN DE LA IGLESIA

Fuente de sabiduría y de salvación es la Pala­bra de Dios y el sentido de conversión permanente como un encuentro verdadero con Jesucristo vivo. La Iglesia interpreta los signos de los tiempos a la luz del Evangelio, y señala las orientaciones de su magisterio. En toda la temática esbozada en este escrito, la Iglesia, Madre y Maestra de la humani­dad, ha orientado estos temas de la economía y de la política como parte de su tarea de ayudar a la construcción del Reino de Dios en la encíclicas papales, en los demás documentos pontificios y de las conferencias episcopales, y en general en el com­pendio de la DSI, y que hace referencia al desarro­llo, a la vida económica y social, a la pobreza y a la riqueza, al uso del dinero, a las exigencias del bien común, a la solidaridad, al respeto debido a la per­sona humana, a la educación, al trabajo, al empleo, a las relaciones entre los estados y los gobernantes y ciudadanos.

Es la DSI, en tal sentido, patrimonio de la hu­manidad de incalculable valor, de innegable vigen­cia, e inspiración no sólo para los católicos sino tam­bién para todos los que se ocupan en un desarrollo no sólo personal sino social.
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[i] Economista. Mag. en Economía, U. Javeriana. Director Investigaciones Económicas U. Autónoma de Colombia

[ii] Cf. Situación económica y social en los tiempos de Jesús, Les editions du cerf, París, 1967.

[iii] Cf. Bravo, Sierra R., Doctrina social y económica de los padres de la Iglesia, Ed. Compi, Madrid, 1967, p. 21.

[iv] Cf. Ireneo Nlarrou, "San Agustín y cl agustinismo", citado por E. Vilanova, "Historia de la teología cristiana", Vol. 1, Ed. Herder,1987, p. 222.

[v] El desarrollo de la persona (notas al texto de A. Maslow).

En el caso del ser humano, hay una jerarquía de etapas de desarrollo que requiere un cuidadoso régimen de alimentación, amor, afecto, enseñanza, ejercicio, socialización y comunicación con el Creador. De hecho, el ser humano tiene esta gama de necesidades para satisfacerse y para atravesar efectivamente todas las etapas de desarrollo que lo llevan desde su nacimiento y crecimiento físico hasta su perfeccionamiento social, intelectual y espiritual.

Algunas de estas necesidades fueron elaboradas y clasificadas por el psicoanalista Abraham Maslow, quien propuso un proceso jerárquico, como una escalera de progresión, mediante la cual el hombre asciende con seguridad desde sus principios hasta su máximo nivel de desarrollo humano y semejanza a Dios. Así, la Iglesia ha enseñado que un plan de desarrollo humano debe ser formulado según un proceso de esta índole, que le permita al ser humano un progreso ordenado, integral y completo, propulsado por el poder del espíritu, la gracia de Dios y las condiciones sociales que conduzcan a su plena grandeza como ser humano, cristiano e hijo de Dios.

Según Maslow, los cinco niveles de necesidades humanas son observables y mensurables en el ser humano, según un orden de trascendencia, yendo de lo biogénico a lo psicógeno. Los individuos buscan lo básico o las necesidades de nivel inferior primero, y una vez estén satisfechas, se mueven a las más altas necesidades aproximadamente según la siguiente fórmula:

Necesidades fisiológicas

Las necesidades en este grupo incluyen el alimento, el agua, el aire, el abrigo, la ropa y el sexo. Es probable que una pequeña mayoría de los ciudadanos del mundo hayan satisfecho sus necesidades fisiológicas básicas, permitiendo que se concentren en necesidades de un nivel más alto. Pero hay un importante porcentaje en el mundo que todavía no puede satisfacer esas necesidades básicas. En la América Latina, el porcentaje que vive en condiciones de miseria es alrededor de veinte por ciento de la población. Para ellos, las necesidades fisiológicas son dominantes y son las necesidades más grandes de sus vidas.

Necesidades de seguridad

Las necesidades fisiológicas, una vez están satisfechas, implican que uno puede concentrarse en crear condiciones de seguridad a sus vidas. Las necesidades de seguridad incluyen orden, estabilidad, rutina, familiaridad, control sobre su vida y ambiente, certeza, v salud. En los países latinoamericanos estas preocupaciones acrecen con las tarifas del crimen.

Necesidades sociales

Las necesidades sociales incluyen el amor, afecto, pertenencia y aceptación. La gente busca llenar estas necesidades enlazándose con otras personas y motivadas por estas necesidades y por el amor de sus familias.

Necesidades egoístas

Hay dos tipos de necesidades egoístas; las necesidades "internodirigidas" del ego reflejan una necesidad de los individuos para la aceptación de uno mismo, la autoestima, el éxito, la independencia, y la satisfacción personal. Las necesidades "exteriorizadas" del ego, incluyen las necesidades del prestigio, de la reputación, del estatus, y del reconocimiento de parte de otros.

Necesidad de la realización de la potencialidad

Este nivel de la jerarquía se concentra en un individuo que puede alcanzar su capacidad máxima como ser humano e hijo de Dios. Una vez que alguien haya satisfecho los primeros cuatro niveles de necesidades entonces tienen la capacidad de concentrarse en el funcionamiento, a su potencial más alto.

Lo que delineó Maslow en el anterior pasaje, obviamente implica mucho más que la simple maduración física del hombre; es más bien un inherente patrón de evolución que es aplicable tanto en el contexto del individuo, como en el comunitario y en el nacional. Es decir, el modelo se puede usar para medir el grado de desarrollo de un individuo pero también para medir la capacidad de la sociedad de permitir un desarrollo integral de la población. Si el simple volumen del comercio fuera un índice válido de desarrollo y bienestar entre las poblaciones, los países más ricos tendrían los niveles de desarrollo humano más altos y sus poblaciones serían las más felices del mundo, lo que parece dudoso a la luz de la experiencia contemporánea. La implicación en esta afirmación, proveniente del trabajo de Maslow y otros, es que el ser humano y sus necesidades intrínsecas deben ocupar un lugar mucho más céntrico en la conformación política y en los propósitos sociales de la humanidad, porque el hombre no puede progresar a su plena capacidad sin las condiciones sociales apropiadas. Con todo, el hombre es verdaderamente un animal social, que alcanza su máxima potencia cuando las condiciones sociales así se lo permiten.

[vi] Por ejemplo en Mateo 25, 31-46.

[vii] Quadragesimo Anno, N° 135.

[viii] Cf. Laborem Excercens del 14 de septiembre de 1981.

[ix] Populorum Progressio, Pablo VI, 1967.

[x] Cf. Justicia y paz, 1, 4,5; Família 3, Edición San Pablo, Santo Domingo, 1994.

[xi] Agencia de Noticias Zenit, No. Z500022803, por e-mail

[xii] Citado por Mons. Alfonso López Truiillo en:"Por un desarrollo inte­gral", en: Desarrollo Integral de América Latina [(Bogotá, Secretariado General del CELAM, 1976) p. 14.

[xiii] Hacia una concepción cristiana del desarrollo, Instituto de Estudios Sociales Juan Pablo II.

[xiv] Encíclica Populorion Progressio, S.S: Pablo VI, 1967.

[xv] Palabras del Pontífice Pío XII hace más de 50 años.

[xvi] "Criterios para el desarrollo en Colombia". Informe de la Comisión Colombiana en: Desarrollo integral de América Latina. Objetivos y Rea­lizaciones (Consejo Episcopal Latinoamericano, Bogotá, 1976) p, 34

[xvii] Tedesco, Juan Carlos, "Educación y sociedad del conocimiento y de la información" en: Revista Colombiana de la Educación 06/2000.

[xviii] Calvo, Juan, Globalización. Revista Web mensual de economía, so­ciedad y cultura - ISSN 1605-5519-

[xix] Castells, Manuel, “The Intormation Age: Economy, Society and Culturé”, Journal of Sociology, Nov 1999, p.375.

[xx] García Morales, Federico, América Latina: Las transiciones infinitas.

[xxi] Vandana Shiva, “Globalización y pobreza”.

[xxii] ibid.

[xxiii] El Universal, Diario Independiente de México 30/VI/2000.

[xxiv] Ibid, 30/VI/2000.

[xxv] Langerbein, Heinrich. Schadendurch Hilfe? Trotz hoher Fórderung bleibt Afrika das Armenhaus der Dritten Welt en Evntzuicklung und Zuenuvnenarheit (Nr. 1, enero 2000, pp, 4-5).



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