Como grupo ínfimo, podemos parecer ridículos al enfrentar a
las fuerzas del dinero, a los partidos políticos arrastrados por las masas, a
los ambiciosos sin escrúpulos, a los pequeños burgueses, a los intelectuales
famosos, al interés sórdido, a los gobernantes hábiles, al comunismo, a los
cristianos de retaguardia.
Aceptamos este ridículo. No es necesario ser muchos para
provocar cambios considerables. Los hemos conseguido, siendo pocos, en las
pescas marítimas francesas, cuyo cambio de estructura nos es debido en su mayor
parte. Hemos contribuido a producirlos en la agricultura francesa con la
publicación del libro de M. Artaud " Le metier d'agriculteur", y con
la ayuda proporcionada a los movimientos rurales de inspiración cristiana.
Hemos influido en los ambientes militantes cristianos con la
publicación de nuestra colección "Spiritualité". Hemos creado en
América Latina, para los cristianos de vanguardia, las condiciones de una
esperanza. En algunos países nuevos, aun fuera de América Latina, nuestros
amigos son escuchados con confianza. La altura de los colosos que enfrentamos no
nos impresiona; son colosos con pies de arcilla. Hay momentos históricos en los
cuales basta algo de pensamiento para modificar el curso de los acontecimientos.
Creemos ser una de esas fuerzas débiles que, sin embargo, pueden resultar
determinantes .
La reacción, la agresividad de las masas populares contra la
burguesía y el capitalismo, sin duda tuvieron por causas los salarios bajos, el
exceso de trabajo, la inseguridad en el empleo, la vivienda insalubre, la
percepción progresiva de los contrastes entre miseria y opulencia, y los
derroches irracionales por inconveniencia o por ostentación, pero la razón
fundamental fue este hecho; los trabajadores sintieron que no eran amados.
Contaban solamente como factores de producción y de utilidad, no como hombres.
La falta de amor era la causa de la conducta inhumana de los
empleadores. Si hubieran amado, no habrían esperado la compulsión progresiva
de las leyes sociales para corregir la máquina de crear proletariado.
Si los economistas hubieran amado, no habrían concebido la
economía como una abstracción indiferente al hombre. Si los políticos
hubieran amado, no habrían esperado tanto para imponer la protección contra
los accidentes, la supresión del trabajo de los niños, la reducción del
trabajo de las mujeres y de los hombres, la seguridad social, las asignaciones
familiares, el derecho a la vivienda.
Lo mismo sucede hoy con los países subdesarrollados. Su
hambre e,8 real, su vivienda atroz, su inseguridad permanente. Pero su reacción
y su agresividad sólo expíe san el complejo del no amado, del despreciado, del
ignorado, contra aquellos que hubieran debido tratar de comprenderlos, y
hubieran debido probar que los amaban.
El fracaso de muchos expertos en desarrollo se debe a que no
están cargados de amor. Pasan sin compenetrarse con los pueblos, a veces
altivos y distantes, extranjeros, bien pagados, profundizan o sus conocimientos
técnicos, ampliando su cultura, listos para encontrar puestos ventajosos en las
universidades, en la política, en los negocios. .
Estamos en mejor posición por el sólo hecho de haber
optado, por amor, por el ascenso humano universal. Todo hombre, toda capa
social, toda población regional o nacional, la humanidad toda nos interesa. Nos
hemos formado en la preocupación auténticamente fraternal de todos los hombres
y de todo en el hombre.
Por eso, lo que parece imposible a la mayoría, deja de
parecemos así a nosotros. Conocemos la fuerza del amor y sabemos que cuando el
amor es fuerte, permite emprender, sin que se necesite mucho dinero, sin que
haya necesidad de armamentos.
Es posible, por amor, contentarse con remuneraciones de
estricta subsistencia; se puede, por amor, identificarse con el otro, con sus
problemas, dar voz a sus aspiraciones, a veces a sus cóleras. Es posible, por
amor, hacer partícipes del esíuerzo a muchas personas de buena voluntad que no
quieren malgastar su vida. Es posible decidir vocaciones a la donación de sí
mismo con heroísmo duradero.
El amor continúa siendo la más poderosa de todas las
fuerzas; sabe sacar de las posiciones bloqueadas, abrir nuevas vías, sortear o
aplastar los obstáculos, combatir la injusticia, denunciar los egoísmos,
arriesgar ìncomprensiones e ingratitudes, soportar los fracasos, recomenzar
tantas veces como sea necesario.
Somos, pues, de aquellos que creemos que amando, todo se
simplifica. El que ama al otro por los valores actuales o potenciales que hay en
él, es un hombre nuevo, liberado de sí mismo, de convenciones, de exigencias.
A todos aquellos que comienzan a amar verdaderamente a la
humanidad, los invitamos a la donación total de sí mismos.
Invitando así al amor fraternal, nos ponemos a auscultar a
la humanidad total. Todo nos interesa. Todo toma valor. Partiendo de la
observación del hombre en cualquier aldea del mundo o en cualquier barrio
urbano, aprehendemos lo universal. La miseria constatada en cualquier lugar nos
hace inteligible la miseria universal. La miseria material de los pobres nos
hace inteligible la miseria espiritual de los ricos. La miseria de los pueblos
subdesarrollados, la miseria de los pueblos que se pudren en el exceso de
facilidades.
Creemos que los hombres se condenan a la desventura cuando
hacen de sí mismos un absoluto y cierran así sus ojos a la realidad de los
problemas de hoy, olvidando la solidaridad que nos une. Los hombres vueltos
hacia sí mismos se mutilan, en lugar de ampliarse a la medida de la humanidad,
salvándose de sí mismos, de su yo pequeño y sórdido, de la proyección
absoluta de sí.
Creemos que los hombres se condenan a la desventura cuando
hacen de sí mismos un absoluto y cierran así sus ojos a la realidad de los
problemas de hoy, olvidando la solidaridad que nos une. Los hombres vueltos
hacia sí mismos se mutilan, en lugar de ampliarse a la medida de la humanidad,
salvándose de sí mismos, de su yo pequeño y sórdido, de la proyección
absoluta de sí.
Por amor hemos descubierto la humanidad, y el pensamiento de
valorizarla nos acosa.
Pero es a causa de esto que estamos en la vanguardia, porque
esto nos ha hecho descubrir lo esencial.
Cuando se procura que los hombres valgan más y que la
humanidad entera sea más, todo se ilumina. Las ciencias económicas y sociales
hacen saltar sus encasillamientos ficticios. Cuando lo que cuenta es el hombre,
y todos los hombres, todo se liga.
Las hipótesis se hacen fecundas; la investigación se
centra, las ciencias físicas y biológicas se integran a la visión del mundo.
El conocimiento se objetiva en lugar de divagar en el juego
de los conceptos y en la acumulación de referencias, No se pierde más la vida
analizando sin término lo secundario para buscarse ocupación o para aparentar.
Todo toma su verdadero lugar, y así es posible juzgar los
conjuntos, diferenciar los factores positivos de los negativos, percibir lo
importante y lo urgente.
Y cuando se interviene, no se crea lo que más tarde
demolerá o desequilibrará, lo que contiene en germen dificultades
inextricables. Se ha vuelto uno capaz de comprender una estructura y sus
tendencias evolutivas, de dominar una transformación.