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Bravía cordillera rocosa

En el foro serpentea desde abajo una garganta ascendente que desemboca en un collado; desde éste el piso vuelve a descender hacia el proscenio.

 

PRIMERA ESCENA

Wotan, completamente armado, con la lanza; ante él, Brünnhilde, como walkyria, también con toda su dotación de armas.

WOTAN. Ahora embrida tu corcel, virgen aguerrida: ¡pronto arderá violento combate! Corra Brünnhilde a la lucha: ¡elíjale victoria al welsungo! Hunding vaya a quien pertenezca: no me sirve para el Walhall. ¡Armada y veloz, cabalga por ello al lugar de la liza!

BRUNNHILDE, saltando jubilosa de roca en roca por las alturas de la derecha ¡Hojotoho! ¡Hojotoho!

¡Heiaha! ¡Heialaa! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hejaha! ¡Heiaha! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiahaja! ¡Hojotoho!

Se detiene en el pico de una alta peña, mira hacia la garganta del foro y llama a Wotan.

Te aconsejo, padre, que tú mismo te aprestes; duro asalto deberás resistir. Fricka, tu mujer, se acerca en el carro con el tiro de moruecos. ¡Hei! ¡Cómo blande el áureo látigo! Los pobres animales gimen de miedo; salvajemente rechinan las ruedas; colérica viene a disputar. No peleo de buen grado en tales pendencias, prefiero el combate entre hombres valerosos; mira, pues, cómo resistes el asalto: ¡yo, la alegre, te dejo solo! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha! ¡Helaha! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heiaha! ¡Hejaha! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Hojotoho! ¡Heijaha!

Brünnhilde desaparece por detrás de las alturas montañosas del lateral. En un carro tirado por dos moruecos, Fricka alcanza el collado viniendo por la garganta: allí se detiene en seguida y baja. Avanza vehementemente hacia el proscenio, al encuentro de Wotan.

WOTAN. ¡La vieja disputa, la vieja fatiga!

¡Pero debo mantenerme aquí firme!

FRICKA, cuando llega más cerca, modera el paso y se coloca ante Wotan con dignidad.

Donde, en las montañas, te ocultas, para sustraerte a la mirada de la esposa, sola vengo aquí a buscarte, para que me prometas ayuda.

WOTAN. Lo que aflige a Fricka expóngalo ella abiertamente

FRICKA. Supe la desdicha de Hunding. me llamó pidiendo venganza; guardiana del matrimonio, le escuché, prometí castigar severamente la acción de la insolente y criminal pareja, que ofendió con osadía al esposo.

WOTAN. ¿Qué tan malo hizo la pareja que unió amorosamente la primavera? El hechizo del amor los subyugó: ¿quién me expiará el poder del amor?

FRICKA. Cómo te haces el tonto y el sordo, cual si no supieras perfectamente que clamo por el sagrado juramento del matrimonio duramente ofendido!

WOTAN, Sacrílego considero yo el juramento que une a los que no se aman; y en verdad no me exijas que yo mantenga con violencia lo que a ti no te concierne: pues donde audazmente se agitan fuerzas, allí aconsejo abiertamente la guerra.

FRICKA, ¡Si consideras meritorio el adulterio? entonces jáctate ahora aún más y ensalza como sagrado que medre el incesto de la unión de una pareja de mellizos! Se me estremece el corazón, siento vértigo: ¡nupcialmente abrazó la hermana al hermano! ¿Cuando se ha visto que se amaran carnalmente hermanos?

WOTAN. ¡Hoy lo has visto! Aprende así lo que por sí mismo se junta, aunque jamás sucediera antes. Que ésos se aman, está claro para ti; por ello, oye un consejo sincero: si dulce alegría debe premiarte tu bendición, entonces bendice, propicia al amor, la unión de Siegmund y Sieglinde.

FRICKA, estallando de indignación. ¿Así se acabó, pues, con los dioses eternos desde que engendraste a los salvajes welsungos? Lo he dicho bien claro; ¿acerté el sentido? Nada vale par ti el sagrado clan de los augustos! Lejos arrojas todo lo que antes estimabas, rompes los lazos que tú mismo ataste, te liberas riendo

de la prisión celestial, para que sólo impere a su capricho y antojo esta criminal pareja de mellizos, el rebelde fruto de tu infidelidad! ¡Oh, para qué clamo yo por el matrimonio y el juramento, si tú eres el primero en vulnerarlos! A la fiel esposa engañaste siempre; fuera en Los valles. fuera en las alturas, lascivamente tu mirada acechaba

cómo consiguieras el placer del cambio e hirieras, burlándote, mi corazón. Con ánimo entristecido tuve que soportar que fueras al combate con las perversas vírgenes que te nacieron de la unión en ilícito amor: pues aún temiste a tu mujer, y sometiste a obediencia de la señora a la tropa de walkyrias y a la misma Brünnhilde, fruto y ejecutora de tu deseo. Pero ahora, pues te gustaban nuevos nombres, como "Wälse" lobunamente erraste por el bosque; ahora, pues descendiste a la extrema vileza de engendrar una pareja de hombres ordinarios..., ¡ahora arrojas a tu mujer a los pies de la camada de lobatos!... ¡Llévalo a cabo, pues! ¡Colma la medida! ¡Deja también que pisoteen a la engañada!

WOTAN, tranquilo. Nada aprendiste, si quise enseñarte lo que tú jamás puedes reconocer, hasta que no sucedía el hecho. Siempre quieres comprender sólo lo habitual: pero a lo que aún nunca sucedió, a eso aspira mi pensamiento. Oye esto: la necesidad hará un héroe que, ajeno a la protección divina, se libere de la ley de los dioses. Así, sólo él servirá para realizar el acto que, tan necesario a los dioses, le está prohibido realizarlo al dios.

FRICKA. Con profundos juicios quieres embaucarme: ¿qué de augusto, prohibido a sus dioses, que sólo les dispensan su gracia, debieran hacer nunca los héroes?

WOTAN. ¿No advertiste su propio valor?

FRICKA. ¿Quién se lo inspiró a los hombres? ¿Quién abrió los ojos a los imbéciles? Bajo tu protección parecen fuertes; por su estímulo siguen adelante: sólo tú los incitaste, a esos que alabas ante mi, la eterna. Con nuevas astucias quieres engañarme, confundirme ahora mediante nuevas intrigas; pero a este welsungo no lo ganarás para ti; en él es a ti a quien alcanzo, pues sólo por ti se obstina.

WOTAN. En salvaje sufrimiento se hizo a sí mismo:

Conmovido.

jamás le amparó mi protección.

FRICKA. ¡Entonces, tampoco le protejas hoy! Quítale la espada que le regalaste.

WOTAN. ¿La espada?

FRICKA. ¡Si, la espada..., la mágica y poderosa espada que tú, dios, diste a tu hijo!

WOTAN, vehemente. Siegmund la ganó

Con contenido temblor.

él mismo en la necesidad.

De aquí en adelante Wotan expresa, en toda su actitud, un creciente, profundo e inquietante desánimo.

FRICKA, prosiguiendo con vehemencia. Tú le produjiste tanto la necesidad como la magnífica espada. ¿Quieres confundirme, a mí, que día y noche sigo tus pasos? Para él clavaste la espada en el tronco; tú le prometiste la sublime arma: ¿negarás que sólo tu astucia le atrajo donde la encontrara?

Wotan se estremece con un gesto de cólera. Fricka prosigue cada vez mas segura, pues ha advertido el efecto que ha producido en Wotan.

Ningún noble combate con esclavos; al criminal, el libre sólo le castiga. Contra tu fuerza hiciera yo por cierto la guerra: pero Siegmund quedó a mi merced como esclavo.

Nuevos gestos vehementes de Wotan, que después se hunde en el sentimiento de su impotencia.

Al que a ti, como señor, sirve y pertenece, ¿a él debe obedecer tu eterna esposa? ¿Debe injuriarme afrentosamente el más abyecto, para espuela del insolente, para mofa del libre? Esto no puede quererlo mi esposo, el no profanará así a la diosa.

WOTAN, sombrío. ¿Qué pides?

FRICKA. ¡Apártate del welsungo!

WOTAN, con voz sorda. El sigue su camino.

FRICKA. ¡Pero no le protejas cuando al combate lo llame el vengador!

WOTAN. No le protegeré.

FRICKA. Mírame a los ojos; no pienses engaños: ¡también aparta de él a la walkyria!

WOTAN. La walkyria obre libre.

FRICKA. ¡Pues no! Ella ejecuta sólo tu voluntad: ¡prohíbele la victoria de Siegmund!

WOTAN, estallando en violento combate interior.

No puedo abatirlo, encontró mi espada.

FRICKA. ¡Prívala de la magia, rómpesela al siervo! ¡Véalo indefenso el enemigo!

BRÜNNHILDE, invisible, desde las alturas. ¡Heiaha! ¡Heiaha! ¡Hojotoho!

FRICKA. Allí viene tu osada virgen; jubilosa corre hacia aquí.

BRÜNNHILDE, como antes. ¡Heiaha! ¡Heiaha! ¡Heiohotojo! ¡Hojotoha!

WOTAN, sordamente para sí. ¡La llamé a caballo por Siegmund!

Brünnhilde aparece con su corcel por el sendero rocoso de la derecha. Cuando descubre a Fricka, se interrumpe en seguida, y durante lo que sigue conduce su caballo, despacio y en silencio, camino abajo: después, lo mete allí en una cueva.

FRICKA. ¡La sagrada honra de tu esposa eterna proteja hoy su escudo! Burlados por hombres, privados del poder..., nosotros, los dioses, pereciéramos, si hoy mi derecho no fuera augusta y magníficamente vengado por la valerosa virgen. Caiga el welsungo en aras de mi honra. ¿Recibiré de Wotan el juramento?

WOTAN, dejándose caer sobre un asiento rocoso con terrible desaliento. ¡Toma el juramento!

Fricka se encamina al foro; allí se encuentra con Brünnhilde y se detiene unos instantes ante ella.

FRICKA. Te aguarda el Padre de los Ejércitos; déjale comunicarte

cómo ha decidido él la suerte.

Parte de prisa. Brünnhilde avanza admirada y con rostro preocupado hacia Wotan, el cual, recostado en el asiento rocoso, está sumido en sombría meditación.

 

SEGUNDA ESCENA

BRÜNNHILDE. Mal, temo, acabó la disputa, si la suerte sonrió a Fricka. Padre, ¿qué debe saber tu hija? ¡Apesadumbrado pareces, y triste!

WOTAN deja caer sin fuerza los brazos y dobla la cabeza sobre el pecho. ¡En las propias cadenas caí prisionero, yo, el menos libre de todos!

BRUNNHILDE. Jamás te vi así: ¿qué te roe el corazón?

Desde ahora la expresión y el gesto de Wotan crecen hasta el más terrible estallido.

WOTAN. ¡Oh, sagrada infamia! ¡Oh, ultrajante aflicción! ¡Necesidad de los dioses! ¡Necesidad de los dioses! ¡Rabia infinita! ¡Eterno pesar! ¡El más triste soy yo de todos!

BRUNNHILDE se despoja, asustada, de escudo, lanza y yelmo, y se deja caer a los pies de Wotan con solícito cariño.

¡Padre! ¡Padre! ¡Di! ¡Qué te pasa? ¿Por qué asustas a tu hija con alarmas? ¡Confíate a mí! Te soy fiel: ¡mira, Brünnhilde ruega!

Triste y angustiada, apoya las manos y la cabeza en las rodillas y el regazo de Wotan.

WOTAN la mira largamente a los ojos; después, le acaricia los cabellos con espontánea ternura. Por último, como volviendo en sí de honda meditación, comienza susurrante.

Si la dejo manifestarse, ¿no abriré entonces la prisión que retiene a mi voluntad?

BRUNNHILDE, en voz muy baja. A la voluntad de Wotan hablas, si me dices lo que quieres; ¿quién soy yo, si no fuera tu voluntad?

WOTAN, en el mismo tono. Lo que a ninguno refiero con palabras, permanezca entonces eternamente inexpresado: sólo conmigo tomo consejo, si te hablo a ti.

Con voz aún más apagada y lúgubre, mientras continúa mirando fijamente a Brünnhilde.

Cuando en mí expiró la alegría del joven amor, mi valor aspiró al poder: movido por la furia de irreflexivos deseos, gané para mí el mundo; ignorante engañoso, ejercité la infidelidad, até mediante pactos aquello que entrañaba infortunio: astutamente me sedujo Loge, que después desapareció errante. Pero no quise apartarme del amor, en el poder aspiré al placer. El nacido de la noche, el medroso nibelungo, Alberich, rompió sus lazos: maldijo el amor, y por la maldición ganó el brillante oro del Rin y con él inmenso poder. El anillo que él hizo se lo quité con astucia; pero al Rin no se lo devolví: con él pagué las almenas del Walhall, de la fortaleza que me construyeron gigantes, desde la que ahora domino el mundo. La que sabe todo lo que fue en el pasado, Erda, la sagrada y más sabia Wala, me aconsejó apartarme del anillo, me previno del eterno fin. Del fin quise saber aún más; pero, silente, desapareció la mujer... Allí perdí el alegre ánimo, el dios anhelaba saber: descendí al seno del mundo, con el encanto del amor forcé a la Wala, perturbé el orgullo de su sabiduría, para que ahora me contestara. Nuevas recibí de ella; pero de mí atesoró ella una prenda: la mujer más sabia del mundo me alumbró, Brünnhilde, a ti. Con ocho hermanas te crié: mediante vosotras, walkyrias, quería yo evitar lo que la Wala me hizo temer: un ignominioso final de los eternos. Para que el enemigo nos hallara fuertes para el combate, os ordené procurarme héroes: a los que dominadores teníamos además bajo leyes; a los hombres a quienes les prohibimos el valor, a los que por engañosos lazos de oscuros pactos atamos nosotros a ciega obediencia..., a ellos debíais ahora aguijonearlos a peleas y combates, excitar su fuerza a ruda guerra, ¡para que tropas de osados guerreros reuniera yo en la sala del Walhall!

BRUNNHILDE. Tu sala llenamos hasta colmaría: muchos guié yo a tu lado. ¿Qué te causa ahora inquietud, si nunca fuimos negligentes?

WOTAN, de nuevo más sordamente. Es otra cosa: ¡escucha bien lo que me advirtió la Wala! Por el ejército de Alberich nos amenaza el fin: con envidiosa saña me guarda rencor el nibelungo... Pero no temo ahora a sus nocturnas huestes, mis héroes me darían la victoria. Sólo si él reconquistara alguna vez el anillo, entonces estaría perdido el Walhall: el que maldijo el amor, él solo utilizaría envidiosamente las runas del anillo para infinita vergüenza de todos los nobles; el valor de los héroes volvería contra mí, incluso forzaría al combate a los osados, con su fuerza me haría la guerra. Preocupado, pensé, pues, arrebatarle el anillo al enemigo. Uno de los gigantes, a los que otrora recompensé su diligencia con el oro maldito, Fafner, guarda el tesoro por el que mató a su hermano. A él tendría que arrancarle el anillo que yo mismo le pagué como tributo. Pero no puedo tocar a aquél con quien pacté; ante él sucumbiría impotente mi valor: estos son los lazos que me atan; pues yo, señor mediante pactos, de los pactos soy ahora esclavo. Sólo uno pudiera lo que yo no puedo: un héroe al que jamás me inclinara yo, ayudándole: uno que, ajeno al dios, libre de su favor, inconsciente, sin órdenes, de la propia necesidad, con la propia arma produjera la acción que yo he de recelar, ¡aquella que yo jamás le aconsejara, aunque sólo eso deseara mi deseo! Aquel que, opuesto al dios, combatiera para mí, al amistoso enemigo, ¿cómo lo encontrara? ¿Cómo creara yo al libre al que jamas protegiera, el más fiel a mi en la propia obstinación? ¿Cómo hiciera yo al otro, que no fuera más yo, y que de sí mismo obrara sólo lo que yo quiero? ¡Oh, divina necesidad! ¡Infamia atroz! A mí mismo me repugno eternamente en todo lo que emprendo; lo otro, lo que anhelo, lo otro jamas lo veré: pues a si mismo tiene que hacerse el libre; ¡yo sólo me amaso esclavos!

BRÜNNHILDE. ¿Pero Siegmund, el welsungo? ¿No obra por sí mismo?

WOTAN. Salvajemente recorrí errabundo con él los bosques; contra el consejo de los dioses lo excité audazmente: contra la venganza de los dioses le protege ahora sólo la espada

Lentamente, con amargura.

que le procuró el favor de un dios. ¿Cómo quería yo astutamente engañarme a mí mismo? Si, cuán fácilmente descubrió Fricka el engaño: ¡para mi bochorno, adivinó mis intenciones! ¡Tengo que acceder a su voluntad!

BRÜNNHILDE. Entonces, ¿le quitas la victoria a Siegmund?

WOTAN. Toqué el anillo de Alberich. ¡ávidamente sostuve el oro! La maldición, a la que escapé, no escapa ahora de mí: ¡lo que amo, tengo que abandonarlo, asesinar a quien desde siempre quiero, traicionar engañosamente al que confía en mí!

La actitud de Wotan pasa de la expresión del más terrible dolor a la de la mayor desesperación.

¡Adiós, pues, señorial esplendor, jactanciosa infamia de la divina pompa! ¡Desplómese lo que he construido! Abandono mi obra; sólo quiero aún una cosa: ¡el fin..., el fin...!

Se detiene, pensativo.

¡Y por el fin vela Alberich! Ahora comprendo el oculto sentido de las salvajes palabras de la Wala: "Cuando el sombrío enemigo del amor engendre, airado, un hijo, entonces no tardará el fin de los dioses. Hace poco supe nuevas del nibelungo, que el enano subyugó a una mujer, cuyo favor le forzó el oro: el fruto del odio cría una mujer; la fuerza de la envidia da vueltas en su seno: el prodigio se logró para el carente de amor; pero a aquél que yo pretendí en el amor, el libre, no lo conseguiré para mí.

Poniéndose de pie con amarga furia.

¡Recibe, pues, mi bendición, hijo del nibelungo! Lo que más me repugna, te lo doy en herencia, el vano esplendor de la divinidad:

¡corróalo ávidamente tu envidia!

BRÜNNHILDE, asustada. ¡Oh, di, cuenta! ¿Qué debe hacer ahora tu hija?

WOTAN, amargo. ¡Dócilmente combate por Fricka! ¡Guárdale el matrimonio y el juramento!

Secamente.

Lo que ella eligió, eso elijo yo también: ¿para qué me sirviera mi propia voluntad? No puedo querer un hombre libre...: ¡combate, pues, por los esclavos de Fricka!

BRÜNNHILDE. ¡Dolor! ¡Revoca, arrepentido, tu orden! Tú amas a Siegmund: por amor tuyo, yo lo sé, protejo al welsungo.

WOTAN. ¡Debes abatir a Siegmund, obtener la victoria para Hunding! Guárdate bien y manténte fuerte, todo tu arrojo empeña en la lucha: Siegmund blande una espada de victoria... ¡Difícilmente caerá ante ti si vacilas!

BRÜNNHILDE. El que tú me enseñaste siempre a amar; el caro a tu corazón en sus augustas virtudes...,

Con gran calor.

¡contra él jamás me obligará tu discordante orden!

WOTAN. ¡Ah insolente! ¿Atentas contra mi? ¿Quién eres, sino de mi voluntad la ciega electora? ¿Al deliberar contigo caí tan bajo que llegué a ser insultado por mi propia criatura? ¿Conoces, niña, mi cólera? ¡Desaparezca tu valor si sus rayos, aniquiladores, se precipitaran alguna vez sobre ti! En mi pecho cobijo la rabia que arroja al horror y a la nada un mundo que otrora me riera en el gozo... ¡Ay de aquel a quien encuentre! ¡Su desafío le trajera aflicción! Por eso te aconsejo: ¡no me irrites! ¡Ejecuta lo que ordené! ¡Caiga Siegmund! ¡Sea ésta la obra de la walkyria!

Se precipita fuera y desaparece por la izquierda, entre las montañas.

BRÜNNHILDE permanece largo rato asustada y aturdida. Jamás vi así al Padre de la Victoria, tampoco le encolerizó tanto una disputa.

Turbada, se inclina y recoge sus armas, con las que vuelve a equiparse.

¡Mucho me pesa la carga de las armas! ¡Cuando las esgrimía con placer, qué ligeras eran! A mal combate me encamino hoy, temerosa.

Medita y suspira después.

¡Ay de ti, mi welsungo! ¡En la extrema aflicción tiene que abandonarte infielmente la fiel!

Se vuelve lentamente hacia el foro.

 

TERCERA ESCENA

 

Al alcanzar el collado, Brünnhilde mira hacia la garganta y divisa a Siegmund y a Sieglinde; observa unos instantes a los que se acercan y después se dirige a la cueva, junto a su corcel, de manera que desaparece completamente para los espectadores. Siegmund y Sieglinde aparecen en el collado. Sieglinde camina delante, presurosa; Siegmund intenta detenerla.

SIEGMUND. ¡Descansa ahora aquí, concédete reposo!

SIEGLINDE. ¡Adelante! ¡Adelante!

SIEGMUND. la abraza con dulce violencia. ¡No más lejos ahora!

La retiene estrechándola contra sí.

¡Detente, mujer dulcísima! Saliste bruscamente del delicioso éxtasis, corriste lejos con repentina prisa: apenas pude seguir la salvaje huida por el bosque y la floresta, a campo traviesa. Sin decir palabra, silente, corriste hasta aquí: ¡ninguna voz te detuvo a descansar!

Ella mira salvajemente delante de sí.

Descansa ahora: ¡háblame! ¡Pon fin al temor del silencio! Mira, tu hermano tiene a su novia: ¡Siegmund es tu compañero!

La ha llevado insensiblemente hacia el asiento rocoso

SIEGLINDE mira a Siegmund a los ojos con creciente arrobo; después se abraza apasionadamente a su cuello y permanece así; luego se aparta de él con súbito horror.

¡Vete! ¡Vete! ¡Huye de la profanada! Sacrílegos te estrecharon sus brazos, deshonrado, envilecido decayó este cuerpo: ¡huye del cadáver, suéltalo! ¡Quiera llevarse el viento a la que se entregó deshonrada al noble! ¡Cuando él la abrazó, amándola, cuando ella halló divino placer, cuando la amó totalmente el hombre que despertara todo su amor. ante la sacratísima consagración de las más dulces delicias, que atravesaron totalmente su alma y sus sentidos..., el horror y el espanto de la más atroz ignominia tuvo que apoderarse con pavor de la ultrajada, obediente al hombre que la retenía sin amor! ¡Deja a la maldita, déjala huir de ti! Envilecida estoy, privada de dignidad: ¡debo apartarme de ti, hombre purísimo, a fi, nobilísimo, jamás podré pertenecerte! ¡Vergüenza traigo al hermano, ignominia al amigo amante!

SIEGMUND. ¡Lo que antes te causó oprobio, lo expiará ahora la sangre del criminal! Por eso, no sigas huyendo, aguarda al enemigo: ¡aquí caerá ante mí! ¡Cuando Nothung le haya roído el corazón, entonces habrás alcanzado venganza!

SIEGLINDE se sobresalta y escucha. ¡Escucha, los cuernos! ¿Oyes la llamada?... Alrededor suena furioso estruendo, por el bosque y la comarca se eleva el estrépito. Hunding despertó del pesado sueño. Está reuniendo a los clanes y a los perros: ¡azuzada con encono, aúlla la jauría, furiosa ladra al cielo por el roto juramento del matrimonio!

Mira delante de sí como loca.

¿Dónde estás..., Siegmund? ¿Aun te veo? ¡Ardientemente amado, resplandeciente hermano! Deja que aún me iluminen una vez las estrellas de tus ojos: ¡no rechaces el beso de la mujer abyecta!

Se ha reclinado, sollozando, en el pecho de él; después vuelve a sobresaltarse, asustada.

¡Escucha! ¡Oh, escucha! ¡Ese es el cuerno de Hunding! ¡Su jauría se acerca con poderosas armas: ninguna espada sirve ante el aluvión de perros; ¡tírala lejos, Siegmund! Siegmund. .., ¿dónde estás?.. ¡Ah, allí! ¡Te veo! ¡Espantoso rostro! Los mastines regañan los dientes, ávidos de carne; no respetan tu noble mirada, por los pies te atrapan los fuertes dientes: caes..., en pedazos salta la espada...: el fresno se derrumba...; ¡se raja el tronco! ¡Hermano! ¡Hermano mío! ¡Siegmund. ..! ¡Ah!...

Cae sin sentido en los brazos de Siegmund.

SIEGMUND. ¡Hermana! ¡Amada!

Escucha su respiración y se asegura de que todavía vive. La deja deslizarse hacia abajo junto a sí, de manera que cuando él mismo se sienta queda ella con la cabeza descansando en su regazo. En esta posición permanecerán ambos hasta el final de la siguiente escena. Largo silencio, durante el cual Siegmund se inclina con delicada solicitud sobre Sieglinde y le besa la frente con un beso muy largo.

 

CUARTA ESCENA

Brünnhilde, llevando de las riendas a su corcel, sale de la cueva y avanza lenta y solemnemente. Se detiene y contempla a Siegmund desde lejos. Vuelve a avanzar lentamente. Se detiene ya muy cerca de él. En una mano lleva escudo y lanza, con la otra acaricia el cuello del corcel, y así observa a Siegmund con grave expresión.

BRÜNNHILDE. ¡Siegmund! ¡Mírame!

Soy aquella a quien pronto seguirás.

SIEGMUND dirige la mirada hacia ella. ¿Quién eres, di, la que tan bella y grave se me aparece?

BRÜNNHILDE. Sólo a los consagrados a la muerte sirve mi mirada, quien me ve se despide de la luz de la vida. En el campo de batalla, sólo aparezco a nobles; ¡quien me advierte, a ése elijo para mí en el combate!

SIEGMUND la mira, inquisitivo, larga y fijamente a los ojos; después inclina pensativamente la cabeza, y finalmente se vuelve de nuevo a ella con decisión. El que ahora te seguirá, ¿a dónde conducirás al héroe?

BRÜNNHILDE. Con el Padre de los Combates, que te eligió, te conduciré: me seguirás al Walhall.

SIEGMUND. ¿En la sala del Walhall encontraré solo al Padre de los Combates?

BRÜNNHILDE. La augusta tropa de los héroes caídos te abrazará propicia con supremo-sagrado saludo.

SIEGMUND. ¿Encontrara yo en el Walhall a Wälse, el propio padre?

BRÜNNHILDE. A su padre encontrará allí el welsungo.

SIEGMUND. ¿Me saludará en el Walhall feliz una mujer?

BRÜNNHILDE. Vírgenes del deseo reman allí augustas: ¡la hija de Wotan te presentará cordial la bebida!

SIEGMUND. Augusta eres tú, y sagrada descubro a la hija de Wotan; ¡pero dime una cosa, eterna! ¿Acompañará al hermano la hermana nupcial? ¿Abrazará Siegmund a Sieglinde allí?

BRÜNNHILDE. Aire de la tierra tiene que respirar ella aún: Siegmund no verá allí a Sieglinde.

SIEGMUND se inclina dulcemente sobre Sieglinde, la besa suavemente en la frente y se vuelve de nuevo con tranquilidad hacia Brünnhilde. ¡Entonces, salúdame al Walhall, salúdame a Wotan!

Salúdame a Wälse y a todos los héroes...: saluda también a las propicias vírgenes del deseo...

Con gran firmeza.

¡No te seguiré con ellos!

BRÜNNHILDE. Viste la lacerante mirada de la walkyria: con ella tienes ahora que partir!

SIEGMUND. Donde Sieglinde vive, en la alegría y en la tristeza, allí se quedará también Siegmund; tu mirada todavía no me hizo palidecer; ¡jamás me obligará a irme de aquí!

BRÜNNHILDE. Mientras vivas, nada te obligara: pero te obligará, loco, la muerte; ¡para anunciártela vine yo aquí!

SIEGMUND. ¿Dónde estuviera el héroe ante el que cayera hoy yo?

BRÜNNHILDE. Hunding te matará en el combate.

SIEGMUND. Amenaza con algo más fuerte que los golpes de Hunding. Si aguardas aquí ávidamente el combate, escoge a ése como presa: ¡pienso matarlo en la lucha!

BRÜNNHILDE, moviendo la cabeza. A ti, welsungo..., óyeme bien, a ti te eligió el destino.

SIEGMUND. ¿Conoces esta espada?... El que me la hizo, decidió mi victoria: ¡con ella desafiaré a tu amenaza!.

BRÜNNHILDE, recalcando sus palabras. El que te la hizo, decidió ahora tu muerte: ¡su virtud le quitará él a la espada!

SIEGMUND, vehemente. ¡Calla y no asustes a la durmiente!...

Se inclina tiernamente sobre Sieglinde con desbordante dolor.

¡Dolor! ¡Desdicha! ¡Mujer dulcísima! ¡La más triste de todas las fieles! Contra ti se enfurece en armas el mundo, y yo, el único en quien confías, por quien te rebelaste contra todos, ¿no debo ampararte con mi protección, sino traicionar en la lucha a la osada?... ¡Ah, vergüenza a él, al que me hizo la espada, si me decidió ultraje por victoria! Si debo, pues, caer, no iré al Walhall: ¡reténgame consigo Hella!

Se inclina profundamente sobre Sieglinde.

BRÜNNHILDE, impresionada. ¿Tan poco estimas las eternas delicias?

Reservada y titubeante.

¿Era todo para ti la pobre mujer que, cansada y afligida, yace inerme en tu regazo? ¿Nada tenias más augusto?

SIEGMUND, mirándola amargamente. Tan joven y bella resplandeces ante mi, ¡pero cuán fría y dura te reconoce mi corazón! ¡Si sólo puedes burlarte, vete de aquí, virgen perversa e insensible! Pero si tienes que cebarte en mi dolor, solácete entonces mi sufrimiento: conforte mi desdicha a tu corazón lleno de envidia. ¡Pero a fe mía no me hables más de las gazmoñas delicias del Walhall!

BRÜNNHILDE. ¡Veo la desdicha que roe tu corazón, siento la sagrada aflicción del héroe! ¡Siegmund! ¡Confíame tu mujer! ¡Rodéela firmemente mi protección!

SIEGMUND. Ningún otro sino yo debe tocar a la pura en vida: ¡si quedé a merced de la muerte, mataré antes a la desmayada!

BRÜNNHILDE, con creciente emoción. ¡Welsungo! ¡Terrible! ¡Oye mi consejo! Confíame tu mujer por amor de la prenda que deliciosamente recibió de ti.

SIEGMUND tira de su espada. Esta espada, que hizo para el fiel un traidor... Esta espada, ... que me traiciona, cobarde, ante el enemigo, ¡sirva así, pues, contra el amigo!

Alza la espada sobre Sieglinde.

Dos vidas te ríen aquí: ¡tómalas, Nothung, celoso acero, tómalas con un solo golpe!

BRÜNNHILDE, en la suprema violencia de la compasión. ¡Deténte, welsungo! ¡Oye mis palabras! ¡Sieglinde viva..., y Siegmund viva con ella!... Está decidido: cambiaré la suerte del combate: a ti, Siegmund, te daré bendición y victoria.

Se oyen sonar llamadas de cuernos desde el más lejano foro.

¿Oyes la llamada? ¡Ahora prepárate, héroe! Confía en la espada y blándela sin miedo: ¡fiel a fi se mantendrá el arma, como fiel te protegerá la walkyria! ¡Adiós, Siegmund! ¡Héroe dichoso! ¡Te veré de nuevo en el campo de batalla!

Corre afuera y desaparece con el corcel por una garganta a la derecha. Siegmund la sigue con la mirada, alegre y entusiasmado. El escenario se ha oscurecido poco a Poco: pesados nubarrones tormentosos caen por la parte del foro y cubren paulatinamente, hasta ocultarlos, las paredes rocosas, la garganta y el collado.

 

QUINTA ESCENA

SIEGMUND vuelve a inclinarse sobre Sieglinde, escuchando su respiración. Mágicamente un sueño calma el dolor y la aflicción de la divina. Cuando vino a mí la walkyria, ¿le trajo ella el delicioso consuelo? ¿No asustara el furioso combate a una afligida mujer? Sin vida parece la que, no obstante, vive: acaricia a la triste un sueño sonriente...

Nuevas llamadas de cuernos.

¡Así, sigue ahora durmiendo, hasta que concluya el combate y te alegre la paz!

La tiende dulcemente sobre el asiento de piedra y le besa la frente en señal de despedida. Después percibe la llamada del cuerno de Hunding y se pone en pie, con decisión.

El que allí me llama apréstese ahora; le ofreceré lo que merece.

Tira do la est>aoa.

¡Nothung páguele el tributo!

Corre hacia el foro y desaparece, al llegar al collado, entre los oscuros nubarrones tormentosos, que cruzan inmediatamente exhalaciones y fucilazos.

SIEGLINDE empieza a agitarse en sueños, intranquila. ¡Si padre regresara ahora a casa...! Aún permanece en la floresta con el muchacho. ¡Madre! ¡Madre! Tengo miedo. ¡los extranjeros no parecen amigos ni pacíficos! Negros vapores, sofocante atmósfera..., ya nos lamen ardientes llamas.. .: ¡arde la casa! ¡Socorro! ¡Hermano! ¡Siegmund! ¡Siegmund!

Se levanta de golpe. Fuertes rayos y truenos.

¡Siegmund!... ¡Ah!

Mira con creciente angustia alrededor suyo: casi todo el escenario está cubierto por negros nubarrones tormentosos. La llamada del cuerno do Hunding suena muy cerca.

VOZ DE HUNDING, viniendo desde el collado, en el foro. ¡Wehwalt! ¡Wehwalt! ¡Párate a luchar conmigo, si no deben detenerte los perros!

VOZ DE SIEGMUND, más lejos, desde la garganta. ¿Dónde te escondes, que te sobrepasé? ¡Deténte, que yo te encuentre!

SIEGLINDE, escuchando con terrible angustia.

¡Hunding! ¡Siegmund! ¡Si pudiera yo verlos!

HUNDING. ¡Hacia acá, amante criminal! ¡Derríbete aquí Fricka!

SIEGMUND, ahora también dosdo el collado. ¿Aun me imaginas desarmado, miserable cobarde? Si amenazas con mujeres, bátete ahora tú mismo; si no, Fricka te desamparará. Pues mira: del doméstico tronco de tu casa arranqué sin vacilar la espada: ¡prueba ahora su filo!

Un rayo ilumina por unos instantes el collado, en el cual se hacen visibles ahora, combatiendo, Hunding y Siegmund.

SIEGLINDE, con suprema fuerza. ¡Detenéos, hombres! ¡Matádme primero a mí!

Se precipita hacia el collado: un vívido resplandor, que se extiendo sobre los combatientes desde el lateral derecho, la deslumbra de repente do tal manera que la obliga a retroceder como cegada. En esta luz aparece Brünnhilde, planeando sobre Siegmund y cubriéndolo con su escudo.

BRÜNNHILDE. ¡Atraviésalo, Siegmund! ¡Confía en la espada!

Cuando Siegmund se dispone a dejar caer un golpe de muerte sobre Hunding, rompe desde el lateral izquierdo, a través de las nubes, un resplandor rojizo, en el cual aparece Wotan por encima do Hunding, y teniendo extendida su lanza atravesada frente a Siegmund.

WOTAN. ¡Atrás ante la lanza! En pedazos la espada!

Brünnhilde retrocede con su escudo, asustada ante Wotan. La espada do Siegmund se rompe contra la lanza de éste. Hunding hunde la suya en el pecho del desarmado. Siegmund cae muerto al suelo. Sieglinde, que ha oído su estertor de muerte, con un grito se derrumba como sin vida. Al mismo tiempo que cae Siegmund han desaparecido los dos resplandores laterales; espesas tinieblas se extienden desde las nubes hacia el proscenio; en él se hace visible, aunque no claramente, Brünnhilde, que se dirige veloz hacia Sieglinde.

BRÜNNHILDE. ¡A caballo, que yo te salve!

Incorpora rápidamente a Siglinde, la lleva hacia la garganta lateral donde está el corcel, y desaparece al instante con ella. Inmediatamente se desgarra el nubarrón por el centro, de manera que se divisa con claridad a Hunding precisamente cuando está extrayendo su lanza del pecho del caído Siegmund. Wotan, rodeado de nubes, está detrás, sobre una peña, apoyado en su lanza

y mirando dolorosamente el cadáver de Siegmund.

WOTAN, a Hunding. ¡Ve allá, esclavo! Arrodíllate ante Fricka:

anúnciale que la lanza de Wotan vengó lo que la escarneció...

¡Ve!... ¡Ve!

A un gesto despreciativo de su mano, Hunding cae muerto al suelo. De repente, Wotan estalla en terrible furia.

¡Pero Brünnhilde! ¡Ay de la criminal! ¡Terriblemente sea castigada la insolente, si mi corcel la alcanza en la huida!

Desaparece entre rayos y truenos. El telón cae rápidamente.


19/04/00

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