PRIMER ACTO
El interior de una vivienda
En el centro se eleva el tronco de un robusto fresno, cuya fuertes y nervudas raíces se pierden en todas direcciones por el suelo; el tronco está separado de la copa por un tejado de madera, el cual está construido de tal modo que el tronco y las ramas, extendidas por todas partes, asoman al exterior por las correspondientes aberturas; se aprecia que la frondosa copa se ensancha por encima del tejado. Alrededor del tronco del fresno, elegido como centro, ha sido construida una sala; las paredes son de maderos trabajados bastamente, recubiertos aquí y allá de esteras de maleza entrelazada. A la derecha, en el proscenio, está el hogar, cuya chimenea sale al exterior por el lateral del tejado. Detrás del hogar se encuentra un cuarto interior con aspecto de granero, al que se sube por unos peldaños de madera; delante pende, medio entreabierto, un cobertor hecho de maleza. En el foro, un portón de entrada con fuerte tranca también de madera. A la izquierda, la puerta de un aposento interior, al que se llega subiendo también varios escalones; más hacia delante, en el mismo lado, una mesa con ancho banco corrido por detrás de ella a lo largo de la pared, y varios taburetes. El escenario permanece vacío unos instantes; fuera, tormenta, que tiende a calmarse totalmente. Siegmund abre desde el exterior el portón de acceso y entra. Mantiene la mano en el cerrojo y examina la vivienda; parece extenuado por un esfuerzo desmesurado; sus ropas y su aspecto evidencian que anda huido. Como no descubre a nadie, cierra la puerta detrás de sí, avanza hacia el hogar con el postrer esfuerzo de alguien muerto de cansancio y se deja caer allí sobre un cobertor de piel de oso.
PRIMERA ESCENA
SIEGMUND. ¡Sea de quien fuere este hogar, aquí tengo que descansar!
Se deja caer de espaldas y permanece tendido e inmóvil. Sieglinde entra por la puerta del aposento interior. Creía que su marido había regresado a casa; por eso su grave rostro se muestra asombrado cuando ve a un extranjero junto al hogar.
SIEGLINDE, todavía en el foro. ¿Un hombre extranjero? Tengo que preguntarle.
Se acerca un poco. ¿Quién vino a la casa y yace ahí junto al hogar?
Como Siegmund no se mueve, se acerca todavía mas y lo contempla.
Cansado yace de las fatigas del camino. ¿Habrá perdido el sentido? ¿Estará enfermo?
Se inclina sobre él y escucha.
Todavía respira; sólo cerró los ojos. Valeroso me parece el hombre, aunque cayera rendido.
SIEGMUND levanta bruscamente la cabeza. ¡Una fuente! ¡Una fuente!
SIEGLINDE. Proveeré alivio.
Coge ligera un cuerno de beber, sale con él de la casa, regresa y se lo ofrece, lleno, a Siegmund.
Refresco ofrezco a la reseca boca: ¡agua, como querías!
Siegmund bebe y le devuelve el recipiente. Al agradecer el favor con un movimiento de cabeza, fija su mirada en el rostro de ella con creciente interés.
SIEGMUND. Fresco refrigerio me dio el agua, el peso del cansancio hizo liviano: renovado está el valor, los ojos alegra el divino placer de la vista. ¿Quién es el que así me conforta?
SIEGLINDE. Esta casa y esta mujer son propiedad de Hunding; hospitalariamente te concediera él descanso: ¡aguarda hasta que regrese!
SIEGMUND. Desarmado estoy: tu esposo no rechazará al herido huésped.
SIEGLINDE, con vivo interés. ¡Enséñame en seguida las heridas!
SIEGMUND se agita y de un golpe salta de la yacija. Son pequeñas, no valen la pena; todavía se encajan bien los miembros del cuerpo. Si se hubieran mantenido mi escudo y mi lanza la mitad de fuertes que mi brazo, jamás huyera yo ante el enemigo; pero lanza y escudo se me rompieron. La jauría de los enemigos me acosó hasta agotarme, el ardor de la tormenta rindió mi cuerpo; pero más rápido que yo a la jauría, escapó de mí el cansancio: ¡si cayó la noche sobre mis párpados, ahora me sonríe de nuevo el sol!
SIEGLINDE va al granero, llena de hidromiel un cuerno y se lo ofrece a Siegmund con amistoso ademán.
No me despreciarás la dulce bebida del espeso hidromiel.
SIEGMUND. ¿Lo probaras para mi?
Sieglinde prueba del cuerno y se lo vuelve a ofrecer. Siegmund bebe largamente mientras clara en ella la mirada con creciente ardor. Vacía así el cuerno y lo deja caer muy despacio al tiempo que la expresión de su rostro revela fuerte emoción. Suspira hondamente, y, sombrío, baja la mirada al suelo.
SIEGMUND, con voz entrecortada. Aliviaste a un desdichado: ¡apártese de ti el infortunio!
Se apresta a partir.
He descansado y reposado dulcemente: lejos guiaré mis pasos.
Se dirige hacia atrás.
SIEGLINDE, volviéndose vivamente. ¿Quién te persigue, para que ya huyas?
SIEGMUND se ha detenido. La desdicha me sigue allí donde huyo; la desdicha se me acerca donde me detengo...: ¡permanezca alejada de ti, mujer! ¡Lejos guiaré mis pasos y mi mirada!
Se dirige rápidamente hacia la puerta y ase el cerrojo.
SIEGLINDE, llamándole con vehemente olvido de sí misma. ¡Entonces, quédate! ¡No traes infortunio aquí, donde infortunio en la casa habita!
Siegmund permanece inmóvil, profundamente conmovido: escruta el rostro de Sieglinde; avergonzada y triste, ésta baja los ojos.
SIEGMUND regresa. Wehwalt me llamó a mí mismo: esperaré a Hunding.
Se recuesta en el hogar; su mirada se clara en Sieglinde con tranquilo y decidido interés: ésta levanta lentamente los ojos de nuevo hacia él. Ambos se miran a los ojos en profundo silencio con expresión de honda emoción.
SEGUNDA ESCENA
Sieglinde se pone de repente de pie, escucha, y oye a Hunding, que fuera lleva su caballo al establo. Ella va de prisa a la puerta y abre. Entra Hunding, armado de lanza y escudo, y se detiene en el umbral al advertir la presencia de Siegmund. Hunding se vuelve a Sieglinde con seria e interrogante mirada.
SIEGLINDE, respondiendo a la mirada de Hunding. Cansado, junto al hogar encontré al hombre: la necesidad lo guió a la casa.
HUNDING. ¿Le atendiste?
SIEGLINDE. Refresqué su boca, ¡procuré ser hospitalaria!
SIEGMUND, que observa a Hunding con calma y determinación. Techo y bebida le debo: ¿reprenderás a tu mujer por ello?
HUNDING. Sagrado es mi hogar: sagrada sea para ti mi casa.
Se despoja de sus armas y se las entrega a Sieglinde. A ésta:
¡Prepáranos a nosotros, hombres, la cena!
Sieglinde cuelga las armas en las ramas del fresno, después coge del granero comida y bebida y prepara la cena en la mesa. Involuntariamente clava de nuevo la mirada en Siegmund.
HUNDING examina atento y admirado los rasgos fisonómicos de Siegmund, que compara con los de su mujer; para sí: ¡Cómo se parece a la mujer! La reluciente serpiente le brilla también en los ojos...
Oculta su extrañeza y se vuelve a Siegmund como con despreocupación.
Ciertamente, largo fue tu camino; no cabalgó corcel quien aquí halló descanso: ¿qué malos senderos te atormentaron?
SIEGMUND. Por bosques y campos, landas y florestas me persiguieron tormenta y fuerte necesidad: no conozco el camino por el que vine; todavía sé menos a dónde he llegado: con agrado recibiera noticia de ello.
HUNDING, a la mesa y ofreciendo asiento a Siegmund.
Del techo que te cubre, de la casa que te cobija, Hunding se llama el dueño. Si encaminas tus pasos desde aquí hacia el Oeste, en ricos caseríos habitan allí parientes que guardan la honra de Hunding: si mi huésped me concede el honor, ahora me será dicho su nombre.
Siegmund mira pensativo hacia delante. Sieglinde, que se ha sentado al lado de Hunding y frente a Siegmund clava sus ojos en éste con creciente interés y expectación.
Si te preocupa confiarte a mí, da noticia a la mujer aquí presente: ¡mira cuán ávida te interroga!
SIEGLINDE, con naturalidad e interés. Huésped, quién eres supiera yo con agrado.
SIEGMUND levanta los ojos, mira fijamente a los de Sieglinde y comienza gravemente. No puedo llamarme Friedmund, mejor quisiera ser Frohwalt, pero Wehwalt..., así he de nombrarme, Lobo, él era mi padre; dos vinimos a la vez al mundo, una hermana gemela y yo. Pronto desaparecieron para mí madre y muchacha; a la que me dio a luz y a aquella que cobijaba conmigo apenas las he conocido... Aguerrido y fuerte era Lobo: le crecieron muchos enemigos. De caza salió con el joven el viejo; un día regresamos los dos de la caza y del combate: allí estaba vacía la guarida del lobo. Reducida a cenizas la magnífica sala, a tocón el floreciente tronco del roble; asesinado el valeroso cuerpo de la madre, desaparecido en las llamas el rastro de la hermana. Nos causó la acerba desgracia la cruel banda de los envidiosos. Proscrito huyó el viejo conmigo; largos años vivió el joven con Lobo en el bosque impenetrable: se les dio caza repetidas veces; pero valerosamente se defendió la pareja de lobos.
Vuelto a Hunding.
Un lobato te lo contó, ése al que muchos conocen como «Lobato».
HUNDING. Prodigios y salvajes gestas cuentas, atrevido huésped. ¡Wehwalt, el Lobato! Me parece que escuché oscuros relatos sobre la aguerrida pareja, pero no conocía yo ni a Lobo ni a Lobato.
SIEGLINDE. Mas continúa contando, extranjero; ¿dónde está ahora tu padre?
SIEGMUND. Los envidiosos organizaron contra nosotros una furiosa cacería: muchos cazadores cayeron ante los lobos, la pieza los puso en huida por el bosque: como paja dispersamos al enemigo. Pero yo me vi separado de mi padre; perdí su rastro, aunque lo busqué largo tiempo: tan sólo hallé en la floresta una piel de lobo; vacía yacía ante mi, no encontré a mi padre... Me dirigí lejos, fuera del bosque, me impulsaba el ir con hombres y mujeres... Cuantos encontré, donde los hallara, si buscaba amigos, si solicitaba mujeres, siempre fui rechazado: el infortunio se cernía sobre mi. Lo que yo consideraba justo, a otros les parecía malo; a lo que a mi me parecía siempre perverso, otros le daban su favor. Caí en disputas allí donde me encontré, me alcanzó la cólera allí donde me dirigí; si yo deseaba gozo, sólo despertaba dolor...: por eso tuve que llamarme Wehwalt, sólo portaba dolor.
Mira a Sieglinde y advierte su mirada de simpatía.
HUNDING. No te amaba la Norna que te dio tan doloroso destino: no te saluda contento el hombre al que te acercas como huésped, extranjero.
SIEGLINDE. ¡Sólo los cobardes temen al viajero solitario y sin armas!... Cuenta aún, huésped: ¿cómo perdiste finalmente las armas en combate?
SIEGMUND, cada vez más vehemente. Una triste niña me llamó en su defensa: el clan de parientes quería casar a la doncella con el hombre al que no amaba. Contra la violencia acudí en protección; encontré en combate a los secuaces del opresor: el enemigo cayó ante el victorioso. Muertos yacían los hermanos: allí se abrazó la doncella a los cadáveres, pues el pesar le ahuyentó la ira. Con salvaje río de lágrimas inundó el lugar de la liza; la infeliz novia lamentó la matanza de los propios hermanos... Los parientes de los caídos corrieron hacia aquí; en gran numero clamaron venganza: rodeando el lugar, se alzaron ante mí los enemigos... Pero la doncella no se apartó del combate; con lanza y escudo la protegí largamente, hasta que lanza y escudo se me hicieron pedazos en la lucha. Yo estaba desarmado y herido..., vi morir a la doncella: me acosaba el furioso ejército..., sobre los cadáveres yacía ella muerta.
Con una mirada a Sieglinde llena de doliente fuego.
¡Ahora sabes, mujer inquisitiva, por qué no me llamo... Friedmund!
Se pone de pie y camina hacia el hogar. Sieglinde mira al suelo, palideciendo y sumamente conmovida.
HUNDING se levanta, conteniéndose. Yo sé una estirpe salvaje no le es sagrado lo a otros augusto: odiosa es a todos y a mí. Fui llamado a la venganza, para tomar reparación por la sangre de los parientes: llegué demasiado tarde, y regreso ahora a casa para descubrir en el propio hogar el rastro del fugitivo criminal.
Avanza unos pasos.
Mi casa te cobijará, Lobato, por hoy: te acojo por la noche. Pero mañana defiéndete con fuertes armas; para combatir elijo el día: me pagarás tributo por los muertos.
Sieglinde pasa por delante de ambos hombres con expresión preocupada.
¡Fuera de la sala! ¡No te demores aquí! Prepárame dentro la bebida nocturna y aguárdame para el descanso.
Sieglinde permanece unos instantes indecisa y pensativa. Se vuelve lentamente y se dirige con paso vacilante al granero. Allí¡ se detiene de nuevo y permanece, perdida en reflexiones, con el rostro medio vuelto hacia la escena. Con tranquila decisión abre la alacena, llena una cuerna y echa dentro de ella unas semillas de una caja. Después, vuelve los ojos a Siegmund, para encontrar su mirada, que también se clava en la de ella. Sieglinde advierte la vigilancia de Hunding y se dirige inmediatamente hacia la alcoba. Ya en los escalones se vuelve aún una vez, clava los ojos en Siegmund anhelosamente, y con la mirada le indica continuamente y con elocuente precisión un punto en el tronco del fresno. Hunding se pone de pie y con un gesto vehemente la apremia para que se marche. Con una última mirada a Siegmund entra ella en la alcoba y cierra detrás de sí la puerta. Hunding descuelga del fresno sus armas.
Con armas se defiende el hombre...
Volviéndose a Siegmund cuando va a salir.
Mañana te encontraré, Lobato: oíste mis palabras... ¡Guárdate!
Entra en el aposento; se le oye correr el cerrojo por dentro.
TERCERA ESCENA
Siegmund solo. Se ha hecho completamente de noche; la sala está iluminado aún sólo por un débil fuego en el hogar. Siegmund se deja caer sobre el lecho, próximo al fuego, y durante algún tiempo medita en silencio, pero con gran agitación interior.
SIEGMUND. Una espada me prometió mi padre: yo la encontrara en la extrema necesidad... Desarmado caí en la casa del enemigo. Garantía de su venganza, aquí descanso; he visto una mujer deliciosa y sublime: hechicero temor consume mi corazón. A la que ahora causa en mí este anhelo, a la que me hiere con dulce hechizo, por la fuerza la tiene el hombre que a mi, indefenso, me ofende... ¡Wälse! ¡Wälse! ¿Dónde está tu espada? ¿La fuerte espada que yo blandiera en el combate, si brota de mi pecho lo que furiosamente guarda aún el corazón?
Se aviva el fuego; de repente, de las chisporroteantes llamas salta un vivo destello que cae en el punto del tronco del fresno que había indicado la mirado de Sieglinde, y en el que ahora se ve claramente la empuñadura de una espada allí clavada.
¿Qué brilla allí como luminiscente mica? ¿Qué rayo se escapa del tronco del fresno? Los ojos del ciego ilumina un relámpago: alegre rie allí la mirada... ¡Cómo el resplandor me quema tan augustamente el corazón! ¿Es la mirada de la radiante mujer, que se dejó allí clavada detrás de sí, cuando abandonó la sala?
A partir de aquí el fuego del hogar se apaga poco a poco.
Nocturna oscuridad cubría mis ojos; allí me rozó el rayo de su mirada: calor gané, y día. Dichosa me iluminó la luz del sol; su delicioso resplandor nimbó mi cabeza..., hasta que cayó tras los montes.
Un nuevo y débil destello del fuego.
Todavía una vez, cuando desapareció, me encontró, anocheciente, su luz; incluso el tronco del viejo fresno resplandeció con áurea llama. Ahora palidece el fulgor, se apaga la luz... Nocturna oscuridad cubre mis ojos: hondo, en el cobijo del pecho, arde aun sólo una llama sin luz.
El fuego se ha consumido completamente: noche cerrada. Se abre silenciosamente la puerta de la alcoba: con una vestimenta blanca, Sieglinde entra y avanza en silencio, pero ligera, hacia el hogar.
SIEGLINDE. ¿Duermes, huésped?
SIEGMUND, alegremente sorprendido. ¿Quién viene aquí furtivamente?
SIEGLINDE, con misteriosa viveza. Soy yo: ¡escúchame! En profundo sueño yace Hunding; le preparé adormecedora bebida: ¡aprovecha la noche para salvarte!
SIEGMUND, interrumpiéndola con ardor. ¡A salvo me pone tu cercanía!
SIEGLINDE. Déjame enseñarte un arma: ¡oh, si la ganaras! El más noble de los héroes pudiera yo llamarte, pues sólo al más fuerte fue destinada. ¡Oh, advierte bien lo que te comunico! El clan de hombres se sentaba aquí en la sala, invitado por Hunding a la boda: desposaba él una mujer que, sin ser preguntada, ladrones le regalaron para esposa. Triste me sentaba yo mientras ellos bebían; entró entonces un extranjero: un anciano con grisácea vestimenta; llevaba calado bajo el sombrero, que le tapaba uno de los ojos; pero los rayos del otro causaron temor a todos, alcanzó a los hombres su poderosa amenaza. En mi sola su ojo despertó dulce, añorante aflicción, lágrimas y consuelo a la vez. Miró hacia mi, y relampagueó sobre aquéllos cuando blandió una espada en la mano; después la hundió en el tronco del fresno, allí la clavó basta la empuñadura...: a él debía convenirle el acero, a quien lo arrancara del tronco. De todos los hombres, por mucho que audazmente se esforzaran, ninguno se ganó el arma; huéspedes vinieron y huéspedes marcharon, los más fuertes tiraron del acero..., ni una pulgada cedió en el tronco: allí, silente, está clavada la espada. Entonces supe quién era aquél que me saludó, a la transida de dolor; yo sé también a quién solo destina él la espada en el tronco. ¡Oh, si encontrara yo hoy y aquí al amigo, si viniera él desde lejos a la más desdichada mujer! Cuanto jamás padecí con acerbo dolor, cuanto jamás sufrí con vergüenza y oprobio, ¡dulcísima venganza, expiáralo entonces todo! ¡Hubiera recuperado cuanto jamás perdí, cuanto jamás lloré fuérame ganado..., si encontrara al amigo sagrado, si estrecharan al héroe mis brazos!
SIEGMUND, abrazando a Sieglinde con ardor. ¡A ti, mujer divina, te tiene ahora el amigo al que arma y mujer están destinadas! ¡Ardiente en el pecho me abrasa el juramento que me enlaza a ti, noble! ¡Cuanto anhelaba, lo vi yo en fi, en ti encontré cuanto me faltaba! Si tú padeciste vergüenza y yo sufrí ofensas, si yo fui proscrito y tú fuiste deshonrada, ¡alegre venganza ríe ahora a los dichosos! ¡Ahora reiré yo con sagrada alegría..., si te tengo, augusta, abrazada, si siento tu palpitante corazón!
Se abre de golpe el portón.
SIEGLINDE se sobresalta, asustada, y se suelta
¡Ah! ¿Quién salió? ¿Quién entró?
La puerta permanece abierta; fuera, magnífica noche de primavera; la luna llena ilumina el interior y deja caer su suave luz sobre la pareja, que así de repente puede ser percibida con toda claridad.
SIEGMUND, con dulce arrobo. Nadie salió..., pero uno entró: ¡mira, la primavera ríe en la sala!
Tira de Sieglinde con dulce imperio hacia el lecho, de manera que ella viene a sentarse a su lado. Creciente claridad de la luz lunar.
Las tormentas invernales cedieron ante el delicioso mayo..., con delicada luz brilla la primavera; entre dulces brisas, leve y graciosa, se mece tejiendo prodigios. Por bosques y prados sopla su aliento, muy abiertos ríen sus ojos: dulcemente suena del canto de felices pajarillos. de sí exhala divinos aromas; de su cálida sangre florecen deliciosas flores, ¡gérmenes y retoños brotan de su vigor! Con el ornato de sus delicadas armas somete al mundo; invierno y tormenta cedieron ante su fuerte baluarte...: ¡también tuvo que ceder a sus gallardos golpes la dura puerta que, terca y rígida..., nos separaba de ella! Surcando el aire vino junto a la hermana; el amor atrajo a la primavera: en nuestro pecho se ocultaba él muy dentro, ahora ríe dichoso a la luz. A la hermana nupcial liberó el hermano; destruido yace cuanto siempre los separaba: jubilosa se saluda la joven pareja, unidos están amor y primavera!
SIEGLINDE. Tú eres la primavera por la que yo suspiraba en el helado tiempo del invierno. Mi corazón te saludó con sagrado temor cuando tu mirada floreció para mí por vez primera. Desde siempre todo lo veía yo extraño, lo próximo me era inamistoso; como si jamás lo hubiera conocido era lo que siempre a mí venía. Pero a ti te conocí claro y limpio; cuando mis ojos te vieron, fuiste ya lo mío propio. Lo que ocultaba en el pecho, lo que soy, claro como el día emergió de mí: como sonora vibración golpeó en mis oídos cuando en helado, desierto país extranjero vi por primera vez al amigo.
Se cuelga, fascinada, de su cuello y le mira al rostro desde muy cerca.
SIEGMUND, desbordándose. ¡Oh, dulcísima delicia! ¡Mujer divina!
SIEGLINDE, muy cerca de sus ojos. Oh, en la cercanía deja que me incline hacia ti, que yo vea con claridad ese augusto brillo que te emana de los ojos y del rostro y tan dulcemente me subyuga los sentidos.
SIEGMUND. A la luna de primavera resplandeces luminosa, sublime su halo rodea tu cabello ondulante...: ahora veo con facilidad lo que me cautiva..., pues mi mirada se deleita deliciosamente.
SIEGLINDE le aparta los rizos de la frente y lo contempla asombrada. ¡Cuando tu frente está así, despejada, el ramillete de venas se entrelaza en las sienes! ¡Tengo miedo de la delicia que me embelesa!... Un prodigio quiere hacerme recordar...: ¡hoy te miré por primera vez, pero mis ojos ya te habían visto!
SIEGMUND. Un sueño de amor también me hace recordar: ¡ya te había visto yo en mi ardiente desear!
SIEGLINDE. En el arroyo contemplé mi propia imagen..., y ahora la percibo de nuevo: ¡como antes emergiera a la superficie del agua, así me ofreces tú ahora mi imagen!
SIEGMUND. Tú eres la imagen que yo cobijaba dentro de mí.
SIEGLINDE, apartando de prisa la mirada. ¡Oh, calla! Déjame escuchar tu voz: me parece que oí su timbre cuando.... ¡Mas, no! La oí recientemente
Excitada.
cuando el bosque me devolvió el eco de la mía.
SIEGMUND. Oh, dulcísimo sonido éste que escucho!
SIEGLINDE, de nuevo escrutándole lo ojos. Ya me iluminó la llama de tus ojos: así miraba el anciano, saludándome, cuando dio consuelo a la triste. Por la mirada le reconoció su hija...: ¡quisiera llamarlo ya por su nombre! ¡En verdad te llamas Wehwalt?
SIEGMUND. No me llamo así desde que me amas: ¡ahora poseo las más sublimes delicias!
SIEGLINDE. ¿Y no puedes llamarte, feliz, Friedmund?
SIEGMUND. Llámame como tú quieras que me llame: ¡de ti tomaré el nombre!
SIEGLINDE. ¿Pero no llamaste Lobo a tu padre?
S!EGMUND. ¡Un lobo era él para los cobardes zorros! Pero aquél a quien tan orgulloso le brillaba el ojo como a ti, nobilísima, te brillan los tuyos, ése era llamado Wälse.
SIEGLINDE, fuera de sí. Si era Wälse tu padre, y tú eres un welsungo, clavó él para ti su espada en el tronco... Déjame así llamarte como te quiero:
¡Siegmund..., así te llamo!
SIEGMUND se levanta de golpe y corre al tronco del fresno. ¡Siegmund me llamo y Siegmund soy! ¡Testimónielo esta espada que sin miedo tengo! Wälse me prometió que un día la encontrara en la necesidad extrema: ¡ahora la cojo! Extrema necesidad del sagrado amor, doliente necesidad del amor anhelante arde luminosa en mi pecho, me impulsa a la acción y la muerte. ¡Nothung! ¡Nothung! Así te llamo, espada... ¡Nothung! ¡Nothung! ¡Precioso acero! ¡Muestra de tu filo los cortantes dientes! ¡A mí fuera de tu vaina!
Arranca del tronco la espada con un poderoso tirón y la muestra a Sieglinde, embargada de asombro y entusiasmo.
¡A Siegmund, el welsungo, ves tú, mujer! Como dote nupcial trae él esta espada. Así pretende él a la más divina mujer, de la casa del enemigo así te rapta. Lejos de aquí sígueme ahora..., fuera, al riente hogar de la primavera: ¡allí te protegerá Nothung, la espada, cuando Siegmund se rinda a ti, amándote!
La ha abrazado para llevarla fuera.
SIEGLINDE, en extrema embriaguez, se aparta de Siegmund y se coloca delante de él. Si eres tú Siegmund, al que aquí veo..., yo soy Sieglinde, que te desea: ¡la propia hermana ganaste a la vez con la espada!
Se arroja sobre el pecho de él.
SIEGMUND. Novia y hermana eres al hermano: ¡florece así, pues, sangre de los welsungos!
La atrae hacía sí con salvaje ardor. El telón cae rápidamente.
Last Revision:19/04/00