«Yo soy la Muerte»
Poemario de Carlos López Dzur

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1.

Introducción a la Laguna

Hoy leí / me sumergí en el libro de las horas:
el hombre apresurado, la mujer infinita.
A los hijos de la Estigia, cuatro son
en la Tierra, los observé en las aguas.
Los extraje del naufragio
y los salvaguardé con angustia.

Los vestí con la sociología.
Quité harapos, sedimento malo.
Los alimenté con piel nueva, futuro.
Para el hambriento dí pan de optimismo.
Los alivié en los kimtu, en aldeas gentilicias,
en villas de refugio, aún consoladoras.

Naditu les habló misericordia:
«Hay luz moral», les dijo,
«el bien y el mal que luchan,
dualidad de la luz y lo oscuro»,
en un punto singular. Será Cocito
en qué sé yo lugar del mundo,
su laguna de dialéctica fecunda.

Hay también cien años de lágrimas
y ríos y charcas y olvidos y naufragios
por donde se desplaza la flecha
del tiempo, el uno puntual que marcha
y organiza la recta, aunque concibe
a veces su mundo caprichoso,
retrógrado, in desperadum.

Fúnebre día es hoy
cuando sicológicamente
se les recuerda el hallarse
en lo olvidado, lo desfigurador,
el rumor y el colapso,
el Señor CadaQuien y el Don Nadie,
acaecerse sicológico
en lo ya conocido, Tánatos y Eros,
que si bien se han opuesto,
rescatados de Cocito, en tierra firme,
si algo lamentarán,
es lo que siempre después del Gran Amor
y del Milagro providente: haberse odiado.

2.

Hoy lo femenino muere con su divinidad extraña
y los varones mandan, esquilman el comando.
El matriarcado se convirtió en la Luna,
la locura, el caos, lo introspectivo.
El tiempo nació hoy.
Nació el tiempo
con número nupcial de desamparo.
El hueso frío es el agua de la Oceánide.
Niké llena de horas y sepulcros
es la victoria, conato de la muerte.
Cratos nació para matarla,
tarde o temprano será,
él no se esconde en piedades,
él es, por cotidiano, vil proceso,
un trámite, una letre de caché,
sello del rey, voz de instituciones.

3.

Los hijos de Estigia aparecieron.
Han llegado hasta aquí
comidos de niebla, hartos
de mar y quejidos, sedientos
de un sol que sea niño desnudo,
lozano, nutrido por la leche olvidada,
sonrisas de la boca de la Madre,
calor de sol gentil, humano.
Y la perfecta conformidad
de la obediencia iluminada,
la inocencia, que lo nutra
ad aeternum.

4.

Hoy es el día de la alternancia
para cuatro estaciones
del viaje de las almas.

Un día será la primavera
y, por momento, vendrá
el verano seco, la sed,
ausencia de las aguas.

Un día será como el otoño
y, más que con los ojos,
con qué sé yo del Ser,
se verá la tristeza.

Un día será el invierno
y sabemos que hay días
que claman por la calma,
porque hay días de lo-no-cualitativo.

Un día hay que parece un remolino,
Tifón, marejada, volcanes.
Días hay de piedras que achocan
tu cabeza, te engendran la molicie
cuando estás en el suelo.

5.

Cinco silencios que la bestia no goza,
sin embargo, los tiene el náufrago viviente,
y la Lamia monstruosa,
sensible empero, con su Materia Bruta,
cinco modos de decir, vida prestada,
existencia mía, vida breve,
respit de la Mort,
lamia de existencial obsesión y desconsuelo,
a cuyos hijos verá del todo heridos,
desangrados, en burla,
aún insepultos por el Meqaber.

Por lo que, entonces, les entrega
el llanto noche y día, tiembla
sin cesar un momento, y se gasta
su mirada, y se pone cetrina
y duele el amor, el sexo, el Bíos.

Una vez sea cumplida
a fuerza pertinente de lo ónticamente
necesario, la unidad fundamental
de estos cinco sentidos, a la viuda
del Ser, a la huérfana, a la madre
que perdió los hijos, miradas
de reposo daré, ojos para la madrugada:
un día será del Gran Sepulturero
y la némesis, la venganza y el dolor,
pero otro día, se te hallará en la alquimia.

Lamia, la verás, María parturienta
de Belén, Naditu, vestal acadia,
verán la promesa cumplida
y, como templarios que custodian
el Secreto, inventarán las palabras
y las alegorías, dirán contra la Muerte
y por la muerte: Soy el Acaecer,
los puntos en el centro de las cosas,
un dolor en punto para el parto,
un parto a punto de nacer,
el punto encima de las íes.
Un punto en punto caramelo…
más insondable que la muerte
es la esencia
y todas sus totalidades,
el desafío, el bíos,
la apofánsis,
el ala,
el fundamento
del fundamento.

6.

Un día seré el equilibrio
de los astros errantes
y la gravedad
y Newton
y una estrella de seis puntas
y un carajo.

Otro día seré las preguntas
de los hombres interiores
y el hombre completo
que se asomara al humanismo
y, por hacerlo, pagó el precio
que dan los traidores
y los homicidas.

7.

Siendo que llegó la tarea
de mi Séptimo Día, mi única misión
será avisarte que yo canto y alabo y digo
las Nenias del Juicio Final:
se acabó la Muerte,
la espantosa miseria,
se acabó la colonia de huesos
tirados a los buitres, se acabó
la dependencia del Mantengo
por hambre de ser y de espíritu.
El estado asociado, en batalla
de desgracia fue vencido.
El miedo que nos puso
de rodillas a mamar
de la Maceta del Tirano
fue castrado;
al hombre entre dos tríadas
se le ha nombrado
Príncipe del Sábado.

7-9-2002

*

¿A dónde vamos?

A veces las palabras
se ocultan entre líneas…
(…) No sabes si estás despierto o dormido,si eres tú quien escribe / o alguien que te dicta:
Héctor Soto Vera, en: A Carlos López Dzur

Déjame ir más allá y verlos.
Oír si han soltado los mirlos.
O si el miedo que alegan
que tú inspiras tapiará los sepulcros
de sus cuerpos, guardará la viña.

Navégame un poco más allá
de la bruma tan espesa, allá
donde hay mesones, llévame.
Asómame a escondrijos
de radiaciones cósmicas, formas
aún por inquirir, mas no espectrales.

¿Cómo estarán ahora esos hermanos?
¿Cómo Chato, mis padres, mis abuelos?
Amigos muertos, héroes que amo…
¿Serán como precarias masas
de la atmósfera, metagnomías 270 veces
más pesadas que los ojos del átomo?

No importa qué electrones.
Llévame a verlos.
Revélame sus almas, reencuéntrame
con sus miradas y sus cuerpos.

Muéstrame a los viajeros del desierto,
a los que llamaste cruzadores,
aunque fueron ladrones en el Kimtu,
o mercenarios rumbo a los caminos
de tus Lugares Santos en los Montes.

2.

Abre, entonces, tus ojos, Carlos,
tus ojos interiores, ojos en el Zohar,
iris de troubadour, boca
de «dolce stil nuovo», tus ojos
tranquilos, pero de chispa picante
(la guerra verdadera la tienes
en el alma, curioso olfateador
de mis memorias), Zorro viejo.

Te diré a dónde van y quiénes son
los que a la otra orilla va llevando Caronte.
Puede que los escuches, puede que sólo lloren.
Algunos han sabido que se han muerto;
otros no. Todavía creen que sueñan solamente
o que bebieron mucho, o que les juegan
sus bromas de mal gusto los extraños.

3.

Esta laguna es cualquier punto
del alma; como Estigia la designó
el mortal en su «para sí», forma
en que como tales viven.
Es pues el recuerdo tomado del azar
y del rincón de los mares,
aguas en que nacíste.

Será, después del viaje placentario,
que una No-Eternidad ha maldescrito
esa mirada desde el puerto de los días.
O tal vez EstigIa se argumenta como punto
de nostalgia, vínculo renovador del río uterino,
el más heroico, cuando inocencia
aún tenía el varón / la mujer,
matriz «en sí» del ser,
porque el «en sí» es eterno,
eterno y femenino.

Una vez asomados a la charca
de la existencia bruta, amarga,
la Muerte existe.

Díme si conoces con amor
afluentes de tu barrio y de su orografía.
Díme antes si hay quebradas
en la tierra aún no saladas
por la violencia del hombre.

De otros mundos y vidas
a los que díste pisadas y olvido,
he de pedirte cuentas, Carlos.

¡Te están haciendo Tu Carpeta,
obreros de las delaciones
y ángeles son que visten
como mirlos e imitan la voz
de los lenguajes,
desde su pico amarillento!

La Estigia puede ser El Nilo,
el Sena, el Ter de Catalunya.
Culebrinas, Guajataca,
o un pozo en Mirabales.
O un Salto del Guacio.
Infinitas son las hijas de Cefiso,
dios de las aguas oscuras
de las que beben los muertos.

4.

Voy a navegarte, por terco
que te pones, por rumbos que olvidaste.
Vayamos por ejemplo
al Guacio que se creció en agosto
y se tragó a los realistas
en días de la invasión americana.

A otros, en desbandada, ávidos
de verse cautivos por los yankees,
bautizo entre los cobardes
dio el río Guacio y la muerte.

Mira a quien tengo allí,
sentado, con la fingida ofrenda
de una pierna enyesada:
_____________-

A su lado, observa tú con detenimiento,
ya descorrí las cortinas de brumas,
tengo a__________---

5.

a Jean Paul Sartre

Hay una muerte que se vence lentamente;
una muerte que no tiene mentiras.
Ella pone más presencia del ser en el mundo
y a los hombres cobija.

Los observa desnudos ante su mirada.
Los viste. Los nutre. Les propicia la Dharma.
Los vomita desde Aquel que los devora.
Con la ofrenda es posible.
Litando la alabanza, sacrificándose
en la Tierra de los Vivos, sin esperar
baúles y tesoros de bienaventuranzas,
las gracias de cada quien y privilegios.

Lo único que nos revela inagotables,
dignos del infinito, indevorables por Cronos,
es este sacrificio, la muerte linda del dar
con darse desinteresado y profundo,
dar aunque sepamos la existencia
signada por absurdos: haber nacido
y tener que morir en medio de este abismo:
«la nihilización siempre posible de mis posibles».

6.

No se trata de las renunciaciones.
No del cadáver del Deseo.
No de una moneda colocada
en la costilla o la boca del difunto.

¡Esto se paga en vida,
venga o no venga la Muerte!
Esta es la virtud anticipada
y la gracia trascendente,
la bendición a tiempo:
¡Eros, eros, eros!

7.

No me los llevo al infinito, Carlos.
No estés triste por ellos.
Volverán a lo mismo, en breve:
Mingo La Perra a trepar el palo,
Sabino, a la albañilería,
Cornelia a santiguarnos.
A rezar, La Puerca y Pascasio.

Un palo encebao es la vida
de ellos, sus habitáculos en el yo,
en las autohistorizaciones,
en las norias del buey
y lo alienado.

Estas gentes no tienen plenitudes.
No son del Uno, ni sospechan
a Spinoza, ni a otros lados
de la onticidad y sus universos.
Están verdes y crudos,
sin comprensión primaria
de los cinco sólidos perfectos,
apenas balbuceantes
en sus metafísicas.

Van a sanarse después
de mucho herirse y regresar
a herir, después de mucho sanarse.

8.

Cuando vuelvas de este viaje
desde el centro vector de tu futuro,
cuando regreses, punto en Uno,
del lado que elegíste, dí
a todos los que puedas,
a tu familia, vecinos, conocidos
de toda laya y todos los colores,
díles que víste la Dama, Soror Mistique,
y que Ella es la Madre que los ama,
la siempre fiel y femenina,
la siempre llena de gracia.

Que al varón, cualquiera sea,
ella quita la angustia todavía.
Sea rica o sea pobre,
Ella se posa en el otero, tiene altares
en lo recóndito del ser,
en campo abierto y late y te mira con ternura,
te limpia los latidos con el habla
suave, dulce, misericordiosa.

Tú recuérdales La Flecha
en Sagitario, su lugar del firmamento
que apunta al Norte; en la ruta
del Camino de Santiago
y díle: «La ví y la amaré ad aeternum».

En la noche de San Juan, da el mensaje.
Ella es quien recibe a los que llegan
a la Boca del Cero, que es la Nada,
antes de pisar las moradas
de sólidos perfectos.

Díles que la víste en un templo de la bruma
y que cada esquina del mundo tiene
a una de ellas, Cefiso lícuo, río
de los muertos, es sólo un nombre
del agua lavadora, ella hecha agua,
ella, jabón de higiene purificadora:
misión interior, edificante: la catharsis.

Vuelve a la tierra con este recado:
«Ví La Dama, la hermana / madre /
bendiciente del hombre, la Gran Consoladora,
el verdadero bíos, el vínculo de amor
en el centro vector del Extremo Futuro».

9.

Dílo porque gigantes del escarnio
dijeron en Corinto que Ella es venganza,
eco que retumba con su risa macabra
los cuatro costados del mundo.

Que es lujuria violenta, sexo criminal,
putanga que paga su holocausto
con vidas de inocentes.
Ellas / Keres en derredor de las piras hedientes,
danzan con sus amantes y son hermanas
del maldito Destino, condenadoras,
érides de discordia y burlas del Erebo.

Nada de éso, Carlos, hasta los blasfemos
se dan derecho a la mitología.

10.

a María H. Escoda

Te presento, visitante, a la ker verdadera,
la Cesta hermosa de tu alma,
donde la Dama puso su presencia,
su realidad, su teorema.

Ella es la palabra de pase.
Tu boleto de entrada. Invócala.
Con Ella descorrí la cortina de la Niebla.
Al decir su nombre, se autoriza que irrumpas
en el paisaje de otras vidas y te leas
en la barca y despiertes
para el viaje consciente de la Muerte.

Dí conmigo, al confesar su nombre,
María, llena eres de gracia:
Y gracias por la Cesta que enriquecíó
mi existencia con virtudes.

Mírala, Carlos, y tiembla y llora
(estás a punto de hacerlo)
porque hermosura más grande no existe,
nunca la verás como hoy, radiante,
resplandeciente, espléndida.
Es la dama que brilla y observa
el Lago, la Laguna, el río de los adioses,
los estanques de olvido, el dolor
y la memoria.

La más joven es Ella,
La Dama del Occidente judaico-cristiano
que te corresponde, la has visto y olvidado
como todos los hombres, externos y apáticos,
mas ella no. Te dio la cesta
y el don de bendecirla, invocarla,
llevarla a tu espacios en el mundo,
para que aprendas a sacar del fondo
de la psiquis, lo que eres y ella es,
lo que anhelas y ella anheló y obtuvo:
el poder creativo,
el encanto,
la belleza,
la naturaleza pródiga,
la justicia militante,
el júbilo y la intuición del intelecto.

11.

Llora, Carlos, porque la muerte
es mi nostalgia y el destino-en-común
y el ser-con-otro, y no hallarnos
a veces, tantas veces, de contínuo,
cuerpos-vindicados-puros,
cuerpos de Cárites en el Dasein humano.

… pero yo estoy contigo, te dí el peso
de ker, el alma, y una cesta
con algunos de mis frutos, tu alimento
cuando creas que te falto.

Yo sé que me has amado
(tú, como pocos) y me has necesitado
y, aunque no lo sepas, he estado contigo.

He permitido que me veas
como una madre, como una amiga:
así me encarno, sin que me digas
Soror Mistique, Cárite, misterio, musa,
Angelita, Gracia, Eterno Femenino.

Tú me necesitas, lo sé.
Te agrada mi alimento.
¡Pues te bendigo!

Has comido mi nombre
y de mi dones y en las mujeres
te he querido y deseado,
me ha gustado lo que cantas
de mis sexualidades.

… me ha gustado
lo que preanuncias y defiendes
de mis festividades…

12.

Cuando vuelvas a tu allá,
donde quieras lo decidas y ante gentes
que yo pondré a tu lado, dí con tus palabras
y otras que echaré en la cesta más hermosa,
en almendras de tu emoción divina,
en alta amígdala de tus nervios humanos,
en memorias que doy desde las aguas,
que la Madre existe, coauxilia,
que la madre quiere un templo
y un templario, jinete que monte
consigo compañera,
navegante que pilotée
una barca
y reme en los riachuelos
del encanto.

13.

Seguramente, tú querrás
el regreso a ese pueblo
donde yo tuve un Templo
y te conocí con otro nombre
y otra piel
y otros huesos.

... un templo para mí es la Vida
y la alegría más pura
porque no existe legislación represiva
ni venganza; un templo es fe,
deseo, pasión, esencia,
la voluntad natural de pobladores.
Yo tuve una comunidad
que sí... me amaba
y tú estabas allí,
adivinabas mi alegría.

14.

En ésto creo, Carlos,
y lo escribiré como una carta
para un enamorado. Pónlo
en la cesta invisible que te doy
con aroma y mandato de mi alma.
Esto dijo Atabey en su descanso eterno;
ésto lo dijo Irene, matrona que recibió
al herido y desnudo Sebastián,
asaetado en poste del Estadio Palatino:
No morirá del todo la fe,
la santidad del hombre
y su conexo histórico.

15.

La muerte es santa, Carlos,
pero hay una muerte que hipnotiza,
mentirosa propuesta de los destructores
y no es mía y no me representa.

Ebriedad es. Sopor de un limbo innecesario.
Acaricia con uñas largas aún a los vivos.
Con dientes blancos y ojos severos,
miente, sonriendo, bebe la sangre oscura.

Cuando veas a los que te aman
o pudieran llorarte, dí que la muerte,
a la que irás un día no es tipo de condena.
Es muerte verdadera, cesación,
meramente. Ella no me suplanta:
te recibe La Dama, la Cárite más bella,
el esplendor, el ángel.

Tú no mueres en verdad, Carlitos.
Vienes a verme por un rato
y me pides que te restaure el ser
y ponga júbilo y dones en tu alma:
el eco de mi voz en el corazón tuyo.

Carlos López Dzur / Correo

Email: baudelaire1998@yahoo.com

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