La Mamama -así la llamaba yo, de cariño- era la madre de tío Wilfredo, el esposo de tía Martita. Falleció cuando yo era todavía un niño, pero su imagen se ha mantenido nítida en mi memoria, pues ella es una de esas personas que jamás se olvida.
Era una vieja gorda y verrugosa, de negras y abundantes greñas. Sujetaba sus anteojos (dos televisores) en la punta de la nariz, y solía mirar a las personas por encima de ellos, agachando la cabeza Su ropa de entre casa era una bata negra y larga (la única que le conocí); sebosa prenda de escote desbocado que, de cuando en cuando, dejaba entreverle la voluminosa pechuga. Verdaderamente, sólo le faltaba salir volando sobre una escoba, pero su aspecto no me asustaba en absoluto; todo lo contrario, yo la quería mucho (bueno, en un principio).
La Mamama vivía en una casa ruinosa, en la avenida Luna Pizarro, de La Victoria. Era una de esas casas con paredes de quincha y de techo muy alto, con tragaluces para compensar la falta de ventanas. El piso era de madera, pero lucía negro porque estaba siempre saturado de petróleo. Eso mata las pulgas, decía ella. Al final de un largo pasillo, estaba la cocina; la habitación más iluminada de la casa, porque tenía un vano que daba a un patio interior, donde estaban los corrales y el baño. Este, en realidad, no era sino un cuartucho de madera que encerraba exclusivamente el excusado. Cuando el pozo séptico se llenaba -me contaba la Mamama-, era necesario cubrirlo de tierra y mudar el baño a otro lado del patio. Gracias a Dios, en mis años de vida, nunca fui testigo de tan ignominiosa tarea.
La cocina era el epicentro de la casa, lo que no era sorprendente porque toda la vida de esa familia giraba en torno a la comida. Comer era para ellos la satisfacción de una necesidad biológica tan vital y permanente como respirar. Barriga llega, corazón contento. Al lado del vano que daba al patio, pero separado por un tabique, estaban el fogón a leña y una mesa con un quemador a kerosene. Esta distribución desafiaba la lógica y las leyes físicas, porque los efluvios culinarios debían dar una vuelta completa a toda la habitación para luego huir hacia el patio en busca de libertad. Por supuesto, las paredes estaban tiznadas de hollín. No sé cómo soportaban aquello Carmela y Elsa -las hijas de la Mamama-, quienes dormían en unos altillos, ahí mismo, dentro de la cocina.
A pesar de todo, me encantaba ir con tío Wilfredo a visitar a la Mamama, porque ella criaba perros y gatos, y tenía muchísimas atenciones conmigo. Tanto ella como Barletti -su segundo marido, después de enviudar- solían rellenarme de dulces y regalarme toda suerte de chucherías (él era mercachifle y tenía una enorme maleta, cual caja de Pandora). Nunca faltaba una palabra cariñosa para mí y, desde que llegaba a esta casa, con sólo trasponer el umbral de la puerta -del postigo-, me convertía automáticamente en el centro de atracción; claro, después de mi tío.
La Mamama pensaba que tío Wilfredo -aunque luciera como un elefante cebado- estaba muy mal alimentado, y comentaba -delante mío- que tía Martita cocinaba sin sazón. Siempre decía que él estaba pálido y demacrado (¿necesitaría ella un oculista?) y, a la hora de la visita, fuese media mañana o media tarde, igualmente le servía una espesa sopa de carne, con papas y fideos mazacotudos; o bien una montaña de cau-cau; y quizás hasta ambas cosas; potajes que ella le había preparado y guardado cual valioso tesoro. Tío Wilfredo se regocijaba succionando la médula gelatinosa de los huesos del caldo, y se devoraba el mondongo en un santiamén, dejando limpios los platos (eran de peltre, blancos con borde azul). Invariablemente, le quedaba la boca toda grasosa, con una aureola amarillenta de cúrcuma, y un eructo final de rigor expresaba su justo reconocimiento a tan opípara merienda.
Este ritual se repetía diariamente y, cuando yo lo acompañaba, me hacía jurar que no diría nada a tía Martita; con quien él volvía a almorzar o a cenar, según el caso, con el mismo apetito de un heliogábalo. Pero no había necesidad de que yo lo delatase, pues se encargaban de hacerlo las manchas de comida que le quedaban en la ropa (a pesar de colocarse un secador como pechera), y el simple hecho de que no bajara de peso, ni un sólo kilito, con las rigurosas dietas a las que tía Martita lo sometía. Mamá también sabía si tío Wilfredo me había llevado donde la Mamama, porque mi ropa quedaba impregnada de olor a kerosene quemado, y solía ensuciarme las mangas de la camisa al apoyar los brazos sobre el pegajoso mantel de hule.
Tío Wilfredo siempre había sido obeso y así lo conoció tía Martita. Pero ella tenía entonces veintinueve años, edad que -en aquella época- la convertía inexorablemente en un solterona. Me figuro que, por esta razón, cuando él le propuso matrimonio, ella lo aceptó de inmediato, sin ponerse muy exigente, con la certeza de que luego lo desinflaría.
The last chance to roll the dice,
the last seat on the last train,
a late and weak spring rain
for the last sead of paradise.
This is what we mean to each other
in a way or another.
Pero, ¡qué va! Cuando tía Martita se dio cuenta de que su esposo era una causa perdida y que, literalmente, nunca podría quitarse ese peso de encima (ella es super católica y no cree en el divorcio), la pobre enfermó gravemente de los nervios, a tal punto de necesitar ayuda psiquiátrica y hasta internamiento temporal. Este hecho la tornó aún más impopular con su familia política, quienes nunca la habían aceptado del todo, porque la consideraban déspota y presumida.
Cierto día, como de costumbre, tío Wilfredo me llevó a visitar a la Mamama, pero luego él salió al mercado para comprar chicharrones y me dejó en la casa. La Mamama estaba cocinando -¿cuando no?-, Carmela planchaba sobre el mesón que había en el mero centro de la cocina, Elsa remendaba unos calcetines de lana, y Barletti sacaba cuentas. Por mi parte, yo estaba de lo más entretenido jugando con uno de los gatos, cuando, sin querer, escuché la siguiente conversación:
-Esta cojuda -decía la Mamama, refiriéndose a tía Martita- no sabe hacer nada aparte de limpiar su casa , y ahora viene a patinarle la azotea, haciendo gastar a Wilfredito la plata que no tiene. ¿De qué le sirve tener el piso tan brillante?
-Lo que le hace falta es vitute, comida de verdad -acotó Carmela, la hija mayor-. Tragarse un buen estofado de pollo y no andar con esas huevadas de puré, ensaladas o yogurt. ¿Te imaginas lo que debe sufrir el pobre Wilfredito; él que tiene tan buen diente y que está acostumbrado a su tacu-tacu, a un buen menestrón? (Físicamente, Carmela era la versión femenina de tío Wilfredo...)
Barletti les guiñó un ojo y me señaló arqueando las cejas y apuntándome con el mentón.
-¡No!, no te preocupes -le dijo la Mamama-. Panchito no va a decir ni una sola palabra, porque él está de nuestro lado. ¿No es cierto, hijito? -Me preguntó, y se quedó mirándome.
Yo no le respondí, pero igualmente me sentí un traidor con tía Martita. De hecho, ella no comía mucho y su sazón era insípida, y quizás la Mamama tenía razón de que mi tío -por su misma contextura- necesitaba ingerir más comida que el resto de los mortales; pero no me gustaba que la llamasen cojuda ni que dijeran otras palabrotas, insultándola.
Barletti se dio cuenta de mi conflicto interior, y -como para amainar la tensión- intentó defender a mi tía:
-Lo que pasa es que Martita es una chica refinada y nosotros somos gente
de barrio. Seguramente, ella...
-¡Qué refinamiento ni qué carajo! -interrumpió Elsa, la hermana menor de tío Wilfredo-. Una mujer se debe a su marido, a hacerlo feliz. Si quería un príncipe azul, se hubiese casado con otro, pues. Debería darle gracias a Dios de tener un esposo como Wilfredito, que no chupa ni le saca la vuelta.
Yo que él, la agarraba a golpes, ¡carajo!, para que entre en vereda.
Esta reflexión me hizo recordar a papá -porque él sí bebí y le era infiel a mamá- y me puse a llorar. Pero ellos creían que mis lágrimas eran por lo que habían dicho acerca de tía Martita. Barletti me abrazó para consolarme, mirando a la Mamama con desaprobación. Ella empezó a explicarme que también querían mucho a tía Martita y que hablaban así porque les preocupaba su estado de salud. Era el nerviosismo lo que las hacía decir todas esas tonterías.
Tío Wilfredo llegó con un paquete, de papel, color crema, amarrado con pita. Las manchas de grasa en la superficie indicaban, sin lugar a dudas, que ahí adentro estaban las rebanadas de chancho y de camote frito, aún calientes, conscientes de que serían devoradas de inmediato. La Mamama abrió el paquete con avidez, rompiendo la cabuya con sus dientes, y tendió el manjar sobre la mesa, ahí mismo, utilizando el envoltorio como plato. Todos empezaron a rellenar sus panes y el tío estaba tan concentrado con el suyo, como en estado de trance, que ni siquiera se dio cuenta de que yo tenía los ojos enrojecidos e hinchados.
Tía Martita ha sido invitada a almorzar donde la Mamama. Yo también.
-Esta blusa es la adecuada -dice, mientras la presenta frente a sus ojos, sujetando el colgador con un brazo estirado- Es de seda china -reflexiona-, pero ya está algo viejita.
No se ha puesto su mejor vestido, porque sencillamente lo arruinaría en ese ambiente, manchándolo de tizne e impregnándolo de olor a kerosene; sin contar el brillo que le saldría a los puños si, accidentalmente, apoyase susbrazos sobre el mantel.
Tío Wilfredo repara en el atuendo de mi tía, reconociendo la blusa que ella menos aprecia, la que casi no usa. Cree que lo hace para fastidiarlo y ofender a su familia; para hacerles saber -sin palabras- que los considera inferiores; que no se merecen algo mejor. Pero él no hace ningún cmentario.
En el silencioso camino al cadalso, observo a tía Martita mirando desde la ventana del auto las populosas calles de La Victoria. Con su ojos -ya contemplativos, ya gachos-, y esos reflexivos y lentos parpadeos; pone en evidencia su arrepentimiento de haberse casado con tío Wilfredo. Ella no pertenece a su mundo, a ese sub-mundo. Mil veces, hubiese sido preferible quedarse soltera.
Imagina con antelación lo que le servirán de comer: mote de maíz con chicha de jora, como aperitivo; tamales con salsa de cebolla roja, de entrada; y, para el que quiera, también relleno frito (¡claro, no a todo el mundo le gusta la sangre!). Habrá una espesa sopa con menudencias o, quizás, sumergido en el caldo, encontrará un pedazo de mandíbula de sabe Dios qué animal. Apartando las moscas que revolotearán a su alrededor, tendrá que engullirse el picante de cuy -la especialidad de la Mamama- y deberá elogiarlo por enésima vez. Por supuesto, todos estarán ya muy satisfechos para probar los duraznos al jugo que les ha llevado para el postre. La muy ociosa, no sabe preparar ni una mazamorra, después comentarán, cuando se haya ido.
Y la conversación durante el almuerzo irá a tono con el menú: El Pluto -original nombre de uno de los canes- ya se está curando de las garrapatas;
Al hijito de doña Dolores -la vecina- se lo han llevado de emergencia al hospital, porque estaba deshidratándose con disentería (pero ellos dicen crudamente diarrea); o sino, comentarán que a Carmela le disgusta la nueva moda de zapatos en punta, porque le sacan callos; y así sucesivamente. Tía Martita asentirá con la cabeza y les dedicará, una y otra vez, una forzada mueca que infructuosamente intenta ser sonrisa.
Sorpresa
Es el cumpleaños de tío Wilfredo y tía Martita le ha organizado una sorpresa. Cuando él llegue a almorzar (probablemente por segunda vez), allí estarán esperándolo la Mamama, Barletti, Elsa y Carmela -sus hermanas solteronas-, y yo, su sobrino preferido (lo cual no es un honor, porque no tiene muchos).
Tía Martita ha preparado pisco sour y Barletti me agencia un vasito. imultáneamente, la sirvienta pasa una bandeja con empanaditas de cocktail, espolvoreadas con azúcar impalpable. La Mamama se las traga como píldoras; una tras otra. Carmela y Elsa son más delicadas y las muerden de a pocos, pero el azúcar se les pega en el rouge de los labios. Se dan en la boca unos toquecitos de servilleta, pero no les sirve de nada.
-Están deliciosas estas empanadas -comenta la Mamama-. ¿Tú las hiciste, Martita? -interroga con ponzoña.
-No, señora. Son de Baruch -responde mi tía, detectando la cerbatana con curare que alberga la pregunta.
-¿Y le gustó el pisco sour? - repregunta tía Martita con ironía, porque sabe que la Mamama ya se va libando como tres.
-Es un buen remedio para la presión -contesta la Mamama, dejando automáticamente su vaso sobre la mesita lateral.
Elsa se acerca a la ventana y prende un cigarrillo. Noto que es marca Lark y que huele muy fuerte. Todo el filtro está machado de rojo, porque lo chupa en cada pitada (¡Qué raro que no se libra del azúcar en los labios!). Disimuladamente, creyendo que nadie la observa, la veo quemar la cortina, haciéndole un huequito al tul con la colilla encendida. De la impresión, me atoro con el pisco sour, empiezo a toser, y Barletti me quita el vaso de la mano. Tía Martita me da suaves palmaditas en la espalda, hasta que se me pasa el estrago. Me siento profundamente decepcionado de Elsa, pero no me atrevo a acusarla.
-¡Ahí está llegando Wilfredo! -anuncia Elsa, quien continúa mirando por la ventana, con cara de mosca muerta; de angelical inocencia.
-Todos métanse al baño -nos indica tía Martita-. Y ¡rápido, Juana!
Lleva los vasos a la cocina para que el señor no se dé cuenta -le ordena a la empleada.
Pasan unos segundos, tío Wilfredo mete la llave en el cilindro y abre la puerta. Al momento de cerrarla, se sorprende de encontrar la cartera de la Mamama -que él reconoce de inmediato- colgada del pomo de la cerradura, por la parte interior...
En un sólo instante, tía Martita ha pasado de la ilusión a la amargura y, de ésta a la apatía. Todos hablan a la vez, saludando a tío Wilfredo por su cumpleaños; pero ella está como ausente. Cual autómata, trae de su cuarto el mantel que había planchado con esmero delante mío, temprano en la mañana, y lo guarda en el aparador. De otro cajón, saca individuales de plástico y servilletas de papel, y los reparte sobre la mesa como una mano de póquer.
Entra a la cocina y regresa con un azafate. La sigue Juana con un par de fuentes. Mudas ambas, colocan los cubiertos en los puestos y dejan las bandejas en el centro. Nadie nos llama, pero instintivamente nos acercamos a la mesa. Me sorprende la sencillez de la presentación; algo impropio de tía Martita para las grandes ocasiones. La Mamama se sienta en una cabecera y, por encima de sus anteojos, escruta el buffet. Ya todos estamos instalados alrededor, inclusive tía Martita; cuando en eso, de pronto, se escucha una exclamación de horror:
-¡Válgame Dios! -grita fuertemente la Mamama, con la mirada clavada en la mesa.
Los comensales no comprendemos de qué se asombra. Recorro rápidamente las viandas y no noto nada extraño: enrollados de jamón con espárragos y mayonesa, más allá un plato con vegetales salteados, a su lado un bol con puré de papas y, por el otro extremo, una fuente repleta con hermosos medallones de lomito. Todo está normal.
-¡Pero si la carne... es-tá cru-da! - verbaliza Carmela, terminando la frase lentamente; en forma casi imperceptible.
Tío Wilfredo voltea desconcertado hacia tía Martita y ella comprende que su mente la ha vuelto a traicionar. Ella mira a todos con los ojos bien abiertos, se para bruscamente de la mesa y corre a encerrarse en su dormitorio. El tío la sigue, pero ella no lo deja entrar.
La Mamama levanta la fuente de medallones y se la lleva hacia la cocina. Va meneando la cabeza de un lado a otro; no sé si en señal de desaprobación o como convenciéndose de sus propias conjeturas.
Tío Wilfredo trata de excusar a tía Martita:
-Son sus nervios -dice-. Ya no sé qué hacer. -Y se le salen las lágrimas.
Sus hermanas lo abrazan y le susurran palabras de consuelo. Yo no quiero estar ahí, porque seguramente empezarán a insultar a mi tía, como la otra vez.
Huele a cebolla, a ajos, a fritura. Repentinamente, aparece triunfadora la Mamama con una humeante bandeja de lomo saltado (¡ha picado los medallones!), sosteniéndola bien en alto, como quien muestra un trofeo. De inmediato, tío Wilfredo recobra la felicidad, porque se le enciende el rostro como un aviso luminoso.
La mesa es ahora un cementerio de platos sucios, con cigarrillos apagados dentro de ellos, y cubiertos ahogados en salsa. Carmela se ha sacado los zapatos, porque le aprietan, y la conversación es muy fluida: que dieron de alta al hijo de doña Dolores, que están anunciando un nuevo pulguicida para gatos, que las hemorroides están matando a Héctor...
Tía Martita sale sorpresivamente de su cuarto y se excusa ante todos:
-¡Perdónenme, por favor! ¡Que cabeza la mía! -dice con voz de resfriada, porque tiene la nariz tupida.
Pareciera haber perdido un match de boxeo, y con muchos puntos de handicap, porque los ojos se le ven pequeñitos, como dos puntitos, en medio de su cara congestionada; ya lavada y blanca como un queso.
-No te preocupes, Martita. Comprendemos por lo que están pasando -le manifiestan sus cuñadas, con cadencia simpatética. (A Elsa no le creo ni media sílaba).
La Mamama se para de la mesa, pega la esfera de su reloj a una de las lunas de sus gafas, mientras guiña el ojo contrario para distinguir mejor las manillas; y decreta -con voz de General- que se ha hecho demasiado tarde.
Sin protestar, todos abandonan sus asientos, dan las gracias, besos van y besos vienen. Tío Wilfredo y tía Martita los acompañan a la puerta. Inesperadamente, la Mamama extiende sus brazos hacia mi tía, rodeándola (con las limitaciones que le impone su barrigota). Tía Martita, conmovida, también la abraza fuertemente.
-Después de todo, la vieja sí me quiere -debe pensar mi tía.
Aunque no le veo el rostro a tía Martita, porque está de espaldas a mí, yo también me emociono con la escena, como todos los presentes; pues ese abrazo es interpretado como una bandera blanca, como una capitulación. Pero, inmediatamente, el cuadro se me trastoca por completo, cuando -por casualidad- distingo la diestra mano siniestra de la Mamama, limpiándose los pringosos dedos en la blusa de seda de tía Martita...