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EL
MAR
DULCE
por
ROBERTO
J.
PAYRO
MUERTE
DE
SOLIS
Cinco
marineros,
entre
ellos
el
grumete
Francisco
del
Puerto,
aguardaban
ya
en
las
bancadas
de
la
embarcación.
Solís
había
ordenado
a
Rodrigo
Rodríguez
que
se
pusiera
a
las
órdenes
de
fray
Buenaventura;
de
modo
que
a
bordo
quedaban
éstos,
el
piloto
y
ocho
hombres,
once
en
todo.
Con
el
capitán
general
iban
Marquina,
Alarcón,
cuatro
remeros
y
el
grumete,
que
bogaban
vigorosamente
hacia
la
costa.
Para
demostrar
a
los
españoles
que
los
dejaban
amistosamente
en
plena
libertad,
los
naturales
manteníanse
apartados
de
los
obsequios
puestos
en
el
suelo,
señalándolos
con
insistencia.
El
piloto,
fray
Buenaventura,
Rodrigo
y
los
marineros
de
la
Latina,
seguían
con
interés
el
desarrollo
de
la
escena,
los
unos
asomados
a
la
borda,
los
otros
encaramados
a
los
obenques.
Tanto
los
de
la
barca
como
los
de
la
nao
aguardaban,
en
la
más
completa
confianza
y
tranquilidad,
el
primer
encuentro
con
los
habitantes
de
la
tierra
que
acababan
de
descubrir.
- Tiene
razón
fray
Buenaventura
- dijo
Solís
al
ponerse
en
pie
para
desembarcar
de
un
salto -.
Es
gente
mansa
y
nada
tonta
al
parecer.
- Un
poco
de
tontería
no
estaría
de
más
- exclamó
Alarcón
pensando
en
los
rescates.
Echóse
un
rezón,
amarróse
para
mayor
seguridad
la
barca
a
una
piedra
que
sirvió
de
proíz,
y
Paquillo,
muy
malhumorado,
recibió
la
orden
de
quedar
guardándola.
A
la
cabeza
de
su
gente
y
alzando
también
los
brazos
en
señal
de
amistad,
Solís
avanzó
hacia
los
indios
subiendo
la
cuestilla
cubierta
de
hierba
que
de
ellos
les
separaba.
El
paisaje
era
hermoso
y
apacible,
con
leves
ondulaciones,
arboleda
baja,
más
allá,
oteros
de
arena
dorada,
pajonales,
chaparrales,
todo
envuelto
en
una
atmósfera
diáfana,
bajo
el
sol
radiante
y
un
cielo
de
seda
azul...
La
naturaleza
estaba
de
fiesta
para
acoger
a
los
españoles.
Ya
iban
Solís
y
sus
hombres
a
reunirse
con
el
pequeño
grupo
de
los
naturales,
que
brillaban
al
sol
como
estatuas
de
bronce,
cuando
éstos,
con
inesperada
e
incomprensible
maniobra,
dieron
como
temerosos,
algunos
pasos
atrás,
volvieron
la
espalda
y
huyeron
desbandados.
Al
propio
tiempo
estallaba
un
alarido
salvaje,
comenzaban
a
llover
dardos
y
flechas,
y
de
matorrales
y
bosquecillos
surgía
vociferante
y
gesticuladora
una
muchedumbre
de
indios
que,
blandiendo
chuzas
y
lanzones
y
enarbolando
mazas,
se
precipitó
sobre
los
descuidados
mareantes,
los
derribó
sin
darles
tiempo
de
empuñar
sus
armas,
los
acribilló
a
lanzadas,
los
aplastó
bajo
el
número...
No
hubo
defensa
posible.
Aquello
fue
un
tumulto,
un
hacinamiento,
una
masa
informe
y
convulsa
de
la
que
brotaban
baladros
infernales...
Un
instante
después
todo
había
concluído...
El
estupor
paralizaba
a
los
de
la
carabela.
Reaccionando
en
seguida,
corrieron
a
los
mosquetes,
a
los
pasabolantes,
prontos
a
abrir
fuego...
Pero
¿cómo
tirar
sobre
aquel
montón,
en
que
indios
y
cristianos
entrelazados
se
convertían
en
un
solo
ser
de
miembros
innumerables?
¿Cómo
no
herir
a
hermanos
y
enemigos
al
propio
tiempo?...
Dispararon
repetidas
salvas
para
amedrentar
a
los
salvajes,
pero
éstos
no
hicieron
caso
del
estruendo,
en
la
embriaguez
de
la
matanza...
Después
...tampoco
se
atrevieron
a
tirar
sobre
ellos
mientras
desnudaban
a
los
caídos
y
se
arrebataban
mutuamente
los
despojos.
Fray
Buenaventura,
despavorido,
gritaba
a
los
de
la
carabela
que
tiraran,
que
no
tiraran,
que
embistieran
la
costa
embicando
la
nave,
que
se
echaran
a
nado
para
salvar
al
capitán
por
lo
menos,
que
botaran
un
batel
para
ir
él
en
persona
a
socorrerle,
y
entre
todos
éstos
desesperados
e
incoherentes
consejos
y
órdenes,
gemía,
lloraba,
alzaba
los
brazos,
bendecía,
exclamaba:
- ¡Hijos!
¡Hijos!
¡Os
absuelvo
en
nombre
de
Dios!
¡Os
bendigo
en
nombre
de
Dios!
Los
demás,
igualmente
trastornados,
corrían
de
aquí
para
allá,
sin
tino.
Estos
trataban
de
botar
el
batel,
aquellos
cargaban
y
apuntaban
los
pasabolantes,
los
otros
se
disponían
a
aparejar
las
velas,
y
los
once
hombres
parecían
ciento
por
el
desorden
y
el
tumulto...
Desnudos
los
cadáveres
de
Solís
y
sus
compañeros,
algunos
indios
cargaron
con
ellos
y
se
internaron
en
la
espesura.
Los
pasabolantes
y
los
arcabuces
habían
empezado
a
tomarlos
por
blanco
apenas
los
de
abordo
se
convencieron
de
que
ya
sólo
podían
herir
a
los
salvajes,
castigando
su
horrenda
traición...
Pero
ninguno
cayó,
aunque
los
indios
no
debieron
ir
muy
lejos,
porque,
ya
fuera
del
alcance
de
los
proyectiles,
de
entre
el
matorral
alzáronse
columnitas
de
humo
que
fueron
engrosando
poco
a
poco...
Algo
antes,
cuando
había
pasado
lo
más
recio
de
la
lucha
y
el
triunfo
de
los
indios
era
ya
evidente,
un
grupo
de
salvajes
- que
los
de
la
Latina
creyeron
mujeres-
apoderóse
de
Paquillo,
destruyó
la
barca
y
le
puso
fuego.
Como
los
otros
con
los
cadáveres,
este
nuevo
grupo
cargó
con
el
grumete,
sin
hacer
caso
de
su
rabiosa
defensa
a
puntapiés,
a
puñetazos,
a
dentelladas,
le
internó
en
la
espesura
y,
momentos
después,
el
teatro
del
combate
y
la
matanza
quedaba
desierto,
silencioso,
apacible,
sin
rastro
alguno
de
tragedia... |