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THE TWO FOUNDATIONS OF BUENOS AIRES by ENRIQUE LARRETA

 

LA PRIMERA FUNDACION DE BUENOS AIRES

 

SANTA MARIA DEL BUEN AIRE

Bello nombre, nombre de carabela, de carabela venturosa. Henchido, soleado el velamen; blanco por sotavento, rubio por barlovento; la Virgen pintada en la lona. Bonanza. Sin embargo de nada le valió esta vez el agüero del nombre. No pudo ser menos feliz el comienzo. Ninguna otra capital de América tuvo comienzo tan desastroso, tan mísero. Aquí la tierra defendiéndose con fiereza única. Los naturales no se dejaron intimidar, como en otras partes, por la novedad del caballo (vocación misteriosa), ni por el trueno de la pólvora. Empleaban un arma terrible. La bola arrojadiza. Además los tigres llegaban hasta el foso, hasta la empalizada, todas las noches. Esta comarca que había de ser un día dehesa del mundo, acabó por arrojar de a los primeros conquistadores con el flagelo del hambre. Fuera de algunas perdices, que no tardarían en alejarse amedrentadas por los disparos del escandaloso arcabuz, no había nada que llevarse a la boca en todo el contorno. Llanura hirsuta, pastos amarillos y duros, tierra maligna. Quién sabe si la sensibilidad futura, más golosa de expresión que de brillo, no acaba un día por encontrar mayor belleza en la quijotesca desgracia de ese cuadro nuestro, con su fondo de horizonte salvaje, que en las aventuras espléndidas del Perú, y de Méjico al empezar la conquista.

 

DON PEDRO DE MENDOZA

Por lo menos, un sabor más agudo: la especia del desengaño. Sabor Cervantino. Pimienta de ínsula. Nunca vino de España expedición más brillante. El jefe, un Mendoza, don Pedro de Mendoza, gentilhombre del Emperador, soldado de Italia, cortesano disoluto y magnífico. Harto dinero. Se lo decía enriquecido en el saqueo de Roma con tesoros de cardenales y basílicas. Sus cofres sacrílegos, huelen a incienso. Al tiempo de pillar hinchó la mano , canta el maldiciente poeta. No hay que espantarse. En esos tiempos el saqueo era el medio más honroso de hacer fortuna cuando se trataba de un noble, tal vez porque nada se diferenciaba tanto del paciente oficio manual, que, como es sabido, acarreaba la infamia. Acompañaban a Mendoza treinta y dos mayorazgos. Hubo que rechazar a muchos por falta de espacio en los bajeles. Esta vez se entraría por el Río de la Plata y, siguiendo siempre aguas arriba, se llegaría seguramente al Pacífico. Sería como pasar la red por un mar de riquezas. Las capitulaciones decían: Que todos los tesoros que se ganasen, ya fueran metales, piedras u otros objetos y joyas... Que en caso de conquistar algún imperio opulento... Parecen plabras de don Quijote a su escudero.

 

EL PARAJE

Paseo Colón, hacia el sur; luego Almirante Brown. Sobre esta avenida, poco antes de llegar a la Vuelta de Rocha, entre Mendoza, Palos y Lamadrid, se halla, según Groussac, el sitio de la fundación.

Margen izquierda del Riachuelo de los Navíos, media legua arriba , dice Díaz de Guzmán. Ahí estaría la primera manzana, la manzana original. Ciudad, pecado.

Ese riachuelo fue la causa de que no se escogiera otro sitio.

Era el único refugio para los barcos. Padre mitológico de la ciudad. Los antiguos romanos lo habrían representado en forma de un dios de barbas fluviales, reclinado sobre una urna. Como el Tíber.

Hemos efectuado nuestra excursión en una tarde propicia del mes de octubre. Tarde húmeda y roja. Nieblas. Púrpuras. Los barcos descascarados parecían pintados con fuego.

ĦSoñar en este sitio! Un garage que va de calle a calle, barberías, fonduchos, acordeones marítimos, puertitas sosopechosas. Unico toque de lirismo: genoveses con aros.

Más allá, un inmenso puente de hierro que sirve de transportador entre la Boca y Avellaneda. La gente va y viene de ribera a ribera colgada de una grande armazón aérea. En una de las láminas que puso Hulsins en la obra de Schmidel, vese en ese mismo sitio la horca rectangular. Cuelgan de ella tres ajusticiados. También aparecen al pie los soldados famélicos que según el autor, les cortaron los muslos.

Vamos por fin, logrando lo que buscábamos. Hemos borrado lo actual. Surgen por momentos la empalizada y el muro de tierra. En primer término, más alta que las otras, asoma la choza del Adelantado. ĦQué ribera tan baja! Ribera anegadiza con esa tristeza indefinible que en cualquier parte y sobre todo a esa hora presta al agua la sombra pestañosa del junco.

Año 1536. Fines de otoño. Las tres de la tarde.

El pampero grita en las rendijas y mete en el interior de la choza el frío del desierto. Hacia un rincón, sobre el piso de tierra, un lecho suntuoso, un lecho dorado.

Altas columnas. En el sobrecielo de brocatel carmesí, las armas de los Mendoza. Ave María . Ahí está don Pedro arropado hasta las barbas, pálido como un muerto. La cabeza tiene vendada. Menguan las fuerzas, los dolores son cada vez más tenaces y crueles. Hace muchos días que guarda cama. Sufre de un mal que los franceses llaman napolitano y los napolitanos francés. Del Barco Centenera, en la Argentina, siempre maldiciente, dice que el Adelantado murió:

Del morbo que de Galia tiene nombre.

Llevándose de pronto una mano a las rodillas y con una muesca burlesca, exclama, gime, según su costumbre: Por las llagas de Cristo.

El tiene una más que Nuestro Señor. Cuatro en la cabeza, otra en una pierna y la sexta en la mano derecha, que no le deja escribir ni firmar

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